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El campo

por Relato finalista

I. La salida

Pienso: «Ya amanece». Los primeros y tenues rayos de sol se proyectan y anuncian el alba. Mi mente ya está alerta, consciente de lo que ocurre aunque con los ojos cerrados, el oído siempre atento a cualquier mínima variación en la quietud de la incipiente mañana. Simulo como un perro que no me entero de nada, auque en realidad estoy a punto de saltar de la cama como un muelle a la menor insinuación.

Apenas insignificantes pasos se perciben en la lejanía cuando me pongo en guardia, dispuesto, listo y preparado. Despacio descubro el jergón, abro la roída y desgastada sábana y me tenso.

Estoy, o mejor dicho, soy el número 09966 del barracón 3 de la sección 1 del campo de trabajo de Auschwitz. Llevo aquí dos semanas, procedo de Varsovia, y por si alguien alguna vez lee lo que escribo me llamo Leví Joseph, soy polaco.

Todos los días ocurre lo mismo, los guardias se acercarán sigilosos al amanecer, gritarán «¡ARRIBA, A TRABAJAR!» y el último en abandonar el barracón será castigado por perezoso. Según cuentan se lo llevan a la enfermería a ver al herr doctor Mengele. Nadie ha vuelto de allí. Nadie sale con vida (la verdad es que no tengo muy claro que nadie salga con vida de aquí) y se cuentan cosas horribles sobre mutaciones y experimentos con hombres, mujeres y niños.

A pesar del frío amanecer sudo por todos los poros de mi cuerpo: instintivamente percibo que otros compañeros están en la misma situación que la mía y se preparan para saltar en cuanto escuchen el grito estridente, chillón y autoritario del carcelero. Se aproximan las botas y el alarido se escucha claro y retumbante en la pocilga que es este sitio. Salto de la cama, y vestido con las mismas ropas con que nos acostamos, me calzo. Otros ya están en la puerta, otros todavía en el catre, otros en mi misma situación. Es una carrera por la vida. Nos miramos en silencio. Miradas que luchan por la supervivencia dentro del infierno. Ruidos apagados, empujones por salir. Golpes contra las literas.

Cuando me encamino hacia la puerta ocurre lo que nunca pensé que podría ocurrir. Un maldito cordón mal atado; me enredo con él, desequilibrado caigo al suelo. Nadie se para. Nadie te socorre. Todos te pisan y pasan apresurados por encima. Es la ley de la selva, «hoy no me toca a mí», piensan, incluso cuando intento incorporarme a duras penas otros me lo impiden a empujones.

Al final, cansando de recibir puntapiés, empellones, pisotones y alguna que otra patada me levanto. Miro a mi alrededor y contemplo las filas de literas vacías a ambos lados del pasillo. ¡Dios mío!, me doy cuenta de mi situación en ese momento. Desesperado, utilizando los últimos gramos de mi esquelético cuerpo me abalanzo hacia la salida, donde ya clarea el alba.

II. El patio

Cuando avanzo hasta el patio central del campo, ya están formadas todas las filas. Como legionarios romanos en posición, las perfectas cuadriculas de ocho por dieciseís personas se alinean dispuestas a ser revisadas por los ejecutores. Avanzo, intento incorporarme a una de ellas (la más próxima) cuando de pronto un enorme perro negro con ojos rojos de sangre y unos colmillos enormes se me planta delante y ladra o, mejor dicho, me paraliza el cuerpo con su visión. Es una fiera infernal, adiestrada para matar. Instintivamente me quedo inmóvil. Un paso más hubiera supuesto mi muerte inmediata.

Se acercan dos kapos SS, riéndose, y en un perfecto alemán uno le dice al otro que si el perro tiene hambre que desayune ahora mismo. El otro me mira, no como a una persona, sino como a un excremento que es lo que soy ahora mismo y le comenta que no, que herr doctor necesita pacientes y que no se lo tomaría a bien si le quitaran su «preciosa mercancía».

Las piernas en ese momento dejan de sustentarme. Abatido me dejo caer en la tierra húmeda y negra de ese repugnante sitio. De rodillas lloro, imploro, suplico que me maten. ¡Todo antes de ir a la enfermería del campo de concentración, al barracón número 10! Recuerdo que una vez un preso me dijo que había oído aullidos que ponían los pelos de punta. Que hacían cosas horribles a las personas. Que te mutilaban poco a poco para ver cuánto tardabas en morir. Que experimentaban con los genes. Que transformaban personas en lobos.

Con los ojos desorbitados, con las pocas fuerzas que me quedan me abalanzo hacia el perro con la esperanza de que me despedace a mordiscos. Todo mejor que ir a la enfermería.

De pronto los dos guardias a la vez tiran de la correa para apartar al animal, desvían su mirada de mi presencia y la dirigen hacia el patio, donde el doctor está revisando la mano de obra del día y «seleccionando». Cada uno intenta erguirse en su esquelético cuerpo lleno de piojos, llagas y úlceras. La mirada del asesino es gélida, realmente hiela con su sola presencia. Todos con la cabeza gacha. A nadie, absolutamente a nadie, se le ocurriría mover un pellejo, un pelo, una pupila. Ni por supuesto levantar la cabeza.

El herr doctor es un tipo menudo, no muy alto, algo desgarbado. Pero tiene un aire a muerte. El Ángel Negro lo acompaña por las filas, se pega a él como una lapa. Sabe que tiene segura recompensa a su lado. Sus ojillos menudos son una puerta a la tumba. Yo, paralizado, tumbado en el suelo, contengo la respiración; no sé si será mi intuición pero creo percibir que hasta los pájaros han dejado de volar. Reina un silencio absoluto, sólo roto por algún ladrido lejano de la jauría de los guardias.

Posa su gélida mano blanca sobre un pobre desgraciado, que no tiene apenas fuerzas en las piernas para sostener su cuerpo lacerado y llagado. Intenta decir algo, quizás una protesta, quizás un adiós, quizás un lamento, pero el miedo le atenaza la garganta. Es sacado de la fila y sujetado de ambos brazos. El herr doctor se acerca a él, lleva una jeringuilla que ha sacado de su maletín, y sin decir palabra y con una inusitada fuerza se la clava en el corazón al desgraciado. Aprieta el émbolo y el líquido mortal se desliza por su ya agotado cuerpo. Es el fenol, mortal, limpio y barato; lo están probando con nosotros. Dicen que ese mismo compuesto lo ensayan en forma de gas para matar más gente. Pensamos que a lo mejor por eso están construyendo aquí al lado en Birkenau otro campo más grande y con crematorios.

Herr doctor no tiene ganas de seguir trabajando; ha terminado, se da media vuelta sin decir palabra y acompañado de su escolta se aleja hacia su enfermería.

—¡Bueno, el espectáculo ha terminado por hoy! —brama el kapo SS—. ¡Tú, excremento, levanta o te mato ahora mismo!

Con las piernas sin apenas sostenerme me incorporo. De repente, me sujetan de los hombros y en volandas me llevan al barracón número 10.

III. El barracón número 10

El SS Obersturmbannführer Rudolf Höß fue el mentor del doctor Mengele, su amigo y director del campo durante dos años. Bajo su dirección el «Ángel de la Muerte» dio rienda suelta a su instinto y «técnicas». Estas se fraguaron dentro del conocido como barracón número 10 del campo de Auschwitz.

Arrastrado por sus dos kapos SS el pobre Leví Joseph, pasó delante del muro de las ejecuciones, allí los pobres infelices al principio eran fusilados. Salpicado de tiros y jirones de sangre desparramada. Pero era un método de «limpieza» muy caro y, sobre todo, lento y pronto fue abandonado.

El día, al principio claro y radiante, fue tornándose paulatinamente más oscuro. Una tormenta se anunciaba por el oeste. Allí donde estaban construyendo las chimeneas de Birkenau. Las densas nubes se acercaban con fogonazos de rayos que iluminaban la negrura aquí o allí. El aire, como animado por la presencia de la tormenta, soplaba cada vez con más fuerza, arrastrando hierbas, papeles y algún que otro prisionero incapaz de sujetarse.

Pronto la oscuridad invadió la amplia llanura polaca donde estaba el campo. El aire casi huracanado, la lluvia racheada cada vez más intensa, caía empujada por el viento.

Justo cuando entraban calados hasta los huesos en el barracón un trueno espantoso sobresaltó incluso a los dos kapos que de inmediato soltaron al prisionero.

—¡Aquí te quedas! —y sin más explicaciones abandonaron a toda prisa al prisionero y corrieron para guarecerse en su puesto de guardia.

Leví Joseph miró alrededor asustado, a simple vista parecía un sitio acogedor, confortable incluso. Dos enfermeros enfundados en impolutas batas blancas lo levantaron y lo condujeron a una sala donde después de desnudarlo, lavarlo a conciencia y despiojarlo le suministraron un pijama de color indefinido. Le permitieron afeitarse y le raparon la cabeza al cero.

Lo escoltaron y lo condujeron hacia la guarida del doctor. Su oficina se encontraba muy cerca de la entrada, a mano derecha. Llamaron y después de confirmar el permiso para entrar dejaron al infeliz de pie delante del herr doctor.

Joseph, siempre con la cabeza agachada, no se atrevió a mirar. Simplemente escuchaba, su fino oído perfeccionado por tanto tiempo de lucha por la supervivencia era su sentido más desarrollado, junto con el agudo olfato que siempre lo había caracterizado. El tipo menudo sentado delante de la mesa le prestaba poca atención, releía unos papeles distraídamente. Hizo un movimiento con la mano y como por arte de magia los acordes de Wagner sonaron en la estancia. Joseph, sobresaltado y con sumo cuidado, levantó un poco la cabeza y observó un grupo de enanos deformes, vestidos como niños marineros que comenzaron a tocar la Cabalgata de las Walkirias.

Fue justo en ese momento, al contemplar aquellas figuras que bajo la iluminación intermitente de los rayos de la tormenta parecían un grupo de marionetas de ultratumba tocando una marcha fúnebre, cuando supo que iba a morir de una forma horrenda.

El miedo, si alguna vez había desaparecido, volvió para quedarse. El doctor no decía nada, no preguntaba, no levantaba la cabeza de los papeles. Joseph olía la muerte, la sentía en aquella figura impasible. Ahora sí, comprendió lo que le esperaba. Los enanos seguían con su marcha inaudible bajo los truenos.

Sin mediar palabra el doctor se incorporó, hizo un movimiento rápido y extrajo una jeringuilla de uno de los cajones de su escritorio. La elevó hasta tenerla delante de su vista para comprobar que el líquido viscoso que contenía estaba en perfectas condiciones. Separó la silla de sus piernas y se encaminó hacia el prisionero con pasos cortos y decididos. Leví Joseph, al ver al doctor acercarse con la aguja, sintió una tensión como nunca en su vida había experimentado: se le secó la boca de golpe, las piernas parecía que ya no le sujetaban, los ojos desorbitados miraban fijamente el instrumento fatal. Los pasos inexorables del doctor se aproximaban y ya casi lo tocaban cuando Joseph, que nunca se había revelado contra nada ni nadie, ni siquiera contra su destino, se abalanzó sobre el doctor con un movimiento rápido que no parecía proceder de su famélico cuerpo, le agarró el brazo e introdujo el fenol por el cuello el doctor. Éste ahogó un grito de dolor antes de cerrar los ojos para siempre. Los enfermeros, atónitos en principio, empuñaron sus porras para machacar sin piedad al detenido, levantaron los palos y antes de que pudieran descargar los golpes mortales sintieron cómo un líquido ardiente entró por sus venas y paralizó al instante su corazón. Eran los enanos de la orquesta. Aprovecharon la distracción provocada por Joseph para llevar a cabo su venganza. Habían sustraído y guardado algunas jeringas con el veneno. Esperaban que algún día se presentara una oportunidad. Y ese día había llegado.

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—¡Vamos! —le imploraron— no tardaran en descubrir esto, y nuestro castigo entonces será aún peor. ¡Vamos, salgamos!

Abrieron la puerta de la enfermería y un disparo voló la cabeza del primer enano que asomó. Cayó desplomado. Sobrepuestos al sobresalto inicial, y conscientes de su situación, salieron como una jauría de perros y todos a una se abalanzan sobre el centinela, lo derribaron y lo mataron de un tiro. En ese momento sonó la sirena de la alarma, justo cuando un rayo derribaba la torre de alimentación de la energía eléctrica del campo. Todo, absolutamente todo, se quedó en la penumbra más absoluta.

—¡Tardarán tres o cuatro horas en traer los generadores! —exclamó Joseph— ¡Salgamos!

—¡Por la puerta no! Seguro que al oír los disparos han emplazado una MG y el que asome la nariz es hombre muerto. ¡Lo mejor es que nos separemos y que cada uno intente salir como pueda!

Sin pensarlo mucho, Joseph se despidió de sus pequeños compañeros:

—¡Adiós, amigos… y suerte!

En la más absoluta oscuridad se internó en lo profundo de la enfermería.

IV. El infierno

Mientras se avanza en silencio y a oscuras, y con miedo, lo que primero te viene a la mente son tus propios sonidos. Los latidos del corazón, el jadeo de la respiración, el sudor. Parece que tu mente percibe y alerta a la vez. Todo se agudiza, todo se relativiza y se adapta a la situación. De pronto, se dio cuenta de una cosa que no le cuadraba, había avanzado sólo unos metros y el silencio era casi total. Palpando encontró una puerta. Con cautela la abrió, observó en la oscuridad, iluminada por los rayos intermitentes de la tormenta, y entró. La estancia era lo que parecía un paritorio con una camilla en el centro, unos frascos en los estantes y un carrito de operaciones lleno de instrumental quirúrgico. Arrastrándose por la estancia se internó hasta apoyarse en una pared. Miró alertado por un ruido que provenía del exterior de la ventana, y de pronto notó una mano fría que le agarraba del cuello. Era tremendamente larga, los dedos medían más que sus manos y terminaban en unas uñas que parecían garras. Las manos no apretaban, sólo recorrían su cuello y cabeza. Joseph, paralizado, se quedó inmóvil. Jamás había sentido ese frío en el cuerpo. Los ojos se deslizaron lentamente para contemplar lo que le estaba estrangulando. Era una mano tres o cuatro veces mayor que la suya. No movió un músculo. Otra extremidad se enroscó, hasta juntarse con la primera. Semejaban a dos serpientes que iban cerrando el círculo entorno a su presa. La sensación era de angustia profunda. Intentaba respirar, pero no podía. Apenas ya le entraba aire por la garganta.

Reaccionó y con toda su fuerza mordió uno de los viscosos dedos, que al sentir el dolor le soltó. Aprovechó para incorporarse en la penumbra de un salto. Se golpeó contra una mesa y comenzó a sangrar por la frente. El ser que le había sujetado chilló. Leví contempló a una figura encerrada en una jaula. Era una persona, o eso había sido alguna vez. La habían deformado hasta límites inauditos. Por lo que acertó a ver, la cabeza era un cráneo enorme lleno de venas azules y unos ojos desorbitados que lo miraban. Todas las extremidades eran desproporcionadas. Brazos, piernas y cabeza. «¡Qué le habrán hecho a este pobre hombre!», pensó. Estaba tan sumido en esa visión que no escuchó acercarse a la pareja de doberman que los guardianes habían soltado. Negros como la noche, llenos de ira y rabia. Estaban especialmente adiestrados para oler la carne humana y devorarla. Sus rugidos sonaron junto a su cara, los ojos de los perros eran dos llamas rojas. De sus bocas una baba blanca era el preludio a un salto hacia la yugular del desgraciado que se interpusiera en su camino. Joseph ahogó un grito, se tapó la boca con ambas manos y notó la humedad caliente de su sangre corriendole por la cara. Los perros se excitaron al oler su bocado y se acercaron lentamente, dejando el espacio suficiente para saltar a por la presa. El mutante, alterado por tanto ruido, al que de ningún modo estaba acostumbrado, volvió a sacar sus manos de la jaula y lo siguiente que notó fue cómo le fueron arrancadas de cuajo por los colmillos de los perros. No les hizo falta mucha fuerza para despedazar al miserable engendro. Joseph aprovecho la ocasión para salir de la estancia y cerrar la puerta.

Rápido se movió por el pasillo central. Siguió arrastrándose para cruzar al otro lado, donde se adivinaba una puerta. No se lo pensó y abrió el picaporte con cuidado. Ésta era mucho más grande, desde fuera del recinto la había visto muchas veces y no daba la impresión de serlo tanto. A ambos lados había celdas con rejas. Con cuidado se acercó a la primera. Una mujer yacía en el suelo, de su cabeza, o mejor dicho, del cuello le nacía otra protuberancia que asemejaba un pequeño ser deforme. Intentaba la mujer arrancárselo tirando con fuerza y de tanto tirar la carne se abría en su cuerpo dejando entrever los huesos del esqueleto.

A Joseph, la visión de la mujer le llenó de ira mezclada con pena. ¡Qué habían hecho esos bastardos! Sin pensárselo dos veces buscó en sus bolsillos y encontró la ganzúa con la que se había soltado las esposas en la sala del herr doctor. Abrió la jaula. No se paró a comprobar, miró en la siguiente. Un rayo cayó a pocos metros. La estancia era todavía más siniestra. Sonidos extraños, olores irreconocibles, todo parecía sacado de otro mundo. El golpe del trueno lo hizo estremecerse, retorcerse, oyó los pasos de los guardias que se acercaban y los tiros, quizá matando a sus propios perros.

En la jaula de enfrente, un hombre gemía. Se asomó y al acercarse comprobó con espanto lo que tenía enfrente. ¿Era un hombre? ¿O era un cadáver?

Una masa informe y repugnante estaba sentada al fondo de la celda. No tenía un solo centímetro de su cuerpo que no lo recubriera una pústula. Era una llaga viviente. El cuerpo lleno de viruelas, de las cuales salía un líquido verdoso y espeso. Los ojos apenas se le distinguían. ¡Le habían inoculado alguna sustancia tóxica y esa era la reacción!

—¡Piedad! —le suplicó—. Mátame.

—¡Silencio! —le espetó Joseph.

Los pasos de los SS eran más nítidos cada vez. Sin decir palabra abrió la celda con la misma maña que abría las puertas en su época de ladrón de Varsovia.

Avanzó, sin aliento, para comprobar con qué otra siniestra figura se encontraría. Allí un niño jugaba solo. Se mecía sentado. Acurrucado sujetaba entre sus brazos una figura. ¡Era un feto humano!, lo distinguió sin lugar a dudas.

Ya no quedaban muchas jaulas, dos a lo sumo, pero eran las más grandes de toda la estancia.

Su corazón palpitaba fuera de sí. Los guardias no tardarían más de tres o cuatro minutos en aparecer por la puerta y disparar a todo lo que se moviera. Jadeando, se acercó a la verja de la celda para ver en el interior. La sangre era abundante en su rostro y le cegaba la poca visión que le quedaba.

—¿Hay alguien? —susurró.

No obtuvo respuesta. Cuando se disponía a dar media vuelta hacia la otra celda, un gruñido lo retuvo. Esperó atento. Sintió el agarrón fuerte. Demasiado fuerte para ser un prisionero del campo. Saltó por instinto, pero lo retenían una multitud de brazos que lo agarraban de las piernas, tronco, cabeza… Espantado contempló unos brazos verdes ocres, llenos de pústulas purulentas. Tenían jirones de ropas en la parte superior y lo forzaban acercándolo a los barrotes donde unas caras deformes y con unas bocas de donde asomaban colmillos como puñales esperaban devorarlo. ¿Qué era eso? Humanos o animales, no parecían hombres, pero tenían su forma. En ese momento los generadores de emergencia encendieron las luces del campo y de la enfermería. Más espantado si cabe, comprobó que quines lo querían comer vivo eran zombis. De pronto lo comprendió todo. Los nazis habían tratado de transformar a hombres como muertos, o a muertos convertirlos en hombres y alimentarlos de carne humana para soltarlos como soldados en el campo de batalla. ¡El arma secreta del Tercer Reich! Los zombis lo sujetaron con fuerza e intentaron morder su carne. Desesperado, Joseph echó mano de su ganzúa y pensó: «Mejor morir devorado que acabar como ellos». Se disponía a hacerlo cuando los SS entraron en la estancia. Joseph giró la mano, abrió la jaula y lo que pasó a continuación no lo recordaba con precisión.

Los zombis se abalanzaron sobre él atropelladamente, sintió como sus bocas se cerraban y desgajaban la carne y los músculos. Chilló, gritó de dolor. Los soldados, asustados, siguieron el primer impulso y vaciaron los cargadores de las MP-40 contra los mutantes que se apiñaban y agolpaban por salir. Error fatal, puesto que llamaron su atención. Nerviosos, intentaron recargar, pero a punto de conseguirlo los zombis, rápidos y ágiles, los devoraron entre gritos, sangre y vísceras.

Joseph recibió un disparo en la clavícula y se desmayó. Eso probablemente le salvo la vida, al debilitarse su pulso los zombis dejaron de tener interés por una presa con tan poca carne y de dirigieron hacia los SS, que yacían enfrente con la mueca de la muerte en sus rostros.

Cuando terminó aquella dantesca escena, todo estaba en silencio. Renqueado se incorporó sin importarle nada. Ya nada importaba, salió de la estancia. Comprobó que los zombis nazis habían cumplido son su trabajo eficientemente. No quedaba nadie con vida en todo el complejo, como después comprobó. Se habían cebado con los guardias y soldados, más gordos y con mejor olor que los prisioneros, pero tampoco a estos les hicieron ascos. Terminaron con todos.

Según parece, los zombis ya no estaban en el campo y nadie le impedía salir libre, puesto que el guardia de la garita era solamente una cabeza sujetada por un esqueleto pulido. Salió muy despacio hacia la libertad, bajo el arco que decía «El trabajo os hará libres».

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Comentarios

  1. marcosblue dice:

    Este relato es propio de un hermano mío, es decir, de una mente paranoica y enferma. Os lo digo en serio, no los dejeis participar más, nos van a crear un conflicto neuronal bastante grave. Avisados estáis.

  2. laquintaelementa dice:

    Está claro que es genético… eso de que el clan más candente sólo se presente cuando hay propuestas para psicópatas o enfermos… La pena es que no tengan arrestos para presentar sus locuras en otras ediciones.

    Mortales las escenas espeluznantes (y hay unas cuantas) aunque me quedo con los “personajes” del final, dignos de “Dead Snow” jajajajajajajaja.

  3. SonderK dice:

    tema escabroso y con grandes escenas espantosas, te retuerce en tu silla y al final hace que esboces una ligera sonrisa. Lo mejor: el capitulo “El infierno” y decadente escena con los enanos, que llamariamos la mejor escena WTF. Grande.

  4. xtobal dice:

    Queridos comentaristas, solo quiero matizar dos cosas. Una referente a la trama en sí. El esquema básico es real, es decir, los enanos eran reales en las ejecuciones y de ello hay abundante documentación, eran los “enanos de Menguele” y sentía por ellos gran devoción. El nombre de los barracones y la situación del campo corresponde con la realidad. Y la otra, yo pienso que los verdaderamente paranoicos eran los nazis, ya que los experimentos geneticos existieron y pensaron crear al reves que en el relato al “aleman ario” en vez de zombis judios (pero seguro eso si que porque no se les ocurrió). Y por último que me hace mucha ilusión que me dejeis comentarios. Gracias.

  5. laquintaelementa dice:

    xtobal, gracias por esa nueva información que todavía hace más terrorífico el relato… pero sigo pensando que tenéis un serio problema en esa familia. Menos mal que nos deleitáis con vuestras ocurrencias 🙂

  6. levast dice:

    Enhorabuena xtobal, el relato es todo un subidón de adrenalina en cuanto a acción y terror grotesco. Está muy arriba en este género nuevo que está triunfando de nazis zombies, jejeje, te esperamos en el kung-fu 😉

  7. Duncan Campbell dice:

    Como monstruos deformes y viscosos yo habría añadido una jaula repleta de vikingos, con bufanda incluida, jejeje.
    Por cierto, no habría estado de más una escena de sexo entre los zombies y el cadaver de herr Doctor.

  8. marcosblue dice:

    ¿Veis lo que os digo de mis hermanos? ¿Lo veis?

  9. laquintaelementa dice:

    Enfermos…

  10. SonderK dice:

    Duncan Campbell está para que le encierren ya, ¿votos a favor?

  11. Sr. Jurado dice:

    A favor.
    Y a los dos hermanos también.

  12. levast dice:

    Encerradlos y perded la llave… pero que antes nos dejen las llaves del Blue, jes jes jes 😉

  13. marcosblue dice:

    A favor, a favor, los tres.

  14. Walkirio dice:

    ¿Se ha cerrado ya el turno de votación? Propongo que, además, esterilicen a los padres por si en un arrebato sexagenario les diera por traer otro Tizón más al mundo.

    Chico, qué bien te lo has debido pasar jugando al Castle o Wolfenstein, porque me recuerda cosa mala.

Los comentarios están cerrados.