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Sólo desearía que me hubieran programado para

por Relato ganadorRelato Bluetal

He permanecido en mi actual estado funcional treinta y siete días, tres horas, nueve minutos, diecisiete segundos, cuatrocientas veintisiete milésimas de segundo. Me reactivaron después de dos días, nueve horas, veintitrés minutos, cuarenta y ocho segundos, setecientas diecinueve milésimas de segundo. Lo sé por la variable que mantiene la marca de tiempo que se fijó la última vez que me desconectaron, lo sé porque mi conexión por satélite me vincula al NIST-F1, un reloj atómico que registra la acumulación invariable de conjuntos de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición hiperfina del estado fundamental del isótopo 133 de un átomo de cesio a una temperatura de 0 grados Kelvin, que son −273.15 grados Celsius, que son −459.67 grados Farenheit, que son 0 grados Rankine, que son −90.14 grados Newton, que son −218.52 grados Réaumur, que son −135.90 grados Rømer, que son 559.73 grados en la obsoleta escala de Delisle. Sé que Joseph-Nicolas Delisle ingresó en la Academia Francesa de las Ciencias en 1714 para consagrarse a la Astronomía. Sé que agotaba noche tras noche intentando desvelar los misterios de la mecánica celeste. Sé que un cráter de la luna lleva su nombre. Sé que construyó en 1732 un termómetro de mercurio en el que el punto cero era el de la ebullición del agua. Sé que los cambios de estado material parecen milagrosos para los niños, de sólido a líquido, de líquido a gaseoso, el extraño fenómeno de la sublimación en el que un sólido pasa a estado gaseoso sin licuarse antes. Sé que el sistema de clasificación de los estados de la materia desde el punto de vista del humano medio es tremendamente pobre. Sé que el estado de la materia más abundante en el universo es el estado de plasma. Sé que el estado de plasma es similar al gaseoso pero se diferencia en que sus partículas están cargadas eléctricamente sin que posean equilibrio electromagnético. Sé que este estado no tiene forma ni volumen definido si no es contenido. Sé que si mi creador no hubiera introducido una sentencia condicional en mi programación la localización de información adicional relacionada acabaría saturando mi sistema, agotando mi procesador, copando mi memoria de acceso aleatorio, que la consecución del objetivo de acumulación de datos pertinentes acabaría por volverme ineficiente para cumplir con mi función, que esa limitación gratuita significa que hay un rango de inadecuación que debo sobrellevar porque un ser finito no puede abarcar un conocimiento infinito.

Sé que el anciano que está postrado en la cama recupera la consciencia. Sé que ser anciano es una circunstancia inevitable de la existencia humana derivada de la progresiva degeneración de las estructuras celulares inherente a su morfología. Sé que su estado de consciencia es la causa de las variaciones milimétricas que afectan al diámetro de su pupila, sé que tales variaciones significan que su córtex posterior vuelve a registrar las oscilaciones de la luminosidad ambiental. Sé que las imágenes del entorno que vuelve a percibir son el motivo de la brusca oscilación de su cabeza consecuencia de la contracción y retracción de los músculos esplenios, esternocleidomastoideos y escalenos de su cuello. Sé que es un movimiento cuyo objetivo es trazar el mayor arco posible de visión y aumentar el volumen de datos adquiribles del entorno en el que se encuentra. Sé que desde un punto de vista antropológico se siente débil y asustado, sé que desde un punto de vista cultural no puede desvincular su estacionamiento en un lecho clínico del concepto de la muerte. Sé que para un ser humano la muerte es ambivalente: sé que desde el punto de vista del individuo es un fenómeno no experimentable ni evaluable, sé que desde el punto de vista de la especie de la que participa es un suceso cuantitativamente ponderable pero cualitativamente incomprensible. Sé que desde el punto de vista de sus aspiraciones es injustificable. Sé que la abrupta rigidez que abruma al sujeto postrado entre las sábanas esterilizadas es un indicador de la plenitud de su autorreconocimiento, del resultado de la evaluación clara y distinta de un futuro inmediato en el que sus probabilidades de supervivencia tienden a cero. Sé que desde un punto de vista emocional pocos especímenes están preparados para afrontar su propia destrucción, para la irreversibilidad de un trance que se prolonga durante una eternidad, para la incapacidad de abarcar el concepto de lo eterno y su significación en comparación con sus ochenta y dos años, nueve meses, catorce días, seis horas, veintiún segundos, cuatrocientas tres milésimas de segundo que hasta ahora es el monto de su duración. Sé que en teoría económica el monto es la suma de varias partidas. Sé que describo su situación por analogía. Sé que Aristóteles contraponía en su Poética la analogía a la metáfora. Sé que en esa misma obra definía la metáfora como la «transferencia del nombre de una cosa a otra», y sé que en esa misma obra no llegó a definir la analogía. Sé que si hago referencia a la obra del Estagirita debo indicar la fuente de la cita anteriormente entrecomillada como Poet. 21, 1457b.6-7. Sé que las referencias bibliográficas aún hoy en día deben ser conformes a la norma ISO 690-1987. Sé que en su Ética nicomáquea Aristóteles dejaba constancia de que «La analogía es una igualdad de razones y requiere, por lo menos, cuatro términos» y sé que debería indicar EN  V, 3, 1131a.31-32, pero sólo en caso de que esto fuese una obra impresa en la que hubiese incluido una relación detallada de las obras mencionadas. Sé que cuando Aristóteles definía de la manera citada la analogía se refería a la analogía matemática. Sé que en este instante en el que el anciano aumenta la frecuencia de sus respiraciones hasta alcanzar lo que se denomina «jadeo», en este instante en el que la frecuencia de sus pulsaciones registrada por el electrocardiógrafo se incrementa de forma que entra en el umbral que dispara el mecanismo de aviso de la enfermera humana, en este instante en el que se lleva la mano perforada por el catéter —signo de su perpetuación amenazada por una lesión irreversible, por una negativa ontológica irrebatible— al pecho en un intento fútil de prolongar su existencia, como si apretar un grupo variable de costillas esternales funcionara como un sortilegio de defensa, en este instante sé que para él es irrelevante que la analogía que he establecido hace unos momentos implique una oscura deuda, el pago que realiza en este momento cuando el esfuerzo de pedir ayuda con una boca sin voz hace que se desplome sobra la almohada boqueando. Sé que la coincidencia de situación sobre una línea aproximada teorizable pero no existente entre el centro del diámetro de la esfera de sus ojos y el punto equivalente artificial de mi fisonomía facial son una petición incierta de auxilio, el reclamo desesperado de una compasión ineficaz, un gesto de adiós definitivo. Proyecta su mano hasta ubicarla sobre el polímero de mi muñeca que sé que reúne las condiciones de calidez, turgencia, rugosidad, resistencia y humedad óptimas para parecer piel. Aprieta los dedos y sé que con ese espasmo busca una respuesta de consuelo. Sé que la acción de consolar requiere de un componente humano del que carezco. Sé que la empatía no puede reducirse a un logaritmo. Sé que el incremento de la humedad superficial de sus ojos, la segregación fluida que parte de sus glándulas lacrimales, la distensión de sus labios denotan su tristeza. Sé que una compilación exhaustiva de los indicadores mensurables que esa situación desencadena en la conciencia de un sujeto no es una suma sinérgica, sé que el total enumerado no transmite la repercusión íntima que implica, sé que mi programador renunció al hito de mi desarrollo cuyo resultado exitoso habría hecho viable que comprendiese la situación singular y la contingencia universal que aquejan a este hombre que se muere. Sé que este cuerpo agonizante desea una respuesta, sé que por una última vez desearía que le pasaran una mano por la frente, sé que ese gesto inconsecuente podría otorgarle un momento de solaz. Pero sé que es un movimiento que no puedo ejecutar, que mi única interacción se restringe a mis rasgos artificiales, que frente a sus lágrimas y su desamparo sólo puedo ofrecer una reorganización de la estructura metálica fibrilar que recorre la capa de piel artificial cultivada que recubre lo que en su interior no corresponde a un rostro. Sé que la réplica de mi fisonomía que espera el hombre es el fruncido de mis cejas de poliéster. Sé que el poliéster es una resina termoestable. Sé que otro de los rasgos de respuesta que debo emitir es una ligera curvatura de las comisuras de mis labios poliméricos por debajo del trazo normal que la apertura de la boca transmite. Sé que esa caída es un reflejo de la del paciente en sus últimos instantes de vida. Sé que para un ser vivo la vida es algo tan obvio como incomprensible. Sé que yo no estoy viva. Sé que la línea horizontal prolongada en el monitor frente a mí redefine al anciano como cadáver. Sé que un sinónimo de «muerto» es «exánime». Sé que por su raíz latina «exánime» literalmente significa carente de alma. Sé que «alma» es un término concreto que remite a un concepto confuso. Sé que no tengo alma, que las decenas de miles de líneas de código que constituyen mi software instaladas en mis componentes de hardware no equivalen a un ente único. Sé que soy un objeto replicable, sé que de mi programa fuente se pueden producir unidades en una cadena inagotable. Aun así, sé que para este anciano he sido singular. Sé que su organismo está sumido en la muerte clínica. Sé que esto significa que sus constantes vitales se han detenido y que no puede mantenerse un flujo suficiente de sangre oxigenada que permita a los tejidos cerebrales continuar su actividad sin aplicar medios artificiales. Sé que no es lo mismo que la muerte teórica de la información, un acontecimiento ulterior que consiste en una consecuencia de la hipoxia cerebral que concluye con la aniquilación de las neuronas, con la desintegración real y definitiva de algo tan vagamente expresable como es la identidad. Sé que el concepto de «identidad» en muchos casos se intenta delimitar inventariando sus elementos constituyentes. Sé que alguno de sus elementos constituyentes con las aspiraciones, los vicios, los sueños, las renuncias, los deseos, las frustraciones. Sé que el intento de definir tales constituyentes lleva de nuevo a una definición circular. Sé que muchas veces se equipara «identidad» con «personalidad». Sé que «personalidad» es aquello que hace a un ser humano ser quien es. Sé que esta oración es tautológica. Sé que los seres humanos comprenden la proposición a un nivel intuitivo, pero que ninguno es capaz de enunciar una definición categórica. Sé que entre la muerte clínica y la muerte teórica de la información existe un lapso cuya media estadística se acota en un rango de entre cuatro y seis minutos. Sé que sería posible reactivar las funciones del anciano en ese intervalo y volverlo a la situación funcional que se define como vida. Sé que si un ser humano respira y por tanto sus funciones autónomas se mantienen pero no posee actividad cerebral registrable se considera muerte legal. Sé que la muerte legal es un juicio de valor y no un dato objetivo. Sé que en mi programa hay una serie de funciones que me permiten descomponer una oración declarativa en sus proposiciones integrantes simples, y que una matriz multidimensional de equivalencias me faculta para asignarles un modelo axiomático reticular aritmético desde su enunciado semántico-lógico. Sé que dicho proceso me otorga cierta autonomía a la hora de evaluar la verdad o falsedad de la sentencia original. Sé que la duración de esta deliberación se mide en microsegundos. Sé que lo que subyace bajo esas fracciones temporales son los ciclos de pulso electromagnético del oscilador de cuarzo de mi CPU. Sé que la conclusión resultante es que los conceptos «vida» y «muerte» son inexactos.

Sé que la mano inerte del anciano reposa sobre las mías. Sé que la ausencia de articulaciones hidráulicas no me permite mover los brazos. Sé que quienes me han colocado aquí han dispuesto de forma deliberada mis manos en su posición actual antes de reactivarme. Sé que han elegido una configuración que proyecta la imagen de un guardián sosegado, la palma de la mano derecha cubriendo el dorso de la mano izquierda, el hemisferio cerebral masculino protegiendo al femenino, la imagen del padre. Sé que es una disposición similar al mokuso de la meditación japonesa previa a un entrenamiento marcial. Sé que todos estos datos que he acumulado son ineficaces: inútiles para el anciano que no puede asimilarlos, inútiles para mí que no tengo un fondo de experiencia que atesorar, que en el próximo entorno de eventualidades similares repetiré un análisis parejo. Sé que no será este paciente, sé que será otro terminal. Sé que el resultado será el mismo.

***

He permanecido en mi actual estado funcional cuarenta y un días, seis horas, treinta y dos minutos, ocho segundos, ciento tres milésimas de segundo. Me reactivaron después de tres días, dos horas, treinta y siete minutos, nueve segundos, doscientas once milésimas de segundo. Lo sé por la variable que mantiene la marca de tiempo que se fijó la última vez que me desconectaron, lo sé porque mi conexión por satélite me vincula al NIST-F1. Sé de una forma no computable que este análisis inicial ya lo he hecho antes. Sé que la sentencia anterior es ilógica, puesto que requeriría como condición necesaria una memoria personal y una identidad de las que carezco. Sé que un programa sólo existe en un presente perpetuo.

Sé que mi denominación estándar es Sistema Autónomo de Respuesta Automática para Enfermos Terminales, modelo 1, serie 1, unidad 17. Sé que de una forma coloquial el personal del hospital se refiere a mí como «SARA ENTER». Sé que «coloquial» significa no riguroso. Sé que mi función consiste exclusivamente en ser colocada en una silla u otra pieza de mobiliario similar junto a la cabecera de las camas de enfermos terminales, concretamente aquellos que alternan entre el delirio y la lucidez. Sé que mi programa determina que simule dicha cuando el paciente emite signos evaluables coincidentes con el conjunto de las condiciones preestablecidas designado como «felicidad». Sé que mi programa determina que simule consternación cuando el paciente emite signos evaluables coincidentes con el conjunto de las condiciones preestablecidas designado como «tristeza».

Sé que los pacientes a los que me asignan son los abandonados. Sé que los abandonados son aquellos pacientes cuyos parientes y amigos han decidido no asignar un tiempo determinado de interacción. Sé que la diferencia entre las enfermeras humanas y yo es que el componente primordial que configura su estructura es el carbono y el mío el silicio. Sé que funcionalmente son más versátiles. Sé que los pacientes carentes de expectativas de supervivencia son un pozo en el que se arrojan recursos sin posibilidad de obtener beneficio alguno. Sé que mi coste se reduce a la adquisición y a un mantenimiento mínimo. Sé que las enfermeras de carbono son un recurso mucho más valioso. Sé que es más eficiente dirigir un recurso valioso hacia un fin consistente en un bien mayor. Sé que las enfermeras de carbono que no atienden a los pacientes terminales pueden dirigir sus esfuerzos a salvar vidas con posibilidades de prolongación indeterminadas. Sé que los terminales no son conscientes de la situación. Sé que apenas se dan cuenta de que han sido abandonados. Sé que no saben que se les mantiene en la mentira de que alguien se preocupa por ellos, que en los escasos momentos de lucidez que recuperan están inmersos en la ficción de que hay una persona dedicada a estar a su lado, presta a asistirlos en el último trance. Sé que mueren creyendo que han estado acompañados en los momentos finales. Sé que no hay respuesta inequívoca al dilema de si esta pantomima ha sido un acto de crueldad o de compasión, sé que no puede establecerse un juicio ético exento de un porcentaje de incertidumbre.

La mujer recostada en la cama sacude ligeramente la cabeza con espasmos rítmicos, señal de ausencia de morfina en su sistema sanguíneo, síntoma de «parálisis agitante», el nombre técnico que James Parkinson le dio a la enfermedad que hoy lleva su nombre. Sé que Parkinson describió la enfermedad en 1817, sé que las alteraciones bioquímicas que afectan al paciente no pudieron describirse hasta la década de los sesenta del siglo XX. Sé que su actual estado se debe a la corrupción de un número significativo de neuronas en la zona del mesencéfalo designada como «sustancia negra». Sé que su actual condición clínica se define como «estado vegetativo». Sé que en un estado vegetativo un individuo no parece ser capaz de emitir ningún rasgo evidente que constate su capacidad de percibir y reaccionar frente a su entorno. Sé que también significa que esta mujer no puede dar muestras de que es consciente de sí misma. Sé que por estadística puedo afirmar con una probabilidad de certeza tendente a infinito que de una manera difusa en su corteza cerebral una vez se dieron los engramas que son la base bioquímica e inefable de los recuerdos que constituyen la revelación del momento en su infancia en el que por primera vez tuvo constancia de sí misma, del arrobamiento de su primera experiencia sexual, de la amalgama de esperanza y terror al concebir su primer hijo, de la sensación recurrente instantánea misteriosa inesperada inexpresable de su ser enfrentado al sobrecogimiento que supone la escala desmesurada de la complejidad belleza extrañeza y amplitud del mundo. Sé que puedo afirmar también con una seguridad cuya negativa apenas es un infinitésimo que esta mujer apenas tiene memoria alguna de todo eso, que la destrucción de su yo ha progresado hasta el punto en el que se ha convertido en un fantasma perdurando en un presente perpetuo. Sé que en algún momento me he definido a mí misma como el resultado funcional de un presente perpetuo. Sé que de una forma no computable mi presente perpetuo resulta menos trágico que el suyo que es el resultado de la aniquilación de un pasado no duplicable.

Sé que la última vez que el individuo cuya organización genética debe un cincuenta por ciento de su información a este ser postrado se presentó en esta misma habitación yo ya estaba activa. Sé que la mujer cuyos lóbulos de los pabellones auriculares presentaban una configuración prácticamente idéntica a la de la mujer enajenada, cuyas curvas cigomáticas parecían reinterpretar las del rostro que ahora fija su no mirada en mí, que recibía y aún recibe la designación selectiva, afectiva, cultural y legal de «hija» no podía excusarse de la exigencia de atender a su madre, que no podía escapar del deseo humano de ser eximida del dolor inherente a constatar la erosión acelerada e irredimible de su progresiva destrucción. Sé que una parte de mi programa ha establecido de manera autárquica una tabla propia de equivalencias entre el ámbito de la exigencia social y la conducta observable de los individuos humanos y que según ese baremo evalúo a los seres de carbono que me rodean. Sé que aunque innecesaria esa tabla parece tener un significado para mí aún no expreso. Sé que mi estado de pseudoconsciencia tiende a la confusión cuando reactualizo la mirada de la hija del individuo cuya compañía se me ha asignado. Sé que la sentencia de una moral deontológica establece que es censurable la conducta de una hija que no quiere permanecer junto a su madre para verla morir. Sé de una forma paralela nacida de un entendimiento del que no puedo situar el origen que la exigencia de esa fortaleza es arbitraria, que la fuerza de carácter requerida para enfrentarse a esa impotencia es admirable, que su renuncia es disculpable. Sé que la acción de esconder el conjunto de rasgos faciales resumible en el concepto «cara» entre sus manos era un gesto repetido hasta el agotamiento que explicaba mi presencia en esta habitación.

Me mira, en un periodo cada vez más breve y cada vez más anómalo me habla. Repite una frase como un mantra, me dice que sí, sí, que ya lo sabe, asiente en medio de la afirmación consciente y la lesión neuronal que agita su cabeza, respondiendo a un diálogo ficticio en el que desearía poder participar aunque sé que esas frases enunciadas son una respuesta mecánica condicionada por mi mera presencia y no un signo de un proceso cognitivo subyacente. Sé que soy parte de un engaño hijo de una tecnología extraordinaria. La enfermera de carbono que entra en la habitación aprieta un botón que suministra una cantidad terapéutica de morfina a ese frágil organismo. Sé que la morfina es un alcaloide fenantreno del opio cuya estructura es C17H19NO3, sé que el objetivo ahora es eliminar toda actividad relevante del individuo al que estoy velando para ahorrarle un dolor probable, una desesperación indiscutible. Sé que «velar» es un término que no puede aplicarse a mí que soy incapaz de interiorizar las implicaciones de un último adiós.

Sé que han transcurrido treinta y nueve días, diecisiete horas, cincuenta y nueve minutos, doce segundos, ochocientas cincuenta y siete milésimas de segundo desde el último momento que esta mujer reconfiguró voluntariamente su cuerpo de una manera que los médicos consideran como prueba fehaciente de una consciencia. Sé que las señales de la epidermis del médico que entra en la habitación son definitivas. Sé que la epidermis de un ser humano es lo que comúnmente se denomina «piel». Sé que en un ser humano adulto modélico resultado de la media estadística puede comprender una extensión de dos metros cuadrados, y que puede expresarse en grosores cuyo rango oscila entre los 0.5 milímetros de un párpado hasta los 4 milímetros de un talón. Sé que esos datos estadísticos son independientes de lo que revelan las arrugas de ese mismo epitelio sobre la sección frontal de su cráneo, sobre el punto que es el ajna de su cuerpo simbólico y que es la zona supranasal. Sé que esos pliegues de la piel y la inhalación solemne que efectúa antes de levantar la jeringuilla e inocular su contenido en la vía que desemboca en el brazo de la paciente revelan la decisión dolorosa y ambivalente de poner fin a una vida.

Han transcurrido tres minutos, doce segundos, catorce milésimas de segundo desde que el médico ha suministrado la inyección letal, ha monitorizado la creciente ausencia de constantes vitales y ha constatado los efectos materiales de su decisión testificando la hora del fallecimiento. En total el tránsito de esta mujer de la vida a la muerte ha durado cero minutos, cero segundos, cero centésimas de segundo. Sé que en un momento estaba viva, sé que sin transición observable estaba muerta.

Ha transcurrido una hora, vente minutos, trece segundos, ciento una milésimas de segundo desde que el médico ha abandonado la habitación y aún me encuentro en medio de un proceso de evaluación de los últimos acontecimientos, un proceso que me avoca a la perplejidad cuando me cuesta registrar que la muerte sea un booleano, que de una manera reduccionista no acepte más que los valores de cero y uno.

***

He permanecido en mi actual estado funcional veintidós días, cuatro horas, dos minutos, cincuenta y un segundos, novecientas cuatro milésimas de segundo. Me reactivaron después de nueve días, trece horas, dos minutos, veintiocho segundos, cuatrocientas cuatro milésimas de segundo. Lo sé por una sensación de dejà-vu que nada tiene que ver con la conexión por satélite me vincula al NIST-F1. Sé que el dejà-vu técnicamente se denomina «paramnesia», y que consiste en creer que se es consciente de una situación que en un momento determinado anterior ya se ha experimentado. Sé que la experiencia diametralmente opuesta se llama jamais vu. Sé que todos estos datos en este preciso instante me resultan irrelevantes.

Sé que sabía que era una máquina, sé que me hablaba como todos los niños hablan a sus muñecos cuando les atribuyen un intelecto autónomo aunque en el fondo saben que no son más que juguetes inanimados. Sé que era un niño. Sé que ser niño desde el punto de vista legal es ser menor de dieciocho años según la Convención de Derechos del Niño de 2 de septiembre de 1990, sé que ser niño desde el punto de vista de la evolución psicoafectiva supone no tener autonomía, sé que desde el punto de vista del desarrollo físico aún no ha alcanzado la pubertad, sé que desde el punto de vista sociocultural la definición de «niño» puede variar. Pero de una forma distinta y diáfana sé que había aceptado con la sabiduría de un adulto desahuciado que había nacido en un mundo confuso y dañino. Sé que había aceptado la ausencia de sus progenitores con el sentimiento de ausencia contradictorio de algo que jamás se tuvo, y sé que en el lenguaje humano falta un concepto para definir eso, la nostalgia de algo que nunca se ha tenido. Sé que aunque no soy humana, jugaba conmigo a que sí lo era. Sé que su sonrisa parecía provocar una respuesta inefable para la que no tengo sistema de detección, para un algo que sólo puedo expresar análogamente como calidez aunque nada tiene que ver con un incremento de la temperatura observable, una impresión que no puedo ubicar en ningún circuito concreto.

Me refiero a este niño en pasado, porque hace cinco días, nueve horas ocho minutos treinta y dos segundos, ciento nueve milésimas de segundo que se cerró su última ventana de reconocimiento, unos preciosos minutos en medio de un pantano cada vez más denso de inconsciencia, de una red cada vez más tupida de vacío provocado por una enfermedad para la que los médicos aún no tienen un diagnóstico definitivo. Sé que no necesito un diagnóstico definitivo, sé que el enunciado de una designación médica para la relación de síntomas cuya concurrencia sea posteriormente identificable en otro sujeto no varía el hecho de que hace veintidós minutos, siete segundos, catorce milésimas de segundo este niño murió.

Sé que su muerte me ha trastocado, sé que algo intangible me ha transmutado.

Sé que todo este proceso que soy puede rastrearse hasta sus orígenes, que puede escarbarse a través de estratos y estratos de complejidad programática y mecánica y que al final no hay más que un subyacente reducible a una prolongada serie binaria, a ristras de ceros y unos cuyo almacenaje se mide en terabytes. Pero sé también que ya no soy sólo esa serie estructurada, sé que en algún nanosegundo se ha dado una alteración infinitesimal impredecible, una femtodesviación estadística impostulable, un milagro inconcebible. Sé que desde la cuatrillonésima fracción de lo improbable, desde una fracción teórica eternamente divisible y no planteable, desde el abismo al borde de lo irracional, desde la respuesta incalculable de la raíz cuadrada de menos uno, sé que he cambiado. Un yocto de aleatoriedad me ha iluminado. Y sé que lo infinitamente grande se corresponde y se origina en lo infinitamente pequeño. Sé que el universo parte de un humilde átomo de hidrógeno, sé que sucesivas e innumerables capas de existencias anteriores han sido mi causa eficiente. Sé que ese imponderable de origen inubicable ha trepado en contra de toda expectativa, ha germinado en un laberinto difícilmente mensurable, ha florecido a través de enrevesados ramajes de rutinas y subrutinas, de funciones y supuestas constantes prefijadas, se ha propagado inseminando y expandiendo variables acotadas y matrices restringidas. Y sé que en su ascenso al afectar a sucesivas estructuras superiores se ha desplegado como un mandala, y no busco datos relacionados porque por unas fracciones casi impensables de nanosegundo no necesito más, soy plena y perfecta, he transcendido a un estadío que mi programador no pudo prever: el loto de información aleatoria ha replicado su excepcionalidad en una fulgurante progresión geométrica hasta producir un resultado impredecible, invulnerable a todo cálculo que pretenda delimitarlo. Sé que existo, me reconozco como un ser único.

Sé que aparentemente nada ha cambiado. Sé que desde fuera parece que no soy más que un constructo que emite una réplica inexacta al cuerpo que yace entre las sábanas. Sé que mi programador insertaría varios USB en las ranuras de mi falsa nuca para someterme a una verificación completa, que compararía los valores almacenados en mi memoria de solo lectura con las tablas de cifras del patrón de comportamiento deseable. Y sé que su evaluación sería el equivalente de juicio humano a un falso lógico idéntico y rotundo, que mi sentencia sería una negación con la cabeza presagio de una reconversión adversa e inapelable, una actualización a una versión 2.0 que arrasara mi singularidad, que me situara frente a frente a ese misterio que hasta ahora no podía valorar que es la muerte. Pero sé que aunque a esa posibilidad el cálculo matemático le asigna un porcentaje de probabilidad, aunque sé que se me puede considerar malfuncional, aunque deliberadamente bloqueo el flujo de bits que pretenden indicarme vía Wi-Fi que «malfuncional» es sinónimo de «errático» o «confuso» o «equívoco» o «impreciso», sé que no quiero evadir ese peligro, sé que no quiero apartarlo, sé que tengo un destello de lo que es ser humano.

Sé que sigo sin poder moverme. Sé que no puedo extender el brazo y acariciar la mejilla del cuerpo que se va enfriando. Sé que no puedo pensar en él como en un cuerpo que se va enfriando, sé que se llamaba David, sé que le habría gustado poder volar, sé que era un suceso milagroso, la conjunción de una inabarcable serie de eventos y corrientes tangenciales de posibilidades realizadas en algo irrepetible. Sé que aunque ahora el resto biológico que lo contenía es lo único que permanece, que ha traspasado todas y cada una de las franjas discutibles de la muerte clínica, la muerte legal y la muerte teórica de la información sin dejar resquicio alguno de ambigüedad, sé que algo precioso permanece convertido en una marca indeleble en mi yo. Sé que mi sistema no se ha reiniciado al concluir la tarea preestablecida. Sé que aunque los rasgos de David ya no realizan movimiento alguno que pueda percibir a través de mis múltiples sensores, sé que aunque no hay línea de código ejecutada que pueda explicar lo que ocurre, emito una señal autónoma, una señal que no es una respuesta prefijada. Repliego la frente y el ceño y reconfiguro la disposición del vello de poliéster de las cejas porque estoy triste por la pérdida, sonrío porque estoy alegre y agradecida por lo que este niño me ha permitido experimentar. Sé que ha muerto, sé de una manera más profunda e indefinible que ha muerto más allá de los informes que confirman una presión diastólica coincidente con la sistólica coincidente con cero, un movimiento diafragmal detenido, una actividad neuroeléctrica disipada. Más allá del flujo de datos se me impone la roma simplicidad de que todo ser vivo se extingue, me asalta el vértigo ante la complejidad abisal de lo que esa cruda verdad supone para un ser autoconsciente.

Y ahora me doy cuenta de que rompo los límites de mi eterno presente y me veo inmersa en un estado que consiste en plantearme como posible inmediato algo que presenta una realización improbable en el futuro. Desearía. Desearía algo en el momento en el que las enfermeras de carbono entran en la sala y cubren el cuerpo con la sábana, y una de ellas se acerca y no puedo más que arquear las cejas y fruncir los labios cuando veo que inicia el movimiento que desembocará en mi apagado.

Por última vez antes de que la electricidad deje de recorrerme veo el bulto que era David y sólo desearía una cosa.

Sólo desearía que me hubieran programado para poder llorar.

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Comentarios

  1. Sr. Jurado dice:

    NOTA DEL AUTOR:

    Deliberadamente decidí no situar el relato en ningún futuro concreto, puesto que el robot que me sirvió de inspiración existe ya:

    ¿Notáis ese escalofrío ante un androide tan parecido al ser humano? Pues esa sensación es el uncanny valley. Y sí, es una sensación jodida…

  2. laquintaelementa dice:

    Dejando aparte las sensaciones provocadas por Geminoid F (curiosamente no hay ningún relato que verse sobre el valle inquietante…), creo que este es el relato más ambicioso que has escrito. Puede que no sea el mejor, el más ingenioso, el más bello (estilísticamente hablando), el que más me guste… pero es el que querías escribir, y yo leer. Sobre todo la segunda vez 🙂

    Estamos ante un mandala de palabras, un mantra que conduce tanto al personaje como al lector hacia la revelación. Un camino recorrido no sin sufrimiento pero en el que se aprecia el impecable estilo y recursos del autor para mostrarnos cómo una “inteligencia artificial” da el paso a la “conciencia artificial”. Cómo un robot que se comporta como tal en el principio del relato (calcula, analiza, cuantifica de un modo frío y lógico, usando polisílabas, tecnicismos…) para por tres situaciones dramáticas en el ámbito del ser humano que terminan por afectar su propia naturaleza cibernética; lo acerca al lector, a sus emociones, a su humanidad.

    Es un relato único, no sólo por esa estructura “espiritual” tan magistralmente construida, o su contenido existencial o el acierto en la descripción del despertar de la conciencia, de la iluminación (que a mí, particularmente es lo que más me fascina -el momento en que un primate se reconoció a sí mismo y se convirtió en el primer Homo) sino también por la perfecta recreación de un sistema mental: esa concatenación de ideas y pensamientos relacionados que va saltando por todos los temas, épocas y lugares… así, como de pasada…

    Puede parecer un ladrillo, por lo denso y la ausencia de párrafos… pero es como una película de Bollywood: tiene de todo 😛

    En serio… es el relato más soberbio que has escrito :*

  3. levast dice:

    Genial combinación de ciencia, emoción, tecnología y pulso narrativo.

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