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Voluntarios para una nueva vida ‹ Relatos Bluetales

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Voluntarios para una nueva vida

por Relato finalista

—Llegaron desde el espacio exterior el 3 de mayo de 2012. No fueron a las ciudades más importantes del mundo para darse a conocer. No fueron a Nueva York, Londres o Pekín. Sobrevolaron los lugares que podrían suponer una amenaza para ellos. Bombardearon bases militares por todo el mundo, silos de misiles y centros de comunicaciones. Luego dejaron caer una especie de gas en la atmósfera de la Tierra que eliminó a los seres humanos en cuestión de horas. La razón por la cual algunos sobrevivimos todavía hoy nos es desconocida. Bajaron para colonizar el planeta. Horrorizados descubrimos que ellos eran exactamente iguales que nosotros. Ellos también eran humanos. Dejaron a unos cuantos de los suyos aquí apostados en diversos centros distribuidos por todo el mundo y el resto volvió a sus naves y se marcharon para seguir sus conquistas. Se dedicaron a esclavizar a los supervivientes para hacerlos trabajar obteniendo recursos que almacenan en los centros. De vez en cuando se puede ver que alguna de sus naves aterrizando. Hace algún tiempo que no nos prestan demasiada atención. Ya han pasado siete años desde ese 3 de mayo… y, desde la perspectiva que me da ese tiempo transcurrido, puedo decir sin miedo a equivocarme, que la destrucción de la humanidad ha sido la mejor jodida cosa que nos ha ocurrido desde la invención del fuego…

—¡Juan, no puedes decirle eso a los críos!

—¿Por qué no? Es mi clase de historia y les digo lo que quiero.

—Joder, es un poco fuerte. Cíñete a la realidad y deja que ellos juzguen después. Los vas a volver tarados antes de tiempo.

—Está bien. Supongo que debo callarme, pero es la verdad. João, eres muy sensible. Se hace tarde, ya deberían estar aquí.

—No te impacientes. Arturo los traerá a salvo.

Me llamo Juan, tengo cuarenta años y dirijo el pequeño refugio de Gandía. Antes de irme a la cama el 3 de mayo del cataclismo era un auténtico capullo con ganas de triunfar en la vida. Era analista de bolsa en Madrid. Tenía más de doscientos amigos en Facebook, una novia que me odiaba, un coche que apenas podía pagar junto con una hipoteca de renta variable a treinta y cinco años y unos diez kilos de sobrepeso. Tenía un iPad, un eBook, mi iTunes, un ordenador última generación, mi GPS, un cepillo de dientes eléctrico, practicaba aromaterapia, tai chi y mil cosas más que me hacían sentir bien conmigo mismo. ¡Tonterías! Ya ha pasado mucho tiempo de aquello. El 4 de mayo me desperté como cada mañana. Me duché, me vestí para ir a trabajar y salí a la calle. No había nadie. Todo el mundo había muerto. No voy a aburrir con los detalles. Digamos que pasas por varias fases. Negación, depresión, aceptación, tendencias suicidas, desesperación y finalmente resignación. Al final desarrollas un instinto dormido desde hace generaciones… el de la supervivencia a cualquier precio. Recuerdo que fue muy difícil y horroroso el comienzo de mi nueva vida. Lo que más recuerdo es el olor. ¿Te puedes imaginar cómo huele un planeta con siete mil millones de muertos? Se mete en tu cuerpo y no sale de tus pulmones. Incluso hoy en día, algunos de nosotros, seguimos con ese olor metido en nuestra nariz. Algunos se vuelven locos. Lo llamamos la peste humana. Es grave. Unos se lavan hasta arrancarse la piel, otros intentan introducirse lejía y cosas así por la nariz. Otros simplemente lo aceptamos y buscamos alternativas. Yo por ejemplo empecé a fumar y me va estupendamente.

El camino fue muy duro. Había alguno más en Madrid que también sobrevivió a la invasión. La primera semana encontré a tres supervivientes. Y en esa semana ya se habían convertido en salvajes depredadores. La civilización se había ido al garete y la gente había dejado de tener perspectiva. Intentaron matarme varias veces para quitarme la ropa. Lo digo en serio. Podían haber ido a la Gran Vía y coger lo que quisieran. Pero preferían atacar a un desconocido. No les culpo. Los extraterrestres, porque son de fuera de aquí a pesar de ser tan humanos como nosotros, empezaron las patrullas por las ciudades importantes buscando supervivientes. Era difícil moverse, pero no imposible.

Me las apañé bien sobreviviendo. Pero llegó el momento de avanzar. No podía quedarme en la ciudad porque tarde o temprano me cogerían. Tenía que salir de allí. Y me fui a la costa porque creí que sería una buena idea. Ese fue mi nuevo comienzo. El viaje que lo cambió todo. Que me dio la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande. Quiero que los seres humanos empecemos desde cero. Que nos aceptemos y que nos preparemos para un gran plan de reconquista del planeta. Voy dar de hostias a esos extraterrestres hasta que les duelan las pestañas. Y cuando vuelvan sus naves les tendré preparados unos regalitos en formas de misiles para metérselos por el…

—Juan.

—¿Qué?

—Ya estás otra vez pensando en voz alta. Me acojona un poco.

—Perdona. Se me ha ido la cabeza. Es la presión, ya sabes.

—No pasa nada. Mira, por ahí viene el helicóptero.

Un helicóptero con vuelo errático se acerca hasta nuestra posición en medio de un campo de aterrizaje. Nos vestimos con monos impermeables que tenemos dentro de la furgoneta. El piloto toma tierra torpemente. Los pasajeros bajan corriendo del aparato y comienzan a vomitar en el suelo. El piloto y el artillero también descienden del helicóptero y vomitan. El viento que provocan las hélices, todavía en funcionamiento, esparcen el vómito mezclado con el polvo por todos los alrededores cayendo sobre nosotros. Las hélices por fin se detienen y nos quitamos los trajes impermeables. La experiencia es un grado y después de varios aterrizajes así, lo mejor es estar preparados.

—¡Arturo, ha sido un aterrizaje perfecto!

—¡Gracias Juan! Esto ya lo tengo dominado.

Arturo es un hombre mayor de sesenta años con barba blanca y cara de bonachón. Bueno, en realidad lleva cinco años diciendo que tiene sesenta. Es una manera de mantener joven su espíritu. Forma parte de nuestro cuerpo de Voluntarios. Los voluntarios son personas que, sin tener ni puñetera idea, intentan realizar tareas peligrosas necesarias para nuestras actividades. Arturo siempre quiso aprender a volar helicópteros y ahora, en su nueva vida, ha decidido poner en práctica su sueño. Dos manuales de vuelo, quince colisiones y tres helicópteros es un precio demasiado bajo por ver la sonrisa de ese hombre. Es un valiente. El día que se estrelló en su primer vuelo recuerdo que ,cuando le sacamos de la cabina del piloto, no dejaba de reírse a carcajadas y lloraba de alegría. Nos abrazó a todos y me preguntó ¿Cuándo puedo volver a intentarlo? Es como todos los voluntarios, un tipo especial, un héroe de su tiempo y también es posible que sea la persona más anciana de todo el continente. No está nada mal para un antiguo guarda jurado.

Los pasajeros de Arturo son tres mujeres y dos hombres. Sus ropas son harapos, están sucios y esqueléticos. Son unos supervivientes más que vagan por el mundo en busca de algún cobijo y comida. Pierre, el artillero de Arturo, les reparte algo más de agua y les indica que se pongan de pie ante mí.

—Voy a daros lo que yo llamo «el discurso». Es la carta de presentación para los recién llegados. Hacía mucho tiempo que no localizábamos a supervivientes. Sois unos valientes por haber sobrevivido tanto tiempo solos. Estáis cansados, hambrientos, sucios, enfermos y probablemente desquiciados. Esto va de la siguiente manera. Estáis en el refugio de Gandia. Es una pequeña localidad reconstruida con nuestras manos para tener un nuevo comienzo. Lo primero que tenéis que saber es que vuestra vida anterior murió. Esta es vuestra oportunidad de comenzar de cero. Me importa un huevo si antes erais ricos o pobres. Aquí no hay escalas sociales. El idioma oficial es el inglés porque es la única forma que tenemos de comunicarnos con otros supervivientes. Aquí hay gente de casi todas las nacionalidades. Si alguno tiene dificultad con ese idioma que lo diga y podrá asistir a clases. Aquí no hay dinero, no hay política, no hay religión, no hay equipos de fútbol. Lo único que cuenta es la humanidad. No toleramos nada que no sea el respeto hacia la persona que está a vuestro lado. Cualquiera de vuestras ideas anteriores ha muerto. No toleramos los grupos de presión. Estáis aquí para trabajar en un intento de poder empezar dejando cualquiera de nuestras mierdas al margen. No toleramos los robos, ni cualquier otro delito. El castigo es el destierro. Todo se comparte porque tenemos poco y todo es valioso. El estraperlo o el comercio están castigados. El único racismo posible es el odio hacia los extraterrestres. Cualquier delito contra otro ser humano de la tierra por motivos raciales es castigado con la muerte. Aquí se os ofrece una buena vida, digna y la posibilidad de trabajar los unos para los otros en un intento de recuperar nuestra dignidad como seres humanos. Os recomiendo que cualquier odio que hayáis tenido en el pasado hacia otra persona, idea o lo que sea lo enterréis en vuestro corazón, y que se os abra la mente para ver la auténtica realidad. Esa realidad es que antes no merecíamos llamarnos seres humanos y ahora tenemos que ganarnos a pulso nuestro respeto ante los ojos de los demás. Y una vez que comprendamos lo que somos y lo que podemos hacer juntos estoy seguro de que venceremos a los invasores, reclamaremos nuestra tierra y podremos vivir unidos teniendo mucho más en común y evitando nuestros antiguos conflictos irracionales. Ayudaros a vosotros mismos a ser mejores humanos. Llorar, reír, sangrar, luchar, sufrir. Hacedlo a nuestro lado. La recompensa es encontrar nuestra auténtica razón de ser. Estamos orgullosos de poder decir que el ejemplo de Gandía se está realizando en otras partes del mundo. Nuestro mensaje lo emitimos día y noche por todo el planeta para dar esperanza a otros supervivientes como vosotros. Sabemos que hay más gente en África, en Europa, en América, Asia y Oceanía. Somos pocos pero queremos vivir en paz.

»Dicho esto os alimentaremos y asearemos. Curaremos vuestras enfermedades y se os asignará un trabajo en función de vuestras capacidades y preparación. En vuestro tiempo libre podéis realizar cualquier otra actividad que no vaya en contra de la reglas y que penséis que puede ser útil para el resto de la sociedad. ¿Estáis de acuerdo?

Los rescatados asienten. Alguno hasta intenta sonreírme. Es un comienzo. Entran en la furgoneta.

—Juan, ¿de verdad crees que llegaremos a cambiar? A veces suenas como un poco… hippie.

—No lo sé João. Pero creo que estamos dando una oportunidad a la gente y tal vez nuestros hijos vean un mañana un poco mejor que nuestro ayer. Por una vez me siento que de verdad estoy haciendo algo útil. Ya lo hemos hablado mil veces. Me siento vivo de verdad y me encanta ver lo que estamos haciendo todos juntos. No sé si lo hacemos por miedo al castigo o por perder la oportunidad de volver a tener comida caliente, pero lo hacemos día a día y creo que estamos haciéndolo bien. Esto dará sus frutos en un mañana inmediato. De hecho creo que lo estamos logrando ya. Mira a Arturo, míranos a nosotros. Somos distintos, pero creo que somos mejores. Ya basta de cháchara. Cuando lleguemos a la ciudad encárgate de estos. Pregúntales a qué se dedicaban. A ver si tenemos suerte y encontramos a un jodido experto en paneles solares. La planta 1 está funcionando fatal.

—Mientras hablabas con los recién llegados Pierre me ha dicho que han observado movimiento enemigo a unos doscientos kilómetros de aquí. Iban con dos Goliath.

—Echaremos un vistazo. ¿Nunca te he dicho que me encantan los nombres que les pones a sus carros de combate?

—Bueno, dado que nunca hemos hablado con ellos y yo soy el explorador del lugar y experto en inteligencia táctica, pues me tomo la libertad de llamarlos como me da la gana. Y me siento orgulloso de que el resto de supervivientes hayan asimilado esos nombres. De hecho me he enterado que en China les enseñan a los niños lo que llaman la «lista de João».

—¿Ves? A eso me refería. Antes vendías hamburguesas en Oporto. Ahora eres experto en inteligencia táctica. Eres nuestro espía. Me encanta.

De vuelta a la ciudad dejamos a los recién llegados en el sanatorio. Allí cuidan de ellos. Miro a mi alrededor y veo la gente está en marcha. Tenemos luz, agua, calefacción. No está nada mal. La teoría estaba clara. Si lo que han desaparecido son las personas y todo lo demás está intacto…¿por qué no volver a enchufar los aparatos básicos necesarios? La ventaja del exterminio total de la humanidad es que los supervivientes necesitan mucho menos para sobrevivir. La desventaja es aprender a hacer que las cosas vuelvan a funcionar.

Esta no es mi historia. Ni siquiera es una historia. Quiero hablar de los hombres y mujeres que han dado todo para hacernos creer en nosotros mismos. Voy a hablar de lo que somos capaces, si la necesidad nos apremia, a través de varios ejemplos. No son los únicos. Todos los supervivientes de Gandía hemos aportado algo para hacer que los demás disfruten de unos pequeños detalles de calidad de vida. Me gustaría hablar de todos pero no tenemos tanto tiempo. Tal vez algún día puedas escuchar todas las historias. Pero ahora me centraré en estos pocos que quedan. Como digo no quiero hablar de mí, de mi revelador viajes. De cómo una simple parada en una gasolinera para conseguir gasolina cambió mi vida. Allí, desesperado por hacer que los surtidores funcionaran, descubrí un libro pequeño entre un montón de revistas. Era un libro escrito con sentencias sobre lo que ocurriría si la historia de la humanidad cambiara su conducta. Se titulaba ¿Y si nos dedicamos a cuidar mejor unos de otros? Te soy sincero. No lo leí entero. Pero me hizo pensar a lo largo de mi viaje a la costa. Me cambió la forma de ver mi vida y mi forma de ver a los demás. Cuando fui encontrando gente por el camino (sólo unos pocos, no creas que fueron una multitud) compartí mis nuevas ideas con ellos. Mi sorpresa vino cuando, en lugar de extrañarse, me miraban con ganas de seguir escuchando. Luego llegamos a Gandía y pusimos en práctica nuestra nueva teoría. Lo que ocurrió después ya te lo contaré otro día. Ahora vamos con lo interesante. Sígueme.

 Me dirijo hacia la base de los Voluntarios. La verdad es que todos somos voluntarios de algo. Todos trabajamos el campo y criamos animales para alimentarnos. Todos cuidamos la limpieza de la ciudad. Pero una vez terminadas las tareas nos dedicamos a otra cosa, por lo general son cosas a las que nos gusta dedicar tiempo y esfuerzo. Yo por ejemplo doy clases de lectura, escritura e historia a los chavales. Uno de nuestros médicos aprendió a hacer pan y es nuestro panadero, el fontanero es un modista con cierta fama. En general todos aprendemos a hacer un poco de todo. Los médicos nos enseñan a curar heridas abiertas, los militares nos enseñan a disparar, los carpinteros a moldear la madera… Un sin fin de ejemplos para poder ser autosuficientes en todo. Y lo que no sabemos lo consultamos en los libros, que para eso están. O incluso en Google. Sí, no sé cómo pero esa mierda sigue funcionando de maravilla. Google y los productos de Mercadona son las únicas cosas incorruptibles desde el exterminio. Lo de Google nos ayudó a ponernos en contacto con otros en otros lugares. Hicimos turnos día y noche durante meses escribiendo en páginas, foros, redes sociales, etc. dando un correo electrónico para ponernos en contacto con alguien ahí fuera. Funcionó. Aquel día lloramos de alegría. Y todo gracias a la tozudez de una niña de quince años llamada Michelle. Ella insistió en conectar un ordenador a la red eléctrica para poder escribir un correo a sus familiares diciendo dónde estaba. Aceptamos no muy seguros de que la corriente eléctrica pudiera soportar dicho aparato. Lo hizo y funcionó y luego nos miró a todos con ojos como platos y nos comentó que se le había ocurrido la idea de escribir en todos los lados que ella conocía para darnos a conocer al resto del planeta.

Hemos tenido suerte. Todo el mundo ha puesto su granito de arena. En mi viaje desde Madrid a la costa encontré a muchas personas. Cuando llegamos aquí éramos unos cincuenta. Todos trabajábamos en cosas poco útiles en un principio. Pero teníamos ganas de aprender y alguno que otro sabía habilidades útiles. Encontramos a un agricultor, un electricista y hasta un médico. Yo no sabía nada de nada hace diez años. Ahora sé cómo se mantiene una pequeña central eléctrica, sé cultivar arroz, sé qué cerdos están enfermos, sé disparar un arma, sé coser una herida… No voy a mentir, no ha sido un camino de rosas. Ha sido difícil para todos. Hemos pasado hambre, frío, calor, enfermedades, frustración tras frustración. Pero hemos salido adelante y queremos seguir así.

Llego al centro de Voluntarios. Aquí están los héroes. Es un antiguo centro cultural reconvertido en base operativa para ellos. En la pared de granito están esculpidos a cincel los nombres de los caídos en su intento por mejorar nuestras vidas. Son muchos los que han fallecido. Brenda, una antigua pintora inglesa ubicada en la ciudad, es la que esculpe sus nombres en la pared.

Ahora mismo tenemos a seis en las instalaciones aprendiendo teoría y práctica para poder empezar con sus labores. Ya he hablado de Arturo. Ante mí están los otros. Todos me saludan.

Carmen, una mujer robusta de unos cuarenta y dis años. Antigua jefa de sección de una cadena de ropa, es nuestra nueva experta en explosivos. Sabe manejar C4 y fabricar bombas combinando productos químicos. Todo gracias a los libros que encontramos en una facultad cercana. Me acojonó un poco saber que nuestros universitarios tenían acceso a esta información. Evidentemente el manual no se titulaba Cómo hacer una bomba. Simplemente había que saber buscar la información. Buscar libros como Redistribución del urbanismo I. Fracturas de estructuras. Punto de fractura de los metales. Combinaciones químicas… cosas de ese estilo. Bueno, en realidad fue más complicado que eso. Esa es la razón por la que hemos tardado años en poder tener bombas funcionales. Le ha costado dos dedos de una mano y no volver a tener cejas en su vida. Lo primero que voló por los aires cuando leyó un manual de demoliciones fue la tienda donde trabajaba. Nos impresionó tanto que la llevamos a hombros por encima de la ruinas del local. Luego ella nos pidió una lista de los lugares que deseáramos hacer estallar para seguir con sus prácticas. Si lo que estás pensando es que la mayor parte de nosotros pusimos nuestro puesto de trabajo en primer lugar, has acertado. Y si estás pensando que lo segundo que todos pusimos en la lista es el correspondiente banco donde teníamos la hipoteca, también has acertado. Nos gusta verla contenta porque hace poco que perdió a su hijo. No pudimos tratarle la leucemia que se lo llevó por delante. Me culpo todos los días por no poder hacer más por esta gente, pero eso también me motiva cada día por dar lo mejor de mí para ellos.

Jessi, treinta años y peluquera de la ciudad, se ha leído seis veces el manual de vuelo de un 747 que recuperamos de uno de ellos estrellado en un campo a varios kilómetros de aquí. Es la única voluntaria que se ha ofrecido para aprender a volar. Una posible vía de escape, ante un ataque del enemigo, es llegar a un aeropuerto cercano y subirnos a un avión. No puedo obligar a nadie a que haga esto. Sinceramente le pone voluntad pero no sé si dejarla hacerlo. Se ha construido ella misma una reproducción exacta de una cabina de mando con cartones, rotuladores y palancas viejas. Es habitual, que mientras nos corta el pelo como la enseñaron, recite el nombre de todos los instrumentos de vuelo. Todos salimos de su peluquería peinados como jóvenes poligoneros y sabiendo lo que es un flap o la temperatura ideal del aceite en vuelo. Hay un avión grande en el aeropuerto listo para despegar. Lo pasajeros murieron antes de iniciar la maniobra de despegue el 3 de mayo famoso. Lo hemos llenado de combustible y está listo. Jessi ya ha logrado encender los motores y comprobar que los mandos funcionan. Está impaciente por volar. Es muy valiente. João y Brenda la encontraron hace años entre las ruinas de una casa. Dos tipos habían intentado violarla. Ella debió echar mano de su estuche de peluquería profesional y les clavó todo lo que tuviera punta. Según Brenda los tipos tenían entre los dos más de quince tijeras clavadas por todo el cuerpo. Estaba desnuda, rabiosa y no dejaba de darles patadas insultándoles. Parece ser que Brenda y João tardaron más de una hora en calmarla y convencerla de que les acompañara hasta nuestra ciudad. No accedió hasta que prendió fuego a los cadáveres de los tipos. ¿Qué queréis que os diga?… Bravo por ella.

Ash, veintiocho años, antiguo punki inglés con perro incluido. Lleva tres años estudiando farmacia para poder fabricar medicinas. Tenemos muchas esperanzas puestas en él porque empiezan a escasear un poco desde que nuestro anterior farmacéutico falleció. La verdad es que ya ha hecho sus primeros intentos y no han salido mal. Lo malo es que quiere ser el primero en probar sus medicinas en lugar de con un chimpancé que conseguimos en un zoológico. Desde entonces sufre ciertas alucinaciones que le tienen evadido durante horas. Dice que se le están pasando los efectos. Con un complejo de vitamina C para paliar los constipados perdió la sensibilidad en una pierna. Luego mejoró la fórmula. Pasa días encerrado en un laboratorio abandonado junto con el chimpancé realizando las fórmulas necesarias para sacar adelante las medicinas. Y sí, planta marihuana, pero sólo para paliar la ansiedad, las migrañas o los dolores intensos. Esto lo leyó antes del exterminio y me convenció para ponerlo en práctica. También ha construido columpios para que nuestros niños jueguen, y es el orgulloso propietario de un alambique casero. No bebemos demasiado de su brebaje porque una vez conseguimos hacer funcionar una lancha motora utilizando su poción como combustible.

Mohammed, cincuenta años, guineano, trabajador de la construcción. Hiperactivo incansable y probablemente el tipo más loco que he conocido nunca. Lleva desde el principio con nosotros y su arrojo es un ejemplo para todos. No deja de aprender cosas. Nos enseñó a fabricarnos nuestras propias casas. Quiso aprender a tirarse en paracaídas. Me costó mucho hacerle entender que ahora mismo no teníamos planeado subirnos a un avión y lanzarnos al vacío como actividad necesaria en nuestro día a día. En dos meses aprendió a nadar y a hacer inmersiones con bombona de oxígeno en el mar. Luego aprendió a manejar un barco diésel y a pescar con red junto con muchos otros compañeros. Eso ayudó a variar lo más posible nuestra dieta. La pesca de altura no es tarea nada fácil y alguno no vuelve. Mohammed se tatúa en el brazo con una aguja el nombre de los caídos por traernos comida. Cada vez que hay tormenta corre desnudo por la playa con una antena en sus manos porque una vez leyó que los rayos son una posible fuente de energía si se pudieran almacenar. No sé de dónde lo ha sacado pero él está convencido. Hace poco encontramos una armadura gigante de combate de los extraterrestres con su piloto muerto. Es como un robot de viejas series animadas japonesas capaz de volar a baja altura. João las llama Ícaros. Todavía funciona. Mohammed ha decidido aprender a utilizarla a cualquier coste. Trasladamos el robot hasta Benidorm utilizando muchas grúas. Nos aseguramos de que la ciudad estuviera vacía y le dejamos hacer allí sus ensayos. La última vez que estuve había reventado toda la línea de costa y derruido varios edificios intentando controlar a la máquina. La verdad es que ese sitio ha ganado con la destrucción provocada por Mohammed. Odio Benidorm. Estoy deseando que camine sobre París. Es allí dónde los extraterrestres tienen su base central en Europa. ¿Topicazo? Por supuesto. Pero eso es un motivo más para arrasar esa ciudad.

Piero, treinta y nueva años, dueño de una empresa papelera en Italia, probablemente el único ser humano que sigue usando gomina en el planeta. Recorre kilómetros buscándola. Lo tiene claro, hay que tener glamour hasta en las desgracias. Ahora se dedica a arreglar el alcantarillado junto con otros. Logró al lado un fontanero llamado Juanjo que pudiéramos volver a usar los retretes. Creedme si os digo que volver a usar un puto retrete es un buena manera de recomponer las bases de la dignidad occidental. Otro día de alegría. Le llevamos hasta una mansión cercana para que fuera el primero en utilizar un retrete cubierto de oro que había sido instalado por el hortera del anterior propietario. Cuando terminó, se salió del cuarto de baño, se arrodilló en el suelo y lloró durante horas. Le pregunté por el motivo de su incesante llanto. Me miró y me dijo:

—Lloro porque, a pesar de todo este desastre, es la primera vez que soy feliz en mi vida, y me siento culpable por ello.

Piero también es la única persona capaz de hacer un Gandía Lisboa en menos de nueve horas con un Toyota Prius, nuestro coche oficial tras el apocalipsis. Consume poco, y casi no se rompe. ¡Gracias Japón! Lo hace una vez cada dos meses para recoger suministros y buscar algún superviviente. Nunca ha vuelto con nadie, pero él no pierde la esperanza.

Una vez lo acompañé en uno de esos viajes. Creo que ahí descubrí que a todos se nos ha ido un poco la cabeza. No valoramos el peligro que corremos. Íbamos conduciendo a toda velocidad, escuchando What a wonderful world de Louis Amstrong, por la autopista cuando nos encontramos con dos extraterrestres parados en medio de la carretera. Debían estar inspeccionando lo que fuera. Se plantaron y nos intentaron dar el alto. Piero, como si nada, sacó del bolsillo de su camisa una cámara de fotos digital y se los llevó por delante mientras les hacía una foto del instante del atropello a través del parabrisas. Yo me quedé petrificado, pasmado ante la frialdad de Piero. Él, con la voz más sosegada del mundo me dijo:

—Juan, por favor, ¿puedes abrir la guantera?

Yo lo hice y acto seguido continuó hablando:

—Gracias. Ahora coge la libretita azul y el lápiz y apunta doscientos puntos, cien por cada uno de los caídos. Es un pequeño juego virtual que tengo con un tipo de Corea. Cada vez que atropellamos a uno dejamos la foto y la puntuación escritas en un foro de coches. Llevo novecientos puntos. Él mil ciento treinta. Los treinta son de una mascota de esos bastardos. Tienes que disculparme por utilizar el ordenador para eso y por robar un poco de electricidad para cargar la cámara. Si lo deseas dejo de hacerlo y te pido perdón.

Atontado por el espectáculo que acababa de ver lo único que fui capaz de pronunciar fue:

—No te preocupes, no pasa nada. Espero que ganes a ese coreano.

Y él tan feliz. También es un héroe porque gracias a sus conocimientos de papel nos ha enseñado a fabricar papel higiénico… de doble capa.

Günter, sueco de cuarenta y un años. Antiguo electricista. Estaba disfrutando de unas vacaciones en España cuando ocurrió todo. Le encontramos aquí, en el apartamento que tenía alquilado. Su labor fue encomiable. Nos dio luz. Junto con unos pocos hombres y mujeres consiguió que volviéramos a disfrutar de la electricidad. Tuvo que viajar mucho, a pesar del peligro, hasta encontrar la fuente donde se originaba. La desgracia fue que se quemó el cuerpo en la labor. De todas formas el tipo se ríe de vez en cuando haciéndose llamar a sí mismo La Linterna Humana. Tras su recuperación instaló un equipo de video vigilancia alrededor del perímetro de la ciudad construido con cámaras de vídeo caseras y televisores. Por la noche no es demasiado útil pero por el día funciona de maravilla. Luego aprendió a utilizar los coches bomba de los bomberos. Ahora le ha dado por construir una catapulta gigante para lanzar las bombas de Carmen en caso de un posible ataque del enemigo. La idea es simple pero resulta de lo más laboriosa para llevar a cabo. Ese invento se desarrolló hace cientos de años pero ahora nos vemos incapaces de hacerlo efectivo. Si te preguntas por qué no utilizamos morteros modernos o cosas así, te diré que la razón es que no tenemos demasiados y los reservamos para un ataque futuro. Günter también se dedica a reutilizar las balas que gastamos en las prácticas. Las vuelve a llenar de pólvora y a colocar una punta hueca. Ha desarrollado tan bien la técnica que es capaz de dibujar un smilie en cada punta de bala. Es un luchador y un buen hombre. Tiene una manía. De vez en cuando, viaja hasta Madrid, para orinarse en el embalse de agua del canal de Isabel II, porque sabe que es de allí de donde sacan el agua los extraterrestres. ¡Olé, tus huevos!

Estos son algunos, como he dicho, pero hay muchos más. Quiero que recuerdes sus nombres porque ellos representan también a los hombres y mujeres que han caído. Muchos han muerto y todos los supervivientes de Gandía se han esforzado por dar algo de integridad a nuestras vidas. Poco a poco nos vamos recuperando y mejorando. Son historias extraordinarias y casi imposibles de creer. Pero te digo que si pasas hambre, frío y multitud de calamidades, tu cerebro se desarrollará de una manera inimaginable para poder tener un poco de comodidad en tu día a día. Lo único que tienes que tener cerca es a un puñado de personas cerca dispuestas a ayudarte sabiendo que tu esfuerzo tendrá repercusión en su felicidad. No sé si lo lograremos. No sé si al final venceremos. No sé si, a pesar de la victoria, seguiremos este camino. Tal vez volvamos a lo de antes tras los diez primeros minutos de gloria tras nuestra reconquista. Pase lo que pase te puedo decir que me siento orgulloso de esta gente y que estoy pasando el mejor momento de mi puñetera vida.

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Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    Como siempre, sus personajes son los más interesantes. El suyo es un relato esperanzador en medio de toda la inquina que supuran sus competidores, jejejejejeje. No sé por qué la costa mediterránea está triunfando en esta edición, por cierto.

  2. Iris dice:

    Estoy de acuerdo con que sus personajes son los más interesantes (después de Chi Chi Fu, por supuesto), y creo que generalmente son todos, un poco o bastante él mismo.
    Mmmmm, por cierto, te has copiao.

  3. Sr. Jurado dice:

    Iris, en defensa del Fran te diré que la destrucción de Benidorm está en el inconsciente colectivo 😛

  4. Tai y Chi dice:

    En eso te doy la razón, aunque yo le tengo más tiña a Marina d’or, más hortera creo que es imposible haya otro lugar :S

  5. entodalaboca dice:

    Yo en realidad odio toda la costa este de España.

  6. SonderK dice:

    el mejor relato para mi gusto de esta edición, una brisa de optimismo con esa mezcla tan especial de ironia y humor que solo puedes hacer tu, hacen que haya releido la historia unas cuantas veces, gran trabajo.

  7. levast dice:

    Yo quiero formar parte de las Gandia’s Resistance Forces. Bien merecido el reconocimiento, el relato se lee con una sonrisa y es toda una vuelta de tuerca a las interpretaciones trágicas y distópicas del futuro. ¿Dónde hay que alistarse?

  8. marcosblue dice:

    He aquí la revolución que necesita esta sociedad grotesca en la que vivimos. A ver si vienen ya esos marcianos, que nos hacen falta. Me ha encantado, Fran, una delicia de relato con algunos puntos memorables (lo del Mercadona me ha llegado al alma…)

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