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De quién será la cara

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Despiertas inquieto, incapaz de recordar las imágenes que te han arrancado de nuevo a la conciencia. Parpadeas intentando forzar a tus ojos a que se ajusten a la oscuridad, pero la tenue luz de las farolas que entra por la ventana apenas te permite distiguir las formas que pueblan la habitación.

Escuchas el suave rumor de la respiración de tu mujer a tu lado. Desvías la mirada y puedes percibir la curva de su cadera bajo la sábana, la claridad de la piel de su espalda y su hombro, la masa de pelo sobre la almohada.

Respiras profundamente, intentando calmarte, luchando por desprenderte de la sensación de que aquello que te observaba en el mundo onírico te ha seguido hasta aquí. La pesadilla no es más que una impresión desdibujada sin ninguna imagen concreta asociada.

Entonces lo ves.

Al principio piensas que no es más que una proyección, tu mente intentando dar sentido a las manchas de sombra informe que te rodean. Pero no es así, y no te atreves a moverte cuando por fin la mancha clara rodeada de negro se perfila y ves el  vago rostro asomado al vano de la puerta. Más que una cara es un esbozo, unos pómulos sugeridos bajo la oscuridad de las cuencas, algo como una fina línea es su boca.

Los segundos —o los minutos— pasan con la cadencia de un goteo, mientras sientes que esos ojos que no puedes ver te escrutan.

Y abres la boca, pero de tu garganta no sale ningún sonido. Y quieres levantarte, pero tu cuerpo es una losa inerte. Y quieres cerrar los ojos, pero no puedes apartar la mirada de ese rostro indefinido.

A tu lado tu mujer se mueve en sueños. Se gira hacia tu lado, y puedes sentir la calidez de su aliento en el hombro.

Tú no puedes apartar la mirada del vano de la puerta.

La respiración a tu lado cambia, y crees que ella está despierta. Quieres advertirla, pero tu cuerpo parece ajeno y no responde a tus órdenes.

La cara desde la puerta parece entreabrir los labios.

Entonces un ruido quiebra el silencio, un coche acelerando en la calle. Sus luces recorren la pared, otorgando consistencia a cada objeto sobre el que se posan.

Y la cara de la puerta queda desvelada.

Y es la de tu mujer.

Y el siguiente segundo se vuelve eterno, cuando tu cuerpo se queda paralizado y tus músculos parecen ateridos de frío y el sudor te empapa el cuello. El segundo en el que, sin atreverte a girarte te preguntas de quién será la cara que, a tu lado, en este preciso instante te está mirando.

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