Ir directamente al contenido de esta página

Impoteo infernarum

por

La sala de lectura hacía horas que había quedado desierta. La luz de una lamparilla y las ascuas de la gran chimenea de mármol negro eran mi única defensa contra la oscuridad absoluta. Aquella noche gélida de diciembre me encontraba solo en el edificio. Estudiantes y profesores disfrutaban del descanso navideño y yo tenía la excelsa biblioteca de La Sorbonne a mi entera disposición: galerías de techos altos en las que retumbaban el eco de los pasos y las conversaciones; el olor viejo y ácido de los volúmenes apilados encerrando otro eco de pasos y conversaciones ocurridas durante siglos. Esa atmósfera marchita y rancia se avenía a mi carácter melancólico, que me hacía preferir las estancias solitarias y en penumbra a las salas abarrotadas de respiraciones húmedas y asfixiantes.

La bibliotecaria, Mlle. L’Malf, solía dejarme una copia de las llaves, a sabiendas de que había pocos estudiantes que sintieran tanto fervor por aquellos libros, y la propia biblioteca, como yo.

La Sorbonne custodiaba una gran variedad de libros antiguos e incluso legendarios sobre esoterismo, alquimia y otras artes arcanas.

Desde niño me interesó todo ese tipo de literatura y conocimientos místicos por lo que, llevado tal vez por el erróneo presentimiento de un destino extraordinario, dediqué mis esfuerzos al estudio de estas disciplinas.

Dos veces por semana me reunía con Erik Satie en un piso de la calle Rivoli, a la sombra de la torre de Saint Jacques, para aprender la técnica de las proyecciones astrales descritas en los libros teosóficos de Madame Blavatsky. Y teníamos éxito en aquel París de 1924, que se había vuelto loco y creativo tras las penurias de la Gran Guerra.

A mis veintidós años dominaba el latín medieval, el griego y el hebreo; conocía al dedillo El Triunfo de la Hermética y el Summa de Geber; asistía a clases de química y astronomía, y era colaborador en el Departamento de Antigüedades del Louvre. En aquel momento trabajaba en la traducción al francés moderno de textos latinos del siglo XII:

«En el año del señor de 1363, en la plaza d’Enfer, dieciséis días transcurridos del noveno mes, las llamadas “Tres Hermanas Cátaras” han sido quemadas en la hoguera, declaradas culpables de brujería.»

»Marielle, Sylvie y Perrenelle Le Feu conocían, en efecto, los misterios de la magia negra, celebraban sabbats en el cercano bosque de Boloigne y copulaban con Satán con el propósito de engendrar demonios para atentar contra la sagrada autoridad de Dios.»

»Yo, Fray Bernard du La Roche, doy fe con este testimonio del cumplimiento de la condena impuesta por el Tribunal designado por el inquisidor de París.»

»Atadas de pies y manos y sintiendo el calor de las antorchas bajo sus pies torturados, Marielle y Sylvie imploraron la misericordia del Altísimo y se arrepintieron de sus pecados entre sollozos y desgarrados gritos de clemencia. Les fue así concedida, mediante piadoso estrangulamiento, antes de prender sus piras. Durante ese tiempo, Perrenelle profirió insultos y blasfemias contra Dios y los hombres santos que allí estábamos reunidos. Cuando sus hermanas fueron dadas muerte, la última Le Feu entonó salmos en un idioma perverso que no era sino la lengua demoníaca que sólo conocen los malditos. Las llamas devoraron primero los cadáveres aún calientes de Marielle y Sylvie y se extendieron después a sus pies impíos hasta que su cuerpo prendió como una antorcha. Sus últimas palabras en francés, “Je reviendrai parce que je suis éternelle”, se derritieron junto con sus labios negros. En el último momento antes de morir, en la garganta de Perrenelle una voz masculina venida del infierno, el propio Satanás, profirió un lamento aterrador al verse desposeído y vencido por el poder de la Santa Iglesia.»

»El fuego bendecido y santificado purificó los tres cuerpos pecadores: Dios se apiade ahora de sus almas.»

[N. del T.: Continuación manuscrita adjunta en un pergamino oculto.]

«La negra humareda y el hedor a carne chamuscada cubrieron la plaza, pronto se extendió por toda la vecindad y terminó por apestar la ciudad entera.»

«Cuando el fuego fue consumiendo la cara de Perrenelle, la vi mirándome fijamente, viva, antes de que sus ojos se deshicieran, y su rostro sin piel mostrara aquella horrible sonrisa cadavérica. Y su voz me seguía susurrando aquellas últimas palabras: volveré, porque soy eterna alum dare, dolere, id Hephaestus, id ire pro profundis fati

»Atrapado en aquella visión permanecí un tiempo incalculable. Intenté imaginar el sufrimiento físico que habían padecido aquellas tres jóvenes huérfanas, arrastradas fuera de su casa de la Rue Saint Martin una noche de San Juan; acusadas de brujería por testimonios de varios feligreses de la contigua iglesia de Saint-Jacques de la Boucherie, los mismos que no pudieron expropiar legalmente su terreno para ampliar la capilla sur.

»De nuevo escuchaba esa voz musitando en mi oído erizándome la nuca: volveré, porque soy eterna pro pulchris infernarum profundis pro pulchris omni fati brachium.

»Después vinieron largos días de encierro en las pestilentes y húmedas mazmorras de la Conciergerie, las sesiones de tortura y vejaciones, el juicio ya sentenciado y la ígnea condena. Intenté imaginar el dolor de Perrenelle mientras se quemaba… cuando la carne negra comienza a desgajarse y desprenderse del hueso blanco, que inmediatamente se ennegrece y al poco se quiebra y desmenuza hasta mezclarse con los restos de la hoguera… Y su voz sonaba como un murmullo en las profundidades de mi mente: volveré, porque soy eterna fati virum, omni brachium pulchris profundis infernarum servi fati.

»Intenté imaginar la angustia y el miedo que sintió atenazando su corazón al tiempo que los confesores atenazaban su cuerpo. Y en aquella mirada suya tan viva en mitad de la muerte, en aquellos ojos derritiéndose como la cera, encontré la respuesta. Y su»

Cerré el voluminoso libro de crónicas con cierto estremecimiento y desasosiego. Después de traducir aquella parte del testimonio de Fray Bernard, me sentía inquieto, incluso incómodo. Aquella voz profanaba la confortabilidad de mi rutinaria soledad, de mi aislamiento cotidiano. El silencio sepulcral que tanto apaciguaba mi amedrentado espíritu se me antojaba lleno de ruidos desconocidos y amenazadores.

Afuera el viento helado luchaba por colarse a través de las ventanas y gemía dolorido al deslizarse por las rendijas. En la chimenea, las ascuas estallaban rabiosas por sucumbir a su cercana extinción. La lamparilla protestaba con chisporroteos por la deficiencia en el suministro eléctrico. En alguna de las estanterías, la carcoma roía mi mente con el rascar de sus diminutas mandíbulas en las entrañas de la madera.

El cuerpo, presa de la tensión, empezó a dolerme y fui consciente de la rigidez de mis miembros. En aquel momento de crispación decidí aplicar las técnicas de relajación que utilizábamos en nuestras sesiones astrales. Cómodamente sentado comencé a inspirar y espirar, inspirar… y… espirar, cada vez más despacio, ralentizando el tiempo… inspirar… poco a poco… retener el aire… un poco más… y exhalar pausadamente… Cerré los ojos y recité un mantra para favorecer la concentración, acompasando las sílabas al ritmo de mi respiración. Unos instantes después, puede que segundos, puede que horas, un hormigueo nacido en las puntas de los dedos de los pies ascendía sinuoso como una enredadera. Las piernas se adormecían bajo la presión de la hiedra imaginaria. Un poco más tarde abdomen y espalda sentían la opresión como de una gran boa y mis brazos parecían inmovilizados por una camisa de fuerza. Finalmente el entumecimiento alcanzó mis hombros y mi cabeza; podía sentirlo en mis labios, en las mejillas y en los párpados.

La autohipnosis había hecho efecto, estaba relajado y tranquilo… mi respirar se había sincronizado perfectamente con la entonación del mantra; mis ojos cerrados habían alcanzado el estado cataléptico en el que reposaban mis miembros… mi proyección astral estaba lista para liberarse y con ella, la angustia e inquietud que me dominaba.

Visualicé un objeto cercano: el libro de Fray Bernard. Me concentré en los detalles: sus tapas eran de cobre fino, labradas con letras carolingias; sus hojas no eran de pergamino sino más bien de corteza de árboles tiernos en las que el monje había grabado con un buril de hierro la hermosa caligrafía gótica. La calidad de la escritura y la belleza de los caracteres me emocionaba, mas una tristeza vaga impregnaba cada trazo de aquellas palabras centenarias.

Estaba a punto de caer atraído por aquella melancolía, tan inherente a mí, cuando pude ver mi cuerpo sentado en la sala, la lamparilla iluminando exiguamente la zona de lectura, haciendo refulgir las tapas del libro con la misma pobre intensidad que las ascuas casi extintas de la gran chimenea de mármol negro.

Sin embargo, lejos de sosegarse, mi doble onírico, mi conciencia fuera de mí, fue consciente de un hecho que al revelárseme, diáfano como la luz de la mañana que tantas veces me sorprendía en aquella sala tras una intensa noche de trabajo, me hizo caer en el pozo más oscuro y aterrador que jamás llegué a creer que existiría.

Fue al posar mis ojos astrales en el pergamino oculto de Fray Bernard cuando descubrí unas líneas al final de cada párrafo, unas líneas invisibles a una lectura en el plano real pero que se manifestaban en toda su magnitud y significado al traspasar la línea de lo extrasensorial. Y esas líneas no eran otras que las del mantra que yo había estado recitando como… como un conjuro…

alum dare, dolere, id Hephaestus, id ire pro profundis fati
pro pulchris infernarum profundis pro pulchris omni fati brachium
fati virum, omni brachium pulchris profundis infernarum servi fati

Las ventanas de la sala se abrieron violentamente y sus cristales salieron despedidos en miles de pedazos que atravesaron mi inmaterialidad como una lluvia de puñales. La gélida ventisca saltó al interior, rugiendo como una bestia salvaje, y sentenció la ya moribunda calidez del fuego de la chimenea, arrasó la sala y desintegró la lamparilla. Entonces, se hizo la oscuridad absoluta. Y, sin necesidad de preguntarme cómo, me supe condenado. Tal vez aquel destino extraordinario estaba a punto de cumplirse.

Una tormenta de rayos y truenos desató su furia incontenible sobre París, como si en verdad se hubieran abierto las puertas del infierno. De la calle subían los sonidos del caos y el pánico. En la negrura, una centella trazó un arco sibilante, que despertó las pesadillas de la guerra y la muerte, y la Ciudad de la Luz sucumbió a la noche y al terror.

El libro se abrió de par en par, como las ventanas, y sus páginas vegetales se agitaron igual que las copas de los árboles en las tardes ventosas de otoño. En las profundidad de aquellas tinieblas insondables escuché una risa malévola y aguda que se iba acercando. ¿O era yo quien se aproximaba a ella? Me asomé al volumen de Fray Bernard y allí estaba, esperándome, el párrafo que no había tenido el coraje de terminar de leer:

«Y en aquella mirada suya tan viva en mitad de la muerte, en aquellos ojos derritiéndose como la cera, encontré la respuesta. Y su voz me habló alta y clara, para que yo la repitiera en el transcurso de los siglos; para que su voz resonara en el eco del Tiempo hasta encontrar a quien tuviera ojos para ver lo que no está escrito y revelar así el misterio de la resurrección y la vida eterna impoteo infern»

«¡¡Impoteo Infernarum!!», grité, llevado por una fuerza irresistible que venía de la página. En ese instante fui arrastrado hacia abajo por una mano que me agarraba del cuello y tiraba de mí. Descendía vertiginosamente por un túnel sin retorno hacia el corazón mismo de las tinieblas. Repentinamente, todo se detuvo. Y comencé a «sentir». Sentí asfixia y una quemazón que fue intensificándose hasta que el dolor se hizo insoportable. Hedía a carne quemada y me ahogaba en un humo negro. Comprendí espantado que me habían atrapado en un cuerpo, un cuerpo que estaba ardiendo como una antorcha, atado a un poste por gruesas cuerdas con fauces de esparto que mordían las que ahora eran mis muñecas y tobillos. A la altura del tórax, se abrían como las cuencas vacías de unos ojos ciegos, dos agujeros negros y sucios, donde una vez hubo pechos. Estaba atrapado en el cuerpo a punto de carbonizarse de Perrenelle Le Feu.

Miré hacia arriba con desesperación. Al final de aquel túnel maldito, que todavía permanecía abierto, podía ver la sala, la chimenea, y mi cuerpo, mi verdadero cuerpo, sentado, con los ojos cerrados, esperando mi regreso. Entonces, tras el estallido de un relámpago, los ojos se abrieron…

Y su voz me sonrió malévolamente: «Te dije que volvería».

Perrenelle Le Feu se levantó exultante en su nueva envoltura corpórea. Cerró el libro y lo tiró a la chimenea de mármol negro. Las ascuas resucitaron en un orgía de fuego y flamas. En el último momento antes de extinguirse, del interior de las páginas llegó un lamento aterrador venido del infierno que quedó ahogado por el crepitar de las hambrientas llamas.

Mi lamento.

¿Te ha gustado? ¡Compártelo! Facebook Twitter

Comentarios

  1. marcosblue dice:

    La soberbia pluma de Irene vuelve para poner los puntos sobre las íes -latinas-. Chica, qué bien escribes, un historia de una redondez admirable, hilada punto por punto. Gracias por deleitarnos con estos relatos.

  2. SonderK dice:

    Irene hace un espectacular esfuerzo por descubrirnos un mundo oscuro, con secretos y ritos paganos, miedo visceral y frases gloriosas, me dan ganas de recordar mis conocimientos de latín. Una historia trabajada y muy interesante.

  3. levast dice:

    Además de estar muy currada la historia y la ambientación, yo creo que tiene el final más cabrón de todos, me ha dado hasta pena el prota y todo, cualquier día alguien lee un relato nuestro y le cae una maldición encima, jejeje 😉

  4. Cederik dice:

    alum dare, dolere, id Hephaestus, id ire pro profundis fati
    pro pulchris infernarum profundis pro pulchris omni fati brachium
    fati virum, omni brachium pulchris profundis infernarum servi fati…
    es el coro del tema The Kitchen-the orgy, en la pelicula Conan el Barbaro de 1982. Basil Poledoruis gran compositor

  5. laquintaelementa dice:

    Menos mal que hay alguien que se ha dado cuenta… si es que no se puede ser tan friki… nadie encuentra mis huevos de Pascua ;_(

    Gracias Cederik, me siento orgullosa de que tú sí lo hayas pillado 😀

  6. Cederik dice:

    gracias!, es que me paso todo el día escuchando Conan de poledouris y ya me se las letras de memoria (con excepción de riders of doom, que el coro se pierde con los instrumentos jejeje). por lo demás, la historia me encantó… aun no se por que siento fascinación por este tipo de relatos (hermoso, excelente).

    Impoteo fati!

  7. Duncan Campbell dice:

    ¡Se me ha hecho corto!, es genial. Me encanta cómo lo resuelves, es obvio que el talento del melenudo se lo has pegado tú. Mis felicitaciones.

  8. Walkirio dice:

    Lovecraftiano a tope. Si él fue el rey del terror, está claro que en ti ha dejado una princesa. ¿Qué pasa? ¿no se admiten las cursilerías?

  9. laquintaelementa dice:

    Muchas gracias; el mejor premio es comprobar que os gusta lo que leéis 😉

  10. Kala dice:

    Es indudable que tienes talento para esto de la escritura, es un hobby que no deberías abandonar. Es la primera vez que leo un relato tuyo y me ha encantado y eso que no soy ningún apasionado del terror. La historia está muy bien narrada, el manejo del léxico es notable, tiene ritmo y consigue envolverte en una atmósfera de tensión que provoca que la lectura se haga con mayor comodidad y rápidez. Cuando quieres darte cuenta ya estás devorando los últimos párrafos.

    Yo te haré una pequeña crítica para que no todos tus comentarios sean elogios y felicitaciones, ya sabes que soy así de cabronazo :twisted:. Para mi el auténtico terror es el que no se aleja demasiado de la realidad, el que es factible y no paranormal, aquel que puedes lograr una identificación con el personaje porque crees que te puede llegar a pasar. Lo digo por ponerte un “pero”, pero está genial, mi más sincera enhorabuena.

¿Algún comentario?

* Los campos con un asterisco son necesarios