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Todo el mundo pasa por Dodge City ‹ Relatos Bluetales

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Todo el mundo pasa por Dodge City

por Relato finalista

El Sepulturero y la china

Una polvorienta calle enmudecida. Ni un solo alma. Sólo dos tipos dispuestos a matarse separados por veinte pasos de distancia. Frente a frente. Cientos de ojos tras las ventanas de las casas esperan ansiosamente a que uno de ellos mate al otro. La diversión está garantizada. Una figura vestida de negro, coronada con un sombrero de copa, de unos treinta y muchos, castigada por el paso del tiempo sale de la taberna. Mete su mano en el bolsillo y saca una cinta métrica. Se acerca hasta uno de ellos y comienza a tomarle medidas mientras las apunta en un cuaderno.

—¿Pino o roble? —pregunta.

—Pino —contesta uno. Éste saca cinco dólares de su chaqueta y se los da al hombre de negro. La misma ceremonia para el otro tipo.

La figura de negro se aleja de vuelta a la taberna.

El reloj imponente del ayuntamiento marca las doce del mediodía y dos disparos consecutivos rugen en el viento. Uno ha caído. La figura de negro sale a la calle acompañada de una mujer mayor china que fuma un cigarrillo y que arrastra un carro de dos ruedas. El hombre de negro carga el cadáver sobre el carro, le devuelve su dinero al que ha quedado vivo y se encamina hasta la morgue de la ciudad. Los curiosos se agolpan a lo largo de la calle para observar la procesión del cadáver. Uno de ellos, oculto tras una placa de sheriff se empieza a partir de risa. El hombre de negro y la china llegan a su destino. Una vez allí consulta su cuaderno de notas y escoge uno de los ataúdes de pino blanco que tiene prefabricados por medidas.

—¡Malditos forajidos! Siempre escogen el pino. Son una panda de muertos de hambre —le dice a la china mientras ésta saquea los bolsillos del cadáver.

—Busca su caballo, con suerte tendrá un poco más de dinero allí.

La china coge el revólver del cadáver y empieza a manipularlo. Mira el tambor, la mirilla, su peso. Luego pone cara de asco y escupe al muerto.

—Cierto, amiga mía. Un hombre que no cuida su revólver merece estar muerto.

La china sigue mirando el revólver y se fija en un resorte que parece estar en buen estado. De debajo de su falda saca lo que, por lo que le parece al sepulturero, va camino de convertirse en el mejor revólver fabricado en el oeste. La china inserta el resorte y juega con su arma.

El sepulturero agarra un trapo y comienza a sacudir el cuerpo para quitarle la espesa capa de polvo que lo cubre. Luego introduce el cadáver en el ataúd y clava la tapa. Uno más para el negocio. Busca en el bolsillo de su chaqué negro un pitillo de liar y comienza a fumarlo. Le da otro a la china y ésta comienza a masticarlo. El hombre de negro mira a la mujer y hace una mueca que pretende parecerse a lo que puede ser una sonrisa. Luego levanta la cabeza y dirige su mirada hasta el final de la estancia. Allí, puesto de pie, hay un ataúd abierto bellísimo de ébano negro nacarado con asideras y embellecedores de plata y un interior de acolchado recubierto de suave seda azul. Es su mejor trabajo desde que es sepulturero.

—Ya falta poco. Sé que está cerca y que le va a encantar mi sorpresa. Va a aparecer muy pronto, seguro —el sepulturero pasa su mano por encima del revólver negro de su cinturón y comienza a acariciarlo suavemente.

Es la manera de vivir en Dodge City. Una ciudad fronteriza por la que se pasea lo mejor de cada casa. No hay bandido, cuatrero, timador, extorsionista, asesino a sueldo, tahúr, ladrón, prostituta o violador que no haya pasado por este lugar. Sólo hay un par de cosas peores que los visitantes de esta ciudad, el infierno y el sheriff de Dodge City.

El Estirado, Mescal y el Inglés

—Bueno, gringo. Yo que tú iba respirando profundamente y examinaba mi conciencia. Es hora de hablar. No vas a aguantar mucho más. Sé que tus amigos, de cadáver presente, y tú robasteis el tren del dinero. Lo que necesito saber es dónde está el dinero. También sé que viendo vuestro aspecto está claro que en ropa no os lo habéis gastado. Habla rápido o aquí mi amigo Mescal continuará haciéndote cosas muy dolorosas —Ruiz Doloroso habla despacio, pausando las palabras.

A pesar de ser mejicano su acento inglés es casi impecable. Mientras habla limpia sus botas con un pañuelo, que a continuación dobla cuidadosamente e introduce en su lustroso traje gris. Dos imponentes revólveres cuelgan de su cinturón. Se dice que Ruiz Doloroso no había matado a nadie con ellos. Eso es cierto. Tiene tanta puntería que prefiere disparar para mutilar a sus víctimas y dejarlas agonizando durante días.

Mescal es la antítesis de Ruiz Doloroso. No se puede estar más sucio y descuidado que él. Un espesísimo bigote negro parece que le cubre la cara pero no lo suficiente como para ocultar sus dos enormes ojos negros inyectados en sangre. Su poncho está raído y descolorido, es la sombra de lo que en su día fue un bonito poncho azul, por no hablar de su olor. Dice la leyenda que incluso hay caballos que no se dejan montar por Mescal debido a su hedor. El pobre vaquero yanki que tienen atado al esqueleto de una cama apenas puede hablar. Mescal es el tipo más rudo y violento de Méjico y con los años ha desarrollado una técnica de tortura muy particular y fina. Es la técnica de los cinco pasos. A saber: 1) Empezaba con un ligero tratamiento en el que intervenían él, los testículos de su víctima y el cajón de una mesa que previamente había sido manipulado para abrirse y cerrarse lo más deprisa posible. 2) A base golpes había logrado que un chino le explicara la técnica de los mil cortes con una hoja de papel. Un gran logro si tenemos en cuenta que ni el chino hablaba español ni Mescal hablaba chino, pero los testigos de aquello aseguran que el pobre asiático casi acabó por aprender el idioma en un par de horas. Mescal, por darle a la técnica un toque propio, sustituyó la hoja de papel por su machete. 3) Después de los cortes venía la sal en las heridas. Siempre llevaba un kilo de sal colgada del cuello en una bolsa de cuero. 4) Si el pobre infeliz seguía sin hablar o con vida, Mescal los obligaba a beber un tequila que sólo él apreciaba. El resto de la humanidad hubiera vomitado únicamente con pasar cerca de una botella. 5) Nadie ha llegado al paso cinco. Ni siquiera Ruiz Doloroso sabe cuál es ese paso a pesar de llevar años al lado de Mescal. De hecho, la única vez que lo hizo, Mescal obligó a salir de la estancia a sus acompañantes para que no supieran en qué consistía. El único testigo está bien muerto y fue el propio torturado. A pesar de ello parece que el torturado sobrevivió y lo mataron por otros medios.

El pobre bandido yanki canta de lo lindo y Ruiz Doloroso sonríe. Sale de la habitación y allí, sentado y comiendo, espera un hombre mayor bien vestido y con un aspecto muy distinto de sus amigos. Wilkinson Farsthworth III, también llamado «el Implacable», «el Temido», «el Frío», «el Asesino de niños», «el Hijo del Diablo»… o simplemente «el Inglés», disfruta de un muslo de pollo con salsa. Entre sus hazañas está la de ser cuatrero, extorsionador, ladrón y muchas otras cosas. Con el dinero de sus fechorías se dedica a comprar terrenos por los que sabe que va a pasar el ferrocarril para vendérselos a la compañía ferroviaria a un elevado precio. Pero a pesar de hacerse rico con este negocio nunca ha dejado de «trabajar» en lo que más le gusta… matar y robar.

Ruiz Doloroso comienza a hablar.

—Ha cantado. Ya sabemos dónde está el dinero.

—Bien —contesta el Inglés sin mover su cabeza fijada en la comida.

—Señor, hace tiempo que no nos divertimos. El tipo sigue vivo y me gustaría, si es posible, que hiciera su pequeño jueguecito con él. Por favor.

—Bien.

El Inglés se chupa los dedos cuando termina y se limpia con una servilleta. Luego guarda el plato y la servilleta en una cestita de camping. Ruiz Doloroso sonríe y grita a Mescal para que traiga al americano ante ellos. Mescal aparece con el cuerpo aún vivo del yanki mientras suelta una risotada muy sonora. Deja al bandido sentado frente al Inglés y sale junto al estirado a la calle. El Inglés saca un libro del interior de la cesta y se pone a leer. Pasa media hora hasta que Ruiz Doloroso entra de nuevo en la estancia y le hace una seña al Inglés. Salen de la estancia junto con el americano. Lo dejan junto a un hoyo no muy profundo que han excavado. Al lado hay un ataúd muy simple. Mescal coge un cubo lleno de agua y vierte su contenido sobre el bandido para espabilarlo. El americano toma aire y parece que reacciona. El Inglés mira al muchacho y sonríe antes de comenzar a hablar. Una voz suave y melodiosa emana de su boca.

—Buenas tardes, amigo mío. Soy la persona que te ha traído hasta esta situación en la que estás. Quiero que sepas que este momento es de lo más desagradable para mí. Pero antes de morir quiero dar un poco de luz a esa mente tan oscura que tienes. Me gusta la cultura y me gusta compartirla con los demás, por eso te voy a contar una historia. La escribió un viejo noble inglés. En ella se relata las vivencias de un antiguo antepasado suyo. Este antepasado fue un importante caballero de la corte que luchó en Las Cruzadas. No voy a molestarme en contarte lo que fueron Las Cruzadas porque está claro que eres demasiado estúpido para entenderlo. Bien. Dicho caballero hizo una gran fortuna en la guerra. El saqueo le fue propicio y empezó a pensar que era el dueño del mundo. Razones no le faltaban. Era rico, poderoso, los dioses de la guerra estaban a su favor. Lo tenía todo. Pero no contaba con el hecho de que trabaja para un Rey. El Rey no le hubiera dado importancia a la arrogancia del caballero si no fuera porque éste estaba presumiendo constantemente de su fortuna y de no dar al Rey lo que por derecho le pertenecía. Uno tiene que recordar cuál es su sitio en la jerarquía. El rey mandó capturar al caballero y le dio dos opciones. O bien moría en el garrote vil o se clavaba la espada del rey en el vientre por voluntad propia. El caballero comprendió que la segunda opción era la adecuada porque sabía que la espada del rey era la justicia y él quería morir conservando aunque sólo fuera su honor. Cogió la espada y se la clavó todo lo más que pudo.

»La codicia es mala, amigo mío. A ti y a tus amigos se os ha olvidado que no todo es vuestro. Ese dinero era mío y no me gusta que me roben lo que es mío. Pero yo soy un hombre justo. Matarte aquí por las buenas sería propio de alguien que cree en el sentido de la justicia de los hombres. Pero también creo en la fuerza de la voluntad del ser humano. Mis amigos han cavado ese agujero para ti. Siempre viajo con un pequeño ataúd como este a mi lado, es una brillante idea inglesa. Un ataúd desmontable. Tengo cientos como éste. Te doy dos opciones. Te vamos a meter en el ataúd vivo y te enterraremos. No vas a poder salir de ahí. Pero, como te digo, yo creo en la voluntad. Por eso te voy a entregar un revólver con una sola bala para que tú decidas cómo quieres morir. Te lo vamos a atar a la cintura para que no se te ocurra usarlo contra nosotros mientras te enterramos. Vas a ser tú quién decida cómo hacerlo, chico. Eso sólo está al alcance de muy pocos elegidos. Créeme, te envidio. Ojalá yo pudiera decidir cómo voy a morir.

El Inglés se percata de que las lágrimas corren por la cara del chico. Saca un pañuelo del bolsillo y limpia la cara y los ojos del bandido.

—No permitas que la Muerte te vea con lágrimas en los ojos. La Muerte es la mayor de las rameras y por eso no se merece que pierdas la compostura por ella.

Entre Ruiz Doloroso y Mescal atan el revólver de color negro que les ha entregado el Inglés al cuerpo del chico. Luego le meten en el ataúd. Lo cierran y lo introducen en el hoyo del suelo. Echan tierra sobre el ataúd hasta que queda bien cubierto. Esperan un rato y el Inglés da la orden para marcharse. El Estirado no deja de sonreír.

Mescal recoge sus cosas y se encamina hacia Ruiz Doloroso.

—Oye, Ruiz, ¿tú piensas que me dejarían ir a esas cruzadas de las que siempre habla el Inglés?

—Créeme, amigo Mescal, allí hubieras sido el hombre más feliz de la Tierra —una pequeña risa emanó de la garganta del Estirado.

Se suben a una diligencia. Conduce Mescal. Ruiz Doloroso y el Inglés van dentro de la cabina.

—Señor, ¿nunca se ha preguntado cuántos son los que aprietan el gatillo y cuántos no lo hacen dentro del ataúd? Nunca hemos oído nada.

—Ruiz, no me lo pregunto porque sé que todos, tarde o temprano, echan mano del revólver y se disparan. Es así de simple.

El sheriff

El sheriff contempla desde el porche de su oficina el ir y venir de los habitantes de la ciudad. Mastica su tabaco lentamente, saboreándolo. Mira su reloj de bolsillo. Las diez de la mañana. Hora del whisky. Se encamina hacia la taberna de la ciudad. Dentro el jolgorio no cesa. La sesión matutina de las vedettes está haciendo las delicias del personal. Cuatro tipos juegan al póker. El sheriff se acerca a la barra y le ponen automáticamente un vaso con una botella de su ansiado licor. Toma tres tragos seguidos casi sin respirar. Mejor no respirar cerca de ese brebaje. Se rasca la barba y pasa la otra mano por su graso cabello oculto bajo un gran sombrero. Mira a los cuatro tipos jugando a las cartas. Todos tienen la misma cara de sucios bastardos que el resto de parroquianos que inundan la taberna. El juego se está poniendo interesante. No se quitan los ojos de encima. De repente uno de ellos se enoja y se levanta de la mesa amenazante. Los otros tres lo siguen. Se están midiendo las fuerzas. Los cuatro tienen sus manos sobre las empuñaduras de sus revólveres. Se analizan minuciosamente. Uno de ellos escupe en el suelo. Otro se traga su tabaco de mascar. El tercero se enciende una cerilla en la barba áspera de su cara con la mano libre que le queda. El cuarto coge un vaso e intenta masticarlo. Hay que demostrar cómo de hombre se es, de lo contrario estás muerto en menos de un segundo. Uno de ellos dispara y los demás también lo intentan. El tipo es rápido y los otros tres caen al suelo heridos. El pistolero recoge el dinero que hay encima de la mesa. Cuando intenta robar las pertenencias de sus víctimas el sheriff le arrea una patada en los morros.

—Ya tienes tu dinero. Las reglas son claras. Si caen al suelo lo que lleven encima es mío.

El sheriff no mueve un músculo de su cara cuando habla. Es mejor no discutir con él. Nadie ha sobrevivido a una discusión con él. El tipo recoge un par de sus dientes del suelo y sale de la taberna corriendo. El sheriff registra a los hombres heridos y saca una buena tajada. La música no ha dejado de sonar ni las bailarinas de bailar. Dodge City no frena nunca su ritmo, jamás. A continuación escoge con la mirada a una de las vedettes, la agarra de la mano y se la sube a una habitación. Nadie hace absolutamente nada. Sólo miradas cabizbajas entre los asistentes. Al cabo de un rato dos disparos suenan en el piso superior. Era la forma en la que el sheriff celebra una buena cabalgada. La chica baja de la habitación llorando y dolorida.

El comienzo del juego

Otra vez soñando. Otra vez lo mismo. Ya estoy viendo cómo atracamos la diligencia federal. Ya nos veo cabalgando por el desierto con las cajas llenas de oro. Veo a mis compañeros muy contentos por el golpe dado. Todos menos el Inglés. Ese pocas veces sonríe. Me dice que me acerque. Me llama por mi nombre. Casi he olvidado cómo me llamo. Me da la enhorabuena por lo bien que ha salido mi plan. Otra vez vuelvo a echarles la planta del sueño en su café mientras hacemos noche. Una vez más espanto a sus caballos. Subo al mío y tomo a las mulas que acarrean el oro. Me marcho yo solo. Qué momento de gloria. Escondo el oro. Y huyo lo más lejos que puedo. Pero él es más listo. He dejado un reguero de prostitutas en el camino. Todas hablan. Los guió hasta mí. Soy un estúpido de tomo y lomo. Otra vez el tipo maloliente haciéndome de todo para que les diga el escondite del botín. No suelto nada. El otro mejicano no deja de martillearme la cabeza con su cháchara escupida desde un traje de sastre que empieza a repelerme. Más dolor, mucho más. Las cosas como son, nadie me ha pegado semejante paliza en mi vida. Pero lo soporto. Lo que me saca de mis casillas, lo que no puedo aguantar más, es al Inglés al fondo de la habitación. Callado, sin mirarme, concentrado en su estúpida comida. No dice nada, absoluto silencio. Mescal los saca a todos de la habitación y no soy capaz de recordar lo que me hace. Me desmayo constantemente. Lo siguiente es el discurso del británico. Me larga algo sobre la vida y el don de elegir la forma de morir. Me entierran en un ataúd junto con un revólver. Oscuridad y desesperación. Apenas tengo fuerzas de coger el revólver. Ya oigo el ruido de una pala excavando sobre mí. Casi aprieto el gatillo. La tapa se abre. Es una mujer china que mastica tabaco. Sólo Dios sabe porqué lo ha hecho. Me saca de mi fosa y me da agua. Me carga sobre su mula. Pocos recuerdos del camino. Me dice su nombre. No la entiendo. Dos forajidos intentan robarnos. Los mata con su revólver sin pestañear. La empiezo a llamar Calamity Lee. Le gusta. La china me da un espejo. Mi cara es otra. La paliza ha hecho mucha mella en mi rostro. Voy recuperándome con sus cuidados. Intenta explicarme que vio cómo me metían en el ataúd. Esa no es forma de matar a nadie me dice. Habla poco. Lo siguiente es la mula cansada y terca que no se mueve. La china me pregunta si puedo andar. Sí. La china le pega dos tiros a la mula terca. Ni se lo piensa. Llegamos a Dodge City. Por aquí pasa todo el mundo. El sheriff había matado al sepulturero. Se me ocurre fingir que yo soy sepulturero. Cuela a la perfección. La verdad es que les da igual. Ahora sólo esperar que aparezcan. Los pienso matar a todos.

Amanece en Dodge City. Otra mañana polvorienta. Las bolas de rastrojos recorren la ciudad. La actividad comienza. Las pocas personas respetables de este sitio acuden a sus puestos de trabajo. Es otro día más para el sepulturero. Calamity Lee hace sus ejercicios de tiro en la parte de atrás de la morgue. Su revólver apunta y las balas aciertan donde ella mira. El sepulturero trabaja en un nuevo ataúd de pino. La puerta de la entrada se abre. Aparecen tres tipos muy variopintos. El sepulturero siente cómo su mano se echa a temblar. Está sudando. Son el Estirado, el Inglés y Mescal. El Estirado no lo reconoce y comienza a hablar.

—Buenos días, queríamos un ataúd elegante, pero no demasiado recargado. Es para un amigo.

El sepulturero antes de comenzar a hablar se asegura de que la voz no le tiemble.

—Mi catálogo es poco variado. Lo que ven a su alrededor es lo que tengo —les echa un rápido vistazo a los tres y ninguno parece reconocerlo. Se tranquiliza un poco.

El Inglés lanza una mirada a la estancia y señala un ataúd de roble con estrías en la madera y sin acolchar. El Estirado asiente y mira al sepulturero.

—Nos lo llevamos. Tenga el pago.

Mescal y el Estirado se llevan el ataúd hasta la diligencia y esperan a que el Inglés entre en ella. Reanudan su camino. El sepulturero llama a Calamity y le pide que los siga en la distancia. Ella asiente y escupe al suelo.

Calamity observa que los tres pendencieros se dirigen hasta el cementerio de la ciudad. Allí descargan el ataúd recién comprado. Eligen uno de las decenas de hoyos excavados en el suelo para futuras sepulturas. Meten muchas sacas de dinero en el interior del ataúd y lo entierran en el agujero elegido. Una vez cubierto sacan una cruz del interior de la diligencia y le ponen un nombre para identificar el lugar. Mientras todo esto ocurre el Inglés se dedica a dar vueltas por el cementerio vigilando que no haya ojos curiosos. Afortunadamente la mujer asiática sabe ocultarse y parece que no ha sido detectada. Una vez terminado el trabajo el Inglés echa mano de una libretita de su bolsillo y apunta el nombre escrito en la cruz. En esa libreta hay muchos nombres apuntados.

Calamity vuelve hacia la morgue. Allí le cuenta lo visto al Sepulturero que todavía está intentando asimilar la suerte que tiene. Están en la ciudad y lo mejor es que los ha tenido cara a cara y no lo han reconocido. Su mente empieza a trabajar muy rápido. Tiene que darse prisa. Es una oportunidad única. No deja de acariciar el revólver negro que lleva en la cintura.

El Inglés pide a Mescal que conduzca hasta la oficina del sheriff. Su rostro denota preocupación. Antes de entrar habla con Ruiz Doloroso. En el interior de la estancia el agente de la ley está intentando liarse un cigarrillo afanosamente. El Inglés se acerca hasta él.

—¿Cuánto?

—¿Cuánto por qué? —replica el sheriff.

—Por tus servicios. Necesito mano de obra y no hay nadie más dispuesto que tú por lo que cuentan los rumores.

—¿Y para qué me necesitas?

—Ya te lo diré.

El sepulturero coge su ataúd favorito y lo sube a un carruaje. Se dirige hasta el cementerio de la ciudad y busca con la mirada el sitio en el que el Inglés ha enterrado su ataúd. Justo al lado hay otra sepultura lista para ser usada. Deja su obra maestra junto al hoyo. Sabe que nadie va a cogerlo porque tocar un ataúd trae mala suerte en Dodge City. Vuelve a la ciudad. Necesita un buen trago de whisky. Cuando llega a la taberna encuentra al Estirado jugando a las cartas con otros tres tipos. Mescal intenta tocar el piano con una mano mientras que con la otra bebe a morro todo el alcohol que puede. Una prostituta se sienta en el regazo del Estirado.

—Me vas a arrugar el traje. Hazme un favor. Sube a la habitación y quítate la ropa, ahora voy yo. O mejor déjate la ropa, con las enaguas será suficiente. Tengo un poco de prisa —ella humillada sube las escaleras dando fuertes patadas contra el suelo.

Mescal cae redondo al suelo rodeado de botellas. El camarero no da crédito y clama al cielo.

—¡Doce, se ha bebido doce botellas! ¡No es posible!

Ruiz Doloroso deja las cartas y se percata de la presencia del sepulturero. Se acerca hasta él.

—Hola, señor. Quiero que sepa que a mi amigo le hubiera encantado su ataúd. Era de una factura muy profesional. Aprovechando que está aquí quiero proponerle algo a petición de mi jefe. Nos gustaría comprarle cinco ataúdes más, si fuera posible. E incluso ha hablado sobre comprar un lugar especial en el cementerio para que descansen sus restos.

El sepulturero, a pesar de no esperarse el acercamiento de Doloroso, sonríe.

—Que así sea, caballero. Mañana esperaré a su jefe para hablar del precio, si no es mucha molestia.

—Que así sea. Ahora, si me disculpa, el deber me llama.

El Estirado se dirige hacia las escaleras. En su camino deja su sombrero sobre la cara de Mescal que yace en el suelo profundamente dormido. La sal que cuelga de su cuello se vierte dejando una pequeña montaña en el suelo húmedo.

El sepulturero pide otros dos whiskies más. Se marcha mirando el cuerpo de Mescal.

Vuelve hasta la morgue. Calamity Lee está masticando un par de cigarrillos.

—Tú decides si quieres ayudarme en esto, Calamity.

Ella agarra su revólver, abre el tambor, tira todas las balas al suelo excepto una, cierra el tambor, lo hace girar, se apunta a la cabeza y aprieta el gatillo. No hay bala. Ella sonríe enseñando sus dientes envueltos en tabaco.

—Hoy no morir. Mañana será otro día. Mejor hacerlo contigo al lado —dice la asiática.

—Mira que sois raros los chinos.

Llega el día siguiente. Más polvo, más rastrojos, más cadáveres. El Inglés se presenta ante el sepulturero con una gran bolsa de dinero. Son negocios.

—Quiero cinco ataúdes —dice el Inglés.

—Elija y suyos serán.

—También quiero una sepultura propia. Me gustaría elegir la parcela ahora.

—Pues vayamos al cementerio y déjeme que yo escoja una apropiada para un hombre de su distinguida posición.

Los dos hombres salen de la funeraria. Fuera esperan el Estirado y Mescal, completamente restablecido. Al otro lado de la calle está el sheriff. En ese instante el agente de la ley saca rápidamente su revólver y dispara contra el sepulturero. Falla. El sepulturero se echa al suelo y agarra su revólver mientras intenta parapetarse. Mescal, el Inglés y el Estirado se apartan del fuego cruzado. Intercambio de disparos. Calamity Lee desde el interior de la funeraria escucha el tiroteo. Se acerca a la puerta y ve la situación. El sepulturero está escondido detrás de un barril acorralado mientras le disparan tres tipos. Ella echa mano de su revólver y dispara una sola vez. El sheriff, el más visible en su campo de visión, cae al suelo con la cabeza partida en dos por el efecto de la bala de Calamity. Pero, cuando quiere efectuar otro disparo, se percata de que le han tirado a sus pies un cartucho de dinamita a punto de explotar. Corre. Toda la entrada de la funeraria explota. Fuego, llamas y madera se mezclan en el aire. El sepulturero sale despedido por la onda expansiva. Cuando se incorpora tiene delante a los tres bandidos apuntándole. Entrega su revólver a Ruiz Doloroso y levanta las manos. Ruiz Doloroso juega con el revólver negro y se lo guarda en la cintura de los pantalones.

Meten al sepulturero en el carruaje y lo llevan hasta el cementerio. Bajan justo al lado del ataúd del sepulturero. El ataúd brilla bajo la luz del sol. El Inglés mira al sepulturero.

—Tienes suerte de que haya un ataúd aquí listo para ti. Así no tendré que echar mano de los míos. Y es una pena porque sé que ya has probado su calidad, ¿verdad? Creías que no te iba a reconocer, ¿no es así? Y la verdad es que me has despistado mucho. Pero, ¿de verdad creías que no me iba a fijar en tu revólver negro? Es una marca, un regalo. Es mi firma. Supongo que ayer te pillamos de improviso y no te dio tiempo a ocultarlo.

El Estirado apunta al sepulturero. Mescal empuña su machete y le corta media oreja. El enterrador cae al suelo muy dolorido y sangrando. El Inglés continúa hablando.

—Fijándome bien ya te reconozco. Es una buena oportunidad para que nos digas dónde escondiste el oro, maldito traidor. Al pobre Mescal le dolió mucho la barriga por culpa de la planta del sueño que nos diste. Seguro que si le dejo esta vez te hará cantar. Pero no tengo mucho tiempo.

El sepulturero reúne fuerzas y se incorpora rápidamente para propinar un cabezazo al Inglés. Éste cae al suelo sangrando. El Estirado y Mescal patean al sepulturero. El Inglés logra recuperarse y toma una de las pistolas de Ruiz. Dispara en el hombro a su atacante.

Justo en el momento en el que lo introducen en el ataúd de ébano unos disparos suenan en el aire. Es Calamity Lee montando una yegua que se dirige hacia ellos haciendo rugir su arma. Ruiz Doloroso replica. La yegua cae al suelo alcanzada por las balas mientras relincha. La china sale despedida y se golpea contra el suelo. Mescal se parte de risa. Busca en el carruaje una de sus botellas de tequila y corre en busca de la asiática. Llega a su altura. Abre la botella, bebe un trago y escupe el líquido sobre la china que parece inconsciente. Mescal ríe más. En el momento en el que va a dar un segundo trago un trozo de tabaco salivado y chorreante aterriza en su cara. Mescal mira hacia abajo y la china está despierta y apuntándole. Aprieta el gatillo. La bala acierta a la botella y al pecho de Mescal. La bala caliente hace el resto. El mejicano se ve envuelto en llamas y herido. Cae al suelo y muere. Su poncho chisporrotea consumido por el fuego.

Aprovechando el despiste de Ruiz Doloroso, que había quedado sorprendido por la muerte de Mescal, el sepulturero le da un codazo y le arrebata su arma. Le dispara en la cabeza. El traje del Estirado se empapa de color rojo. Luego apunta hacia el Inglés. La china llega a la altura del sepulturero.

Toma el revólver negro que todavía estaba en la cintura de Ruiz Doloroso. Tira todas las balas del tambor, menos una. Entre la china y él le atan el revólver al cuerpo del Inglés.

—Ya sabes cómo funciona esto. Métete en mi ataúd. Vas a probar su calidad. Tienes suerte porque vas a elegir tu forma de morir. Pero yo desde luego que no te envidio.

El Inglés resignado acepta su destino. Se mete en el ataúd y se tumba. Sus captores lo cierran. Y lo tiran dentro del agujero de mala manera. El sepulturero, a pesar de tener el hombro mal herido, hace acopio de fuerzas y comienza a tapar el ataúd. La china también está herida pero hace el mismo esfuerzo. Cuando terminan se alejan un poco.

En el interior de ataúd el Inglés ha decidido que va a morir a su manera y punto. Va a enseñar a estos salvajes cómo se muere. Consigue deshacer el nudo que ata el revólver negro. Cuando se lo lleva a la boca nota que en el gatillo hay una fina cuerda de piano atada. Estira de la cuerda y la carga de dinamita con la que está recubierto el ataúd hace explosión.

Tierra y billetes surgen de la profundidad del suelo. La explosión ha sido tan violenta que el sepulturero y la china caen al suelo. Se incorporan.

—Ni se ha dado cuenta de que has atado el disparador de la dinamita al gatillo. Bueno, Inglés, ¡púdrete en el infierno! Al final has muerto a mi manera.

El sepulturero saca un pitillo con su mano útil y le da otro a Calamity. Ésta lo mastica.

—Bueno, amiga, ¿te apetece saber dónde está el oro?

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Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    Calamity Lee está masticando un par de cigarrillos.
    Luego pone cara de asco y escupe al muerto.
    El sepulturero saca un pitillo con su mano útil y le da otro a Calamity. Ésta lo mastica.

    ¡Por diosssssssssss, quiero un grupo de Facebook de Calamity Lee para hacerme fan!

    Entodalaboca, es el mejor personaje jamás creado en tan pocas frases 😉

  2. SonderK dice:

    ¡De acuerdo absolutamente!

  3. Duncan Campbell dice:

    ¡Excelente!. Aunque con mi gusto por los finales inesperados, yo habría metido a los tres en el ataud ¡con dos balas!. Je,je,je…o con un poco de vaselina…en cualquier caso ¡me ha encantado!

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