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Una luz tan pura ‹ Relatos Bluetales

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Una luz tan pura

por Relato finalista

Estela sostenía la hoja de papel con ambas manos. Miraba el dibujo con los ojos entrecerrados y se mordía el labio inferior, no del todo satisfecha: el sol que había dibujado era de color naranja, porque en la escuela no quedaban ceras amarillas. No obstante, su intuición le decía que tampoco era ese el color que hubiera querido elegir, aunque no se le ocurriera ninguna alternativa: era demasiado pequeña, su mundo demasiado limitado. De no haber sido así, quizá habría podido pensar en que era el color del pan de oro bruñido con un ágata el que habría querido emplear para el disco que flotaba sobre la gran figura central, el hombre de blanco que extendía las manos, benevolente, infinitamente comprensivo. Sí, era oro el color que ella querría haber utilizado, un color que aunque desconocía se acercaba bastante a lo que imaginaba que ocurriría pronto, según lo que contaba su padre. Se representaba la futura apoteosis del mundo como un fulgor áureo extendiéndose como los círculos concéntricos que aparecían cuando dejaba caer una piedrecita en los bidones de combustible en los que almacenaban el agua.

Alzó la mirada, dirigiéndola a Sara, su hermana mayor, quien apoyaba suavemente la mano derecha sobre su hombro. «No veo», le deletreó con los dedos. Su hermana sonrió y la cogió en brazos.

Por encima de las decenas de cabezas, en pie sobre una tarima levantada en el centro de la plaza, una figura de blanco gesticulaba dirigiéndose a la congregación. En el perfecto silencio en el que vivía Estela jamás había oído la voz de su padre. Pero podía leer sus labios: «luz», «brillantez», «fulgor». Aunque eran conceptos tan abstractos que no lograba comprender plenamente su significado, producían en su interior una sensación de calidez. A su alrededor, sus hermanos y hermanas no apartaban los ojos de él: asentían, y sus caras mostraban ocasionalmente las arrugas de la preocupación, la distensión de la humildad, la sonrisa de la esperanza.

De repente las cabezas se giraron, y su padre calló. Sara también se giró, y Estela notó que la abrazaba con un poco más de fuerza, que su corazón latía un poco más rápidamente.

Tres de sus hermanos arrastraban a un hombre. Era un hombre mayor, con el pelo salpicado de canas como su padre; Estela pensó que ninguno de sus hermanos era tan viejo.

Al verlo, su padre bajó de la tarima y la congregación se separó, abriéndole un camino. Acuclillado, intercambió unas palabras con el extraño, pero éste parecía demasiado aturdido para responder. Entonces se giró, dijo algo a la multitud, y se encaminó hacia una de las calles, seguido de sus hijos y del extraño.

Estela miró su dibujo. Se sintió un poco triste, porque querría habérselo dado a su padre.

***

Lim Ikjoong, director ejecutivo de la Lockheed Martin-Hynix New Horizons, terminó de revisar el estado de las comunicaciones entre las sedes de Bethesda y de Icheon. Recibió en su tableta el informe actualizado que los equipos de ingenieros le enviaban cada doce minutos, el tiempo que duraba un ciclo automático de mantenimiento. Satisfecho, se dirigió a la sala donde las autoridades lo esperaban.

***

James caminaba por aquel extraño pueblo. Las calles eran muy estrechas y no estaban pavimentadas, por lo que bajo sus pies crujía la capa de arena que el viento había ido empujando desde las dunas de los médanos de Samalayuca. Todos los edificios parecían prefabricados, y los materiales y calidades variaban como si fuera el muestrario de una constructora: madera, ladrillo, hormigón, acero y cristal se sucedían sin un plan aparente. Algunas de las casas tenían ventanas, otras no. Y en ninguna la puerta estaba cerrada.

Apenas había transcurrido una hora desde que entrara en el pueblo tras su caminata por el desierto. Había dejado su coche cinco kilómetros atrás, y después había tenido que orientarse con una brújula antigua: en aquella zona el GPS no funcionaba, un bloqueo intencionado. Y así, había llegado a aquel pueblo fantasma artificial.

Había entrado en algunas de las casas. La mayoría estaban vacías, pero otras contenían terrarios con diversas especies de insectos, cubetas que parecían cultivos bacterianos, esferas de ecosistemas autosostenibles, jaulas con reptiles o pequeños mamíferos. ¿Qué coño?, pensó. Sin detenerse demasiado, siguió adentrándose por aquellas calles concéntricas.

Cuanto más se acercaba al centro, más indicios descubría de sus habitantes. Habían logrado con éxito ocultarse de los equipos de seguridad de la transnacional que había adquirido aquella región del desierto de Chiguagua en 2078. Él no lo sabía, pero aquello se debía a que ningún equipo de intervención se había desplazado hasta allí: no consideraban la posibilidad de que nadie quisiera recorrer el desierto para llegar a ninguna parte. Si algún agente de seguridad hubiera avanzado hasta donde se encontraba él, podría haber descubierto algún resto de basura, los pequeños montículos de piedras que los niños habían apilado quizá como parte de sus juegos. Y quizá, como él, habrían llegado a oír la voz.

Avanzó guiándose por el oído, porque la geometría excesivamente regular de las urbanizaciones rápidamente lo desorientó. Sin duda oía una voz, rodeada del rumor acallado que nace de una multitud expectante.

Poco después las palabras le llegaron claras. Con cuidado, se acercó a la esquina de una calle que desembocaba en la plaza central. Allí, sobre una tarima, aquel supuesto mesías humillaba y culpabilizaba a sus seguidores por el mero hecho de ser humanos. Y prometía, como todos, un futuro más brillante.

James comenzó a buscar a su hermana entre la multitud de caras. Tan concentrado estaba que no oyó los pasos de los hombres que se le acercaron por la espalda, aunque sí notó un zumbido de aire desplazado antes del golpe en la nuca.

***

Se pasó la lengua por los labios resecos, tragando saliva sólo para notar la aspereza en la garganta. El cóctel de drogas —morfina para el dolor, cocaína para la inspiración— parecía una yema de mercurio que se tambaleara en su cráneo y ejecutara arpegios inarmónicos sobre su sistema nervioso. Un intenso dolor de cabeza le taladraba justo entre los ojos, y el sol, inclemente, caía sobre él, reflejándose en su chilaba blanca y convirtiéndolo así en el avatar de un ser solar. Un ser solar, pensó amargamente, que sudaba y apretaba los dientes intentando seguir su propio discurso entre las llamaradas de dolor que le latían en las articulaciones.

—Somos pequeños autómatas de barro sometidos a las fuerzas que nos rodean. Y no puedo explicaros por qué es así —apretó los dientes todavía más fuerte—. Pero sí puedo deciros que hoy es el día en el que la luz llegará, una luz que se extenderá encima y alrededor y a través de nosotros, una luz tan pura que abrasará cada átomo de arcilla y que hará que de nosotros surja lo que no puede arder. Y brillaremos, nos volveremos seres luminosos, en un fulgor que quemará hasta el transcurso del tiempo…

Vio las caras expectantes de sus hijos, la fe en aquel renacimiento numinoso que les prometía. Casi podía sentir su fervor tan claramente como veía rielar el aire sobre las baldosas del extremo de la plaza.

Justo en ese momento, como si los hubiera invocado, vio salir cuatro figuras de una de las estrechas calles: tres de sus hijos arrastraban a otro hombre, un desconocido.

Bajó de la tarima, y la multitud se abrió como el Mar Rojo ante Moisés sin que tuviera que hacer el más mínimo gesto.

Al acuclillarse frente a aquel hombre notó el olor del sudor mezclado con el polvo del desierto, el aroma de cobre de la sangre que trazaba un fino hilo por detrás de su oreja y se escurría por su cuello hasta mancharle la camiseta. Y bajo todo ello, ese olor como rancio de la piel ajada, ese tenue hedor que depositan los años: ese olor a viejo lo compartía con él, y con nadie más en aquel pueblo ficticio.

—¿Y tú quién eres? —dijo mientras que con los ojos cerrados se apretaba el puente de la nariz con el dedo medio y el pulgar.

El hombre luchó por fijar su vista, sin éxito. El Padre suspiró.

—Esta tarde, a las cinco, quiero veros aquí a todos de nuevo: ¡compartiremos el ascenso! —gritó para la multitud; sin hacer caso del clamor de la respuesta, se dirigió al pequeño grupo—. Vamos a la pajarería.

Comenzó a andar, sin esperar siquiera a que sus hijos asintieran.

***

El Padre pidió a sus hijos que volvieran a atender sus obligaciones. Escuchó sus pasos alejarse por las calles arenosas. Luego se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, bajo las jaulas de los pájaros. Eran pájaros pequeños, periquitos, jilgueros y canarios sobre todo, que los técnicos habían traído dos días atrás. Allí, en la periferia del pueblo, en medio de ese silencio tan opresivo, sus cantos ocasionales adquirían un tono casi preternatural.

Frente a él, James se encontraba sentado en una silla, las muñecas y los tobillos atados a ella. Le dolía la parte posterior de la cabeza, pero la confusión había cesado, igual que la hemorragia de la pequeña brecha.

Los dos hombres se miraron fijamente durante unos largos minutos.

Sin previo aviso, el Padre se quitó la chilaba de lino que lo cubría. Lo hizo con movimientos espasmódicos, como si la flexión de cada articulación le supusiera un gesto agónico. Para cuando dejó caer la tela en el suelo —dejando al descubierto su pecho salpicado de canas, revelando un cuerpo consumido—, su frente estaba perlada de sudor. Se pasó la mano por ella y por el cuello, y después se secó la palma sobre el pantalón, una prenda que parecía del ejército o de la policía, con varios bolsillos y anillas a lo largo de las perneras; en su momento debió de ser gris, pero ahora estaba tan desgastada y descolorida que casi parecía del mismo albo que la túnica descartada. A James le pareció que desprendido de su hábito se volvía una figura infinitamente más pesada, aliviada de los signos que la identificaban con un arquetipo.

El Padre no estaba del todo seguro de por qué había dejado a un lado su máscara de Salvador. Quizá, en un día tan señalado como aquel, necesitaba hablar con sinceridad, de igual a igual. De uno de los bolsillos del pantalón extrajo una caja de plástico, la abrió, y la dejó a un lado. De su interior sacó una ampolla y una jeringuilla. James notó como todo sus músculos se contraían en una respuesta refleja de huida. El Padre lo miró, y dejó escapar una tenue sonrisa al interpretar su reacción.

—Tranquilo. Esto es para mí.

Seguidamente el Padre se ató una banda de látex alrededor del bíceps izquierdo y se golpeó en la articulación del codo. Cuando las venas se abultaron, atravesó con la aguja una de las líneas azuladas, extrajo algo de sangre para que se mezclara con la sustancia de la ampolla con la que había llenado la jeringuilla, y luego apretó el émbolo. Repitió la operación varias veces, bombeando sangre dentro y fuera, hasta que dejó escapar un suspiro de alivio. Seguidamente se desató el torniquete y volvió a guardarlo todo en la pequeña caja de plástico.

—Eres un fraude —dijo James.

El Padre no respondió más que con una mueca que podía ser tanto sarcástica como de tristeza. De otro de los bolsillos sacó un paquete de tabaco, cogió un cigarrillo y lo encendió. Dirigió la cajetilla a James y enarcó las cejas en un gesto interrogativo. Ante la inmovilidad de éste, dejó el paquete y el mechero en el suelo a su lado y de un tercer bolsillo extrajo una petaca. La destapó y dio un largo trago.

—Eres un fraude —repitió James—. Vives a costa de esas personas, soltándoles todos esos sermones sobre la luz y la pureza y no eres más que un puto drogadicto que les está mintiendo.

El Padre dio una profunda calada a su cigarrillo antes de responder.

—Claro que les estoy mintiendo. Si no, estaría directamente loco —aquella franqueza sorprendió a James—. Pero yo no me engaño, a diferencia de ti. Veamos… —el Padre dio otro trago a la petaca—. No perteneces a ninguna agencia gubernamental, porque no tendrías autoridad en territorio de una transnacional. Tampoco eres de la Lockheed-Hynix, porque habrías venido con un grupo de intervención para desalojarnos. Es obvio que no te vas a unir a nosotros, por lo que sólo queda una posibilidad: has venido a buscar a alguien.

James no contestó, aunque el esfuerzo que hizo por no emitir respuesta física alguna fue lo que confirmó al Padre que tenía razón. Tras un par de caladas y otro trago, prosiguió.

—No eres el primero que viene aquí como rescatador. Pero no te confundas: sea quien sea a quien quieras rescatar, no puedes ofrecerle ninguna salvación.

—Tú se la prometes cada día. Toda esa mierda de la luz y la ascensión…

—Por supuesto. Es duro vivir sin esperanza.

—¿Y eso te justifica? Los mantienes en un estado continuo de miedo para tenerlos sometidos a tu voluntad, amenazándolos con el fin del mundo y esas gilipolleces. ¡Empobreces sus vidas, porque sólo les prometes la felicidad en un mundo que no existe!

—¡Porque en el mundo en el que no puedo prometérsela es en éste, joder! —gritó el Padre, apretando los dientes inmediatamente, haciendo luego un esfuerzo por controlarse—. ¿Has visto a esa gente? ¿Sabes de dónde salen? Muchos de ellos llevan conmigo casi veinte años. Eran chicos que acababan en los albergues en los que yo trabajaba de voluntario: víctimas de un mundo para el que no significan nada.

James vio cómo el Padre comenzaba a sangrar por la nariz. Éste no fue consciente hasta que la sangre sobrepasó el borde del labio superior y la saboreó. Se limpió bruscamente con el dorso de la mano, como encolerizado por la vulnerabilidad de su propio organismo. Cuando volvió a hablar, arrastraba ligeramente las palabras.

—¿Te suena la frase «Dios protege la inocencia»? —aspiró otra profunda calada—. Bueno, pues es cierta; el problema es que la malinterpretamos constantemente. Por supuesto, no significa que haya una potencia omnisciente y omnipotente siempre vigilante que mantenga a los inocentes libres de todo mal: lo que significa es que si en algún momento, por alguna remota casualidad, la inocencia queda indemne, habrá sido por un acto de Dios, porque en este mundo a nadie le importa una puta mierda —el Padre clavó sus ojos en James como si quisiera fulminarlo con la mirada—. A mí sólo vienen los heridos y los desesperados.

James no dijo nada, ligeramente confuso por aquella digresión. El Padre pareció musitar algo para sí, antes de volver a encararlo.

—¿A quién has venido a buscar?

Por un momento James apretó los labios, pero luego pensó que no obtendría ninguna información encerrándose sin más en su silencio.

—A mi hermana.

El Padre aplastó la colilla de su cigarrillo contra el suelo y cerró los ojos, como si se concentrara en el ocasional piar de las aves. Cuando los abrió de nuevo encendió otro cigarrillo.

—Las últimas niñas que recogí son dos hermanas sordomudas —dejó escapar una calada—. Tengo muchos sordomudos entre mi congregación. Y muchos con taras físicas. Y autistas. ¿Sabes por qué? —dejó aquella pregunta retórica flotando en el aire, un efecto básico pero potente de oratoria, como bien sabía—. Por los abusos en la infancia, por las palizas, la malnutrición, por las madres que suministran a los fetos un riego sanguíneo contaminado de alcohol y estupefacientes… y eso en el mejor de los mundos posibles —dio otro trago a la petaca con rabia contenida—. Dime, ¿qué tragedia trajo a tu hermana hasta mí?

Entre ambos sólo quedó la luz en la que flotaban las motas de polvo. El Padre sonrió mostrando los dientes, una sonrisa feroz que le decía a James que su silencio era más elocuente que ninguna respuesta.

—Tranquilo —prosiguió—, no voy a juzgarte. Sólo te diré una cosa: da igual. Ella, y tú, y yo, y todos, caminamos hacia un abismo. Moriremos solos, sin repercusión, sin explicación, porque no somos más que un accidente. La muerte nos alcanza a todos, independientemente de nuestra calidad moral, tan gratuitamente como nos ha alcanzado la vida. Y entre medias, o crees que hay un fin último para ello, o te hundes en la parálisis, en el terror de saber que nada tiene sentido.

Entre ambos cayó un denso silencio.

—Vete a la mierda —dijo James—. Todo ese discurso existencialista no es más que victimismo. Al final eres como todos los demás líderes de sectas: un megalómano perturbado que se aprovecha del miedo de sus semejantes para vivir a cuerpo de rey en medio de un harem privado. 

Un destello de rabia cruzó la mirada del Padre, aunque algo le dijo a James que eso ya lo había pensado él mismo.

—Nos llamas secta porque ahí fuera hay cientos de personas. Si hubiera millones nos llamarías religión —dejó escapar esa última palabra entre dientes—. Y en cuanto al sexo, no lo niego: es la única fuerza que puede oponerse a la muerte —su expresión se torció, teñida de cierta amargura—. Aunque, ¿sabes qué?, al final no lo hace muy bien.

Se rió, como recordando un chiste privado.

—No eres más que un hijo de puta mentiroso.

En un instante, con una velocidad que James no podría haber esperado de un individuo con el aspecto tan obvio de estar enfermo, el Padre se levantó y se cernió sobre él, sus caras tan próximas que notó la saliva caliente salpicándole la cara mientras éste le gritaba, sus ojos desencajados, presa de una nueva hemorragia nasal, el cuello de la camiseta estrangulándolo cuando lo aferró de la tela.

—¡Les he hecho creer que el universo es un vasto sistema que los ama, en el que todo dolor que sienten, toda pérdida y daño, no es más que un paso hacia la perfección! ¡Les he hecho creer que ocurra lo que ocurra, la estrellas los protegen! ¡Que el inmenso esquema del mundo no es más que la materialización de una voluntad todopoderosa e infinitamente benevolente que los quiere, el seno universal en el que finalmente podrán reposar, hermosos, sabios y perfectos! —mientras recuperaba el aliento James siguió notando su pesada respiración sobre los labios—. ¿Qué les ha ofrecido tu mundo, tu verdad? ¡Dime!

Ambos se quedaron mirando uno al otro, ambos conscientes de que aquella conversación no tenía sentido.

Finalmente, el Padre apartó sus manos y volvió a sentarse en el suelo junto al paquete de tabaco, tragando saliva ruidosamente. Encendió un último cigarrillo.

—¿Sabes? Al principio parecía algo bueno. Les mentía, pero los hacía felices por momentos, los apartaba del horror… Pero pasan los años, y al final sólo te queda el cansancio y la náusea, porque ese acto es tan fútil como todos los demás —intentó dar otro trago a la petaca, pero la encontró vacía; consternado, la guardó en uno de los múltiples bolsillos—. Pero da igual, la lucha llega a su fin.

Se puso en pie, tambaleándose, hasta acercarse a la puerta. Apoyado en el marco, observó el cielo como si estuviera buscando en él una señal.

—Me muero… —su voz parecía extrañamente distante, como quien habla en sueños—. No en el sentido general, sino en el sentido concreto de un terminal. ¿Ves cómo todo ocurre en un flujo en el que no participa nuestra voluntad? Estamos aquí, hablando así, porque de manera inexplicable mis células han comenzado a mutar y a reproducirse con errores acumulados de copias de sí mismas, tumorales, asesinando lentamente al organismo que las mantiene con vida —lanzó una sonora carcajada, como quien al final logra resolver un enigma enrevesado, antes de girarse de nuevo hacia James—. Vinimos aquí hace poco más de un año, tras que me diagnosticaran la metástasis. ¿Sabes que es lo que haces el día que te confirman que vas a morir? Morir no como una posibilidad abstracta, sino como el desenlace fatal de una cuenta atrás en la que estás inmerso, en la que hora tras hora de consciencia intentas hacer un chequeo de cualquier cambio en tu cuerpo por mínimo que sea, rastreando señales de deterioro reales o imaginarias… Pues haces lo que todos los días: vuelves a casa, cenas, comentas las trivialidades del día, te lavas los dientes. Repites todos y cada uno de los gestos cotidianos, como si mágicamente la rutina te fuera a mantener en estasis, como si al no cambiar nada, nada en ti cambiase. E inmediatamente en cuanto eres consciente de ello el hechizo se rompe, y te sientes idiota y enfadado por estar desperdiciando un tiempo precioso. Y a partir de ese momento tu vida no es más que eso: dar bandazos entre esos dos extremos —el Padre tiró a un lado el cigarrillo—. ¿Cómo te llamas?

Tras un segundo de duda, James contestó.

—James.

El Padre asintió.

—Te ofrezco un trato, James: renuncia a tu hermana, porque ni aquí ni fuera puedes salvarla. Vete, ahora que todavía tienes la oportunidad.

James sostuvo su mirada.

—¿Ah, sí? ¿Porque hoy es el día? ¿Por qué hoy se acaba el mundo? —torció los labios con despreció a la vez que dejaba escapar un bufido.

El Padre lo miró intensamente.

—Sí.

Y de manera inesperada, algo en la rotundidad de aquel monosílabo hizo que un escalofrío recorriera la espalda de James. Aun así, éste escupió en el suelo como negativa final.

***

Salió de la pajarería, sin preocuparse por cerrar la puerta, consciente de que James no tenía a dónde huir. Había vuelto a ponerse la chilaba.

El calor era aún más sofocante que en el interior del edificio. Miró su reloj de pulsera, el vestigio de un pasado lejano: quedaban algo más de tres horas para las cinco de la tarde, la hora en la que había pedido a sus hijos que se reunieran en la plaza de nuevo. La hora del Armagedón, si la información que había comprado semanas atrás era correcta. Volvió a ponerse la túnica, y luchó por mantener su precario equilibrio.

Las horas finales las dedicó a caminar por las calles sin rumbo, medio asfixiado, como si volviera a intentar repetir el ritual de la rutina salvadora, por momentos paralizado por el dolor y el miedo, como encerrado en el camarote de un barco que ya se hubiera hundido.

Aquel intervalo fue una alucinación, y se sintió asqueado cuando por fin decidió enfilar hacia la plaza.

Minutos más tarde caminaba entre la multitud, notando las manos sobre las mejillas y los hombros: lo tocaban como si fuera un talismán viviente que pudiera otorgarles algún tipo de invulnerabilidad. Ahogando una arcada alcohólica, llegó al centro de la plaza. No subió a la tarima: quizá como respuesta somática a su miedo, quizá porque el tumor había devorado en ese instante alguna terminación nerviosa motriz importante, comprobó que no podía flexionar la pierna izquierda. Como en todos los demás aspectos de su vida en los últimos años, fingió una vez más: giró sobre la extremidad inerte, y extendió las manos para ofrecerlas a sus dos falsos hijos más cercanos, un hombre y una mujer que respondieron a su gesto y se las estrecharon como si fueran amantes dando un paseo.

El Padre miró a su alrededor, y un sentimiento ambiguo se arrastró entre las grietas de la euforia artificial, el dolor y el terror: era una mezcla extraña de desprecio, compasión, agradecimiento y culpa.

Desprecio, porque todas aquellas caras que lo rodeaban no eran más que un puñado de imbéciles desesperados que habían sido engañados por un falso salvador.

Compasión, porque todas aquellas caras que lo rodeaban no eran más que un puñado de tristes desesperados que en sus vidas no habían encontrado más refugio que el regazo de un mesías corrupto.

Agradecimiento, porque todas aquellas caras que lo rodeaban eran un puñado de hermosos desesperados que impedirían que muriera solo.

Por un momento sintió la necesidad de gritar, la urgencia de confesar que todo era mentira, la pulsión de correr y de pedir a todas aquellas personas que huyeran, que intentaran salvar sus vidas. Pero se mordió la lengua, ahogando aquel sentimiento: la culpa es para los débiles, se dijo, para aquellos incapaces de afrontar la amargura de sus decisiones, para aquellos que mantienen la ilusión infantil de que podrán llegar al final de sus vidas inmaculados. Apretando con fuerza los dedos de las manos que sostenía, alzó la vista al cielo, a la espera del portento que él sabía que no traería consigo ninguna revelación.

***

Los pájaros seguían cantando de vez en cuando, y en aquel silencio era el único hecho, junto con el ángulo de las sombras, que le permitía comprobar que el paso del tiempo proseguía. El dolor de cabeza se había mitigado, y sólo notaba la molestia de las manos entumecidas por la falta de riego sanguíneo.

Inspiró profundamente, forzándose a pensar sólo en el problema inmediato. Estaba atado de pies y manos a una de esas sillas de plástico de una pieza tan comunes en las piscinas, por lo que no podía dejarse caer con la esperanza de astillarla. Tampoco había mueble alguno en el que pudiera buscar una herramienta.

Sólo quedaban las jaulas.

A tirones, logró acercarse a una de las paredes. Cerró los ojos, y golpeó con la cabeza una de las estructuras de plástico y metal, la golpeó una y otra vez hasta que logró arrancar la escarpia que la sostenía. En cuanto golpeó el suelo, el pájaro en su interior comenzó a revolotear frenético, chocando una y otra vez con los alambres, mientras que los que seguían en las jaulas de las paredes comenzaron a piar con todas sus fuerzas. Apartándose un poco, se dio la vuelta y se dejó caer de espaldas, aplastando la endeble estructura con su peso, golpeándose la cabeza contra el suelo. Aturdido por el impacto sobre la zona ya inflamada, James rodó como pudo sobre un lado, conteniendo las lágrimas.

El alambre estaba totalmente aplastado. Más allá del borde de la bandeja inferior, sobre la arena y el alpiste esparcidos por el suelo, entre el metal sobresalía un ala rota que todavía se movía, cada vez más agónicamente. Pero la bandeja no se había roto, por lo que no podía emplear ningún trozo para cortar las cuerdas. Era una mierda de idea, se dijo. Y comenzó a reír, dejando a la vez escapar las lágrimas.

Pero la risa se le congeló pronto en la garganta. Algo había cambiado, y al principio no lograba precisar lo que era. Permaneció en silencio, mirando más allá de la puerta que seguía abierta, hasta que le pareció que las falsas calles susurraban, hasta que comprendió que era ese mismo silencio lo que lo había alertado.

Los pájaros estaban callados, quizá llevaban callados más de un minuto.

Contuvo la respiración, a la espera de que alguno de aquellos frágiles animales volviera a emitir un sonido.

No llegó a oírlos nunca más: el cielo y la calle que podía ver a través de los huecos de las ventanas y de la puerta comenzaron a brillar como iluminados por millares de potentes focos, con tal intensidad que, cuando esa luz lo rodeó, le dio la impresión de estar en el interior de una esfera compuesta únicamente de nieve virgen.

—No puede ser… —susurró, apenas consciente de haber abierto la boca, incrédulo.

El asombro y la confusión no le permitieron sentir miedo en aquellos últimos segundos. Pero gritó, hasta desgarrarse las cuerdas vocales, cuando lo alcanzó el calor.

***

Lim Ikjoong, director ejecutivo de la Lockheed Martin-Hynix New Horizons, hizo una profunda reverencia frente al ministro de defensa de Estados Unidos, su homólogo coreano y la galería de asesores allí presentes. Seguidamente, exactamente a las 7:00 —hora de Seúl—, con el gesto hierático de un monumento egipcio, dio la orden al equipo técnico.

Aproximadamente a unos treinta y seis mil kilómetros sobre la línea del ecuador, un macrosatélite comenzó a acumular energía. Cuando sus condensadores alcanzaron el máximo de su capacidad, esa tecnología proyectó un haz luminoso que, visto desde la Luna, habría parecido el brillante trazo de un pincel blanco fulgurante.

***

La mirada de Estela se concentró en el suelo, donde su sombra, de una manera alucinatoria, pareció menguar y replegarse sobre la tierra como en una película a cámara rápida. La intensa luz celeste hizo reverberar el ocre de la arena, hasta proporcionarle el brillo de un prisma enjoyado. Aquella luminosidad pareció extenderse sobre todo cuanto la rodeaba y sobre ella misma: por un segundo su piel pareció estar cubierta por una suave pátina de rocío cristalizado, por escamas de diamante. Aquel color, aquella luz, era la que hubiera deseado para su dibujo.

Entonces alzó la vista hacia el cielo y, exultante, extendió los brazos, sobrepasada por el sentimiento de la revelación, mucho más profundo y conflictivo de lo que ella era capaz de comprender.

Embargada por aquella felicidad, todo desapareció en una fracción de segundo: el haz de energía la abrasó complemente, antes incluso de que pudiera notar el calor que la consumió.

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