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Un rato para saber que eres imbécil ‹ Relatos Bluetales

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Un rato para saber que eres imbécil

por Relato finalista

Todo fluye nada se mueve.

Estoy sentado al pie de las escaleras del Palacio de Justicia. Las imágenes de la ciudad llegan a mi retina y se graban en mi cerebro como si de una mala pesadilla se tratase. El vagabundeo de sus habitantes en constante movimiento me hipnotiza. Almas solitarias en busca de sus destinos perdidos en un desfile incesante hacia ninguna parte. No recuerdo cuándo fue la última vez que vi una cara sonriente entre este deambular de zombis. Millones de habitantes solitarios y egoístas en busca de una falsa felicidad. Es la pesada carga de esta mole de cemento y cristal. Mares de coches eternamente detenidos esperando poder llegar a algún lugar.

Todo fluye pero la realidad es que nada se mueve.

El aire viciado y quieto me llena los pulmones con su hedor. Cada centímetro de mi piel es abrasada por el roce de las escasísimas brisas que llegan del mar cercano e ignorado por unos habitantes aferrados al asfalto que pisan lánguidamente todos los días. Estamos tan ligados y fusionados con este lugar que uno llega a la conclusión de que su sudor, orina o heces no son más que partes de este condenado sitio. Su esencia entra dentro de nosotros y se la devolvemos transformada en otra cosa. Al César lo que es del César. Cubro mi cara con mis manos para intentar detener la inyección de realidad que penetra a través de mis ojos. Un momento de soledad, de oscuridad, una pausa para mi cerebro. No sirve de nada. La luz tiene un color diferente en este sitio. Su olor es particularmente extraño y su sabor tiene un gusto amargo. Enciendo un cigarrillo y luego otro más. Quiero respirar cáncer, no el nauseabundo y cargado aire que me rodea. Delante de mí la Calle 32, una de las más caras del mundo. A mi izquierda la Calle Dowson, una de las más transitadas del mundo. A mi derecha Union Park uno de los parques más tristes del planeta.

Todo fluye nada se mueve.

La vida sigue. Una pareja de vagabundos se pelea por una salchicha en el suelo. Un ejecutivo de una multinacional hace una llamada por teléfono móvil para vender sus acciones. Una mujer intenta parar un taxi sin éxito. Una pareja de gays se besan delante de unas monjas. Un ratero le abre el bolso a una anciana. Un policía le da el alto a un yonki mientras mueve su porra. Un perro abandonado orina sobre un coche. Un bebe llora desconsoladamente ignorado por su madre que mantiene una conversación con una amiga. Un viejo está sentado en un banco de un parque fingiendo que lee un periódico mientras mira a unos niños. Un hombre mayor cae el suelo víctima de un infarto y nadie se detiene a ayudar. Un río de personas circula alrededor de una pareja que discute acaloradamente en medio de la calle. Un predicador monta un stand en el parque para advertir sobre la inminente llegada del juicio final. Un padre le compra un helado a su hijo. Un borracho duerme sobre la acera y se orina encima. Por el techo solar de una limousine detenida en un atasco aparece una mujer medio desnuda con una copa de champagne en la mano. Un semáforo se pone en verde y comienzan las carreras de coches. Un drogata intenta ver un partido de fútbol en su reloj. Una moto de policía pasa a toda velocidad con su sirena aullando.

Un vagabundo se come una salchicha mientras otro solloza desconsolado. Un ejecutivo lanza su teléfono móvil contra el suelo. Una mujer consigue detener un taxi. Unas monjas increpan a una pareja de gays. Un ratero empuja a una anciana al suelo. Un policía golpea con su porra a un yonki. Un hombre le da una patada a un perro por orinarse en su vehículo. Una madre chilla a su hijo. Un viejo mete su mano derecha dentro de sus pantalones. Una mujer abronca a un hombre mayor que está tirado en el suelo y la ha hecho tropezar. Una pareja empieza a pegarse y la gente se detiene a su alrededor. Un predicador llora porque nadie le escucha. A un niño se le cae un helado y su padre le grita. Un borracho se despierta y vuelve a orinarse encima. Un hombre gordo escupe a una mujer medio desnuda en una limousine. Dos coches colisionan porque uno de ellos iba muy deprisa y no ha podido frenar. Un drogata se enoja con su reloj porque su equipo va perdiendo. Una sirena de policía ahoga su chillido alejándose calle abajo.

Me pasaría horas aquí sentado mirando cómo transcurre la vida en este lugar, pero creo que ha llegado la hora de hacer caso a los policías que están justo delante de mí apuntándome con sus armas.

Una habitación de interrogatorios. Dos inspectores de policía, uno gordo y negro y el otro musculado y ario, me miran inquisitivamente. Me apetece un cigarrillo. Estoy esposado a la mesa. Uno de ellos conecta una grabadora. Un largo silencio se apodera de la estancia hasta que por fin el ario habla.

—Estás jodido. Canta —me suelta como si tal cosa. No puedo evitar fijarme la mancha de café de su camisa.

Respiro profundamente. Evalúo la situación y me confirmo a mí mismo que efectivamente estoy jodido.

—Vale… aquí vamos. Estoy cabreado, muy cabreado.

Dominaba el mundo desde mi despacho. Una adorable estancia en el piso cuarenta y cinco de una de las torres de cristal que se erigen como falos de vidrio en pleno centro de la City. Era el mejor abogado defensor de la ciudad. No había un solo criminal en esta urbe que no acudiera a mí si tenía problemas. Yo los arreglaba y punto. Llegué a la cima desde la mismísima calle. Subiendo poco a poco. Salí del barrio, estudié, y creé un pequeño pero poderoso bufete. Venir desde abajo tenía como ventaja el que yo fuera un tipo de confianza para todos mis clientes. Sabía cómo pensaban porque yo también fui uno de ellos. Luego la vida fue desarrollándose con pocos imprevistos. Una casa grande. Un BMW. Una esposa, Debrah, con mucho más dinero que yo. Una amante, Vicky, básicamente una mantenida a la que solía ignorar. Era la felicidad de la que uno se acababa cansando para terminar repudiándola. De cara al mundo jugaba dentro de los cánones de la normalidad y el respeto. Pero siendo sincero también me dedicaba a sacarme un sobresueldo dando alguna información a la policía sobre mis clientes. Los polis también saben pagar. Y gracias a esa colaboración yo sobornaba a algunos policías para obtener información que, evidentemente, vendía a mis clientes. Todos salíamos ganando.

Reconozco que últimamente me he vuelto demasiado descuidado pero, como yo digo, que se jodan todos, te necesitan y punto.

Mi último caso era el de Marc Blostein. El que yo creía que era mi único cliente honrado resultó ser uno de esos hombres que desde la sombra manejan el tráfico internacional de armas, drogas y mujeres. Un pobre anciano judío medio tullido con la cara de Papá Noel, con el que yo solía quedar para jugar al póker, era el ideólogo de una de las mayores maquinarias criminales del mundo. Para mí era casi un amigo y por eso no me podía creer las acusaciones. Pero así es la verdad, un cuchillo afilado clavándose en tu corazón y que se retuerce hasta partirte en dos.

Uno de los policías me interrumpe.

—¡Al grano, coño!

Era viernes. Un cálido día de primavera. Un radiante sol bañaba las calles y ponía un poco de colorido a otra triste mañana en la furiosa ciudad.

Mis problemas entraron por la puerta de mi oficina con unas largas piernas terminadas en tacones de vértigo. Venían envueltos en una suave y bronceada piel perfumada cubierta por un vestido de tirantes blanco ceñido. Lucían una melena morena que brilló gracias a la luz que entraba por la ventana. Me miraron con dos ojos verdes almendrados que atravesaron mi retina hasta derretir mi cerebro. Unos labios rojos pintados por el mismísimo Tiziano se abrieron para dejar escapar unas palabras de presentación. Yvette. Mis problemas se llamaban Yvette.

Ella era la mujer florero francesa de mi cliente. Blostein me la presentó en una fiesta que dio hace más o menos un año. Fue allí mismo donde nos enrollamos por primera vez, mientras el viejo tocaba el piano para sus invitados y mi mujer saboreaba su cuarto gin tonic. Así era ella, aburrida, con dinero y cazadora de hombres. Nunca le pregunté por su vida pasada. Sabía que el viejo la había encontrado en un club de campo de París. Supongo que casi le daría un infarto en cuanto la vio. Yo la adoraba. Eran las diez de la mañana y ya estábamos sentados con dos tragos dobles de bourbon en la mano, no se podía pedir más a la vida.

Suponía que venía a verme para hablarme de lo preocupada que estaba por su principal fuente de ingresos, o mejor dicho por su marido. Estaba encerrado en la prisión de la ciudad y lo visitaba todos los días. Mi sorpresa vino cuando comenzó a hablarme de sus verdaderos motivos. Quería el divorcio. Quería quitarle todo el dinero a su marido antes de que el Estado lo hiciera por ella. No movió ni una pestaña mientras pronunciaba sus palabras con su voz angelical. Estaba claro que el amor no era lo que cimentaba aquella unión pero esto se iba un poco de mis manos. Sacó de su bolso dos DVD. Yo sabía lo que eran. Blostein era muy especialito con sus gustos. No tenía erecciones desde hacía años pero tampoco las necesitaba. Era un voyeur consumado. Hacía sus propios rodajes porno con tres prostitutas y un par de cámaras grabando. A veces incluía algún enano o algún animal para darle colorido. Ellas se acostaban y él miraba a través de los visores de las cámaras. Luego hacía proyecciones privadas para sus amiguitos entre los que yo me incluía. ¡Dios le bendiga! El tipo sabía cómo divertirse. El caso es que la despechada mujer, por definir de alguna manera sus sentimientos, había encontrado los DVD y se presentó en mi oficina para declararme sus intenciones. Mi contestación fue clara. Por una cuestión de conflicto de intereses yo no podía defenderla en un caso de divorcio porque su marido era mi cliente. Ella me interrumpió y me pidió que le sirviera otra copa. La espectacular belleza sentada en mi sillón aprovechó para meterse una raya y me puso otra a mí. Estaba aún más guapa con las pupilas dilatadas. Después de que la droga hiciera su efecto me contó su plan. Tenía pensado contratar a un abogado de segunda para defenderla en la demanda de divorcio. Pretendía que el caso se lo organizara yo para darle instrucciones de cómo actuar al pelele que la defendiera. Ella ganaba la demanda y yo me quedaba con el diez por ciento de lo que sacara, que viendo las pruebas con las que contaba y la fortuna de su marido estaríamos hablando de una suma de unas siete espléndidas cifras. Cualquier atisbo de negativa se esfumó tras dos tragos más, una raya y un poco de sexo oral. No me gustaba poner las cosas fáciles. Se marchó meneando su interminable espalda y sus finas caderas. Mi mirada estaba atrapada ante semejante desfile alejándose de mí. Era la perfección absoluta.

Tras unos minutos de meditación decidí que parecía un plan brillante. Pero no me fiaba. Cuando se me pasó el mareo que tenía encima llamé a Mark.

Mark era un chico joven, un buscavidas, al que saqué de un par de líos hacía tiempo y que solía emplear para seguir a clientes y hacerles fotos en actitudes poco recomendables para su posición. También era muy eficaz consiguiendo información. Era un buen chaval pero hablaba incesantemente, sobre todo si había estado esnifando. Después de cinco minutos de conversación unilateral sobre un tema intrascendental conseguí pedirle que siguiera a la chica y que la vigilara. No tardó en llamarme para contarme lo que había visto. Yvette había ido hasta su casa y fue allí donde Mark la encontró. Al cabo de un rato ella salió de la casa y se dirigió hacia un motel barato del centro. Se estaba viendo con otro hombre. Mark había hecho algunas fotos y me las mandó por mail. Era un tipo que reconocí en seguida. Se trataba de Paul Anderson, un director y productor de segunda fila que había visto en varias de las fiestas de Blostein. Era un perdedor. Ya tuve noticias de él por la boca de Yvette cuando ella me pidió montarnos un trío con el capullo ese. El aburrimiento de esa mujer a veces me preocupaba.

El tema me alteró un poco y decidí templar mis nervios en un bar. Me marché de la oficina y me dirigí a un bar cercano. Allí fue donde divisé a otro de mis problemas. Un coche camuflado de la policía me estaba siguiendo. Los policías tienen un problema muy serio… comen demasiado. Pasan horas de vigilancia y aburrimiento y para matar el tiempo se dedican a comer. Es fácil distinguir un coche camuflado de la policía porque es el que tiene el salpicadero lleno de vasos de café y envoltorios de hamburguesas. Policía, la mayor parte de ellos son unos salvajes decididos a llevar pistola y usarla sin contemplaciones.

Una sonora bofetada que no veo venir en mi cara vuelve a interrumpirme.

—No te pases de listo —me ladra el policía negro.

El otro policía acerca su cara a la grabadora.

—Nota al margen. El ruido extraño que se acaba de escuchar ha sido provocado el móvil del agente Sullivan cuando ha caído al suelo.

«Serán cabrones», pienso yo.

Al principio me preocupé un poco. ¿Por qué coño me seguían? Caminé hacia un callejón solitario para confirmar mis sospechas. El coche avanzaba detrás de mí. Sonó una sirena y detuve el paso. Del vehículo bajaron los dos policías más gordos y viejos del cuerpo, Durand y Keller. Dos perros de la vieja escuela con la manía de pegar antes de preguntar. Caminaron hacía mi despacio, dejando ver sus placas y sus armas enfundadas. Sonreían. Yo temblaba. Había tratado con ellos anteriormente. Eran tan corruptos que hasta a mí me escandalizaban. Me intimidaron poniéndome de cara a la pared y registrándome. En realidad venían a ofrecerse para un trabajo. Me contaron que, por un módico precio, podían hacer desaparecer alguna de las pruebas de caso contra mi cliente. Una cosa era que yo los sobornara para hacer eso mismo, y otra bien distinta era que los muy bastardos se ofrecieran a plena luz del día para hacer semejante trabajo. Esos tipos no tenían ningún miramiento cuando veían dinero en el horizonte. Cien mil, querían cien mil cada uno. Intenté calmarme y lidiar con la situación diciéndoles que tenía que consultarlo con mi cliente. Ellos se despidieron dándome una bofetada, junto con su número de teléfono, para que acelerara la gestión cuanto antes. Su coche se alejó y yo volví a encaminarme directo al bar. Tres tragos de bourbon me volvieron a despertar e hice repaso de lo jodido que estaba mi cliente. Yo le sacaba la pasta por defenderle, su mujer quería el divorcio y desplumarle y la policía quería el cobro del impuesto revolucionario por resolver sus problemas. ¡Viejo, hay días que es mejor no levantarse de la cama!

Llegó la noche y me fui a mi gigantesca casa kitch de decoración postmodernista que cada día detestaba más. No cené, me puse otro par de tragos. Mi mujer llevaba horas durmiendo gracias a sus pastillas mágicas regadas con alcohol. Todavía la quería, de verdad que la quería, pero afortunadamente los dos estábamos demasiado borrachos todos los días como para mirarnos a la cara y plantearnos nuestro futuro como pareja. Pasé la noche en el despacho de mi casa creando una defensa para la demanda de divorcio. Fue muy fácil, hasta un niño podría haber ganado el caso. Recibí un mensaje de texto por el móvil. Era el número de Yvette, reconocí su número. No lo tenía grabado en la memoria del teléfono para evitar malos entendidos con su marido y mi mujer. Su mensaje me comunicaba que ya tenía un abogado. Seguro que el muy imbécil cayó en la trampa en cuanto vio a Yvette y le habló del dinero que se podía sacar de ahí. El plan estaba en marcha y una especie de efecto barranco se apoderó de mí. El silencio de la noche me reconfortó. Un leve aroma a césped mojado entró por la ventana. Me dejé llevar por la considerable borrachera que tenía y poco a poco el sueño me invadió.

Un par de días después quedé con Yvette en un restaurante del centro. Me contó que había contratado a Bertrand Ross para su demanda de divorcio. Ross era un guaperas y un conocido abogado especialista en demandas que había hecho una pequeña fortuna demandando a supermercados. Pero era demasiado aficionado a las carreras de caballos y tenía algunos problemas de dinero con tipos poco recomendables, por eso aceptó encantado defender a Yvette a pesar de que la defensa la organizara otro. Solía verle en algún club y en alguna fiesta de Blostein. La primera pregunta que llegó a mi mente era si Yvette había puesto sus preciosos labios sobre el pene de ese tipo. Ninguno de los dos comimos mucho pero dimos buena cuenta del vino que nos sirvieron durante la comida. Le entregué un maletín con los papeles de la defensa. Brindamos con un poco más de vino y un poco de sexo oral en el servicio de señoras del restaurante ayudó a cimentar aún más nuestro acuerdo.

Poco después fui a la cárcel para visitar a Blostein. Junto a mí estaba su guardaespaldas, Rog, una mala bestia con una larga lista de crímenes de guerra en Bosnia y que fue regalo de Yvette, muy atenta ella por la seguridad de su inversión, digo marido, tras su boda. Tuve la certeza de que Blostein ya había comprado a la mitad de la plantilla de esa cárcel cuando lo trajeron hasta mí sin esposar, fumando un puro. No vacilé y le planté en los morros lo de la demanda de divorcio que había presentado Yvette. No le hizo ninguna gracia. El pobre viejo no había firmado ningún contrato prematrimonial por lo que su fortuna casi pasaría por entera a ella. Sé lo del contrato porque antes de casarse yo insistí repetidas veces en que hiciera uno. Pero él, viejo y cercano a la muerte, sabía que no le quedaba mucho de vida y no me escuchó, incluso puso varias empresas legales a nombre de ella. Ante la cara de desolación del anciano evadí mis pensamientos hacia el precioso barco que me compraría con su dinero. Puede que yo ya tuviera dinero pero tenía ganas de más. Quería empezar de cero en otro lugar. Disfrutar de un dorado retiro en una playa paradisíaca. Alejarme de esa asquerosa realidad que llamaba vida que discurre por los cuatro costados de esta putrefacta ciudad. Marcharme y desaparecer del mapa. Tal vez me llevara a mi mujer. O mejor, llevarme a Yvette. O mejor aún marcharme sólo sin mirar atrás con una enorme sonrisa en mi cara. Tuve que controlarme para no partirme de risa delante de Blostein. Puse la cara más triste que pude y le mentí lo mejor que supe cuando le dije que todo saldría bien. Para calmarle un poco le conté mi encuentro con los Durand y Keller. Le dije que era una posible vía de escape. Él me escuchaba. Me contó que guardaba una fuerte suma de dinero en su casa y que si quería podía disponer de ella. Podía ser una posible solución a su caso.

Salí de la cárcel bastante contento porque el plan iba viento en popa. Cuando me dirigí a mi coche mi conciencia empezó a palpitar. Era un dolor agudo y cortante. Me faltaba el aire. Tuve la sensación de desfallecer. Los puñeteros remordimientos llamaban a la puerta de mi alma. Cuando uno es un sucio perro como yo siempre aparecen los efectos secundarios. No es que me arrepintiera de lo que hacía pero tampoco me sentía demasiado a gusto con ello. Por lo general lo llevo bien, dinero es dinero, pero no podía evitar que de vez en cuando mi conciencia me golpeara con un bonito martillo y me recordara que estaba tratando con seres humanos. Era la hora de ir a visitar a mi confesor personal, mi querido amigo James.

Conocí a James un día que llevé a mi mujer al hospital. Tuvo una pulmonía y la dejaron ingresada una semana. Esa fue una época muy dura para mí. Mucho estrés y demasiadas cosas salían mal. Comprendí que no podía almacenar tantos secretos sin contarlos a alguien, pero… ¿a quién? No podía confiar en nadie. Y la solución se presentó delante de mí. Dando un paseo por el hospital llegué hasta la planta de los enfermos en estado vegetativo. Allí vi a un hombre que parecía tener buen aspecto a pesar de estar en coma. Me acerqué hasta él. Era un hombre mayor, con una plateada barba. Miré su ficha. Accidente de coche, cinco años en coma, sin familiares cercanos, un juez decretó que no se podía desconectar. Me llamó la atención la frase con la que el médico concluía su informe: «Todo fluye en él pero nada se mueve». Tal vez fuera la paz que transmitía o porque yo estaba desesperado pero de una manera espontánea me senté a su lado y comencé a hablarle como si de un psiquiatra se tratara. Todos mis temores se evaporaron al instante de hablar con él. Era fantástico. Desde ese momento se convirtió en mi mejor amigo. Desde entonces solía visitarle con cierta frecuencia para soltarle todo lo que hacía, decía y demás. Era perfecto. La purificación de mi vida venía de la mano de un hombre que caminaba por la delgada línea de la muerte.

La sesión con James me aclaró las ideas.

Un par de días después quedé con Mark y decidí que ya era hora de ir en busca de Durand y Keller. Antes pasamos por la casa de Yvette y Bolstein para buscar el dinero que estaba allí guardado. De la casa salía Rog. Nos siguió con su mirada de pocos amigos hasta que llegó a su coche. Entramos en el interior y vimos a Yvette delante de un grueso bloque de papeles con el sello del juzgado en la portada. Mi mente automáticamente se dijo que era la tramitación de divorcio aprobada por el juez. Nada más vernos su cara se cubrió de lágrimas. El viejo me había dicho dónde estaba el dinero y mandé a Mark a por él. Me quedé al lado de la chica consolándola. No sabía que pasaba. Me dijo que deseaba huir conmigo a algún lugar lejos de aquí. Esto pintaba interesante. Me deseaba y necesitaba empezar una nueva vida a mi lado. Sonreí y la besé. Esos labios eran puro néctar de los dioses. Mark llegó con dos bolsas grandes. Me dijo que había por lo menos medio millón de dólares en cada una. Di instrucciones para que cogiera doscientos mil dólares y que los pusiera en una sola de las bolsas y lo envié en busca de Durand y Keller. Me fiaba del chaval. Al instante de marcharse me abalancé sobre Yvette y nos lo montamos a lo grande. Lo hicimos durante unas horas mientras regábamos nuestras gargantas con bourbon. Nuestros cuerpos rezumaban pasión, deseo y sudor. Fue maravilloso.

Al cabo de las horas, justo antes de reanudar mi labor, volvió Rog. Portaba varios maletines que dejó encima de una mesa. Volvió a mirarme con todo el asco que pudo mientras yo abandonaba la casa. Me hice a mí mismo una nota mental para que no se me olvidara matar a esa mala bestia antes de marcharme con Yvette hasta el fin del mundo.

Contacté con Mark. Estaba en el centro de la ciudad. Había encontrado a Durand y Keller. Lo dicho, era un gran chico. Fui en su busca. El bullicio del centro es como una especie de oasis para todos. Las luces y la música invadían el ambiente. Cientos de bares rebosaban gente por los cuatro costados. Era tradicional entre todos venir a aquí a liberar tensiones entre litros de alcohol y kilos de drogas. Risas, amigos, peleas, sexo… Todo era posible en este lugar. Vimos a los dos policías sentados en su coche. Un tipo se acercó y metió una bolsa grande en la parte trasera del vehículo y les entregó un sobre a cada uno. Se pusieron en marcha y los seguimos en el coche de Mark. Recorrieron unas siete manzanas y se bajaron del coche. Nosotros aparcamos cerca pero seguros de que no nos localizarían. Llevaron la bolsa con ellos hasta un coche patrulla estacionado muy cerca de allí. Sacaron un sobre y se lo entregaron a los patrulleros junto con la bolsa. La chispa saltó en nuestras cabezas. ¡Serán cabrones! Se rumoreaba que en la ciudad había otro servicio postal a parte del tradicional. Era el correo de la mafia. Utilizaban a varios policías para mover su dinero o material de un lugar a otro sin el temor a ser descubiertos. Rápido y seguro. Mark había hecho fotos de todo y yo empecé a partirme de risa. ¡Vaya jodida suerte que teníamos!

Cogí mi móvil y los llamé. Fue divertido ver cómo contestaban al teléfono justo delante de mí. Los muy vagos quedaron conmigo justo en la calle en la que se encontraban. Esperamos un rato y bajé del coche. Caminé portando la bolsa del dinero de Bolstein hasta ponerme a su altura. Me senté en el asiento trasero del coche. Me sentí valiente para jugármela. Tras varios insultos gratuitos intenté sonsacarles cómo iban a hacer el trabajo. Quería los detalles porque era mucha pasta y no quería chapuzas. Los muy cabrones me contestaron con evasivas y más insultos. Noté que algo no iba bien. Uno de ellos desenfundó su arma y me apuntó. El otro comenzó a reír. Los muy bastardos intentaban robarme. No tenían intención de ayudarme y yo había caído como un tonto. Estallé en una risa histérica. Les conté lo que había visto y fotografiado. Intenté convencerles de que hicieran el trabajo por la mitad del dinero y la garantía de que esas fotografías no iban a llegar hasta el amado departamento de asuntos internos. Los dejé perplejos. Fue justo en ese instante cuando los golpeé con la bolsa del dinero y salí corriendo del coche. Corrí hasta que me quemó el pecho. Ellos me siguieron un rato disparándome. Demasiado café y comida basura me dieron mucha ventaja y pude desaparecer de su vista. Una vez a salvo llamé a Mark por móvil y le pedí que mandara las fotos de manera anónima al departamento de asuntos internos. Supongo que el resto ya los saben ustedes. Dos cerdos menos.

Otra bofetada. Empiezan a gustarme.

—El agente Sullivan ha vuelto a tirar su teléfono móvil al suelo. Debe de estar algo nervioso por el relato del acusado.

Mark y yo nos juntamos en el centro al día siguiente. Bebimos durante gran parte de la noche. Estaba tan contento que hasta volví a fumar después de dos años sin hacerlo. Mark hablaba sin parar. Yo reía, bebía y fumaba. Todo estaba saliendo como debía. La suerte nos sonreía. Entre copa y copa me telefoneó Yvette. Me confesó que se había estado viendo con Anderson. Que no deseaba secretos entre nosotros y que había puesto fin a su relación con él porque era a mí a quien quería. Tuve una erección como la de un chico de dieciocho años. Que fuera a ver a Paul porque no se había tomado demasiado bien la ruptura. Yo, con mi bonita borrachera, le dije que sí. Que nos veíamos al día siguiente en el juzgado para que se presentara ante el juez para los inicios del divorcio. Deseaba estar cerca cuando ella viera que todo marchaba como debía marchar. Era un polvo casi garantizado.

Me despedí de Mark y conduje hasta el motel de Anderson. Subí las escaleras como puede y me planté ante su habitación. Llamé a la puerta y nadie contestó. Giré el pomo de la puerta y se abrió con suavidad. El pedo que llevaba cuando entré en la habitación del motel se esfumó de mi sangre. El cuerpo de Anderson estaba tendido bocabajo en el suelo. Lucía un enorme agujero de bala en su espalda y la habitación estaba llena de sangre. Comprendí que cualquier esfuerzo por reanimarlo sería inútil. El amigo Anderson vivía rodeado de DVD y de cámara de vídeo y equipo de montaje. Cerré la puerta de la habitación. En el ordenador se reproducía lo que parecía la escena de una película porno. Me intenté serenar un poco. Fijándome un poco más en la escena del ordenador reparé en que parecía una de las típicas grabaciones de Blostein con la salvedad de que en esta también aparecía Anderson. Puede que el viejo, cansado y tullido, tuviera que echar mano del director de películas para ayudarle a grabar a cambio de dinero. Exploré un poco más en el ordenador. Encontré un par de carpetas que me llamaron la atención. Eran más archivos con películas rodadas en los pases privados de Blostein con sus amigos. Reconocí a un par de senadores y a un gobernador masturbándose mientras veían alguna de las películas de mi cliente. Todos los hombres parecemos iguales cuando agarramos a nuestro amigo solitario, pero ésos eran demasiado reconocibles.

Joder, el amigo Anderson, aprovechándose de su tecnología y su acceso a las fiestas de Blostein, había intentado sacarse un dinero extra grabando a personajes influyentes machacársela delante de una película porno casera. Miré su cadáver tirado y saqué una conclusión dolorosa… no recordaba cuándo fue la última vez que conocí a alguien bueno en esta ciudad. Dadas las circunstancias su muerte era cuestión de tiempo. Joder a los poderosos es lo que tiene. Debes planear muy bien tus pasos para poder salir entero de la situación.

Echando otro vistazo a la habitación me percaté de un DVD singular. Tenía un post-it pegado en la portada con una cara sonriente dibujada. Me picó la curiosidad y lo introduje en el ordenador. El mundo se me vino encima. Sentí un dolor en el pecho y la angustia salió a flote. Yvette y yo follando en su casa como animales. El muy hijo de puta había grabado el momento más delicioso de mi vida. Los nervios pudieron conmigo. Saqué el DVD y lo guardé en mi chaqueta. Acto seguido la situación se volvía más tensa porque escuché el sonido de las sirenas de policía acercarse hasta aquí. Salí corriendo de la habitación mientras cogía mi teléfono y llamaba a Yvette. Corrí y corrí. Ella no contestaba. No paré hasta que llegué a mi casa. Tenía la situación controlada. No me habían pillado en la habitación con el cadáver y conseguí llevarme el DVD conmigo. Todo iba a salir bien. Mandé un mensaje a Mark para que fuera a casa de Yvette por la mañana y que se asegurara de que estuviera bien.

Al día siguiente fui a las escaleras del Palacio de Justicia donde había quedado con Yvette. Mi cabeza no paraba de dar vueltas. No había contestado a mis llamadas y empezaba a pensar cosas raras. Tal vez hubiera alguien detrás de todo esto. Alguien que no quería que yo fuera feliz con ella. Alguien que no había entrado en juego hasta ahora y que tenía mucha información. Me estaba poniendo nervioso por momentos. El tiempo pasaba y ella no aparecía.

Recibí la llamada de Mark. Estaba incluso más alterado que yo. Me dijo que había ido a vigilar a Yvette y que no había nadie en su casa. Me contó que lo único que había en la casa era la copia de una orden judicial por la que ella se quedaba con el imperio legal de Blostein firmada por un juez y por el abogado que la había tramitado llamado Bertrand Ross. Colgué. Lágrimas llenaron mis ojos y me golpeé con el puño cerrado en la cabeza por la rabia. Esto iba de mal en peor. Un segundo después me llamó mi mujer. Lloraba desconsolada. Había recibido un sobre con un DVD en el que se me veía haciendo el amor con otra como nunca se lo había hecho a ella. Decía que me odiaba y que iba a acabar conmigo.

Me senté en las escaleras del Palacio de Justicia. ¡Hay días que es mejor no levantarse, viejo! Luego aparecieron los policías. Un chivatazo les había dicho dónde iba a estar en ese momento. Me lo dijeron después de contarme que me detenían por el presunto homicidio de Paul Anderson. Parece ser que se encontró una nota, debajo de su cadáver, escrita por el puño moribundo del propio Anderson señalándome a mí como autor del disparo. Eso junto con otra llamada anónima describiéndome detalladamente como el último tipo que se vio salir de la habitación del motel.

—¿Algo más? —me pregunta herr policía.

—¿Algo más? —grito yo—. Ella es la que debería estar aquí. Me folló por una tramitación de divorcio. Folló con su marido por la pasta. Folló con Anderson por los vídeos y luego mandó a Rog para acabar con él. Estoy seguro que luego cobró el dinero de los chantajes de Anderson a políticos. Folló con Bertand Ross para conseguir la orden que le daba poderes sobre las empresas de Bolstein. ¿No lo ven? Esa mujer es el diablo.

—¿Algo más? —me pregunta otra vez el policía que ni se ha inmutado.

—Sí. Todo fluye nada se mueve. Soy hombre muerto. A la mierda todo, a la mierda vosotros.

Una bofetada me calla.

—He pedido al agente Sullivan que guarde su móvil porque ya es la tercera vez que se le cae.

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Comentarios

  1. SonderK dice:

    Grandioso..

  2. laquintaelementa dice:

    La primera página es LA página… y lo sabes 🙂

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