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¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ‹ Relatos Bluetales

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¿Qué es más vergonzoso para un samurái?

por Relato ganadorRelato Bluetal

Hideki Shinji caminaba al lado de su maestro, Ikeda Hayato. Avanzaron hasta el centro del círculo que los hombres de su señor habían delimitado en aquella suave colina clavando largas lanzas y uniéndolas con telas bordadas con el mon de la nube estilizada que el viento ondeaba suavemente. En el interior de aquel espacio los otros samuráis permanecían arrodillados en silencio, dos filas de oficiales a derecha e izquierda de Obuchi Kazuo, daimio de todos ellos.

Ikeda vestía un sencillo kimono blanco, y el ligero rubor de sus mejillas indicaba que había estado purgándose hasta pocas horas antes, para vaciarse: no quería que cuando se abriese el vientre sus intestinos derramaran mierda junto a su sangre; intentaría morir con una dignidad con la que no siempre había sido capaz de vivir.

Hideki esperó a que su maestro se arrodillara frente a la pequeña mesa en la que había un tanto envuelto en una hoja de papel de arroz. Se colocó a su espalda, tras su hombro izquierdo, y agradeció que el ojo que había perdido en combate fuera el derecho. Ikeda-san lo había elegido para ser el asistente en su suicidio, y no quería fallar cuando tuviera que poner fin a su dolor.

***

Hideki estaba arrodillado sobre su oponente. Los estandartes de ambos estaban partidos, y las telas con los mones de sus respectivos señores colgaban de restos astillados: parecían dos aves con las alas quebradas peleando en el fango. Aquel guerrero hundía el pulgar en la cuenca de su ojo, y densas lágrimas de sangre y humor vítreo le recorrían la mejilla, pero él no prestaba atención a los escalofríos que le paralizaban media cara, sólo tiraba de la cresta lateral del kabuto de su enemigo para poner al descubierto su cuello. En la mano izquierda aferraba lo que quedaba de su katana, apenas cinco centímetros de la hoja que se había partido durante el combate. Su maestro le había enseñado que un arma era una herramienta; no era un talismán, ni un símbolo de su honor, ni nada parecido: se trataba de un mero objeto que debía emplear lo mejor posible mientras dispusiera de él. Aquella no había sido la lección más importante que le había transmitido, pero sí una de las más útiles. Por eso Hideki no se había desprendido del sable roto. Cuando apareció la carne entre la máscara y la guarda del cuello, apuñaló una y otra vez, hasta que el metal fragmentado seccionó la carótida, y un potente chorro de sangre le saltó a la cara. En segundos, aquel cuerpo bajo él se había desangrado, y el dedo se deslizó fuera del hueco que había dejado su ojo reventado.

Hideki se puso en pie, y comenzó a andar por el campo de batalla. La lucha había terminado, aunque todavía quedaran parejas de combatientes aislados en sus propios enfrentamientos. A su alrededor el mundo era sobre todo gris, rojo y marrón, pero parecía que en el suelo, en los cadáveres pisoteados por caballos y humanos, predominaba el verde, el color del estandarte del ejército enemigo. Era una buena señal.

Minutos después dio con su maestro. Estaba arrodillado junto a su caballo. El animal tenía una flecha clavada en la base del cuello, y se había partido las dos patas delanteras. El propio Ikeda lucía varias fechas clavadas en los sodes y en la coraza que cubría su pecho, la mayoría de ellas con las astas partidas. Si alguna había llegado a clavarse en su cuerpo, su expresión no lo delataba. Lo que sí delataba eran el cansancio y la tristeza.

—Ikeda-san, hemos ganado.

Ikeda asintió sin decir nada. Acariciaba la crin del animal, que respiraba pesadamente. Desenvainó su wakizashi y con un golpe preciso lo clavó en el ojo del caballo profundamente; la hoja alcanzó el cerebro y su montura se contrajo con un estertor sin siquiera llegar a relinchar.

—Vamos —le dijo su maestro cuando se puso en pie.

Hojas de otoño.
Pétalos que pisamos.
Estos son carne.

El combate no había durado mucho, apenas media hora. Aun así, eran cientos los cuerpos derribados entre los que caminaban. La lluvia diluía los charcos de sangre de samuráis y ashigarus por igual. Su maestro se acercaba a los moribundos, sin prestar atención al color del estandarte. Cuando el guerrero malherido había perdido el kabuto o se lo podía quitar, lo tumbaba boca abajo y le clavaba el wakizashi en la nuca. Cuando aquello no era posible, les levantaba el brazo izquierdo y les hundía la hoja en la axila para alcanzar el corazón.

Hideki lo acompañaba en silencio. No comprendía aquel acto de compasión de su maestro. Otros samuráis pensaban que era un signo de debilidad.

A lo lejos, desde la cima de una colina a varios kilómetros, un jinete partió en dirección al campo de batalla. Portaba el estandarte verde con el mon de la abeja. Cuando llegó a donde se encontraban Ikeda y Hideki ambos comprobaron que iba desarmado. Descabalgó y se arrodilló frente a ellos, inclinando la cabeza y ofreciéndoles una caja lacada. Ikeda la aceptó. El mensajero se puso en pie. Ambos se miraron y se saludaron antes de que éste partiera.

Ikeda no abrió la caja. Sabía lo que contenía: una carta de rendición y un abanico. Se la entregó a Hideki.

—Llévasela a Obuchi-sama.

Hideki asintió con la cabeza y se dio la vuelta, dispuesto a cumplir la orden inmediatamente. A su espalda escuchó la voz de su maestro.

—¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor?

Hideki sonrió. Sabía la respuesta: era la enseñanza más importante de un samurái. Su maestro siempre le hacía aquella pregunta al finalizar una batalla. Respondió de manera automática y partió.

Lo que Hideki no hizo fue percibir la diferencia que aquella vez vibraba en la voz de Ikeda. Aquella vez el tono no era el de un maestro que enseña a su discípulo: era la voz de un hombre que debe repetirse algo constantemente, quizá para poder seguir creyendo en ello.

***

Ikeda sacó los brazos del kimono, extendió las mangas cuidadosamente y las cruzó sobre sus muslos, apretando la derecha bajo la rodilla izquierda y viceversa: la tensión haría que su cuerpo se desplomara hacia adelante, lo que no sería indecoroso. Además, se había anudado un obi grueso a la cintura, lo que absorbería gran cantidad de la sangre. Tras una breve pausa, agarró el tanto con la mano derecha.

Hideki comprobó que a su maestro no le había temblado el pulso. A él tampoco le tembló cuando desenvainó la katana. Cuando Ikeda acercó el cuchillo a su vientre, alzó su propia hoja, listo para decapitarlo.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? El pensamiento le cruzó la mente, y por un instante apartó la mirada de su maestro. Sin mover la cabeza, en su visión periférica captó la figura de Obuchi Kazuo.

***

—Al caer la tarde nada queda vivo en la aldea.

Aquellas habían sido las palabras de Obuchi Kazuo. Las había pronunciado despacio, sin que le temblase la voz, con la mirada fija en las casas alineadas junto al río que formaban Fujiwara. Ni por un momento consideró lo que aquellos campesinos ya habían padecido: contemplaba la nieve que cubría las montañas a lo lejos, arrobado por su magnificencia.

Como todas las aldeas cercanas al castillo de Hishikawa, en los meses que había durado su asedio los hombres de Ikeda la habían saqueado varias veces. Había dado órdenes estrictas de que se evitara la violencia más extrema, pero como en todas las guerras, había habido violaciones y muertes. Aquello casi parecía algo inevitable, como la caída de las flores de cerezo.

Pero lo que había ordenado Obuchi-sama era un exterminio, como muestra de poder, como estrategia de miedo.

Hideki cogió la cría de gato, con un movimiento brusco le partió el cuello, que sonó como el astillado de una ramita seca, y dejó caer el pequeño cuerpo aterciopelado sobre el montón que formaban los cadáveres del resto de la camada. En el estanque del jardín se confundía la sangre de las carpas que flotaban con la del cuerpo medio sumergido, un anciano que por sus ropas debía de haber sido el jardinero.

Al abandonar la casa se dirigió a la plaza. Ikeda estaba allí, en medio de las demás figuras. Ninguno llevaba la armadura: no era necesaria para matar a gente desarmada. Su maestro sostenía un tanto en la mano, manchado de sangre de mujeres, niños, viejos y perros: a los hombres ya se los habían llevado los samuráis de Hishikawa en la leva, ya estaban todos muertos. Dejó el cuchillo en el suelo junto al cubo de agua en el que se limpió las manos. Después de secárselas con un pañuelo, limpió la hoja del arma.

A lo lejos se oyó un chillido, tan distorsionado por el miedo que no se podía distinguir si era de un cerdo o de un ser humano.

Aún pasaron algunas horas hasta que montaron a caballo y salieron despacio por el camino principal. Habían sido exhaustivos en el cumplimiento de la orden. Habían registrado shaku a shaku cada casa hasta que no había quedado escondite alguno; habían alanceado los árboles frondosos, donde algunas madres habían escondido a sus recién nacidos en cestas de bambú.

Los samuráis y los ashigarus formaban ya largas filas que se alejaban cuando el humo comenzó a ascender en el cielo.

Ikeda y Hideki abandonaron los últimos aquel lugar, cuando se aseguraron de que el silencio era completo.

Al dejar atrás las últimas casas, con la caída del sol, oyeron un ruido. Un cuervo graznaba sobre la rama de un pino blanco. Ikeda se detuvo y encordó su arco. Disparó una flecha que atravesó al animal y lo clavó al tronco. El ave aleteó frenéticamente, batió las alas presa del pánico como si creyera que volando podría dejar atrás su propia muerte. Ikeda permaneció inmóvil hasta que de nuevo se restableció el silencio.

Blancas las cimas.
Calladas nos observan.
¿Podrán olvidar?

—Al caer la tarde nada queda vivo en la aldea —murmuró Ikeda, repitiendo las palabras de Obuchi Kazuo.

Hideki se sorprendió: en las palabras de su maestro le había parecido percibir una ola sumergida de rabia.

El fuego se extendió por las casas iluminando la noche a sus espaldas. Así dejaron Fujiwara atrás: como sombras negras dibujadas sobre un lienzo de llamas.

***

Lo primero que notó Ikeda fue el frío que comenzó a irradiar desde la herida al resto de su pecho y el entumecimiento de los muslos. La hoja de acero cortó la piel sin dificultad. Los primeros tres centímetros que avanzó casi fueron un sueño: no era la primera vez que notaba un arma dentro de su cuerpo, y su organismo parecía aceptar con el mismo estoicismo que él aquel trauma físico. Sólo dejó de ser así cuando alcanzó una sección vertical del intestino delgado: siguió tirando para alcanzar su costado derecho, pero el pedazo de tripa ascendió por la hoja y asomó parcialmente de la herida. Ikeda no dejó de mirar fijamente a Obuchi Kazuo cuando empezó a mover adelante y atrás el cuchillo, apenas unos centímetros en cada sentido, para cortarse la entraña como quien corta un cabo de cuerda.

Las arcadas comenzaron cuando apenas había superado la línea del ombligo. Luchó por reprimir el ruido ahogado de su garganta y volvió a tragarse el vómito de bilis y sangre. Tuvo que detenerse un instante, medio cegado por el sudor que le caía por la frente, cuando sintió una sensación de mareo. Inesperadamente, no sentía dolor en la zona abdominal, sólo el sopor que acompaña a la pérdida masiva de sangre. Para luchar contra el desmayo apretó más la hoja del cuchillo, hasta que se la clavó en la palma de la mano: eso todavía pudo sentirlo.

Ikeda no se concedió adelantar la señal convenida. Completaría el seppuku a la antigua, demostraría que nunca en su vida había actuado con cobardía: no permitiría que nadie malinterpretara su rendición. Apretó los dientes y entre ellos se escaparon hilos de baba sanguinolentos. No fue consciente de cómo comenzaron a escurrirse por las comisuras de sus labios azulados, ni del vívido contraste que ofrecían con su piel, cada vez más pálida. Su corazón latía frenético, intentando bombear más sangre a los órganos vitales: aquel esfuerzo fútil resonaba en sus sienes como un taiko.

Tampoco fue consciente de que había orinado el sake que había bebido antes. No obstante, nadie pudo olerlo: había demasiada sangre.

Cruzó la hoja hasta por debajo de las costillas derechas y la extrajo despacio, procurando que la sangre no goteara.

Inspiró de manera entrecortada. Aún le quedaba la otra mitad del ritual.

Hideki estaba atento a cada vacilación de su maestro: había jurado que le daría el golpe de gracia cuando no fuera ya capaz de segur mirando a los ojos de Obuchi-sama.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor? Otra vez aquellas palabras. La respuesta había sido siempre clara. Por eso no entendía cómo habían llegado a aquel punto.

***

Ikeda escribía despacio. Sostenía el pincel con el pulgar, el anular y el meñique de la mano derecha: los otros dos dedos los había perdido años atrás por culpa de una tsuba rota.

Hideki leía despacio; como a muchos otros samuráis, nunca se le había dado muy bien. Los papeles de arroz colgados en las paredes contenían los haikus de su maestro. Uno hablaba del otoño y unos pétalos, otro de la cima de unas montañas que callaban. Se rascó la cabeza.

—¿Qué te parecen, Hideki-san?

—No los entiendo, maestro —respondió inmediatamente, sin dudar: en el guerrero puro el pensamiento, la decisión y la acción son uno.

Ikeda sonrió a la vez que soplaba suavemente sobre el papel de la carta que acababa de escribir para secar la tinta.

—Valoro tu honestidad.

Hideki miró por la ventana. Estaban en la torre más alta del castillo de Maeda. Maeda Ryunosuke había muerto meses atrás, y la defensa había recaído sobre los hombros de Ikeda. En las llanuras los enemigos formaban en cuadrados de estandartes, en aquella ocasión de color malva: piezas para la matanza esperando en precisas disposiciones geométricas. Los colores cambiaban, pero las caras tenían siempre la misma apariencia difusa, uniforme.

Ikeda plegó la carta que había escrito y la guardó en una caja lacada.

—¿Recuerdas el asedio del castillo de Hishikawa?

—Sí, maestro. Una gran victoria.

—¿Recuerdas cuánto duró?

—Casi medio año. En verano nos congregamos a sus puertas, y cuando nos marchamos las nieves cubrían las cimas de las montañas.

Ikeda asintió en silencio. En ese momento entró en la sala el mensajero al que había mandado llamar. Le entregó la caja lacada.

—Saldrás del castillo sin armas. Entregarás esta caja a Hiroto-san.

Ikeda retomó la conversación hablando casi para sí mismo.

—Seis largos meses. Aquí será igual. Sangraremos nosotros, sangrarán ellos. Y las gentes a nuestro alrededor, que nada saben de los motivos de esta guerra.

Hideki no contestó. No había nada que contestar: aquella era la naturaleza de la guerra, y una afirmación así no necesitaba réplica, igual que si hubiera indicado que el cielo es azul o que el agua moja. Ai uchi, destrucción mutua: el camino del guerrero.

Descendieron de la torre hasta el patio, donde los esperaban los demás samuráis. Ikeda no se dirigió a ellos: en lugar de eso pidió a los sirvientes del castillo que trajesen todos los caballos de las cuadras. Sus hombres no hicieron preguntas, aunque era patente la confusión entre ellos.

Un bello lago.
Si nadie ve sus aguas,
¿valdrá la pena?

Cuando todos hubieron montado, Ikeda dio la voz para que abrieran las puertas.

En la llanura, a caballo frente a sus propios samuráis, Hiroto Yusuke aguardaba. Llevaba en el regazo la caja que le había enviado Ikeda. Cuando sus ojos se cruzaron, hizo un enérgico gesto de afirmación.

Ikeda sacó un abanico y lo desplegó, estiró el brazo todo lo que pudo para que sus hombres viesen la señal que hizo. Un frío pareció recorrerlos a todos: había rendido el castillo antes de que comenzara la lucha.

Sólo quedaba partir para restablecer su honor frente a Obuchi Kazuo.

***

Ikeda resoplaba como un caballo que una vez había sacrificado, enajenado. Las gotas de saliva roja saltaban de sus labios como rocío que cae de una hoja que tiembla. Había vuelto a introducirse el cuchillo en el vientre. Lo sujetaba con ambas manos: con una sola los temblores podrían haber hecho que se le escapara de entre los dedos.

Los espasmos recorrían su espina dorsal. Con la hoja vertical, comenzó a ascender desde el ombligo intentando alcanzar el esternón. Los otros samuráis lo miraban, a la vez presas de la fascinación y el horror. El cuchillo avanzaba como si lo hiciera entre manteca: los intestinos seccionados por el corte horizontal se escapaban de su cavidad abdominal y colgaban sobre su ingle, y no ofrecían resistencia alguna.

Sólo se detuvo cuando alcanzó la sección horizontal del intestino grueso. Un momento antes se había seccionado la arteria mesentérica superior, y a su corazón ya casi no le quedaba nada que bombear: no tenía fuerzas para cortar aquel pedazo de tripa.

Hideki sabía que su maestro no había sido un cobarde, que no había rendido el castillo de Maeda por miedo. Pero no podía comprender qué significaba aquella acción, por qué había decidido cargarse con aquel deshonor. Si había alguna lección que aprender de todo aquello, no fue capaz de descubrirla.

Finalmente, Ikeda dejó caer el cuchillo e inclinó la cabeza, exhausto, exponiendo su nuca.

Arco de acero.
Líneas rojas florecen.
Rumor de viento.

La hoja de Hideki separó limpiamente la cabeza de Ikeda de sus hombros. No brotó apenas sangre del cuello cercenado: casi toda estaba en el charco sobre el que el cuerpo seguía arrodillado.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor? Aquellas palabras las había oído decenas de veces. Y siempre había contestado con una sola: Ambas. Porque el samurái no juzga, porque la esencia del samurái es servir; porque, por encima de todo, el samurái obedece.

Había aprendido bien aquella lección.

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Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    Es el mejor relato de la edición, en mi opinión. Por eso es el ganador.

    Es puro equilibrio, por donde se lea.

    Uno de los personajes, Hideki, lleva el peso narrativo de los hechos, el que nos cuenta lo que sucede, nos relata los acontecimientos; mientras que Ikeda carga con las reflexiones, nos hace pensar y evaluar la moral de esos sucesos, nos hace la pregunta y nos hace buscar la respuesta, aunque creamos que la conocemos. Eso en cuanto al fondo.

    En cuanto a la forma: la transición de escenas es una lección de cómo usar catáforas, de cómo hacer un fundido en negro o un silencio con un haiku… la ambientación y las descripciones son una perfecta recreación de escenas de Kurosawa. De hecho, yo a Ikeda le pongo la cara de Toshiro Mifune sin querer… 🙂

  2. Loken dice:

    El relato es estupendo y merece sin ninguna duda haber ganado, aunque quizás las descripciones anatómicas estén de más, ya que el efecto dramático está más que logrado y a alguien que no conozca la materia le ralentice la lectura de una escena por lo demás acojonante. Enhorabuena!

  3. Sr. Jurado dice:

    Yo creo que justo lo imprescindible son esas descripciones. Creo que la figura del samurái que tenemos es totalmente falsa e idealizada, por eso quería introducir un poco de crudeza en el relato: el seppukku no es un acto abstracto de expresión de la voluntad, es un trauma físico brutal; creo que casa bien con la imagen de psicópatas con la que represento a personajes como Obuchi y Hideki.

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