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El icono ‹ Relatos Bluetales

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El icono

por Relato ganador

La puerta crujió una, dos, tres veces. El hombre parado en la calle la miraba, en su mano izquierda sostenía un estoque enfundado en una pesada vaina de acero, y con la derecha acariciaba la cabeza de una niña de apenas cinco años, fina al borde de la desnutrición, claramente retrasada, que se aferraba a la tela raída de su gabán. La madera cedió, astillándose a la altura de las bisagras, la hoja cayó segundos antes que el cuerpo empleado como ariete, que se desplomó tiñendo el gris de la nieve pisoteada del rojo que manaba de la fractura del cráneo. Por su indumentaria, estaba claro que era un soldado.

En la puerta de la fonda una figura inmensa se recortaba frente a la luz que procedía del interior, un hombre grande como un oso que jadeaba, no por esfuerzo sino por ira. Entre la densa barba asomaban unos dientes que se clavaban en la madera del crucifijo enlazado a una fina tira de cuero que llevaba alrededor del cuello. Unos brazos surgieron tras sus hombros cuando otro soldado saltó sobre su espalda y se aferró a él intentando estrangularlo. Como si no hubiese reparado en aquel hecho, el gigante se giró sobre sí mismo y volvió a la sala.

—Quédate aquí.

Apartando a la niña de su lado, entró en la fonda.

En el interior la pelea continuaba. En una mesa un capitán y un sargento miraban cómo sus hombres eran triturados, hasta que el primero musitó una orden. El sargento se puso en pie y alzó un hacha arrojadiza que llevaba al cinto, apuntando a la espalda del gigante. El hombre del gabán se adelantó, trabó con la vaina de su estoque la muñeca y el hombro del sargento, y con un giro brusco le partió el codo. El militar aulló apartándose de él, y su superior, claramente borracho, se levantó:

—Vas a lamentar lo que has hecho.

El capitán avanzó echando mano a su sable. El hombre del gabán saltó hacia él, presionando con los gavilanes de su arma el brazo con el que el otro intentaba desenvainar. Inmediatamente separó la guarnición de su estoque del brocal, sólo lo suficiente para que el filo de la delgada hoja alcanzara a abrirle un profundo corte en el cuello a su oponente. El capitán se llevó rápidamente la mano a la garganta, retrocedió tambaleándose, mareado por la súbita pérdida de sangre, antes de que el cuerpo de uno de los soldados que había sido arrojado al aire le cayera encima.

El hombre del gabán sacó un sucio pañuelo y limpió la sangre de su arma, antes de dirigirse al centro de la sala. La mole humana se giró y fijó los ojos en él, mientras le goteaba saliva de las comisuras. Le dirigió una sonrisa feroz, y al hablar el crucifijo se descolgó hasta su pecho:

—Cuánto tiempo… —dijo mientras mantenía sujeto por el cuello un cuerpo inerte bajo su axila al que no dejaba de dar puñetazos en la cara.

—Años ya —respondió el espadachín—. He visto que necesitabas ayuda.

El hombretón soltó una sonora carcajada:

—¿Contra streltsis cobardes? No son nada sin sus mosquetes.

El hombre del gabán sonrió. Habría querido invitar al otro a una cerveza pero, a su modo, aquel era un viejo creyente: se santiguaba con dos dedos, no aprobaba el tabaco ni el alcohol y no se rasuraba la barba.

—Te necesito para un trabajo, si estás interesado.

El hombretón soltó a su víctima y volvió a sonreír. Le extendió unos dedos encallecidos, uno de los nudillos con un fragmento de diente incrustado:

—Claro. Me alegro de volver a verte —dijo mientras se daban un apretón de manos.

***

—Nada de nombres. A partir de ahora os llamáis como yo os he dicho que os llamáis. Vamos a robar a una figura importante, y si nos cogen habrá represalias. Cuanto menos sepamos unos de otros mejor.

Eso había dicho, aunque no era del todo cierto. Él sí conocía a cada uno de los miembros de aquel grupo de desharrapados, criminales forzosos víctimas de unas circunstancias adversas.

A Bestia lo había conocido en el ejército, en la campaña que acabó en Konotop, donde el ejército moscovita de cien mil hombres había sido masacrado por cosacos, polacos y tártaros. Sobrevivieron apenas cincuenta, entre ellos Bestia y él. Eso había sido diez años atrás, antes de que regresaran a Moscú arrasados y convertidos en desertores. La guerra los había cambiado a ambos. Bestia se había refugiado en la iluminación religiosa, y él había estado viviendo un día tras otro sin un motivo claro: cuando miraba en su interior sólo encontraba tierra quemada. Aunque, reflexionó, quizá el destino de Bestia había sido peor, pues había podido saborear una paz de espíritu que le había sido arrebatada de una forma cruel y brutal. Sólo hacía un año que a Avvakun, el líder de los viejos creyentes, lo habían exhibido cargado de cadenas, expuesto a la humillación pública, en medio de la mutilación y ejecución de muchos de sus seguidores. La administración zarista además, en un alarde de crueldad, no había acabado con su vida, sino que lo había desterrado a Pustozersk, condenándolo a vivir en una choza al borde del círculo polar ártico. Aquella injusticia había llenado de odio a Bestia, un odio que no le había dado tregua desde entonces: odio hacia el zar, odio hacia Nikon, odio hacia los boyardos, odio hacia el ejército, odio, odio, odio, un odio que lo había vuelto volátil e inestable, tarado, un odio que lo transfiguraba en un avatar de la cólera de Dios.

Librero, por su parte, era un joven flaco que llevaba unas gafas de fina montura tras las que se agazapaban unos ojos nerviosos. Durante años había sido aprendiz de impresor, y además de manejar la prensa y coser las encuadernaciones de los libros se había dedicado a leerlos. Tal vez por eso cuando se vio arrastrado a la vida de los arrabales, después de que al impresor para el que trabajaba lo condenaron a trabajos forzados por deudas, había mantenido una capacidad ilimitada para absorber información y una memoria prodigiosa.

Por último, Llaves tenía cuarenta años y había sido cerrajero, hasta que un nuevo aristócrata se hizo con el control de su gremio y estableció unas tasas para seguir ejerciendo la profesión que él no pudo afrontar.

Fue Llaves quien habló:

—¿Y a ti cómo te llamamos?

—Éste es Espada —dijo Bestia con el gesto de quien comparte una broma privada.

—¿Y esa cría? —dijo Librero señalándola con su jarra de cerveza.

La niña dirigía la vista al techo con la mirada perdida y la mandíbula caída.

—Se llama Niña. Viene conmigo —respondió Espada.

—¿Y a quién vamos a robar? —interrumpió Bestia—. ¿A algún boyardo gordo y pecador?

Espada dejó la jarra sobre la mesa, permitiéndose una pausa dramática antes de contestar:

—Al zar.

Un pesado silencio cayó sobre la mesa. Sólo Bestia pudo romperlo:

—¿Alejo? —golpeó la mesa con sus pesados puños haciendo crujir la madera y escupió tres veces al suelo— ¡Maldito, maldito y maldito! ¡Tres veces maldito!

Librero y Llaves se removieron nerviosos en sus asientos al ver cómo se giraban algunas de las cabezas del resto de parroquianos.

—Calma… —dijo Librero.

—¡Nos ha convertido a todos en esclavos! —lanzó una mirada salvaje a las mesas que los rodeaban, deseoso de que alguien lo rebatiera.

—No puedes estar hablando en serio…

—Muy en serio, Llaves —respondió Espada—. Llegan las nieves, y Alejo ha partido del palacio de Kolomenskoye con su guardia y su corte. Es el mejor momento para entrar y robar la pieza más importante de su tesoro, y lo haremos mañana por la noche.

—Imposible —respondió Llaves—. Aunque la corte se haya trasladado, la dotación de invierno incluye mayordomos, cocineros, sirvientas, palafreneros, mozos de cuadra, artesanos… y eso sin contar la guarnición. Allí vive más gente que en la aldea en la que nací. Y además, es un laberinto.

—Ahí es donde entra el Librero —dijo Espada señalándolo con la cabeza—. Seguro que conoce su historia.

—Las sucesivas reformas han dado con un complejo de más de doscientas habitaciones… —asintió Librero ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—. Tengo una idea general de su disposición, pero no sé si podría guiaros sin más hasta una habitación concreta.

—Ya es mucho más de lo que sé yo —respondió Espada.

—¿Y los guardias? —preguntó Llaves.

—Déjamelos a mí… —dijo Bestia acariciando distraídamente su crucifijo.

—Pensadlo bien: si lo logramos seremos ricos. Librero, podrás establecerte en Francia como siempre has querido. Y tú, Llaves, podrás volver a tener un trabajo honrado, o comprar tierras para ti y tu familia si no quieres volver a trabajar. Si no arriesgáis, no tenéis más que una vida dura e insignificante.

—¿Y si fracasamos? —dijo Llaves.

—Entonces posiblemente moriremos pobres y desesperados, que es lo que de todas formas va a pasar, aunque en tu caso será con la ventaja de que no verás a tus hijos sufrir por el frío y el hambre.

Espada se llevó su jarra a los labios y los otros dos lo imitaron momentos después mientras Bestia asentía con la cabeza. Por la manera en la que miraron sus respectivas jarras, supo que los había convencido.

***

Había dos guardias en la puerta de la verja, uno de ellos entretenido tallando una figura de madera con su cuchillo y el otro apoyado indolentemente sobre su pica. Vieron a dos figuras acercarse despacio. Habría parecido que se trataba de un paseo casual, si no fuese porque el palacio se encontraba a la orilla del Moscova a varios kilómetros de la ciudad. El instinto avisó a uno de los guardias de que aquello no era gratuito.

—¿Quién va? —dijo el guardia más viejo dando un codazo a su compañero, inquieto por el estoque que una de las figuras portaba en la mano.

Espada vio como el joven soltaba el pedazo de madera y guardaba el cuchillo antes de aferrar su pica. A su lado, Bestia desenvainó un sable, el botín de guerra que le había arrebatado a un húsar polaco, el mismo con el que éste le había cortado el meñique y el pulgar de la mano izquierda. Por un instante Espada sintió compasión por el joven guardia, el segundo anterior a la finta con la que esquivó la pica, la fracción de segundo antes de que con un golpe seco de la vaina de acero le aplastara la tráquea. Bestia afrontó tranquilamente la embestida del otro piquero: con una velocidad incongruente con su masa aferró el asta del arma y giró el sable en un arco ascendente que se llevó consigo parte del hombro izquierdo y la cabeza de su oponente.

El combate apenas había durado unos momentos. Ocultaron los cuerpos y esperaron unos minutos por si algún guardia había oído el ruido, pero nadie acudió a la puerta. Espada hizo un gesto con la mano y Librero, Llaves y Niña salieron de entre los árboles cercanos al camino.

—¿Hacia dónde, Librero?

—Hacia aquella sombra alargada. Es la cúpula de la catedral de la Ascensión, la construyeron hace más de cien años para conmemorar el nacimiento de Iván el Terrible. A su lado comienza el complejo palaciego.

—Llévanos, no nos des lecciones —espetó Bestia.

Mientras caminaban Espada se acercó a Librero:

—Sé que dentro del palacio el zar tiene su propia capilla.

—Sí, creo que está en el ala este, comunica con la sala del trono a través de una galería de espejos.

—Ahí es donde tienes que llevarnos. Y por el camino más corto.

—A pesar de la fantasía de los techos y las cúpulas, Alejo construyó el palacio copiando el modelo de un château francés… Lo mejor será buscar una puerta lateral cercana a las dependencias del servicio.

Espada asintió:

—Confío en ti. Vamos.

***

Había parecido tan simple cuando había oído a Librero explicárselo a Espada, que Llaves casi no podía comprender lo que había ocurrido. Se encontraba en medio de la sala del trono del zar, mareado, incapaz de asimilar el hecho de que tenía las manos manchadas de sangre.

Habían avanzado sin demasiados percances por los pasillos y las salas del palacio. A pesar de que con la iluminación de la luna que entraba por las ventanas toda esquina, sala y cámara parecía similar, siguiendo a Librero sólo habían retrocedido sobre sus pasos una vez. Por su parte para él no había supuesto dificultad alguna abrir los cerrojos que encontraban a su paso, aunque cada vez que lo hacía todos contenían la respiración tras el ruido de los pestillos al correrse.

Así habían llegado a la sala de audiencias. Espada y Librero encabezaban en grupo, él se encontraba en el centro y llevaba de la mano a Niña y Bestia se aseguraba de que nadie los sorprendiese por la espalda.

Estaban junto al trono cuando Espada se detuvo en seco y levantó un brazo. Se oían unas risas ahogadas que provenían de la antecámara, justo al otro lado de la puerta que apenas unos momentos antes acababa de cerrar. También se oyó el ruido de un llavero, y el del cerrojo, que pareció sonar más fuerte aún que todos los que él había abierto esa noche.

Una doncella entró en la sala con las llaves en una mano y una vela en la otra, con un hombre pegado a su espalda que la aferraba por la cintura y de un pecho. Ambos se tambaleaban cuando cerraron la puerta y comenzaron a dirigirse al trono. El hombre le susurraba obscenidades a la mujer hasta que levantó la vista y se encontró cara a cara con ellos.

Por unos segundos, pareció que toda la sala y sus ocupantes estaban congelados.

Librero había empezado a retroceder muy despacio, y ahí era donde el caos había comenzado. Accidentalmente pisó a Niña, la cual se apartó soltándose de la mano de Llaves y tropezando con el trono. En algún lugar del trono un resorte activó el mecanismo por el que los leones de bronce esculpidos comenzaron a rugir. El bramido sacó del trance a todos, la doncella se puso a gritar, Niña a llorar y el hombre había comenzado a llamar a la guardia mientras Librero maldecía la fatuidad del zar.

—¡Bestia, haz que pare ese ruido! —ladró Espada— ¡Librero, dile a Llaves qué puerta tiene que abrir!

Sin esperar a comprobar si obedecían sus órdenes Espada corrió hacia la pareja.

Lo que vino después era aún más confuso. Recordaba que las manos le temblaban mientras intentaba manipular la cerradura y lanzaba miradas nerviosas a su espalda. Vio a Espada acabar con el hombre y la mujer, a ella de un golpe seco con el pomo de su estoque en la sien y al hombre cuando con el mismo movimiento terminó de desenvainar y lanzó una estocada recta que le atravesó el ojo derecho. Vio a Librero tapándole la boca a Niña. Vio a Bestia reducir a astillas y metal abollado el trono del zar.

Recordaba haber dicho que el palacio era un laberinto, por lo que no lograba entender cómo en tan poco tiempo la sala se había llenado de guardias.

Espada y Bestia estaban rodeados por diez piqueros que intentaban mantenerse alejados de sus hojas. Presenciar cómo peleaban era una visión terrible y a la vez fascinante. A pesar de que luchaban de formas diametralmente opuestas —Espada se movía economizando movimientos con ese estilo de esgrima tan extraño en el que golpeaba y paraba con la vaina y sólo desenvainaba para asestar el golpe definitivo, Bestia embestía con una simpleza de movimientos de una fuerza demoledora— se compenetraban como si fueran un único combatiente de cuatro brazos: un bailarín preciso y una atalaya rugiente, piezas de una coreografía mortal en mitad de un puñado de marionetas torpes.

Se había vuelto a concentrar en la cerradura cuando escuchó una advertencia de Librero, que sujetaba a Niña en brazos. Se apartó lo justo para que la punta de acero sólo le cortara parte de la oreja izquierda antes de clavarse en la madera. El asta del arma que sostenía el piquero se partió, y cegado por el dolor había arrancado la punta de la puerta y había apuñalado con ella varias veces al guardia.

Ese era justo el momento en el que se preguntaba qué había ocurrido.

El último adversario que quedaba en el centro de la sala cargó hacia adelante con su pica, Espada bloqueó desviando la punta al suelo, girando sobre sí mismo y arrodillándose, de manera que el guardia tropezó con su cuerpo presa de su propia inercia. No llegó a tocar el suelo: Bestia lo atrapó en pleno vuelo y lo alzó atravesándole completamente el pecho con el sable.

—Vámonos.

Espada tiró del brazo de Bestia, que tenía la mirada fija en la nueva remesa de guardias que ya asomaba por la puerta del otro lado de la sala.

—¡Llaves, abre esa maldita puerta!

Llaves lo miró todavía presa de la confusión. Bestia lo tiró a un lado:

—¡Aparta! —gritó mientras de una patada arrancaba la puerta de sus goznes.

Librero cruzó el umbral con Niña, y Llaves lo siguió tras levantarse, aún aturdido.

Espada vio que eran demasiados guardias. Del combate anterior ninguno de los dos había salido indemne. Agarró a Bestia del codo:

—¿Cuánto tiempo podrías retenerlos?

Ambos se quedaron mirando fijamente a los ojos. Ambos sabían lo que significaba esa pregunta.

—Toda la vida —respondió Bestia riendo y enseñando los dientes, mientras se giraba y se llevaba el crucifijo a la boca.

***

Dejaron atrás el largo pasillo de espejos y entraron en la capilla. En su altar, protegido en el interior de un relicario, estaba el icono.

—Llaves, ábrelo. Y no dejes marcas.

Llaves se acercó a la pequeña vitrina, con un pañuelo se limpió lo mejor que pudo las manos, y mientras la sangre aún le rodaba por el cuello dejó sobre la mesa de ofrenda un rollo de cuero que extendió, dejando ver la serie de ganzúas alineadas. Eligiendo dos de ellas, el cerrajero se puso a manipular la cerradura, haciendo caso omiso del dolor que le latía en la sien.

El ruido de pelea al final de la galería de espejos se había reanudado y vuelto a detener hacía unos minutos.

Librero miraba la capilla, claramente nervioso.

—¿Cómo vamos a escapar? Estas ventanas son demasiado estrechas. Tendremos que volver por la sala del trono…

Como si se tratara de una respuesta, se oyeron dos salvas de disparos.

Librero se quedó mirando nerviosamente hacia la puerta, esperando a oír si se reanudaba la lucha.

—No se oye nada… —no añadió más, pero su voz implicaba que Bestia había caído.

Espada no respondió. Llaves acababa de abrir el relicario y de sacar la imagen: contemplaba fascinado la capa de plata repujada que cubría el fondo y los ropajes de las figuras que dejaba sólo libres las caras de la Virgen y el Niño, las esmeraldas, diamantes, rubíes, zafiros y perlas con que estaba engastada.

—Es una maravilla…

—Nuestra Señora de Kazán —dijo Espada abriendo su bandolera—. Cura a los ciegos.

Sacó de la bandolera un cuadro que cualquiera habría jurado que era idéntico al que Llaves sostenía en las manos.

—Pon éste en su lugar. Y deja todo como estaba.

Se intercambiaron los iconos, Llaves colocó la falsificación en el relicario y Espada guardo el auténtico en la bandolera. Con un suave clic la vitrina se cerró.

—Hecho: como si no hubiéramos estado aquí.

Recogía sus ganzúas cuando entrevió un movimiento borroso e inesperado de Espada. Antes de poder reaccionar se encontró con la hoja de su estoque clavada en el pecho. Lo miró, un súbito dolor impidió que pronunciara la pregunta que nacía en sus labios cuando Espada giró velozmente la muñeca para ampliar la herida abierta en su corazón. Llaves se desplomó.

—¿Qué has hecho?

La temblorosa pregunta la hizo Librero. No obtuvo más respuesta que la mirada perdida de Espada, que avanzaba hacia él sin haber envainado aún su estoque.

***

Los cuerpos de la guardia de piqueros se apilaban inertes en un arco frente a la puerta como naipes repartidos de forma indolente, sajados, atravesados, rotos. Bestia mordiendo el crucifijo, las piernas separadas, el sable sujeto con las dos manos por la empuñadura y cerca de la punta que se había partido como si estuviera comprobando la flexibilidad de la hoja. La oscura y basta tela de sus ropas no permitía ver las manchas de humedad que partían de sus heridas, pero una de las lámparas de aceite de los guardias que ardía tirada en el suelo iluminaba el charco de sangre a sus pies.

Del otro extremo de la sala del trono llegaba el sonido de pasos. Un destacamento de streltsis hizo su entrada. Los encabezaba un hombre con un brazo entablillado, que al ver la figura apostada en la puerta palideció al reconocerlo. Dio el alto a sus hombres y les ordenó que se prepararan para abrir fuego.

Bestia no se movió cuando la primera descarga de los mosquetes dejó profundas marcas en las paredes, el marco de la puerta y su propio pecho. El sargento ordenó recargar, y en cuanto sus hombres estuvieron preparados volvió a dar la señal de disparo. Cuando la humareda permitió que los haces de las lámparas de aceite volvieran a iluminar la sala, Bestia aún no había caído.

Los tiradores se miraron unos a otros confundidos. El sargento tragó saliva, desenvainó con un ligero temblor el sable que hasta el día anterior había pertenecido a su capitán, y avanzó intentando que el miedo no lo traicionase. Bestia lo miraba fijamente, como una estatua infranqueable, inmóvil. El sargento se acercó lo bastante como para haber podido hundir la punta del arma en su pecho, pero se detuvo. En lugar de atacarlo sostuvo el sable con la mano del brazo fracturado y con la otra se santiguó. Años más tarde aquel sargento juraría que aquellos ojos palpitaban y ardían, que había sentido como el odio que encerraba aquella mirada había abrasado parte de su alma, que la fuerza de ese mismo odio era la que había mantenido en pie aquel cadáver tanto tiempo después de su muerte.

***

Abrió una de las ventanas. En la capilla eran elevadas y estrechas, demasiado estrechas para que un hombre adulto pudiera escapar por ellas, pero no tanto para una niña fina al borde de la desnutrición. Espada le cruzó al pecho la bandolera con el icono.

—Recuerda: escóndete y mañana sigue el río de vuelta. Tu madre te espera.

Niña lo miraba con los ojos húmedos, la boca entreabierta y las comisuras manchadas de baba. La levantó en brazos y la descolgó por la ventana. Cuando tocó el suelo la golpeó detrás de la cabeza con la vaina, lo suficiente para que, asustada, saliera corriendo.

Se giró hacia la puerta, junto a la que Librero estaba caído, apretándose la herida del pecho y palideciendo por momentos.

—¿Por qué? —logró decir agotando sus fuerzas en el movimiento de alzar la cabeza y mirarlo.

—Nadie de palacio debe saber lo que hemos hecho. Para todos ellos esto no habrá sido más que la historia de un robo fracasado.

Librero lo miró con la mirada cada vez más perdida:

—No, te he preguntado por qué…

Espada inspiró profundamente.

—Porque aquí ese icono no será más que una joya entre tantas, heredada por sucesivos zares que ni siquiera recordarán que poseen una pieza tan excepcional… pero fuera, dará fe, esperanza y consuelo a muchos. Les recordará que no son sólo siervos, sino que tienen alma, y que eso es algo que ningún zar les podrá quitar —eran las palabras de una mujer que Espada recordaba bien.

—¿Y vas a confiarle todo eso a una retrasada?

—Dios protege la inocencia —y deseó que fuera cierto.

—¿Y qué pasa con nosotros?

—¿Nosotros? Nosotros somos ladrones y asesinos. No somos dignos.

Librero no llegó a oír lo que dijo después en un susurro:

—Lo siento, Mijáil Ivánovich.

Era el final esperado, pero no por ello resultaba menos amargo. Recordó a la mujer envejecida que lo había auxiliado días después de la noche en la que durante una borrachera había matado a dos hombres, uno de los cuáles lo había herido. La herida supuraba y la fiebre lo abrasaba.

Se puso en pie, abrió la puerta y salió a la galería.

—Lo siento, Yuri Serguéievich.

Recordó la mísera habitación a la que aquella mujer lo había arrastrado, cómo le había cosido la herida, cómo lo había atendido la semana en la que la infección intentaba consumirlo. Recordó cómo en medio del delirio tenía algunos momentos de lucidez, momentos en los que veía cómo la mujer y su hija retrasada luchaban por sobrevivir contra toda esperanza mientras que él noche tras noche sólo buscaba que lo mataran.

Al final de la galería se alineaban veinte hombres y su sargento.

—Lo siento, Nikita Petrovich.

Recordó que cuando se recuperó le dijo a la mujer que en pago no podía darle mucho, pero que podía pedir lo que quisiese. Y ella sólo había pedido una cosa, un robo que era un acto suicida, uno que sólo podía llevar a cabo un hombre que no era más que tierra quemada.

Alzó su arma hasta quedar con la guardia a la altura de los ojos, la hizo descender en un veloz arco hacia un lado a modo de saludo y comenzó a avanzar despacio. El sargento al mando del pelotón gritó algo, pero no lo escuchó. Espada dejó que la pesada vaina de acero se escurriera de sus dedos. Al golpear el suelo su sonido fue tan potente en el tenso silencio que su eco recorrió la galería convertido en un trueno. Como si ese ruido hubiera sido un gatillo ubicuo, la conflagración simultánea de la pólvora de veinte mosquetes iluminó por un segundo la galería de espejos, lo suficiente para mostrar interminables filas reflejadas de tiradores fantasma tragados por un humo infinito, que desaparecieron cuando el estruendo hizo añicos los espejos.

***

Aunque por la noche no había nevado, la escarcha formaba una pátina traslúcida sobre las hojas de los árboles, y la hierba estaba dura como las púas de un erizo.

Niña caminaba por la vega del río, un tímido sol se esforzaba por calentarla a medida que se asomaba. La noche anterior, con los ruidos y la sangre, no era más que una imagen confusa que se degradaba inexorablemente. Siguió caminando, embotada en su eterno presente, sin la conciencia de la pérdida de sus compañeros. Un pie tras otro, seguir el río. Eso era todo.

Lo era hasta que un ruido llamó su atención, el ladrido del perro de una granja cercana. El cachorro saltaba y movía la cola alrededor de un agujero, miró a Niña y ladró, trazó varios círculos sobre sí mismo, corrió hacia ella jadeando, intentando llamar su atención, trotando de vuelta al agujero. Cuando Niña se acercó el perro trajo una rama, la soltó en el agujero y escarbó con las patas hasta dejarla semienterrada. Niña soltó un gemido de aprobación, y dejó caer una piedra en el agujero. El perro la olisqueó y echó tierra encima. Niña moqueaba y reía, le gustaba aquel juego. Siguió dejando caer piedras y ramas, hasta que no quedó ninguna a su alcance. Torpemente se quitó la bandolera y la dejó caer. El perro la olisqueó y echó tierra encima, hasta cubrir el agujero.

—¡Chico, adentro! —la voz del granjero sonó desde la cabaña.

El perro ladró una vez más a Niña, despidiéndose.

Niña se quedó mirando la marca de la tierra removida unos minutos. Recordó que tenía que hacer algo, seguir el río. Se levantó.

Un paso y luego otro, seguir el río. La granja apenas se veía ya desde donde se encontraba. Una vaga impresión fugaz y confusa pareció avisarla de que había algo que estaba olvidando. Dudo unos instantes. Recordó que tenía que seguir el río.

Un paso y luego otro, seguir el río. La granja se fue haciendo progresivamente más pequeña, hasta que se difuminaron todos sus detalles.

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Comentarios

  1. marcosblue dice:

    En algunos momentos me ha recordado a un grupo de héroes samurais, sobre todo en la forma en que se desarrollan los combates. Estupendo relato, con su carga de profundidad oculta entre líneas. Bueno, esperemos que un día al perro le diera por desenterrar lo enterrado… ¿no?

  2. laquintaelementa dice:

    Me siento privilegiada por disfrutar no sólo del magnífico relato ya parido, sino también de su gestación… de pasar tardes patrullando la Rusia Imperial en busca de Kolomenskoye y Nuestra Señora de Kazan… 🙂 Toda una aventura, sí señor :*

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