Ir directamente al contenido de esta página

La mañana de los cuatrocientos billones de soles

por Relato ganador

Nada, el único concepto irrepresentable. Nada, el vacío en el que su conciencia y su voluntad, su deseo y su acción son uno y lo mismo. Durante un tiempo infinito se narra a sí mismo, desde la larva de su identidad suspendida en la preexistencia se sueña desde el principio unicelular hasta el complejo sistema del neocórtex, repasando con una mente aún no explícita su propia germinación que atraviesa los estadíos de cerebración desde el reptiliano hasta el mamífero. Concentra entonces la no-mirada de su mente en un punto, el planeta del que partió hace semanas o siglos, porque en el no-aquí el tiempo carece de sentido. Describe una parábola incierta dejando atrás PSR J1719-1438b, un planeta compuesto íntegramente por diamante, esquiva la tormenta perpetua de 3C303 por esta no-dimensión paralela, bucea por espacios que ni siquiera son no-euclidianos. Como extensión de su cuerpo va formando la masa de fibra de carbono y acero, de titanio y vidrio en la que no-viaja. No deja atrás cientos de quásares porque no hay dirección ni posición, pero sabe que no-está muy lejos del punto en el que saltó a la inmaterialidad.

Renace, se rematerializa arrastrando partículas subatómicas desgarradas pendientes del fuselaje de su nave reformada, volviendo al universo temporal. Los sistemas se soporte vital inyectan en su cuerpo estimulantes a medida que drenan el líquido de la cámara de suspensión, incrementan la luz paulatinamente, reproducen una música suave. Helios vuelve a ser consciente de la cámara de privación sensorial en la que entró hace algo más de siete semanas y dos días, según indica el cronómetro subcutáneo de su mano izquierda. Hace un esfuerzo por no mirar las puntas de sus dedos, aún no logra asimilar la ausencia de las uñas: se le cayeron poco antes de partir. Estira los músculos de brazos y piernas, desentumece el cuello, pasa los dedos sobre el sensor de la puerta y ésta se abre.

Tras vestirse con el uniforme y sentarse a los mandos de la nave retira las capas de blindaje que recubren la ventana de observación frontal. Y allí está, T400MM. O como lo bautizaron al planear la misión en T7000M: Omega.

***

El doctor Kaban se concentra en la apretada hilera de datos que se proyecta sobre su retina, revisando hasta el último detalle de la misión, por enésima vez. La trascendencia del Proyecto Omega es más simbólica que real, pero no por ello es menos importante. Y su importancia se mide por el rechazo que ha generado. Por algún motivo que no logra comprender, incluso algunos de sus colegas consideran que el síndrome Baltus-Cochrane está relacionado con la misión de exploración. Pero él es un científico, y aunque los primeros casos fueron simultáneos al comienzo de los preparativos del proyecto, sabe que de la correlación de dos hechos no puede inferirse ninguna causalidad. Es tan simple como eso, y se siente perplejo cuando tantos a su alrededor no pueden comprenderlo.

En cierto sentido, el proyecto es el cierre de un ciclo, el que comenzó con el salto de la humanidad a otros planetas habitables hace millones de años. Los viajes intergalácticos encadenados a las magnitudes del tiempo y el espacio son imposibles; por eso nuestra especie aprendió a viajar por el no-espacio y el no-tiempo. Hace miles de años sondeamos los límites del universo, nos asomamos a su borde, y aunque ni siquiera hoy tenemos conceptos para expresar el no-verso, nos adentramos en él como navegantes ciegos, al igual que los primeros sapiens se adentraron en el mar aun cuando no podían comprenderlo más allá de lo que contaban sus historias míticas. Así empezó la Edad Sincrónica, cuando fue viable la posibilidad de que simultáneamente, en todos los confines del espacio, un ser humano dijese «ahora».

El síndrome ha consumido completamente su brazo derecho, por lo que ha sido necesario implantarle un miembro biónico. Aun así siente el picor fantasma de su codo mientras piensa en sus detractores. En algo tienen razón, Omega es el último planeta identificado como habitable, pero no es necesario colonizarlo: son billones los mundos humanos, y las políticas de control de natalidad han llevado a un crecimiento sostenible de la especie. Pero para Kaban es un imperativo explorar ese último mundo si se tiene la posibilidad de hacerlo. Durante sus más de trescientos años de vida siempre ha creído, sin duda alguna, que la voluntad se justifica a sí misma.

Cuando traen la cámara del místico a la sala de control de la misión suspende los proyectores retinales y deja vagar su mente libremente, mientras esperan a que Helios establezca comunicación. Hace eones, millones de años antes de que el Sol se convirtiera en gigante roja y destruyese la Tierra, la cuna de la especie, un sabio presincrónico hizo una predicción: predijo que algún día la humanidad sería testigo de un glorioso amanecer de cuatrocientos billones de soles.

Hoy ha amanecido ese día.

***

Se mira en el espejo: el resto de mechones que aún se aferran a su cráneo parecen los restos vestigiales de un tentativo desarrollo genético que se hubiese desestimado. Revisa de nuevo el informe médico, pero los resultados de las pruebas resultan tan opacos como en ocasiones anteriores. Se ha dedicado los últimos meses a estudiar el síndrome de manera obsesiva, aunque sólo lleva su nombre por haber sido el primero en establecer un cuadro clínico junto a su colega la doctora Baltus. No habían encontrado ninguna explicación para esa extraña afección. Tampoco la habían descubierto, puesto que sus efectos eran tan visibles que cualquiera podría haberla identificado como un fenómeno sin precedentes y haberle puesto su apellido.

El síndrome Baltus-Cochrane consiste en una degeneración celular acelerada sin causa aparente. Comienza con un ligero aumento de la temperatura corporal, apenas unas décimas de fiebre, en apariencia irrelevante. Pero después los tejidos epiteliales comienzan a mutar: a medida que la enfermedad avanza se vuelven traslúcidos, como de cristal esmerilado, incluso transparentes, y proyectan una cierta luminiscencia química como las glándulas de algunos peces abisales, aunque mucho más tenue. Mientras, partes de la masa corporal simplemente parecen desintegrarse. Lo más común es que sean los elementos queratinosos y cartilaginosos los que desaparezcan en primer lugar, antes de una pérdida más seria. Los afectados no padecen dolor alguno; pasado cierto tiempo sufren estados cada vez más prolongados de letargo, aunque ni siquiera esa es una constante. El propio Cochrane ha perdido las orejas, se las descubrió una tarde convertidas en restos escamosos muertos: al tocarlas se disolvieron como figuras de ceniza. Él no ha entrado en letargo, algo que sí le pasó a Baltus, Patricia Baltus. Su esposa.

Aunque los rasgos generales son comunes, el progreso de la enfermedad y los síntomas secundarios no parecen seguir un patrón que permita establecer su correlación con cuestiones de edad, sexo o planeta de origen. Pero lo más desconcertante, aquello que ha dejado en suspenso a la comunidad científica, es que no hay paciente cero para esta pandemia; de haber sido así podrían haber puesto en cuarentena los mundos que hubiera sido necesario. No, es como si un disparador genético hubiera detonado simultáneamente en cada uno de los individuos de nuestra especie: exactamente hace dos meses, millones de billones de individuos en cientos de billones de mundos comenzaron a mostrar síntomas.

Nadie se ha salvado, y entiende a quienes sólo encuentran como explicación la mano de un dios vengativo. Los más exaltados han apuntado directamente a la arrogancia de la especie humana, al deseo desmedido de poseer completamente un universo que no nos pertenece. Han enfocado su furia y su frustración en el Proyecto Omega. O eso ha oído, encerrado en su laboratorio un día tras otro, bloqueando la melatonina de su cerebro para escapar del sueño. Pero a él ya ha dejado de preocuparle el origen de la enfermedad: se ha concentrado en revertir sus efectos, por Patricia, porque intuye que se agota su tiempo, que en su caso el proceso de degeneración se está acelerando y sólo le quedan días, quizá horas, antes de que desaparezca por completo.

Respira hondo, mientras se dirige al quirófano.

***

Los motores de antigravedad le permiten descender poco a poco a través de capas y capas de atmósfera. Helios piensa en la era mítica de la navegación espacial, millones de años atrás, fascinado por la inocencia de los ancestros de la raza humana: sus reentradas en la Tierra apenas duraban unos minutos de caída suicida, abrasando el fuselaje de sus naves, lo que desde su punto de vista equivale a aterrizar cabalgando sobre un meteorito.

Su descenso es mucho más pausado, una hora desde que en órbita contempló el espectáculo del planeta virgen sobre el que se mantenía en posición geosincrónica: una esfera de color lapislázuli compuesta en un setenta por ciento de agua, con una combinación de casi un ochenta por ciento de nitrógeno y un veinte por ciento de oxígeno, y una gravedad de cerca de nueve con ocho metros por segundo. Todas y cada una de las condiciones para ser designado como un planeta «T». De hecho, es el último que recibirá esa denominación: ya no existe lugar en el espacio que no haya sido cartografiado, analizado y catalogado.

Su nave se posa suavemente sobre la superficie. Se ajusta el cinturón de probetas que empleará para guardar muestras vegetales y animales, así como de agua. Abre la compuerta lateral y mira fijamente la escalerilla desplegada.

Se detiene, tomando conciencia de las implicaciones del paso que está a punto de dar, un acto de una valoración cuando menos ambigua. Por un lado, será la culminación de la mayor gesta de la humanidad, la rúbrica de su grandeza. Por otro, marcará de manera inequívoca los límites del mundo humano. Se acaba la imagen del universo como un vasto océano de posibilidades, y para muchos eso conlleva que se vuelve una cárcel de márgenes claramente definidos. Aun así, su deber como explorador es cumplir con su misión.

Se dirige a la escalera y desciende. Por un momento su visión parece enturbiarse y se detiene temblando. ¿Otro síntoma del síndrome Baltus-Cochrane? No, es sólo la desorientación de respirar aire puro de nuevo, y la intromisión de otra mente en la suya: la del místico.

Termina de bajar los peldaños y mira hacia el horizonte. Una vez más ha cumplido con su ritual personal: ha aterrizado en la mitad oscura del planeta unos minutos antes de que amanezca, para permitirse ser el único que vea la primera alba humana de ese nuevo mundo.

Se sienta sobre una roca y, simplemente, espera.

***

—Respiro la belleza de un planeta inmaculado.

La voz brota del sintetizador: se trata de la interpretación que hace una inteligencia artificial de los pensamientos del místico. Su cuerpo flota en una cámara acorazada de privación sensorial, muy similar a la que emplean los pilotos del no-verso para viajar. El principio seguido por los metaingenieros que las construyeron es el mismo, sólo que en el caso de los místicos el objetivo es mantenerlos en un estado intermedio entre la existencia y la inexistencia, la única manera en que pueden comunicarse con los habitantes del universo a través de la inmateria: el único canal de comunicación posible a través de abismos que se miden en gúgoles.

Hace unos minutos el doctor Kaban ha visto puesta a prueba su autoridad: en el momento en que el místico ha establecido contacto dos de los técnicos de comunicaciones se han desplomado, sus caras como limadas por la erosión de años, sus pieles blanqueadas y luminosas, su pulso casi inexistente. La mitad del personal ha abandonado entonces la sala.

El científico aprieta la mandíbula, sobre su retina izquierda proyecta las últimas noticias: la virulencia de la degeneración de los tejidos se ha incrementado en un setenta por ciento de los afectados. Desprecia el dato y vuelve a centrarse en la voz:

—Una franja carmesí.

Son las impresiones de Helios, el piloto metafórico. Está viendo amanecer, el amanecer en Omega. La misión ha sido un éxito.

Kaban libera una profunda exhalación, satisfecho. Tras semanas de incertidumbre, el objetivo se ha cumplido, y se permite unos segundos de relajación.

—Parpadea, la imagen fluctúa en el horizonte. Parece que este mundo ardiera.

El picor fantasma de su codo reaparece, pero al mirar la prótesis de forma involuntaria sólo puede ver su propio brillo.

—Estoy ardiendo.

***

Han pasado varias horas desde la operación. Los resultados han sido nulos. Ha reprogramado los cirujanos nanorrobóticos una y otra vez. Las células de Patricia parecen permanecer en estasis: su proceso de multiplicación natural se ha detenido, lo cual, desde cualquier punto de vista, es imposible. Los nanodispositivos podrían haber dirigido las nuevas células para restaurar los tejidos perdidos, pero sin la reproducción no ha sido posible. Por ello ha empleado una solución proteínica con la que proporcionar material de construcción a las nanomáquinas. Pero aun así ha sido en vano: los nanocerebros se mostraban confusos, como si no fueran capaces de reconocer los tejidos que debían reparar, como si ya no identificaran las células restantes del cuerpo de su esposa como pertenecientes a un ser humano.

Sentado frente a su cama, a él mismo le resulta difícil verla como tal. Sin el cabello, sin orejas, con dos huecos verticales que son los únicos restos de su nariz, le resulta casi imposible proyectar sus recuerdos sobre ese ser postrado. Su piel presenta un aspecto nacarado, como si alguien hubiese barnizado una estatua esculpida para servir de modelo anatómico. Su mujer ahora es poco más que un boceto de sí misma, como si un retratista negativo se hubiese esforzado por eliminar poco a poco sus rasgos distintivos hasta convertirla en un esquema, como si con ello hubiese querido decantar y extraer de ella un modelo antropomórfico abstracto.

¿Acaso era eso? Aquel extraño síndrome, ¿sería un proceso evolutivo acelerado, una sublimación de la especie? Los cuerpos de los afectados se degeneraban, pero los indicadores de actividad cerebral se disparaban como presas de un sueño acelerado. ¿Es un cambio a un estado de existencia superior? No, sabe que no es más que su deseo de encontrarle un sentido último a esa extraña afección. Ha exprimido hasta la última gota de su intelecto y ha llegado a un callejón sin salida.

Necesita cerrar los ojos un minuto para recuperar las fuerzas, consciente de que una parte de él ya ha renunciado a encontrar la cura a tiempo. Sólo un minuto, antes de afrontar el momento en el que, vencido, sólo le quede acompañar a Patricia en los últimos momentos del trance. Sólo un minuto. Cierra los ojos y se tapa la cara con las manos. Pero ni siquiera logra ese pequeño alivio: a través de sus párpados transparentes y sus manos sigue viendo la figura postrada en la cama.

***

Amanece. La luz rojiza se extiende sobre el horizonte como los trazos de un pintor todopoderoso y benevolente. Sobre la piel Helios cree sentir las primeras caricias de calor de la estrella central del sistema, pero en seguida comprende que la temperatura es demasiado elevada cuando el cuerpo celeste ni siquiera se sugiere aún en el firmamento. No está sudando, pero se siente asfixiado dentro de su uniforme. Se desnuda sólo para contemplar que su cuerpo ya no parece humano.

Respira profundamente para intentar calmarse, preguntándose que habrá podido acelerar el proceso del síndrome que hasta ese momento parecía estancado. Levanta la mano, y en su movimiento le parece que deja tras de sí una estela plateada. Así es: los millones de nanomáquinas que durante años han estado corrigiendo los errores de reproducción de sus células, los efectos nocivos de enfermedades y elementos químicos, que han estado velando por su permanencia en un estado óptimo, caen de sus dedos como una lluvia de platino microscópica, como si sus células ya no tuviesen la suficiente consistencia como para transportarlas en el torrente sanguíneo.

Levanta la vista hacia el horizonte y comprueba que el sol que ha aparecido parece también fluctuar, como si se estuviese haciendo eco de la misma incoherencia en la que él se está adentrando. El propio planeta parece reaccionar, y Helios cree ver cómo sus componentes comienzan a desensamblarse, como si un demiurgo tarado hubiese golpeado las capas geológicas formadas durante eras y se las estuviese mostrando como conceptos disparatados y simultáneos. En unos instantes ve el pasado de cordilleras como placas tectónicas entrechocando y millones de años que acaban por erosionar las montañas hasta allanarlas; ve surgir y fundirse casquetes polares; ve mares que se forman y se evaporan; percibe la inconmensurable cantidad de vida extinta y renacida. Y, por último, mira al suelo y casi no puede ver diferencia entre sus piernas y la roca en la que estaba sentado, ambos formando un continuo de luz de cuarcita.

Sabe que es el fin, pero por un momento piensa en el hermoso amanecer apocalíptico que ha contemplado y sus temores parecen evaporarse. Simplemente se deja hundir en esa luz. Y en un momento de revelación establece la vinculación que existe entre la desaparición del planeta y la de su propio cuerpo, en un fogonazo de lucidez comprende aquel extraño fenómeno. Poco antes de que su boca se disperse, susurra:

—Es precioso.

***

En billones de mundos millones de místicos comienzan a gritar a la vez, sus voces son un pandemónium que no-recorre el no-verso y vuelve inútiles las comunicaciones del lado material.

Los datos que fluyen como una cascada sobre las retinas de Kaban lo dejan sin aliento: la desintegración de galaxias, la desaparición de nebulosas. Hace el gesto de extender la mano para introducir una orden en la pantalla que tiene frente a sí, y horrorizado comprueba que el brazo artificial se desploma sobre la mesa cuando su hombro deja de contar con la masa suficiente como para afianzar los soportes de la prótesis. Cuando se levanta genera una neblina a su alrededor, y al instante comprende que son células de su cuerpo, millones de ellas que se desprenden como polvo intergaláctico. Los sistemas de la sala de mando comienzan a fallar y las pantallas y proyectores tridimensionales parpadean como si fallase su fuente de alimentación en el momento en que el aliento se le congela en el pecho: la extinción de Aldebarán, la consumición de Fomalhaut.

Y entonces todo se apaga, y Kaban cree sentir una llama fría que empieza a abrasarlo, pero no puede apretar los dientes porque estos han desaparecido. A su alrededor sólo quedan algunos de los fantasmas luminiscentes en los que se ha convertido el resto del personal.

Y en esa tremenda oscuridad que lo rodea escucha las palabras del místico, que le llegan directamente de su garganta quebradiza, desactivado ya el sintetizador, un mantra terrible de tres palabras que repite una y otra vez y que hace que la negrura que los ha engullido parezca aún más oscura:

—Brillaremos… todos brillaremos…

***

Aprieta con todas sus fuerzas los dedos casi inexistentes de su mujer, como si de verdad pudiese oponer su frágil voluntad al mecanismo del universo. Piensa en que tal vez ella sea consciente de la presión, que tal vez esté haciéndole daño. Pero sabe que no es así, que ya ha entrado en la última fase: aquel cuerpo en el que se refugiaba una vida irrepetible ha empezado a generar calor y una suave luminiscencia, puede ver a través de la fina película que ya no es piel los órganos reducidos a su mínima expresión, un corazón minúsculo cuyo ritmo desciende como si se estuviese adormeciendo. La luz aumenta su intensidad.

Tanta luz… y entonces es consciente de que no se trata sólo de ella, él mismo está brillando. Se aparta de la cama mirándose las manos, se siente como una mancha de acuarela flotando en el agua. Su piel ya es transparente y puede ver el trazado de su sistema sanguíneo; y los millones de células que conforman su torrente parecen presentarse como bellísimos rubíes resultado de una matemática increíble, de una química milagrosa.

Da otro paso atrás, o más bien se desplaza en medio de una calidez amniótica, notando unas líneas como dragones de magma radiante que van consumiéndolo desde los pies, que ascienden iluminando y devorando todo lo que es perecedero en él. El calor aumenta y debería gritar, pero apenas le quedan garganta o pulmones, sus labios no son más que un trazo sutil en una cara sin rasgos. Y ese fuego sube y crece, y su mente parece detonar.

La luz lo rodea, proyecta lo que queda de su cuerpo por encima de sí mismo, como arropándolo en una armadura de acero al rojo blanco, una claridad que le habría quemado las retinas de conservarlas.

El fuego asciende. Abrasa sus genitales en el momento en que le parece ver más allá de las paredes del hospital, tan irreales como él mismo: un fogonazo seminal, de su pubis parten chorros perlinos que inseminan miles de mundos. Asciende, abrasándole el estómago con la energía nuclear de una estrella naciente. Asciende, su espina dorsal se vuelve una con el dragón y las vértebras se convierten en finos zarcillos florecientes, se proyectan en todas direcciones, germinan sin límite multiplicando exponencialmente su masa y a la vez sin tener masa alguna. Asciende, y su corazón estalla con la fuerza de cuatrocientos billones de soles respirando todo el vacío del universo, se abre como un loto de jade teñido de un amor omnipotente. Asciende, las manos que hace unos segundos miraba con horror tienen ahora incrustadas constelaciones. Asciende, su garganta se funde y su respiración se escapa portando todas las palabras que a su paso recitan la letanía de lo nombrable y lo innombrable. Asciende, y su cerebro vibra comprendiendo cada concepto, cada noción inimaginable, su mente renace fuera de su carcasa temporal y se instala sobre su yo como una corona inmutable: las nebulosas son los racimos de sus neuronas, las galaxias son las espirales que reflejan ese ser en el que se ha convertido, que no tiene principio ni fin, que consiste sólo en su propio movimiento perpetuo.

Ya no respira, ya no puede respirar. Lo que ya no son sus células se proyectan en una ascensión vertiginosa a la velocidad de la luz, impregnando de su conciencia al haz de energía indestructible resultante. Y a la vez permanece junto a Patricia, ahora ya prácticamente irreconocible entre la fluctuación de sus rasgos, que parece multiplicarse hasta el infinito superponiendo sucesivas etapas de sí misma: la mira y le parece ver la historia completa que vincula sus sucesivos yoes, se le representa como una larga cadena de individuos que se remonta a las proteínas flotando en la sopa primordial y que tras millones y millones de transformaciones de lo orgánico a lo inorgánico a lo orgánico de nuevo se resume en aquel cuerpo que ha amado y que se desintegra como el suyo propio.

Y en medio de toda esa luz, siente que su individualidad es un concepto erróneo y que está irremediablemente a un paso de la eternidad, donde será él y Patricia y cada ser que ha existido y a la vez no serán ninguno de ellos, serán una vasta inteligencia única. Y el temor desaparece frente a la dicha de la extinción de los millones de miedos, de los millones de aspiraciones, dejando atrás como sucesivas capas de metal pesado los deseos, las necesidades y las frustraciones, diluidas en el acceso a la perfección. Y aun así, por un instante o por toda una eternidad de ese punto sin tiempo, una gota de conciencia dolorosa brota mientras observa las líneas de plata postradas en la cama que se difuminan fundiéndose con las suyas propias. Nota cómo sus ojos se derriten y se convierten en un hilo de lágrimas de oro. Y luego, con algo que ya no es ni mente ni boca, susurra:

—Adiós, amor mío.

¿Te ha gustado? ¡Compártelo! Facebook Twitter

Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    Definido como críptico, este relato no es fácil de seguir para un neófito en la ciencia-ficción, en astronomía, en Warhammer o en Aronofsky.

    Sin embargo, cualquier freak como servidora, de las “disciplinas” mencionadas, disfrutará de su lectura con una sensación épica, porque: “Un amanecer todavía más glorioso nos espera, pero no la salida del Sol, sino de la Galaxia, una mañana llena con 400 mil millones de soles: la salida de la Vía Láctea”.

    Gracias por tejer con estilo y maestría un tapiz de mis imágenes predilectas :**

  2. Maite dice:

    Esto no es un ejercicio literario, es un alarde. Y lo es precisamente porque no hace imprescindible entenderlo todo. De hecho, es mejor no hacerlo, y disfrutarlo.

  3. Sr. Jurado dice:

    Sí, bueno, alardear es lo que mejor se me da :P. Muchas gracias.

  4. Ilustramar dice:

    Jo, me ha gustado mucho, se me han saltado las lagrimillas 😉 Jeje, y me encanta haber leído “Cochrane” 😀

  5. levast dice:

    Asombroso relato. Más allá de la historia, me entusiasma por la precisión y detalle en que está narrado. Es lírico, trascendente y con un ritmo intenso que hay que degustar con pausa cada línea. Y oye, ese doctor, yo he conocido a un tal Kaban en otro sector de la galaxia…

  6. XTOBAL dice:

    He leido el relato atentamente, y sinceramente me parece bueno técnicamente. Peroooo como dicen en la tele el plasma del no-verso de mi mente torrejonera no entiende nada….

¿Algún comentario?

* Los campos con un asterisco son necesarios