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La noche del héroe

por Relato finalista

Sobre el caballete de madera la armadura captura la luz oscilante de las antorchas, la devuelve en vibrantes destellos como ecos de un desafío. La oscuridad de la ranura del yelmo parece habitada del fantasma ausente, un fantasma nacido de su mano, parece que por momentos se puede entrever el brillo de unos ojos que lo miran fijamente. Él también viste coraza, grebas y yelmo, pero su armadura no presenta el lustre de la otra. El peto y las hombreras vacíos han sido pulidos hasta convertir sus superficies en espejos de bronce. ¿Qué clase de hombre viste una armadura que llama la atención de todos sus enemigos? Uno que no los teme, uno que es inmortal. Uno al que se enfrentará mañana.

Héctor piensa en su víctima, se pregunta si podría haber sido de otra manera, si la lucha habría tenido otro final si hubiera sabido que no era Aquiles quien vestía todo aquel metal silencioso. Se pregunta si habría tenido la lucidez para comprender su error, la sabiduría para aceptarlo, la voluntad para evitarlo. Sacude la cabeza en una ligera negativa, los años de lucha le han enseñado que la tragedia de la guerra consiste en que convierte a cada guerrero en una extensión de su propio camino invariable, hojas sometidas a la corriente de un río sangriento. Sabe que no habría podido ser de otra forma, que la línea grabada de ese enfrentamiento era tan clara como la que trazó bajo la coraza, atravesando por igual guardas de cuero y entrañas, con la espada que lleva al cinto. El mismo cinto que en reconocimiento de su fuerza le entregó Ayante tras el combate que sostuvieron. Deja escapar una seca carcajada teñida de amargura. Intercambiaron regalos. Posiblemente la próxima vez se maten.

Los aedos cantan la gloria de la batalla, pero a él sólo le queda una muda pregunta para el fantasma de la armadura. ¿Qué clase de héroes somos, Patroclo, si tu honor estaba al servicio de un mirmidón zafio, impío y colérico, y el mío al servicio de un hermano egoísta que ha condenado a una ciudad inocente? Apoya la mano sobre el pecho labrado como despedida.

Abandona la sala de armas y camina por el palacio. Hace rato que ha anochecido, aunque sólo ahora se vuelve consciente de ello. Nota un intenso dolor de cabeza, una presión entre los ojos como un remache de plomo, y la sangre le late en las sienes con la cadencia de la pregunta que se repite insistentemente. ¿Puede un hombre enfrentarse a su destino? Piensa en Casandra, lo poco que pesaba cuando la alzó del suelo y la dejó en su lecho hace unas horas, cuando por fin las imágenes nacidas de su delirio acabaron por agotarla. ¿Qué fue antes, la demencia o el encierro? Hace tanto tiempo que va a verla a la habitación que no se le permite abandonar que no está seguro. Como tantas otras veces, se pregunta si su hermana es consciente de los momentos que pasa a su lado. Nadie quiere escuchar sus advertencias, todos a su alrededor niegan sus predicciones. Todos salvo él. Héctor sabe que no es locura lo que tiñe sus palabras, sino visión. ¿Acaso los dioses me han castigado como a ella? ¿Me han permitido creer en sus advertencias sobre el futuro porque saben que no puedo cambiarlo? Esta noche desearía no haberla escuchado, tener la capacidad de cerrar los oídos igual que los ojos. Ha predicho su muerte, pero no es eso lo que se aferra insidiosamente a sus pensamientos, sino todo lo demás. Si luchas mañana morirás. Y si no lucha y al final son vencidos, el resultado será el mismo.

En el aire del pasillo que recorre pende un olor dulzón, el del aceite de las lámparas que se quema despacio, su humo ennegrece las paredes y tiene la impresión de que se adhiere a su paladar. Las semillas olorosas que arden en su interior no pueden disimular a lo que huele el palacio, a lo que huele la ciudad. Huele a cuerpos hacinados. Huele a enfermedad. Huele a hambre.

Se detiene frente a su propia alcoba. Por un momento duda en entrar, pero lo hace, sus pasos resonando con el metal del que va ataviado. Andrómaca levanta la vista hacia él, por un momento tiembla hasta que reconoce las figuras repujadas en la coraza. En su regazo sostiene a Escamandro. El niño ve una figura colosal que se cierne sobre él, una extraña cara de planos cortantes, su agresiva geometría proyectada hacia él. Llora, entierra la cara en el pecho de su madre. Andrómaca le susurra algo, el niño hace el esfuerzo de girar la cabeza. Héctor se quita el yelmo y lo deja sobre la cama, el llanto cesa. Andrómaca deposita al niño muy suavemente en la cuna de sus brazos. Héctor se enfrenta a su único miedo. Aprieta los labios, su cuerpo se pone rígido como frente a un adversario, pero no es la furia que lo blinda en el campo de batalla lo que siente: es terror, la conciencia que siempre lo asalta cuando sostiene a su hijo, el horror de herir con su propia fuerza descontrolada a un ser tan frágil, la desesperación de no poder protegerlo del daño que acecha siempre en el mundo. Respira despacio, como si pudiera domar esa inseguridad sólo con el aliento. Escamandro se aferra al largo mechón de pelo de su padre que le roza la cara. Héctor piensa vagamente que ha podido ocultar una vez más ese miedo a Andrómaca. Andrómaca no dice nada; sabe, como tantas otras veces, que lo ama más por esa debilidad que por toda su grandeza.

Héctor aprieta la mandíbula, sin atreverse a moverse. Quisiera poder hablar, pero hoy las palabras huyen de su garganta reseca. Quisiera pedir perdón a su hijo, perdón porque Neoptólemo lo arrojará desde una torre de la ciudad, porque no lo salvará del abrupto final de huesos triturados contra la roca de su breve existencia.

Permanece en silencio unos minutos, hasta que su mujer vuelve a coger al niño en brazos. Cuando se levanta cruzan una mirada. Héctor se debate entre el dolor de una traición futura y la compasión que siente por ella, su deseo de que viva: será llevada a Ftía, le dará tres hijos al asesino de su primogénito. Abraza a ambos, a ella la besa despacio en la frente. Recoge su yelmo y sale.

Abandona la zona noble del palacio. Si un hombre no puede vencer a su destino, ¿qué le queda? La palpitación de su cabeza se recrudece cuando deja atrás la habitación en la que no ha querido detenerse, la habitación de Paris. No ha querido verlo indolentemente tumbado junto al cuerpo de alguna joven. No ha querido ver su piel sin cicatrices. No quiere recordar la historia que ha oído una y otra vez, el acto fatídico que los encadenó a este presente. Imagina una y otra vez la escena, el banquete en su honor en Esparta, la copa que Helena deja sobre la mesa, la misma que acto seguido sujeta su hermano, su hermano que coloca los labios en el punto exacto en que se habían posado los de ella, el gesto que los condenó a todos. No se da cuenta de que la fuerza con la que aferra la empuñadura de su espada blanquea sus nudillos. Sólo porque eres mi hermano… No siente piedad alguna cuando piensa en que Filoctetes le atravesará el pecho con una flecha. Y, a pesar de ello, juró defenderlo. Y lo hará.

Entra en la zona de huéspedes. Aquí el hedor de la ciudad es más fuerte. Contempla las estrellas a través de la galería porticada, siente un odio ciego. Siente el sabor de la bilis en la garganta junto al latido de la sangre. Cuanto más las mira más se adensa su rencor. Desearía que los hilos que trazan en el tapiz de su vida pudieran cortarse con una espada, nota la indignación creciente hacia esas luces lejanas, por su perpetua quietud, por su inagotable impasibilidad ante el daño que provocan. Y aun así, no se engaña, sabe que su cólera frente el parpadeo de los distantes puntos de luz sólo es una forma de ocultar su duda, un ritual de dilación. Dejando caer los hombros camina hacia el último cuarto que visitará.

Empuja la puerta muy despacio. La ve, tumbada en la cama, desnuda bajo la seda oscurecida en partes por su sudor. En el umbral se queda paralizado. Apoya la cabeza contra la dura madera de la puerta. No se atreve a dar un paso más. Sabe que por amor un hombre puede luchar durante años por alcanzar sus máximas aspiraciones, sabe que por deseo es capaz de sacrificarlas todas en una sola noche. Helena. Ese nombre en su mente resuena como una maldición. Diez años han pasado desde que la vio atravesar la puerta de Troya, diez años de sufrir la furia de Menelao y sus aliados. La obligarán a casarse con Deífobo. Menelao matará a Deífobo. Menelao la perdonará y la devolverá a su hogar. Pero desde que pongas un pie fuera de la ciudad cada mirada que verás sobre ti se te quedará grabada. ¿Ésta es Helena? ¿Cuántos hombres murieron por su belleza? No comprenderán lo que has sufrido, no sabrán lo que es padecer hambre y enfermedad durante una década, no podrán comprender la desesperación de ser olvidada por tu raptor cuando tanta sangre se ha vertido por tu secuestro. Sólo serán capaces de percibir la belleza que se ha consumido entre estas murallas, a sus ojos no serás más que la sombra que proyectas sobre ti misma. En ti sólo verán la imagen truncada, la consumición, la pérdida. Helena se remueve, presa de un sueño intranquilo, y Héctor contiene el aliento en un segundo interminable. Y yo también lo veo. Veo las arrugas alrededor de tus ojos. Veo tu piel envejecida, veo las escamas en tus codos y tus nudillos. Veo tu melena cada vez más rala. Veo el perfil consumido de tus pechos descolgados. Siente una punzada de culpa. Y aun así… aun así para mí eres tan hermosa como la primera vez que te vi. Piensa en Andrómaca, en la calidez que le transmite, en la gratitud que le debe, en el amor que le profesa, y que todo eso es real. Y a la vez percibe la ausencia del tacto de la piel de Helena en sus dedos como un daño físico, como la abrasión de arrastrarlos sobre el mármol sin desbastar. ¿Qué podía hacer? Soy el guardián. He dedicado mi vida a cuidar de cuantos me rodean hasta el límite de mis fuerzas. Sólo he encontrado solaz en su protección. Y a pesar de ello, a pesar de la nobleza de su decisión, Héctor se descubre perdido en un punto intermedio entre el estupor y la confusión, se enfrenta al callejón de un hombre atrapado por el conflicto entre el deseo y el deber y arrasado por la certeza de que toda elección es errónea porque lo obliga a traicionar una parte de sí mismo. Consume cada momento de la visión de ese cuerpo abandonado, y cuando aparta la vista y avanza por el oscuro pasillo sabe que con esa renuncia ha perdido algo irrecuperable.

Vaga como un sonámbulo por los corredores y las estancias vacías, sobrepasado por los detalles de los que hasta entonces no se había percatado, como si su mente, en una caída agónica, intentase aferrarse a cuanto lo rodea. Y las frases de su hermana repercuten como el martillo de un herrero obsesivo. Si luchas mañana morirás. Y las suyas propias. Si un hombre no puede vencer a su destino, ¿qué le queda? Y los latidos, el plasma como apelmazado hinchando sus venas, sin que pueda apartar de sí la sensación de que se arrastra en su interior, que recorre cada arteria, cada vena, cada capilar hasta converger en el punto de dolor entre sus ojos. Y siente náusea, y siente que la armadura lo estrangula, y siente que necesita aire, y huye hacia arriba, trepa por las escalas hasta las murallas.

Con paso vacilante camina por el matacán. Su mirada errática focaliza una figura solitaria. A pesar de la oscuridad reconoce el perfil de la nariz y de los hombros cargados. Como cada noche, Príamo permanece asomado al muro, su mirada fija en las llamas fluctuantes del campamento enemigo. Recuerda las palabras de Hécuba, su madre, la letanía de una mujer perdida en la desesperación nacida del hado de las personas a las que ama. Ya no duerme. Ya no duerme. Ya no duerme. Héctor se pregunta cómo es posible que toda esa tensión no lo haya matado, cómo toda esa incertidumbre no ha agotado esa complexión ya consumida.

Se acerca a él, lo ve girar cansadamente la cabeza. Y luego sonríe, con una sonrisa eco de su mirada, que es a la vez de consternación y orgullo. No se dicen nada. Como le ha pasado a él toda la noche, ambos están más allá de las palabras. Héctor ve las petequias en los ojos de su padre, su padre que pasa el día orando sin atreverse a ver cómo se desenvuelve el combate pero que consume la noche pensando en lo que deparará al día siguiente. Tendrás que comprar el cadáver de tu hijo, morirás frente al altar de Zeus. En un impulso extraño en él pasa la mano sobre la mejilla apergaminada, provoca que Príamo alce la mano y cubra sus dedos, que por un momento parezca toser para ocultar las lágrimas. Lo sabe, sabe que mañana luchará en un combate en el que no puede vencer. No llores, padre. Por un momento el dolor de sus sienes parece remitir. Por un momento sus pasos de esta noche no parecen un errar aleatorio sino un relato que lo llevan a este momento. Si mañana caigo, si salgo de la ciudad para no regresar y te preguntan si fui derrotado, no sientas vergüenza. Proclama que perdí, que no pude superar a mi adversario. Recuérdales que no podía vencer, que Aquiles, hijo de un dios, me superaba en todo. Pero di también que, en contra de toda probabilidad, lo intenté. Haz saber a todo quien te escuche que no habría sido el hombre que soy si no lo hubiese hecho, que aunque la esperanza era una nada, mi deber era luchar. Di que no podía sino agotar mis posibilidades. Di que frente a la vida de un hijo, la dignidad de una esposa, la defensa de un hermano, la conservación de una mujer deseada y la seguridad de un padre, ningún sacrificio era demasiado. Di que frente al valor de todo aquello por lo que luché, la muerte es pequeña. Príamo aparta la mano, dignamente asiente con la cabeza cana como si hubiera escuchado sus pensamientos y vuelve a mirar hacia los barcos aqueos.

El tiempo pasa. Como en una alucinación, parece que los dedos de la aurora acaban de extenderse sobre el horizonte y que a la vez siempre han estado ahí. Héctor abandona la muralla, abandona a Príamo absorto en sus propios temores.

Y siente miedo, y el dolor clavado en su cráneo. Y oye a Eneas que le informa del plan de batalla pero no lo escucha. Y todo a su alrededor son cuerpos prestos al desmembramiento. Y le tiemblan las manos. Y nota el sudor de las decenas y decenas de hombres que lo siguen como un manto demasiado pesado. Y se aferra a su propia imagen, fingiendo una seguridad ausente para no decepcionarlos. Y los esclavos levantan el pesado travesaño que asegura las puertas y el sonido de las hojas es el más terrorífico que ha oído en su vida.

Y así, con cada célula de su cuerpo enfrentada al temblor que amenaza con someterlo, Héctor avanza. Frente a ellos se yergue la brutalidad de una horda ofendida. Por un momento parece que cada músculo queda en suspenso, parece que si ese silencio ominoso pudiera prolongarse indefinidamente no serían más que un eterno cuadro de belicosidad pendiente. Pero un grito surge, parte la tersa solemnidad de ese punto de contención y la locura se desata.

Sabe que su deber es correr como todos aquellos que en ese instante lo adelantan y se adentran en la cacofonía de maldiciones y filos. Pero no puede moverse, permanece petrificado, no por el miedo, sino por algo que parece florecer en su interior de la mano de las palabras pensadas que no pudo decir a su padre. El tiempo se detiene, y el núcleo plomizo de su mente que lo ha estado torturando toda esa noche parece fundirse, recomponerse en una gota de oro. Por un momento siente que una calidez inesperada lo inunda. Si un hombre no puede vencer a su destino, ¿qué le queda? Y comprende con una claridad meridiana que ningún hombre puede vencer a su destino, pero que a todo hombre se le puede juzgar por la dignidad con la que lo acepta. Y el dolor en las sienes cesa, y el temblor de las manos se detiene, y esa certeza lo envuelve como un aura que le permite recuperar el movimiento y encaminar sus pasos hacia lo inevitable. Y sonríe, sobrepasado por la impresión de que el lago de bronce afilado en el que sumerge no puede herirlo.

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Comentarios

  1. levast dice:

    Soberbia historia, muy contenida en su desarrollo y con un crescendo auténticamente épico. No es nada extensa, se lee con agilidad y emoción, con esa precisión técnica marca de la casa y con absoluto dominio sobre las epopeyas y la mitología clásica, te incita a profundizar más en la fuentes originales. De toda tu producción, que normalmente está en la cumbre, este relato sin duda está en lo alto del Olimpo.

  2. Lu dice:

    Tierno, emotivo, valiente, romántico… un relato magnífico. Este señor me ha vuelto a emocionar. Otra vez… pero mucho mas.

  3. laquintaelementa dice:

    Aun no siendo lo que tú habías empezado, aun creyendo que te habías dejado parte por el camino, como ves, el resultado ha merecido la pena :*

  4. Alvar dice:

    Está muy bien escrito. La intensidad del relato va aumentando según avanza la trama. Salvo un par de errores gramaticales, genial.

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