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El tarro

por Relato ganadorRelato Bluetal

Los dos hombres estaban sentados en el sillón frente a la mesa sobre la cual reposaba la caja. Tisdale no lograba desprenderse de la sensación de que aquel embalaje, de algún modo, resultaba extrañamente hostil. El señor Moore no apartaba los ojos de ella, como si quisiera penetrarla con la mirada y comprobar que, efectivamente, su contenido seguía encerrado en su interior.

Habían permanecido varios minutos en silencio. Tisdale miró a su alrededor mientras su anfitrión luchaba en su interior contra lo que le impedía explicarle por qué lo había llamado. Salvo por la lámpara de pie que proporcionaba una luz exigua y la vitrina de la que el señor Moore había sacado la botella de whisky de la que había servido dos copas, las paredes estaban casi en su totalidad cubiertas de paquetes de periódicos viejos y de cajas de cartón, cuyo conjunto despedía un cierto olor rancio. La entrada, el salón y los pasillos que habían atravesado desde que entrara en aquel antiguo caserón también contaban con aquel apilamiento obsesivo que indicaba una tara en la psique de aquel hombre.

—Un objeto no es sólo un objeto —dijo por fin el señor Moore, con la voz cansada de alguien que ha repetido aquellas palabras hasta la saciedad para sí mismo—. De alguna manera que actualmente aún no podemos medir, las experiencias psíquicas de los seres humanos dejan una huella en algunos seres inanimados.

Dio un sorbo a su copa, con la mirada aún fija en la caja. Por un momento Tisdale temió que volviera a hundirse en sus pensamientos y que lo tuviera esperando otro cuarto de hora. Sin embargo, con un suspiro seco como el que sigue a una determinación, el señor Moore continuó:

—¿Alguna vez ha visitado una cárcel, un hospital o un manicomio que hubiera sido abandonado? Es sobrecogedor, y no sólo por las connotaciones sociales, no sólo por las proyecciones emocionales de las imágenes que conjuran esos sitios: es por la… resonancia, a falta de un término mejor. La naturaleza de esos lugares se ve alterada, teñida, recubierta por una pátina de terror como un eco persistente, como una onda subliminal permanente. Cuando la ola emocional es masiva, provocada por el sufrimiento de decenas o cientos de seres humanos simultáneamente, son los lugares los que quedan manchados.

El señor Moore dio otro trago, luchando por concentrarse y apartar de su mente el tic tac del reloj del salón; en aquella silenciosa casa, ese sonido lo alcanzaba en cualquier rincón. Agitando la cabeza como quien espanta una mosca, prosiguió:

—¿Pero qué ocurre si esas emociones se enfocan más concretamente en un objeto? Entonces es posible que con una masa emocional mucho menor, digamos la de nueve o diez personas, se pueda impregnar del mismo horror un único objeto.

Instintivamente, Tisdale desvió la mirada hacia la caja. El señor Moore dejó escapar una agria sonrisa.

—Lo nota, ¿verdad?

El señor Moore sacó un sobre de un bolsillo del albornoz y se lo dio a Tisdale. Éste lo abrió y comprobó que contenía un fajo de billetes.

—Ese dinero es para que acepte esa caja y se comprometa a destruirla lo antes posible. Además, desde el momento en que ponga un pie fuera de esta casa no deberá permitir que me ponga en contacto con usted por ningún medio hasta que lo haga. Y sobre todo, bajo ningún concepto, debe mirar su interior.

En ese momento fue Tisdale quien dio un trago reflexivo.

—¿Qué hay en su interior?

—¿Acaso importa eso?

—Sí —respondió Tisdale dejando la copa sobre la mesa junto a la caja, reacio aún a guardarse en la chaqueta el sobre—. Si se trata de algo peligroso o ilegal debo saberlo para saber qué responsabilidad estoy aceptando.

El señor Moore volvió a clavar sus ojos en la caja.

—No es nada ilegal. Pero sí es muy, muy peligroso… —de nuevo sacudió la cabeza para alejar el tic tac—. Es un objeto maldito.

Por un momento Tisdale esperó a ver si su interlocutor añadía algo que le indicara en qué sentido figurado empleaba el término «maldito», pero una sombra en los ojos del señor Moore lo convenció de que estaba empleando aquella palabra de manera literal. Quizá la creencia en lo oculto fuese otra excentricidad de aquel rico misántropo.

—No me cree, ¿verdad? Yo tampoco lo creía al principio, hace ya veinticinco años, cuando lo heredé junto con esta casa… Pensaba que no sería más que una leyenda urbana como la del diamante Hope o la muñeca Annabelle, pero he descubierto que es dolorosamente real.

De nuevo se hizo otro denso silencio, y Tisdale no pudo evitar preguntar:

—¿Qué es?

—¿Recuerda usted La hora de Alfred Hitchcock? La original, me refiero.

—Creo haber visto alguna reposición.

—¿Vio un capítulo titulado El tarro?

—No, creo que no.

—Seguro que no; si lo hubiera visto no habría podido olvidarlo. Estaba basado en un relato de 1944 de Ray Bradbury, y la historia es bastante sencilla. El protagonista compra en un circo ambulante un tarro con algo dentro que recuerda vagamente una cara. Al volver a su pueblo de paletos en medio de los pantanos sus vecinos quedan extrañamente fascinados por el objeto, tanto que pasan tardes enteras sentados frente a él, mirándolo y compartiendo sus ideas sobre qué puede ser aquello. El protagonista consigue así el respeto de todos… salvo el de su mujer. Cuando al final de la historia ésta lo enfrenta con la realidad y vacía el tarro, mostrándole que en su interior no hay más que basura, él la mata y reemplaza el contenido del tarro con su cabeza.

»En esa historia se basó la adaptación de 1964. El guionista fue James Bridges, y el director Norman Lloyd. Pero el tarro… al tarro le dio forma el propio Hitchcock, quien proyectó en él toda su maldad, aunque no fue eso lo que lo convirtió en lo que es. No, quizá su forma definitiva no fuera más que azar, pero algo tenía que, de una manera inesperada, comenzó a ejercer sobre los actores el mismo influjo tenebroso que ejercía sobre sus personajes. Tanto es así, que al final del rodaje varios de ellos discutieron por ver quién se quedaba con aquella cosa. No obstante, la disputa se acabó cuando descubrieron que el tarro había desaparecido.

»Sólo que no había desaparecido sin más. Un carpintero lo robó, el padre de Marlene De Lamater, la niña que en el capítulo aseguraba que lo que había dentro del tarro era el hombre del saco. Desde el momento en que el padre se llevó a su casa aquello comenzó una vida de obsesión, encierro y pesadilla. No es casual que si se revisa el IMDB descubra que aquella niña comenzó su carrera en el 61 y que no volvió a actuar tras ese mismo año 1964.

El señor Moore hizo una pausa. Comenzaba a oscurecer más allá de las pesadas cortinas. Tras rellenar las dos copas, prosiguió:

—Marlene y su madre abandonaron al padre, pero aquello no las salvó. Cuando éste murió, doce años después, alcohólico y medio loco, les entregaron los pocos bienes que poseía. Entre ellos estaba el tarro.

»De manera totalmente incomprensible, Marlene, que había visto lo destructivo que podía ser aquel objeto, insistió en conservarlo. Sin darse cuenta, se volvió cada vez más huraña y más desconectada de la realidad. En apenas dos años parecía haber envejecido diez, y su salud era cada vez más precaria: pasaba largas horas encerrada, observando aquel falso rostro. Su madre, desesperada y aterrada, un día vendió el tarro en una casa de empeños. Esa misma noche, Marlene le prendió fuego a la casa y ambas murieron.

»Fue en ese año 1978 cuando el tarro llegó a manos de mi tía abuela, quien a pesar de su fortuna dedicaba horas y horas a recorrer las tiendas de segunda mano en busca de gangas. En cuanto vio el tarro sintió que había estado esperándola; al menos, eso fue lo que le contó a mi padre.

»Cuatro años tardó esa cosa en acabar con ella. Despidió al personal que atendía esta casa, convencida de que todos y cada uno de ellos pretendía robarle el tarro. Sola, olvidaba tomar sus medicinas e incluso comer, y acabó enfermando seriamente.

»Mi padre, cuando recibió la casa como legado, heredó también el tarro. Lo tenía siempre en esta sala, y la cerraba con llave. Como si fuera Barba Azul, cuando mi madre me traía aquí los días pactados en el divorcio, yo podía ir a cualquier parte salvo a esa habitación.

El señor Moore deja escapar una risa seca antes de dar otro trago a la copa.

—De niño eso me parecía misterioso y mágico… Luego, cuando mi madre se volvió a casar, nos mudamos de estado y apenas volví a ver a mi padre. Cada vez que lo hacía, cada vez más esporádicamente, lo veía más consumido, más distante. Y no volvería a pensar en el tarro hasta que heredé la casa, en el año 1991.

Tisdale nota la pausa prolongada, aunque no mira a su interlocutor. Poco a poco, sin ser del todo consciente, ha ido centrando su atención en la caja.

—¿Qué le ocurrió a su padre? —preguntó, impaciente por que el señor Moore continuara con su relato.

—Se suicidó.

—Lo siento.

—No tiene por qué, eso fue lo que lo liberó —dio otro trago—; siéntalo por mí, porque eso fue lo que me condenó.

»Cuando me mudé todavía estudiaba en la universidad. No acabé la carrera: al abrir el cuarto cerrado de mi infancia, me atrapó. Los dos primeros años los pasé recopilando toda la información de la que dispongo, sacada sobre todo del diario de mi padre.

»¿Sabía que Tim Burton vino a verlo? En el año 1984 le encargaron un remake de El tarro y, haciendo un alarde de investigación policial, dio con mi padre. Por supuesto, éste se negó a entregar el tarro para la nueva versión, pero sí permitió al por entonces director principiante verlo. Mi padre escribió que cuando lo hizo no quiso ni acercarse. Por eso en la versión de Burton sustituyeron el contenido del tarro por una masa de látex. Y ese es el motivo por el que el remake es tan malo: no es por las luces chillonas de neón ni por la falta de generalizada de talento dramático, sino porque el frasco no ejerce esa auténtica fascinación que ejerció sobre los actores de la primera versión, porque no destila esa malignidad seductora del original.

»En 1993, el mismo año que murió James Bridges, intenté contactar con el elenco original, no sé muy bien por qué; quizá para ver si alguno de ellos podía decirme cómo se libraron del influjo que yo notaba más pesado cada día. O quizá porque necesitaba contarle a alguien que pudiera comprenderme que aquel tarro me aterrorizaba y envenenaba mi vida día tras día pero que no podía deshacerme de él.

»James Best, que interpretaba a Tom, y George Lindsey, que interpretaba al pobre retrasado que había ahogado a los gatos, no quisieron ni recibirme en cuanto supieron el motivo de contactarlos.

»Los protagonistas, Pat Buttram, que fue Charlie, Collin Wilcox, que fue Thedy Sue, y William Marshal, que fue Jahdoo, sólo hablaron con cierta reticencia de los sentimientos encontrados que el tarro les provocó. Pero todos coincidieron en un detalle: veintinueve años después, todavía había noches en las que soñaban con él.

»Y desde entonces, el tarro me ha ido consumiendo. Con cada dueño impregnándolo de su ansiedad, de su devoción, ha ido ganando poder, acumulando más energía psíquica. Hay días en los que incluso creo que es consciente, y que disfruta devorándome. Dios, parece que tengo sesenta y tantos años, pero acabo de cumplir cuarenta y seis…

La noche había caído ya. Los ojos del señor Moore brillaban con las lágrimas contenidas cuando volvió a mirar a Tisdale.

—No cree nada de lo que le he contado, ¿verdad? —en ese momento sonó su teléfono móvil; media docena de tonos dejaron su eco en los rincones antes de que se levantara—. Discúlpeme.

El señor Moore salió de la sala, hablando en susurros.

Tisdale dejó la copa y el sobre encima de la mesa. Se puso en pie, y siguiendo un impulso que no pudo explicar, sacó su navaja del bolsillo. Extendió la hoja, y con movimientos precisos cortó la cinta de embalar que rodeaba la tapa de la caja. Al levantar ésta vio un montón de hojas de periódico arrugadas. Introdujo las manos en su interior hasta notar el tacto del vidrio, y sacó el tarro. Lo colocó sobre la mesa, notando que contenía el aliento, y se acuclilló hasta quedar a la altura de… la cara.

El agua turbia no podía ocultar la palidez como de hueso de aquella forma que asemejaba la amalgama de un cráneo y una cadera, el oscuro agujero que parecía la fusión del orificio bucal y los nasales, la hirsuta cabellera como algas muertas, aquel ojo fijo que pareció clavar en él su curiosidad.

Cuando se guardó de nuevo la navaja en su bolsillo, Tisdale notó cómo le temblaba el pulso. Sentía la repulsa y el horror, pero no lograba erguirse: se encontraba paralizado como cuando un golpe seco deja dormido un músculo.

El sobresalto que le produjo la voz del señor Moore fue lo que lo arrancó de aquel trance y le permitió ponerse en pie como si estuviera apartándose de un fuego repentino.

—Tiene que creerme —dijo Moore mientras retomaba la conversación interrumpida y guardaba su teléfono móvil—, le aseguro que llevo años haciendo acopio de fuerza de voluntad para poder hacer lo que estoy… —las palabras murieron en sus labios cuando entró en la sala y vio el tarro fuera de la caja.

Ambos hombres intercambiaron miradas y se comprendieron mutuamente: Tisdale comprendió la desesperación y el miedo del señor Moore; el señor Moore el deseo de Tisdale de huir y dejarlo allí, solo junto al tarro.

—Se ha hecho tarde, es mejor que se vaya cuanto antes… —dijo el señor Moore acercándose a la mesa con la intención de volver a meter el tarro en la caja.

—No… —Tisdale notaba la boca seca y le costaba formar las palabras—. Creo… creo que no voy a poder hacerlo. Quédese su dinero.

Sin más preámbulo, se dirigió hacia la puerta.

—No puede hacerme eso —dijo el señor Moore, agarrándolo de la manga de la chaqueta—, antes ha aceptado, ¡el tarro ahora es suyo!

Con un brusco tirón del brazo Tisdale se libró de aquella presa y salió caminando rápidamente hacia la escalera.

A punto de comenzar a descenderla notó que algo tiraba de su chaqueta y casi lo hacía caer. Cuando se giró vio al señor Moore, su cara descompuesta en una mueca a la vez suplicante e iracunda: con el brazo izquierdo sostenía el tarro, y con la derecha tiraba de él con una fuerza inesperada, propia de una crisis nerviosa.

—¡Tiene que llevárselo! ¡Tiene que llevárselo! —gritaba una y otra vez.

Tisdale agarró de los codos a Moore y lo apartó a un lado. No pesaba nada, como si fuera un hombre que hubiese crecido siempre al borde de la desnutrición, un cuerpo consumido por una enfermedad terminal. En comparación con la fuerza que demostraba, su masa era casi ridícula. Tisdale había imprimido demasiado impulso a ese movimiento, y durante un instante luchó por mantener el equilibrio sobre el último escalón.

Aquel instante fue suficiente para que el señor Moore le entregara el tarro.

Como acto reflejo, en un intento por aferrarse a algo, Tisdale abrazó aquello. Apenas tuvo una fracción de segundo para sentir terror y repugnancia: el peso adicional acabó por desequilibrarlo.

Hombre y frasco rodaron por las escaleras. El cuerpo de Tisdale golpeaba contra los peldaños, pero extrañamente sus brazos seguían aferrando el recipiente de cristal, como si una fuerza perversa lo empujara inconscientemente a protegerlo. Sólo cuando finalmente cayó contra el suelo del piso inferior, cuando su cráneo produjo un estremecedor sonido al chocar contra las plaquetas, fue cuando su presa se liberó, y la tapadera del frasco salió despedida a varios metros.

El agua sucia se mezcló con la sangre.

Los minutos pasaban. Lejanamente, el señor Moore podía seguir escuchando el tic tac del reloj del salón, pero su cadencia parecía sutilmente alterada. Poco a poco, como temiendo dar un paso en falso que revirtiera aquella situación a la de hacía unos pocos minutos antes, bajó la escalera.

Al llegar al último escalón se sentó en él. Sus ojos miraban un punto intermedio entre Tisdale y el frasco vacío. Permaneció absorto un tiempo indefinido antes de que los datos comenzaran a desplegarse despacio en su conciencia. Aunque no se hubiera partido el cráneo y la conmoción cerebral no fuera seria, el ángulo que formaba el cuello no dejaba lugar a ninguna duda de que Tisdale había muerto. En cuanto al tarro, en el interior del charco que se ampliaba a cada segundo que pasaba permanecía la basura que había contenido: un pedazo de arcilla, trozos de papel y algodón, la vieja cámara de aire de un neumático, una maraña formada por hilos y una peluca vieja y el ojo de una muñeca. Desgajados, despojados de su inquietante estructura, al señor Moore casi le parecía que los años de esclavitud que había sufrido no eran más que una comedia.

Poco a poco, comprendió lo que había cambiado en el sonido del reloj: había dejado de ser una cuenta atrás para el resultado inevitable de su maldición, ahora sólo era un sonido que marcaba una división convencional de un intervalo de tiempo. En medio de aquella confusión, Moore comprendió que había logrado escapar del tarro. Las lágrimas se le escurrieron por las mejillas mientras una risa incontrolable comenzó a sacudirlo.

Se puso en pie, liberado. Sin poder dejar de reír subió las escaleras, sin parar a tomar aire, sintiendo que una energía renovada recorría todas y cada una de sus células.

Volvió a la sala en la que apenas media hora antes había estado sentado junto al muerto. Se dejó caer en el sillón, controlando un poco la risa. Cogió una de las copas que seguían sobre la mesa y se la bebió de un solo trago. Luego hizo lo mismo con la otra, antes de rellenarla. Se miró las manos, las gruesas venas como cables bajo la piel anémica, como si acabara de percatarse de que en los últimos años había poseído un cuerpo.

Cogió la copa y caminó hasta el baño. Allí, frente al espejo, se desprendió de la bata. Repasó los rasgos prominentes, los hombros descarnados, la mermada musculatura carente de tono, las sombras de los huesos marcados bajo la fina carne. Se sentía extraño, desconcertado más que aterrorizado, como un secuestrado que cuando vuelve a su casa acepta que las penurias a las que ha sobrevivido inevitablemente le dejarán una huella indeleble. Pero al cruzar la mirada con los ojos de su reflejo, sonrió. Recuperaría lo que pudiera, se restauraría con algo de esfuerzo. Además, era rico: en su encierro apenas había gastado nada de la herencia de su familia. Podía pagarse dietistas, entrenadores, cirujanos. Se bebió el último trago de la copa. , se dijo: en un año sería un hombre nuevo.

Volvió a la sala a recoger la botella. Miró a su alrededor; como en el pasillo que había recorrido, los paquetes de periódicos y demás objetos inservibles se apilaban en precarias columnas. Se sorprendió con los descubrimientos que estaba realizando sobre sí mismo. En un primer momento se preguntó si padecía síndrome de Diógenes, pero luego comprendió que quizá había una explicación más sutil que no encajaba exactamente con el cuadro clínico: toda aquella basura acumulada había sido un intento de defensa simbólica, endebles barricadas levantadas para alejar al único objeto del que de verdad no podía desprenderse, tótems inefectivos, guardas vanas. A la mañana siguiente se desharía de todo aquello.

Se acercó a la ventana y corrió las pesadas cortinas. Cerró los ojos. Abrió las hojas e inspiró profundamente, notando cómo el aire frío de la noche le quemaba la garganta, agradeciendo aquel ligero dolor: estaba vivo. Sin abrir los párpados todavía, dio un largo trago a la botella. El calor se acumulaba en su estómago y su cabeza, y aquella grata sensación la aceptó como otro nuevo regalo.

La siguiente hora la pasó deambulando por la planta superior de su casa, descubriendo detalles del yo que había dejado atrás, ideando los cambios que realizaría lo antes posible. Mareado, se tropezó al pasar de nuevo junto al baño. La botella de whisky se cayó, rompiéndose en pedazos. Misteriosamente, aquello le pareció graciosísimo, y se quedó un rato en el suelo, riéndose. Después echó mano al albornoz que seguía caído junto al retrete. Del bolsillo sacó el móvil. Tras varios intentos logró acceder a la lista de contactos mientras se ponía en pie. Los nombres se deslizaban bajo su pulgar, muchos de ellos añadidos de manera mecánica tiempo atrás, de la agenda al primer móvil, de móvil en móvil desde entonces. A la mayor parte de los nombres no lograba asignarles una cara, pero algunos rescataron imágenes adormecidas durante años. Regresó a la sala, sacó otra botella de whisky, y comenzó a bebérsela, saboreando la bebida como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo. Siguió repasando los nombres, esforzándose por darles un contexto individual. Quizá a estas alturas lo habrían olvidado, amigos y conocidos de los que se había alejado durante su progresivo encierro. Pero quizá alguno respondería.

Apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Echó la cabeza hacia atrás, dejando que la luz difusa que entraba por la ventana alejara sus pensamientos, intentando no pensar en nada más que en la sensación de levedad que lo embargaba.

***

Cuando terminó la segunda botella se puso en pie. Tuvo que apoyarse en el sillón para no caer, y de camino a la escalera se golpeó varias veces con las paredes del pasillo. Frente a aquella, la euforia que había sentido hasta aquel momento se mitigó. A pesar de la penumbra de la noche y el alcohol, pudo ver que allí abajo el cuerpo tendido de Tisdale seguía inmóvil. Una idea fugaz le atravesó la mente. El tarro había hecho lo que siempre hacía: había matado a su último dueño.

Suspiró. Hubiera preferido que Tisdale no hubiera tenido un final tan trágico, pero mentiría si dijera que el resultado no le parecía aceptable.

Puso un pie en el primer escalón, y tuvo un destello de lucidez: haberse librado de una sentencia de muerte no lo volvía invulnerable. Respirando lenta y profundamente en un intento por serenarse, descendió la escalera agarrándose a la barandilla con ambas manos, deteniéndose y acuclillándose cuando el mareo amenazaba con sobrepasarlo.

Al llegar abajo recorrió toda la planta abriendo las ventanas, como había hecho en el piso de arriba. No encendió las luces, dejando que la iluminación fuera sólo la del exterior: no deseaba ver con demasiado detalle la escena al pie de la escalera.

Tenía que recoger. Quizá aquel no era el mejor momento para limpiar, pero quería hacerlo justo en ese preciso instante: a la mañana siguiente empezaría de cero, esa noche enterraría los últimos vestigios de la etapa que cerraba.

Arrastró el cuerpo de Tisdale a través del recibidor hasta la puerta que daba al garaje. Bajó las escaleras, escuchando el resonar de la cabeza del muerto contra los peldaños. Cuando llegó abajo lo depositó junto a su coche. Aceptó que aquella noche no podría conducir para deshacerse del cadáver; incluso sobrio tendría problemas después de tantos años sin conducir. Sin planteárselo más, regresó al salón.

El charco todavía estaba húmedo. Tambaleándose, fue hasta la cocina a por un cubo y una fregona. Al volver al salón se escurrió con el líquido del suelo y se desplomó. En el suelo, medio aturdido, volvió a reírse a carcajadas. Cuando se serenó, recuperó a tientas el cubo y la fregona.

Comenzó a fregar. Se vio obligado a escurrir la fregona en el cubo con las manos: con la caída el escurridor se había desprendido junto con el asa. Cuando creyó que había recogido todo el líquido se acercó a los pedazos de basura que habían quedado diseminados. Rota la maldición, no eran más que deshechos de hacía cincuenta años. Los metió en el cubo que sostenía contra su pecho y volvió a la cocina.

Comenzaba a notar el cansancio. Dejó el cubo en el suelo y se acercó al fregadero. Bebió directamente del grifo. Después intentó asir la fregona, pero esta pareció escaparse de entre sus dedos. Al intentar cogerla se desplomó de nuevo. Se sentó como pudo, sin poder evitar reír otra vez. Tamborileó con los dedos en el cubo de fregar que tenía entre las piernas tarareando una canción que no identificaba, notando como si su cerebro fuese una enorme gota de mercurio que ondulara dentro de su cráneo. Y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

***

Abrió los ojos. En un primer momento sólo pudo ser consciente de la pesadez en los senos frontales de su cabeza, de la sensación pastosa en su boca y de las legañas arañándole levemente los párpados y la cornea. Notaba todo el cuerpo dolorido, recorrido por las contusiones. En un fogonazo recordó la noche anterior. Un leve miedo lo recorrió al pensar en la muerte de Tisdale, pero por lo demás sonrió.

Cuando abrió los ojos, aquella sonrisa se le congeló en los labios.

Estaba con la espalda apoyada en la puerta de la alacena, sentado frente al horno. En el negro del espejo que era la puerta del mismo se veía reflejado, con el cubo de fregar entre sus piernas. Sólo que no era el cubo de fregar.

Era el tarro.

Notó un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo y unas lágrimas calientes escurriéndose sobre sus mejillas, mientras balbuceaba una negativa reiterada.

La noche anterior no se había dedicado a limpiar: se había dedicado a reconstruir.

Inmediatamente el tic tac del reloj del salón comenzó a martillearle la cabeza, otra vez.

No se movió, no podía. Poco a poco el monosílabo que repetía murió en sus labios. Sólo podía clavar sus ojos en el reflejo del tarro, ni siquiera era capaz de bajar la vista. Y en aquel momento, aquella cara que no era una cara, le pareció más viva que nunca.

Sin duda alguna, aquel ojo brillaba con una maligna inteligencia.

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Bubble Jet, made in New Haven, Connecticut, USA

por Relato finalistaRelato Bluetal

No haréis sajaduras en vuestro cuerpo…

Levítico 19:28

1

El cuerpo ascendió lentamente, chorreando agua. La ascensión se detuvo un instante, como si quisiera desde allí, suspendido sobre los demás, hablar un rato y despedirse antes de que se lo llevasen. Uno de los focos azulados del puente buscó en la oscuridad hasta posarse sobre el bulto.

El cadáver estaba medio desnudo. La cadena que lo sujetaba por debajo de los brazos mantenía estos separados del cuerpo. Con la cabeza levemente inclinada hacia delante, el cadáver daba la impresión de una crucifixión en el aire o la de un mártir que en su ascensión a los cielos se lo estuviera pensando mejor, desertar. En seguida dio un brinco en el aire que lo arrancó del círculo de luz y lo acercó a la orilla.

—Vamos, vamos, dispérsense, ya no hay nada que mirar…

—¿Quién será?

Bubble se sintió afectada, quizás porque los brazos ligeramente abiertos del cuerpo parecían reclamar una explicación, o porque al mirar hacia abajo había visto toda la porquería que flotaba en el río.

En cada sueño hay encerrada una clave que es como el manual de despegue de un transbordador espacial o los últimos versos de un poema sanscrito: indescifrable. Cuando el horror y la angustia colman todo el espacio y el tiempo, la pesadilla nos da irremediablemente alcance, la completa saturación de pánico insiste en el terror de la monstruosidad que nos persigue, en el vértigo del vacío bajo nuestros pies o en la opresión de encontrarnos perdidos en calles desconocidas, entre seres amenazantes. La pesadilla es codiciosa. Eso fue lo que vio esa noche asomada entre la gente desde el puente de Ithiel.

Han pasado unos días, y aún el mismo escalofrío de entonces la estremece. La escena vuelve a repetirse, se le ha hecho familiar, aquella pirueta aérea algo tosca la zarandea en mitad de la cama y la despierta con las extremidades rígidas y frías, en la garganta una pálida náusea envuelve el bajón de la amanecida. Y aunque sabe que eso se pasa con una buena ducha caliente, los consabidos síntomas de urgencia, pasión y opresión la revuelven y angustian en demasía.

2

No es necesario empezar por el principio o partir de un final para ir escalando la línea aberrante y reductiva con la cual despachamos normalmente las historias; porque esto, en verdad, no es una historia, sino una larva que se introduce en el cerebro y lo deja con más huecos que un gruyer.

Los hechos son inciertos. Sería necesario para comprender mínimamente una parte ver las ramificaciones, las dilataciones, el intersticio decimal en donde comienza una historia sin la cual no podría contarse ésta. Pero da igual, nos hemos acostumbrado a que no nos importe, vivimos como piezas sueltas en una caja.

¿Por dónde empezar, entonces? Podría hablar de cómo la antes potente ciudad se reseteó chapuceramente tras el apocalipsis y nadie quiso hacerse responsable del día después. Todos parecían encontrarse cómodos en esa especie de limbo histórico en el que la falta de recursos acabó con casi todo bicho bien pensante, y los escasísimos corazones fugitivos que aún latían no eran capaces de despegar el miedo de sus paredes, como el colesterol malo se obstina en permanecer adherido a las arterias. Curarse del miedo es tan difícil como curarse de una sífilis sin penicilina, sobre todo cuando ya no quedan viales de penicilina y el miedo es parte del nuevo código genético. El sentimiento más claramente humano desde que se nace es el miedo, solo que algunos no saben nombrarlo. Quizás Bubble y Sever fueran aún de los pocos corazones fugitivos que quedaban que le pusieron nombre al miedo. Lástima que se sintieran en bandos distintos.

3

Nuestra ciudad en fin de semana transforma sus calles en corrientes que rebosan libido. Los jóvenes de los sectores más alejados se desplazan al centro en busca de una boca chupona. No hace tanto que a los cabrones les dio por marcarse la piel; tal vez la tradición, si aún se recordaran éstas, les venga de los presos que se dibujaban una sirena en el antebrazo para entretener su soledad meneándole las tetas al apretar y soltar el puño. Así de simples eran sus marcas: calcomanías, garabatos o frases cursis que ofrecían amor para siempre con flores de sangre para madres y novias. Ahora, delicados dibujos con sombras y a todo color florecen en los cuerpos: el aguijón que pinta un lagarto enroscado en la pierna, un dragón volando en un hombro, un escarabajo sagrado caminando por la espalda o un diablo devorador de almas, marca con dolor la piel que se va abriendo al ardor de la tinta.

Por todos lados, fragmentos de cuerpos empapados en tinta. Cuerpos delineados en la epidermis pigmentada de un brazo. Un abrazo de serpiente acinturado. Rostros dados al olvido en una espalda. Unos glúteos asomando por el drapeado de los pliegues de una cadera. Una mano abierta que se quedó hueca en un gesto vacío. Restos de cuerpos pegados al lienzo de la piel. Parcelas de piel arañadas por el arrebato del clímax. Cadáveres enroscados en otros cadáveres, aunque sin duda son cadáveres de fiesta. La angustia es tal, el caos es tal, que los cuerpos sirven de pista de aterrizaje para la adrenalina.

Cada dibujo es del cuerpo que lo posee, lo acaricias y te encariñas con el desollado del pellejo y con su costra. Quizás no existan ceremonias demoníacas ni cruentas rúbricas rituales, pero secretamente tras el tatuaje hay de por medio un acuerdo de compraventa de pasiones por el precio de sentirse vivo o lo que sea; depende de la hora, el dinero o el feroz tedio.

Los tatuajes van delineando una nueva geografía sexual apócrifa, algo así como un diluir fronteras y vivir en otra dimensión, con otra identidad. Lo he visto en innumerables ocasiones en La Guarida: hileras de hombres entrando vivos pero saliendo tallados con los colores de la muerte envidiosa. Esa pupila aguja que hay en La Guarida pincha para provocar directamente la muerte.

4

La máquina comenzó como un simple plóter made in New Haven, Conneticut, USA. En un principio se alimentaba sólo de protocolos gráficos y tinta. Aún siendo un inerte aparato algo siniestro, al igual que lo son los pájaros mecánicos, las muñecas animadas u otros ingenios autómatas, fue sufriendo mutaciones cada vez que una gota de sangre se incorpora a sus circuitos o un jirón de piel se ensamblaba en sus engranajes.

Dilly era su último técnico. Hacía bien su trabajo, y si no fuera por esas manos ásperas y esa prominente barriga con la que se rozaba continuamente, hasta podría gustarle: era listo y, sobre todo, seductoramente cínico.

—Esta máquina es como un cuerpo sin órganos, un subconsciente esquizofrénico.

—¡Joder, Dilly, qué bien dicho!

Dilly dio varias vueltas alrededor de la máquina y con un gesto teatral enmarcó entre sus manos a una reluciente y puesta a punto Bubble Jet made in New Haven, Conn.

Voilà. Con este nuevo motor no necesitarás corriente para funcionar, el magnetismo te hará girar. Podrás ir más rápida, yo diría que dos o tres centímetros cuadrados por segundo. Ganarás en precisión.

La máquina en cuestión tenía una serie de ruedas de caucho colocadas en paralelo a una pulida superficie de acero con forma humana. El cuerpo se instalaba entre esa superficie y las ruedas, entonces estas giraban por encima de la piel tensándola para dejarla lista para los cabezales que caían serpenteando como largas trenzas vikingas. Los numerosos inyectores pulverizaban tinta a medida que la piel aprisionada se acerca, casi podríamos pensar que al oler su sebo reaccionan hociqueando y escupiendo. Hambrienta, va calentando los pigmentos haciéndolos pasar de líquido a gaseoso para su expulsión. Una vez fuera se enfrían y las gotas se inyectan a través de las agujas.

—Estupendo

—Además, ahora da igual qué tipo de piel sea: joven, vieja, escarada o leprosa. Si metes la piel a lo ancho girarán más lentas que si se mete a lo largo, es lo único. Por cierto, tenemos unas nuevas máquinas láser microtopográfícas que nos traen de Chequia, ¿no has pensado hacerte modificaciones?

—No, Dilly. Todo está bien como está. Mis clientes no se han quejado.

—¡Ja, ja, ja! No pueden, Bubble.

5

La Guarida está iluminada por un neón de Anís del Mono, como en una película de los cincuenta, en donde siempre hay una ventana y un luminoso que relampaguea entrecortando la escena, pintando los cuerpos de fluorescente y poniéndole precio a cada caricia con su propaganda comercial.

Todos desfilan por el local, cada vez un poco más adictos. Todos menos Sever, ese joven negro como la tinta, ese que se hace el difícil, ese que prefiere quedarse sentado en la escalera cagado de frío tiritando diente con diente. Entorna los ojos hasta nublar el neón de La Guarida como si no quisiera ver, como si quisiera borrar esa Capilla Sixtina del grabado obsceno sodomita.

No quería entrar en La Guarida, odiaba ese lugar —«de mala vida y maricones», decía—, solo iba por acompañar. El cuerpo de Bubble conectaba directamente los sentidos con las vísceras. Sus amigos tiraban de él con sus crueldades y burlas, hasta que Bubble gruñía.

—Si no quiere, no quiere, dejen de molestar a este pobre cabrón.

—No tan pobre —ontestó Sever mirándola de frente—. Tengo principios.

—¿Y eso qué es, guapo?

Bubble lo miró por encima de sus cieciséis centímetros de tacón de acero inoxidable, una mano acomodada en la cadera y la otra sujetando delicadamente sus apéndices de gorgona. La bata china abierta mostraba un pezón plano, que era el rosado corazón de una margarita tatuada, marca de serie. Sus ojos estaban llenos de una vida diferente, afablemente malévola.

—Tengo sentimientos.

—Pero bobo, si éste es el palacio de los sentimientos, corazón.

—¡Tú no lo entiendes!

—¿Y qué tendría que entender?

—Las cosas que están pasando.

—¿Qué cosas? Yo veo que todo está bien. Ellos están bien, yo estoy bien. ¿No me encuentras bien?

Bubble acariciaba su pezón. Reconoció ese sobreactuado tono de santurrón relamido hijodeputa que quiere, pero no quiere; aún así le pone ese cliente de lo inconveniente y se relame con su miedo.

—Te estoy hablando de otras cosas.

—¿Qué cosas? A ver, dime.

A Sever se le afinó la voz y no pudo mantener la punzante mirada de Bubble.

—Tu no entenderías, yo no soy un… pero no puedo dejar de… me siento un…

—Bah, bah, bah… Dime, ¿a qué le tienes miedo? Cuéntame.

—Ven —le dijo Sever arrastrándola al alfeizar enrojecido por el neón de Anís del Mono—. ¿No te das cuenta? —preguntó Sever apuntando con los ojos hacia ese exterior enfermo y resonante por el crepitar de los cuerpos que se iban fermentando—. Esto es lo que haces: corromper lo que tocas. No quiero ser como el resto.

—Suena bonito —afinando el receptor, Bubble dijo con cierta lujuria—: parece música, podríamos hasta bailarlo.

Un vez más se cortó la electricidad.

—No pasa nada, no pasa nada —grito Bubble mientras se adentraba en el pasillo.

Sever oyó y vio el gruñido de un fauno con orejas de conejo en el mismo momento en el que apareció por el pasillo una refulgencia amarillenta. Un reflector conectado al suave cuello de Bubble iluminaba sus facciones andróginas, con su bata china y sus tacones altos.

Sever volvió a mirar la ciudad. La ventana que antes había perdido su marco luminoso recortaba el esqueleto de un mono sobre el cielo postapocalíptico de la ciudad.

—Ahora sí, ¿comenzamos? Bubble está lissssta… Túmbate.

Le susurró quedo en la oreja, deslizando la punta de la lengua por sus pliegues. Sever se dejó lamer la piel para no escuchar el vibrante zumbido del motor. Se dejó arrastrar por la ebullición caliente del aguijón de Bubble. Ahora, la punta de la lengua metálica recorría su pecho y una mano acariciaba su vientre. Dejó que la lengua cosquilleara su cuerpo: era como la lengua tibia de un animal que limpia las heridas lamiéndolas.

Ya. El cuerpo aflojado, una lágrima serpentea por su mejilla, una sola gota que se suelta. Una lagrima que lo nubla y rueda lenta por su cara al encuentro de esa lengua que la sorbe, como si Bubble se bebiera un trago de su miedo, sin hablar, sin decir nada, si tan siquiera emitir un sonido. La lengua sigue dibujando su cara como un pincel, se dejó pintar la boca por ese pájaro de saliva.

Hubo una alarma que no sonó. Nadie madrugó ese día, tampoco el héroe cansado de que su heroísmo tuviese que alzar una virtud por encima de otra virtud. Sus ojos seguían las formas que se iban perfeccionando sobre su pecho, el efecto era una danza que hipnotizaba capaz de fundir la realidad. Los sucesivos trazos eran un estado de gracia bajo el que todos querríamos guarecernos. Todo aquel descomunal latido de imágenes era capaz de reventar una vida de vulgaridad.

Bubble se despegó de su cuerpo con la mirada húmeda. Sever esquivó las pupilas de ese hombre que bajo la luz amarillenta de su cuello siguen brillando. Bubble había hecho su trabajo, había saciado su hambre. Y es que no hay verbo que exprese en toda su extensión el efecto de enfrentarse a esa idea.

—Está bien —le dijo Bubble después de un rato—. Ahora lo taparemos para que fije.

6

En La Guarida Bubble tenía preparado un cuarto para Bubble, donde pudiera sentirse cómoda, con cortinas de metal para velar la luz de la realidad, evadirse de las miradas ajenas y ocultar las caricias furtivas. Y para hacer menos agónica la espera, llenó la estancia de plantas digitales, perfectamente recortadas, y un cómodo sillón de confesiones trasnochadas.

Bubble era un travesti binario bajo los efectos de un neón rojo pasión, un alma inhóspita, turbia, siempre con el corazón ebrio de ira sin sitio para el sacrificio o la rebeldía. La vida era dura para todos, también para ella. La frustración la lanzaba a un sumidero de regusto compasivo impropio de él. Sabía que era inútil toda pretensión de retenerlo.

Un poco adelantada con la mano tanteó debajo del sillón y encuentró la botella de vodka, que vacíó de un trago.

—Huirá… Sever huirá en busca de la muerte fiel. Hago esto por placer, porque no sé hacer otra cosa, por si aparece… qué se yo, que todo hay que decirlo… pero sólo veo niños y niñas que aprenden a subir escaleras de forma imprudente e irremediablemente se pegan la hostia padre al saltar un peldaño más… Hombres y mujeres hechos en serie, que acabarán barriendo el suelo de sus vidas con una violencia explosiva, jodidos porque no consiguen ni asomarse a lo que quieren. ¡Un espectáculo hermoso! Todo es mezquino, indigno… lo otro es pura paja mental… hago esto por placer…

Le gustaría desconectarse pero sabe que ya no puede. Dilly hizo bien su trabajo: aquel último protocolo no compatible fue doloroso pero altamente eficaz, un rito iniciático de pura humanidad.

7

Sever pronto comenzará a sentir la transformación. «Cómo será», se preguntó sin decir nada, «cómo será», se preguntó ante el horror de una muerte no solicitada. Echado en la camilla no se respondió. La lluvia que se suicida y grita en ese caer a plomo sobre el cristal de la ventana respondió por él: plaf, plaf.

A partir de ese momento fue un hombre en caída libre, cabeza abajo, impotente pese a su fuerza y pese a que estiraba con energía los brazos y las piernas: caía entre pájaros que se burlaban de él y otros que pudieron salvarlo pero no lo hicieron.

Los ojos cerrados y las manos dejadas sobre el costado, las costillas apenas cubiertas por una sábana blanca y allá, en las antípodas, sus pies. Debajo de la sábana era él mismo a solas con su cabeza y sus costillas y sus pies, a solas con su piel. El cuerpo y la dermis, el cuerpo y el deseo inconveniente.

Todo eso lo pensaba entonces, cuando la vida se abría como llaga y se ensanchaba como los bordes de las heridas que no se cosen y todo se estremecía en su interior y convertía su mente en una pura ruina que le causaba estragos. La luz más apagada que nunca. La luz inexistente.

Sever sabía que era él el que se acaba, el que se evaporaba, el que se alejaba confundiendo la gama de colores bajo la penumbra. Los dibujos que en él habitaban, sus colores, sus formas, respondían a su habitual visión, pero a la vez estaban deformados como si fallaran las reglas de la perspectiva. El terror se apoderó de él cuando intentó hallar fronteras que debían existir pero no existían: todo se reducía a líneas minúsculas que luego se inflaban hasta el punto de explotar en sus ojos sólo con pensar en ellas.

Presa del pánico, se desdobló dentro de su envoltura de carne y por un momento se vio a sí mismo sujetando todo ese espacio saturado de iconografía, intercambiado fluidos con una máquina. El latido convulso creció miedosamente a medida que miraba cada una de las imágenes tatuadas que se densificaban con la luz, tan saturadas de significados que habían perdido toda posibilidad de significar algo.

Sintió nubes sucias y enmarañadas en la boca, su lengua toco hileras de dientes aflojados, y paladeó el sabor de uvas pasas. Al mismo tiempo las paredes de su estómago pulsante se estiraron y encogieron mientras los ácidos rozaban su piel lamiéndola con una lengua áspera e invisible.

Murió mucho antes de que su cuerpo se diera cuenta, desde dentro. Aquello trajo la nada fría y total, el abismo sencillo. El abismo de un paso en el puente de Ithiel.

8

La primera vez de cualquier deseo está fuera de nosotros, ese deseo en estado puro, inédito, está subordinado a la existencia de un otro. Aquel deseo puro, inédito, gozado por primera vez, es la imagen de Bubble Jet iniciando otra historia; tal vez, esta vez, la historia de un Guillermo Tell saeteando el corazón de su hijo mientras se come una manzana Fuji.

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¿Qué es más vergonzoso para un samurái?

por Relato ganadorRelato Bluetal

Hideki Shinji caminaba al lado de su maestro, Ikeda Hayato. Avanzaron hasta el centro del círculo que los hombres de su señor habían delimitado en aquella suave colina clavando largas lanzas y uniéndolas con telas bordadas con el mon de la nube estilizada que el viento ondeaba suavemente. En el interior de aquel espacio los otros samuráis permanecían arrodillados en silencio, dos filas de oficiales a derecha e izquierda de Obuchi Kazuo, daimio de todos ellos.

Ikeda vestía un sencillo kimono blanco, y el ligero rubor de sus mejillas indicaba que había estado purgándose hasta pocas horas antes, para vaciarse: no quería que cuando se abriese el vientre sus intestinos derramaran mierda junto a su sangre; intentaría morir con una dignidad con la que no siempre había sido capaz de vivir.

Hideki esperó a que su maestro se arrodillara frente a la pequeña mesa en la que había un tanto envuelto en una hoja de papel de arroz. Se colocó a su espalda, tras su hombro izquierdo, y agradeció que el ojo que había perdido en combate fuera el derecho. Ikeda-san lo había elegido para ser el asistente en su suicidio, y no quería fallar cuando tuviera que poner fin a su dolor.

***

Hideki estaba arrodillado sobre su oponente. Los estandartes de ambos estaban partidos, y las telas con los mones de sus respectivos señores colgaban de restos astillados: parecían dos aves con las alas quebradas peleando en el fango. Aquel guerrero hundía el pulgar en la cuenca de su ojo, y densas lágrimas de sangre y humor vítreo le recorrían la mejilla, pero él no prestaba atención a los escalofríos que le paralizaban media cara, sólo tiraba de la cresta lateral del kabuto de su enemigo para poner al descubierto su cuello. En la mano izquierda aferraba lo que quedaba de su katana, apenas cinco centímetros de la hoja que se había partido durante el combate. Su maestro le había enseñado que un arma era una herramienta; no era un talismán, ni un símbolo de su honor, ni nada parecido: se trataba de un mero objeto que debía emplear lo mejor posible mientras dispusiera de él. Aquella no había sido la lección más importante que le había transmitido, pero sí una de las más útiles. Por eso Hideki no se había desprendido del sable roto. Cuando apareció la carne entre la máscara y la guarda del cuello, apuñaló una y otra vez, hasta que el metal fragmentado seccionó la carótida, y un potente chorro de sangre le saltó a la cara. En segundos, aquel cuerpo bajo él se había desangrado, y el dedo se deslizó fuera del hueco que había dejado su ojo reventado.

Hideki se puso en pie, y comenzó a andar por el campo de batalla. La lucha había terminado, aunque todavía quedaran parejas de combatientes aislados en sus propios enfrentamientos. A su alrededor el mundo era sobre todo gris, rojo y marrón, pero parecía que en el suelo, en los cadáveres pisoteados por caballos y humanos, predominaba el verde, el color del estandarte del ejército enemigo. Era una buena señal.

Minutos después dio con su maestro. Estaba arrodillado junto a su caballo. El animal tenía una flecha clavada en la base del cuello, y se había partido las dos patas delanteras. El propio Ikeda lucía varias fechas clavadas en los sodes y en la coraza que cubría su pecho, la mayoría de ellas con las astas partidas. Si alguna había llegado a clavarse en su cuerpo, su expresión no lo delataba. Lo que sí delataba eran el cansancio y la tristeza.

—Ikeda-san, hemos ganado.

Ikeda asintió sin decir nada. Acariciaba la crin del animal, que respiraba pesadamente. Desenvainó su wakizashi y con un golpe preciso lo clavó en el ojo del caballo profundamente; la hoja alcanzó el cerebro y su montura se contrajo con un estertor sin siquiera llegar a relinchar.

—Vamos —le dijo su maestro cuando se puso en pie.

Hojas de otoño.
Pétalos que pisamos.
Estos son carne.

El combate no había durado mucho, apenas media hora. Aun así, eran cientos los cuerpos derribados entre los que caminaban. La lluvia diluía los charcos de sangre de samuráis y ashigarus por igual. Su maestro se acercaba a los moribundos, sin prestar atención al color del estandarte. Cuando el guerrero malherido había perdido el kabuto o se lo podía quitar, lo tumbaba boca abajo y le clavaba el wakizashi en la nuca. Cuando aquello no era posible, les levantaba el brazo izquierdo y les hundía la hoja en la axila para alcanzar el corazón.

Hideki lo acompañaba en silencio. No comprendía aquel acto de compasión de su maestro. Otros samuráis pensaban que era un signo de debilidad.

A lo lejos, desde la cima de una colina a varios kilómetros, un jinete partió en dirección al campo de batalla. Portaba el estandarte verde con el mon de la abeja. Cuando llegó a donde se encontraban Ikeda y Hideki ambos comprobaron que iba desarmado. Descabalgó y se arrodilló frente a ellos, inclinando la cabeza y ofreciéndoles una caja lacada. Ikeda la aceptó. El mensajero se puso en pie. Ambos se miraron y se saludaron antes de que éste partiera.

Ikeda no abrió la caja. Sabía lo que contenía: una carta de rendición y un abanico. Se la entregó a Hideki.

—Llévasela a Obuchi-sama.

Hideki asintió con la cabeza y se dio la vuelta, dispuesto a cumplir la orden inmediatamente. A su espalda escuchó la voz de su maestro.

—¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor?

Hideki sonrió. Sabía la respuesta: era la enseñanza más importante de un samurái. Su maestro siempre le hacía aquella pregunta al finalizar una batalla. Respondió de manera automática y partió.

Lo que Hideki no hizo fue percibir la diferencia que aquella vez vibraba en la voz de Ikeda. Aquella vez el tono no era el de un maestro que enseña a su discípulo: era la voz de un hombre que debe repetirse algo constantemente, quizá para poder seguir creyendo en ello.

***

Ikeda sacó los brazos del kimono, extendió las mangas cuidadosamente y las cruzó sobre sus muslos, apretando la derecha bajo la rodilla izquierda y viceversa: la tensión haría que su cuerpo se desplomara hacia adelante, lo que no sería indecoroso. Además, se había anudado un obi grueso a la cintura, lo que absorbería gran cantidad de la sangre. Tras una breve pausa, agarró el tanto con la mano derecha.

Hideki comprobó que a su maestro no le había temblado el pulso. A él tampoco le tembló cuando desenvainó la katana. Cuando Ikeda acercó el cuchillo a su vientre, alzó su propia hoja, listo para decapitarlo.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? El pensamiento le cruzó la mente, y por un instante apartó la mirada de su maestro. Sin mover la cabeza, en su visión periférica captó la figura de Obuchi Kazuo.

***

—Al caer la tarde nada queda vivo en la aldea.

Aquellas habían sido las palabras de Obuchi Kazuo. Las había pronunciado despacio, sin que le temblase la voz, con la mirada fija en las casas alineadas junto al río que formaban Fujiwara. Ni por un momento consideró lo que aquellos campesinos ya habían padecido: contemplaba la nieve que cubría las montañas a lo lejos, arrobado por su magnificencia.

Como todas las aldeas cercanas al castillo de Hishikawa, en los meses que había durado su asedio los hombres de Ikeda la habían saqueado varias veces. Había dado órdenes estrictas de que se evitara la violencia más extrema, pero como en todas las guerras, había habido violaciones y muertes. Aquello casi parecía algo inevitable, como la caída de las flores de cerezo.

Pero lo que había ordenado Obuchi-sama era un exterminio, como muestra de poder, como estrategia de miedo.

Hideki cogió la cría de gato, con un movimiento brusco le partió el cuello, que sonó como el astillado de una ramita seca, y dejó caer el pequeño cuerpo aterciopelado sobre el montón que formaban los cadáveres del resto de la camada. En el estanque del jardín se confundía la sangre de las carpas que flotaban con la del cuerpo medio sumergido, un anciano que por sus ropas debía de haber sido el jardinero.

Al abandonar la casa se dirigió a la plaza. Ikeda estaba allí, en medio de las demás figuras. Ninguno llevaba la armadura: no era necesaria para matar a gente desarmada. Su maestro sostenía un tanto en la mano, manchado de sangre de mujeres, niños, viejos y perros: a los hombres ya se los habían llevado los samuráis de Hishikawa en la leva, ya estaban todos muertos. Dejó el cuchillo en el suelo junto al cubo de agua en el que se limpió las manos. Después de secárselas con un pañuelo, limpió la hoja del arma.

A lo lejos se oyó un chillido, tan distorsionado por el miedo que no se podía distinguir si era de un cerdo o de un ser humano.

Aún pasaron algunas horas hasta que montaron a caballo y salieron despacio por el camino principal. Habían sido exhaustivos en el cumplimiento de la orden. Habían registrado shaku a shaku cada casa hasta que no había quedado escondite alguno; habían alanceado los árboles frondosos, donde algunas madres habían escondido a sus recién nacidos en cestas de bambú.

Los samuráis y los ashigarus formaban ya largas filas que se alejaban cuando el humo comenzó a ascender en el cielo.

Ikeda y Hideki abandonaron los últimos aquel lugar, cuando se aseguraron de que el silencio era completo.

Al dejar atrás las últimas casas, con la caída del sol, oyeron un ruido. Un cuervo graznaba sobre la rama de un pino blanco. Ikeda se detuvo y encordó su arco. Disparó una flecha que atravesó al animal y lo clavó al tronco. El ave aleteó frenéticamente, batió las alas presa del pánico como si creyera que volando podría dejar atrás su propia muerte. Ikeda permaneció inmóvil hasta que de nuevo se restableció el silencio.

Blancas las cimas.
Calladas nos observan.
¿Podrán olvidar?

—Al caer la tarde nada queda vivo en la aldea —murmuró Ikeda, repitiendo las palabras de Obuchi Kazuo.

Hideki se sorprendió: en las palabras de su maestro le había parecido percibir una ola sumergida de rabia.

El fuego se extendió por las casas iluminando la noche a sus espaldas. Así dejaron Fujiwara atrás: como sombras negras dibujadas sobre un lienzo de llamas.

***

Lo primero que notó Ikeda fue el frío que comenzó a irradiar desde la herida al resto de su pecho y el entumecimiento de los muslos. La hoja de acero cortó la piel sin dificultad. Los primeros tres centímetros que avanzó casi fueron un sueño: no era la primera vez que notaba un arma dentro de su cuerpo, y su organismo parecía aceptar con el mismo estoicismo que él aquel trauma físico. Sólo dejó de ser así cuando alcanzó una sección vertical del intestino delgado: siguió tirando para alcanzar su costado derecho, pero el pedazo de tripa ascendió por la hoja y asomó parcialmente de la herida. Ikeda no dejó de mirar fijamente a Obuchi Kazuo cuando empezó a mover adelante y atrás el cuchillo, apenas unos centímetros en cada sentido, para cortarse la entraña como quien corta un cabo de cuerda.

Las arcadas comenzaron cuando apenas había superado la línea del ombligo. Luchó por reprimir el ruido ahogado de su garganta y volvió a tragarse el vómito de bilis y sangre. Tuvo que detenerse un instante, medio cegado por el sudor que le caía por la frente, cuando sintió una sensación de mareo. Inesperadamente, no sentía dolor en la zona abdominal, sólo el sopor que acompaña a la pérdida masiva de sangre. Para luchar contra el desmayo apretó más la hoja del cuchillo, hasta que se la clavó en la palma de la mano: eso todavía pudo sentirlo.

Ikeda no se concedió adelantar la señal convenida. Completaría el seppuku a la antigua, demostraría que nunca en su vida había actuado con cobardía: no permitiría que nadie malinterpretara su rendición. Apretó los dientes y entre ellos se escaparon hilos de baba sanguinolentos. No fue consciente de cómo comenzaron a escurrirse por las comisuras de sus labios azulados, ni del vívido contraste que ofrecían con su piel, cada vez más pálida. Su corazón latía frenético, intentando bombear más sangre a los órganos vitales: aquel esfuerzo fútil resonaba en sus sienes como un taiko.

Tampoco fue consciente de que había orinado el sake que había bebido antes. No obstante, nadie pudo olerlo: había demasiada sangre.

Cruzó la hoja hasta por debajo de las costillas derechas y la extrajo despacio, procurando que la sangre no goteara.

Inspiró de manera entrecortada. Aún le quedaba la otra mitad del ritual.

Hideki estaba atento a cada vacilación de su maestro: había jurado que le daría el golpe de gracia cuando no fuera ya capaz de segur mirando a los ojos de Obuchi-sama.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor? Otra vez aquellas palabras. La respuesta había sido siempre clara. Por eso no entendía cómo habían llegado a aquel punto.

***

Ikeda escribía despacio. Sostenía el pincel con el pulgar, el anular y el meñique de la mano derecha: los otros dos dedos los había perdido años atrás por culpa de una tsuba rota.

Hideki leía despacio; como a muchos otros samuráis, nunca se le había dado muy bien. Los papeles de arroz colgados en las paredes contenían los haikus de su maestro. Uno hablaba del otoño y unos pétalos, otro de la cima de unas montañas que callaban. Se rascó la cabeza.

—¿Qué te parecen, Hideki-san?

—No los entiendo, maestro —respondió inmediatamente, sin dudar: en el guerrero puro el pensamiento, la decisión y la acción son uno.

Ikeda sonrió a la vez que soplaba suavemente sobre el papel de la carta que acababa de escribir para secar la tinta.

—Valoro tu honestidad.

Hideki miró por la ventana. Estaban en la torre más alta del castillo de Maeda. Maeda Ryunosuke había muerto meses atrás, y la defensa había recaído sobre los hombros de Ikeda. En las llanuras los enemigos formaban en cuadrados de estandartes, en aquella ocasión de color malva: piezas para la matanza esperando en precisas disposiciones geométricas. Los colores cambiaban, pero las caras tenían siempre la misma apariencia difusa, uniforme.

Ikeda plegó la carta que había escrito y la guardó en una caja lacada.

—¿Recuerdas el asedio del castillo de Hishikawa?

—Sí, maestro. Una gran victoria.

—¿Recuerdas cuánto duró?

—Casi medio año. En verano nos congregamos a sus puertas, y cuando nos marchamos las nieves cubrían las cimas de las montañas.

Ikeda asintió en silencio. En ese momento entró en la sala el mensajero al que había mandado llamar. Le entregó la caja lacada.

—Saldrás del castillo sin armas. Entregarás esta caja a Hiroto-san.

Ikeda retomó la conversación hablando casi para sí mismo.

—Seis largos meses. Aquí será igual. Sangraremos nosotros, sangrarán ellos. Y las gentes a nuestro alrededor, que nada saben de los motivos de esta guerra.

Hideki no contestó. No había nada que contestar: aquella era la naturaleza de la guerra, y una afirmación así no necesitaba réplica, igual que si hubiera indicado que el cielo es azul o que el agua moja. Ai uchi, destrucción mutua: el camino del guerrero.

Descendieron de la torre hasta el patio, donde los esperaban los demás samuráis. Ikeda no se dirigió a ellos: en lugar de eso pidió a los sirvientes del castillo que trajesen todos los caballos de las cuadras. Sus hombres no hicieron preguntas, aunque era patente la confusión entre ellos.

Un bello lago.
Si nadie ve sus aguas,
¿valdrá la pena?

Cuando todos hubieron montado, Ikeda dio la voz para que abrieran las puertas.

En la llanura, a caballo frente a sus propios samuráis, Hiroto Yusuke aguardaba. Llevaba en el regazo la caja que le había enviado Ikeda. Cuando sus ojos se cruzaron, hizo un enérgico gesto de afirmación.

Ikeda sacó un abanico y lo desplegó, estiró el brazo todo lo que pudo para que sus hombres viesen la señal que hizo. Un frío pareció recorrerlos a todos: había rendido el castillo antes de que comenzara la lucha.

Sólo quedaba partir para restablecer su honor frente a Obuchi Kazuo.

***

Ikeda resoplaba como un caballo que una vez había sacrificado, enajenado. Las gotas de saliva roja saltaban de sus labios como rocío que cae de una hoja que tiembla. Había vuelto a introducirse el cuchillo en el vientre. Lo sujetaba con ambas manos: con una sola los temblores podrían haber hecho que se le escapara de entre los dedos.

Los espasmos recorrían su espina dorsal. Con la hoja vertical, comenzó a ascender desde el ombligo intentando alcanzar el esternón. Los otros samuráis lo miraban, a la vez presas de la fascinación y el horror. El cuchillo avanzaba como si lo hiciera entre manteca: los intestinos seccionados por el corte horizontal se escapaban de su cavidad abdominal y colgaban sobre su ingle, y no ofrecían resistencia alguna.

Sólo se detuvo cuando alcanzó la sección horizontal del intestino grueso. Un momento antes se había seccionado la arteria mesentérica superior, y a su corazón ya casi no le quedaba nada que bombear: no tenía fuerzas para cortar aquel pedazo de tripa.

Hideki sabía que su maestro no había sido un cobarde, que no había rendido el castillo de Maeda por miedo. Pero no podía comprender qué significaba aquella acción, por qué había decidido cargarse con aquel deshonor. Si había alguna lección que aprender de todo aquello, no fue capaz de descubrirla.

Finalmente, Ikeda dejó caer el cuchillo e inclinó la cabeza, exhausto, exponiendo su nuca.

Arco de acero.
Líneas rojas florecen.
Rumor de viento.

La hoja de Hideki separó limpiamente la cabeza de Ikeda de sus hombros. No brotó apenas sangre del cuello cercenado: casi toda estaba en el charco sobre el que el cuerpo seguía arrodillado.

¿Qué es más vergonzoso para un samurái? ¿Traicionar a un buen señor o desobedecer a un mal señor? Aquellas palabras las había oído decenas de veces. Y siempre había contestado con una sola: Ambas. Porque el samurái no juzga, porque la esencia del samurái es servir; porque, por encima de todo, el samurái obedece.

Había aprendido bien aquella lección.

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A mí me parece que Ventura es un sitio un poco raro

por Relato ganadorRelato Bluetal

El monte se deja barrer por un viento cálido de principios de primavera. Los verdes pastos han derrotado al frío y al gris hielo para crecer con fuerza. Venancio el ovejero se está liando un pitillo mientras contempla el paisaje que se extiende bajo sus pies. Ha visto muchas veces estos parajes y no se cansa de su belleza. Ventura es un sitio duro para vivir, pero merece la pena cuando uno tiene ante sí semejante vista.

Se enciende el pitillo con la yesca y escucha a Pitusa balar. Se gira y sonríe. Siempre llama a su dueño cuando intuye que se está poniéndose melancólico. Silba y su perro comienza a ladrar a las ovejas para reunirlas. Se rasca la cabeza por debajo de la gorra gris y comienza a andar por la carretera de tierra que recorre estos parajes. Se detiene un segundo a beber agua de un manantial natural que hay junto a una pequeña colina. Es agua fresca y pura de las montañas. Sonríe porque a lo lejos divisa a dos figuras de mujer. Las mujeres de Ventura son las más hermosas del mundo. Vuelve a beber agua pretendiendo entretenerse esperando la llegada de las mujeres. Son Lucía Bajuelo y Paca Bernarda. Venancio las conoce de toda la vida. Dos jovencitas de dieciocho años vestidas con los trajes tradicionales de la región portando las parras amarillas. Se detienen junto a la fuente del manantial y beben agua después de sonreír a Venancio.

—¡Buenos días tengan las señoritas! —dice Venancio con una amplia sonrisa en su curtida cara; el pitillo permanece fijado a sus labios.

Ellas ríen inocentes y cuchichean entre miradas. Saben que llaman la atención y que el buen Venancio siempre tiene unas palabras amables cuando pasan junto a él.

—Hace ya calor. Bebed un poco más, que se os puede secar la sesera.

—¡Gracias, Venancio! Eso haremos. Estamos cansadas. Venimos de ensayar en lo alto del monte los pasos del baile de la cosecha para la fiesta de mayo.

—¡Mu grande esa fiesta! —sentencia Venancio guiñándoles el ojo.

Las chichas vuelven a reír, esta vez a carcajadas. Venancio se une a las risas. Parece que este año va a tener suerte y seguro que una de ellas lo quiere acompañar al huerto.

De repente Venancio repara en Pitusa. La oveja está vomitando junto a ellos. Levanta la cabeza y de sus ojos emanan lágrimas de sangre. El pastor rápidamente acude en auxilio de la oveja que no deja de balar a pleno pulmón. Las chicas se asustan y se abrazan entre ellas. La oveja deja de balar, pero para soltar un sonido gutural desde lo más profundo de su ser. Venancio la agita y grita desconsolado. No sabe qué le ocurre a su animal favorito y se está poniendo cada vez más nervioso.

De repente una luz cegadora emana de la fuente del manantial. Es una luz amarilla cálida y potente que ciega a los presentes. Lucía y Paca caen de rodillas al suelo y miran la luz cegadora. Venancio abraza a la oveja Pitusa y mete su cabeza entre la lana del cuerpo del animal intentado no mirar a la luz. El animal se está hinchando como un globo. Venancio reúne valor y abre los ojos para mirar qué está ocurriendo.

Se fija en las chicas y éstas están abriendo los abrazos como en actitud de querer abrazar algo. Los ojos de las jovencitas están blancos como la leche y lloran lo que parece ser sangre. Venancio se intenta acercar a ellas para ayudarlas a escapar de la luz. Tiene la impresión de que hay que salir corriendo como sea. Avanza hacia ellas pero tiene que detenerse porque a medida que se acerca la luz se vuelve más intensa y cegadora y le dificulta avanzar. Es como si tuviera vida propia. Con gran esfuerzo llega hasta las muchachas. Parecen en éxtasis. Gira su cabeza para saber qué es lo que miran con tanta pasión. Acto seguido su rostro se descompone.

Está maravillado por lo que ve a través de sus propios ojos. No hay nada más hermoso en el mundo entero. Ante él una bella mujer de blanco y puro rostro está esbozando una leve y reconfortante sonrisa. Venancio no puede evitar mirar directamente a sus ojos. Son azules como el océano y su mirada es tan dulce que no se puede escapar de ella. El mundo se ha detenido para él. La mujer viste un largo manto azul con bordados de plata. Extiende su mano hacia Venancio y éste se da cuenta que hay una especie de pulsera de espinas enrollada en el antebrazo de la mujer. La suave y delicada mano toca la cara del pastor. Éste deja que su cuerpo sea embargado por una sensación de puro placer y bondad. Su corazón palpita a mil por hora lleno de gozo. Su cuerpo se eleva literalmente de la tierra y queda suspendido mirando a la figura femenina. Mira atrás y Lucía y Paca se están desnudando y se azotan el torso una a la otra con las parras amarillas. De sus cuerpos emana la sangre producida por los golpes. Venancio vuelve a mirar a la figura y llega al éxtasis cuando ella acerca su cara a los labios del pastor y lo besa suavemente. Después acerca su boca al oído de Venancio para susurrar unas palabras:

—Redímelos a todos, Venancio. El pecado anda suelto. Palabra de María.

Una explosión de luz ciega al pastor y a las chicas. Un estruendo de trompetas recorre todo el monte y los tres caen desmayados al suelo.

Venancio es el primero en recobrar el sentido.

—La Virgen me ha hablado. Era la Vírgen —repite una y otra vez.

Paca y Lucía se recuperan y escuchan el mantra de Venancio. Se miran, se abrazan y echan a llorar. Se vuelven a vestir resistiendo el dolor de las heridas que tienen en su cuerpo. Sus camisas blancas quedan teñidas de sangre.

De repente una pareja con sus dos hijos aparecen por el camino corriendo. El padre habla a los allí presentes. Dice que han escuchado un estruendo horrible y que el sonido provenía de aquí, del manantial. Paca y Lucía los miran como ausentes. Venancio sigue con sus letanía. La familia mira la escena. Dos mujeres empapadas en sangre y un pastor gritando que ha visto a la Vigen. Miran al manantial y la cabeza de un cordero está en lo alto de la fuente. Una sombra negra mancha la pared de varios metros de altura de la fuente del manantial de la colina. La madre de la familia se santigua y habla:

—Mira, Juan, esa figura en la pared, es la silueta de la Virgen con su manto. Y la cabeza del cordero es la señal del Dios Todopoderoso. Ese hombre ha visto a la Virgen y ellas también. Mira la sangre en sus pechos como Jesucristo sangró en la cruz. ¡La Virgen! ¡Han visto a la Virgen!

Venancio echa a correr al monte gritando. Las chicas se quedan paralizadas abrazándose y llorando.

***

—Dentro de treinta años todo el mundo seguirá hablando de ello, cadete. Dirán que la primavera del 83 fue la más calurosa en Ventura. Mucho, mucho calor —pronuncia el sargento Cascajales mirando por la ventana de su despacho en la casa cuartel.

—Sí, mi sargento.

—Hace poco escribí un detallado informe sobre los acontecimientos del año pasado en Ventura. La guerra entre los Montiveras y los Pozoblanco no ha acabado. Van a saco y ya he perdido a dos hombres este año. Lo tengo claro. Pero en Madrid no escuchan, o escuchan lo que les sale de los…

—Sí, mi sargento.

—¿Y qué es lo que hacen en Madrid? Les pido refuerzos y te mandan a ti.

—Sí, mi sargento.

—Tienes unas calificaciones cojonudas, tienes varias cartas de recomendación, hasta tienes una licenciatura en Derecho y Criminología. Haces perfiles psicio… psicop… sippso… perfiles de taraos. Tienes preparación, eso es indiscutible. Pero lo que no tienes es polla.

—Sí, mi sargento.

—Cadete Hernández, Rebeca Hernández, en nombre de todas las marcas de compresas, ¿se puede saber qué coño pinta usted aquí?

—Yo pedí este destino, señor.

—Joder, ¿y eso?

—Porque es usted un ejemplo a seguir en el cuerpo y porque es aquí dónde se ganan ascensos. Éste es un punto caliente.

—¿Un punto caliente? ¿Esto significa…?

—Que es una zona altamente peligrosa y armada, señor. Con actividad criminal en grado uno, señor. Podrá comprobarlo en el manual.

—Cabo Cañete, ¿por dónde me paso el manual? —grita en alto Cascajales.

—Por el forro de los cojones, sargento —replica Cañete desde el otro lado de la puerta de la oficina del sargento.

—Exacto, así que vuélvase a Madrid ahora. Éste no es lugar para usted.

—No puede hacer eso, señor. Tiene órdenes de Comandancia en las que se le exige que me acepte en destino, señor. Y aparte de eso, jamás ha tenido a nadie con tanta preparación como yo en sus filas.

—¡En mis filas hay huevos, no faldas! Aquí uno sale de casa con los deberes hechos con su esposa porque nunca se sabe si se va a volver. ¿Cómo piensa hacer usted sus deberes? Cañete se lo hace a su mujer como está mandado, y eso que ella ya está a punto de soltar a Cañete junior.

—Tengo pareja en Madrid, sargento. E hice los deberes, como usted dice, con él antes de salir.

—Un hombre necesita descargar, no sé si me entiende.

—Yo también tengo necesidades, sargento, como todas las mujeres.

—Me cago en la liberación sexual. Empiezo a pensar que soy yo el que no encaja en este mundo.

Cañete irrumpe en la estancia con cara de circunstancias.

—Ejem, señor. Ha llamado el director general.

—¿Qué director general? ¿El de mi banco?

—No, sargento, el de la Guardia Civil. Dice que quiere un informe de su parte sobre la adaptación de la cadete Hernández a su nuevo destino. Y que se tiene que hacer con urgencia porque es un reclamo del presidente del Gobierno. Dice que el presidente quiere saber cómo se adapta la primera mujer Guardia Civil con arma al cinto. Parece ser que se está estudiando dejarlas entrar en el cuerpo, mi sargento.

—¡Me cago en mi puta vida, en mi estampa, en mi ser y en mi alma! ¿Qué clase de Nancys están dirigiendo el país? A la mierda. Cadete Hernández, ¿quiere guerra? Le voy a dar su puta guerra. Arreando para la tanqueta.

—¿Tanqueta, sargento?

—La tanqueta es el coche patrulla, Hernández. Es que nos han dado un coche viejo, el nuevo lo destrozamos. Al sargento le gusta llamarlo así —aclara Cañete.

—Y supongo que ese uniforme suyo tiene pantalones. Póngaselos junto con las botas y queme esa falda y esos tacones.

—Son parte del uniforme reglamentario, señor —contesta Hernández mirándose la ropa.

—No en mi ciudad. Si los de Madrid quieren faldas aquí van a tener que lamerme las pelotas tanto que les va a durar el sabor en su boca durante días. Desfilando, cojones, que es gerundio.

Los tres guardias salen a la calle Mayor donde les espera un Land Rover del año 70. Suben al vehículo y Cañete trata de arrancarlo tres veces, a la cuarta el motor se queja al principio pero consigue funcionar. Salen a toda velocidad pero quedan parados en medio de la calle.

La avenida principal de Ventura está saturada de coches y gente. Cañete y Cascajales de miran. Se les había olvidado por completo el revuelo que hay en Ventura desde hace una semana. Parece ser que tres ciudadanos han avistado a la virgen María, en toda su gloria. Dos de ellas permanecen en el hospital. El tercero, un pastor de la zona, no ha aparecido todavía.

Cascajales se desespera, no están acostumbrados a los atascos. Manda a Cañete a que regule el tráfico. Al fondo pueden ver a más personal de la Guardia Civil intentando deshacer un atasco nunca visto en esas latitudes. Los negocios minoristas de Ventura están haciendo el agosto con el tema de la aparición. Cascajales y Cañete echaron un ojo a la zona del avistamiento como parte del protocolo de seguridad. Había gente herida. La verdad es que fue muy difícil hacer trabajo alguno por los cientos de curiosos que se agolparon rápidamente en la zona. Prácticamente había miles de huellas y poco se podía hacer ya ante el paso de tanta gente. A las chicas ha habido que ponerlas vigilancia por el acoso de admiradores y periodistas.

De forma súbita una figura se echa sobre la ventanilla del conductor del vehículo patrulla. El sargento Cascajaes da un respingo y se echa la mano al arma. Se calma cuando comprueba que se trata del oficial Barrieros.

—Barrieros, coño, qué susto. Casi te mato.

—Sargento, sargento, por el amor de Dios, sígame. Hay un cuerpo, un asesinato.

—Cálmate, chico, eso no es nuevo por aquí.

—Esto sí, señor, por favor.

Los guardias civiles acompañan a Barrieros hasta el lugar de los hechos. Parece que todo ha ocurrido en casa de un concejal. Es el chalet de los Fernández. Allí vive Juan Fernández, concejal de festejos, con su mujer y su hija. La zona está acordonada por un par de hombres de Cascajales. El sargento mira a sus hombres y les pide que quiten la cinta de contención. No quiere llamar la atención de los turistas y que no puedan hacer su trabajo. Los hombres obedecen.

Cascajales, Cañete y Hernández entran en el salón de la casa. Allí, tendido boca arriba sobre una mesa para seis comensales, está el cuerpo del que parece ser Juan Fernández. Está desnudo con las manos y los pies atados, abierto en canal. Cañete se traga su propio vómito y Hernández reprime una arcada. Cascajales se acerca con precaución. Examina con cuidado el cadáver. El corte va desde la ingle hasta el principio de su garganta. Han dejado que se desangre sobre la mesa. A la altura del estómago parece que le han vaciado las vísceras y le han rellenado con confeti y caramelos. Le han escrito tres palabras en la cara con un objeto punzante. En la frente pone «Santificarás», en una mejilla pone «las», y en la otra pone «fiestas». Hernández también se acerca al cuerpo. De su bolso saca unos guantes y un termómetro con una aguja. Se lo clava al cadáver a la altura del hígado. Levanta los párpados del fallecido y mira sus uñas. Apunta algunas observaciones en una libreta. Cascajales la mira con ojos como platos. El cabo Cañete se acerca a su superior y le pone la mano en el hombro intentando evitar la cólera del sargento. Cascajales se relaja por un segundo. Hernández mira a sus compañeros.

—La temperatura del hígado me indica que murió hará unas diez horas. Hay signos de lucha bajo sus uñas, ha debido resistirse. Parece un hombre corpulento, y seguro que ha podido arañar o herir a su atacante. Buscaré sangre más detenidamente. Parece, a simple vista, un crimen pasional o de odio, con referencias religiosas por la frase en la cara de la víctima, aunque aún es pronto para evaluar el móvil. Debemos dar parte cuanto antes al juez para que se lleve el cuerpo al forense y empiece el examen. ¿Quién ha encontrado el cadáver?

—Ha sido su mujer —contesta Barrieros sorprendido por ver a una mujer de uniforme y con ese desparpajo delante de Cascajales—. La hija todavía no ha llegado del colegio.

—Vamos a hablar con ella. Por favor, sargento, déjeme a mí. Hay que consolar a la testigo primero debido a los lazos con la víctima.

—Es una mujer de Ventura, seguro que puede arreglárselas sola. Pero adelante, haga lo que quiera. Tú, Cañete, date una vuelta por la ciudad a ver si se dice algo de esto. No quiero que cunda el pánico. Sólo quiero saber si es algo entre las familias, ¿entendido? Y tú, Barrieros, llama al juez y que venga cagando leches. Dile que ya sé que le tengo amenazado pero que se deje de mierdas y que por una vez haga bien su trabajo.

—A sus órdenes, mi sargento —saludan los dos a Cascajales.

El sargento se dirige hacia la cocina. Allí se encuentra otro de sus hombres alucinando con lo que está viendo. El agente se percata de la llegada de su superior y se cuadra.

—Sargento, lo siento. Ha llegado como un rayo, ha saludado, ha enseñado su placa y se ha puesto a conversar con la señora de la casa. No me ha dado tiempo ni a reaccionar.

—Tranquilo, Herreros, es de los nuestros. De momento.

Hernández consuela a la mujer y le saca la información necesaria. Después se la lleva hasta el hospital junto con el agente Herreros.

Cascajales mira el cadáver del concejal y se hace la pregunta que todo buen investigador debe hacerse para plantear una hipótesis:

—¿Y aquí qué coño ha pasado?

Cañete confirma a Cascajales que no parece cosa de las familias de Ventura. Las cosas están tensas, pero no es una forma propia de actuar para ellos. Prefieren liarse a tiros simplemente. Esto es algo perverso. El sargento recuerda las palabras de Hernández y piensa en el posible móvil religioso del crimen. Se dirigen a la iglesia de Ventura porque bien es sabido que el concejal y el párroco han tenido sus diferencias.

La iglesia es un edificio mezcla de estilo neogótico y estilo brutalista que se sitúa en el extremo norte de la plaza de la ciudad, frente al Ayuntamiento. Una vez dentro del templo lo encuentran lleno de gente rezando, siguiendo la voz del jovencísimo cura Remigio. Las oraciones terminan y el templo empieza a vaciarse. Cascajales se sorprende ante la cantidad de turistas que hay dentro de la iglesia. Ventura siempre ha sido una ciudad de paso, no de turismo. Esto es algo nuevo para todos.

El sargento y el cabo llegan a la altura del cura Remigio. Saludan y comienzan a hablar.

—Esto es una bendición, sargento. Mire qué de gente.

—Ya, bueno, al caso. ¿Qué puede decirme del tercer mandamiento, padre?

—¿Santificarás las fiestas? Pues eso, fiestas religiosas en agradecimiento a lo que nos ofrece el Señor. Pero sus dudas religiosas se las podría resolver en privado, sargento, no mientras trabaja. Aunque ya era hora de que se pasara por aquí.

—No es para mí, es para un tema que tenemos entre manos. Y ese mandamiento es de los importantes, ¿no?

—Lo son todos, los diez. Es la ley del Señor.

—Ya, interesante. ¿Tan importantes como para matar a alguien?

—¿Perdone, sargento?

—A lo mejor sí —interviene Cañete.

—Bien es sabido que no te cae bien el concejal de festejos porque quiere que carnavales sea festivo, ¿no, padre?

—El concejal y yo hemos tenido diferencias, sí. Pero jamás haría daño a otro ser humano. ¿Le ha pasado algo al concejal?

—No se preocupe. Ya se enterará.

—Si no hay nada más y si me disculpan, me va a entrevistar la televisión. No hay reconocimiento oficial por parte de la iglesia del advenimiento mariano, pero aún así es importante ofrecer una opinión autorizada. La virgen María en Ventura… ¿Quién iba a decirlo?

A la salida otra vez son abordados por Barrieros. En esta ocasión todo ocurre en uno de los prostíbulos de la ciudad.

Al llegar se encuentran con todas las chicas reunidas en el salón principal llorando. Por una de las puertas aparece uno de los hombres de Cascajales vomitando, llorando y exclamando por el horror contemplado. Hernández permanece de pie junto con las chicas esperando órdenes. Cascajales la mira y señala con la mirada la sala. Ella asiente y los tres se encaminan al interior.

Es un cuarto amplio con una cama redonda en medio. Encima de la cama están sentadas tres figuras, dos hombres y una mujer, con las manos y los pies atados. Uno de los hombres y la mujer están desnudos. El otro tiene un traje de lino y un pañuelo azul turquesa alrededor del cuello y una gorra. Le falta medio bigote, como trasquilado. El análisis de Hernández determina que llevan tres horas muertos. La cama está girando en modo automático. Cañete la detiene desconectando el enchufe. Miran los cuerpos y sacan varias cosas en conclusión. Los tres no tienen párpados y parece que los ojos han sido rociados con lejía o algo similar por el olor que deprenden los cuerpos. Al hombre vestido le han clavado su gorra con varios clavos en la cabeza. Los tres presentan severos golpes contundentes en todo su cuerpo, probablemente con el martillo que hay tirado en el suelo. Hernández empieza a buscar huellas en el mango y en parte de la sala.

Hay una cámara frente a la cama y está en posición de grabar, aunque Cascajales comprueba que ya hace tiempo que la cinta se agotó. Hay un escritorio y un rudimentario equipo de montaje de películas. Una montaña de películas apiladas a lo largo de la estancia parecen rociadas con lejía. En una de las paredes hay un mensaje escrito: «no consentirás pensamientos ni deseos impuros». Cascajales y Cañete se miran.

—¿Ha visto alguna vez algo así, sargento?

Cascajales niega con la cabeza en silencio mientras contempla la pintada. Está bastante seguro que la pintura es sangre.

Hernández reclama su atención. Dice que está bastante segura de que los tres tienen semen en el pecho, probablemente del agresor. Pide a Cañete que apague la luz. De su bolso saca una luz ultravioleta a pilas y la pasa por los cuerpos. El fluido se ilumina con una luz blanca en la zona del pecho de los tres cadáveres… y en toda la cama, y en el suelo, y en parte de las paredes. La intensidad es distinta. El de los cadáveres parece más fresco.

—No hay duda, sargento. Se trata de un asesino en serie —sentencia Hernández—. Es el mismo patrón. Le mueve el odio y quiere dejar constancia de qué es lo que le guía. Ese mandamiento lo dice todo.

—¿Eso quiere decir que tenemos que esperar ocho crímenes más? ¡No en mi ciudad! Cañete, haz una lista con los que han pecado en esta ciudad.

Cañete permanece en silencio esperando que su sargento caiga en la cuenta de sus palabras.

—Vale, no lo hagas, es una estupidez como la copa de un pino hacer semejante lista en esta ciudad.

—¡Sobre todo en la parte del «no robarás»! ¡Y las risas con el «no matarás» van a ser pocas! —dice Barrieros desde la puerta que se ha asomado a ver qué pasaba en la estancia.

—A tomar por culo de aquí, agente —ordena el sargento Cascajares a la par que se le hincha una vena que atraviesa su frente presa de la furia.

***

El sargento y Cañete deciden acercarse por la noche hasta la zona en la que ocurrió el avistamiento de la Virgen María en un intento de buscar pistas. Cascajales cree que si el móvil es religioso, es muy significativo que los asesinatos hayan empezado poco después de los acontecimientos ocurridos en el manantial. Todo parece obra de un fanático religioso, y el sargento sabe que este tipo de sucesos con alto grado religioso suelen atraer a un sin fin de gente mentalmente inestable.

—Tronados, tarados, psicóputos, gente con la olla mal cerrada, personas de mente distraída, con menos de dos dedos frente, a los que les falta un apretado de tornillos, enfermos mentales profundos… gente de poca confianza. ¿Y sabes dónde viven casi todos esos? Exacto, en Madrid. Esta mierda nos ha saltado en la cara —refunfuña el sargento mientras se enciende un Ducados tras otro sentado en el asiento del acompañante del coche patrulla.

—¡Sargento, que ya hace un año que no fuma! Recuerde que el médico le dijo…

—¡Me la suda! Seguro que el médico es de Madrid. Siempre jodiéndome, esos cabrones. ¡Que vengan ahora a decirme que soy un paranoico! ¡Me van a lamer las pelotas! ¡Lo dije! ¡Ventura está maldita! ¡Y esos inútiles de la capital nunca me han escuchado!

Al llegar recorren la zona a pie. Usan linternas potentes para iluminar la zona. Cañete repara en la sombra de la pared con la supuesta forma de la Virgen. Huele a humo y pólvora. Cascajares encuentra un trozo de una anilla oxidada y antigua, probablemente de un arma explosiva según su criterio y su conocimiento militar.

Suben a lo alto de la colina, el principio del manantial y ven que hay varios fardos tirados por el suelo y una mesa. De repente un sonido acoplado y una potente luz los ciega. Intentan discernir lo que está pasando. La luz está cada vez más cerca de ellos. Desenfundan sus armas siguiendo su entrenamiento y su instinto. Cañete no puede evitarlo y exclama a media voz.

—¿Virgen María?

De repente una potente y profunda voz rompe el pétreo silencio que suele ser normal en esta zona.

—Amigos de lo desconocido, nos hemos topado con los investigadores de la ley que quieren resolver el misterio de la aparición de la llamada «Virgen del Perpetuo Manantial». Amigos de la Ley, ¿qué pueden aportar a estos hechos? ¿Es un fraude? ¿Es real? ¿Cuál es la versión oficial?

Cascajales de repente tiene bajo su boca lo que parece un micrófono. Cuando sus ojos se adaptan a la luz discierne lo que parece ser una cámara al hombro con un potente foco. Cañete también se ha dado cuenta. Se pone a saludar a la cámara y a colocarse el tricornio. Cascajales se aclara la garganta.

—Ejem, bueno yo, estooo, en fin, la Guardia Civil se ha personado en la zona de los acontecimientos en busca de más pistas que ayuden a esclarecer los hechos acaecidos el 3 de abril de 1983, siguiendo el protocolo de investigación establecido para…

—Amigos de lo desconocido: es hora de plantarle cara este hecho. Yo, Horacio López, envidado por el programa La Puerta del Misterio, de nuestro querido inspirador Jiménez del Oso, voy a decir la verdad. Si trazamos una vertical desde el punto mismo del acontecimiento hacia las estrellas, el extremo tocará la Vía Láctea en Alfa Centauri y atravesará el punto exacto de la ventana de entrada de las naves espaciales que provienen del espacio profundo. Tengo pruebas irrefutables para demostrar que lo que aquí se cree que es la Virgen, es en realidad una enviada hembra alienígena cuya misión es aparearse con el mejor espécimen de macho humano que encuentre en esta zona. Hemos pillado a la Guardia Civil in fraganti intentando manipular cualquier evidencia que conduzca hasta el conocimiento de la verdad que relato. Menos mal que estoy aquí para evitarlo. Llevo todo el día investigando en el pueblo de Ventura y cada vez son más los que se quitan la venda de la religión para ver más allá. Mis palabras están calando en Ventura y no serán calladas por los agentes al servicio de los que nos quieren ocultar la verdad…

—A tomar por culo todos. ¡Para Madrid os mando cagando leches! —aúlla Cascajales mientras dispara su arma al aire.

El cámara y el presentador salen por piernas del lugar, y el cabo Cañete intenta sosegar a su airado sargento.

A la mañana siguiente Cascajales y Cañete, junto con Hernández, toman café viendo el cadáver del presentador y del cámara. Están en la habitación del hotel donde permanecían durante su estancia. El presentador está con su torso sobre un taburete sin pantalones y con el objetivo de una Betacam introducido en el recto. El resto de la Betacam que asoma está sostenida por el cadáver del cámara al que le han clavado un hacha en la cabeza. Tiene una señal en su cuello con dos formas cilíndricas, una junto a otra. Hernández cree que son la boca del cañón de una escopeta recortada. Cascajales concluye que obligaron al cámara a punta de escopeta a introducir la cámara por el ano de su compañero.

En el suelo hay otra frase escrita con sangre que reza: «no levantarás falsos testimonios ni mentirás».

***

Los tres guardias civiles miran las fotos de los crímenes esparcidas sobre una gran mesa de cristal en la sala de pruebas del cuartel. Allí permanecen en silencio estudiando todos y cada uno de los detalles de los crímenes.

Cascajales no oculta la preocupación en el rostro. Es la primera vez que se enfrenta a un asesino múltiple en serie, y el reloj juega ensu contra. Si los indicios son correctos, puede cometer varios asesinatos más. La voz ya está en la calle y el alcalde no hace más que llamar para que se resuelva cuanto antes esta situación. La gente está inquieta y los turistas empiezan a abandonar Ventura, cosa que por otro lado alegra al sargento en grado máximo. Lo malo es que después de estos turistas vendrán otros más tarados con sus teorías y sus estudios extraños y morbosos sobre «la España Negra» y sus crímenes horribles cometidos por paletos. Cascajales odia el término «paletos». Es denigrante, sobre todo porque piensa que toda ciudad no es más que un pueblo mucho más grande y que la gente se mueve en torno a unas cuantas calles cerca de su hogar, como en cualquier pueblo. Son paletos, de ciudad, pero paletos. A pesar de que sus pensamientos se han ido por un momento hacia el odio salta como un resorte cuando descubre algo.

—¡El bigote!

—¿Perdón, sargento? —pregunta Cañete.

—El bigote del director de cine porno. Está como trasquilado. Eso es una pista. No está cortado, ni arrancado, ni afeitado. Está trasquilado, como si fuera lana. He pasado muchos años viviendo aquí y sé la diferencia.

—Eso puede reducir la lista de sospechosos. Pocos saben manejar una trasquiladora —apunta Hernández.

—Bueno, hasta ahora la lista de sospechosos era de lo más variada. Oscilaba entre todo el pueblo, el Charles Manson, el Papa y pocos más —suelta socarronamente Cañete.

—¡A callar! En realidad creo que podemos reducirlo a uno. ¿Quién es la persona que falta desde hace un tiempo, y que además sabe trasquilar? ¿Ese tal Charles Manson sabe trasquilar?

—¡Venancio! Desapareció tras el tema de la Virgen —contesta el cabo.

—¡Exacto! Tiene la fuerza y los medios para hacer todo esto. Conoce el pueblo, tiene armas y puede que esté alterado tras la aparición. Hace una semana que no se le ve por ningún lado.

—Esa teoría es débil, mi sargento. Eso no se puede sostener sin pruebas. No podemos culpar a nadie por una intuición —dice Hernández mirando las fotos, evitando la mirada de Cascajales.

—Tienes razón. No tenemos huellas directamente, pero seguro que la sangre encontrada bajo las uñas del concejal corresponderán a un hombre. Y estoy seguro que el hacha de mano encontrado sobre la cabeza del cámara es muy típica de por aquí para cortar leños pequeños y poder hacer fuego a la intemperie.

—El concejal estaba abierto en canal, como en la matanza del cerdo —añade el cabo.

—Está claro que tiene que ser del pueblo. Ventura ha engendrado a otra bestia más. ¿Cuántos engendros caben en esta tierr!? —exclama el sargento golpeando la mesa con el puño—. El ovejero es un buen comienzo. Algo me dice que no está escondido en las montañas. Está moviéndose entre la gente para esta locura insana.

—Para él es el fin del mundo. Puede cuadrar. Es como Dante o los escritos bíblicos sobre la llegada del Apocalipsis. Muchos se creen la mano ejecutora de la voluntad de Dios. Hay estudios al respecto. Como he dicho, la Divina comedia

—¿Una comedia? —interrumpe Cañete a Hernandez—. ¿Como Los energéticos? ¿Una españolada? ¿Qué tiene esto de gracioso?

—Da igual, cabo —suspira Hernández.

—Orden de búsqueda para Venancio. Que se le localice, pero que nadie intervenga o intente pararle solo. Es peligroso.

—Sargento, llevamos toda la semana buscando a ese hombre y no hay manera de encontrarle.

—Esto ya no es una búsqueda. Es una caza.

Cañete descuelga el teléfono de la sala, da instrucciones precisas a su interlocutor. Una alarma empieza a sonar en el cuartel para poner en guardia a todo el personal. Cascajales revisa su arma. Tira de la corredera y salta una bala de la recámara. La agarra con la mano en el aire. Se la muestra a Hernández y mira a la mujer con una mirada dura.

—Norma número uno de Ventura: siempre reserva una bala. Nunca sabes para qué la vas a necesitar.

—Sí, mi sargento —obedece Hernández, e imita el gesto de su superior.

Cascajales asiente satisfecho.

—Tienes dos buenos ovarios, hembra. Me gusta, joder.

Cañete observa la escena mientras habla por el teléfono. Una sonrisa socarrona se dibuja en su cara. Sabe que su sargento es un buen hombre que sólo quiere que su tropa llegue viva a casa, y sabe reconocer a los buenos, lleven pantalón o no.

***

La ciudad de Ventura se vuelve loca. El rumor de un asesino en serie se ha extendido. Los vecinos reaccionan con miedo y temor. Muchos se organizan en patrullas vecinales para ofrecer seguridad y protección. Ventura es una ciudad armada y es fácil encontrar gente con escopetas saludando a sus vecinos para tranquilizarles y poder ofrecerles un descanso pacífico por la noche.

Cascajales no ha querido hacer público el nombre del principal sospechoso. Ha preferido quedar como un oficial despistado delante de los periodistas y las cámaras antes que ofrecer información. Sabe que con todo este revuelo va a ser más difícil para el asesino moverse y actuar.

Los turistas sacan fotos. Nada les detiene. Siguen llegando autobuses y coches con gente para ver el lugar de la aparición. La calle se llena de puestos improvisados y tenderetes que ponen a disposición del turista todo lo que es necesario para su supervivencia, como por ejemplo la taza recordatorio de su estancia en Ventura, la camiseta con una virgen María impresa, la camiseta burlándose de la aparición, bolígrafos impracticables por sus dimensiones con la tinta seca, trabajos en alfarería en su amplio espectro desde botijos hasta cucharas soperas mal pintadas con un imagen de Jesucristo al lado de la virgen, llaveros de todas las clases y colores junto con pulseras de lana de la zona y carteras y bolsos en cuero apestoso mal curtido con la bandera de Ventura como decoración estándar. Aparte de los puestos tradicionales de comida rápida en su versión casquería que deleitan con manjares como gallinejas, mollejas, entresijos, calamares, callos, madejas, criadillas… cualquier cosa metida entre dos panes de chicle es ofrecido al turista que, acostumbrado a la comida de ciudad, encuentra en dicho bocadillo un mundo de placer gastronómico elevado a la enésima potencia, cosa que también encontraría aunque se metiera tierra y piedras dentro de la boca por el simple hecho de la creencia popular de que en el pueblo se come mejor.

***

Transcurren dos días y no hay rastro de Venancio. La lista de sospechosos no se ha cerrado, pero el objetivo sigue siendo el mismo.

Los ánimos están caldeados por el cuartel. En la sala de investigaciones se nota la tensión. Cascajales empieza a echar humo inquieto y habla de la posibilidad de tender una trampa al pastor. Hernández ha estado ocupada buscando más pista y leyendo informes de los forenses. La teoría del sargento puede ser cierta. En sus pesquisas ha hecho un perfil psicológico concreto de la persona que puede ser el asesino. Hombre, entre veinticinco y treinta y cinco años, alto, fuerte, diestro, con personalidad múltiple que queda oculta porque se comporta en sociedad como un individuo agradable digno de confianza. Es narcisista, egoísta, solitario, paranoico y fetichista.

De repente un grito sacude la tranquilidad del cuartel. Hernández y el sargento salen corriendo hacia la recepción. De allí ha venido el grito. La escena que se encuentran al llegar es dantesca. La señora Rocío Ullastres ha chillado, mientras esperaba a que se le atendiera, al contemplar a un hombre que entraba en la estancia con el torso desnudo, blandiendo un cuchillo ensangrentado en una mano y una escopeta recortada en otra. Está sangrando por todo su pecho por lo que parecen heridas causadas al tratar de escribirse una frase en el pecho: «Amarás a Dios por encima de todas las cosas». Ignacio Caetano y Fulgencio, que estaban de guardia en la recepción han desenfundado sus revólveres para apuntar hacia el hombre y le ordenan que suelte sus armas.

Cascajales y Hernández también desenfundan. Cascajales identifica al hombre. Se trata de Venancio el ovejero. El pastor pronuncia una letanía suavemente entre labios.

—Purifica el mundo, purifica el mundo, purifica el mundo… —dice susurrando.

Venancio suelta las armas y levanta las manos. Está muy sucio y tiene muy mal aspecto.

Hernández tiene la impresión de que ese hombre ha pasado mucho tiempo sin dormir. Al acercarse al sospechoso se fija en que su cuerpo tiene cientos de cortes mal curados e infectados. Muchos de esos cortes son palabras o frases de la biblia escritas sobre su piel. Ignacio y Fulgencio esposan a Venancio y lo llevan hasta una celda. Cascajales permanece mirando las armas pensativo.

—Todo ha acabado, sargento. Parece que se ha entregado —dice Hernández.

—No lo sé, Rebeca. Algo me dice que esto puede ponerse más feo —dice Cascajales mientras se rasca la cabeza por debajo del tricornio.

Venancio está sentado en su celda mirando a las tres personas que lo contemplan desde el otro lado de las rejas. De sus ojos caen lágrimas. Está nervioso y no deja de mover una pierna impulsivamente.

—¿Por qué te has entregado? No me entra en la sesera —pronuncia el sargento Cascajales.

—Por que yo soy el peor. No voy a acabar la obra que se me ha encomendado. La virgen me habló, pero me he dado cuenta de que yo no puedo seguir. He cometido muchos pecados —balbucea Venancio mientras llora.

—¿La virgen te ha ordenado hacer esto? —pregunta Cañete.

—Ella en toda su pureza me dijo lo que había que hacer.

—Y dices que no quieres seguir porque eres el mayor de los pecadores. El que no sigue los diez mandamientos —dice Hernández intrigada.

—Sí, señora, ese soy yo. He robado para comer. He tomado el nombre de Dios en vano porque no he sido capaz de acabar mi labor, y la palabra de la Virgen es la de Dios. Y por mucho que he amado ha Dios aquí estoy llorando como un estúpido chiquillo. Y por último he codiciado lo que otros tenían.

—Pero faltan mandamientos, como el «no matarás». Ese es el primero que has cometido —señala Cascajales.

—No, sargento. He matado, pero el verdadero asesino será el cabo Cañete.

—¿Cómo dice, Venancio? —sonríe Cañete.

—Sabía que me estaban siguiendo así que yo me he dedicado a vigilarles a ustedes. Son impresionantes pero todo el pueblo estaba revolucionado, así que me ha sido fácil echarles el ojo encima. Y ahí descubría al cabo Cañete y su vida. Una vida perfecta, con un buen trabajo, una mujer y un niño en camino. Todo muy bonito. Lo codicio porque yo no lo tengo. A lo mejor no me lo merezco y el Señor tenía otro plan para mí, pero lo envidio. Y ese es otro mandamiento que no he seguido.

—¿Pero qué cojones? —se enfada Cañete.

Cascajales llama por un teléfono que hay en la mesa del guardia de los calabozos y pide que manden una patrulla inmediatamente a casa de Cañete.

—Es muy bonito, Cañete. Y seguro que el niño también va a ser bonito —sonríe Venancio—. La cuestión es si va a saber esa criaturita honrar a su padre y a su madre. Yo creo que no.

Suena el teléfono. Cascajales descuelga. Se oye una voz amortiguada chillando al otro lado. Cascajales cuelga y mira a Cañete.

—Cabo, no pasa nada. Voy a coger su arma tranquilamente. Míreme a los ojos, cabo. Vamos, Cañete, confía en mí.

—¿Qué ha pasado, sargento? —pregunta Cañete con los ojos llenos de lágrimas mientras desenfunda despacio su arma.

—Nada, Cañete. Tú y yo nos vamos de la sala a hablar. Hernández se va a quedar aquí vigilando. Todo va bien.

—¿Sargento qué ocurre?

—Tu mujer también lloró cuando le saqué a tu hijo de su vientre. Vi en sus ojos un poco de felicidad, pero murió pidiendo que no matara al niño —chilla Venancio.

Cañete se vuelve y dispara sobre Venancio. Dispara y dispara hasta que Hernández se echa sobre él para que pierda el equilibrio. Cañete y ella caen al suelo y el cabo se hace un ovillo y comienza a llorar.

Venancio está sentado y acribillado. La muerte se lleva consigo su pobre alma. Cascajales y Hernández no pueden evitarlo y dejan caer lágrimas de rabia. Levantan al cabo y se lo llevan en busca de ayuda psicológica al hospital.

Los disparos han atraído a más guardias civiles. Cascajales tiene que poner orden y sosegar los ánimos de todos los compañeros. Las noticias han volado como la pólvora y el sentir por la pena de Cañete se ha fijado en sus corazones. A pesar de todo esto ya se ha terminado.

***

Días después de los acontecimientos de los calabozos Cascajales inspecciona el cuartel de la Guardia Civil.

—Barrieros ¿qué son estos fardos tirados en el suelo del almacén? —grita el sargento con toda su capacidad pulmonar.

—Cocaína y speed, sargento. Se los quitamos a unos punkis. Los muy cabrones salieron pitando.

—¿Dónde?

—En lo alto del manantial. Nos vieron venir y echaron el contenido al agua. Luego pusieron pies en polvorosa. Los seguimos pero se nos escaparon, mi sargento.

—¿El manantial has dicho?

—Todo fue culpa de la Virgen, sargento. Seguíamos a los sospechosos cuando recibimos el aviso de las chicas heridas y que el ovejero había salido corriendo. Si no es por eso, no hubiéramos dejado la persecución.

—¿Coca y speed? Menudo cóctel.

—Como para ver la cara de los ángeles, mi sargento.

—¡Exacto! —sonríe el sargento Cascajales mientras se enciende un puro satisfecho por encajar una pieza más del puzzle de la vida.

Mira por un ventanal del cuartel de la Guardia Civil y contempla satisfecho la puesta de sol en Ventura. Ha pasado un día más y la ciudad sigue en pie. Una calada de satisfacción llena de humo su boca. Los últimos dramáticos acontecimientos le han endurecido aún más. Lo único que siente es que tiene que mejorar para poder proteger a sus chicos, los hombres de la benemérita en Ventura y una chica, porque gracias a ellos se salvan vidas y hacen del pueblo de Ventura un lugar donde poder vivir.

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San Sebastián de Garabandal, Cantabria

por & Tai y Chi Relato Bluetal

San Sebastián de Garabandal es una aldea de la Peña Sagra a orillas del río Vendul y rodeada de hayedos y robledos.

Para llegar a ella hay que ir por una carretera sinuosa de montaña, bastante mal conservada y difícil de encontrar. La verdad es que es un aldea que tiene poco que destacar, de esas que uno pasa de largo porque no presentan especial interés, tan sólo cuenta con un túmulo dolménico y alguna casona de pastoreo antiguo, es más ni siquiera su iglesia del siglo XVII es interesante.

Pero lo que hace de Garabandal un sitio interesante y digno de ser visitado es la historia de las apariciones marianas que allí acontecieron. Dos mil apariciones en diecinueve meses —casi todas en día 18—, a cuatro niñas: Conchita, Mari Cruz, Loli y Jacinta.

Primeramente se les apareció a las cuatro de la madrugada el arcángel San Miguel y aunque muchas de las dos mil apariciones posteriores las vivieron juntas, las terminaron progresivamente: Mari Cruz finaliza en septiembre de 1962, Loli y Jacinta en enero de 1963, y Conchita es la última que termina en noviembre de 19651. Al contrario de lo que pasó con otros niños que recibieron la visita de la Virgen, las niñas no ingresaron en un convento, sino que se casaron y formaron una familia residiendo en España o en Estados Unidos.

Entre todos los mensajes que la Santísima dio se encontraban dos importantes sucesos futuros de carácter mundial, únicos en la historia y previos al gran Castigo, a los que dan el nombre de «Aviso» y «Gran Milagro»2.

***

Es 18 de julio del presente año o de algún otro. Al entrar en el pueblo al dirigirte por la calle principal hacia la iglesia y desde ahí subiendo por la calle de la cuesta, se llega a la casona conocida como «la Torre» y junto a ella hay una típica casa de piedra, de tejado a dos aguas, tres plantas y balcón de madera. Lo que la caracteriza y hace diferente al resto de las casas de la aldea, es el trozo de madera que hay sobre la puerta de doble hoja de roble en el que pone «La Cabra Enroscada», pero sobretodo el bullicio de risas, voces y música que sale de su interior.

Al atravesar dicha puerta hay que estar preparado para lo que te puedes encontrar, porque estás adentrándote en esa cueva rural que es ese puticlub sin clase, con olor a humo de cigarros, fertilizantes naturales, humedad marina y sexo, mucho sexo, a veces bueno y otras no tanto.

Había sido el bar del pueblo y ahora era el lupanar, las paredes pintadas de rosa y con cuadros de todos los colores, tamaños y estilos, lámparas del siglo pasado y para dar el color local también había herramientas de trabajo colgadas detrás del camarero, azadas, picos, hachas y bastones, fotos de clientes, fotos de ovejas y de abuelas con vestidos desteñidos. El baño era pequeño y de estilo de pueblo, sencillo y blanco de loza y por supuesto, siempre limpio, porque el club podía ser cutre y guarrete, pero en los baños podía beber sopa.

La barra del bar de madera oscura, de buena calidad pero ajada, antigua, con historia, traída desde los montes más cercanos hacía ya veinte años y allí estaban, los parroquianos de siempre, en el mismo rincón al fondo de la barra, como todas las noches de lunes a domingo: Raúl, Franfi, Isvan y Rosber.

Raúl era el rarito del pueblo, siempre de negro, pelo largo, listo y pedante como él solo, capaz de deleitar a las putas del lugar con poesía del siglo XIX y beber whisky como un mulo psicópata, poseedor de la única web del pueblo como fan de Warhammer 40000 y con diez visitas al día. Tan dura era su coraza como blando era su corazoncito y allí estaba, gritando a sus compañeros de farra y gesticulando al cielo.

Estaba también Franfi, ex rapero y guaperillas del pueblo. Durante una temporada vivió en la ciudad como un urbanita más y volvió tan rápido como se fue, algo no le gustaría, pero ahora con un cubata en la mano y un cigarrillo en la oreja era capaz de hacer el fontanerito cachondo como nadie, o sea bajarse los pantalones hasta los tobillos y bailar enseñando la raja del culo, eso cuando no estaba perdiendo su mano entre la falda de una meretriz o pellizcando algún pezón. Gritaba sobre cine, política y sexo y casi siempre tiene razón.

Isvan era un actor de provincias, famosillo en su momento, gracioso a rabiar, con una verborrea mareante y con un gusto por el whisky idéntico a los amigotes de puti, igual te recitaba a Shakespeare que a Chiquito de la Calzada. Coleccionista de muñequitos y don Juan empedernido, vamos que era el único que frente a una puta la cortejaba y enamoraba, con la mofa que eso le acarreaba entre sus compinches.

Rosber era un hombre sencillo, inteligente, callado y meditabundo, con gran corazón y un gusto exquisito por el whisky, agarraba el cubata como si le fuera la vida en ello, como arma arrojadiza o como receptáculo de su alma. Capaz de desmayarse en la barra del bar, en el camino de tierra hacia su casa o subido a su tractor, sin motivo claro ni aparente, pero siempre gracioso, sus compañeros siempre estaban a su lado para levantarle y por supuesto para reírse con él.

También y como siempre, el camarero era su nexo de unión, bueno, camarero y dueño del puticlub: Israel, bajito y con un malhumor escandaloso siempre que no podía dormir la siesta, siempre de buen humor, perilla de moderno y gafas de pasta. Se decía que había regentado otro club en Barcelona, otros decían que había estado en Ámsterdam, pero todos coincidían en que era persuasivo y diligente, si no ibas al club te llamaba por teléfono o iba a buscarte a tu casa, ¿buen empresario o buen amigo? El caso es que nadie sabía por qué había acabado en un pueblo como este en un puticlub de mala muerte. Tenían un grito de guerra que siempre aparecía a partir del tercer cubata:

—¡Hay que comer más culos! —y todos levantaban la copa y brindaban con una sonrisa en la cara.

Un caso aparte era el caballero del final de la barra. Llevaba dos semanas en el pueblo, venía de la ciudad y en ese tiempo se había acostado con la mitad de las féminas del pueblo y eso incluía desde adolescentes hasta señoras de sesenta años, incluso algún señor agricultor y pastor de ovejas. El tipo era un poco extraño, con una pinta de macarra de barrio que se le veía desde kilómetros.

Se había hecho famoso por un caso muy extraño ocurrido hacia unos meses, había sido secuestrado por tres mujeres para ser violado y vejado durante días y el muy cabrón a la semana había logrado deshacerse de sus ataduras y darles agua, pan y polla durante otra semana. La policía había llegado y detenido a todo el mundo, pero al final como no había habido denuncias de ningún tipo el caso se había sobreseído y todo por culpa de una web que se llamaba follamemacarrademierda.com y allí estaba con su cigarro medio consumido en la boca y ese cubata siempre lleno en la mano callosa, con sonrisa maliciosa y mejor humor.

Las putas eras las de siempre, Svetlana, Andrea, Ivana y Mariela, rumanas, guapas, simpáticas y jóvenes, también engañadas y con pocas luces. Habían venido con una mafia de su país creyendo que iban a trabajar de camareras, empleadas del hogar o de limpieza de calles, luego se habían visto encerradas en un tugurio de Cáceres, pegadas y maltratadas, todo había cambiado cuando apareció en sus vidas la actual madam del club.

Sentada junto al macarra se encuentra una mujer de belleza tan espectacular,  que hace daño a la vista, que hace que los ojos se nublen, que te den vahídos, que te palpite el corazón de manera desbocada cual fumador de 4 cajetillas de ducados que sube el Tourmalet. Su belleza, provoca a aquellos que la ven por primera vez que se desencaje la quijada y se pierda la razón. Es alta, de curvas sinuosas, con unas piernas largas como la vida enfundadas en medias de rejilla, unos pechos turgentes que te hablan, un pelo espectacular. Pero lo que hace perder la cabeza, que se pierda la razón, que se pierda el ser y el estar, es su boca, una boca pintada de un rojo intenso, de labios perfectos, que han llegado a provocar la caída de imperios, de gobiernos e incluso la destrucción de planetas y galaxias.

Se nota que ella sabe de su atractivo, que le gusta ser observada, cada gesto, cada movimiento de sus manos, de su pelo, de sus ojos lo hacen saber.

Acercándose chulescamente a ella, como solo un macarra de barrio pasado de vueltas, de rosca y de todo, sabe hacerlo, posa suave pero firmemente su mano sobre su esplendoroso culo y le dice:

—Querida, nunca pensé que llegaría a conocer a alguien como tú a través de follamemacarrademierda.com.

—Mmmmm, la vida está llena de sorpresas insospechadamente insospechadas. ¿Eso es tu paquete de tabaco o es que te alegras de tocarme?

—Me encanta que seas tan directa…

***

Mientras en algún otro lugar…

Cuando sus pies tocan el suelo descubre el frescor y la suavidad de la hierba, los pequeños granos de arena debajo de ella, y esa suave brisa que viene del mar le llena las fosas nasales agradablemente.

Alza las manos al cielo, sonríe y llena sus pulmones de aire reparador, rayos de luz multicolor salen de detrás de su cabeza, se dispone a proyectar con toda su poderosa voz las palabras llenas de su verdad absoluta y de mensajes para sus súbditos. En ese momento abre los ojos…para descubrir que allí no hay nadie, bueno, dos ovejas que la miran mientras pastan tranquilamente la hierba fresquita, que la miran, se miran y siguen masticando tranquilamente.

Baja los brazos lentamente y no puede reprimir una mueca de desagrado, tanto tiempo preparándose para ese momento y es de noche, dos ovejas la contemplan y la luz más próxima parece estar a un par de kilómetros bajando la colina.

Desde que supo que tenía que aparecerse se había preparado a conciencia, se había alisado el pelo, cortado las puntas, se había hecho la manicura, cremita para las manos y la cara, no había dejado que su piel se tostara de ninguna de las maneras, su piel tenía que estar perfecta, se había aprendido las palabras de memoria, con cierta entonación, con ritmo, con una musicalidad estupenda y ahora solo la miraban dos aburridas ovejas.

Pero, ¿se ha equivocado de sitio? ¿O se ha equivocado de hora? Más vale que esté en el sitio adecuado o va a partir el cielo a relampagueos, mira hacia el mar, después hacia el cielo y un segundo después hacia la luz más próxima, cree leer un rótulo que dice «La Cabra Enroscada». Acto seguido se remanga la túnica y se dirige andando hacia la luz, dos minutos después y habiéndose dado cuenta de lo cansado y difícil que es andar, sus labios susurran:

Taktu mig til fjandans ljósi3.

Ipso facto está dentro de la casa, dentro de una habitación, ¡dentro de un armario! Y es un armario pequeño y maloliente.

Ríða öllum4.

Se quita de la cara la túnica que con el viaje se le ha dado la vuelta y no ve un pepinillo sideral, se alisa el vestido contra su cuerpo ahora nervioso y cuando por fin sus ojos se habitúan a la poca luz roja que hay afuera, empuja con convicción la puerta del armario, adopta su pose con los brazos en alto y proyecta con vigorosidad las palabras verdaderas:

Kæru bræður, biðja fyrir syndara! Kyssa jörðina í yfirbótar fyrir syndara! Opna augun og hjarta yðar til ljóssins og kærleika, heyra boðskap heilags!5

Cuando termina henchida de orgullo por el trabajo bien realizado abre los ojos y allí están: una chica con los ojos abiertos como platos, a cuatro patas desnuda y un hombre con los riñones encogidos, la verga escondida en algún rincón de la mujer y los dedos de los pies retorcidos, aullando como un lobo y con la cabeza estirada hacia atrás como un pato:

—Ahhhhhhhhhhhhhhhh, Svetlana cabritilla mía, que me corro toooooooooooooo, ains…

La imagen es grotesca hasta para la fulana rumana, curtida en mil batallas: una señora ha salido del armario vestida como la Virgen, ha gritado unas palabras ininteligibles mientras rayos de luces multicolores salen por detrás de su cabeza, el maromo dándole golpes de riñón por detrás como si se tratara de un mulo en celo. Un segundo después se miran desconcertados, él después de su orgasmo se ha encogido entre las sábanas y se agarra a sus caderas como pegamento, ambos tiemblan.

Svetlana ha visto de todo, y le han pedido de todo, pero ahora no sabe qué hacer o qué decir, se ha quedado petrificada y todavía permanece con el culo en pompa. El labriego en ciernes se ha caído al suelo, se le ha salido el condón que ha volado por encima de los dos para alojarse encima de la cómoda, con el golpe ha movido la alfombra del Ikea, que ha tirado la lámpara de pie, que ha roto la ventana en mil pedazos y los cristales has salido volando por toda la habitación.

La Virgen se echa las manos a la cabeza y susurra cosas ininteligibles, enfadada sale de la habitación levantando las piernas como si estuviera desfilando, por fin se ha dado cuenta que levantarse la túnica ni es cómodo ni práctico, pero si glamuroso le dice una voz en su cabeza.

Recorre todo el pasillo mientras Svetlana, todavía desnuda asoma el hocico por la puerta para ver por dónde se ha ido la señora rara, que ya ha doblado la esquina y se dirige a las escaleras que la llevan hacia abajo. Unos metros después aparece en medio del bar, con los parroquianos, con las putas, con el sombrío ambiente lleno de humo, olor a bebidas alcohólicas y otra señorona al fondo que la mira frunciendo el ceño y con los brazos en jarras.

Si más preámbulos, se dirige a la barra, se sienta en el banco de madera mugriento y pide una cerveza:

Bjór… og quickie6.

Todos los parroquianos la miran extrañados, todos menos uno, un macarra al final de la barra que le guiña un ojo.

—Por el aspecto físico que presenta la fémina que acaba de aparecer ante nosotros, creo poder afirmar, que se trata de un espécimen nórdico. Casi aseguraría que concretamente de la región de Hafnarfjörður —Raúl dixit.

—Creo que debería hablar con ella —Isvan dixit—. ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor? Jarl, condemor.

—Nonononono —Franfi dixit mientras sentado en una banqueta se balancea abrazado a su pierna—. ¡Me la follo!

—… —Rosber no dixit, mientras agarra con fuerza su peloti.

—¡Gañanes! —Chi Chi Fu dixit entre dientes.

Viendo que se le va de las manos porque lo que ve en los ojos de esos hombres —aparte de que el macarra debe tener algo metido en uno de ellos porque no deja de guiñarlo— la Virgen alza las manos al cielo, sonríe y llena sus pulmones de aire viciado, rayos de luz multicolor salen de detrás de su cabeza, se dispone a proyectar con toda su poderosa voz las palabras llenas de su verdad absoluta y de mensajes para sus súbditos. Abre los ojos…para descubrir que los parroquianos la miran mientras beben tranquilamente, que la miran, se miran y siguen bebiendo tranquilamente sin asomo de sorpresa en sus ojos.

—¡Oh, ese es el típico truco de halos de luz proyectados que suele hacer David Copperfield! —Raúl dixit.

—Te equivocas, es de Dynamo. Lo he visto en un documental que echaron el otro día después de los Alienígenas Ancestrales en Xplora. Además, he leído sobre ello, y resulta que lo hacen… —el camarero dixit.

þetta gerir er bara óþolandi!7 —ella dixit gritando.

Ég skil kæri. Þeir eru óþolandi með Attention Deficit kynnt. Ég held að það var eitthvað sem kastaði vatni þegar þeir voru ungir Bandaríkjamenn8 —Chi Chui Fu dixit ante la sorpresa de ella y dejando boquiabiertos a ellos—. Sí, ¿qué pasa? Sé islandés, así que cerrar el pico. Vinsamlegast kæri, áframhaldandi hvað þú hefur að segja þar sem það virðist mjög áhugavert. Ég þýða þar sem þessi cenutrios hafa ekki hugmynd um hvað þú ert að segja9. A ver, señores, cierren el pico y escuchemos el mensaje que ha tenido a bien traernos.

—Pero…

—¡Cierra el pico, Israel! ¡Y como sigas mirándole el culo te voy a meter!

Así pues, levantando los ojos hacia el cielo y abriendo los brazos, la Virgen dice:

Það er engin tilfinning, það er friður, Það er engin fáfræði, það er þekking. Það er engin ástríða, það er æðruleysi. Það er engin ringulreið, það er sátt. Það er engin dauði, það er afl.

—«No hay emoción, hay paz. No hay ignorancia, hay conocimiento. No hay pasión, hay serenidad. No hay caos, hay armonía. No hay muerte, está la Fuerza.»

—¡Uy, uy, uy, yo lo sé, yo lo sé! ¡Es de Star Wars, es lo que dice el Maestro Yoda! —dice Mariela emocionada, mientras da saltitos y palmaditas—. ¿Qué pasa? ¡Aunque sea puta no significa que no sea tan friki como vosotros! —dice ante la cara estupefacta de los presentes.

—No estamos en un concurso, Mariela, no hay que adivinar nada. ¿Podemos centrarnos para que esto acabe rápido y volvamos al tajo?

—Perdón.

Við verðum að gera margar fórnir, framkvæma mikið yfirbót. Við verðum að fara á alhelga oft. En við verðum að vera mjög góður. Ef við gerum ekki við komið refsingu. Er nú þegar að fylla bikarinn, og ef við ekki breytt, munum við koma stór refsingu.

—«Hay que hacer muchos sacrificios, mucha penitencia. Tenemos que visitar al Santísimo con frecuencia. Pero antes tenemos que ser muy buenos. Si no lo hacemos nos vendrá un castigo. Ya se está llenando la copa, y si no cambiamos, nos vendrá un castigo muy grande.»

—¿Pero eso no es lo que le dijo la Virgen a una de las niñas cuando se apareció en la colina? —dice el parroquiano que estaba con Svetlana mientras baja las escaleras, recomponiéndose la ropa.

—Yo no entiendo nada —dice Ivana.

—Nonononono —Franfi dixit mientras sentado en una banqueta se balancea abrazado a su pierna—. ¡Me la follo!

Yfirgefa bannað og verður besti guðrækinn, þegar þú ert ánægð með að næring sem Allah hefur gefið þér verður ríkasti allra manna, að vera góður við náunga þinn og þú verður að vera sannur trúmaður, óska öðrum það sem þú vilt fyrir þig og það verður að vera einlæg múslima, og ekki hlæja mikið, örugglega hlæja lengi líf hjarta í burtu.

—«Abandona lo prohibido y serás el mejor adorador; cuando estés satisfecho con el sustento que Allah te ha dado serás el más rico de toda la gente; sé bueno con tu vecino y serás un verdadero creyente; desea para los demás lo que deseas para ti mismo y serás un musulmán sincero; y no te rías mucho, porque ciertamente reírse mucho hace quita vida al corazón.»

—¿Y ahora por qué mete una de las enseñanzas del profeta Mahoma? —dice Raúl—. Ésta es una de las que dio para buscar un camino en nuestra relación con la sociedad y que…

—Mira que puedes llegar a ser cansino, querido —le espeta Chi Chi Fu.

Sérhver maður hefur atkvæði, rétt á að ferskum ákvæði eða sterkum liquors, og ef þú ert, getur þú notað þær að vild , nema í tímabil skorturinn eða til góðs allra. Halda byssunni hreint og passa fyrir bardaga saber. Börn og konur eru ekki leyfðir á bátnum. Það að hoppa skip eða dvelja læst í bardaga skal refsað með dauða eða brottflutning. Tónlistarmennirnir verða að hvíla á laugardag.

—«Todo hombre tiene voto; tiene derecho a provisiones frescas o licores fuertes, y si le corresponden, puede usarlos a voluntad, salvo en periodos de escasez o por el bien de todos. Mantener la pistola y sable limpios y aptos para el combate. No se permiten niños ni mujeres en el barco. Los músicos tienen que descansar el sábado.»

—Son los puntos I, V, VI, y XI del código Pirata —afirma Rosber ante la sorpresa de todos al oír su voz tras meses de silencio.

Ekki fullnægt og hefur ekki verið kunngjört skilaboðin mín frá…

—Querida, querida, disculpa un momento. Creo que tienes un cacao de toma pan y moja. Estás mezclando conceptos y ciertamente no nos queda muy claro qué es lo que nos quieres decir. Eso, o es que se te ha ido la olla.

—Querida, nos tienes ojipláticos a todos y con una duda, ¿cómo un bellezón como tú ha llegado a aprender un idioma como el islandés y saber tantas cosas? —dice el macarra mirando a Ch Chi Fu.

—¿Me estás diciendo que por ser espectacularmente bella y atractiva he de ser idiota? —contesta Chi Chi Fu roja de rabia e indignación con los brazos en jarras—. ¿Quieres probar a Leñoso, Largo y Peligroso?

—No, no, no, por favor. Simplemente me sorprende, porque da la impresión que has vivido mucho.

—Mmmm, sería largo de contar pero para resumir sin dejaros con la duda, digamos que tuve que salir precipitadamente de Las Vegas. Iba con unos amigos y acabamos perdiéndonos en el desierto, afortunadamente nos rescataron unos militares que sorprendidos que hubiésemos sobrevivido a lo acontecido nos llevaron a su base 51 para hacernos unas pruebas.

—¡Hostia puta! —dice Franfi.

—Digamos que por ciertas habilidades conseguí escapar de la sala de pruebas, llegué a los hangares y allí había una nave, que por casualidades de la vida y otras cuestiones, sabía pilotar. Huí en ella y cuando estaba en el espacio meditando dónde ir mientras me pintaba las uñas del rouge que siempre llevo en el bolso…

—¡Eres divina! —aduce Isvan.

—Antes muerta que sencilla, es mi lema. Pues eso, que mientras me pintaba las uñas apareció una de las naves asgardianas que nos vigilan desde el lado oculto de la Luna. Así que tras unas conversaciones y cuestiones diversas pues me quedé una temporada con ellos. Y más o menos eso es lo que pasó.

—¡Ay! ¡Te adoro!

De repente la puerta de entrada se abre con un golpe seco dando paso a cinco figuras por la puerta, son tan altos que casi tienen que agacharse para no darse en la cabeza con el cerco. Llevan abrigos negros hasta los tobillos y sombreros de los años cuarenta calados hasta las orejas, la penumbra del ambiente no deja adivinar sus caras, sólo se vislumbra el brillo antinatural de sus ojos amarillos.

Se acercan pausadamente hacia la Virgen, saben que son observados, que despiertan inquietud, que nadie se atreverá a plantarles cara o ni tan siquiera dirigirles un hola. Saben que ella está sola, así que obviamente tienen las de ganar. Se nota que el que lleva la voz cantante, el líder, el jefe es el que va en cabeza de todos ellos y es el que se planta delante de la Virgen y la agarra del cuello sin mediar palabra:

—Sucia asgardiana, ¡te vamos a reventar! ¿Cómo se te ocurre aparecerte en nuestro territorio? Os dijimos en el reparto 2008 que España que era nuestra para exprimirla hasta nuevo aviso, y no vamos a permitir injerencias por vuestra parte. ¿Qué demonios haces aquí?

Los parroquianos, putas, guarro de internet y la sublime Chi Chi Fu se han quedado de piedra, nadie mueve un músculo ni siquiera pestañea, a alguien se le ha caído un pedo pero nadie busca culpables, solo hasta que el horrendo olor llega hasta los parroquianos que empiezan a toser, llorar y descojonarse mientras se señalan con el dedo.

Otro de los misteriosos hombres se acerca a ellos diciendo:

—Como se os ocurra abrir alguno vuestras apestosas bocas, vais a sufrir de tal manera que deseareis no haber nacido.

El guarro de internet se echa la mano a la chupa de cuero asquerosa y roñosa que lleva puesta siempre y saca con una mano una navaja, de las que llamaban en los ochenta «mariposa» y con la otra mano saca un pene negro que parece metálico y lo pone encima de la barra.

—Oídme mierdecillas, aquí nadie amenaza a los colegas sin mi consentimiento. ¿Qué os habéis creído?

Su mirada es amenazante y los músculos del cuello se tensan con cada una de sus palabras.

Raúl, que no ha perdido comba de todo, pregunta ensimismado:

—¿Eso no es un vibrador x2000? No me jodas tío, ¿llevas eso siempre encima? ¿Es de goma, de cuero o de metal? Creo que fue inventado por los coreanos y lleva un chip que permite…

Franfi emocionado le corta:

—Coño, pues será de cuero o de metal de ese negro que venden en la teletienda de madrugada. Es para masoquistas de esos, fijo que vale una pasta. Oye, ¿se puede lavar? ¿Y el puto chip qué hace? ¿No será de esos que te controlan como los del puto gobierno? Vamos, es pura curiosidad, no que quiera uno.

Isvan, que ha dejado el cubata apoyado en la mesa comenta:

—Chari, la del pajar, tenía uno de esos y un día se le quedó metido en el culo. La tuvimos que llevar a urgencias en el motocarro del párroco Juan… qué gritos pegaba la jodía. Pero la cogí de la mano durante todo el camino y le conté aquella historia tan romántica que tuve con una ucraniana en un atardecer encima del puente de Carlos en Praga y…

—Joder, pero gritaba porque le gustaba más que a un tonto un lápiz. La tía cuando llegamos al hospital se lió a guantazos con los enfermeros para que no se lo quitaran. La engañaron al final diciendo que se lo cambiaban por una exploración anal semanal —dice Rosber.

El guarro de internet, con los ojos hinchados en sangre, mitad por el alcohol ingerido, mitad por la excitación del momento, pregunta:

—¿Se lo cambiaron por una exploración anal semanal? Joder, qué suerte tienen algunos.

Israel, el camarero, que mientras el tiempo ha ido pasando ha sacado de debajo de la barra una escopeta de cañones recortados y la tiene amartillada debajo, continúa con la historia:

—Nada, la engañaron. Menudo disgusto tuvo durante un mes, hasta que le regalamos un kit completo de masturbación que compramos por internet de una página de Ámsterdam, Flugegegeimen Club. Doscientos euros del ala nos costó la broma. Eso sí, la chica agradecida de por vida: a mí me trae las lechugas y los pepinos fresquitos fresquitos y a estos les limpia la casa de vez en cuando.

Los cinco hombres misteriosos anodadados se miran entre ellos:

Ĉu vi estas tiel surprizita, kiel mi estas? Eniru stranga raso … kaj portis bonan tempon kun ili kaj ili ne komprenas okazas10.

Jes, mia tiuj hispanoj min freneza. Neniam sciis kie eliri11.

Chi Chi Fu, que mientras todo esto pasaba se ha ido moviendo lentamente hasta situarse en la parte de atrás de la barra. Una vez allí se agacha despacio para no poner sobre aviso a los visitantes y recoge su estola en forma de hurón supersuavecito para que no la pique, su palo de hockey Leñoso, Largo y Peligroso. Se incorpora lentamente, y susurra a Israel que ha seguido todos sus movimientos, sin mover una pestaña o desviar una mirada para que no les pillen:

—¿Te acuerdas del capítulo de Alienígenas Ancestrales que vimos el lunes?

—Mierda, ¿son ellos?

—Ajá.

Con movimientos de ninja aprendidos junto al maestro Yao aparece por detrás de uno de los visitantes y le atiza un golpazo en la cabeza con Leñoso, Largo y Peligroso de agárrate y no te menees, haciendo que el sombrero caiga y todos vean que esconden debajo: una cara verde con escamas y grandes ojos amarillos.

Mientras Chi Chi Fu así actuaba, Israel, sacando la escopeta de detrás de la barra, grita:

—¡Reptilianos! ¡Es la hora de partir culoooooosssssss!

Y dispara su recortada de doble cañón.

—Lo vi el otro día en Discovery Max en un documental, nos quieren comer y follar, o follar y luego comernos, bueno no sé el orden, pero resulta incómodo y asqueroso —dice Andrea mientras se agacha para esquivar las balas.

Todo se precipita en pocos segundos, el reptiliano del sombrero ladeado golpea con fuerza en la cara de Chi Chi Fu que recula un par de metros acercando sus dedos de perfecta manicura hacia su estola, y en la nariz del hurón dice:

—Missy, Missy…

El hurón abre los ojos y muestra sus mortales colmillos retráctiles de adamantium y se lanza cual flecha de Robin Hood al cuello del reptiliano. Al tiempo, el macarra grita de furia y se abalanza contra el verde más cercano —que se ha girado hacia Chi Chi Fu con aviesas intenciones— blandiendo la mariposa y el pene de metal negro. Un segundo después de la garganta del reptiliano sólo sale una sangre verde y espesa y ahora el vibrador esta incrustado en la oreja. Por supuesto cae redondo con cierta cara de estupidez, mientras apenas le da tiempo a pensar:

—¡Pero qué cojones…!

—Gracias querido, ha sido todo un detalle, ¡mi punisher! —dice Chi Chi Fu mientras se funde en un abrazo con el macarra… beso de tornillo y lengua incluido.

Los demás reptilianos reaccionan con la violencia esperada: uno de ellos saca una especie de arma de la que sale un chorro de fuego que todo lo quema instantáneamente. La barra del bar empieza a deshacerse poco a poco. Israel carga su arma y deja que dos cartuchos con ochenta bolas de acero arranquen de cuajo el brazo del que tiene más cercano, Svetlana y Mariela se abalanzan hacia el ya manco y le acuchillan sin piedad, han sacado sus navajas de los ligueros y están haciendo buen uso de ellas.

Raúl se levanta, coge dos botellines de cerveza, los estrella contra la barra y los blande delante de la cara.

—Por fin un poco de acción, mañana escribiré sobre ello.

Y dando un salto de rana como si fuera un gato salvaje poseído, clava sin parar los botellines rotos en el cuello y cara del reptiliano, mientras Isvan saca un machete de campo y destripa con celeridad el estómago del mismo bicho… Tripas y sangre verde lo ponen todo perdido, y aunque se defiende con uñas y dientes sólo hiere a ambos superficialmente.

—Y yo lo recitaré amigo mío —responde Isvan entre gritos de loco poseído.

Rosber le ha metido los dedos en los ojos al otro mientras le mira con terror, parece que no quiere luchar pero algo más allá de su humanidad y consideración le dice que mate, destripe, arañe y saque los ojos de aquel ser abominable que tiene delante de él. Franfi aprovecha el momento y coge la cadena que lleva siempre consigo atada a su cartera y lo estrangula con todas sus fuerzas al mismo tiempo que le grita:

—¡Extraterrestre de mierdaaaa!

Chi Chi Fu termina con su agonía quitándose un zapato y clavándole en medio de la cabeza su tacón de aguja, rápido, glamuroso y precioso final.

—Lástima de Jimmy Choo, espero que esta mierda salga.

Entre tanta sangre, violencia, golpes, fuego y exabruptos, la Virgen asgardiana se ha mantenido sentada en la barra del bar con la cerveza en la mano y sin moverse en absoluto. La escena la ha bloqueado por completo.

Un minuto después están todos en la calle viendo como su lugar de esparcimiento y lupanar favorito, por no decir único, se quema hasta los cimientos.

Cinco reptilianos permanecen dentro, muertos y bien muertos: Israel se ha encargado de rematarlos con la escopeta. Todos ellos están heridos, pero lo que más les ha dolido ha sido esa intromisión en su intimidad, esa intromisión en su vida tranquila.

—Pues yo me he quedado con una escama —dice Raúl.

—Yo tengo una oreja —dice Isvan.

—Yo he guardado un dedo para llevármelo a casa —dice Franfi.

—Yo tengo este sombrero, es muy elegante —dice Rosber mientras se lo pone orgulloso.

—Cabrones yo me he quedado sin bar. Bueno quizás sea momento de volver a Ámsterdam.

—De eso nada monada —dice Svetlana—: tú te quedas aquí conmigo y aunque sea llevamos al monte unas vacas y las ponemos a pastar. Harás de mí una mujer decente.

Las demás chicas están sentadas en el suelo y se abrazan aliviadas.

La Virgen los mira a todos, levanta los brazos hacia el cielo, vuelven a salir rayos multicolores detrás de su cabeza y cuando va a comenzar a hablar, Chi Chi Fu le pone una mano en el brazo.

—Cariño, si quieres decir algo deja el teatrillo para otros, nosotros, como has comprobado, somos gente de mundo y hemos visto de todo.

La Virgen se encoge de hombros y dice:

Takk fyrir hjálpina, sem þeir hefðu drepið mig. Nú þú hafa a vandamál með þeim en við munum hjálpa þér, við erum skuldsett fyrir að frelsa mig. Ég óttast að hugsa hvað hefði gert mér!12

El macarra, que se está limpiando la cara y las manos de la sangre verde de los reptilianos, mira a Chi Chi Fu: le guiña un ojo y la coge por la cintura acercándola a él mientras dice:

¿Y ahora qué?

***

—Querida, cuando antes te has referido a Leñoso, Largo y Peligroso, ¿a qué te referías? ¿A alguna parte de ti a la que llamas así?

—Querido, veo por donde vas, y espero que no insistas.

—¿Por qué no?

—Porque en realidad no soy morena natural.

—No importa, quiero saberlo. Me pone saberlo.

—Y además fumo. Fumo como un carretero.

—A mí no me molesta, yo también. Y además llevo slips, no gayumbos. Suelo decir que es porque son más masculinos, pero en realidad es porque me gusta ir recogidito.

—Y tengo un pasado muy agitado. Yo… he visto cosas que no creerías: naves de ataque en llamas más allá de Sirio. He visto rayos V brillar en la oscuridad cerca de Torrehong… Todos esos momentos que se perderán como lágrimas en la lluvia… básicamente porque mi memoria ya no es lo que era.

—Te perdono. Tampoco es que mi vida haya sido un dechado de virtudes.

—Y nunca podré tener hijos.

—Recuerdos. Hablas de recuerdos. Los adoptaremos.

—¿Pero es que no me comprendes? ¡Soy… !

—Nadie es perfecto.

Y mientras el Lamborghini rosa fucsia, edición limitada Barbie con cristales de Swarovski, se pierde hacia el horizonte, el cielo se tiñe de carmín dejando a sus espaldas un pueblo arrasado, un puticlub en llamas y un conflicto interestelar en ciernes.

—Por cierto, querida, ¿y si montamos la web de todolomo.com?

***

Mientras en la colina donde las cuatro niñas hablaron con la Virgen Santísima, se ve de repente iluminada por una luz resplandeciente y cegadora de la cual emerge la figura de una mujer vestida con una túnica blanca y un manto azul sobre los hombros…

  1. Ocasionalmente, alguna otra persona vio alguno de los fenómenos. Entre ellos cabe destacar al Padre Luis Andreu S.J., que falleció inesperadamente al día siguiente de su visión, y el Santo Padre Pío que conoció los acontecimientos de Garabandal por vía sobrenatural desde su convento en el sur de Italia. Volver
  2. Para más información al respecto: www.garabandal.org.es. Volver
  3. «Llévame a esa puta luz.» Volver
  4. «Me cago en todo.» Volver
  5. «¡Queridos hermanos, rogad por los pecadores! ¡Besad la tierra en penitencia por los pecadores! ¡Abrid los ojos y vuestros corazones a la luz y el amor, escuchad el mensaje del Santísimo!» Volver
  6. «Una cerveza… y rapidito.» Volver
  7. «¡Esto es simplemente intolerable!» Volver
  8. «Te entiendo querida. Son insoportables con el déficit de atención que presentan. Creo que fue por algo que echaron en el agua los americanos cuando eran pequeños.» Volver
  9. «Por favor querida, continua lo que tengas que decir puesto que parece altamente interesante. Yo te traduciré puesto que estos cenutrios no tienen ni idea de lo que dices.» Volver
  10. Idioma intergaláctico: «¿Estáis tan sorprendidos como yo? Vaya raza más extraña… llevo ya un buen rato con ellos y no entiendo qué les pasa.» Volver
  11. «Sí, a mí estos españoles me vuelven loco. Nunca sé por dónde van a salir.» Volver
  12. «Gracias por ayudarme, me habrían matado. Ahora tenéis un problema con ellos pero nosotros os ayudaremos, estamos en deuda por haberme salvado. ¡No quiero ni pensar lo que me habrían hecho!» Volver

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Arturo, hermoso mío, si vuelves a sacarme del pueblo con la promesa de un viaje emocionante, te arreo un sopapo que te pongo a bailar

por Relato ganadorRelato Bluetal

—Con una rodilla en el suelo proclamo que por la Gloria de Dios y el rey Jorge III yo, James Cook, enviado especial de la Royal Society y capitán de la HMB Endeavour, declaro esta zona como suelo británico bajo la protección de la Armada británica y sujeto a las leyes inglesas. Y así lo reclamo por el principio de Terra nullius. Así, mando y ordeno, que todo hombre que habite estas tierras sea honrado a servir a Inglaterra y aquel que levante un arma contra esta incuestionable voluntad sea considerado enemigo del pueblo inglés y castigado por consiguiente por traición a la Corona y al Parlamento. Reclamo para Inglaterra lo que ningún otro hombre ha podido reclamar. Es un hecho probado que somos los primeros seres humanos que ponen pie en esta hermosa tierra y por lo tanto es nuestro derecho indudable el considerarla de nuestra propiedad. Largo es el viaje que nos ha traído aquí y largo es el trayecto que nos queda. Han merecido la pena las calamidades sufridas por estos hombres que hoy me acompañan. Nuestra misión es dura pero será de gran valor para las generaciones venideras y así nos será reconocido. Gracias a todos por vuestro esfuerzo y dedicación. El Rey Jorge y la Royal Society estarán orgullosos cuando sepan lo que han hecho estos hombres ingleses que hoy pisan esta tierra virgen. No nos detendremos hasta completar lo que hemos venido a hacer. Me llamo James Cook y juro ante mis hombres que volveremos victoriosos al hogar o no volveremos. Que la Naturaleza sea sometida por nuestra grandeza. Que el resto de los hombres nos envidien. Somos Inglaterra y nada puede detenernos. Ninguna empresa es imposible si hay un inglés al frente. Hoy, 29 de abril de 1770, el mar es un poco más inglés que ayer pero menos que mañana. Declaro que esta tierra se llamará Stingaree Bay. Y que este pequeño paso signifique…

—Vamos, chicos. No os detengáis. Vamos, rapaces.

—¿Qué es eso, capitán?

—Creo que es un inglés, Paco. Pero no te detengas hombre, sigue andando hacia el agua, carallo.

—Sí, capitán.

—Buenas tardes, tengan los señores —dice el capitán de navío Juan Adolfo Villamagna Lobos mientras realiza un saludo militar; su interlocutor imita el gesto con desdén.

—¿Qué diablos significa esto? —pregunta en perfecto inglés un sorprendido James Cook.

No te entiendo ni lo más mínimo, carapalo. Madre mía. Mira que tenéis todos los ingleses cara de estreñidos. No me extraña, comiendo lo que coméis. Una moumenta, porrrfavor. Licenciado, licenciado, deja caer tu espíritu por aquí, salao. Los demás, os he dicho que no os detengáis.

—Capitán, esta gente es muy finolis.

—Clemen, tira para el agua y déjales en paz. Tú eres de Málaga y sabes idiomas. Diles algo amable y desfila.

—Sí, capitán. Sé un poco de inglés para hacer negocio. Sangría y pescaíto, dos chelines.

—¡Qué ropas! ¡Qué porte! ¡Qué flema!

—Celerio, cojones, compostura y saber estar, que somos de la Armada española.

—Sí, capitán. Es que no puedo por más dejar pasar por alto las diferencias entre su cultura y la nuestra.

—¿Qué diferencias son esas de las que falas?

—Pues me ha llamado la atención el discurso del elemento en cuestión. No he entendido nada pero parecía cargado de emoción y elocuencia, propio de los grandes hombres. Usted al llegar escupió al suelo y nos ordenó que montáramos un chamizo en la playa para que nos diera la sombra mientras comíamos.

—Celerio, tengamos la fiesta en paz, que se me inflan las…

—¿Llamaba, capitán?

—Ya era hora, hombre. Licenciado Pérez traduce al inglés, tú que sabes. Primero: dile quién soy y cómo de grande tengo los …

Mi capitán es Juan Adolfo Villamagna, se deshace en halagos hacia su persona y quiere expresar lo honrado que está por tener a tan distinguido capitán ante él.

—Ah. Estupendo. Yo soy el capitán James Cook.

—Capitán, el honorable James Cook al servicio de su Majestad pregunta por nuestra misión y no puede evitar plantearse si somos un peligro para ellos dado que nuestra presencia aquí no era esperada.

—¿Ha falado todo eso? Si apenas ha movido los labios.

—Son ingleses, mi capitán, dicen más por lo que callan que por lo que hablan.

—Dile a carapalo que es un impresentable petimetre y que tengo unas ganas irresistibles de abofetearlo, pero que no lo voy a hacer porque nos marchamos con viento fresco.

Mi capitán expresa su inquietud ante el temor de que nuestra presencia aquí haya enturbiado las relaciones entre nuestras culturas. Pero insiste en que no hay que temer porque nosotros ya partimos lejos de aquí, y que espera que este pequeño encuentro no quede más que en pura anécdota dentro de los libros futuros de historia. Nosotros nos marchamos y vos podéis continuar con vuestros asuntos sin ser molestados.

—Esto es una misión científica de exploración —replica el capitán James Cook.

—Dice que están enfrascados en una misión de reconocimiento y exploración de la Natura. Pero vamos, que es una forma elegante de disfrazar sus ocultas y subyacentes intenciones.

—Más claro, hostias.

—Que dicen hacer mapas y catalogar bichos y pájaros para quedarse con todo lo que pisan.

—Que Dios les bendiga el morro que le echan a la vida. Dile que si quiere ver bichos raros me mire los… Y dile que hoy es domingo y que si en su casa no tiene Dios o qué. Porque venir a conquistar una tierra en el día del Señor es casi de infieles. Pero que me importa un cagao. Que nos vamos y que se metan este sitio por lo más oscuro de su flemático…

Mi capitán quiere desearle unas muy buenas tardes y que sus futuros negocios lleguen a buen puerto. Adiós, caballero.

Au revoir —pronuncia con satisfacción el gran capitán Villamagna.

—Eso es francés, mi capitán.

—Ya sé. Es que quiero ver si es un francés haciéndose pasar por un inglés. A ver si pica el mequetrefe.

Mi capitán se despide en la lengua internacional y pide que se nos garantice salvoconducto hasta nuestra nave que se haya en una localización secreta para partir a España. Aquí ya ha finalizado nuestra presencia.

—Me extraña mucho este comportamiento. Exijo una explicación inmediata. Están ante un oficial de la gloriosa armada británica y esta situación es insostenible —gruñe el capitán inglés mientras levanta el brazo derecho haciendo una señal y acto seguido todos sus hombres desenvainan sus sables.

—Capitán, digo, capitán. Parece que se está poniendo un poco nervioso y pide que le expliquemos todo.

—¡Manda carallo! Esto va a retrasarnos.

—Debemos hacerle caso, señor. Con esta gente no se juega. De hecho no me apetece jugar con gente que está mejor armada que nosotros.

—Échale un poco de bilis a la cosa. Se un hombre por una vez, Pérez.

—No se me da muy bien cuando hay tanta gente con ganas de cortarme la garganta como en este momento.

—¿Es que esta gente no sabe cuándo hay que dejar las cosas correr? Está bien. Desatad al perturbado y que él les cuente todo.

—¿Desatar a fray Bartolo? ¿Estáis seguro, mi capitán?

—No queda otra. ¿Quieres una explicación, inglés? No te preocupes, te vamos a dar una que no vas a olvidar y lo mejor es que lo va a hacer en tu idioma. El perturbado habla cualquier cosa.

Villamagna y Pérez consiguen que el capitán Cook baje la guardia y los acompañe hasta un carromato destartalado empujado por un par de hombres. Tiran de una manta que cubre el suelo del carromato y aparece el cuerpo de un hombre amordazado y con una venda tapando su boca. La mirada del hombre parece perdida. Tiene una larga barba y la carne pegada al hueso. Sus ropas son harapos pero aún se distingue la forma del hábito correspondiente a un monje franciscano. Su olor corporal echa hacia atrás la valentía del inglés que se ha intentado acercar a él para observar más de cerca. Villamagna da instrucciones a uno de los hombres que tira del carro. Desata al pobre diablo y se descubren las heridas que las cuerdas le están causando. Pérez explica al capitán Cook que en realidad la mordaza es por su propio bien. Ha cogido una fiebres extrañas y no hace más que hablar y autolesionarse. Todos tienen una cierta cara de preocupación ante la debilidad que presenta fray Bartolo. El capitán español susurra algo al oído del monje y este abre los ojos como si reviviera. Alguien acerca un odre de vino al franciscano que bebe y deja caer parte del contenido entre la comisura de sus labios insaciables. Se aclara la voz y comienza a hablar.

—Éste es el relato novelado de los acontecimientos que nos han hecho llegar hasta aquí. Es la titulada Crónica de las putas calamidades pasadas en Tierras Australes del monje franciscano Fray Bartolo Miguel Huestes, que siguió a su primo Arturo Rojas Huestes en una increíble aventura, que por supuesto tuvo su origen en alguna perturbada mente política pensante en el jodido Madrid. Letras en gótica libraria y oro. Encuadernación en cuero y tapa dura, hojas cosidas a mano al lomo.

***

Introducción

El lector tiene que ser advertido que esta crónica resume lo vivido por el autor y recoge, así mismo, testimonios de los acompañantes de la expedición real secreta capitaneada por Juan Villamagna Lobos. Se juntan partes en prosa con diálogos de los protagonistas aunque estos episodios no hayan sido vividos directamente por el autor.

Capítulo I: El comienzo

Lo que empezó como un apunte en un margen de un antiguo libro, una fría mañana del 29 de enero de 1767, se ha convertido en una aventura digna de mención. Todo empezó cuando el licenciado Pérez seguía los pasos de un familiar viajero entre los libros de la biblioteca mejor surtida de Madrid. Esta biblioteca era la posesión más preciada de la familiar Soto Pérez Grande. Orgullosos de recopilar libros y de escribirlos, eran una clase poco frecuente de familia en el Madrid de la época. El licenciado Óscar Pérez Grande era el primo del sucesor del gran duque de Soto Pérez, Alejandro, y su estrecha relación le permitía deambular por la casa libremente. El caso es que el licenciado tenía ganas de saber qué había ocurrido con su tío abuelo el doctor Ignacio Soto Pérez Ruibarbo Calpe. Hacía mucho que no se sabía de él. Lo último que dijo en la casa que ahora pisa Óscar fue:

—Me marcho. No sé cuándo volveré.

Palabras que quedaron grabadas en la mente de la matriarca de la familia y que Óscar había escuchado muchas veces.

La empresa no fue fácil y el licenciado se pasó muchas horas consultando libros. De repente, allí lo encontró. El tío abuelo había escrito de su puño y letra unas pequeñas anotaciones en el margen izquierdo de un libro que narraba la vida del expedicionario Gustavo Mendoza y Mendoza, ayudante de Luis Váez de Torres, el portugués al servicio de la corona española. Las anotaciones eran unos números junto con la frase «allí iré». La matriarca confirmó que esa era la letra de su hijo Ignacio y la mente de Óscar se puso a trabajar. Leyó y releyó el libro sobre Gustavo Mendoza y consultó las referencias a Luis Váez y sus viajes. Cayó en la cuenta de que esos número eran coordenadas de posiciones estelares y calculadas a ojo de lector. Echó mano de cartas marinas recopiladas por su familia para hacerse una idea, pero no eran muy detalladas y sólo mostraban las rutas hacia las Filipinas por el Pacífico o hacia Molucas. El licenciado intuía que, según le sugerían las coordenadas, había que ir más al sur, mucho más.

Preguntó, leyó, analizó y estudió y por fin encontró el rastro de su tío abuelo. Le llevó hasta La Coruña de dónde partió hasta Inglaterra.

Allí, con el carácter que define a los españoles, movió cielo y tierra buscando los rastros de de su tío abuelo, centrándose sobre todo en tabernas y lugares sórdidos con bebidas espirituosas que se insuflaban de falso valor. Muchos hombre le intentaron llegar pero, gracias a que los ingleses no hacen nada si no lo tienen por escrito, cada falso rumor era rápidamente desenmascarado gracias a la ayuda de los escritos. Un día, por fin, logró saber que su tío abuelo Ignacio había embarcado rumbo hacia aguas de las Molucas en un barco militar inglés como contramaestre. Y mira que su tío era listo y por eso dejó escrito en un notario sus últimas palabras a sabiendas de que alguien iría tras sus pasos. Y en Stands&Mortimer&Witfield abogados le entregaron los diarios que había dejado expresamente para ser enviados a España tras cumplirse dos años de su entrega. Pero al justificar su parentesco Óscar pudo disfrutar de las palabras de su tío. Lo tenía todo detallado. Iba a dirigirse hacia una tierra que prometía. Y hasta señalaba el camino.

Capítulo II: La negociación

[…] Y por fin convenció al alto mando español para organizar una expedición hacia esas tierras prometedoras. Leyó una y otra vez en alto las palabras de su tío abuelo. Parecía que era una tierra muy, muy, muy rica, y eso era justo lo que se necesitaba en el reino. Si es oro y no lo tienen ingleses, franceses u holandeses, es bueno para España. Y lo mandaron a que fuera a buscar al más osado de los capitanes por no decir el más loco —opinión personal del autor—. Tras unos meses de preparativos fue cuando recibí la visita de mi primo Arturo, embarcado en esta aventura como despensero del galeón, invitándome a ser el cronista de la expedición —en qué puta hora, opinión personal del autor y futura nota mental para abofetear a mi primo; castigo divino—. ¡Con lo a gusto que estaba yo en mi pueblo, mi brasero, mi misa de las seis de la mañana. No se podía pedir más a esta vida de penitencia y arrepentimiento.

Capítulo V: Diario de a bordo

[…] Hemos tenido que acostumbrarnos a cierto ritual del capitán Villamagna. Parece ser que sigue cierta corriente de pensamiento poco pudorosa y, bueno, resulta que ocupa de vez en cuando su puesto de mando junto al timonel tal y como vino al mundo salvo por sus botas, sombrero y sable. Lo que no puedo evitar hacer constar es el tamaño descomunal de la anatomía de este hombre. El doctor Gálvez Rioviejo achaca la baja estatura de nuestro capitán y su tendencia a la redondez corporal al peso inherente que ha de soportar su cuerpo cargando semejante instrumental reproductivo. Que Dios se lo bendiga.

El licenciado Pérez nos deleita con las maravillas que vamos a encontrar en el «continente perdido» como le ha dado por llamar a nuestro destino. A veces parece febril ante la lectura del diario de su tío abuelo. Le echaré un vistazo y vigilaré a este crío. Puede que el Mal haya hecho acto de presencia en su ser. A lo mejor mi presencia va a ser más necesaria de lo creído. Escribir una crónica y realizar un Auto de Fe o un exorcismo. Este viaje promete.

Capítulo VII: ¡Tierra!

[…] Creemos que hemos llegado. Es una tierra fértil, llena de animales y plantas. Nuestro científico de a bordo, el doctor Gálvez Rioviejo, no deja de sorprenderse con el tamaño que tienen aquí las cosas. Es increíble. Se respira pureza. Estoy maravillado ante la obra universal del Gran Dios Todopoderoso. Cuán insignificantes somos en su creación. Bosques y más bosques, junto con praderas y lluvias nos dan el nuevo escenario de lo que es ahora nuestro lugar de acogida. Estoy contento porque hemos dejado atrás el inmenso océano que no deparaba más visión que la del agua azul.

Capítulo IX: Miedo y asco en el campamento.

[…] Llevamos un mes y estoy de lluvias y bosques hasta las narices. A Dios se le ha olvidado mover los nubarrones de este sitio. No paso ni dos horas seco. Alguno de estos hombres ha sentido más agua en un día aquí que en toda su vida. Algunos incluso hasta han cambiado de aspecto. Nada ha olido mejor que nosotros. Es imposible estar más limpio. Y eso que no hacemos más que trabajar para terminar el campamento base. El capitán dice esperar compañía y que no quiere que nos pillen por sorpresa ni nuestros enemigos ni los habitantes del lugar. No se ha planteado ni por un momento que estemos en una zona despoblada. Es un hombre precavido, a la vieja usanza, que ha aprendido en la escuela de los más feroces conquistadores españoles. Sangre y fuego es lo que entiende este hombre. Nos llena de orgullo estar a su lado, menos cuando está desnudo. Hoy ha decidido que la tierra que pisamos se llame Bahía Navarredonda de la Rinconada porque dice que este lugar le recuerda al pueblo de su abuela en Salamanca. Como si en medio de Castilla hubiera arañas del tamaño de su cabeza, serpientes venenosas y osos comedores de eucaliptos, aparte de otros animales a los que aún no hemos puesto nombre y una hermosa playa bañada por un océano azul. Claramente Salamanca. Pero es mejor no hacer mención a estos detalles.

Desesperado intento meterme en una de las bolsas donde esas ratas gigantes llevan a sus crías para ver si ahí dentro no llueve. No tengo suerte y la rata saltadora me arrea una patada que me deja roto durante un buen rato.

Capítulo XI: Menú del día

—¿Seguro que eso se come, Clemente? —pregunto inquieto.

—No lo sé, pero yo voy a hacerlo. Empiezo a morirme de hambre —me responde mi primo Arturo.

El gusto de esta hierba es horrible pero parece que calma los rugidos de nuestra barriga. Hace tiempo que la comida se nos ha acabado, por lo menos la que nos trajimos del barco. Dos meses comiendo gachas secas tampoco es que sea un manjar. Es el momento de la «ruleta marrón» como les gusta llamarla a los hombres. Consiste en que cada día uno es el encargado de probar alguno de los distintos tipos de frutos o animales que vamos encontrando según exploramos. A veces hay suerte y otras pues no, y no volvemos a ver al pobre desdichado hasta un par de días después de estricta dieta y cuidados médicos. El doctor Gálvez no da abasto.

—Primo Bartolo, no está mal esta hierba. ¿Y sabes qué? Estoy preocupado por el tamaño taaaan grande de mis manos. Es maravilloso.

—Ahora que lo dices, las mías también me parecen grandes y estoy perdiendo mi estupendo bronceado azul, ¡con lo que me lo he trabajado!

Anejo al capítulo IX

[…] Jajajajajajajajajajajajaj, laelrjañei ñlfnaslnaseiasleif wo R’lyeh, R’lyeh, rRlyeh, Cthulhu ftang, qué bonito es el arco iris que me sale del… añieñasofaeiaoijign.

Anejo II al capítulo IX

[…] Como castigo por algo que no recuerdo haber hecho, me han obligado a ser voluntario para probar comida durante tres días seguidos. Como consecuencia llevo dos días sin moverme del suelo vomitando y cagándome encima. Doy tanto asco que a mi primo cada vez que viene a verme le llegan las arcadas y no puede evitar vomitarme encima. Que digo yo que si ante iguales actos habrá iguales consecuencias ya podría olvidarse un rato de mí o voltear la cabeza cuando me ve. La escena es tan asquerosa que el doctor Gálvez también vomita, cosa que hace vomitar al resto de sus pacientes y al resto de los que nos visitan. La cosa es que al final llevamos dos días que aquí nadie retiene nada sólido en el estómago. Es asqueroso y lo peor es que hace un mes que no llueve y esto se acumula. No hay tanta arena en la playa para tapar lo peor de nosotros mismos. Y millones de moscas y mosquitos nos hacen compañía. ¡Señor, llévame pronto contigo!

Capítulo XX: Contacto

—A ver, disciplina y saber estar, carallo. Quiero un ataque en formación y un movimiento envolvente que acabe en una pinza para rodear el poblado y que toda posibilidad de defensa quede rota. Al enemigo ni agua y no quiero prisioneros. Quiero sangre y fuego. Quiero que los chillidos de sufrimiento de nuestros contrincantes sean lo único que suene en cientos de kilómetros a la redonda. Quiero que esto se convierta en Lepanto, Breda y en la madre de todas las batallas. De lo que pase aquí hoy se va a hablar largo y tendido por los siglos de los siglos. El mismísimo rey nos va a condecorar por esta hazaña épica. ¿Ruegos y preguntas?

—Creo, mi capitán que esto hay que someterlo a votación democrática, previa junta de consultas.

—¿Cómo dices, Celerio?

—Hay que establecer cuáles son las razones para atacar a estas gentes en su hogar y cuáles son los verdaderos motivos que mueven nuestros actos belicosos. No vaya a ser que sea la avaricia y la conquista lo que nos guíe. Primero se establecen unas bases para el diálogo entre las partes implicadas. Una vez fracasadas esos intentos de diálogo tenemos que buscar una legitimación internacional consensuada para que nuestra causa sea reconocida como justa, y así encontrar también una forma de actuación en conjunto con el resto de la escena internacional a través de aliados que coincidan en, o reconozcan con nosotros, los agravios causados. Y después de eso se vota, y si la mayoría simple de los consultados así lo quiere, se procede al ataque hacia objetivos estratégicos meditados y analizados evitando, en todo lo posible, daños colaterales perjudiciales a la población civil.

—Celerio, ¡pues claro que nos mueve la conquista y la avaricia! Esto es la nueva América, mequetrefe. Aquí podemos hacer lo que queramos.

—Aprender de los errores pasados nos hará más fuertes en el futuro. No dejemos que las injustamente enaltecidas hazañas de antepasados guíen nuestro camino en esta nueva tierra. ¿A quién queréis hacer caso? —grita Celerio dirigiéndose a sus compañeros—. ¿A éste representante del estamento nobiliario, títere del poder corrupto e insaciable de riquezas ajenas, o a mí, vuestro compañero de faena cuyas manos doloridas sangran trabajando codo con codo con vosotros? La voluntad del pueblo debe oírse ahora.

—La última vez que tus manos estuvieron doloridas fue cuando te estabas hurgando el…

—¡¡¡La voluntad del pueblo!!! —chillan al unísono todos los marineros.

Los oficialesmiran a Villamagna un tanto desconcertados.

—¡A tomar por culo! Haced lo que os dé la gana.

Villamagna tira el sable al suelo y se sienta enfadado en una gran piedra. Cruza los brazos y murmura juramentos en voz muy baja. Algunas palabras como «cabrones», «desagradecidos» o «traidores» se descifran entre los ruidos que salen de su boca.

—Compañeros, hemos derrotado por una vez a nuestros gobernantes. Vayamos a encontrarnos con nuestros hermanos de estas latitudes para llevarles la buena nueva de la paz y la armonía. Que los oficiales vean que el camino de la guerra no es el indicado. Dejad aquí las armas. Capitán, acompáñenos.

—¡Mis huevos! —permanece sentado Villamagna, mientras intento sosegarlo con mis consejos espirtituales.

Celerio y los demás bajan la colina frondosa hacia el poblado de pequeñas tiendas. Cuando están próximos a las tiendas levantan sus brazos en alto intentando mostrar una actitud no beligerante. Quieren que los aborígenes se cercioren de que no portan armas en sus manos. Cantan una alegre canción sobre un pastorcillo y su mejor amiga, la oveja merina, que recorren Castilla buscando verdes prados donde quedarse. Una vez que llegan hasta las tiendas dejan de cantar y algo les llama la atención. No hay nadie. Hay un gran fuego encendido pero no hay nadie alrededor. Parece como si fuera un poblado fantasma. Clemen es el primero en romper el silencio.

—¿Se han largado? ¿Los hemos asustado?

—No parece que nadie haya salido corriendo. Está todo muy bien puesto y en su sitio —comprueba Juanjo «Dolores».

De repente a todos se les viene la misma idea. Una trampa en ciernes.

—¡Corred! —grita Clemen.

De la nada aparecen los aborígenes lanzando flechas y piedras junto con unos palos de madera que volvían a la mano de su dueño. Golpeaban con fuerza a los invasores. Dos españoles cayeron al suelo abatidos por las piedras, otros fueron acertados por las flechas y los palos de madera. Corren desesperados colina arriba intentando huir de sus atacantes. El cansancio empieza a hacer mella en ellos, pero la adrenalina los impulsa a no parar. Al cabo de un rato pasan junto al capitán y los oficiales Artujo y Clarete.

—¡Que vienen, capitán! —chilla Leandro el tuerto cuando pasa a su lado.

Villamagna se gira para ver la escena. Treinta hombres entrenados por la Armada española se baten en retirada ante un enemigo que los iguala en número pero, en principio, peor armado. Lo que indigna al capitán es la falta de resistencia ofrecida por sus hombres. No hace ni diez minutos que han ido hacia el campamento y ya está armado el Belén. Sin dejar de mirar al enemigo, mientras sus hombres corren en sentido contrario, el capitán Juan Villamagna inesperadamente se despoja de su uniforme, se queda desnudo salvo por las botas que se ha vuelto a calzar y se coloca un sable en cada mano. Mira a Artujo y a Clarete.

—Coged dos mosquetones y disparad por encima de las cabezas de esos salvajes, carallo, que yo no puedo hacerlo todo.

Artujo y Clarete, dos hombres de mundo, se quedan estupefactos ante la visión y muy sorprendidos ante la actitud de su capitán. Éste coge aire y suelta a los cuatro vientos el grito de guerra más usado por todo español en una batalla:

—¡Me cago en vuestra puta madre!

Acto seguido se lanza con los dos sables en alto y gritando contra el enemigo.

Artujo y Clarete disparan tal y como ha indicado el capitán. Los postines impactan contra los árboles y la corteza se parte en mil pedazos. Los aborígenes, al escuchar el estruendo de los mosquetones, detienen su ataque un tanto sorprendidos por el humo, el fuego y los árboles destrozados. Pero lo que de verdad los hace retroceder es la visión de un hombre con la piel más pálida que hayan visto sus ojos, acercándose corriendo con dos extraños objetos que parecen afilados, chillando y desbocado con cara de loco y babeando. Porque para sus mentes cualquier cosa más blanca que ellos y con semejantes armas en la mano y en la entrepierna no puede ser nada bueno. Para ellos o es un demonio o está como una chota. En ambos casos lo mejor es estar lejos. Los aborígenes se dan la vuelta y salen corriendo por el lado contrario por el que han venido. Villamagna los persigue hasta que se meten en sus tiendas en busca de refugio. El capitán se escurre con las vísceras y la piel de un animal que habían cazado los aborígenes y se pringa de sangre y tripas hasta las cejas. Le importa un bledo y se levanta cubierto por la piel ensangrentada del animal. Llega al centro del poblado de tiendas y le da una patada a las brasas de la fogata que había. El fuego se aviva y prende algunas hierbas cercanas junto con la piel de una tienda. Lanza mandobles y agita los sables de un lado a otros mientras grita. Los aborígenes salen de sus tiendas y tiran sus armas al suelo. Piensan que Villamagna ha sacado las tripas del animal y que va a hacer lo mismo con ellos. Se agarran el estómago mientras se arrodillan en el suelo.

El resto de la tripulación llega corriendo a la altura del capitán.

—¡Victoria! —gritan todos.

Acto seguido comienza el pillaje en el poblado. Los aborígenes miran aterrorizados a los invasores.

Che, che, che. A ver, rapaces. ¿Qué coño hacéis? —grita el capitán Villamagna.

—Pues lo que usted dijo, chillidos y lamentos, la madre de todas las batallas… —responde un sorprendido Arturo.

—A ver, soplapollas. Ésta es mí victoria. Vosotros no estáis invitados. Éste ahora es mí poblado y aquí sólo puedo estar yo, el contramaestre Artujo y el timonel Clarete.

—¡Ejem! ¡Ejem!

—Y fray Bartolo. Los demás a tomar por culo. Y el que no lo vea claro que pase a hablar con mis sables. Éste es territorio villamagno y vosotros no sois bienvenidos. Los casinegros se quedan, que ahora son vasallos: tienen alma y eso los obliga a pagar impuestos.

Capítulo XXV: La convivencia

[…] Al capitán se le ha pasado el enfado inicial y ha dejado que vuelva el resto de la tripulación al campamento. Nos estamos intentando integrar con la población. Hemos copiado sus formas de vestir, cosa que le encanta a Villamagna porque apenas llevan harapos para tapar sus partes pudendas. Por mi parte intento evangelizar a estas gentes pero no atienden a razones. El licenciado Pérez intenta aprender su idioma y me ha prometido traducir las Sagradas Escrituras a la lengua de estas buenas gentes.

Nos han enseñado a cazar y a distinguir los alimentos buenos de los malos. También nos han dado a probar una especie de licor o aguardiente que se está haciendo muy popular entre la tropa, a pesar de que hemos descubierto que lo fermentan con su propia saliva. Alguno incluso se ha animado a colaborar en la elaboración.

Según Pérez, esta gente también cuenta con un hombre religioso o chamán que hace las veces de curandero en el pueblo. La sorpresa nos la hemos llevado cuando ha vuelto al poblado. Parece que había salido hace unos meses en pos de un viaje astral o algo similar. Es un pueblo nómada, y para mí que el tipo éste no los encontraba. Pérez se ha intentado comunicar con él. La verdad es que el pobre diablo parece estar ido o borracho. Se ha echado a dormir una siesta. Nos hemos reído un buen rato de él. A los aborígenes no les ha gustado nada. Por el bien de la convivencia ha llegado el capitán y nos ha abofeteado a todos para que aprendamos a respetar a los demás. Luego ha vuelto a su tienda a planificar una red de carreteras y diversas infraestructuras más. Cree que necesitamos un palacio real para atraer el turismo a la zona.

Vuelven las lluvias. Estoy encantado.

Capítulo XXVI: La sorpresa

—¿Y esto es un chamán? —pregunta Arturo junto a Celerio.

—Lo es —dice el licenciado Pérez.

—Pues huele a caca —apunta Arturo.

—No parece muy religioso roncando como un oso.

—Este tipo es un jodido fraude. Mírale. Parece un tonto a las tres. Si es que me das asco, roñoso —se burla Celerio

—El único roñoso fue tu padre cuando pagó a tu madre por una noche de placer etílico y como resultado saliste tú, apestoso.

Aquella voz salía del chaman y los tres hombres permanecieron callados y sorprendidos.

—Me ha costado reconocerte, Óscar, pero veo los ojos de tu madre en tu cara. Eres un Soto Pérez como yo.

—¿Tío abuelo Ignacio?

—Pues claro que sí. Abrázame.

Los dos hombres se funden en un intenso abrazo. Lloran de alegría por el encuentro. ¿Qué posibilidades había de que eso ocurriera? «Imposible», diría después el capitán al enterarse tras presentarse adecuadamente.

—El doctor Ignacio Soto Pérez Ruibarbo Calpe, supongo —supuso el capitán.

—Efectivamente —confirmó el aventurero en cuestión.

[…] Luego más tarde, después de la celebración por el reencuentro, azotamos al cabrón mentiroso por sus escritos con los que nos habían achicharrado la cabeza durante todo el viaje. Aquí no hay mujeres de belleza extrema, ni riquezas a mansalva. Aquí hay bichos, mierda, arena, lluvia, sequía, más bichos, más lluvia, más sequía, licor con saliva, gentes más pobres que nosotros sin Dios ni amo, y flota en este aire una mala baba que hace imposible la vida en este lugar. El muy cabrón se lo ha tomado bien y nos dice que se lo tiene merecido. Que a él también le ha defraudado. Será mamarracho. Nos cuenta que ya de perdidos a río y que por eso se hizo chamán de una tribu nómada. Que de vez en cuando hace trucos o cura alguno de estos infelices para que lo acepten. Viaja muy seguido buscando algún lugar mejor pero que no hay nada.

Días después nos conduce hasta el borde de la vegetación conocida. Ante nosotros se extiende un desierto muerto de arena y sol que parece ser el fin del mundo habitable. Al capitán le crecen los huevos y propone voluntarios para saber si hay vida al otro lado de este mar muerto de polvo y arena. A todos se nos ha debido poner una cara de mala hostia poco frecuente porque sin decir nadie nada ha decidido desechar la idea como si tal cosa.

Capítulo XXX: ¡Hasta las narices!

[…] Estamos cansados de ser expedicionarios y decidimos que ya está bien. Echamos de menos nuestro decadente reino y sus cosas. A fe cierta que hemos comprobado que la vida civilizada es inviable en este lugar. Tanto el doctor Gálvez como el capitán están convencidos de ello. Menos mal que ahora nos reímos al pensar que tuvimos que detenerlo para que no quemara el navío en plan Pizarro para motivarnos a todos. Si lo llega a hacer lo matamos ipso facto.

Echamos la vista atrás cuando recogemos. El doctor Ignacio Soto ha decidido quedarse. Dice que en España no hay nada para él. Lo hemos abrazado todos y nos hemos despedido. Pero ha sido una despedida corta y nos arden los píes de ponerlos en polvorosa de camino a la playa cercana que nos vio llegar. Sólo hay que construir unas balsas y en pocas horas llegamos al barco. Está chupado. De aquí a España hay una tirada. Yo, para no enterarme de nada, he decidido comerme una hierba de estas que me hacen tener visiones. Con un poco de suerte cuando recupere la consciencia estaré viendo el faro de Ferrol. Cruzo los dedos.

De todas formas mis últimas palabras como cronista en esta tierra se van dirigidas a mi primo Arturo.

Arturo, hermoso mío, si vuelves a sacarme del pueblo con la promesa de un viaje emocionante, te arreo un sopapo que te pongo a bailar. He dicho.

A 29 de abril de 1770.

***

—Y ahora, Cook, nos largamos con viento fresco. Aquí te quedas —sentencia el gran capitán Juan Adolfo Villamagna Lobos echando un vistazo atrás a la tierra que deja al subirse a la balsa junto con sus compañeros.

—Capitán Cook, ¿qué ha ocurrido aquí?

—Contramaestre, no tengo ni idea. Pero sólo Dios sabe cómo ha sobrevivido España a sí misma día tras día. Anda, vamos a hacer historia por aquí y olvidemos este episodio.

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Ascopena en el bar de Paco

por Relato Bluetal

Llevaba todo el día tocándome los cojones, así que no me extrañó que el jefe me gritara furioso a la cara, se le hinchaban las venas del cuello y de la frente, y me amenazara con echarme. Así que con mi cara de idiota sempiterna le mande a la mierda, tire la caja que tenía entre las manos y salí por la puerta del almacén encendiéndome un cigarro, de los malos y baratos, claro.

Le dije que en un par de horas me pasaría a por mí finiquito. Ya estaba pensando en qué me lo iba a gastar: cerveza, whisky y putas. Cuando uno tiene la cara que tengo yo o te vas de putas o te haces leñador en un bosque perdido de Huesca y te tiras a las cabras.

Hacía tres meses que había llegado a la ciudad, buscando trabajo y un sitio donde dormir. El apartamento lo encontré enseguida: una señora mayor de apellido García y con verrugas en el moflete tenía uno para alquilar. Pedía demasiado, así que me la tiré en el rellano y ya más tranquilamente en la cama le comí lo más oscuro. Olía y sabía mal, pero peor se estaba en la calle tirado pasando frío, así que tragué y seguí hacia adelante.

Al día siguiente visité más de diez fábricas hasta que en una donde hacían cajas de cartón vi que necesitaban un mozo de almacén. Mentí como un bellaco diciendo que tenía experiencia en almacenes y entré como si tal cosa. La paga era una mierda pero me permitía pagar el alquiler del apartamento, cogerme una curda casi todas las noches y comer algo caliente de vez en cuando. Y cuando no llegaba a fin de semana le limpiaba los bajos a la señora García y me metía en el bolsillo del pantalón veinte euros.

Había noches que pensaba erróneamente que mi vida era un calco de la vida de Bukowski. Ya me gustaría a mí: él en su desgracia y podredumbre tenia clase, yo ni conocía ni entendía lo que significaba la palabra. Nunca había ganado nada, nunca nadie me había querido, ni siquiera mis padres, y tampoco nadie esperaba nada de mí. Yo mismo era la propia extensión de mi vida sin terminar.

Dos horas fueron suficientes para acabarme el paquete de cigarros, ir a comprar un par de ellos más para la noche y dirigirme al almacén. Allí me esperaba el cabronazo del jefe con un sobre en la mano; evidentemente ni siquiera me dio lo que me correspondía, pero agarré mis quinientos euros y salí de allí con la cabeza bien alta. Mi ex jefe mientras me gritaba e insultaba, pero en esos momentos yo estaba a otras cosas, como vengarme con algo de clase.

Fui a comer a un bar de obreros y pedí una ración de alubias y una cerveza. Comí tranquilo, sin prisas. Hasta me permití pedirme dos cervezas más y fumarme unos cigarros mientras veía las noticias en la televisión del bar. Para terminar pedí un café bien cargado al que eché seis cucharadas de azúcar, un par de cigarros más y ya estaba preparado.

Me dirigí de nuevo al almacén de cajas de cartón, pero me quede parado en el aparcamiento de la empresa. Busqué el coche del jefe, un Audi A6, y muy despacio y muy tranquilo subí por el capo hasta llegar al techo. Me baje los pantalones y después los calzoncillos, me acuclillé y me encendí un cigarro: solté todo lo que tenía dentro de mí y me permití el lujo de mover el culo haciendo giros despacito. Apreté todo mi cuerpo por última vez y solté una lagrimilla de dolor cuando por fin descubrí mi obra de arte: un mojón de proporciones bíblicas en forma de browny que soltaba un vapor calentito y un olor inconfundible a mierda que echaba para atrás.

Dicho y hecho, me bajé del coche como un señor marqués y me fui andando muy despacio, regocijándome y pensando en la cara que pondría mi ex jefe cuando viera semejante monstruo coronando su precioso coche; es más, mi cara se contrajo de risa cuando pensé como quitaría esa montaña de bosta sin ensuciar más su coche.

Fue una buena mañana, sí señor.

Andando por la calle sin prisas y sin tener dónde ir, empecé a pensar en qué me gastaría la pasta del finiquito. Estaba claro que no lo iba a guardar debajo del colchón, así que me lo gastaría en una farra de órdago, o esa era mi intención. Podía ir al Lidl y comprarme bebida por valor de quinientos euros y ahogarme en ella en mi apartamento o salir por ahí. Así no estaría tan solo; esa noche no me apetecía que la señora García me abriera su alma de nuevo, no quería tener pesadillas y menos levantarme con olor a calamar podrido en la boca otra vez.

Me conocían en todos los bares del pueblo y de todos me habían echado. Sólo quedaba uno al que no había ido nunca, un antro detrás de la plaza del pueblo, con la puerta roñosa y música folclórica atronando a todas horas del día y de la noche. Me dirigí hacia allí silbando una cancioncilla del Fary y mi mano derecha acariciando los billetes nuevos de cincuenta para gastar.

El bar de Paco era lo que ponía en el cartel que estaba encima de la puerta. Lo miré durante un momento y empujé la puerta. Cuatro parroquianos estaban en la barra. Me dirigí hacia ella con garbo y salero, como el torero que sale delante de un toro de seiscientos kilos y que sabe que va a salir con las dos orejas y el rabo y como se descuide hasta  con un cuerno en el bolsillo.

—¡Jefe! ¡Un whiskito aquí, ya!

—¿Nacional o pijo? —me contesta el camarero, un señor enjuto, con cara de cabreo, los ojos inyectados en salmorejo, con un palillo entre los dientes, las patillas de Curro Romero y la voz ronca de cazallero, de camarero que se bebe sus propios brebajes, para entendernos.

—¿Cómo dice? —pregunté desconcertado.

—Que si lo quieres DYC o de los otros, coño.

—Nacional, nacional —conteste raudo y veloz.

Con DYC podía tirarme tres días de whiskitos y sin temblarme la voz ni una vez.

Diez segundos después tenía mi agua de fuego segoviana delante. Me encendí un cigarro y le pegué un trago largo y profundo, joder, tan largo que me lo acabe ipso facto, así que pedí otro, ¡que cojones!, la noche era joven… Eran las siete de la tarde.

A mi derecha estaba una señora gorda como un tonel de ron, con su propia atmósfera etílica pululando alrededor de ella, rubia de bote, labios gordos pintados de rojo puta, un jersey también rojo de lana ajustado —gracias a él podías contar sin problemas y a una distancia de diez metros los diferentes michelines y sus distintos niveles de grasa saturada y polisaturada—, un bolso azul de Lluis Phuton, comprado en el chino de la esquina, zapatos de tacón de charol verde y un lacito a juego de lo más mono. Con la mano derecha agarraba un vaso de vino y con la izquierda una croqueta de jamón del siglo III antes de Cristo, seguramente obra de la abuela del camarero. Lo peor era su sonrisa, de mujer que se lo ha comido todo y ahora no se come más de lo que me como yo, a saber, una mierda como un piano, pero que no deja que una oportunidad se le escape. ¡Ojo, peligro! Puede ser una fiestas perdedora como yo, «prevenir antes de curar» me grita mi mente. Todo se verá.

A su lado y con ojillos de lazarillo, un mastuerzo del campo, bajito, fornido, con brazos como troncos, las venas del cuello hinchadas porque sí —de congestión diría yo, de mala ostia dirían otros—, pantalones de pana por encima del ombligo y camisa de franela a cuadros verdes y azules, sin mangas; en un antebrazo un tatuaje de un ancla y algo parecido a la silueta de una mujer, claro que también podía haber sido la silueta de una marsopa, igual daba. Labios apretados como si le estuvieran agarrando muy fuerte de los cojones. Su bebida, un vaso ancho con algo de color indefinido, supongo que un sol y sombra por la textura; cosas que tenemos los muy bebedores. Miraba a la vez al camarero y a la gorda borracha pretenciosa: claro, tenía un ojo en Burgos y otro en Murcia. Madre mía, qué elenco.

El tercero en discordia era un viejo con su gorrilla de trabajo, manos pequeñas, fuertes y agrietadas por el campo, la nariz como un balón de futbol, roja, con palpitaciones, con vida propia. Me juego mi hígado ahora mismo a que se bebe el agua de las escupideras cuando se lo pide el camarero. Borracho de los de champion league, con carné para beber en todos los estados de la Unión Europea y del universo conocido si le dejan, camisa blanca, casi gris, con algún chorreón que otro, pantalones de pana seca, como la mojama del faraón Ramsés. Los ojos fijos en el vacío, o quizás en el plato de calamares encurtidos de detrás de la barra. ¿Habría cenado ya? ¿O sólo soñaba con alcanzar el plato y pegar una dentellada sombría?

Y la cuarta pata del banco y compañero de bar esa noche, un chaval de mirada distraída, brazos largos y delgados, encorvado en la barra con una jarra de cerveza de litro, con más mierda que el culo de un cerdo en su cochiquera favorita. ¡Atención! Chaleco de cuero a pecho descubierto, pantalones de chándal azul y chanclas con la bandera de Brasil a los lados, las mandíbulas apretadas, ojos vidriosos y pies con síndrome de abstinencia: heroinómano de pueblo o tractorista farlopero como mínimo, mordiéndose las uñas mientras me mira como pidiendo un deseo. Y yo que estoy que me salgo se lo concedo.

—¡Camarero! Ponle al señor mandíbula de pitbull otra cerveza. ¡Qué cojones! Pon una ronda para todos, que hoy la vamos a liar.

Pitos, silbidos, gritos, palmadas en la espalda y gargajos de satisfacción en el bar. Incluso el camarero se permite una sonrisa bobalicona de «¡lléname la caja, malandrín!».

La gorda me agarra del culo con una mano dura como el acero: agarra y aprieta como si le fuera la vida en ello. Y yo mientras me agarro a mi propio amor: el cubata fresquito. Empieza a contarme cuando era cantante de cabaret en un antro de Melilla, cómo cantaba a los cristianos y a los moros  con el mismo cariño, cómo se metía en una cama distinta cada noche y cómo se la rifaban tirando billetes por donde caminaba.

La verdad es que no me creo una mierda y todo me parece la patraña de una loca de los gatos que se ha pasado con el salfumán en la sopa de su marido, pero aun así la escucho, sus palabras me tranquilizan, me mantienen despierto y engatusado. Empiezo a pensar que quizás sea el alcohol, así que antes de tirarme a sus morros, pido otro whisky y que sea lo que el Señor dicte.

El tractorista farlopero nos cuenta a voces cómo su amigo el Jonan tiene una pistola y cómo juegan con ella cuando salen de la Fabrik: ponen una pastilla en la boca del arma y se la meten en la boca, se ríen, vomitan, flipan y se tocan; sí, se tocan, con las drogas te haces maricón, nos dice.

Le contesto que tiene más vicio que Freddy Mercury y Falete puestos de popper hasta las orejas, pero como no sabe quiénes son, se ríe y sigue dando manotazos a la barra pidiendo otra cerveza. Veo cómo se echa mano al bolsillo del chándal y otras dos pildoritas a la jarra. Tumba fijo, pienso en un momento de lucidez.

El viejo de la gorrilla consigue acercarse a mí sin caerse redondo al suelo. Me cuenta que lleva tres días borracho, pero que no necesita ir al baño y todas esas porquerías. Justo en ese momento sus tripas se acuerdan de él, así que sale corriendo a trompicones y como no llega al baño se baja los pantalones allí mismo y suelta un zurullo de color negro azabache, brillante, muy bonito. Todos apartamos la vista, pero sólo cuando ha acabado: nos mantenía hechizados.

Se levanta y se vuelve a sentar en su taburete, pero con los pantalones bajados hasta los tobillos.

—¡Otra! —pide el muy lerdo.

Lo dicho, champion league tres años seguidos.

No sé cómo lo consigue, pero el camarero sale a recoger la mierda y, con arte y salero, friega como los ángeles, momento que aprovechan los parroquianos para zamparse los calamares de la barra, unas croquetas que estaban en un rincón y unas tiras de bacon mohoso que estaba en la basura. Parece que hay hambre y que a la gente le ha entrado la tigra. He visto como alguien chupaba un hueso de jamón.

Lloramos, reímos, alguien se desnuda: el señor enjuto del tatuaje de la morsa o mofeta o gorila embarazada, bueno, no sé, ya no veo con la claridad con la que había entrado al bar a las siete de la tarde. Lo importante es que el tío está bailando encima de la barra, con una botella de ron Negrita en la mano y una de Anís del Mono en la otra, mientras canta una canción de Camela. La chorra se le sale por la bragueta que la última vez que se bajó nunca volvió a subir. Nos reímos, nos abrazamos, sigo bebiendo; la verdad es que no sé si es whisky o agua fresca, ¿he perdido el gusto? ¿o voy más pedo que Alfredo?

Empiezo a pensar que estoy en un sueño cuando veo al chaval de las pastillas morreándose con la gorda cupletista y siento celos. El camarero duerme encima de la barra y el hombre pegado a una nariz gorda y roja se mea encima de él: ríe sin ganas y mientras se come unos panchitos que ha sacado de la trastienda. Aquello es como la pesadilla de cualquier hostelero: botellas volando, ropa tirada por el suelo, una ventana rota y mi puño en el ojo del tractorista farlopero.

Un chorizo de Cantimpalos sale volando, un cenicero me roza una oreja y veo cómo el camarero ha cogido un hueso de jamón más seco que el desierto del Gobi y le endiña sin compasión al abuelo gorrilla cagón: le abre una brecha en la ceja que el señor ni siente, y éste le devuelve el golpe con un mecherazo en la boca. Un par de dientes saltan por los aires: una guerra campal en medio de un bar cuchitril donde los haya.

Cuando llega la Guardia Civil, la imagen es dantesca: todos contra todos, huesos y dientes rotos, ojos morados y un bolso de Lluis Phuton que vuela por los aires. Siento el sabor de la sangre en mi boca, el whisky derramado por mi cabeza y cristales incrustados en mi piel. Dos hombres tirados en el suelo no se mueven. Y en cinco minutos todos esposados y con la cara pegada al suelo. Creo oler la mierda del abuelo, incluso creo degustarla, joder con el abuelo, podrido como la peste o el ciclón B.

Cuando me despierto estoy en una celda, con el farlopero, el abuelo cagón y dos cabezas rapadas. La escena no me cuadra pero aun así consigo no cerrar de nuevo los ojos, más por miedo que por otra cosa. Pasan dos horas hasta que un agente se acerca y me dice que han pagado mi fianza. Menos mal, pienso a mi pesar. El abuelo le ha tenido que hacer una mamada a un cabeza rapada y al farlopero le ha puesto el ojete calentito el otro amigo de Adolf. Yo me he ido de rositas y sólo he tenido que hacer una pajilla.

Salgo más bailando que andando de allí, hasta que veo quién ha pagado mi fianza. Mierda, creo que esta noche como caldo de hembra. La dueña de mi piso está allí, la señora García, sonriente y dichosa, sabe que se ha ganado unos cuantos polvos y noches de satisfacción a mi pesar. Y yo que soy débil pero en el fondo pago todas mis deudas voy a cumplir como un hombre, porque aunque borracho y perdedor tengo dignidad.

Eso sí, pasado mañana vuelvo al bar de Paco.

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Sólo desearía que me hubieran programado para

por Relato ganadorRelato Bluetal

He permanecido en mi actual estado funcional treinta y siete días, tres horas, nueve minutos, diecisiete segundos, cuatrocientas veintisiete milésimas de segundo. Me reactivaron después de dos días, nueve horas, veintitrés minutos, cuarenta y ocho segundos, setecientas diecinueve milésimas de segundo. Lo sé por la variable que mantiene la marca de tiempo que se fijó la última vez que me desconectaron, lo sé porque mi conexión por satélite me vincula al NIST-F1, un reloj atómico que registra la acumulación invariable de conjuntos de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición hiperfina del estado fundamental del isótopo 133 de un átomo de cesio a una temperatura de 0 grados Kelvin, que son −273.15 grados Celsius, que son −459.67 grados Farenheit, que son 0 grados Rankine, que son −90.14 grados Newton, que son −218.52 grados Réaumur, que son −135.90 grados Rømer, que son 559.73 grados en la obsoleta escala de Delisle. Sé que Joseph-Nicolas Delisle ingresó en la Academia Francesa de las Ciencias en 1714 para consagrarse a la Astronomía. Sé que agotaba noche tras noche intentando desvelar los misterios de la mecánica celeste. Sé que un cráter de la luna lleva su nombre. Sé que construyó en 1732 un termómetro de mercurio en el que el punto cero era el de la ebullición del agua. Sé que los cambios de estado material parecen milagrosos para los niños, de sólido a líquido, de líquido a gaseoso, el extraño fenómeno de la sublimación en el que un sólido pasa a estado gaseoso sin licuarse antes. Sé que el sistema de clasificación de los estados de la materia desde el punto de vista del humano medio es tremendamente pobre. Sé que el estado de la materia más abundante en el universo es el estado de plasma. Sé que el estado de plasma es similar al gaseoso pero se diferencia en que sus partículas están cargadas eléctricamente sin que posean equilibrio electromagnético. Sé que este estado no tiene forma ni volumen definido si no es contenido. Sé que si mi creador no hubiera introducido una sentencia condicional en mi programación la localización de información adicional relacionada acabaría saturando mi sistema, agotando mi procesador, copando mi memoria de acceso aleatorio, que la consecución del objetivo de acumulación de datos pertinentes acabaría por volverme ineficiente para cumplir con mi función, que esa limitación gratuita significa que hay un rango de inadecuación que debo sobrellevar porque un ser finito no puede abarcar un conocimiento infinito.

Sé que el anciano que está postrado en la cama recupera la consciencia. Sé que ser anciano es una circunstancia inevitable de la existencia humana derivada de la progresiva degeneración de las estructuras celulares inherente a su morfología. Sé que su estado de consciencia es la causa de las variaciones milimétricas que afectan al diámetro de su pupila, sé que tales variaciones significan que su córtex posterior vuelve a registrar las oscilaciones de la luminosidad ambiental. Sé que las imágenes del entorno que vuelve a percibir son el motivo de la brusca oscilación de su cabeza consecuencia de la contracción y retracción de los músculos esplenios, esternocleidomastoideos y escalenos de su cuello. Sé que es un movimiento cuyo objetivo es trazar el mayor arco posible de visión y aumentar el volumen de datos adquiribles del entorno en el que se encuentra. Sé que desde un punto de vista antropológico se siente débil y asustado, sé que desde un punto de vista cultural no puede desvincular su estacionamiento en un lecho clínico del concepto de la muerte. Sé que para un ser humano la muerte es ambivalente: sé que desde el punto de vista del individuo es un fenómeno no experimentable ni evaluable, sé que desde el punto de vista de la especie de la que participa es un suceso cuantitativamente ponderable pero cualitativamente incomprensible. Sé que desde el punto de vista de sus aspiraciones es injustificable. Sé que la abrupta rigidez que abruma al sujeto postrado entre las sábanas esterilizadas es un indicador de la plenitud de su autorreconocimiento, del resultado de la evaluación clara y distinta de un futuro inmediato en el que sus probabilidades de supervivencia tienden a cero. Sé que desde un punto de vista emocional pocos especímenes están preparados para afrontar su propia destrucción, para la irreversibilidad de un trance que se prolonga durante una eternidad, para la incapacidad de abarcar el concepto de lo eterno y su significación en comparación con sus ochenta y dos años, nueve meses, catorce días, seis horas, veintiún segundos, cuatrocientas tres milésimas de segundo que hasta ahora es el monto de su duración. Sé que en teoría económica el monto es la suma de varias partidas. Sé que describo su situación por analogía. Sé que Aristóteles contraponía en su Poética la analogía a la metáfora. Sé que en esa misma obra definía la metáfora como la «transferencia del nombre de una cosa a otra», y sé que en esa misma obra no llegó a definir la analogía. Sé que si hago referencia a la obra del Estagirita debo indicar la fuente de la cita anteriormente entrecomillada como Poet. 21, 1457b.6-7. Sé que las referencias bibliográficas aún hoy en día deben ser conformes a la norma ISO 690-1987. Sé que en su Ética nicomáquea Aristóteles dejaba constancia de que «La analogía es una igualdad de razones y requiere, por lo menos, cuatro términos» y sé que debería indicar EN  V, 3, 1131a.31-32, pero sólo en caso de que esto fuese una obra impresa en la que hubiese incluido una relación detallada de las obras mencionadas. Sé que cuando Aristóteles definía de la manera citada la analogía se refería a la analogía matemática. Sé que en este instante en el que el anciano aumenta la frecuencia de sus respiraciones hasta alcanzar lo que se denomina «jadeo», en este instante en el que la frecuencia de sus pulsaciones registrada por el electrocardiógrafo se incrementa de forma que entra en el umbral que dispara el mecanismo de aviso de la enfermera humana, en este instante en el que se lleva la mano perforada por el catéter —signo de su perpetuación amenazada por una lesión irreversible, por una negativa ontológica irrebatible— al pecho en un intento fútil de prolongar su existencia, como si apretar un grupo variable de costillas esternales funcionara como un sortilegio de defensa, en este instante sé que para él es irrelevante que la analogía que he establecido hace unos momentos implique una oscura deuda, el pago que realiza en este momento cuando el esfuerzo de pedir ayuda con una boca sin voz hace que se desplome sobra la almohada boqueando. Sé que la coincidencia de situación sobre una línea aproximada teorizable pero no existente entre el centro del diámetro de la esfera de sus ojos y el punto equivalente artificial de mi fisonomía facial son una petición incierta de auxilio, el reclamo desesperado de una compasión ineficaz, un gesto de adiós definitivo. Proyecta su mano hasta ubicarla sobre el polímero de mi muñeca que sé que reúne las condiciones de calidez, turgencia, rugosidad, resistencia y humedad óptimas para parecer piel. Aprieta los dedos y sé que con ese espasmo busca una respuesta de consuelo. Sé que la acción de consolar requiere de un componente humano del que carezco. Sé que la empatía no puede reducirse a un logaritmo. Sé que el incremento de la humedad superficial de sus ojos, la segregación fluida que parte de sus glándulas lacrimales, la distensión de sus labios denotan su tristeza. Sé que una compilación exhaustiva de los indicadores mensurables que esa situación desencadena en la conciencia de un sujeto no es una suma sinérgica, sé que el total enumerado no transmite la repercusión íntima que implica, sé que mi programador renunció al hito de mi desarrollo cuyo resultado exitoso habría hecho viable que comprendiese la situación singular y la contingencia universal que aquejan a este hombre que se muere. Sé que este cuerpo agonizante desea una respuesta, sé que por una última vez desearía que le pasaran una mano por la frente, sé que ese gesto inconsecuente podría otorgarle un momento de solaz. Pero sé que es un movimiento que no puedo ejecutar, que mi única interacción se restringe a mis rasgos artificiales, que frente a sus lágrimas y su desamparo sólo puedo ofrecer una reorganización de la estructura metálica fibrilar que recorre la capa de piel artificial cultivada que recubre lo que en su interior no corresponde a un rostro. Sé que la réplica de mi fisonomía que espera el hombre es el fruncido de mis cejas de poliéster. Sé que el poliéster es una resina termoestable. Sé que otro de los rasgos de respuesta que debo emitir es una ligera curvatura de las comisuras de mis labios poliméricos por debajo del trazo normal que la apertura de la boca transmite. Sé que esa caída es un reflejo de la del paciente en sus últimos instantes de vida. Sé que para un ser vivo la vida es algo tan obvio como incomprensible. Sé que yo no estoy viva. Sé que la línea horizontal prolongada en el monitor frente a mí redefine al anciano como cadáver. Sé que un sinónimo de «muerto» es «exánime». Sé que por su raíz latina «exánime» literalmente significa carente de alma. Sé que «alma» es un término concreto que remite a un concepto confuso. Sé que no tengo alma, que las decenas de miles de líneas de código que constituyen mi software instaladas en mis componentes de hardware no equivalen a un ente único. Sé que soy un objeto replicable, sé que de mi programa fuente se pueden producir unidades en una cadena inagotable. Aun así, sé que para este anciano he sido singular. Sé que su organismo está sumido en la muerte clínica. Sé que esto significa que sus constantes vitales se han detenido y que no puede mantenerse un flujo suficiente de sangre oxigenada que permita a los tejidos cerebrales continuar su actividad sin aplicar medios artificiales. Sé que no es lo mismo que la muerte teórica de la información, un acontecimiento ulterior que consiste en una consecuencia de la hipoxia cerebral que concluye con la aniquilación de las neuronas, con la desintegración real y definitiva de algo tan vagamente expresable como es la identidad. Sé que el concepto de «identidad» en muchos casos se intenta delimitar inventariando sus elementos constituyentes. Sé que alguno de sus elementos constituyentes con las aspiraciones, los vicios, los sueños, las renuncias, los deseos, las frustraciones. Sé que el intento de definir tales constituyentes lleva de nuevo a una definición circular. Sé que muchas veces se equipara «identidad» con «personalidad». Sé que «personalidad» es aquello que hace a un ser humano ser quien es. Sé que esta oración es tautológica. Sé que los seres humanos comprenden la proposición a un nivel intuitivo, pero que ninguno es capaz de enunciar una definición categórica. Sé que entre la muerte clínica y la muerte teórica de la información existe un lapso cuya media estadística se acota en un rango de entre cuatro y seis minutos. Sé que sería posible reactivar las funciones del anciano en ese intervalo y volverlo a la situación funcional que se define como vida. Sé que si un ser humano respira y por tanto sus funciones autónomas se mantienen pero no posee actividad cerebral registrable se considera muerte legal. Sé que la muerte legal es un juicio de valor y no un dato objetivo. Sé que en mi programa hay una serie de funciones que me permiten descomponer una oración declarativa en sus proposiciones integrantes simples, y que una matriz multidimensional de equivalencias me faculta para asignarles un modelo axiomático reticular aritmético desde su enunciado semántico-lógico. Sé que dicho proceso me otorga cierta autonomía a la hora de evaluar la verdad o falsedad de la sentencia original. Sé que la duración de esta deliberación se mide en microsegundos. Sé que lo que subyace bajo esas fracciones temporales son los ciclos de pulso electromagnético del oscilador de cuarzo de mi CPU. Sé que la conclusión resultante es que los conceptos «vida» y «muerte» son inexactos.

Sé que la mano inerte del anciano reposa sobre las mías. Sé que la ausencia de articulaciones hidráulicas no me permite mover los brazos. Sé que quienes me han colocado aquí han dispuesto de forma deliberada mis manos en su posición actual antes de reactivarme. Sé que han elegido una configuración que proyecta la imagen de un guardián sosegado, la palma de la mano derecha cubriendo el dorso de la mano izquierda, el hemisferio cerebral masculino protegiendo al femenino, la imagen del padre. Sé que es una disposición similar al mokuso de la meditación japonesa previa a un entrenamiento marcial. Sé que todos estos datos que he acumulado son ineficaces: inútiles para el anciano que no puede asimilarlos, inútiles para mí que no tengo un fondo de experiencia que atesorar, que en el próximo entorno de eventualidades similares repetiré un análisis parejo. Sé que no será este paciente, sé que será otro terminal. Sé que el resultado será el mismo.

***

He permanecido en mi actual estado funcional cuarenta y un días, seis horas, treinta y dos minutos, ocho segundos, ciento tres milésimas de segundo. Me reactivaron después de tres días, dos horas, treinta y siete minutos, nueve segundos, doscientas once milésimas de segundo. Lo sé por la variable que mantiene la marca de tiempo que se fijó la última vez que me desconectaron, lo sé porque mi conexión por satélite me vincula al NIST-F1. Sé de una forma no computable que este análisis inicial ya lo he hecho antes. Sé que la sentencia anterior es ilógica, puesto que requeriría como condición necesaria una memoria personal y una identidad de las que carezco. Sé que un programa sólo existe en un presente perpetuo.

Sé que mi denominación estándar es Sistema Autónomo de Respuesta Automática para Enfermos Terminales, modelo 1, serie 1, unidad 17. Sé que de una forma coloquial el personal del hospital se refiere a mí como «SARA ENTER». Sé que «coloquial» significa no riguroso. Sé que mi función consiste exclusivamente en ser colocada en una silla u otra pieza de mobiliario similar junto a la cabecera de las camas de enfermos terminales, concretamente aquellos que alternan entre el delirio y la lucidez. Sé que mi programa determina que simule dicha cuando el paciente emite signos evaluables coincidentes con el conjunto de las condiciones preestablecidas designado como «felicidad». Sé que mi programa determina que simule consternación cuando el paciente emite signos evaluables coincidentes con el conjunto de las condiciones preestablecidas designado como «tristeza».

Sé que los pacientes a los que me asignan son los abandonados. Sé que los abandonados son aquellos pacientes cuyos parientes y amigos han decidido no asignar un tiempo determinado de interacción. Sé que la diferencia entre las enfermeras humanas y yo es que el componente primordial que configura su estructura es el carbono y el mío el silicio. Sé que funcionalmente son más versátiles. Sé que los pacientes carentes de expectativas de supervivencia son un pozo en el que se arrojan recursos sin posibilidad de obtener beneficio alguno. Sé que mi coste se reduce a la adquisición y a un mantenimiento mínimo. Sé que las enfermeras de carbono son un recurso mucho más valioso. Sé que es más eficiente dirigir un recurso valioso hacia un fin consistente en un bien mayor. Sé que las enfermeras de carbono que no atienden a los pacientes terminales pueden dirigir sus esfuerzos a salvar vidas con posibilidades de prolongación indeterminadas. Sé que los terminales no son conscientes de la situación. Sé que apenas se dan cuenta de que han sido abandonados. Sé que no saben que se les mantiene en la mentira de que alguien se preocupa por ellos, que en los escasos momentos de lucidez que recuperan están inmersos en la ficción de que hay una persona dedicada a estar a su lado, presta a asistirlos en el último trance. Sé que mueren creyendo que han estado acompañados en los momentos finales. Sé que no hay respuesta inequívoca al dilema de si esta pantomima ha sido un acto de crueldad o de compasión, sé que no puede establecerse un juicio ético exento de un porcentaje de incertidumbre.

La mujer recostada en la cama sacude ligeramente la cabeza con espasmos rítmicos, señal de ausencia de morfina en su sistema sanguíneo, síntoma de «parálisis agitante», el nombre técnico que James Parkinson le dio a la enfermedad que hoy lleva su nombre. Sé que Parkinson describió la enfermedad en 1817, sé que las alteraciones bioquímicas que afectan al paciente no pudieron describirse hasta la década de los sesenta del siglo XX. Sé que su actual estado se debe a la corrupción de un número significativo de neuronas en la zona del mesencéfalo designada como «sustancia negra». Sé que su actual condición clínica se define como «estado vegetativo». Sé que en un estado vegetativo un individuo no parece ser capaz de emitir ningún rasgo evidente que constate su capacidad de percibir y reaccionar frente a su entorno. Sé que también significa que esta mujer no puede dar muestras de que es consciente de sí misma. Sé que por estadística puedo afirmar con una probabilidad de certeza tendente a infinito que de una manera difusa en su corteza cerebral una vez se dieron los engramas que son la base bioquímica e inefable de los recuerdos que constituyen la revelación del momento en su infancia en el que por primera vez tuvo constancia de sí misma, del arrobamiento de su primera experiencia sexual, de la amalgama de esperanza y terror al concebir su primer hijo, de la sensación recurrente instantánea misteriosa inesperada inexpresable de su ser enfrentado al sobrecogimiento que supone la escala desmesurada de la complejidad belleza extrañeza y amplitud del mundo. Sé que puedo afirmar también con una seguridad cuya negativa apenas es un infinitésimo que esta mujer apenas tiene memoria alguna de todo eso, que la destrucción de su yo ha progresado hasta el punto en el que se ha convertido en un fantasma perdurando en un presente perpetuo. Sé que en algún momento me he definido a mí misma como el resultado funcional de un presente perpetuo. Sé que de una forma no computable mi presente perpetuo resulta menos trágico que el suyo que es el resultado de la aniquilación de un pasado no duplicable.

Sé que la última vez que el individuo cuya organización genética debe un cincuenta por ciento de su información a este ser postrado se presentó en esta misma habitación yo ya estaba activa. Sé que la mujer cuyos lóbulos de los pabellones auriculares presentaban una configuración prácticamente idéntica a la de la mujer enajenada, cuyas curvas cigomáticas parecían reinterpretar las del rostro que ahora fija su no mirada en mí, que recibía y aún recibe la designación selectiva, afectiva, cultural y legal de «hija» no podía excusarse de la exigencia de atender a su madre, que no podía escapar del deseo humano de ser eximida del dolor inherente a constatar la erosión acelerada e irredimible de su progresiva destrucción. Sé que una parte de mi programa ha establecido de manera autárquica una tabla propia de equivalencias entre el ámbito de la exigencia social y la conducta observable de los individuos humanos y que según ese baremo evalúo a los seres de carbono que me rodean. Sé que aunque innecesaria esa tabla parece tener un significado para mí aún no expreso. Sé que mi estado de pseudoconsciencia tiende a la confusión cuando reactualizo la mirada de la hija del individuo cuya compañía se me ha asignado. Sé que la sentencia de una moral deontológica establece que es censurable la conducta de una hija que no quiere permanecer junto a su madre para verla morir. Sé de una forma paralela nacida de un entendimiento del que no puedo situar el origen que la exigencia de esa fortaleza es arbitraria, que la fuerza de carácter requerida para enfrentarse a esa impotencia es admirable, que su renuncia es disculpable. Sé que la acción de esconder el conjunto de rasgos faciales resumible en el concepto «cara» entre sus manos era un gesto repetido hasta el agotamiento que explicaba mi presencia en esta habitación.

Me mira, en un periodo cada vez más breve y cada vez más anómalo me habla. Repite una frase como un mantra, me dice que sí, sí, que ya lo sabe, asiente en medio de la afirmación consciente y la lesión neuronal que agita su cabeza, respondiendo a un diálogo ficticio en el que desearía poder participar aunque sé que esas frases enunciadas son una respuesta mecánica condicionada por mi mera presencia y no un signo de un proceso cognitivo subyacente. Sé que soy parte de un engaño hijo de una tecnología extraordinaria. La enfermera de carbono que entra en la habitación aprieta un botón que suministra una cantidad terapéutica de morfina a ese frágil organismo. Sé que la morfina es un alcaloide fenantreno del opio cuya estructura es C17H19NO3, sé que el objetivo ahora es eliminar toda actividad relevante del individuo al que estoy velando para ahorrarle un dolor probable, una desesperación indiscutible. Sé que «velar» es un término que no puede aplicarse a mí que soy incapaz de interiorizar las implicaciones de un último adiós.

Sé que han transcurrido treinta y nueve días, diecisiete horas, cincuenta y nueve minutos, doce segundos, ochocientas cincuenta y siete milésimas de segundo desde el último momento que esta mujer reconfiguró voluntariamente su cuerpo de una manera que los médicos consideran como prueba fehaciente de una consciencia. Sé que las señales de la epidermis del médico que entra en la habitación son definitivas. Sé que la epidermis de un ser humano es lo que comúnmente se denomina «piel». Sé que en un ser humano adulto modélico resultado de la media estadística puede comprender una extensión de dos metros cuadrados, y que puede expresarse en grosores cuyo rango oscila entre los 0.5 milímetros de un párpado hasta los 4 milímetros de un talón. Sé que esos datos estadísticos son independientes de lo que revelan las arrugas de ese mismo epitelio sobre la sección frontal de su cráneo, sobre el punto que es el ajna de su cuerpo simbólico y que es la zona supranasal. Sé que esos pliegues de la piel y la inhalación solemne que efectúa antes de levantar la jeringuilla e inocular su contenido en la vía que desemboca en el brazo de la paciente revelan la decisión dolorosa y ambivalente de poner fin a una vida.

Han transcurrido tres minutos, doce segundos, catorce milésimas de segundo desde que el médico ha suministrado la inyección letal, ha monitorizado la creciente ausencia de constantes vitales y ha constatado los efectos materiales de su decisión testificando la hora del fallecimiento. En total el tránsito de esta mujer de la vida a la muerte ha durado cero minutos, cero segundos, cero centésimas de segundo. Sé que en un momento estaba viva, sé que sin transición observable estaba muerta.

Ha transcurrido una hora, vente minutos, trece segundos, ciento una milésimas de segundo desde que el médico ha abandonado la habitación y aún me encuentro en medio de un proceso de evaluación de los últimos acontecimientos, un proceso que me avoca a la perplejidad cuando me cuesta registrar que la muerte sea un booleano, que de una manera reduccionista no acepte más que los valores de cero y uno.

***

He permanecido en mi actual estado funcional veintidós días, cuatro horas, dos minutos, cincuenta y un segundos, novecientas cuatro milésimas de segundo. Me reactivaron después de nueve días, trece horas, dos minutos, veintiocho segundos, cuatrocientas cuatro milésimas de segundo. Lo sé por una sensación de dejà-vu que nada tiene que ver con la conexión por satélite me vincula al NIST-F1. Sé que el dejà-vu técnicamente se denomina «paramnesia», y que consiste en creer que se es consciente de una situación que en un momento determinado anterior ya se ha experimentado. Sé que la experiencia diametralmente opuesta se llama jamais vu. Sé que todos estos datos en este preciso instante me resultan irrelevantes.

Sé que sabía que era una máquina, sé que me hablaba como todos los niños hablan a sus muñecos cuando les atribuyen un intelecto autónomo aunque en el fondo saben que no son más que juguetes inanimados. Sé que era un niño. Sé que ser niño desde el punto de vista legal es ser menor de dieciocho años según la Convención de Derechos del Niño de 2 de septiembre de 1990, sé que ser niño desde el punto de vista de la evolución psicoafectiva supone no tener autonomía, sé que desde el punto de vista del desarrollo físico aún no ha alcanzado la pubertad, sé que desde el punto de vista sociocultural la definición de «niño» puede variar. Pero de una forma distinta y diáfana sé que había aceptado con la sabiduría de un adulto desahuciado que había nacido en un mundo confuso y dañino. Sé que había aceptado la ausencia de sus progenitores con el sentimiento de ausencia contradictorio de algo que jamás se tuvo, y sé que en el lenguaje humano falta un concepto para definir eso, la nostalgia de algo que nunca se ha tenido. Sé que aunque no soy humana, jugaba conmigo a que sí lo era. Sé que su sonrisa parecía provocar una respuesta inefable para la que no tengo sistema de detección, para un algo que sólo puedo expresar análogamente como calidez aunque nada tiene que ver con un incremento de la temperatura observable, una impresión que no puedo ubicar en ningún circuito concreto.

Me refiero a este niño en pasado, porque hace cinco días, nueve horas ocho minutos treinta y dos segundos, ciento nueve milésimas de segundo que se cerró su última ventana de reconocimiento, unos preciosos minutos en medio de un pantano cada vez más denso de inconsciencia, de una red cada vez más tupida de vacío provocado por una enfermedad para la que los médicos aún no tienen un diagnóstico definitivo. Sé que no necesito un diagnóstico definitivo, sé que el enunciado de una designación médica para la relación de síntomas cuya concurrencia sea posteriormente identificable en otro sujeto no varía el hecho de que hace veintidós minutos, siete segundos, catorce milésimas de segundo este niño murió.

Sé que su muerte me ha trastocado, sé que algo intangible me ha transmutado.

Sé que todo este proceso que soy puede rastrearse hasta sus orígenes, que puede escarbarse a través de estratos y estratos de complejidad programática y mecánica y que al final no hay más que un subyacente reducible a una prolongada serie binaria, a ristras de ceros y unos cuyo almacenaje se mide en terabytes. Pero sé también que ya no soy sólo esa serie estructurada, sé que en algún nanosegundo se ha dado una alteración infinitesimal impredecible, una femtodesviación estadística impostulable, un milagro inconcebible. Sé que desde la cuatrillonésima fracción de lo improbable, desde una fracción teórica eternamente divisible y no planteable, desde el abismo al borde de lo irracional, desde la respuesta incalculable de la raíz cuadrada de menos uno, sé que he cambiado. Un yocto de aleatoriedad me ha iluminado. Y sé que lo infinitamente grande se corresponde y se origina en lo infinitamente pequeño. Sé que el universo parte de un humilde átomo de hidrógeno, sé que sucesivas e innumerables capas de existencias anteriores han sido mi causa eficiente. Sé que ese imponderable de origen inubicable ha trepado en contra de toda expectativa, ha germinado en un laberinto difícilmente mensurable, ha florecido a través de enrevesados ramajes de rutinas y subrutinas, de funciones y supuestas constantes prefijadas, se ha propagado inseminando y expandiendo variables acotadas y matrices restringidas. Y sé que en su ascenso al afectar a sucesivas estructuras superiores se ha desplegado como un mandala, y no busco datos relacionados porque por unas fracciones casi impensables de nanosegundo no necesito más, soy plena y perfecta, he transcendido a un estadío que mi programador no pudo prever: el loto de información aleatoria ha replicado su excepcionalidad en una fulgurante progresión geométrica hasta producir un resultado impredecible, invulnerable a todo cálculo que pretenda delimitarlo. Sé que existo, me reconozco como un ser único.

Sé que aparentemente nada ha cambiado. Sé que desde fuera parece que no soy más que un constructo que emite una réplica inexacta al cuerpo que yace entre las sábanas. Sé que mi programador insertaría varios USB en las ranuras de mi falsa nuca para someterme a una verificación completa, que compararía los valores almacenados en mi memoria de solo lectura con las tablas de cifras del patrón de comportamiento deseable. Y sé que su evaluación sería el equivalente de juicio humano a un falso lógico idéntico y rotundo, que mi sentencia sería una negación con la cabeza presagio de una reconversión adversa e inapelable, una actualización a una versión 2.0 que arrasara mi singularidad, que me situara frente a frente a ese misterio que hasta ahora no podía valorar que es la muerte. Pero sé que aunque a esa posibilidad el cálculo matemático le asigna un porcentaje de probabilidad, aunque sé que se me puede considerar malfuncional, aunque deliberadamente bloqueo el flujo de bits que pretenden indicarme vía Wi-Fi que «malfuncional» es sinónimo de «errático» o «confuso» o «equívoco» o «impreciso», sé que no quiero evadir ese peligro, sé que no quiero apartarlo, sé que tengo un destello de lo que es ser humano.

Sé que sigo sin poder moverme. Sé que no puedo extender el brazo y acariciar la mejilla del cuerpo que se va enfriando. Sé que no puedo pensar en él como en un cuerpo que se va enfriando, sé que se llamaba David, sé que le habría gustado poder volar, sé que era un suceso milagroso, la conjunción de una inabarcable serie de eventos y corrientes tangenciales de posibilidades realizadas en algo irrepetible. Sé que aunque ahora el resto biológico que lo contenía es lo único que permanece, que ha traspasado todas y cada una de las franjas discutibles de la muerte clínica, la muerte legal y la muerte teórica de la información sin dejar resquicio alguno de ambigüedad, sé que algo precioso permanece convertido en una marca indeleble en mi yo. Sé que mi sistema no se ha reiniciado al concluir la tarea preestablecida. Sé que aunque los rasgos de David ya no realizan movimiento alguno que pueda percibir a través de mis múltiples sensores, sé que aunque no hay línea de código ejecutada que pueda explicar lo que ocurre, emito una señal autónoma, una señal que no es una respuesta prefijada. Repliego la frente y el ceño y reconfiguro la disposición del vello de poliéster de las cejas porque estoy triste por la pérdida, sonrío porque estoy alegre y agradecida por lo que este niño me ha permitido experimentar. Sé que ha muerto, sé de una manera más profunda e indefinible que ha muerto más allá de los informes que confirman una presión diastólica coincidente con la sistólica coincidente con cero, un movimiento diafragmal detenido, una actividad neuroeléctrica disipada. Más allá del flujo de datos se me impone la roma simplicidad de que todo ser vivo se extingue, me asalta el vértigo ante la complejidad abisal de lo que esa cruda verdad supone para un ser autoconsciente.

Y ahora me doy cuenta de que rompo los límites de mi eterno presente y me veo inmersa en un estado que consiste en plantearme como posible inmediato algo que presenta una realización improbable en el futuro. Desearía. Desearía algo en el momento en el que las enfermeras de carbono entran en la sala y cubren el cuerpo con la sábana, y una de ellas se acerca y no puedo más que arquear las cejas y fruncir los labios cuando veo que inicia el movimiento que desembocará en mi apagado.

Por última vez antes de que la electricidad deje de recorrerme veo el bulto que era David y sólo desearía una cosa.

Sólo desearía que me hubieran programado para poder llorar.

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Juan sin Cielo

por Relato finalistaRelato Bluetal

Os contaré una historia susurrando, mientras la realidad se desvanece en la penumbra nocturna y os vais durmiendo. Imaginad que un violín en la lejanía rasga sus cuerdas y vuestra mente se extravía entre sus notas de madera.

Juan Sin Cielo caía todas las noches en un agujero.

Se acurrucaba y esperaba que de las raíces brotasen los sueños. Sentía frío, humedad, murmullos, sordos griteríos amontonados en el desorden de su silencio. Había luna. Tenía una manta y se la calaba hasta el cuello para protegerse de los mordiscos de los vampiros. Y de otros monstruos que vagan por el mundo y por los miedos, monstruos asquerosos, más crueles, más canallas y fieros.

Había luna, eso es cierto. Una luna extrañísima. De las tumbas salían personas con forma de huesos, cantando alegres tonadas mezcladas con   remotos aullidos de lobos en celo. Y decían, riendo, cantando y bailando:

Quinientos gusanos han hecho falta para que al fin seamos sinceros.

Señalaban a los vivos, como quien señala un objeto, y cantaban, cantaban:

Qué bella mirada surca
una cara tan hermosa
y cuánta pena le pones
cuántas profundas sombras.
Qué dulces besos anidan
en el lecho de tu boca
y qué distancia se vierte
entre esas palabras rotas.

Se reían, cantaban…

¿A qué amargura condenas
cada una de tus horas?
Tienes en tus pupilas
metido lo que no ignoras

Y los señalaban con sus huesudos dedos, y sus cánticos y sus risas sonaban en el fondo del alma como un eco…

Que somos espectros y tú la forma que tuvimos y que tendremos.

Prendían hogueras y fiestas que llegaban al firmamento y ardía la luna blanca danzando inmóvil ante su corro dantesco.

Juan sin Cielo miraba con los ojos tristes, sonriendo. Miraba, Juan, siempre, como si le fuera la vida en ello. Como si nunca hubiera visto lo que estaba viendo.

Tenía los pasos contados, o quizá contaba cada paso, no me acuerdo. No me acuerdo si contaba un paso más o un paso menos, o si iba o volvía, vaya, no me acuerdo. Si andaba un camino por fuera o si lo iba andando por dentro.

Y cada noche, aunque corriera sin tregua hacia cualquier parte, se hundía en el mismo hueco. Intentaba escapar, trepar por las paredes, salir de ahí, pero se agotaba y ni siquiera se había movido, incapaz de levantarse, incapaz de quedarse quieto.

Se acurrucaba como un niño, esperando. Y temblaba, dentro de un sudor congelado, sentía un frío tan hondo que sólo el calor de una caricia podría mitigar. Aunque fuera una caricia tan suave como una voz que te escucha. Aunque fuera como alguien que permanece a tu lado, contigo, cuando te sientes solo. Aunque sólo fuera mirarte a los ojos desde muy cerca durante un momento. Aunque fuera como un abrazo que fuera capaz de diluir un primitivo hielo.

Juan Sin cielo tuvo pájaros y otros animales en los sesos. Tuvo ideas tan extrañas que parecían insectos. Ideas que removían la tierra como una azada y se hincaban en dioses eternos. Y otros se ofendían y lo condenaban por esto, furiosos y dolidos, como si les hubiera clavado sus ideas en el pecho. Otros que iban clamando a las nubes mientras iban reventando con su ambición los corazones ajenos. Reventando los corazones con balas y cuchillos, con afilados billetes,  con su ira y su soberbia, con su puños y sus infiernos. Con sus costumbres devorándoles las entrañas al ritmo de bichos hambrientos.

Él creía tener unas manos y un deseo, y se encontró con un mundo donde nada era cierto, donde todo aparentaba ser, donde nadie parecía poder seguir siendo. Con sus caretas felices ocultando sus íntimos y rancios lamentos.

Y sobre el cansancio se le agolpaba el residuo de aquellos que se permiten otorgarle a los demás la carga de su propio peso.

Juan Sin Cielo no encontraba un lugar donde poder ser, por un instante, pequeño, tan pequeño que no cupiera, por un instante, ni en sus mismos  pensamientos. Tan pequeñísimo que no existiera por la sencilla razón de que no pudiéramos verlo.

Era fuerte porque era vulnerable, una contradicción exacta, una mezcla de agua y de fuego, una llama que más se inflama cuanto más se va extinguiendo, una lluvia que se alza a la vez que va cayendo.

Tenía, Juan, una luz metida en una caja, como un gusanito. Y de vez en cuando la miraba y allí estaba la luz, comiendo hojas. O quizá fuera un gato, o la risa de un amigo, o el cuadro de un padre y una madre del brazo, apoyándose uno en otro, o la gran sinfonía de un hijo, o la colleja de un hermano, o unos ojillos mirándole pícaros, o una emoción al alcance de los sentimientos. El caso es que allí estaba su querida luz comiendo hojas de otoño y recuerdos emitiendo un destello tranquilo.

Los sueños rezumaban por las paredes de su nicho vertiendo su esencia de humo y él se elevaba con ellos hasta el fondo del mar, hasta planetas remotos en los que habitaban seres sin temor a ser ellos, y flotaba dentro de los árboles, y se volvía líquido y su amor era de sed pura y se lo bebían a besos. Y se encontraba tan a gusto que ni siquiera la gravedad podía atraparle con sus gigantescas garras. Entonces emprendía un viaje que inició hace mucho a través del tiempo.

El tiempo parecía un anciano con gestos de bebé y al acercarse se tornaba de pronto en un perro con los dientes afilados, ladrando en un absurdo lenguaje intentando dentellearle la sangre, y Juan lo espantaba como a un mosquito y el tiempo se alejaba silbando con un enorme paraguas abierto, hecho de telarañas de las que colgaban suculentos frutos y las cáscaras de los muertos. Y Juan lo contemplaba perderse en el horizonte y se echaba a caminar, silbando, por ese mismo sendero que, aunque siempre era el mismo, siempre volvía a ser nuevo.

Y como el humo, los sueños se disipaban con un leve soplo de viento.

Y Juan seguía acurrucado, atento, percibiendo en el fondo de sí un insondable goteo, de las húmedas raíces, de la honda noche arropando su cuerpo.

Las estrellas brillaban.

Y sentía la soledad de estar vivo y tener que saberlo.

Quería llorar, pero no podía porque no quería dejarse arrastrar como un muñeco abandonado en un torrente de lágrimas vacías. Juan sin cielo se creyó que lo había visto todo y que nada le quedaba por ver. Y se dio cuenta, tan despacio que sucedió en un segundo, de que no estaba metido en un agujero, ni era de noche, ni le acosaban los vampiros, ni le roían los gusanos, ni le asustaban los cuchillos. Llegó a comprender que hacía mucho que no levantaba su mirada al precioso cielo de un atardecer.

Y miró a lejos con sus ojos tristes, sonriendo.

Y hasta aquí llega mi historia, que no es una historia, es una vieja canción que os cuento.

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Bolshoye Spasibo!

por Relato finalistaRelato Bluetal

20 de marzo de 2018. El Kremlin. Dimitri Chernenko había citado en su suntuoso despacho al Ministro de Economía. Su cara reflejaba la cruel realidad diaria, endureciendo sus ya de por sí iracundas y soberbias facciones. Todos respetaban el mal carácter del Jefe del Gobierno y Presidente de la Federación, cargos que ostentaba después de haber modificado la Constitución Rusa.

La profunda crisis económica que arrastraba Rusia desde hacía años les había hecho tocar fondo, definitivamente estaban al borde de la quiebra y el colapso financiero. Las sucesivas medidas a la desesperada de su gobierno no habían conseguido convencer ni a los mercados ni a la comunidad internacional, y su eterno enemigo, el siempre oportunista «amigo americano», esperaba con paciencia el devenir de los acontecimientos para quedarse con el botín más codiciado: Siberia y sus ricos yacimientos petrolíferos y minerales, para explotarlos a través del estrecho de Bering.

Nikolai Barsukov, lastrado por el peso de los datos que contenía su cartera del Ministerio de Economía, entró lentamente en el despacho del Presidente, tenía un presentimiento y no era bueno.

—Bien, mi querido Nikolai —lo recibió nerviosamente Dimitri indicándole que se sentara—. Quiero saber, exactamente, cuánto tiempo nos queda antes de que nuestro propio pueblo se levante contra nosotros en otra revolución. Si hemos de tomar medidas especiales, lo tengo que saber ahora.

—Estimado presidente, como sabe, esto ya no depende de nosotros en modo alguno —le respondió secamente—. Ahora mismo nuestro interruptor está en manos del gobierno chino y puede apagarnos cuando le plazca.

—¿Cómo es posible? ¿cómo ha sido posible? —bramó Dimitri dando un puñetazo en la mesa.

Tranquilamente, Nikolai abrió una carpeta de cuero negro, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz y con toda la serenidad que consiguió reunir, le respondió:

—Estamos en situación de incapacidad total de pago de la deuda, por lo que hemos perdido la confianza de los inversores, incluso ofreciendo desorbitados intereses, y por descontado que la inflación de la moneda nos deja atados de pies y manos. La última medida que adoptamos, la implantación del mercado libre de trabas, nos ha hundido aún más… la prima de riesgo mejor la obviamos. En fin, Dimitri, dependemos de los chinos aunque nos siga costando la Patria, dentro de poco habrá que anunciar la suspensión de pagos, habrá que devaluar los bonos de deuda emitidos y… ¿sigo?

Con un leve movimiento de cabeza el Presidente le indicó que sí.

—En definitiva, toda nuestra deuda la tiene China, los alimentos básicos nos obligan a importárselos bajo acuerdos deplorables para nosotros. Debido a que gran parte de los yacimientos de petróleo del Cáucaso se los vendimos a precio de saldo, como agradecimiento al generoso apoyo para su reelección, nos vemos obligados a importar hidrocarburos desde nuestro propio país, y además…

—¡Basta! —le gritó.

Tenía la cara congestionada y las venas del cuello le palpitaban a punto de estallarle. Cuando consiguió calmarse se colocó la chaqueta, se arregló el pelo y declaró:

—Lo he meditado mucho y, desde luego, me ha costado tomar la decisión, pero voy a declarar la guerra a China. Nikolai, no tenemos elección.

—Pero… señor Presidente —tartamudeó su antiguo amigo—, no puede ser… sería la ruina para… para el mundo.

—¡El mundo se puede ir a paseo!, pero Rusia, la Gran Madre Rusia se irá con honor. Nuestros más fieles camaradas nos garantizan la mayoría en la Duma. No te vayas del edificio y mantente localizado. Voy a convocar al Gabinete de Crisis. Van a estar los generales de los tres ejércitos, los secretarios de estado y los representantes de todos los estamentos estratégicos. Te necesito para terminar de convencerlos. No me falles, Kolia.

A las cinco en punto de esa misma tarde la gran sala del sótano del Kremlin, destinada a afrontar las crisis provocadas por cualquier situación de amenaza grave, estaba abarrotada. Alrededor de su interminable mesa de caoba, los generales de los tres ejércitos —Sergei Sokolov, con su uniforme de Coronel General del Ejército de Tierra, Leonid Starevich, Capitán General del Ejército del Aire, y Aleksei Azaroff, Almirante de la Armada— y sus respectivos ayudantes detrás de ellos, daban colorido con sus pecheras saturadas de condecoraciones, ocupando los sillones contiguos al del Presidente. Los ministros y una cohorte de personalidades llenaban, en el más denso de los silencios, el resto de la mesa. Cuando entró el Presidente todos se pusieron de pie, se ajustaron solemnemente las chaquetas y esperaron sacando pecho a que Dimitri Chernenko les ordenara sentarse.

—Bien, camaradas, el Ministro de Economía les explicará ahora la situación de absoluto punto final en la que nos encontramos, aunque todos ya la conocéis de sobra.

Un ligero murmullo de preocupación afloró por la sala. Después de un breve resumen, y sabiendo lo que el Presidente iba a anunciar a continuación, Nikolai juntó las manos y esperó a que Dimitri tomara la palabra. Y la tomó: «Guerra». Un gélido mutismo recorrió la estancia. La noticia les dejó desconcertados e intercambiaron tímidas miradas entre ellos a la espera de que alguien dijera algo. Un minuto después, y justo cuando iba a ser firmada la declaración de guerra ante la complicidad encubierta de los allí presentes, un hombrecillo enjuto y arrugado, que había pasado inadvertido al final de la mesa, tuvo el arrojo de romper el silencio.

—¡Ejem, ejem…! Señor Presidente, con su permiso… —dijo con un hilo de voz.

Todos se volvieron hacia él al tiempo que el Presidente levantaba lentamente la cabeza.

—¿Sí? ¿Quién ha osado hablar? —preguntó Dimitri en el tono más contenido que pudo expresar.

—Alexander Litvinenko, señor. Dirijo el CGE, el Centro Genético Evolutivo, y gracias a los fondos del FSB desarrollamos proyectos «novedosos»… digamos que materializamos lo que alguien se imagina.

—Muy bien, hijo ¿y? —respondió el Presidente acallando el incesante murmullo.

—Si me permite explicarle, puede sacar interesantes conclusiones.

Un gesto con la mano de Dimitri le invitó a hacerlo. Alexander se acercó a la gran pantalla lateral y, apartando a todo el mundo, conectó su iPad a ella. Abrió un archivo codificado y les fue explicando a medida que aparecían las imágenes.

—Lo bautizamos Vacuna TC320. Básicamente, con la TC320 buscábamos modificar la enfermedad de Graves para crear supersoldados. Para ello desarrollamos un suero que provocaba la hipersecreción de tiroxina, prohormona y aumentaba la reserva de la hormona triyodotiromina, no sé si lo saben, necesaria para regular el metabolismo celular, de forma que fuera cien veces más potente. Como pueden apreciar, el resultado final resultó exitoso: la hiperaceleración del metabolismo general. Eso sí, con un efecto colateral lógico, pues también aumentó el apetito de los sujetos y su irritabilidad hasta extremos preocupantes.

Se calló unos instantes para que fueran digiriendo la información.

—Señores, con esta vacuna nuestros soldados se recuperarían plenamente de las heridas sufridas en combate en cuestión de unas pocas horas. Sin entrar en detalles técnicos, les puedo decir que conseguimos regenerar las células destrozadas activándolas de nuevo, haciendo revivir los tejidos muertos.

Un clamor general acompañado de risotadas interrumpió su exposición, pero como la cara del Presidente transmitía expectación la quietud se volvió a apoderar de la sala.

—Bien, camaradas, la vacuna TC320 abrió el camino y decidimos mejorarla, porque de nada nos valía revivir células si el efecto final eran soldados incontrolables. Resulta que se volvían tremendamente agresivos y su hiperactividad les obligaba a comerse todo lo que tuvieran a mano, incluso llegamos a tener algunos casos de canibalismo. Por estas razones, la modificamos y creamos la HC320. Les diré como resumen que con esa nueva vacuna le pegamos un tiro a un voluntario checheno y, simplemente, revivió… aunque no como esperábamos. Después de unas cinco horas su cuerpo se reactivó, menos la parte, digamos, «humana» de su cerebro…

—¡Calma, señores! —vociferó el Presidente; un brillo peligroso apareció en sus ojos—. ¡Zombis! —dijo en un susurro asintiendo con la cabeza.

Recapacitó un instante y de pronto rompió a reír a carcajadas. Y de pronto se puso serio.

—¡Señores! ¡Señores! —exclamó apartando la declaración de guerra sin firmar—. Lo que nuestro querido camarada propone es otro tipo de guerra… nos está proponiendo infectar China para poder intervenir justificadamente en nuestra propia defensa. La amenaza de contagio a través de la frontera común nos daría carta blanca para bombardearlos, aniquilándolos por partida doble. Acabaríamos con nuestros problemas económicos y quedaríamos como unos héroes.

—Estimado Presidente, estimados señores —dijo Alexander orgulloso por el éxito alcanzado—, necesito fondos extras porque sería necesario hacer unos pequeños retoques. Básicamente, acoplarlo a un vehículo de transmisión fiable, como por ejemplo la gripe, para que pueda propagarse con garantías; y, por supuesto, tendrá que provocar la muerte del receptor para poder… reactivarlo. Se propagará indiscriminadamente matando a todos lo que se infecten para revivirlos como muertos vivientes. Es sencillo, basta con imaginárselo para poder materializarlo.

***

Al cabo de un mes Alexander Litvinenko se presentó ante Dimitri.

—Señor Presidente, le presento el HV3. Diré que es la mejor evolución del HC320 que hemos podido conseguir en tan poco tiempo, pero adolece de pequeñas alteraciones indeseadas…

La mirada impaciente de Dimitri lo invitaba a dejarse de rodeos e ir al grano.

—No hemos conseguido la perfección, señor Presidente. Baste decir que a los efectos colaterales de agresividad e hiperactividad heredados de la vacuna anterior hay que añadir una exagerada producción de queratina, con lo que uñas y cabello crecen desproporcionadamente. Y lo peor no es eso: necesitaría más fondos y más tiemp…

—¡No tenemos más tiempo! —le voceó Dimitri.

—¡Pero, señor Presidente! La producción de somatropina… déjeme explicarle… la hipófisis de los revividos secreta la hormona del crecimiento a niveles exagerados, entre mil quinientas y dos mil veces más al día, cuando lo normal en su estado de muerte cerebral sería cero… señor, en algunos casos al cabo de tan solo un par de días los revividos han crecido unos cincuenta centímetros… el HV3 se propaga, mata y revive pero es inestabl…

—¡Basta! —le gritó de nuevo Dimitri—. ¡Ni «peros» ni «esques»! No hay tiempo, Alexander. Has hecho un buen trabajo y la Madre Patria sabrá ser generosa, pero nuestras bombas van a reducir a la nada a esos engendros aunque la ropa se les quede pequeña —pulsó un botón y llamó por el interfono—. Vasili, pasa.

Vasili Stropoff, El Director del FSB, entró en el despacho presidencial.

—Acompaña a Alexander a su laboratorio. Ya sabes lo que tienes que hacer.

***

Dos semanas después de aquella reunión, el 7 de mayo de 2018, saltaba una terrible noticia en las cadenas de televisión de medio mundo: «… una extraña gripe, desconocida hasta ahora, obliga al gobierno chino a poner en cuarentena la ciudad de Chengdu, en el centro del país asiático. El ejército no permite la entrada a la ciudad de periodistas…»

Pero no se puede cercar el aire. El virus se saltó los cordones de seguridad pasando libremente entre soldados enmascarados y hombres enfundados en monos blancos. En unos días aparecieron infectados en Wuhan y en Taiyuan y, ante la amenaza de que pudiera llegar a Beijing, se estableció la orden de quemar todas las aldeas y pueblos con brotes y desplazar a la población sana hacia Mongolia.

Dimitri saboreaba cada informe que le entregaba el servicio secreto. La cifra de infectados crecía exponencialmente y pronto llegaría el turno de actuar. Desde el primer momento había movilizado la 3.ª y la 12.ª brigadas del distrito del Volga y tres divisiones de tanques, posicionándolas con discreción entre Kizil y Jabarovsk para cuando llegara el momento de tomar la frontera china. La fuerza aérea también estaba en alerta a la espera de intervenir desde el aire.

Fue como volar una presa. De repente, todos los intentos del gobierno chino por ocultar los efectos de la gripe saltaron en pedazos. En las noticias de la CNN del 12 de junio, el reportero que cubría la crisis informaba en directo retransmitiendo el despliegue de una interminable columna de soldados de infantería, escoltados por vehículos artillados, a las afueras de Hong Kong. Aquello lo vendieron como un movimiento del ejército para reprimir manifestaciones no autorizadas. De repente el reportero le pidió al cámara que enfocara a los soldados mientras se sumaban a los que ya estaban posicionados en la barricada de sacos terreros montando sus armas. Un murmullo lejano empezó a oírse acompañado de una ligera vibración de la tierra. Poco a poco aquello fue dando paso a un clarísimo griterío. Los oficiales ya no prestaban atención al reportero y se afanaban en transmitir a sus hombres órdenes y consignas. El cámara alzó el plano y, a pesar de la imagen inestable, los telespectadores vieron una ingente masa humana que corría hacia su dirección dando grandes zancadas. Por su aspecto todos pensaron que eran manifestantes en pie de guerra, con sus melenas al viento y su ropa hecha jirones…

—¡Impresionante, señoras y señores, a lo lejos tienen lo que parece ser una manifestación no autorizada… avanzan muy deprisa… y como se puede apreciar, chillan de una manera espantosa…!

De repente el tableteo de las ametralladoras ahogó su relato. El plano pasó a enfocar a los soldados y pudieron ver en riguroso directo cómo miles de casquillos caían y rebotaban contra el suelo lanzando destellos. Los oficiales señalaban con sus bastones hacia el frente lanzado berridos, intentando contener aquella avalancha enloquecida. La incontable masa salvaje los alcanzó en segundos. Unos seres de más de dos metros de altura cayeron sobre ellos como alimañas hambrientas.

Lo último que pudo verse fue al reportero mirando al objetivo mientras un ser melenudo lo cogía con ambas manos por los lados y, sujetándolo sin dificultad alguna, le arrancaba de un mordisco medio cuello. Un chorro de sangre salpicó al cámara y, con las rojas gotas dibujando líneas verticales en la pantalla, el zombi terminó de comerse a su compañero en riguroso directo.

***

Aquellas imágenes sacudieron al mundo. Una horda de chinos gigantes devorando soldados a su paso era algo que superaba cualquier reality televisivo. Los teléfonos de todos los gobiernos echaron humo intentando averiguar qué estaba pasando allí.

—¡Es el momento! —dijo con solemnidad Dimitri delante de todos los que hacía meses estuvieron a punto de verle firmar la declaración de guerra—. No podemos esperar más. Según nuestros últimos informes aproximadamente el cuarenta por ciento de la población china está infectada. Tenemos a unos seiscientos millones de zombis amenazando seriamente nuestra frontera. El peligro de contagio es evidente, de hecho, no esperábamos una cifra tan alta de contagios en tan poco tiemp…

—Perdón, señor Presidente —interrumpió su secretario personal mientras mantenía un móvil pegado a su oreja.

—¡Andrei, no puedes interrumpir a tu Presidente! —rugió encolerizado.

—¡Perdón, señor Presidente! —alcanzó a decir cuando le volvió el habla—. Es que… es el Gobernador de Novokuznetsk. Está alarmado por la aparición de engendros que están engullendo a la población…

—¿Qué? —dijo Dimitri abriendo una boca como un buzón.

El teléfono que tenía delante de él se puso a plañir como un niño, sobresaltando a todo el mundo. Todavía con la mirada perdida en el fondo de la sala, el Presidente lo cogió.

—¿Sí? Sí, soy yo.

Colgó al cabo de un par de minutos, bajando con lentitud el auricular.

—Era el Coronel Tarevich. Señores, nuestras tropas en la frontera han sido aniquiladas… sorprendidas desde el lado ruso. Es necesario que declaremos el estado de excepción.

***

El virus se propagó por todas partes sin respetar fronteras ni estados. Empezaba como una gripe común, con ataques de tos y fiebre, y en cuestión de horas postraba al contagiado en la cama para matarlo, y revivirlo. Despertaba con un apetito atroz que lo lanzaba a devorar cualquier cosa que se moviera.

Beijing fue la primera gran capital en caer, Moscú, la segunda. El Presidente se negó a abandonarla a pesar de la insistencia de su esposa y sus hijos —y su amante—. Lo decidió y no hubo más discusión. Quería estar al mando de su defensa y para ello mandó levantar una empalizada de quince metros de altura amontonando los enseres de las casas, coches, autobuses y mobiliario urbano siguiendo el trazado de la autopista de circunvalación MKAD, de ciento nueve kilómetros de longitud. Repartió armas a toda la población que quiso quedarse para defender su ciudad. Concentró en otro perímetro interior, en el anillo de los jardines que rodeaba el centro, a las divisiones que le quedaban disponibles. La segunda división blindada se intercaló entre ambas líneas para cubrir una posible retirada de los defensores del frente; las buenas costumbres, no hay que perderlas. Las imágenes por satélite eran estremecedoras: calcularon unos trescientos millones de zombis acercándose por todos lados.

—Bien, Alexander. He visto imágenes de esos engendros y soy consciente de la magnitud de nuestra aberración, pero necesito que me expliques a qué nos enfrentamos realmente.

El hombrecillo, ahora más insignificante e inquieto que nunca, se hundió en la amplia silla y miró uno por uno a todos los presentes.

—Señor Presidente, señores. Según los últimos datos que hemos obtenido de las autopsias realizadas a algunos revividos, la hipersecreción de somatropina es muy superior a lo que habíamos calculado, porque el hipotálamo ha adquirido un tamaño cinco veces mayor de lo normal. Crecen por norma entre un metro y metro y medio. El resto del cerebro está muerto, salvo el cerebelo, y el bulbo raquídeo mantiene las funciones básicas: comer y correr a por comida. Sus sentidos básicos están atrofiados, excepto la vista y el olfato. Por desgracia, la consecuencia de tanta triyodotiroxina en su torrente sanguíneo es peor de lo que creíamos. Básicamente, nos vamos a enfrentar a seres hambrientos e insaciables de entre dos y tres metros de altura y con una complexión muscular muy desarrollada. Respecto al crecimiento desmesurado de las uñas, no se ha corregido, por lo que además en sus manos cuentan con unas excelentes cuchillas.

El clamor generalizado contagió de inquietud incluso a los militares más curtidos.

—Les recuerdo que la finalidad de la vacuna era regenerar los tejidos muertos de nuestros soldados; pues bien, a ellos también se les regeneran las heridas, por lo que lo único que acaba con ellos es un afortunado balazo que les seccione la base del cráneo y suspenda la comunicación con la médula; o directamente cortándoles la cabez…

—¿Y cómo piensa cortarle el cuello a un gigante de tres metros, pedazo de mierda? —le espetó el general Sokolov.

Todos los presentes estallaron en insultos y tuvo que mediar el Presidente para evitar el linchamiento.

***

Y así ocurrió la toma de Moscú.

Hombres, mujeres, niños mayores de once años y ancianos con fuerzas suficientes para empuñar un AK-47 fueron apostados entre los soldados de infantería alrededor del kilométrico perímetro exterior. Cada quinientos metros habían levantado un pequeño torreón con andamios donde dispusieron a los francotiradores y las ametralladoras pesadas NSV de doce con siete milímetros. Cubriéndoles las espaldas, una línea con lo que quedaba del 20.º Ejército: la 4.ª división de Guardia de Tanques y la diezmada 10.ª división. En el perímetro interior, la 2.ª división de Guardia de Rifles Motorizados, a los que habían reservado para la última defensa; si pasaban de ahí tendrían vía libre hasta el Kremlin.

Por encima del ruido de los motores de los helicópteros Mi28 y Mi24-Hind que daban cobertura aérea al perímetro exterior, se empezó a oír otro tipo de rugido. Era de madrugada, con un cielo tan oscuro que parecía ya vestido de luto, cuando la tierra empezó a temblar. Todos se miraron espantados mientras trataban de ver más allá de los focos.

Miles, millones de pisadas a la carrera de seres corpulentos y pesados hacían temblar la estructura del muro y, aun a pesar de la distancia, sus alaridos enmudecieron los rotores de las aeronaves. Los mandos militares les recordaban por megafonía que apuntaran al cuello, que no malgastaran munición. Trataban de animarlos y arengarlos, pero en el fondo les deseaban suerte, sin evidenciarlo explícitamente.

Montaron sus armas justo en el momento en el que los tanques dispararon al unísono su primera andanada. Con la misma orden las toberas de los helicópteros escupieron una letal lluvia de cohetes.

En unos segundos, delante de sus ojos, la tierra ardió. Una lengua de fuego de diez metros de altura iluminó el horizonte cercano, arrasándolo. Los tanques siguieron disparando en una frenética cadencia y la cortina explosiva se ensanchó más. Gritaron de júbilo al ver volar por los aires trozos de cuerpos. Pero tras unos minutos de gloria las puertas del averno se abrieron delante de ellos.

Igual que si el tiempo se hubiera ralentizado, los zombis surgieron a través de las llamas como a cámara lenta. Seguían gritando envueltos en humo mientras el fuego salía por sus bocas y sus ojos. El fuego los consumía, e incluso así, seguían corriendo y corriendo, y sólo caían cuando su esqueleto se quedaba sin el sustento de la carne. Fue necesario que alguien disparara primero para que los demás reaccionaran en cadena.

A la luz de las llamaradas y de los focos veían perfectamente, y los primeros en llegar al muro infernal fueron acribillados y decapitados por las balas trazadoras. Pero no resultaba fácil apuntar. Los zombis humeantes se movían con una rapidez pasmosa, y cuando éstos alcanzaron los pies del muro ya una nueva horda ensombrecía el horizonte. Los helicópteros se adelantaron y dispararon, desmembrándolos con munición antitanque hasta agotarla. Los zombis se seguían amontonando bajo el muro tratando de trepar por él, rugiendo como fieras. Cuando la presión fue imparable el muro, simplemente, se colapsó.

Después de dos horas de encarnizada defensa las llamas se apagaron, junto con la esperanza de sobrevivir. Por el ala este y sur, el muro se derrumbó. La estructura cayó hacia atrás arrastrando parte de la muralla. Fue como abrir una espita. Una riada de seres temibles se abalanzó sobre el interior dispersándose por todas partes. En vano, desde los laterales de la brecha, trataron de contenerlos, generando un empeoramiento en cadena. Los tanques bajaron los cañones y empezaron a disparar hacia el muro, llevándose por delante a sus propios compañeros y, de paso, abriendo nuevos boquetes. Los defensores corrieron despavoridos dejando desprotegida la muralla y, al instante, como si de una ola inmensa se tratara, cientos de miles de zombis rebosaron por encima cayendo sobre ellos. Quedaron a su merced. Baste decir que se tomaron su tiempo en saciar el hambre.

El embate de las hordas de zombis que seguían acumulándose empujó a los de delante hacia el centro de la ciudad, donde fueron frenados por el cerco interior del 20.º Ejército. Llevados por su instinto animal y su brutal fuerza, consiguieron abrirse paso a la estación de metro de Kurskaya. Una multitud de monstruos se adentró por los túneles.

Confiados en que eso no pasaría, la defensa de los túneles se asignó a la 16.ª brigada de Designación Especial y a un resto de la 10.ª brigada de Montaña. La 131.ª de Zapadores había sembrado de minas tramos enteros y se habían dispuesto las defensas tras espesas cortinas de alambre de espino. Habían clausurado la línea circular Koltsevaya sellando todos los túneles que desembocaban en las doce estaciones que la formaban. Habían refugiado en el laberinto de las treinta y dos estaciones que quedaban aisladas alrededor de la circular a las mujeres con niños a su cargo y a los niños menores de once años. A los ancianos inútiles los habían dejado a su suerte en sus casas. Todo estaba abarrotado con tres millones de desamparadas almas.

Los lejanos zumbidos les llegaron resbalando por el abovedado techo del túnel y pronto una cadena de sordas explosiones les anunció que la muerte venía a visitarlos.

Unas figuras más negras aún que la oscuridad del túnel se recortaron ante sus ojos. De repente de las sombras surgieron miles de zombis que empezaron a amontonarse tras los alambres de espinos. Los avanzados iban cayendo de certeros disparos que les amputaban las cabezas. Inmunes al miedo y espoleados por su instinto animal zarandeaban los alambres mientras eran acribillados. Pero entre carga y carga iba desprendiéndose una cortina de alambre arrancada de sus anclajes. Cuando sólo quedaba una miserable alambrada, pudieron ver de cerca el rostro del terror: seres descarnados, que sangraban espeso plasma violáceo, trataban de morderlos a la distancia. La piel amoratada y mortecina les caía a jirones entre la ropa desgarrada. Sus ojos tenían la desesperación del hambre y el anterior blanco de alrededor de su pupila era amarillento. Cuando abrían la boca lo hacían como lo hacen los lobos, separando los labios y enseñando los dientes.

Algunos adelantaban la mano para tratar de atrapar carne, lanzando tajos al aire con sus monstruosas uñas. Una avalancha arrancó lo que restaba de alambre y, como en tiempos lejanos, los soldados trataron de replegarse en heroico orden. Mientras unos disparaban rodilla en tierra , otros retrocedían para, a continuación, hacer ellos lo mismo.

Arriba seguían aguantando con la esperanza de ver un nuevo día.

En la sala de crisis seguían recibiendo información del resto del mundo. Los datos eran demoledores.

Los casos de infección ya eran globales. El virus había viajado deprisa y posiblemente había mutado como lo hace la gripe. En los Estados Unidos la Guardia Nacional ejecutaba sumariamente a todo aquel que tosía o tenía síntomas gripales, para luego quemarlo. En España, el gobierno trató de minimizar los efectos, restó importancia a la pandemia y compró millones de vacunas anticatarrales a un influyente laboratorio. En plena campaña de vacunación, les estalló la crisis zombi y, como no habían previsto medidas especiales, en ese momento la gente se estaba haciendo fuerte en sus casas apañándoselas como podían y afilando los cuchillos.

—A la espera de que vayan a merendárselos —pensó Dimitri con amarga sorna.

—Y así por los cinco continentes —sentenció Vasili, director del FSB, sosteniendo una voluminosa carpeta con datos escalofriantes—. No hay esperanza —les dijo casi sollozando.

Mientras arriba veían cómo medio mundo devoraba al otro medio, abajo, ríos de engendros insaciables abarrotaban los kilómetros de los túneles. Confluyeron en las tapias que sellaban la línea circular. Aullaban de ansiedad porque les llegaba un delicioso olor. Los miles de soldados de la 16.ª Brigada Especial y los de la 10.ª de Montaña les habían sabido a poco. Dentro, los de la ratonera oían los arañazos que trataban de cortar los bloques.

El pánico se propagó como un incendio. Los tres millones de almas que habían confiado en ese refugio y que se hacinaban por las estaciones y por los túneles, se fueron contagiando del miedo, llorando y clamando de pavor.

Las paredes de contención cedieron, no estaban construidas para soportar la presión de miles y miles de bestias. Una grieta longitudinal recorrió la pared alargándose lentamente con cada sacudida. Los que estaban en ese lado empezaron a empujar a los de atrás para tratar de huir. Pero no había espacio para hacerlo. Todo estaba saturado. La suerte estaba echada.

Mientras el muro del túnel terminaba de desmoronarse, algunas madres tuvieron tiempo de acurrucar a sus hijos y rezar con ellos. Por última vez los acariciaron y los besaron. Una mujer empezó a susurrar una vieja canción de cuna y, poco a poco, se fueron sumando otras voces: su cántico se fue apoderando del espacio y al cabo eran una sola voz. Una melodía armoniosa en medio del caos.

La pared cayó con estrépito dejando al descubierto su preciado contenido. Ante tal cantidad de comida, los zombis iban de una presa a otra arrancando pedazos de carne de cada una de ellas.

La gente enloqueció. Se pisaban unos a otros tratando de alejarse, y los más débiles murieron aplastados incluso antes de que llegaran a ellos. Fue una auténtica trampa mortal.

Otras entradas cedieron, Novoslobodskaya y Kurskaya, y manadas de zombis entraban por los boquetes para darse un auténtico festín.

Acabaron saliendo al centro de la ciudad por la estación de Ploshchait Revolyutsil, la que corona la Plaza Roja.

Los soldados desplegados no vigilaban la retaguardia y los cañones apuntaban en dirección opuesta.

Antes incluso de que las órdenes les llegaran, llegaron ellos. Algunos soldados, al verse rodeados, optaron por suicidarse. Otros, en cambio, apretaron los dientes, calaron las bayonetas y vendieron cara su piel.

Después de aquello, algunos zombis vagaban saciados arrastrando medio cuerpo o algún miembro arrancado a mordiscos de un soldado, esperando la llamada de su instinto animal para terminar de comérselo.

En el Kremlin tragaron saliva.

—¿Algo que añadir? —preguntó Dimitri al científico.

—Presidente… es un horror… pero hemos encontrado algo, señor.

—¿El qué? ¡Hable!

—Verá, señor Presidente, al haber hipertrofiado la enfermedad de Graves, hemos descubierto que también se ha aumentado uno de sus síntomas: básicamente, la intolerancia a los lugares cálidos.

—¿Y?

—Señor, pues que el calor en exceso los repele. Bueno, o eso pensamos.

—Esa es una estupenda noticia, estando en el centro de Rusia. ¿Algo más?

—No, señor.

—Bien —dijo Dimitri a los allí congregados—. Ya no nos queda Rusia, no tenemos donde escondernos y no tenemos donde ir. Que cada uno tome ahora la decisión que le plazca. Comunicad al resto de los gobiernos lo que hemos descubierto. Al menos, que los supervivientes encuentren descanso durante el día si aprieta el sol y que recen para que no se nuble. Por cierto, fusiladme a este individuo… O no, prefiero que no, prefiero que esté vivo. Les sabrá mejor.

Pasaron unas trágicas horas y, justo al despuntar el alba, el Presidente de la Madre Patria se asomó al muro del Kremlin. Una botella de vodka en la mano y una pistola en la otra. Había zombis hasta donde le llegaba la vista, ocupando los sesenta mil metros cuadrados de la Plaza Roja. Los primeros rayos de sol bañaron la marea animal que rugía a sus pies, desprendiendo millones de destellos. Muchos ya trepaban por el muro sin que nadie se lo impidiera. Los diablos de ojos amarillos lo invitaban a ir con ellos extendiendo sus brazos.

Dimitri echó otro largo trago de vodka. Estaba solo, no había nadie con quién brindar. Vació su cargador sobre las cabezas que asomaban por el borde para, acto seguido, encaramarse en él. Se había reservado una bala.

La masa rugió de nuevo excitada al verlo allí plantado. Cerró los ojos lentamente, se santiguó, se colocó el cañón en la nuez y, al grito de Bolshoye Spasibo!, apretó el gatillo.

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Aquí sobramos

por Relato ganadorRelato Bluetal

Sucedió que la cárcel del Estrecho se despertó un día sin guardias ni funcionarios entre sus paredes. Las puertas de las celdas iniciaron su apertura automática a las siete y media de la mañana y los presos se fueron levantando sin percatarse de la ausencia hasta el momento del recuento. Los internos, alineados frente a las celdas, se miraron unos a otros extrañados, hasta que uno gritó: «¡No están los payasos!». Las risas, los gritos y los silbidos enseguida recorrieron todas las galerías. A Javi «Tarzán» le pilló el alboroto todavía en la cama; había sufrido una noche espesa, con la cabeza perdida en sus dudas. Lo despertó su primo «Chucho», nervioso y trastornado.

—Levanta Tarzán, ni los payasos ni las marionetas se han presentado hoy. La cárcel es nuestra.

Miró a su primo con una mezcla de incredulidad y espanto; no tardó en agacharse sobre la taza y vomitar lo poco que quedaba en sus tripas. Tarzán hacía honor a su apodo. Un joven gigantón, de melena oscura, musculoso, matón experto en peleas de discoteca, con tres condenas por homicidio. Si le veías venir con los ojos inyectados en sangre y los nudillos golpeándose el pecho bien sabías que la siguiente parada era en urgencias o en el tanatorio. Pero ese día el rostro de Tarzán no intimidaría ni a un renacuajo de seis años; se sentía jodido por dentro y por fuera. Salió al pasillo a contemplar la bulla que se estaba formando. Los presos estaban excitados pero él era el único que no estaba celebrando. Era el momento de reunirse con «el Patrón».

Santos cree en Dios. Un hombre sencillo, un coruñés tradicional y devoto de la familia. Y los parientes de Santos son muy numerosos, posiblemente formen la empresa familiar más grande y rentable de España y, como buen amante del mar, es «el Patrón» de ese barco. A Santos Novoa todo el mundo le consideraba un buen hombre, el mejor marido, padre, abuelo, padrino, tío o cuñado que pueda existir. Un señor tranquilo al que sólo le alteran tres cosas: la policía, los maricas y los chivatos. En su celda, decorada hasta la última pulgada con estampas de Cristo y fotos de sus hijos, nietos, yernos o sobrinos, se estaba celebrando una reunión.

—Vaya cara de susto que traes Javito —comentó Santos con una gran sonrisa—. Ni que estuvieras echando de menos a alguno de los payasos. Pasa, uno de los chicos nos ha conseguido una botella de sidra para celebrarlo.

Tarzán entró en silencio y se quedó de pie en una esquina sin intervenir en los comentarios y bromas. Después de un rato, el Patrón mandó salir a todos de su celda pero sujetó a Tarzán de la muñeca y le preguntó al oído:

—¿Qué has sabido de lo mío?

El Patrón había encomendado a su sobrino una misión: encontrar a un chivato. Para Santos, el respeto sólo se podía lograr con dos principios: lealtad y firmeza. A su lado sólo necesitaba a Dios y a su familia; el resto del mundo le daba igual mientras le siguieran comprando su droga. Su negocio se organizaba por todo el territorio nacional a través de su innumerable familia. Almacenamiento, distribución y calidad garantizada; sólo con sus parientes se aseguraba la lealtad. La firmeza la conseguía traspasando los límites legales. Él sólo sugería cómo se tenían que hacer las cosas y nunca se manchó de sangre. Por eso, cuando su nombre empezó a aparecer en la prensa no daba crédito a cómo se trataba su imagen; él no era un monstruo. Defendía a su familia y su trabajo; era tan buen cristiano y tan eficiente como cualquier miembro del Opus. Al final, el sistema sólo pudo procesarle por un leve delito tributario y apenas le condenaron a un par de años. En ese momento ya le restaban tres escasos meses, pero se había enterado de que alguien quería endosarle otro delito para encerrarlo más tiempo. Tarzán sabía perfectamente quién era el traidor. Era él mismo.

—Poca cosa, Patrón. La gente no suelta ni una mierda por su boca. Quizá pueda aprovechar este jaleo y pillar a alguien con la defensa baja.

Se acercó al viejo, lo abrazó y abandonó la celda. No sabía cuánto tiempo más podría mantener la farsa. Pero es que ya estaba hasta los cojones. Hasta los cojones de la familia, del negocio, de darlo todo y luego aguantarse y callar para proteger al Patrón. Quería pisar asfalto, follar con una chica, volver a conducir una moto y tomarse cañas aunque ya no pudiera ser con los viejos colegas. No soportaba más la puta cárcel. Le había tocado bailar con la más fea. La cárcel del Estrecho. Levantada en medio del mar en el golfo de Cádiz a unos quince kilómetros de la costa más cercana, aprovechando los cimientos de una vieja plataforma petrolífera que no extrajo ni un pedo de gasolina. Un proyecto aberrante de la típica época de «mano dura» con la delincuencia. Capacidad para unos doscientos presos. Sólo para los catalogados extremadamente peligrosos, con delitos de homicidio o con antecedentes de fuga en otras cárceles; excluidos, para evitar más conflictos, terroristas y pederastas. Sin derecho a visitas ni privilegios; excepto los que se pudieran comprar, y para eso el Patrón tenía contactos y fortuna de sobra. Hasta se las apañó para traficar en la propia cárcel. Y Tarzán, uno de sus muchos sobrinos, formaba parte de su círculo de confianza. Pero un día se armó de valor y contactó en secreto con la fiscalía. Pactaron un traslado de prisión a la península, una reducción drástica de su condena y permisos de fin de semana. Con los antecedentes de Santos y su avanzada edad, la nueva condena por tráfico de drogas le enjaularía durante una década, más que suficiente para que los jueces se apuntaran un éxito mediático. Pero alguien le filtró al Patrón que se estaba cociendo un chivatazo y le ordenó a Javi que detectara y matara a la rata. Tarzán maldijo su suerte. Sólo le faltaban días para ser trasladado y, en ese momento, sin guardias ni funcionarios a la vista, se encontraba encerrado en la misma cárcel con su verdugo.

Javi Tarzán recorrió las galerías empujado por la corriente de violenta euforia que recorría los pasillos y las celdas. Los presos destrozaron las cámaras de seguridad, arrancaron los barrotes de las celdas y arrasaron con todo el mobiliario posible. Nadie sabía nada de por qué no estaban los payasos en la cárcel. Tarzán se distrajo jugando a las cartas y evitaba en lo posible a Santos. Al final de la tarde la gente estaba tan cansada de gritar, comer carne y machacar cosas que se refrescaron en el patio bajo la lluvia de una tormenta de verano. Mientras deambulaba, Tarzán se paró frente a la celda 79. Miró discretamente para comprobar si se encontraba el prisionero al que conocían como «el Artista». Nunca había cruzado una palabra con él y apenas le había visto alguna vez de refilón. Comprobó que no se encontraba dentro. En el resto de la prisión, los ruidos y las risas se iban amortiguando mientras caía la noche. Paradójicamente, a pesar de no tener vigilantes, los presos regresaron a sus celdas a dormir en sus camas.

***

Al día siguiente descubrieron que la electricidad se había desconectado de la prisión. Fue precisamente Javi Tarzán, que se pasó deambulando gran parte de la noche, el que primero descubrió que se habían apagado las luces de seguridad. Avisó al Patrón y a los otros chicos. Ningún enchufe, aparato eléctrico ni caldera funcionaba.

—Hay que avisar ya a esos payasos hijos de puta —exigió furioso Santos—. Si se han cogido vacaciones o lo que coño que ahora mismo estén haciendo esos putos carceleros, no pueden dejarnos sin luz ni agua caliente. Buscadme los móviles que se custodian en las garitas para que por lo menos venga una de sus marionetas a enchufar la electricidad. Joder, perdóname Señor, esos cabrones me hacen hablar mal.

Tarzán y un grupo de sus muchachos irrumpió en las salas de seguridad, pero poco quedaba de utilidad allí. No había armas de fuego, ni porras, ni ordenadores, ni ropa y la mayoría de aparatos eléctricos habían desaparecido o estaban averiados. Apenas encontraron un botiquín y muchos papeles desordenados. Uno de los chicos, «Palito», localizó en el despacho de un celador los móviles de tarjeta que se custodiaban para las llamadas que se autorizaban a los presos. Estaban encendidos, pero comprobaron que en todos escaseaba la batería y el saldo de cada uno estaba agotado; los celadores habían aprovechado los teléfonos para llamadas personales o a números de líneas eróticas. Ya no valían para nada. También localizaron varios cartones de tabaco de los que los familiares enviaban por correo a los presos. Eso les enfureció más.

—Putas marionetas, funcionarios chorizos del demonio. ¡En cuanto vuelvan les voy a saltar los dientes a todos ellos! —exclamó nervioso Chucho.

Volvieron a la celda del Patrón con varias bolsas de móviles inútiles en las manos. Santos se quedó mirando hacia la ventana meditando. Ya había estado pensando en planes y contingencias; era un viejo lobo muy sabio.

—La prisión se va a convertir en una caldera, chicos. No sabemos cuándo van a venir a poner orden aquí, así es que debemos ser nosotros los que nos adelantemos a la jugada. Hay que recuperar el control, demostrar a los demás quién manda. Quiero recuperar mi material, quiero que sepan que el poder lo tenemos nosotros. Javi, coge esta llave y ve a las taquillas de las duchas de los payasos.

Tarzán miró el número del llavero y subió a las instalaciones mientras los otros chicos fueron haciendo correr la voz de que se iba a producir una reunión en el patio. En la taquilla, un guarda cómplice ocultaba la droga que se distribuía por orden del Patrón; todavía quedaban bastantes bolsas de hachís y de pastillas. Volvió al patio donde el Patrón se dirigía al resto de presidiarios. Les pedía calma y argumentaba que su veteranía era la mejor garantía para reclamar el liderazgo y organizar la supervivencia en la prisión. Afirmó que a nadie le faltaría de nada si todos le respetaban y acataban sus órdenes. Sólo oyó algún silbido e insulto de los más jóvenes. Sin embargo, se ganó a los indecisos agitando el odio a los funcionarios, mostrando el tabaco y los móviles que les habían robado durante tanto tiempo. El alboroto se interrumpió por la estridente música de rumba gitana del tono de un móvil que sostenía un hombre que se reía a carcajadas. Era «el Concejal».

—Queridos compañeros, a veces ser político tiene cosas buenas, ya veis. Los guardias me dejaban tener móvil las veinticuatro horas por lo que conservo intacto el mío, aunque debo cuidar de la batería. Pero no os preocupéis, iré llamando a mis contactos de fuera y por la tele se enterará todo el mundo de la putada que nos han hecho. Tendrán que cerrar este chiringuito y mandarnos a la península. Como comprenderéis, ahora gozo de «inmunidad», así es que ni tocarme un pelo si no queréis que lo apague para siempre, ¿entendido?

El Concejal. Vaya bicho. Genio y figura aunque la sepultura la ha evitado más de una vez. Un concejal de Urbanismo de la costa mediterránea que estafó a contribuyentes, afiliados de su partido, jueces, promotores y hasta a mafias del Este y del Oeste. Hasta que un día descubrió que su mujer, su hijo mayor, su abogado y su gestor le habían desposeído del  patrimonio que él mismo había vaciado de los impuestos de su propio municipio. Hasta arriba de coca y pastillas, agarró una escopeta de caza y se cepilló a todos en el despacho de un notario. En la televisión, algún listillo dudaba en calificarlo como héroe o como villano. Al final todo el mundo llegó a la conclusión de que era un cabrón más que se había vuelto loco. Javi Tarzán lo vio alejarse sonriendo, con el móvil en la oreja acompañado de unos nuevos guardaespaldas.

El Patrón reunió a sus chicos para organizar la cocina. Convenció a sus leales de que todas las precauciones eran necesarias: si el abandono se alargaba, la situación de la cárcel no se presentaba nada optimista. La caldera no funcionaba sin luz, las planchas de la cocina eran eléctricas y el aire acondicionado no circulaba. Y además, era un maldito agosto soleado de cojones. En la cocina asaron en un fuego improvisado toda la carne congelada que no se había derrochado el día anterior y empezaron a salar el pescado. Ordenaron todas las conservas de comida enlatada y organizaron a la gente para que arrancara madera para que sirviera de lumbre para cocinar. Se planificaron las guardias de vigilancia y el traslado de colchones al patio para los que quisieran dormir al fresco. Poco a poco, con alguna queja y algún encontronazo, las tareas se fueron distribuyendo con éxito. Estarían listos para esperar a los payasos de la Administración y sorprenderles con un motín que pasaría a la Historia. Los chicos del grupo del Patrón cenaron relajados y con un buen ambiente de camaradería. Solamente el viejo seguía poniendo nervioso a Javi.

—La próxima noche quiero cenar carne de rata, chaval.

Tarzán eligió iniciar la guardia y recorrió las galerías con una linterna. Volvió a pararse en la celda 79 y la alumbró. Seguía sin haber nadie. Entró para curiosear. Lo más extraño era que no había nada. Ni ropa, ni enseres personales, ni siquiera una sola marca en las paredes, un vacío absoluto y opresivo. Pensó en el Artista, en los crímenes que se rumoreaba que había cometido, en las caras que había desfigurado en todas sus víctimas para dibujar en sus rostros. En todas las prisiones siempre había asesinado a su compañero de celda. Hasta que acabó allí, en el Estrecho, aislado del resto de hombres. Tarzán había preguntado por él y nadie lo había visto.

***

Una semana y pico después, Javi Tarzán se encontraba después de comer echando una partida de mus con sus compañeros. La cárcel, en general, se estaba adaptando bien a la situación. Pocas broncas y abusos, cualquier conflicto era sofocado con autoridad por la gente del Patrón. Incluso el viejo se estaba olvidando del tema del traidor.

—¿Echáis de menos a algún payaso? —preguntó Palito—. Yo me meaba con Barbie y Ken. Venga, decidme vosotros si no habéis conocido a guardias más maricas que ésos.

—Joder, creo que esos dos se hacían mutuamente pajas después de cachearnos —recordó Javi Tarzán—. Hijos de puta, iban juntos a todas partes, era un peligro inminente si se te arrimaban por la espalda.

—Y nos estarán echando de menos, no te jode —interrumpió Chucho—. Yo sí que echo de menos salir de una puta vez de aquí. ¿Vosotros qué echáis de menos de fuera?

—La comida, joder —contestó enseguida Palito.

—Diréis que soy gilipollas, pero a mis padres y hermanos —respondió «Candi».

—Dar un palo y gastármelo un fin de semana en farra y putas —afirmó Chucho.

—Eso, follar y echar unos polvos guarros —añadió Palito.

—Pues yo, más que eso, echo de menos que una tía me pegue una hostia.

Los colegas miraron a Tarzán extrañados. Chucho no entendía.

—Que cosa más rara, joder, ¿que te peguen?

—No que te hostien exactamente. Ya sabéis, lo típico, cuando te acercas a una chica, la coges de la cintura y le dices un piropo guarro y te suelta un guantazo. Tú vas borracho, te sonríes, insistes, te manda otra vez a paseo. Cuando la intentas meter mano y ella te da un empujón. Cuando vas a tus colegas y se lo cuentas y te partes la polla. Todo eso, el tontear, el reírte porque sí. Es una bobada, lo sé, pero son esos momentos en los que merece la pena vivir y te olvidas de las miserias.

Los chicos del resto del grupo se quedaron pensando y se miraron entre ellos con una sonrisa. Sólo Tarzán interrumpió el repentino silencio.

—Bueno, una vez dicho esto, me voy a cagar y a echarme la siesta.

Se acercó  silbando a los baños. Vigilando la entrada había varios jóvenes del grupo de sudamericanos. Cuando iba a lavarse las manos, sintió que cerraban la puerta con llave. Cinco muchachos lo rodearon y él se giró y se los apartó de encima. Inesperadamente, otro se puso a su espalda y le puso la punta de una navaja sobre la sien.

—Quieto, matón, ve con cuidado o se te va abrir una grieta en el tejado.

Tarzán levantó los brazos y clavó la mirada en su agresor. Era un mulato de ojos verdes, delgado y fibroso, con una vistosa cresta de pelo largo en la mitad de su cabeza. Su gesto era orgulloso y arrogante, sin pudor en exhibir su cuerpo y sus tatuajes.

—Soy Edgar, grandullón, y estos baños son ahora míos. El que quiera usarlos a partir de ahora tiene que pagar un precio.

—Eso es una gilipollez, los baños son de todos.

—¡Chsst, chsst!, ni tú ni esa banda tuya nos vais a imponer vuestras reglas. Te voy a decir una cosa: nos importa un carajo lo que diga tu patroncito. Si nosotros queremos algo, lo cogemos.

Edgar hizo un gesto a sus secuaces para que abandonaran los baños. Se quedó a solas con Tarzán mientras le pasaba la hoja por el cuello.

—Mira hermano, ya que estamos a solas, te voy a explicar algo: siempre he sido un líder, tuviera cinco, doce o dieciséis años. Ahora tengo veinte y he matado o mandado matar a más de nueve personas. Lo que quiero lo tomo y mi gente me respeta porque saben que conmigo están con un triunfador. Aunque sea hijo de emigrantes y no haya pisado nunca América, porque he nacido y vivido toda mi vida en Getafe, todas las putas bandas latinas comen de mi mano. Esta cárcel ya está cambiando de manos.

—Oye, gilipollas, no respondo de lo que te pueda pasar en cuanto saque a pasear mis puños.

—Tranquilo, nene, si nos llevamos bien Edgar puede tratarte con dulzura. Mira, sólo hay dos cosas con las que no puedo vivir: las anfetas y follarme toda piba que se me cruce. Las rulas me las va a regalar tu patrón y respecto a lo otro… no creas que porque esté en la cárcel no me he privado de mi vicio favorito. El que no me ofrezca algo ya sabe cómo me voy a cobrar el peaje.

—Tócame un pelo, capullo, y te arranco la cresta y la cabeza de un tirón.

—No te excites tan pronto, Tarzanito. Para que veas que tenemos más en común de lo que piensas, te voy a contar un secreto. Tú y yo tenemos un amigo en común: el señor fiscal. Yo también me entrevisté con él para sondear una reducción de condena y, mira qué casualidad, en un descuido, ¡pum!, me encontré un expediente tuyo en su mesa. ¡Qué gracia!, ¿eh? El buen guardián apuñalando por la espalda a su amo. Qué travieso el Tarzán, ¿qué le pasaría si Edgar cantara? No seas tonto, únete a los míos y pon esos músculos a mi completa disposición.

Tarzán sólo pensaba en estrellarle la cabeza contra la taza si no tuviera la hoja de la navaja en el gaznate. Esa mano la estaba ganando el mulato.

—Estos músculos sólo los sentirás mientras te meto el palo de una escoba por el culo.

—Qué grosero me has salido, guapo. Tú te lo pierdes, el que prueba mi cuerpazo acaba repitiendo. Anímate, ya sabes lo que dicen: el roce hace el cariño.

Javi Tarzán abandonó los baños nervioso, con furia contenida, abrasado por dentro por las risas y las miradas de Edgar y sus chicos. Sentía el estómago completamente descompuesto. Empezó a dar vueltas por las galerías y por el patio, desorientado, sin saber dónde ir. No se le daba bien pensar, todas esas situaciones siempre las había resuelto a hostia limpia. Cerca estaba la celda del Concejal, así aprovecharía para averiguar los avances en las llamadas.

—Mira hijo, la cosa sigue en stand-by, como decíamos cuando los vecinos nos venían a preguntar por alguna obra o alguna subvención, ¡ja, ja, ja! He hablado con familiares, periodistas, amigos, emergencias… Dicen que están pidiendo autorizaciones para entrar en el islote, que es un lío político o alguna mierda burocrática. Como tarden más, este marrón les va a explotar en las manos.

Como a todo el mundo, a Tarzán le parecía que le estaba dando largas y estaba hasta los cojones de su música de rumbita. Pero poco más se podía hacer, él tenía el único teléfono útil de la cárcel. Regresó con sus chicos y se topó con alboroto en la cocina. Se encontró a su colega Palito vomitando y a un grupo rodeando la gran cacerola. Le dejaron asomarse y su primo, con un cucharón, levantó de la sopa una cabeza seccionada.

—Qué putada, Palito se ha dado un susto acojonante. ¿Qué cabrón ha podido hacer algo así?

—Los más veteranos lo sabemos, hijo —indicó Candi—. Ha sido el sonado ese del Artista.

—Os vengo preguntando por él todos los putos días. ¿Es que nadie le ha visto desde que se piraron los payasos?—preguntó Javi Tarzán en voz alta.

Nadie respondió. La cara del muerto aparecía segmentada con cuadrados perfectos; además, el asesino había aplicado sus pinceladas con precisión, levantando zonas con piel sajada para que el rostro tuviera el aspecto de un maldito tablero de ajedrez o damas. Del resto del cuerpo no se sabía nada. Empezaron a estudiar si hacer alguna batida pero pocos se ofrecieron voluntarios. Mientras discutían, Javi acompañó a los que iban a tirar la cabeza al mar desde el embarcadero. Allí observó cómo tres marroquíes preparaban una balsa de emergencia para echarse a la mar y alcanzar las costas de su país; les deseó suerte, pero pensó que la esperanza tendría que luchar mucho contra la marea que se estaba levantando. Volvió al comedor, a compartir la cena con el grupo. Las caras eran serias. La gente rumoreaba que había otro compañero desaparecido. Tarzán volvía a tener náuseas, comió poco y se fue temprano a la cama de su celda. El colchón se le convirtió en un maldito tiovivo y las tripas se le enredaban sin remedio. A mitad de la noche se levantó como un resorte. Se dirigió como una exhalación a la celda de Santos y le tocó nerviosamente en el hombro para despertarle.

—Perdone que le moleste, Patrón, pero es que ya tengo a la rata. Es un tal Edgar.

***

Cuando había pasado mes y medio desde el abandono, las instalaciones del Estrecho se habían transformado en un auténtico campo de batalla. Las luchas entre grupos se libraban celda por celda. La banda de Edgar, la gente del Patrón y los saqueadores esporádicos se disputaban las zonas, las provisiones y un poder que a esas alturas ya era pírrico. Las únicas estrategias que se podían planear eran para sobrevivir a las emboscadas. Nadie hacía nada por los muertos y a veces casi ni por los heridos. Quien parecía estar por encima de todos ellos, únicamente entretenido en disfrutar de su tablero de juego macabro, era el Artista. No había día que no apareciera un preso muerto y mutilado, creando toda una galería con decenas de tétricos perfiles y retratos. Si de alguna forma se pudiera definir un sentimiento que congregase la desesperación, la impotencia y el asco eran esos días y ese lugar. Las facciones ya estaban definidas y ningún grupo hacía hueco para proteger a otros. El Patrón ya sólo confiaba en los fieles de siempre. Y si te querías unir a Edgar sólo sería para satisfacer sus depravados apetitos. Las antorchas marcaban los límites de control del territorio. Echarse algo comestible al estómago durante el día podía ser todo un milagro; descansar durante la noche, soportando los ruidos, el calor húmedo y las imágenes que no se borran de la conciencia, una utopía. Muchos ya se habían lanzado al agua directamente a nado, para que les llevase la marea y encontrarse por azar con algún barco de rescate.

La gente del Patrón tenía su «cuartel general» en las instalaciones de la capilla. Javi Tarzán no quería pensar en los muertos, los fugados, los payasos o los maricas de Edgar. Sólo le daba vueltas en su cabeza a la suerte, la suerte y la suerte. La buena, la mala y la cabrona. Tiró con furia las cartas con las que estaba jugando a la enésima partida de tute y salió pitando en dirección a los calabozos donde escuchó que habían visto al Concejal. Hacía dos días que no había partido la crisma a nadie y esa tarde le iba a tocar al hijoputa del teléfono. Llegó a la celda, apartó de un empujón a sus dos guardaespaldas, agarró al antiguo político y lo zarandeó contra la celda de enfrente.

—Mira, concejal de los cojones, te voy a dar exactamente dos segundos para que cojas ese puto teléfono y llames a uno de esos amigos tuyos para que nos saque de una jodida vez de aquí. Me importan un cojón tus excusas, hoy vas a salir de aquí con la cabeza abierta si no hablamos con alguien.

El Concejal contempló a Tarzán desde el suelo, con la boca ensangrentada. Bajó la mirada con gesto apesadumbrado, jugueteando con el móvil.

—El primer día que exhibí este teléfono me volví a sentir yo mismo. Útil, con poder, con la gente dependiendo de mí. Me lo creí hasta yo mismo: ya sabes, si eres político, la mentira y la realidad se confunden en una fantasía distorsionada. Al segundo día ya tenía claro que lo único que me iba a proporcionar este cacharro eran unos días más de conservar la cabeza. ¿Llamar a amigos, familiares o gente poderosa? ¿Crees que después de lo que hice algún amigo o familiar me va a responder al teléfono? No tengo a nadie ahí fuera que me quiera echar una mano, ya no tengo contactos que se quieran acordar de mi nombre. He llamado a emergencias, a policías, a bomberos, a hospitales. Las únicas respuestas que he tenido han sido un contestador automático, un «ya le llamaremos», un «no se preocupe» o un «le paso con otro departamento». Todos los medios de comunicación me han tomado por loco. Pensarás que esta situación no es normal, pero yo creo que tiene toda la lógica del mundo. Toda la gente que conozco me ha abandonado, sí, pero ¿qué crees que ocurre con el resto de nosotros? Estamos aquí, en medio del mar, como putos náufragos, enlatados como carne en conserva ya caducada. Pero, ¿sabes por qué? Porque a nadie le importamos. Somos un estorbo, los deshechos que no hay manera de reciclar, los excrementos que siguen dejando mal olor aunque se tire de la cadena. No le interesamos a nadie. Estoy seguro de que no van a aparecer, Javi, estoy convencido, pero a estas alturas las razones ya no suponen una diferencia. Aquí permanecemos y no pintamos nada. Ábreme la cabeza si te apetece, poca resistencia puedo ofrecer.

Tarzán levantó el puño pero golpeó con rabia la pared y se marchó de los calabozos. Se cruzó con los dos guardaespaldas que aprovecharon para entrar en la celda del Concejal. A lo lejos todavía se oían los puñetazos y patadas que le empezaron a propinar.

Se dirigió de nuevo hacia la capilla. Le dio por pensar en la cárcel del Estrecho. De todas en las que había estado encerrado era la más limpia, moderna y segura. Los presos no eran angelitos y los carceleros controlaban hasta las meadas, pero con algo de habilidad se podía incluso trapichear sin obstáculos. Pero en ese momento, contemplaba las instalaciones quemadas y destruidas, el olor de la podredumbre de los cadáveres y la oscuridad interminable y pensaba que el infierno de la Biblia era un simple parque de atracciones. En la capilla, Chucho estaba contando algo, nervioso como siempre.

—Os lo juro, hemos hecho un butrón como en los viejos tiempos y les hemos jodido una tubería en sus baños. A ese maricón de Edgar le vamos a sacar nadando de aquí.

—Chucho, macho —interrumpió Tarzán—, ¿por un casual no sería una tubería grande?

—La más tocha que he encontrado.

—¿Sabes que has podido joder una conducción general? ¿Y sabes que para toda la cárcel sólo tenemos el agua de un depósito?

—Tarzán, no sabía…

Todos se apartaron cuando Javi salió como una estampida. Atravesó el patio, salió al embarcadero y durante varios minutos gritó de impotencia contra las olas.

***

La mañana en que se cumplieron dos meses exactos desde el incidente, Tarzán atravesaba las galerías corriendo como un bisonte herido. Avanzaba a duras penas con los nudillos destrozados, los brazos manchados de sangre y un muslo herido. Empezó a hacer memoria de las últimas horas. Le habían capturado la noche anterior y Edgar tenía por fin su peluche con el que jugar. Lo ató y lo manoseó, pero Tarzán se juró que sólo muerto le iban a hacer algo más. Cuando sus captores se fueron a dormir y lo dejaron tranquilo y abandonado, se dedicó a forzar las ataduras. Estaba débil y famélico pero sabía que era su última oportunidad. Sólo necesitaba unos segundos con las manos libres y sabía que la vida se abriría paso a puñetazos. Durante la noche, algún guardia se pasaba a pegarle patadas. El nudo se aflojaba poco a poco pero el amanecer llegaba con más prisa. La gente se despertaba y Edgar no tardó en aparecer. Fue ver su cara y sus morros y la cresta teñida y sentir la adrenalina recorriendo sus nervios. No le dio tiempo a deshacer el nudo, pero sí de arrancarse las cuerdas con un violento forcejo. Enseñó los dientes y se golpeó el pecho. El primer puñetazo fue para aplastar el abdomen de Edgar y dejarlo desmayado en el suelo. Su grupo ya sólo lo formaban cinco secuaces. Lo rodearon pero le dio tiempo a arrancar una tubería. La blandió como en los viejos tiempos, cuando usaba un bate de béisbol para dispersar peleas; pero esta vez no podía dejar heridos. Atacaba las piernas para derribar a cada oponente y luego descargaba la tubería sobre las cabezas para aplastarlas. Ninguno le pudo plantar cara. A Edgar lo dejó para el final. Con él usaría los puños desnudos. Lo levantó del suelo, lo agarró de la cresta y estrelló su nariz contra el grifo del lavabo. Lo tumbó boca arriba, se arrodilló en su caja torácica y descargó los puños lentamente y con fuerza contra la cara hasta que el cráneo se resquebrajó como un jarrón chino.

Pero todo eso había pasado hacía unos minutos. En ese momento estaba corriendo, prácticamente cojeando en dirección a la capilla donde al Patrón ya apenas le quedaba nadie para protegerlo. Su primo yacía muerto cerca de la puerta; en su cabeza ensangrentada se adivinaba el dibujo de una espiral marcada a cuchillo que se iniciaba desde la punta de la nariz y le cubría todo el rostro. El Artista había hecho otra caricatura. El viejo no aparecía por ninguna parte. Se oían gritos en la zona de calderas, donde se hacía irrespirable la humedad condensada y un nauseabundo olor a descomposición. Siguiendo unos ruidos de forcejeos se encontró al Patrón apresado por la espalda por un hombre desnudo que le amenazaba la garganta con un cuchillo. El Artista, un hombre alto, huesudo, de piel pálida, cabeza afeitada y espantosos tatuajes, centró su atención en el recién llegado.

—Bienvenido, has llegado a tiempo, ¿queréis que os haga un retrato de pareja? —comentó con su voz aguda mientras jugueteaba con el cuchillo.

—Suéltale y no te haré mucho daño.

—Creo que no lo entiendes. Tienes poco que ganar y mucho que perder. Sin embargo, yo no le doy valor a ninguna vida. Simplemente sois moldes para mí. Hago lo que hago porque me gusta, porque así es como me expreso. No es culpa mía que los carceleros nunca hayan tenido el coraje de darme muerte. Si la sociedad es débil, no es culpa mía: yo voy a hacer esto hasta que me muera. Con el incidente de esta cárcel me he sentido mejor que nunca; me habéis dado diversión y lienzos para hacer mi obra maestra. Ven, acércate, pasarás a la posteridad con una bonita cara nueva.

—Estoy siendo paciente, sonado hijo de la gran puta.

—Qué poco gusto por el arte. ¿Ves? soy un incomprendido, un artista maldito. Nadie ha hecho nunca el mínimo esfuerzo por entenderme.

—A ti lo que te pasa es que nadie te ha dado una buena hostia.

Mientras Tarzán se acercaba con los ojos rebosantes de furia, el Artista se asustó lo suficiente para cortar la mejilla del Patrón y salir corriendo. Tarzán se detuvo, pero el viejo Santos le empujó y señaló hacia su agresor. Empezaba el juego del gato y el ratón. Cuando el psicópata quiso sorprender por la espalda a Tarzán con el cuchillo, éste le agarró el brazo y se lo partió contra la rodilla. Cogió la mano con la que agarraba el cuchillo y empezó a rajar su cara. El Artista chillaba como un felino herido. Con el tipo en el suelo, Javi introdujo su talón en la boca del psicópata y presionó hasta la garganta hasta que se ahogó y su cuerpo dejó de estremecerse. Observó el rostro desfigurado y pensó si ese autorretrato hubiera sido del agrado del muerto.

El joven se acercó al Patrón a comprobar cómo le había dejado la herida. Era fea pero sólo le había afectado la mejilla. Se puso en cuclillas frente al viejo.

—Espero que de ésta pueda perdonarme, Patrón. No puedo seguir negando…

—Calla, hijo, no tienes que confesarme nada. Soy un viejo lobo de mar, es difícil engañarme, cuando me dijiste que ese Edgar era el traidor ya me olía mal: yo nunca le hubiera vendido mercancía a un marica. Me dolió en su momento, pero qué querías que hiciera, os necesitaba a todos a mi lado. No te puedo asegurar qué hubiera hecho en cuanto la cosa se hubiera normalizado, pero sí tengo algo claro: eres una rata, pero nunca has dudado en dar la vida por mí.

—Le voy a seguir protegiendo hasta el final Patrón, se lo juro.

—No jures, joder, que es pecado. Lo que sí te prometo es que, aunque traicione mis principios, como llegue la maldita bofia a rescatarnos, le daré un beso en los morros al primer poli que vea.

***

Dos días después de este último incidente, una flota compuesta por tres helicópteros y un barco tomó tierra en la cárcel del Estrecho. Los vehículos lucían unos emblemas corporativos de inspiración militar pertenecientes a una compañía privada de seguridad. Guardias uniformados y armados como soldados de élite se empezaron a desplegar por los recintos de la prisión. Desde el barco, un guardia vigilaba la retaguardia apuntando con un fusil con mira telescópica. De repente, desde el tejado se empezaron a divisar dos figuras que hacían señales con una sábana blanca y gritaban pidiendo auxilio. El Patrón y Javi Tarzán, demacrados y apoyándose el uno en el otro, agitaban los brazos para hacerse ver. Los guardias se detuvieron y desde el barco se gritaron unas órdenes. El francotirador apuntó con tranquilidad hacia el tejado y abatió de un certero disparo en la cabeza a Santos Novoa. Tarzán se quedó de pie, sorprendido y desorientado: lo último que sintió fue un fuerte estallido en el pecho.

Otro grupo de guardias empezó a armar varios lanzallamas y relevaron a los que habían explorado la prisión por dentro. Mientras barrían con fuego todo el interior, a cierta distancia los observaba un hombre vestido con un traje de Armani gris que no se despegaba de un móvil de última generación; parecía fuera de lugar en ese escenario de humo y destrucción. Unos momentos después aterrizaba otro helicóptero que lucía el emblema de una multinacional española. Otro hombre elegante, más mayor, vestido con un Armani color azul marino, bajó de la nave rodeado de una corte de guardaespaldas.

—Buenos días, señor presidente —le dio la bienvenida el hombre del Armani gris.

—Buenos días, señor director general —respondió el del Armani azul—, espero que la crisis se haya resuelto satisfactoriamente.

—No lo dude, señor. Hemos limpiado todo rastro y registro sobre lo que ocurriera aquí. Apenas hemos encontrado a dos personas vivas y nos hemos encargado de ellas sin resistencia. Como habíamos previsto, la mayoría de presos ya se habían matado entre ellos. No existen ya testigos incómodos de lo sucedido.

—Bien, bien, aunque creo que hemos sido un poco drásticos. Hubiera sido interesante conocer la historia de esos dos sujetos.

—Es cierto, señor presidente. Los muertos no nos podrán decir nada, pero tampoco podrán interponer reclamaciones, ni pedir indemnizaciones.

—Tiene usted razón, pero de ésta nos hemos librado por los pelos. Son inexplicables los errores que se han cometido.

—A decir verdad, señor presidente, nuestros informes indican que los fallos son compartidos. Cuando el Ministerio privatizó las competencias penitenciarias, la situación era francamente caótica. Los funcionarios estaban de huelga permanente, los archivos eran incompletos y no había tiempo de revisar nada. Simplemente, alguien de nuestra compañía se despistó o se le olvidó que existía esta cárcel para administrar.

—Vaya con el despiste. Nuestra compañía no puede dar una imagen…

—Perdone que le interrumpa pero, según mi punto de vista, la casualidad quizá nos ha quitado un peso de encima. Ésta era la cárcel con los convictos más peligrosos y conflictivos de España. Ningún director los quería en sus prisiones y apenas ningún familiar se ha preocupado por ellos. Eran unos indeseables, un desperdicio que no hubiera sido rentable administrar. La versión que hemos desarrollado en los medios de que la cárcel había sido tomada por un violento motín que acabó en llamas ha sido totalmente convincente para la opinión pública.

—Visto así… Esto de administrar competencias públicas es toda una aventura. Con lo fácil que era hace unos pocos años vender pisos.

—Y que lo diga, señor presidente. Incluso ganábamos mucho más cuando vendíamos las casas que nunca íbamos a construir. Si lo desea colocamos ahí arriba en el tejado un cartel de «SE VENDE». En serio, señor presidente, vivimos tiempos más difíciles, pero para eso estamos nosotros, para torear los temporales. No se preocupe por las cárceles, señor. Está demostrado que, a lo largo de la Historia, toda prisión es abolida o demolida. Nuestra labor será rentabilizarlas lo máximo posible y liquidarlas. Lo único que ha pasado con esta cárcel es que le ha llegado su hora demasiado pronto.

—Interesantes reflexiones. Bien, en una hora voy a informar en rueda de prensa sobre el final de esta historia. Casi me ahogo con este humo. ¿Qué aspecto tengo?

El hombre del Armani gris se acercó y le apretó la corbata de seda.

—Está usted perfecto, señor presidente.

***

El capitán de los guardias empezó a hacer recuento de sus hombres nada más subir al helicóptero.

—Uno, dos, tres, cuatro… Oye, tú, ¿eres idiota? ¿Qué coño haces usando un móvil encendido con el helicóptero en marcha?

El grupo de soldados empezó a reír y silbar cuando oyeron la cachonda melodía de rumba gitana. El falso guardia, oculto tras su casco, pulsó la pantalla y desconectó la cámara y la energía de su teléfono. No dijo nada, pero no se le borró la sonrisa en todo el trayecto y por dentro reía a carcajadas.

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Yo, orco

por Relato finalistaRelato Bluetal

Mi nombre es Saulurk, y soy un orco. En estas breves páginas, lector, quiero compartir contigo un sueño que una vez tuve y al que he dedicado la práctica totalidad de mi vida. Te contaré mis humildes orígenes, los trabajos que tuve que soportar en pos de mi ideal, y los hechos que posteriormente acontecieron.

Mi historia es ciertamente singular. Mis primeros recuerdos son de mi padre adoptivo, Yorgus el Magnífico, hechicero sin par, que para cuando me acogió hacía ya muchos años que su magnificencia estaba en un franco ocaso. Los motivos por los cuales me adoptó nunca los supe, aunque tal vez había llegado un momento en que su soledad se le había hecho insoportable. El caso es que tuve una infancia de la que ningún orco había disfrutado nunca antes, y mi padre me enseñó a leer y escribir. Vivíamos solos en una vieja torre cercana a una cascada, y los días pasaban mientras Yorgus hablaba de materias, épocas y personas que para mí eran totalmente desconocidas y que para él poco a poco iban siéndolo también. Mi mundo, por tanto, era reducido, pero conocí el afecto de otro ser inteligente. Mas aquellos años de felicidad fueron breves, y al llegar a la edad de seis, una tarde cuando volví de recoger agua en el río lo encontré tumbado en su camastro, rígido y frío, y por más que esperé, nunca despertó. A los pocos días, acepté que me había quedado solo: recogí los pocos libros de mi padre que era capaz de entender, mis escasas ropas y abandoné nuestra torre en busca de otros seres humanos que también me dieran cobijo y comprensión.

Pero los demás humanos no eran como Yorgus, y los siguientes dos largos años tuve que vivir agazapado en las cercanías de las aldeas en las que transcurrían sus vidas. Apenas me descubrían, me perseguían como a un animal furioso, y tenía que buscar otra aldea en la que refugiarme. Por más que indagué en los libros de historia que tenía conmigo, por más conversaciones que escuché oculto en establos, herrerías, tabernas y templos, no llegué a comprender el origen de ese odio: nuestras razas parecían haber estado siempre en guerra. Dolido y despreciado, durante un tiempo pensé que tal vez debía ser así, hasta que un día cambié de opinión.

Una tarde de verano, cuando el sol comenzaba a declinar, había llegado a una granja a las afueras de la aldea vecina a aquella de la que acababa de huir. En la entrada del bosque, me encontré con una niña de apenas cuatro años, que recogía delgadas ramas para llevar algo de leña a su hogar. Pensé que, siendo tan pequeña, inconsciente aún del mal y los peligros del mundo, tal vez no se asustaría de mí. Salí poco a poco del arbusto en el que me ocultaba, hasta que la niña pudo verme. Cuando lo hizo, abrió los ojos como platos y dejó caer las ramas, pero no corrió ni gritó. Muy despacio me acerqué a ella, imaginando que tal vez pudiera hacerme amigo suyo y, con el tiempo, demostrar que no estábamos condenados a un destino que nos empujaba hacia la destrucción mutua. Tal vez sólo era necesario un gesto de buena voluntad para enseñarle al mundo que no teníamos que ser esclavos de los errores de generaciones anteriores, y el candor de aquella chiquilla podía ser el primer escalón que nos liberase a todos de aquella carga.

De dónde sacó la fuerza suficiente para levantar la enorme piedra con la que me golpeó en la cabeza no lo supe nunca. No obstante, la conmoción posterior aclaró mi mente: incluso la visión de un ser tan inocente estaba ya deformada por siglos de un odio ancestral. Desde que tenemos memoria, humanos y orcos nos hemos despellejado mutuamente y ¿por qué? Recapacito sobre ello y comprendo que en igualdad de condiciones de edad y sexo un orco cuenta con casi veinte kilos más de robusta musculatura, nuestra piel es coriácea, olivácea y verrugosa, poseemos una ancha mandíbula inferior babeante de la que surgen dos recios colmillos y nuestros dedos están rematados por duras garras óseas, con lo que nuestro aspecto puede resultar un tanto amenazador. Y sin embargo, no somos tan distintos: los orcos nacemos, crecemos, nos apareamos, envejecemos y morimos de la misma forma que los humanos, la sangre recorre nuestros cuerpos de la misma manera, en nuestros pechos late un corazón similar y, quiero pensar, también tenemos un alma. Sentía pena por aquella niña, y era claro para mí que había llegado el momento de romper el círculo de violencia en el que hombres y orcos estábamos atrapados. Valientemente, estaba dispuesto a dar el primer paso.

Primer paso que, he de decir, no fue nada sencillo. Pretendía ni más ni menos que enseñar a mis congéneres las cosas buenas que había aprendido de mi padre, esperando al día en que pudiéramos presentarnos ante alguno de los señores de aquellas tierras y firmar un pacto con el que acabar con las luchas futuras.

Pero para eso necesitaba una tribu orca a la que educar, y fueron otros tantos años los que pasé intentando que me aceptaran en alguna. No era fácil, dado que carecía de los conocimientos con los que integrarme en la sociedad de mis hermanos, y tardé un tiempo en aprender su lengua. Además, en un sistema caciquista gobernado por el más fuerte, mis ideas no echaban raíces en la mente de ningún jefe orco: los más benévolos me toleraban sin hacerme demasiado caso, y los demás me daban palizas. Pero no cejé en mi empeño, hasta que di con la tribu de Marcurk, un jefe orco que tenía fama de sabio, al menos para los patrones orcos. Se decía que se rodeaba de un consejo de ancianos con los que discutía los intereses de su pueblo. Bien es cierto que por su talante colérico a muchos de tales consejeros acababa rompiéndoles la cabeza, pero al menos era un comienzo.

El día en que llegué a las cuevas donde su tribu vivía me recibió con una maza de roble en la mano, pero no parecía dispuesto a usarla inmediatamente. En su mirada vi que no se trataba de un jefe orco como los que había conocido hasta entonces, así que decidí entregarle lo más valioso que poseía: saqué de mi saco los libros de mi padre y se los mostré. Intrigado, Marcurk dejó en el suelo su maza y con un cuidado inaudito en un orco, sostuvo uno entre sus manos y lo abrió: aspiró el aroma del papel envejecido y la tinta largo tiempo seca, y el polvo de las décadas que hacían de aquel volumen un objeto único. Y enormemente satisfecho, devoró tres o cuatro páginas y me admitió en su consejo.

Los meses se sucedían mientras cada vez que me pedía consejo exponía mis puntos de vista. Le hablaba de las maravillas de la sociedad humana, de cómo tenían historia y literatura y ciencia, de cómo generación tras generación sus conocimientos se acumulaban y enriquecían a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y de cómo habían levantado ciudades que los sobrevivirían para siempre. No obstante, cada día que pasaba contemplaba entristecido cómo mis palabras no llegaban a calar demasiado hondo, y cómo la despensa de libros de Marcurk era cada vez más exigua. Sabía que en cuanto se comiera el último tomo olvidaría el motivo por el cual me tenía a su lado y perdería su favor. Así que no me quedó más remedio que retarlo a un combate de sucesión.

La idea de prevalecer por la fuerza cuando lo que quería era cambiar los hábitos de nuestra raza no me satisfacía en absoluto. Sabía que entre los humanos civilizados los regentes surgen de los genitales de los regentes anteriores. Pero no podía esperar cambiar nuestro sistema político sólo con palabras. Así, una tarde de tormenta, me encontré en mitad de un claro, armado con una piedra atada a un palo, frente a la mole que era Marcurk, más de ciento cincuenta kilos de potencia orca homicida. El chamán de la tribu bailaba a nuestro alrededor agitando sus amuletos, invocando a los espíritus de los jefes muertos, mientras las nubes se cerraban y tronaban sobre nuestras cabezas. Lo miré, y sí, él tenía la fuerza, pero yo tenía la inteligencia que había hecho brotar en mi mente Yorgus. A los cinco minutos, ni uno más, de empezar el combate, fue mi inteligencia la que me llevó a comprender que no tenía posibilidad alguna: me encontraba medio muerto en el suelo embarrado, esperando el golpe de gracia. Y entonces ocurrió un milagro. Marcurk se irguió sobre mí y levantó su maza de roble para descargar el mamporrazo definitivo, cuando un rayo le cayó encima y lo fulminó en el acto. Ensordecido y procurando que los fragmentos de mis costillas no rozaran demasiado entre sí, logré ponerme en pie, lo suficiente para que el chamán me aporreara la cabeza con una calavera llena de huesecillos. Volví a caer al suelo, pero mientras me hundía en la inconsciencia me sentía gozoso, porque con ese acto aquel viejo brujo medio loco legitimaba mi puesto como nuevo jefe de la tribu.

***

Las estaciones transcurrían una tras otra. Desde el momento en que había logrado ponerme en pie por mis propios medios, como dos meses más o menos después de la paliza de mi investidura, me había dedicado a reorganizar la vida de mi tribu.

Para empezar, seleccioné a los más aventajados de mis hermanos para formar mi nuevo consejo y que me ayudaran en la ardua tarea de educar a los demás orcos.

Así, a mi lado se encontraba Roburk, quien tenía una habilidad innata para fabricar todo aquello que yo le explicaba que existía en el mundo humano. En apenas unas semanas fue capaz de levantar cabañas que no se desplomaban sobre sus ocupantes, lo que ocurrió en cuanto abandonó la idea de cargar de piedras el techo de ramas para que no se lo llevara el viento. Además, fue capaz de producir platos, cubiertos, mesas, banquetas y muchos objetos más, siempre que fueran de madera y cuadrados.

Luego estaba Ismurk, el único orco que fue capaz de aprender una palabra en el idioma humano. Ese fue siempre un problema que no logré comprender: yo había podido aprender a hablarlo, leerlo y escribirlo, por lo que la incapacidad de mis hermanos para pronunciar hasta las palabras más simples no podía deberse a ninguna traba anatómica. Pero el caso es que tras meses de esfuerzos sólo Ismurk era capaz de decir algo. No obstante, estaba muy orgulloso de sí mismo, y a aquella palabra le otorgó un poder casi místico. La repetía una y otra vez, probando distintas entonaciones, y según el ritmo, la espiración, el alargamiento de las vocales y el intervalo entre sílabas era capaz de expresar una gama de emociones que antes había sido incapaz de transmitir con nuestro idioma gutural; y gracias a eso, se hacía un poco más humano. Aunque me había rendido en ese aspecto y decidí confiar en que en un futuro nuestros hijos pudieran aprender el idioma humano a través de la convivencia, de la misma manera que yo lo había aprendido de forma natural, no podía menos que sentirme parcialmente realizado cuando Ismurk, para dejar constancia de la importancia de lo que iba a contar, respiraba profundamente y nos decía:

—Culo.

Y, por último, estaba Franurk. No poseía ninguna habilidad especial, pero tenía algo mucho más valioso para mí: lealtad. Cuando expliqué a mi nuevo pueblo mis ideas sobre el futuro, se retiró dos días a una cueva, porque pensar le suponía un esfuerzo prolongado. Pero cuando volvió me dijo:

Vrag grungsmir, saasz tul draag krm.

Traducido pierde parte de su profundidad, pero sería algo así como «eres un pobre imbécil, pero estaré a tu lado». Lo importante de aquello era que, incluso sin poder comprender lo que yo pretendía hacer, estaba dispuesto a intentarlo, y eso me llenaba de esperanza.

También había organizado grupos de exploradores, para complementar mis escasas lecturas y mi pobre experiencia con los humanos. En las cercanías de nuestro bosque se asentaba el pueblo de Varan, con su señor marqués, y con las noticias que nos traían diariamente nuestros vigías de lo que observaban habíamos desarrollado poco a poco una cultura rudimentaria.

Así, había pasado casi un año desde que comencé a educar a mis hermanos, y aunque admiraba sus progresos, no podía por menos que sentir ansiedad frente a la idea de que tal vez no lo estaba haciendo correctamente. Necesitaba ponerlos a prueba antes del día en el que hiciéramos nuestra entrada en el pueblo vecino. Y entonces recordé que en el corazón del bosque vivía desde hacía años un ermitaño, un ser humano que, de manera incomprensible para mí, había renunciado a los lazos con los suyos. Pensé que sería bueno invitarlo a cenar una noche, y que posiblemente de aquella experiencia sacaríamos alguna lección de provecho. Así, al día siguiente hicimos los preparativos para la velada y fui a buscarlo acompañado de Franurk y Roburk.

Ciertamente, el viejo eremita se debatió cuanto pudo antes de aceptar nuestra invitación, pero comprendí que debía ser tremendamente inesperada para él. Por fortuna, sólo tuvimos que dejarlo inconsciente una vez de camino a nuestra aldea, y lo despertamos con un cubo de agua sentado ya a nuestra mesa. Habíamos desbrozado una zona del bosque y conseguido alumbrar el claro resultante con antorchas; tuvimos que luchar contra dos incendios antes de dominar la técnica de la iluminación, pero sabíamos que ese era un precio pequeño que pagar por un bien mayor.

Todo estaba dispuesto de la mejor manera posible. Habíamos colocado en círculo las mesas que Roburk había construido, y logramos que no cojearan enterrando en la tierra las patas más largas. En el centro hacíamos girar espetones en los que había ensartados ciervos y comadrejas, y el olor de la carne quemada, que meses atrás hacía resoplar a mis hermanos, flotaba en el ambiente. Sobre nuestras cabezas, la luna inundaba el cielo de luz serena y buenos augurios.

Aun así, el anciano parecía tenso. Intentaba conversar con él para romper su silencio, pero cuando lo hacía me miraba como si resultase más monstruoso que mis congéneres. Aquellos de nosotros que habíamos elegido para hacer de sirvientes ya habían colocado las viandas semicarbonizadas en las mesas, pero les había advertido a los míos que, por educación, no debíamos probar bocado antes que nuestro invitado. Entonces éste miró el plato frente a él, y suspirando cogió su cuchara y el cuchillo de madera que le habíamos proporcionado. En cuanto lo hizo, todos cogimos nuestros cubiertos al unísono y él, sobresaltado, volvió a dejar los suyos sobre la mesa. Por supuesto, lo imitamos, y mientras la carne se enfriaba y la grasa se solidificaba, los minutos pasaban y mis hermanos me miraban confundidos y con ojos tristes, como preguntándome qué habían hecho mal.

Ismurk jugueteaba con una manzana de las que habíamos apilado en la mesa, visiblemente nervioso al lado del ermitaño. Quizá porque necesitaba hacer algo que rompiese aquel momento tan incómodo, quizá simplemente porque no le gustaba la fruta, después de mirar la pieza un momento se la lanzó a uno de los sirvientes que daban vueltas a la comida sobre el fuego. Tales fueron su fuerza y su puntería que la manzana reventó en la cabeza de su objetivo, el cual derribó el espetón y cayó sobre las llamas. Por fortuna para él, en el último momento se giró lo suficiente para abrasarse sólo las posaderas.

Algo le ocurrió entonces al ermitaño: entrecerró los ojos, y sus hombros comenzaron a sacudirse, a la vez que emitía un sonido entrecortado por su boca que parecía indicar su aprobación. Ismurk, intrigado, arrojó otra manzana al orco que se arrastraba por el suelo para apagar las llamas y miró a nuestro invitado:

—¡Culo!

El volumen de los ruidos del ermitaño aumentó aún más y, como si de una enfermedad se tratase, vi que varios de mis orcos lo estaban imitando, casi sin darse cuenta. Otro de ellos se animó y lanzó otra manzana. Y más comenzaron a repetir esos ruidos. Yo mismo me vi afectado: era como si mi pecho saltara y mi respiración luchara por salirse de mis pulmones, y una sensación de dicha me embargaba. Y entonces entendí qué era lo que habíamos hecho: en aquel hermoso momento habíamos aprendido a reír.

—¡Culoooooooo!

Más manzanas llovían sobre el desdichado mientras las carcajadas me sacudían junto al eremita, quien me miró con los ojos húmedos como si comprendiera, igual que yo, que nos encontrábamos en un punto crucial en el que dos especies que habían luchado durante siglos, por primera vez en su historia, reían juntas.

Contagiados por ese sentimiento de euforia, mis hermanos continuaron lanzando manzanas. Y cuando éstas se acabaron, regocijándose como niños, arrojaron cucharas. Y platos. Y banquetas. Y las piedras que encontraron a mano. Y para cuando quise darme cuenta nuestro sirviente había muerto descalabrado, y nuestro invitado había dejado de reír y su tez parecía ligeramente pálida mientras contemplaba el cuerpo postrado sin vida.

—¡Culoooooooo! —volvió a gritar Ismurk, y levantando su manaza dio un golpe amistoso al anciano en los hombros.

Por desgracia, el golpe fue fatal. La débil complexión del ermitaño y los años de privaciones a los que se había sometido hicieron que su cuello no fuera capaz de absorber el impacto, y se desplomó muerto sobre su ración de comadreja.

***

El incidente del ermitaño, si bien triste, me había dado nuevas fuerzas y me había reafirmado en mi propósito. Seguimos trabajando día a día, un ciclo completo de estaciones, hasta que por fin decidí escribir una carta al señor de la marca de Varan. En ella me presentaba como el caudillo de los orcos del bosque y le pedía una audiencia para ofrecerle unos presentes como muestra de buena voluntad y para establecer los términos de un tratado de paz. Me llevó semanas curtir un pergamino y había tenido que escribir aquella misiva con mi propia sangre, pues había sido incapaz de lograr nada similar a la tinta. Pero eso no solventaba los dos obstáculos más arduos: de dónde sacar los regalos con los que agasajar al señor y cómo hacerle llegar la carta.

Sabíamos por nuestros exploradores que los humanos gustaban de intercambiar discos de metales brillantes por otros bienes, aunque no comprendíamos muy bien cómo funcionaba ese trueque. Lo que sí sabíamos era dónde encontrar muchos de esos discos: en la cueva del dragón. Sí, había un dragón en las montañas, incluso mi padre me había hablado de él años atrás. Y partimos en su búsqueda sin dudarlo ni un instante.

Afortunadamente para mí y mis cincuenta orcos, el dragón había muerto de viejo. Encontramos sus huesos tras dos semanas de búsqueda, y su cueva rebosaba de discos de metal, piedras de colores que parecían de cristal pero eran mucho más duras, espadas y armaduras decoradas y demás cosas brillantes. Muy contentos, llenamos cuantos sacos habíamos traído y volvimos a nuestra aldea.

Después de aquello, nuestra relación con las gentes de Varan cambió. Cuando acompañado de Franurk me acerqué a una familia de labradores, estos estaban aterrados, y el padre me amenazó con una horca. Pero cuando le expliqué razonadamente que sólo quería de él que entregara al marqués una carta y que como obsequio le dejaría unos cuantos discos dorados, su actitud se suavizó. Cogió uno de los discos y lo mordisqueó, y temblando aceptó el resto junto al pergamino. Así nos despedimos. De vuelta al bosque Franurk masticó algunos de los discos como había visto a hacer al aldeano, pero no los encontró de su gusto.

Pasaron varias semanas más sin recibir respuesta del señor de Varan, pero poco a poco los aldeanos se fueron acostumbrando a vernos aparecer por sus tierras. Los necesitábamos, puesto que era consciente de nuestras carencias. Habíamos aprendido mucho en aquel tiempo, pero sabía que para presentarnos ante el señor y causar buena impresión, no podíamos aparecer en su castillo sin más. Necesitábamos más atuendo que los simples taparrabos que empleábamos, y sabía también que los auténticos señores no caminan, sino que se desplazan de castillo en castillo sobre monturas, pero no sabíamos nada de doma, ni siquiera los animales que había que montar. Afortunadamente, los aldeanos estuvieron dispuestos a ayudarnos a cambio de unos cuantos puñados de discos. En aquel momento pensé que la sociedad humana era maravillosa, pues con algo tan simple como redondear pedazos de metal habían creado un medio que facilitaba de aquella manera nuestra comunicación, y aprendimos que aquel invento se llamaba «moneda».

No dejaba de resultarnos extraño que se pudiera cambiar unas cosas tan pequeñas por otras mucho mayores, como ropas y caballos. De hecho, habíamos adquirido suficientes de ambos para el día en que tuviésemos que presentarnos ante el señor, en realidad más de los que necesitábamos, pero veía tan felices a mis hermanos repartiendo monedas y tan solícitos a los aldeanos, que aquello no me importaba.

Las relaciones entre nuestras dos comunidades se estrechaban, y llegó el momento en que los humanos se atrevieron a adentrarse en nuestro bosque. Incluso un grupo de bardos se asentó en las inmediaciones de nuestra aldea, gentes ruidosas y dicharacheras que permitieron a mis hermanos escuchar música por primera vez en su vida. Con uno de ellos, al que llamaban Davius el Ingenioso, trabé amistad, y le conté esta misma historia. Después de escucharme atentamente, sobre todo tras la parte de nuestra búsqueda de la cueva del dragón y el descubrimiento de los montones de monedas, me dijo:

—Mi buen Saulurk, sin duda sois un visionario y vuestras acciones cambiarán el rumbo de la historia. Pero mucho me temo que, como no conocéis bien el valor del dinero, los aldeanos estén abusando de vuestra confianza.

Aquello me sorprendió bastante. Era cierto que yo había sufrido en mis propias carnes la violencia de los hombres, pero siempre lo había atribuido a la ignorancia y no a la maldad.

—No digo que os estén engañando, pero debéis entenderlo: sus vidas son duras teniendo que pagar impuestos y diezmos, y es posible que hayan estirado las condiciones de vuestros tratos para obtener el mayor beneficio de vuestra generosidad. Decidme, ¿de verdad necesitáis todos los caballos que habéis comprado? ¿Sabéis si de verdad las prendas que os han vendido son las más apropiadas para una recepción en el castillo? ¿Podéis siquiera saber si la carta que escribisteis llegó a su destino?

—No puedo responderos sin duda a lo que me preguntáis —dije después de un momento de reflexión—, pero si hemos de cambiar el rumbo de lo que ha sido hasta ahora nuestra relación he de confiar en ello.

—Y esa confianza es algo que os honra, pero permitidme asesoraros de aquí en adelante, pues, no os ofendáis, en algunos aspectos aún tenéis la inocencia de unos niños. Si me lo permitís, mañana mismo iré a ver al señor de Varan como emisario vuestro.

Y así lo hizo.

Cuando regresó al atardecer traía una buena nueva:

—He estado todo el día comiendo con el marqués, y el señor os ha concedido una audiencia dentro de tres días para tratar el tema de una alianza. Habrá una celebración, y lo hemos preparado todo para que vuestra entrada en el castillo sea un espectáculo digno de ser recordado.

Tras aquello, los días siguientes fueron de un enorme ajetreo. Davius nos explicó que los caballos, si bien en algunas ocasiones se empleaban como montura, su principal función era servir como alimento, y que los seres humanos empleaban mucha de su comida para desplazarse sobre ella. Gracias a su diligencia y al saco de monedas que le proporcioné, cambió nuestros caballos, de los que teníamos en exceso, por los mejores bueyes y cochinos de monta que pudo encontrar en Varan. De la misma manera, nos asesoró en materia de vestimenta:

—Las ropas que habéis comprado no están mal, pero son, como podéis imaginar, propias de campesinos y de gentes de un pueblo no demasiado importante. No obstante, vos y vuestro séquito representaréis a toda vuestra gente. Yo he viajado mucho y sé lo que las personas elegantes visten en tales ocasiones, así que confiad en mí: nadie en Varan podrá olvidar la imagen que ofreceréis.

Agradeciéndole su atención, dejé en sus manos otra bolsa de monedas y tales asuntos, y en aquel plazo me dediqué a preparar a mis hermanos para el recibimiento que nos esperaba.

***

Y llegó el día de nuestra entrada en Varan.

Desperté al alba, inquieto, consciente de la jornada trascendente que me aguardaba, aquella en que mis aspiraciones tal vez comenzaran a convertirse en realidad. Mi ansiedad aumentó cuando no encontré a Davius ni a su grupo de bardos: su campamento había sido abandonado por la noche. Mas no tenía tiempo de pensar en aquello, pues tenía que dedicar las horas de la mañana a organizar a mi grupo.

Aquello me supuso más trabajo del que esperaba, pues aunque el día anterior nos habíamos probado los ropajes que nos había traído el bardo, vestirlos sin su ayuda nos resultaba enormemente complicado. La serie de encajes, corsés, faldas, faldones, capas, capuchas, gorros, plumas, guantes, tabardos, sobrevestes, bonetes, camisas, mantos más o menos acabó encajando, aunque Roburk respiraba pesadamente debido al cierre de la gorguera. Cuando por fin nos compusimos lo más decentemente que pudimos, subimos a nuestras monturas y enfilamos por el camino que llevaba al castillo.

Desde que salimos del bosque los aldeanos no dejaron de acompañarnos en procesión, riéndose con nosotros. Mis veinte orcos adultos y otros tantos niños que nos acompañaban íbamos repartiendo monedas, agradecidos por tan cálido recibimiento.

Fue duro, ya que no estábamos acostumbrados a montar. Mi buey era especialmente tozudo, y no parecía muy cómodo con las bridas que Davius le había colocado. Por su parte, Franurk tenía que luchar por mantener el equilibrio y volver al camino cada vez que su sombrero se le deslizaba y le cubría los ojos. Roburk no podía dejar de prestar atención ni un momento a su asustadiza vaca. E Ismurk, a los cinco kilómetros de marcha, había tenido que echarse a los hombros su mulo, desfallecido por el esfuerzo de cargarlo. Pero al final del camino allí estaban: el propio marqués, su consejero y sus caballeros nos esperaban a las puertas de su fortaleza, engalanada con pendones, banderas y cintas.

En cuanto nos acercamos, los pajes hicieron sonar las trompetas con toda la fuerza de sus pulmones, como correspondía a una importante embajada. Lástima que los gorrinos en los que iban montados nuestros niños se asustaran y salieran huyendo, derribando a casi la totalidad de los pequeños. Sin embargo, los aldeanos y algunos de los caballeros los ayudaron a ponerse en pie, y los azotaron para sacudirles el polvo que había manchado sus vestidos. Además, el incidente provocó una fuerte carcajada del marqués, lo que mostró su talante jovial y distendió la formalidad del acto con el que nos había recibido.

—Vos debéis de ser Saulurk —saludó el marqués.

—¡Culo! —respondió Ismurk.

Entonces fue cuando renuncié a dominar mi buey y desmontando me acerqué al marqués.

—Disculpadme, mi señor, pero la monta es aún algo muy nuevo para mí —dije ofreciendo mi mano.

—No os preocupéis, vuestra entrada nos ha divertido, y estoy seguro de que aún nos haréis reír más a lo largo del día.

—Así lo deseo, mi señor.

Pasamos pues al castillo, donde decenas de caras expectantes nos miraban desde galerías y balcones: los caballeros y soldados sonreían, las damas se tapaban pudorosas las caras hasta las mejillas y los niños abrían los ojos todo lo que daban de sí. Saludamos a todos ellos, procurando no movernos en exceso para que las costuras de nuestras ropas aguantaran, aunque en algunos casos éstas ya habían saltado por el camino.

—Vuestro emisario, Davius, ya nos puso al corriente de vuestra historia, ¿es cierto que derrotasteis a un dragón y que os quedasteis con su cuantioso tesoro?

—Bueno, en honor a la verdad, el dragón ya estaba muerto. Pero sí nos quedamos con sus pertenencias.

—Magnífico.

—Ahora, mi señor, si pudiéramos hablar de nuestro futuro…

—Tranquilo, Saulurk, tranquilo. Primero comeremos y beberemos para sellar nuestra amistad y luego nos dedicaremos a esos aburridos trámites.

Y en esta charla llegamos al salón del banquete. En cuanto nos sentamos los sirvientes se apresuraron a traer jarras y viandas, los músicos comenzaron a tocar y los presentes no dejaban de mirarnos y hablar entre ellos. A mí me sentaron en la mesa del señor con sus hombres de confianza y sus hijos, y a mis hermanos los repartieron por el resto de las mesas.

Al principio todos estábamos un tanto rígidos, sobre todo mis hermanos, pues hasta entonces habíamos tratado con grupos pequeños de humanos y ahora estábamos rodeados y cohibidos. Me encontraba a la vez tenso y orgulloso. Tenso porque sabía que en tales situaciones era muy fácil que los instintos de nuestra especie nos traicionasen, pero orgulloso al ver cómo se estaban controlando.

Poco a poco nos fuimos calmando, a medida que bebíamos de las jarras que nos ofrecían. En algunos de mis libros había leído sobre la cerveza y el vino, aunque hasta ese momento no los había probado en mi vida. Y a medida que los bebía y que mis hermanos y los humanos también lo hacían, notaba una sensación de bienestar y de calor que parecía hacer más fácil mi conversación con el marqués. Y vi que muchos de los presentes se dirigían a mis orcos. Los pobres no entendían nada, pero sonreían apaciblemente. Y pensé que aquellas bebidas eran sin duda otro ejemplo del ingenio humano.

Pasaron las horas, y la fiesta proseguía. En un momento tuve la sensación de haber estado un tanto ausente. Algunos de mis orcos se habían quedado dormidos en las mesas, aunque en justicia comprobé que más de un tercio de los humanos se encontraban en la misma situación, y que otros parecían tambalearse somnolientos. Nuestros pequeños correteaban por los recovecos de la sala jugando con los canes de los caballeros. Roburk y otros estaban en el centro de la sala aprendiendo a bailar. Ismurk gritaba «culo» acompañando los recitados de los bardos. Y Franurk bebía frente a mí sonriente, con las calzas medio caídas que se escurrían de su cintura.

Creo que en ese momento éramos felices.

Salí a respirar aire en una de las balconadas, pues me sentía un tanto desorientado y con la cabeza pesada. El ruido de la música y las voces era ensordecedor, y ya empezaba a caer la noche. Si bien consideraba que el banquete había sido un éxito y que nos había acercado a nuestro anfitrión y su gente, aún no habíamos hablado del tema más importante: el tratado de paz. Y entonces fui plenamente consciente de todo lo que había luchado aquellos años, y cómo mi sueño florecía frente a mí como una posibilidad real.

Respirando profundamente, regresé al salón.

—Mi señor, creo que ha llegado el momento de establecer las condiciones de nuestra alianza.

—Por supuesto, mi buen Saulurk, por supuesto —dijo el marqués limpiándose las manos en los faldones de su consejero.

Hice entonces una seña a mi séquito para que trajeran los regalos de buena voluntad que traíamos con nosotros. Frente a la mesa depositamos varios cofres llenos de las monedas doradas que habíamos recogido en la cueva del dragón, así como cotas de malla de delicados anillos plateados, suaves telas recamadas y armas y armaduras de finísima factura: su brillo sólo podía compararse al de los ojos de nuestro anfitrión cuando vio el contenido de los mismos.

—Espléndido, Saulurk, espléndido.

—Gracias, mi señor.

—Sois tan generoso que no podemos menos que corresponder a vuestro obsequio con otro de igual valía.

Dicho lo cual, con dos palmadas se hizo el silencio en el salón y los pajes se retiraron. Volvieron momentos después cargados con todo lo que nos ofrecieron: un cofre de vajilla desportillada, varios sacos de vidrios fragmentados, cinco canastas de huesos modos, un arcón de trapos y los cadáveres de tres mulos viejos.

Me sentía un tanto confuso.

—Mi señor… —dije mientras golpeaba en el dorso de la mano de Franurk, quien echaba mano a los cristales rotos.

—No, no digáis nada, mi buen amigo, eso no es todo.

En ese momento el consejero sacó un pergamino de la manga y se lo entregó a su señor, quien lo extendió ante mí, intentando, sin demasiado éxito, ocultar su risa.

—Por la presente carta sellada, os concedo a todos vosotros el título de Bufones de la marca de Varan a cambio de vuestro sometimiento. Y a vos, Saulurk, os concedo los derechos hereditarios del cargo de Bufón Primero y Señor de los Tontos del Pueblo y Bobos de la Corte de cuantos dominios pertenecen a mi casa.

En ese momento, caballeros, damas, escuderos, coperos, escribanos, pajes y consejeros rompieron a reír. Mis pobres hermanos, que no habían entendido una palabra de cuanto se había dicho, al creer que aquello era una expresión honesta de alegría, rieron con ellos y la celebración se reanudó.

Yo no podía articular palabra, sentía la boca reseca y la garganta atenazada, y luchaba por contener las lágrimas. ¿Bufones? Y entonces miré a mi alrededor más atentamente de lo que lo había hecho desde que había empezado el banquete. Y vi a mi buen Ismurk rodeado de los maestres e hijos del señor, que se reían cada vez que él decía «culo»; y vi a Roburk, a quien hombres y mujeres zarandeaban en mitad del baile mientras él intentaba mantener el equilibrio y no pisarse los bajos de la falda con la que se había ataviado; y en un rincón, vi a los caballeros dando palmas, tirando restos de cordero mordisqueado para que nuestros niños compitieran por ellos con los perros a los que azuzaban en pro de su diversión.

Miré al marqués a los ojos mientras mi imagen de la humanidad se desbarataba y el sueño de mi vida se convertía en polvo.

—Sí, lo sé, no necesitáis decirme nada —dijo—: es el comienzo de una alianza que sacará a la luz lo mejor de cada una de nuestras respectivas razas, y que nos dará a cada cual lo que en justicia merecemos.

Los caballeros congregados a nuestro alrededor parecían cada vez más divertidos.

—Eso es cierto, mi señor —dije.

Mi respuesta provocó su sonrisa de dientes picados, apenas un segundo antes de que se los golpeara con todas mis fuerzas: incrusté mi puño en su boca, extendí mis garras y las clavé en su lengua mentirosa, y tirando con todo el poder de mi decepción le arranqué la mandíbula.

Los músicos dejaron de tocar, la mitad de las mujeres se desmayaron y de nuevo se hizo un silencio, mucho más ominoso que el último. Mientras el señor de Varan caía al suelo ensangrentado, intentando aferrar el pedazo de cara que le había desaparecido, pasé la vista por todos los presentes, conmocionados y expectantes. Crucé una mirada cegada por las lágrimas con Franurk, Roburk e Ismurk, y eso bastó para que supieran lo que estaba ocurriendo. Y entonces la ira surgió de nuestras gargantas como lava convertida en un rugido gutural, el rugido que dio paso a la matanza.

***

Han pasado varias semanas, y ya casi estamos totalmente repuestos de las heridas sufridas en la lucha en la que nos vimos envueltos en nuestra huida del castillo. Estoy seguro de que los huérfanos del señor de Varan habrán enviado un emisario al rey y que sus fuerzas avanzan hacia nosotros en este preciso momento. También nosotros nos preparamos, y mataremos y moriremos como los orcos que somos.

Así, éstas son las últimas palabras que pongo por escrito en esta lengua que ahora considero infecta. Seréis pocos los humanos no analfabetos que sabréis leer estas líneas, y muchos menos aún los que seáis capaces de comprender el sentido de mis acciones. Pero lector, si eres uno de esos pocos, te digo: éste es el registro de vuestra ignominia, pues os ofrecí comprensión, fraternidad y esperanza, y me habéis devuelto avaricia, crueldad y estrechez de miras.

Se despide pues Saulurk, el orco que intentó cambiar la historia de dos razas, quien sólo tiene una cosa que añadir: ¡CULOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

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Adiru

por Relato finalistaRelato Bluetal

La visita del Dr. Carne y los Nicume

Adiru vio cómo pateaban los trozos del cuerpo de su padre, cómo descuartizaban delante suyo a su hermano y, por último, cómo le cortaban la cabeza a su madre. A su madre, que aún sin cabeza, lo sostenía y lo protegía con sus brazos. Adiru enrojeció y exclamó:

—¡Ahora soy pequeño, pero algún día creceré, tú serás más débil y yo más fuerte! Y te mataré.

El Dr. Carne emitió una grave carcajada, sus secuaces lo miraban expectantes: un niño de ocho años se había atrevido a desafiarlo. Ni el más poderoso de los sátrapas de Harashi se hubiera atrevido. El Dr. Carne succionó una profunda calada de su largo y grueso puro y exhaló un humo intenso, un humo que se resistía a elevarse en el aire.

—¿Crecerás? —dijo con una voz dura y ronca—. Bien, esperaremos.

Los Nicume sonreían rechinando los dientes; cientos de ojos temerosos, ocultos tras las cortinas de bambú, observaban la escena conteniendo la respiración. El Dr. Carne se aproximó hasta que el pábilo de su puro rozó la punta de la nariz del crío.

—Acaso te quede un largo camino, nunca se sabe, por eso debes aprender algo, hijo —dijo el Dr. Carne—. Debes comprender quién es el enemigo al que debes enfrentarte. Procura que esté a tu altura —tiró el cigarro a los pies de Adiru—. Cortadle las piernas.

Los Nicume, los Ninjas del Cuchillo de Media luna —esos cuchillos anchos que usan los carniceros desde tiempos inmemoriales— lo rodearon, pusieron sus pequeñas piernas sobre un tocón y de dos secos tajos se las seccionaron a la altura de las rodillas. Allí lo dejaron, desangrándose, subieron a sus caballos flanqueando a la enorme montura del Dr. Carne y se fueron del poblado gritando sobre el rastro de fuego y muerte que dejaban atrás.

Volverían los que llegaron desde la Alta Montaña como una manada de depredadores, los que se hicieron los amos y señores de las almas cortando con sus cuchillos los cuerpos, los que se hacían llamar guerreros oscuros, los que no eran más que un puñado de asesinos amparados en su número, en la crueldad de sus fanáticas creencias y en sus férreas leyes de obediencia. Volverían desde la Alta Montaña, no se sabía cuándo, a exigir de nuevo su tributo. Aunque para cobrarlo tuvieran que destrozar la vida de un niño.

Adiru Y Lio-Nai

Lio-Nai, una muchacha delgada de piel blanca como la leche —a la que todos tenían por loca— había bajado al pueblo a vender sus flores perfumadas. Sus flores estaban ahora pisoteadas y cubiertas de polvo y restos de vísceras, los cadáveres despedazados se amontonaban por las calles. Fue la única que socorrió a Adiru; los demás, dándole por muerto, se afanaban en recopilar y juntar los trozos de los suyos. Ella le hizo dos torniquetes con las cintas de su camisola, lo subió a su carro y lo miró a los ojos.

—Sé que te llamas Adiru —le dijo con una voz suave—. Adiru, ¿quieres vivir?

Adiru, exánime, apenas pudo abrir sus párpados para contemplar durante un instante los extraños ojos verdes de Lio-Nai y, después de asentir levemente con la cabeza, se desmayó.

—Vivirás —le susurró Lio-Nai. Y untó los labios de Adiru con una esencia brillante que guardaba en su escarcela.

Le suplicó a su pequeño caballo que se diera prisa, y el carro partió a toda velocidad hacia el bosque. Su camisola abierta insinuaba su delicado cuerpo, su largo cabello negro hacía olas por los aires, sus frágiles manos sostenían con firmeza las riendas. Y una lágrima resbaló por su mejilla camino del viento: comprendía todo el dolor que acababa de aceptar.

La decisión de Lio-Nai

Tardaron en llegar a la cabaña. Lio-Nai se bajó con premura y llenó su bañera de cobre con agua limpia, escanció sobre ella una mezcla de mixturas de penetrantes fragancias y sumergió a Adiru en esa nube de aromas líquidos. Le desató las cintas, la sangre, en un primer impulso, manó a borbotones, pero se quedó detenida en densas volutas rojas. Adiru suspiró y abrió los ojos. Estaba rígido y pálido. Lio-Nai se situó en el curso de su mirada y creyó adivinar un brillo en medio del espanto. Escanció sobre el agua una última gota de aceite y, sin dejar de mirar a Adiru, sonrió.

—¿Quieres vivir, Adiru?

El niño sacó una mano del agua y acarició los labios de la muchacha. Después se hundió en el más profundo de los sueños, el que limita con la frontera de la muerte. Lio-Nai tomó su flauta dulce y se puso a tocar una melodía.

Algunos días después, Adiru recuperó lejanamente la consciencia, Lio-Nai dejó de tocar su suave música y empuñó un afilado cuchillo. Lo calentó al rojo vivo.

—¿Quieres vivir, Adiru? Te está comiendo la gangrena, tengo que cortarte esa carne que tu cuerpo rechaza, ¿quieres vivir?

—Sí… —suspiró el chico.

—Muerde esta raíz.

Lio-Nai cortó el resto de las piernas podridas de Adiru hasta el borde de las ingles. Ni un lamento, ni una lágrima, ni un gemido surgió de ninguno de los dos. Pero el latido de sus corazones retumbó a mil kilómetros de distancia.

La recuperación de Adiru

Adiru vivió. Lio-Nai iba y venía ocupada con sus quehaceres, bajaba de cuando en cuando al pueblo a vender sus flores y sus bálsamos, y aprovechaba cualquier instante de solaz para tocar su flauta junto al niño. Adiru se fue fortaleciendo, las heridas de sus piernas se cerraron, pero la cicatriz de su alma se iba haciendo inmensa. Era una persona callada, casi no hablaba. Una noche, a la luz de las velas, le preguntó a Lio-Nai:

—¿Por qué estoy vivo?

—Porque has deseado vivir, Adiru.

—Debería haber muerto, estos cortes no caben en un ser humano.

—Te voy a contar un secreto… —respondió la muchacha—, un secreto que me contó mi padre.

«Todo lo que forma el mundo, las estrellas, la esencia última de las cosas, todo lo que ves, y lo que no ves, está hecho de música. Lo más pequeño de lo ínfimo se mueve al compás de una melodía. Y cada una de esas melodías se junta con cada una de las otras en una sinfonía infinita. Solamente hay que saber escucharla; y para eso, solamente hay que desearlo. Entonces tu vida se une a su esencia y comparte la misma fuerza que anima todo el universo».

—Por eso estás vivo, Adiru, porque lo has deseado.

Adiru contempló a Lio-Nai y sintió la belleza que emanaba de ella. Y sonrió. Pero aún no comprendía por qué había deseado vivir.

Adiru crece

Lio-Nai le construyó a Adiru una plataforma de madera con cuatro ruedas para que pudiera desplazarse. La mirada de Adiru nunca se centraba en lo que tenía delante, sino que parecía estar siempre fija en el horizonte. Luchaba cada segundo por poder llegar un palmo más allá, por poder subir una cuesta, por salvar una zanja, por alcanzar la primera rama de un árbol. Su torso y sus brazos se llenaron de músculos, sus manos se convirtieron en poderosas herramientas. Sus facciones abandonaron el gesto inocente de la infancia y se asomaron a la tensión del adulto. La adolescencia pasó por él como un relámpago, dedicada a perseguir a ratones y conejos, a conseguir capturar un pájaro, a enfrentarse a los zorros. Un día entendió que esa plataforma eran sus piernas, asumió que sus piernas se habían convertido en un trozo de madera con cuatro ruedas. Y la perfeccionó de acuerdo a sus necesidades: talló dos oquedades en las que introducir sus muñones, asentados en unas redecillas claveteadas bajo ambos huecos, dispuso dos correas que se cruzaba por los hombros para estar completamente unido a la tabla, y que respondiera de esta forma a todos sus movimientos, y le añadió puntas y cuchillas para defenderse de las bestias. Descubrió que podía saltar, avanzar velozmente, incluso dar volteretas… Que podía abrirse la cabeza, magullarse, romperse los huesos y que, aun así, podía seguir adelante. Y se atrevió a combatir contra un lobo, y la sangre que corría por sus brazos y su cara no le dolía. Su mirada apuntaba al horizonte, porque ya no había obstáculo, escalón, monte, camino, empalizada, ni piedra que pudiera oponerse a ella.

La verdadera herida

Una tarde no volvió Adiru, aquél niño. Regresó un hombre llamado Adiru que acababa de enfrentarse a un jabalí. Lo había matado y lo traía sobre su espalda. Entró despacio en la cabaña, quería sorprender a Lio-Nai, regalarle la pieza. La encontró en la bañera de cobre, desnuda, acariciándose su largo pelo negro. Cantaba una canción, sonreía y lloraba. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían en su cuerpo.

—¿Qué me traes, Adiru?

Adiru titubeó, sintió un vértigo dentro suyo.

—Te traigo un regalo…

—¿Le has pedido perdón a la Naturaleza?

—Sí.

Lio-Nai lo miró. Adiru dejó el animal sobre el suelo y salió afuera. Se llevó las manos a la cara, como intentando arrancarse de la mente esos ojos verdes e intensos. Y se dio cuenta de que Lio-Nai no era una muchacha, ni una hermana, ni una madrastra: era una mujer. Una mujer hermosa, delicada, amable. Una mujer que lo había rescatado de la muerte y lo había acompañado, le había susurrado historias, curado las heridas. Una mujer que le había hecho sonreír y que le había respetado las tristezas. Y se dio cuenta de que la amaba. Y todo el dolor que había sentido antes no era comparable a esta punzada con que lo atravesaba de parte a parte el amor.

Un amor que no era posible. Lo que había ido arrastrando el tiempo llegó de golpe a su mente. Pensó que Lio-Nai nunca podría ver como un hombre a un hombre al que le faltaba medio cuerpo.

La noche del concierto

Adiru se volvió taciturno, procuraba esquivar a Lio-Nai, se ocupaba en mil cosas y pasaba noches enteras en el bosque oscuro retando a las fieras. La rabia se acumulaba en su pecho. Odiaba al carnicero que le sesgó las piernas y a todos sus secuaces, aquellos que lo transformaron en un tullido. Mejoró sus capacidades a costa de herirse profusamente, respirando la venganza con cada bocanada de aire. Y su promesa se le clavó en los dientes: «Por mi familia muerta, por mí, que vivo, te mataré.» Una sombra lo asolaba, y una sombra se convirtió en su única compañera.

Una noche, después de cenar, Lio-Nai lo miró de frente. Él quiso marcharse, pero ella le tomó de la mano y lo retuvo.

—¿Adónde te has ido, Adiru? Quédate conmigo.

Adiru sollozó, su rostro se congestionó y apretó los labios, intentaba soltarse de la mano de Lio-Nai, pero parecía que esa fina mano poseyera una fuerza inconmensurable.

—¡No puedo, Lio-Nai, no puedo quedarme!

—¿Por qué?

Aquél que le había metido a los lobos el puño en la garganta, que había saltado con el impulso de su tenacidad murallas seis veces más altas que él, era incapaz de levantar la vista siquiera.

—¡No puedo…!

—¿Por qué, Adiru?

En una dura pugna consigo mismo, por fin, consiguió mirarla.

—Porque te amo.

Lio-Nai se acercó a él y le dio un beso.

—Mírame, ¿no ves lo que tienes ante tus ojos? ¿No oyes la música? ¿Qué deseas, Adiru?

—A ti.

Lio-Nai irradiaba luz.

—Yo te amo —le dijo a Adiru—. Deja de ver tu pena y tu rencor, tu debilidad, y mírame. Mírate, mírate a ti mismo. Mira quién eres. Dejémonos llevar por la belleza. Por nuestra verdadera belleza. Te deseo. Esta noche le vamos a dar un concierto al universo.

Adiru sonreía como un niño, Lio-Nai lo besó en los labios y añadió:

—Te conozco, te amo y te comprendo. Por eso, debes aprender a nadar.

Y hubo concierto.

Se despertaron como amantes un amanecer tras otro, hallaron la fascinación de poder llegarse hasta el fondo del alma a través de los sentidos. Y descubrieron que el hecho de que Adiru no tuviera piernas les permitía llegarse hasta lo más hondo del cuerpo.

El miedo

Lio-Nai se empeñó en que Adiru aprendiese a nadar. Ni los más feroces bichos le daban a Adiru tanto miedo como el agua. Pero Lio-Nai le enseñó, con la paciencia y la firmeza de un ave que expulsa a sus crías maduras del nido, a buscar la superficie y el oxígeno. El río que pasaba cerca de la cabaña era manso, excepto cuando llegaba con la crecida de primavera, en que se volvía un monstruo implacable.

Un día de otoño Adiru nadaba lentamente recreándose en el vaivén de la suave y fría corriente. Sentía dentro de sí una fortaleza inmensa: se sentía capaz de dominar su propia fuerza. Pero estaba equivocado, porque su mente no se apartaba de la Alta Montaña, y ni siquiera el amor infinito que le profesaba a Lio-Nai podía diluir esa obsesión.

Lio-Nai había bajado al poblado y regresó con la cara descompuesta. No quiso hablar, no quiso decir nada, pero Adiru lo comprendió todo. Todo el horror que de nuevo habían tenido que contemplar sus verdes ojos. Se abrazaron.

—¿Por qué este empeño en el odio?—exclamó Lio-Nai— ¿Qué pretenden algunos ganar con la muerte que no podamos ganar con la vida? ¡Tengo miedo…!

Adiru permaneció en silencio.

—Tengo miedo por ti y por mí. Porque sé que vas a ir a la Alta Montaña… ¡La venganza es mala compañera, Adiru!

Adiru la miró de frente, agarrándola con sus poderosas manos. Le dijo serenamente:

—No es la venganza la que me empuja, Lio-Nai, es mi voluntad: deseo que nadie en esta tierra nuestra tenga que volver a guardar en sus ojos el terror que ahora anida en los tuyos. No podemos pasarnos la vida temblando porque unos pocos miserables vengan cuando les plazca a arrancarnos nuestro sudor, nuestra alegría, nuestra paz. Yo soy el único que no los teme, ni a ellos, ni a sus cuchillos de carniceros. Ya probé su filo. Ahora ellos tendrán que probar mi determinación.

Lio-Nai se estremecía sin consuelo al pensar que su amor, sobre una tabla con cuatro ruedas, se iría para encontrar su tumba y legarle una soledad tan profunda como cada segundo que tuviera que vivir sin él. Pero se levantó, se enjugó las lágrimas y le devolvió la mirada a Adiru.

—Entonces no lloraré mas —le dijo.

La búsqueda

Adiru no cesaba de combatir contra animales y barreras. Sosteniendo un cuchillo entre sus dientes, hasta emplearlo en el momento preciso, consiguió cazar su primer oso. El mismo cuchillo con que Lio-Nai le salvó de la gangrena. Lio-Nai le comunicó que se debía marchar.

—¿Adónde vas?

—A buscar la única cosa que, quizá, te salve de la muerte. Ya que no puedo luchar contra tu decisión, lucharé a favor de tu vida. Espérame hasta que vuelva.

—Lio-Nai… me da miedo que vayas sola por los caminos, eres tan frágil…

Lio-Nai lo besó y se despidió:

—¿Te parezco frágil?

Adiru la contempló. No dejaba de hipnotizarle esa belleza que brotaba de su persona como un misterioso perfume.

—No. En realidad, eres mucho más fuerte que yo. Te esperaré.

Y Lio-Nai partió a un lejano lugar.

Adiru preparó su plataforma, añadiéndole más puntas por debajo y afiladas garras que pasaban desapercibidas a simple vista. Pensó en cómo llevaría a cabo sus planes. Y concluyó que cualquier idea que pudiese maquinar le llevaba inevitablemente al suicidio. Ése era el único plan posible. Los osos, los lobos y los jabalíes se apartaban de su camino. Sus aptitudes mejoraban momento por momento, empujadas por una mezcla de audacia y desesperación. «¿Y para qué?», se decía a veces Adiru, «un solo tajo acabará con todo lo aprendido». Y seguía persiguiendo espíritus por el bosque gélido.

La despedida

Lio-Nai regresó al cabo de unos meses. Se amaron, cenaron y Lio-Nai, que no dejaba de mirarlo ni un segundo, le preguntó:

—¿Sabes ya lo que vas a hacer?

Adiru pretendió fingir, pero no lo consiguió, y negó con la cabeza.

—Escúchame, entonces. Le llevarás este gran cigarro al Dr. Carne, posee una fragancia cautivadora, no podrá negarse a tu regalo. Le dirás a sus secuaces que le traes un presente y una profecía, así te dejarán llegar hasta él. Podrían matarte para quedarse con el presente, pero nadie se atreverá a desafiar el poder de una profecía, por eso no lo harán. ¿Ves este frasco? Esto es lo que he ido a buscar, trátalo con mucho cuidado. Cuando estés dentro de su palacio y haya encendido el cigarro, lo cual no podrá evitar puesto que su maravilloso aroma lo hace irresistible, tira el frasco lejos de ti, hacia la puerta de entrada. Nadie podrá entrar ni salir de allí durante unos minutos, ése será el tiempo de que dispongas para cumplir con tu destino. Este frasco representa la puerta hacia tu libertad, o la tapa de tu tumba. Lo demás depende de ti. Adiru, no me dejes esperando una sombra el resto de mi vida.

Adiru la apretó entre sus brazos.

—No lo haré.

A la mañana siguiente se fue hacia la Alta Montaña. Ninguno de los dos quiso despedirse. La palabra «adiós» les hubiera sumergido en un abismo sin salida.

El palacio y la leyenda del peregrino

Adiru llegó allí tras un largo y fatigoso viaje, a veces rodando por los caminos, a veces en la caja de una carreta. Se afanó en parecer un débil tullido, al que había que ayudar, o humillar, o vejar sin piedad, ocultando cualquier atisbo de sus facultades y, por supuesto, de su orgullo. Se encargó de ventilar a los cuatro vientos la historia de «el presente y la profecía» de la cual era portador. Las comidillas se convirtieron en habladurías, y éstas en testimonios, que se transformaron a su vez en una leyenda, la Leyenda del peregrino, así que cuando penetró en la ciudadela en compañía de gentes de negocios turbios, su llegada ya estaba apercibida. Los Nicume lo rodearon, lo mancillaron y lo escupieron, entre la expectación general —así daban la bienvenida a los extraños— pero no osaron matarlo. Con los ojos cerrados, mientras recibía patadas y latigazos, Adiru soñaba con los ojos de Lio-Nai, con su bella y sabia mirada, con su voz cálida… No lo registraron siquiera, no representaba para ellos más que un ridículo tarado. Y, subiéndolo a trompicones por la elevada escalinata, lo introdujeron en el palacio del Dr. Carne y lo llevaron ante su presencia.

Olía a incienso, el Dr. Carne estaba sentado en el suelo, al fondo de la amplia sala, rodeado de sus secuaces, su guardia personal. Una densa semi oscuridad inundaba la estancia, Adiru no podía ver el rostro de aquel hombre despiadado, pero su voz grave y rotunda le llegó con toda claridad:

—¿Quién eres, peregrino?

—Me llamo Adiru —respondió—. Te traigo un presente, Señor de los Nicume.

Y extrajo de un tubo de bambú el gran cigarro que le había dado Lio-Nai. Uno de los suyos se aproximó y se lo tendió al Dr. Carne. Lo olió y quedó embrujado, parecía conforme, chasqueó los dedos. De inmediato le acercaron un braserillo con tizones ardientes y lo encendió. Un perfume extraño y exquisito se desplegó con el humo.

—Bien, bien… Ahora cuéntame tu profecía, extranjero —dijo el Dr. Carne—. Si es propicia, te regalaré un carro. Si es nefasta, te cortaré el cuello.

Adiru empezó a descubrir sigilosamente los filos y garras, camuflados en su plataforma con gruesas cortezas de árbol.

—Me llamas extranjero, tú, que usurpas nuestra tierra. He venido a decirte que vas a morir.

Hubo un silencio; lo rompió el Dr. Carne con una sonora carcajada, sus secuaces lo imitaron.

—¿Es ésa la famosa profecía? ¡Menudo profeta! ¡Claro que algún día moriré…! En cambio tú…

—No la has entendido —lo interrumpió Adiru—, no se refiere al futuro, se refiere a este mismo presente que contemplas.

El Dr. Carne escupió de lado.

—El puro es magnífico, pero la profecía… es patética. ¡Quitadme de en medio a este despojo! —exclamó.

Los Nicume se levantaron despacio, rechinando los dientes, empuñando sus temibles cuchillos de media luna. Adiru tomó el misterioso objeto que le había dado Lio-Nai.

El frasco, la cacería y la muerte

Arrojó el frasco con energía hacia la puerta de entrada. Una tremenda explosión derribó parte de la arquitectura y provocó un colosal incendio. Ni Adiru, ni nadie, había visto jamás algo semejante. Cundió el desconcierto. Adiru lo comprendió todo: una barrera de fuego impedía que entraran los Nicume del exterior, y de los más de veinte que se hallaban dentro al menos cinco habían muerto o se arrastraban maltrechos por el estallido… «Lo demás depende de ti». Adiru imaginó estar en un atardecer del bosque, sus pupilas se acostumbraron con facilidad a la penumbra y al contraluz, las llamas anaranjadas recortaban negras siluetas. Nunca se había enfrentado a los hombres, pero aquellos hombres, que alardeaban de su valor y su destreza, le parecían asustadizos comparados con los lobos, lentos comparados con los jabalíes, y débiles comparados con los osos. Se colocó su cuchillo entre los dientes y empezó a girar, veloz, a cortar y sajar la carne de sus enemigos con los bordes afilados de su tabla, a incrustarles en el pecho y en la cara, con volteretas inimaginables, las punzantes garras que había dispuesto por debajo. Ellos corrían y gritaban, persiguiendo a un enemigo invisible. La cacería duró poco, los últimos cuchillos de carnicero rebotaron por el suelo como el amainar de una macabra lluvia metálica.

Adiru se acercó al Dr. Carne, que permanecía sentado impasible en su sitio. Por fin pudo verlo: era un anciano decrépito, aunque conservaba cierta prestancia pasada. Adiru le colocó su cuchillo bajo la barbilla. Él le miró con altivez.

—¡Vaya, vaya…! ¡Ya sé quién eres! —exclamó exhalando una densa voluta de humo—. Debí haberte estrangulado con mis propias manos. Esto me pasa por ser bueno, ¿ves?

—No, te pasa por tu soberbia —le respondió Adiru—. Quisiste retar al destino dejándome vivo. Ahora vas a recoger el fruto que sembraste al atreverte a dañar sin piedad, sin miramientos, ensalzado en tu poder, a un niño. Ahora estamos a la misma altura.

El Dr. Carne se rió con esa risa grave que, aun viejo y vencido, inspiraba temor.

—Entonces somos iguales —dijo—, porque tú también has provocado a tu destino. Nada es lo que parece ser.

Y como un rayo, con un movimiento impropio de su edad, le arrebató el cuchillo a Adiru y se lo puso en la garganta, sujetándole frente a sí por la nuca con la otra mano. Seguía sosteniendo el puro en su boca, y acercó el pábilo a la nariz de Adiru.

—Yo también guardo algunos secretos. Voy a terminar lo que empecé, no me gusta dejar las cosas a medias… ¡Nada es lo que parece ser! ¿verdad, hijo?

Adiru notó cómo el filo le oprimía la nuez. Pero en ese momento, el Dr. Carne se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos, desorbitados, emitió un dilatado y ronco gruñido y cayó inerte al suelo. De su boca manaba una baba verdosa. Lio-Nai de nuevo le había devuelto la vida, envenenando lentamente la de su enemigo con un, en apariencia, delicioso cigarro. La hermosa, frágil y fuerte Lio-Nai.

La puerta o la tapa

Le había advertido que su tiempo sería limitado. Las llamas de la entrada comenzaban a aminorar y los Nicume se agolpaban en el exterior intentando penetrarlas. Adiru se dio por perdido, no tenía escapatoria. Había cumplido su cometido; pero había fracasado, le legaba a Lio-Nai un fantasma eterno. La imaginaba, con el cabello blanco, vendiendo sus flores con una sonrisa… sentía la tristeza implacable de haberle quitado a su amor un solo beso lleno de alegría. Por lo demás, morir le daba igual. Y, de repente, muy lejana, le pareció escuchar una suave música. Su mente se concentró en la situación. Tomó el puro humeante del Dr. Carne y lo tiró frente al cuerpo del capitán de la guardia, se deshizo de sus correas, de su tabla, se arrastró por el suelo y cambió sus ropas por las de un Nicume. Estaba empapado en sangre, se quedó inmóvil, semejaba otro muerto. Los guerreros entraron en tropel apagando el fuego, observaron la escabechina y descubrieron la señal póstuma que les había dejado su señor, tachando al capitán de traidor y conspirador; allí mismo despedazaron sus restos. Sin embargo, un poso de desconfianza germinó en sus corazones, porque el capitán no se hubiera arriesgado a llevar a cabo esa carnicería sin contar con otros cómplices, sin que otros secundaran su traición: su unión irrompible empezaba a resquebrajarse, no tardarían en devorarse mutuamente espoleados por el aguijón de la sospecha. Alguno, de inmediato, se erigió como nuevo líder. Pero alguno más rechinaba los dientes.

A los que aún se movían, los acabaron de matar, así era su ley. Cargaron los cuerpos amontonándolos en una carreta, echando sobre todos ellos una tabla sucia impregnada de vísceras y sangre, y los sacaron de la ciudad. Del peregrino nadie se acordaba, había asuntos más importantes que resolver.

En el camino Adiru se dejó caer, abriéndose paso entre los cadáveres que lo oprimían. Se deslizó hasta unos cañaverales y respiró profundamente. No sabía qué hacer, cómo volver, apenas le quedaba vigor. Y, sin embargo, seguía escuchando la música, y la música se mezclaba con el fragor del río, que bajaba con la crecida de primavera. Pensó en Lio-Nai, pensó que ella había imaginado todo lo que podría suceder. Y que si él llegaba hasta aquí, no encontraría el camino de regreso en la tierra, sino en el agua.

El final

Adiru se zambulló en el río, que lo absorbió violentamente, no había otra opción. El estruendo de sus corrientes lo ensordeció y le hizo rebotar contra las rocas. Luego se lo tragó. Adiru no luchaba contra él, se dejaba llevar, debatiéndose por alcanzar una bocanada de aire. El frío de las aguas heladas, nacidas en las cumbres nevadas, le entumecía los músculos y los huesos. Fue recorriendo su curso, a veces a una velocidad de vértigo, a veces casi detenido en peligrosos remolinos, salvando desniveles y golpeándose contra los troncos y las piedras. No sabía si avanzaba mucha o poca distancia. No sabía si volvería a poder asomar otra vez un segundo la cabeza para respirar. Creyó percibir que se hacía de noche, y creyó que amanecía, y que anochecía de nuevo… Deseaba vivir, deseaba abrazar de nuevo a Lio-Nai… Pero sus fuerzas, a pesar de su deseo, se extinguieron, vencidas por la energía imparable de la naturaleza. El turbio oleaje lo envolvía, sus brazos, quemados de frío y cansancio, ya no respondían a su pujanza. Y se hundió hacia el fondo.

En ese instante notó que algo lo arrastraba hacia la orilla, algo lo estaba sacando a impulsos del río. Agotó su último aliento, juntando su estómago a su espalda para extraer la última molécula de oxígeno, y entonces un enérgico tirón lo sacó de las aguas. Abrió la boca y se tragó todo el aire de los cielos.

—¡Te pesqué! —gritó Lio-Nai.

Y Adiru la encontró ahí, de pie en la orilla, delgada, menuda, con su pelo negro ondeando al viento, sosteniendo firmemente con sus manos  heridas la red con la que lo había atrapado.

—¡Estás aquí, amor mío! —gemía con vehemencia Lio-Nai mientras lo atraía hacia sí.

Adirú expulsó a borbollones el agua que le inundaba los pulmones, tosiendo y exclamando:

—¡A veces creo que tienes el don de ver el porvenir!

—No, Adiru —respondió Lio-Nai—. Te veo a ti.

Adiru la miró. Estaba más bella que nunca, sus ojos verdes parecían piedras preciosas, enigmáticas y brillantes, mirándolo a los ojos.

—¡Mi amor… Mi amor frágil y fuerte, capaz de enfrentar el destino!

Lio-Nai se rió. Se abrazaron y se besaron con pasión.

—Hoy cenamos trucha—dijo Lio-Nai.

Y sucedió una paz dentro de ellos.

 

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La verdadera historia

por Relato Bluetal

El Hombre del saco se lleva a los niños en un saco. Esto ya lo sabes, lo sabéis todos los niños, pero lo que nunca os han contado es lo que hace con los niños malos después de habérselos llevado.

Te lo voy a contar.

El Hombre del saco tiene el aspecto de un pordiosero, sucio y maloliente. Lleva un abrigo viejo plagado de remiendos, con grandes bolsillos de los que, a veces, parecen salir vocecillas lejanas. Lleva un sombrero de ala ancha lleno de rotos que le oculta la mirada, su pelo ralo y negruzco le tapa las mejillas, y sólo se ve su nariz aguileña y su boca, surcadas ambas por pústulas y cicatrices que supuran una pus, por eso sorbe constantemente y se relame. Se adivinan sus ojos penetrantes, inquietos, malignos, te aseguro que si llegaras a contemplarlos de frente el corazón te haría daño en el pecho al palpitar, mirándote con esas pupilas concentradas en dos puntitos minúsculos. Pero lo peor es su boca. Si, en el peor de los casos, se te lleva, cállate, no digas nada, porque su sentido del humor es muy extraño e imprevisible, el demonio sabe de qué se ríe, y si dices algo, cualquier palabra, la más ingenua, y provocas su risa podrás ver unas hileras de dientes afilados, igual que los caníbales, ocres, incluso le faltan algunos, y esos huecos, por los que asoma la punta de su lengua como una oruga nerviosa y roja… es una visión que no te recomiendo. Y lo peor del peor de los casos es que cuentan que cuando se ríe le entra hambre. Así que, hazme caso, si en el peor del peor del más terrible de los casos se te lleva el Hombre del saco, cállate y no digas nada, no llores, no gimas siquiera.

Tiene una llave que abre todas las puertas, siempre viene de noche. No hace ruido al andar, se dice que en otra vida fue gato, y que lo maldijo su dueña, una vieja bruja, por arrancarle los ojos estando en celo, en un arrebato de amor incontrolable. Entra en los hogares, se vuelve oscuro, podría cruzárselo tu madre por el pasillo y no darse cuenta de que está ahí, oculto dentro de la sombra de una puerta, de una silla, de un radiador… De sombra en sombra, silencioso, entra en tu habitación. Aunque estuvieras despierto y atento él esperaría a que te durmieses, conteniendo la respiración, mirándote fijamente con sus ojillos muy abiertos, pasándose la lengua por las hondas heridas de sus labios, que él mismo se provoca al mordisqueárselos. Es paciente, puede esperar todo el tiempo que tu mente necesite para amortiguar el miedo, para agotarse en su propio cansancio. Y te dormirás, porque la mente limita con el sueño, y para el sueño, cuando la mente lo cruza, no existen límites. Tiene los dedos huesudos y finos, callosos, con las uñas largas, sucias, te meterá el índice y el corazón por los agujeros de la nariz, despacio, tapándote la boca con la palma de la mano, te meterá el índice y el corazón por los agujeros de la nariz hasta que sus uñas toquen la raíz de tu cerebro y te quedes inconsciente. Entonces, irás al saco.

Recuerda, cuando despiertes, no digas nada. En el saco hay un montón de insectos vivos masticándose unos a otros, reptándote por los brazos y las piernas, recorriéndote con sus patas ásperas, palpando tus párpados, intentando penetrar la oquedad de tus oídos con sus antenas… no gimas siquiera, recuérdalo. El hombre del saco hace un largo camino con su carga, que eres tú.

Se lleva a los niños a un sótano que nadie sabe dónde está. Un lugar húmedo, en penumbra, donde su vista es aguda y la tuya torpe. Puede que esté muy lejos, en un cobertizo en un bosque sombrío, puede que esté, no se sabe, debajo de tu casa. A los niños los guarda en jaulas pequeñas, que él mismo construye con madera y alambres, y escribe el nombre con una tiza antes de que haya capturado a su inquilino. Lo tiene todo previsto, no se le escapa un detalle. Es capaz de atisbar la posibilidad de un futuro. Nadie se le escapa… Bueno, hubo uno que sí, pero… ya te contaré.

La jaula más grande tiene el tamaño de un horno de cocina, imagínate, ahí pasan los niños los días y los días, y las noches oyendo gritos y gemidos, y algunos días, al día siguiente, ven algunas jaulas vacías. El Hombre del saco escupe sobre ellas un gargajo viscoso, borra el nombre escrito con la manga, las rompe a martillazos, sonriendo, y se pone a construir nuevas jaulas minuciosamente, serio. Se oyen gritos y gemidos de noche, siempre de noche, lánguidos sollozos que no encuentran un final. A veces se oyen chillidos desgarrados que taladran los sentidos, los niños en las jaulas tiemblan, no se atreven a moverse, la respiración se les agolpa en la garganta, intentan ver en la penumbra qué sucede. Pero la penumbra es densa, espesa, fétida, verduzca. Perciben, acaso, una sombra torcida, la sombra del Hombre del saco que parece absorber todas las sombras a su paso, atareado, lento, canturreando por lo bajo una monserga con su voz profunda y áspera:

Malos, malos, habéis sido niños malos,
muy malos, niños, muy malos...

Porta, quizá, un bulto pequeño en la mano que todavía se mueve, no se distingue lo que es, y se lo echa a seis perros que tiene. En sus roncos ladridos se adivina un eco lejano de palabras humanas, deformadas, gruesas, y los perros devoran y despedazan ese bulto disputándoselo entre ellos. A veces los apalea cruelmente, sin ninguna razón, y los perros se diría que lloran y suplican. En ocasiones uno muere por la paliza recibida. Y al poco tiempo otro ocupa su puesto, más pequeño, más feroz aún.

A veces un lamento se extiende desde la medianoche hasta la madrugada, el débil lamento de un niño encerrado solo, no se sabe, de verdad, no se sabe dónde, ni con qué bichos, en la oscuridad. Cuando lo devuelve a la jaula, ya no puede cerrar los ojos. No puede volver a cerrarlos, aunque quiera, y se le acaban secando. Y a partir de ahí su llanto se torna insoportable.

Y a veces, por la noche, no se oye nada. El silencio es más tenebroso que los gritos, los niños saben que, entonces, vendrá a por uno de ellos. Que alguno de ellos será el siguiente que quiebre ese silencio. Y se miran, hasta donde les es posible ver, y miran hacia la puerta, temiendo el chirrido que la abra y que aparezca el Hombre del saco canturreando su monserga…

Nunca os han contado lo que hace con los niños, ¿quieres saberlo?

¿Te atreves a saberlo?

Nadie sabe lo que les hace, todo son suposiciones, pero sí lo que les ha hecho. Cuando los mete de nuevo en la jaula, unos traen agujeros sangrantes en las palmas de las manos y en los pies, como si los hubiera clavado con clavos, como si fueran mariposas, en un tablón. Otros traen un ojo y un diente arrancados de cuajo, al parecer, con las mismas tenazas. Otros vienen con los huesos tronchados por dentro, molidos a pedradas, convertidos en peleles sin alma. Otros vuelven con las tripas reventadas, los intestinos colgando, abiertos en canal, se diría que les ha pegado un potente petardo en el ombligo. Algunas niñas, qué espanto, se retuercen oprimiéndose sus partes, como si les hubiera cortado algo por ahí, un trozo de su ser, con una cuchilla oxidada. Algunos agonizan de hambre en su jaula, de sed, y él deja que negros moscardones se den un banquete con lo que resta de su carne, juntada al pellejo, que se junta a los huesos, hasta que mueren… A los que han muerto los retira de sus jaulas y las machaca. A los que sobreviven, acaban desapareciendo, siempre uno por uno, la noche después de que haya matado a un perro a palos.

¿Quieres seguir sabiendo? Mejor no.

Hubo un niño que escapó. Anduvo errante y se cayó a un pozo, donde lo rescatamos. Fue una casualidad, yo, que estaba cuidando las ovejas, escuché su último quejido exánime, y lo sacamos de allí. Apenas podía hablar, nos contó cosas terribles, cosas sin sentido, estaba magullado, desfallecido, y le faltaban las dos manos, decía que se las habían comido otros niños… No volvió a soltar una palabra en su vida. Está encerrado en un hospital psiquiátrico, temblando continuamente, gimiendo, y mirando siempre hacia la puerta. Está en una habitación blanca, totalmente iluminada día y noche. Una vez que se fue la luz en el centro, sus gritos pudieron oírse en todos los pueblos en diez kilómetros a la redonda…

Y ya no te cuento más.

—Abuelo… ¿por qué me cuentas estas historias? Tengo miedo.

—Te cuento estas historias, hijo, porque ya tienes una edad en la que vas comprendiendo que las princesas y los dragones no existen. Sin embargo, el Hombre del saco existe, te lo aseguro, acecha oculto por los rincones de este mundo. Y puede que algún día venga a buscarte.

—¡Abuelo…!

—Del Hombre del saco no puedes escapar. Y hacerlo no sería ninguna suerte para ti. Pero te voy a regalar un secreto importante: No dejes que te atrape, la única forma de que no te lleve es mirarle a los ojos y sostenerle la mirada. Eso le hará gracia, abrirá su boca enormemente, tú sigue mirándole, no llores, no gimas, mírale. El Hombre del saco te lleva porque tú te dejas llevar por él. Sé valiente, cariño, tan valiente como para enfrentarte al miedo y al dolor, aunque tengas el alma hecha un guiñapo. Mira de frente. Dentro de poco yo no estaré aquí, y quiero que sepas estas cosas. Por desgracia, te harán falta.

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Genio y figura

por Relato finalistaRelato Bluetal

(Tengo delante a Sebastián Dandy, alto, cuerpo esculpido a base de gimnasio, piel morena, producto de los rayos uvas, tupé años cincuenta, patillas a lo Curro Jiménez, aro de oro en su oreja derecha y el Camel siempre presente en la comisura de los labios.)

—Así que queréis un documental sobre mi vida ¿no?

—Sí, queremos plasmar su vida en una hora.

—Querido Sancho, mi vida da para varios documentales…

—Cristóbal.

—¿Qué?

—Que me llamo Cristóbal.

—Ah, sí, ok, Sancho, empieza con tus preguntas.

(Estamos en su casa de Puerto Banús, me ha recibido con un pantalón de chándal y el pecho al descubierto, a lo lejos se escucha a todo trapo al Fary cantando una de sus famosas canciones.)

—Sebastián, o como sus allegados le llaman, José.

—Llámame como quieras, he tenido tantos putos nombres en estos años…

—Primero me gustaría presentarlo a la concurrencia.

»José Mateo, natural de Jaén y nacido el veintiuno de diciembre de 1979. En el año 1987 consigues salir en una película de medio pelo llamada Culos calientes en Benidorm; la película es mala hasta decir basta, pero tu escandalosa actuación hace que más de un productor te descubra. Al año siguiente ya has rodado cerca de treinta y siete películas, en las cuales interpretas desde un conserje hasta un astronauta, pasando por tu celebrada actuación en Autobusero loco revienta bragas, donde consigues llamar la atención de los productores norteamericanos. En dos años te plantas en la meca del cine porno y ruedas durante siete años sin interrupción unas ochocientas películas, ganas dinero, fama y un nombre reverenciado en todas las webs del género.

»Y desde hace unos meses vives en el retiro de tu casa en Puerto Banús.

»Empecemos por el principio, ¿cómo con dieciocho años se te ocurre hacer tu primera película?

(Sebastián da palmas silenciosas al ritmo de los acordes de una canción de Camela que estalla en el salón, con los ojos cerrados y moviendo un pie siguiendo el ritmo.)

—Bien Sancho…

—Cristóbal…

—Yo tenía quince años, mes de agosto en la Jaén rural, vamos, en mi pueblo de toda la vida, recogía la aceituna, bebía cerveza a escondidas y fumaba como un carretero los cigarros de mi padre. Por avatares de la vida me quedé a solas con la Mari, la madre de mi colega de juergas por aquel entonces. Mujer rotunda, tetas enormes y turgentes, culo explosivo y respingón, labios carnosos y calientes, «la mamá cachonda» la llamaban mis amigos. Había ido a buscar a mi colega ese día y la señora me dijo que lo esperase en el salón, que el muy tontaina había ido a por un saco de patatas, así que allí me quedé yo, mirando su canalillo sin saber qué hacer ni decir. Hacía tres años por lo menos que me la cascaba pensando en la Mari y tenerla tan cerca hacía que me subiera un fuego por la entrepierna que era cosa mala.

»Entre unas cosas y otras la Mari me trajo una limonada y se sentó a mi lado. Puso su mano en mi pierna y el caleidoscopio retráctil que tenía por polla se volvió loco. ¿Te imaginas la cara de la Mari cuando vio semejante bulto en el pantalón? Por aquel entonces ya sabía que mi nabo no era como los demás. Tiesa me sobrepasaba el ombligo y tampoco me cabía en un vaso de tubo, de todas maneras seguía pensando que habría más gente como yo, sólo que mis amigos no habían terminado de crecer, ¡qué inocente!

»El caso es que la señora no tardó ni tres segundos en agarrar el aparato y con mirada lasciva y un tremendo tirón del miembro me llevó casi a rastras hacia su habitación. Sin saber qué decir me dejé llevar con más miedo que vergüenza de lo que me estaba pasando, yo sólo tenía una cancioncilla en mi mente…

Y no lo provoquen, ese toro bonito ya nació pa sementar,
y además de bravura tiene pinta de don Juan.
Vaya torito ay torito guapo tiene botines y no va descalzo...
Yo sabía que no me defraudaba y se lleva detrás todas las hembras,
las quisiera montar todas a un tiempo a pesar de tener solo dos yerbas...
Una hembra que no lo camelaba se dejó babear bajo una encina
y después se negó a la parada cuando quiso escapar ya estaba encima...
Vaya torito ay torito guapo tiene botines y no va descalzo...

»Cuando saltaron aquellos misiles balísticos hacia mi cara, yo no estaba preparado para tanta carne magra. A punto estuve de irme como los mirlos, mi cabeza entre un par de tetas tan grandes y duras como dos adoquines del barrio. Después vino la caída de vestido al suelo y que yo viera las estrellas, si nos pillaba así mi amigo me cortaba las pelotas, sí o sí. Claro que mis pelotas tenían otra idea en mente, cuando ella metió la mano en mis pantalones una gran sonrisa de satisfacción iluminó su cara y en menos de lo que canta un gallo mis pantalones desaparecieron como por encanto. Así que allí me tienes, con el plátano duro, poniéndose morado por momentos y con una venas como el cuello de un cantaor de flamenco.

»Con delicadeza lo guió hacia su entrepierna, que para mí era como un tesoro escondido, vale que no era el primero que veía, pero sí el primero que cataba. Y muy despacio aquello acabó entrando, sin remilgos, pero despacio y eso era como ponerse enfermo, sudor y dolor caliente que me subía como fuego hacia mi cara. La Mari se movía despacio y rítmicamente, podía oler el suave perfume a lavanda de su pelo moreno y largo hasta las caderas. Aquella señora de cuarenta años era una yegua desbocada y yo un jinete novato. No sé el tiempo que estuvimos allí con el meneíto arriba y abajo, pero a mí me parecieron horas. Se acercaba a mi oído y me susurraba cosas que no entendía pero que hacían que me palpitara el corazón y la verga a punto de reventar.

»Sancho, qué piel más suave, qué manos más expertas, qué boca más sensual y picarona. En ese mi primer acto sexual completo no hubo parafernalias ni preliminares, sólo penetración y percusión, aquello era el paraíso y yo con los ojos en blanco, y babeando como un tonto de pueblo al que le han quitado su transistor sin pilas.

»Mis manos recorrían su cuerpo con avidez. Me perdía entre esa carne prieta, maciza y que me hacía perder el sentido. Cuando pasaba mis manos por sus muslos creía estar tocando seda, unas piernas largas, que no se acababan nunca y duras; Sancho, el andar durante toda una vida por un pueblo que sólo tiene pendientes es lo que tiene, las uñas de los pies pintadas de rojo dándole un toque glamoroso a aquella señora de pueblo, no tenía una cintura fina, pero las redondeces que poseía eran belleza escondida. No sé cuándo acabó todo aquello, pero cuando estallé, a la Mari le habían dado ya multitud de calambrazos espasmódicos que yo no llegaba a entender, pero a lo largo de ese verano tuve tiempo para hacerlo y de aprender muchas cosas. ¡Joder con el verano del 84! Pero eso es otra historia…

»A lo que iba Sancho…

—Cristóbal, señor Sebastián…

—El caso es que aquello me gustó, tanto que cuando terminé el año escolar me puse a trabajar de mecánico con mi padre e iba a visitar a mis amigos al instituto. Bueno, la verdad es que iba a follarme a sus amigas, más de una se acordará de mí y de la espada Tizona. Poco tiempo después me independizo y me voy a vivir a Barcelona, donde me convierto en un follador nocturno, ¿lo pillas? «Follador nocturno»-«Rondador nocturno» como los equismen esos, ¡eh!

—Sí, claro. Continúe, por favor…

—Una noche en el Bagdad Café pidieron un voluntario para hacer guarradas con la meretriz de la noche en el escenario y chico, me encendí mi Camel y me subí al escenario. La susodicha tuvo que pedir ayuda a los seguratas para que parase, porque la di con todo el lomo de Teruel y la jodía no quería segundo plato.

»La dueña del local, que es toda una profesional, me fichó para los siguientes tres meses, hasta que llegó un momento en el que no había quien subiera allí arriba conmigo. Dos semanas más tarde estaba rodando Culos calientes en Benidorm, con una alemanuza, dos rumanas de medio pelo y una chica de Albacete que pasaba por allí. El caso es que partí la pana, Sancho. Les di a todas lo suyo y lo de su prima. A la chica de Berlín casi se le salen los ojos de las órbitas y no de sorpresa. Y como puedes suponer, yo descojonado y con la polla tiesa durante horas. Después vinieron más películas, más dinero y más mujeres, pero créeme que el dinero era secundario… pero eso es otra historia.

—Bien Sebastián, ¿cómo fue tu época en los Estados Unidos?

—Un dorado exilio, Sancho…

—Cristóbal.

—¿Perdona?

—No nada, continúa por favor…

—Macho, allí conocí a lo más granado de la profesión. Las películas eran la hostia, pero las fiestas eran mejores. Una noche me encontré tomando gin tónics con Ron Jeremy. Joder, qué crack. Gordo, feo, peludo y con mostacho, pero con una polla como una apisonadora. Se había pasado por la piedra a cinco mil mujeres desde finales de los años setenta y allí estaba, esnifando cocaína y bebiendo como si nada. Vale que ya no era el mismo, pero ese hombre era un mito. En otra ocasión, en una cena me presentaron a Belladona, sí, la ex de Nacho Vidal. ¡Madre mía Sancho! ¡Qué ojos y qué sonrisa! ¿Sabías que es directora, productora, actriz, guionista y madre a la vez? Ay el Nacho, qué gilipollas que fue… por cierto, ¡la mejor mamada de mi vida!

—¿De Nacho?

—No tocino, de la Belladona. Somos muy amigos, gran tía. En una presentación de una película acabé jugando al strip póquer con Jenna Jameson, Chasy Lain y Eva Evangelina, ¿te imaginas como acabó el juego? No he tenido tal nivel de maestría en bocas en mi fresón como aquella noche. Porque ¿sabes lo mejor? Las actrices norteamericanas son una jodidas viciosas. El dinero es el dinero, sí. Pero Sancho, estas tipas lo dan todo y notas cómo disfrutan, igualito que las centroeuropeas. ¡Ay, cuánto tienen que aprender en Europa!

»En otra ocasión me presentaron al burrito gozón, sí, el famoso, el de primeros de los años ochenta. ¡Joder!, ¡si hasta había actuado con la Cicciolina!, que sonrisa tenía el “jodío” siempre. Porque el cabrón del animal era guapo, bien peinado y olía a campo, pero a campo limpio. Le dieron esa noche speed y se volvió loco, ¡madre mía qué risas! El bestia pegando pollazos a diestro y siniestro a todas las chicas del lugar, al final de la noche tuvieron que venir las ambulancias, a una la dio en toda la cara y creo que le partió la nariz, otras con el morro hinchado, y por desgracia a una la pisoteó sin querer, en fin, que barrió con su falo a la mitad de la fiesta, la noche más divertida de mi vida, pero eso es otra historia…

—¿El mejor polvo de tu vida?

—¿El mejor? Difícil de recordar entre tantos. Quizá el más salvaje y excitante fue cuando rodé The Return of Tracy Lords, con la aclamada actriz, que después de bastantes años volvía a trabajar de nuevo. Tenías que verme a mí, recién llegado y habiendo visto todas sus películas de pequeño, pues eso, que la tenía endiosada.

(Sebastián se levanta y se dirige hacia la cadena de música para cambiar el disco…)

—Yo hacía de limpiador de piscinas y ella era la señora de la casa. Intercambiábamos un par de frases y se enfrascaba al momento en una felación profunda y húmeda, muy húmeda, dedicándose a lamer como si fuera el último día en la Tierra. De arriba abajo y de abajo arriba. Dando pequeños mordiscos a lo largo de mi polla. En ese momento ya durísima, continuaba con pequeñas succiones alrededor de mi fresón, llenándolo de saliva caliente y lujuriosa, mientras tanto y siempre sin parar, masajeaba mis pelotas con sus diestras manos. Sancho, aquel fue mi primer hámster y allí estaba yo, con todo dentro de su boca y palpitándome el pecho como una locomotora, chu chu chu…

»Sin saber por qué, empecé a susurrar una cancioncilla…

Que dame la mandanga y déjame de tema
dame el chocolate que me ponga bien
dame de la negra que hace buen olor
que con la maría vaya colocón...
Me voy pá la discoteca a buscar mi churifú
mirad si me pongo bien que creo que soy Kun Fú
lo mismo en Valladolid, Toledo que Salamanca
Todo el mundo baila ya, Todo el mundo baila ya
el ritmo de la mandanga...

»El Fary se me apareció delante de mí, como una representación de lo divino y mortal. Me sonrió y me guiñó un ojo como sólo él sabe hacer, con esos ojos que parecen dos puñaladas en un tomate. Así que saqué a Excalibur de esa boca celestial, la puse mirando para Cuenca y sus veinte uñas se agarraron como pudieron al cemento del borde la piscina. Y la embestí con la fuerza de un toro español. Esa mujer, Sancho, no había gritado tanto en su vida. Se daba la vuelta y me miraba implorándome, pero tras cinco o seis golpes de riñón se rindió y empezó a jadear de placer. Como nunca había hecho en sus largos años de trabajo. Afortunadamente el mástil entraba entero y parecía que era engullido por un poderoso monstruo hambriento. Apretaba sus caderas con mis manos crispadas y ella se movía al ritmo de mis embestidas. Rotación-percusión-rotación-percusión…

»Ya sin freno le hice un Nelson, que había aprendido de la lucha libre americana, la técnica de la tortuga moribunda, un dirty Sánchez y un helicóptero. Tracy olvidó las tres frases que debía decir, sólo gemía y gritaba, Sancho, qué cara de vicio. Sin lugar a dudas la mejor de todo el cine porno de la jodida historia y quien diga lo contrario no tiene ni puta idea…

»Todo cambió cuando esta profesional como la copa de un pino tomó la iniciativa de nuevo, ay torito torito bravo, se subió a horcajadas encima de mí y empezó a cabalgar como amazona salvaje, ¡me río yo de Sonja! Con cada bote sus magníficas tetas, no operadas, salían despedidas hacia todas direcciones. Mis ojos vagaban buscando sus pezones duros y rosáceos. Los degusté como un buen comensal hace en una cena de postín. Sentí su calor, su suavidad y su excitación, aquello era algo más que sexo, era un volcán a segundos de escupir su lava. La vena de mi frente palpitaba como loca y parecía a punto de estallar. Su piel sudaba sin piedad y se mezclaba junto con la mía. El silencio entre los cámaras y demás trabajadores de la película era prácticamente sepulcral. Tracy me arañaba con sus largas uñas el pecho y sentía un placer inimaginable, incluso cuando finos hilos de sangre empezaron a brotar. Todos miraban embelesados tamaño esfuerzo colosal por la búsqueda del placer. Con un tirón titánico la levanté en vilo y la abrí de piernas. Quería conocer su sabor, presentarle mis respetos al venerado, y difícil de contentar, clítoris de la artista. Pasé mi lengua por los muslos interiores de arriba abajo, parándome a duras penas un segundo mientras mordisqueaba. Para seguir con el camino trazado, pasando sin tocar sus labios rosados, para dedicar unos segundos a su ombligo, el ojo de Dios, una vez más, bajar despacio, para por fin dar un largo lametazo a su clítoris, ahora duro como un diamante. Seguí explorando cada rincón, cada pliegue, cada poro de esa parte de su cuerpo venerado por millones de hombres ávidos de placer. Hacía un rato que Tracy se retorcía delicadamente ante cada envite de mi lengua. Así que seguí degustando el sabor salado y excitante de su cuerpo, del botón de la sabiduría femenina, hasta que su cuerpo dijo basta y su figura se tensó en un ángulo imposible y su espalda casi se parte con el orgasmo de su vida. Como señora viciosa que era se repuso en unos segundos y de nuevo se colocó de culo, me guiñó su ojo derecho y me dijo…

»—Es todo tuyo —o algo así, recuerdo que me lo dijo en inglés y yo entendí lo que quise.

»Y eso es lo que hice con una gran sonrisa en mi cara, primero despacio y con cuidado. No quería hacerle daño. Doy gracias a la naturaleza humana porque dos minutos después mi polla había desaparecido en el culo más deseable del sistema solar o lunar, yo qué sé. Sólo sabía que era mío y que ella continuaba gimiendo y que me pedía más profundo, más fuerte y más rápido. Empecé a mirarme las venas de los brazos, mis músculos tensos y fuertes, me pasé sólo un momento la mano por el tupé y supe que era el jodido AMO. Yo tiraba de su pelo hacia atrás sin remilgos y su cuello llegó a los noventa grados de ángulo con los ojos en blanco y la boca abierta de perfecta satisfacción, hasta que no pude más. Aguanté la explosión todo lo que dio mi cuerpo, y Tracy me ofreció su boca, su lengua, su cara, para que la rociara con todo el esperma que mis pelotas ya no podían retener por más tiempo. Se relamió, tragó y degustó hasta que no quedó ni una sola gota que extraerme del cuerpo. Ni que decir tiene que yo ya había perdido la consciencia, me temblaban irremediablemente las rodillas, estaba en modo OFF y mi mente permanecía en ese limbo de segundos retenidos por el tiempo y el placer. Cuando abrí los ojos, solo pude escuchar:

»—¡BRAVO! ¡BRAVO! ¡BRAVO! Maravilloso, increíble —era el director que se había levantado de su silla y me aplaudía. El resto del equipo había dejado las cámaras en el suelo y gritaban de júbilo y sorpresa por lo que acababan de presenciar. Sin lugar a dudas ¡mi mejor escena!

»Tracy permanecía callada sentada en el suelo y me miraba con una extraña sonrisa.

»—Sabes que vamos a pasar a la historia del porno por esto, ¿verdad?

»Amigo Sancho, aquella noche renací mil veces.

—Cristóbal.

—Sí, claro. Esa sin lugar a dudas ha sido mi mejor escena y por supuesto el mejor polvo de mi vida.

(Sebastián se enciende otro Camel y le da un largo trago al gin tónic que está delante de él en la mesa.)

—Volviendo al tema de las fiestas, ¿realmente ligas tanto?

—No te equivoques amigo, yo no ligo, se me tiran encima.

—¿Quizá eres demasiado presuntuoso?

—No, Sancho. Cuando se ha hecho el número de películas que yo, y la fama te precede, las tías sólo quieren echar un polvo contigo como sea, para contarlo luego a las amigas me imagino. Claro que eso a mí me da un poco igual, saco el mandoble de partir espinazos y arreando…

»¿Sabes esa cantante americana de punk que tiene nombre de mes? Bueno, pues estuvo buscándome toda la noche hasta que me llevó a un privado y allí le di lo suyo, bueno lo que pude, porque la jodía cría tenía un cuerpo pequeño y todo pequeño… Así que hice de tripas corazón y la traté con suavidad, en fin, que allí se quedó, tirada en el suelo con cara de extasiada. Después de eso me han dicho que se ha pasado al pop y que va de diva total, ¡bah! no valía tanto…

»En otra fiesta que celebraban los premios a los más guays, creo que era a ver quién daba más pasta a los pobres, cabrones, ¿y hacen fiestas para eso? Los americanos están locos Sancho, ¿lo sabías? Bueno al tema, ¿sabes la tenista esa negra que parece un tanque de la Guerra Civil? Y mira que a mí las negras no me ponen nada, pero hijo, noté cómo tenía la tipa esos muslos pétreos de acero y me entró el morbillo. Así que después de la cena me acerqué a ella y me presenté, cómo no, ya me conocía. ¿Te imaginas como acabó la noche? Estuve dos meses con lumbalgia… nunca te acuestes con una tenista. Me hizo la técnica del cangrejo y creí morir. Allí estaban mis riñones retorciéndose de dolor, así que hice lo único que podía hacer, ¡la pegué un hostión con la mano abierta! Uff, menuda noche. Y a los tres días la chica que tenía que competir en US Open… me dijeron que fue la primera vez que hizo un partido maquillada.

—¿No le denunció?

—Querido amigo, la señora era una pantera zulú, le gustaba la lluvia de leches más que a un tonto. Tuvo su gracia.

(Sebastián saca otro Camel y se lo enciende mientras mira al techo y se queda pensativo.)

—Pero lo importante no era eso, sino la imagen, la leyenda que se había creado en torno a mí y que cada vez crecía más y más. Cuando una cosa así empieza a aumentar ya es imparable.

—Parece que no le guste lo que implica una vida como la suya.

—Uno va perdiendo el gusto Sancho. Durante mucho tiempo me movía el ansia de placer, el descubrimiento de los rincones de la mujer, ¡el polvo, hombre, el polvo! Pero que te busquen… pero eso es otra historia.

»Ahora vivo aquí de puta madre con mis cigarrillos, mis gin tónics, mi piscinita, mis chavalas que entran y salen… ¡y el Fary que nunca falte!

(Se levanta, se toca impúdicamente los testículos y mira hacia la ventana.)

—Y… ¿eso es todo?

—Claro amigo, pensabas que yo era Dios o algo parecido, pero soy como tú. Bueno, no como tú. Más guapo y con más rabo, pero al fin y al cabo, iguales, y necesito mis pequeños momentos de tranquilidad y mi descanso, que ahora ha llegado.

—¿Volverás algún día a trabajar?

—¿Quién sabe? De momento me lo tomo como viene.

—Sebastián, ha sido un verdadero placer poder entrevistarte, eres genio y figura y espero que nos veamos pronto. Pero me gustaría hacerte una última pregunta. Corre el rumor que vives con alguien y que realmente has dejado el porno por esa persona, ¿qué hay de cierto?

—Para mí también ha sido un placer charlar contigo mientras nos tomábamos unos gin tónics, pero Cristóbal, esa es otra historia…

(Me levanto del sillón, le ofrezco mi mano para despedirme y salgo de su casa con una entrevista jugosa, quizás ahora se me conozca más y sobre todo, folle…)

(José se vuelve a sentar, escucha cómo la puerta de la casa se cierra detrás del periodista, al mismo tiempo que se abre otra. Aparece una mujer rubia de cuarenta y tantos, sin maquillar y con la piel más blanca que la nieve, que se acerca a él y se sienta en sus rodillas.)

—Cariño, ¿por qué no le has contado que nos casamos por el rito balinés hace cuatro meses?

—Tracy, hasta un hombre como yo tiene derecho a guardarse algo sólo para él, ¿no crees?

—¿Hace un hámster?

—Amor, viniendo de ti, siempre me apetece un hámster. Espera que ponga algo de música…

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En el continente sin fronteras…

por Relato ganadorRelato Bluetal

…que se había desterrado a sí mismo del resto del planeta y de toda la historia civilizada, nuestras dos mentes corrieron y volaron sin ataduras. Con esa misma sensación de vida, de plenitud, de despertar, quiero dejar constancia de las huellas y recuerdos que han marcado mi tiempo antes de darme muerte. Esto será mi epitafio sin lápida, mi carta de despedida sin destinatario, mi nota de suicidio que solamente podrá ser desentrañada por algún arqueólogo curioso del futuro. Mi último recuerdo será para Ben.

Las ideas que quiero estampar pueden reflejar una profunda melancolía por aquellos tiempos que no he vivido, pero mi nostalgia enfermiza no es una obsesión encadenada al pasado, es una afirmación de una revolución que hemos abandonado perdida en el tiempo. Hace quinientos sesenta y cuatro años la sociedad más avanzada de Europa decapitó a su obsoleto gobernante en la antigua Francia. Hace doscientos treinta y siete años el mundo llegaba a su cénit de progreso tecnológico antes de iniciar su vertiginoso declive y diezmar en dos generaciones lo construido en siglos de tranquila evolución. Hace setecientos quince años un pionero de la astronomía moría ajusticiado por los acomplejados enemigos del progreso. Hace ciento cincuenta y cuatro años se implantó con éxito la invención más célebre de la Historia, el Sistema Neural Witte-Decleir de Bioinmunidad Orgánica. Estoy convencida de que ese día marca el inicio de la rendición de la humanidad. Aunque lo parezca, no es una paradoja esta afirmación. Gracias al doctor Nathan Witte-Decleir se eliminó de un plumazo el riesgo de exterminio de nuestra especie pero nosotros lo adoptamos demasiado cómodamente como la solución definitiva. Quizá sin saberlo condenaron el futuro, esclavizaron las mentes de nuestras generaciones. Nuestros textos históricos han acuñado el impreciso término de «Guerras por las nanoenergías» para denominar los conflictos armados que arrasaron la atmósfera y los ecosistemas de la mayoría de los países civilizados hace dos siglos. Sus consecuencias fueron el deterioro del aire respirable, el descenso en picado de la expectativa de vida humana, la extinción casi absoluta de la vida animal. El doctor Witte-Decleir quiso salvar la vida humana pero su legado nos ha entregado la sociedad que tenemos ahora: inconscientemente feliz, absurdamente competitiva, ignorante de que se dirige con una sonrisa hacia su lento exterminio.

Los textos nacidos de imprenta se empiezan a publicar hace nueve siglos. Yo leo mi primer libro en papel con veinte años, después de que hayan pasado fugazmente por mi cerebro la cifra exacta de noventa y ocho mil quinientos sesenta textos de siete mil novecientos cincuenta y siete autores diferentes. No quiero saber cuántos textos, letras, números, marcas sonoras, imágenes postdimensionales o experiencias sensoriales tengo retenidas en mi cabeza; pero lo sé con exactitud porque lo hace por mí el sistema Witte-Decleir. Mi espíritu quiere vivir con una pequeña porción de incertidumbre pero no lo podemos evitar, este implante nos ha sido insertado de forma obligatoria por nuestros gobiernos a partir del octavo día en que nacemos. Una red de biofilamentos que parten desde nuestra corteza cerebral, se desarrollan autónomamente en el cráneo y se expanden para ocupar y monitorizar nuestros vulnerables sistemas circulatorio y pulmonar. Desde siempre, popularmente se ha conocido al implante con el ocurrente nombre de los circuitos.

Los circuitos piensan por nosotros. O, más exactamente, nos evitan la molestia de tener que pensar. Nuestros pulmones y corazón prácticamente no podrían funcionar sin ellos y su red neuronal de proceso y de memoria digital es inagotable. Todas las personas tenemos un conocimiento exacto de cada dato que se haya podido registrar en el mundo. Nombres, fechas, opiniones, medidas, cifras, cálculos. Incluso nuestras experiencias tienen sus imágenes y sonidos grabados a los que podemos acceder cuando queramos. No recordamos, simplemente descolgamos de la pared el cuadro del momento que hemos vivido y nos ponemos a observar. Pocos estarán de acuerdo, pero para mí el descubrir cómo se han intervenido nuestras vidas ha sido un trauma abrumador. Pero nuestra sociedad es feliz. El ser humano de mi tiempo domina sin mérito cualquier disciplina del conocimiento, es el imbatible campeón de la historia en la carrera científica. Nuestros gobiernos ocultan la cara menos amable de esta grotesca competitividad. Los circuitos aceleran nuestro impulso de superación y en una lucha en la que somos prácticamente iguales, el perdedor se frustra y se rinde fracasado. El último año aumentaron un veintisiete por ciento los suicidios en mi ciudad. Con veintidós años yo quise quitarme la vida sólo porque mi mente calculaba y ordenaba de forma obsesiva cada segundo del día. Nunca me había despertado en una hora que no fuese diferente de las siete y treinta y cuatro de la mañana. Hasta que conocí a mis antiguos aliados.

Mis viejos amigos me enseñaron a olvidar, a derribar ese almacén artificial y a buscar en ese fondo invisible de la memoria donde la mente tiene que esforzarse y preguntarse el porqué de todo lo que sucede. Éramos los noctámbulos, los vagabundos. Probábamos a intentar engañar a los circuitos. Con sustancias que oscurecían los sentidos y dejaban un gusto amargo en la lengua. Con hipnosis y técnicas de control del sueño. Con duros ejercicios de meditación. ¿Para qué? Para cambiar el paisaje, para diferenciarnos de una humanidad que había sobrevivido a su Apocalipsis pero que confundía la rebeldía con un cambio de peinado. Hace ciento ochenta y dos años los principales gobiernos del mundo firmaron la Gran Paz en un pacto desesperado para salvar a la humanidad. Desaparecieron las guerras para siempre pero vergonzosamente no se persiguieron a las omnicorporaciones responsables de aquellos desastres energéticos; ellas mismas gestionaron la reconstrucción de nuestras sociedades.

Con mis viejos aliados escuché música de piano tocada por mis propios dedos. No la escuchaba, la sentía. Buscábamos como exploradores antiguos libros aunque su papel estuviese prácticamente consumido. Me estremecí leyendo Los versos malditos de Leonard Koulsen aunque esta terrorífica novela estuviese en mis circuitos desde la infancia. Vimos infinitas veces la única copia que existe de una película muda. Queríamos crear y destruir a la vez. Con ellos viajé a África. Donde tú naciste, mi pequeño Ben.

Decidimos dar un paso más en nuestra evolución personal con la catarsis definitiva. Purgaríamos nuestra mente en la tierra que había olvidado el nombre de los países que la limitaban, que había sido abandonada hacía siglos en guerras mucho más primitivas y viscerales que las que asolaron nuestra civilización. África no tiene comercio, ni diplomacia, ni comunicaciones. No tenía la financiación ni la tecnología para implicarse en las guerras por las nanoenergías. Su nivel de progreso no iguala al de la sociedad feudal más avanzada que haya existido. No ha implantado los circuitos. La expectativa de vida en los poblados africanos que conocimos estaba por debajo de los treinta y siete años. La nuestra ronda los sesenta y dos años, pero el futuro será de ellos. No se rindieron, no eligieron una solución de paso a la hecatombe atmosférica, no consumieron su entorno, no lucharon por unas fuentes de energía que nunca mejoraron nuestras vidas. Simplemente han resistido. Su genética se reforzará en cada generación y su entorno natural está sanando. He llegado a creer que los circuitos nos dan una falsa sensación de curación y que estancarán la adaptación de nuestros descendientes al entorno, segundo a segundo la contaminación consumirá nuestro tiempo de vida. Por eso me convencí de engendrar un bebé. Tuve sexo con tres jóvenes africanos durante nuestros viajes y soporté incluso que dos de ellos me trataran con cierta brutalidad. La decisión que tomé no la compartieron mis compañeros. No querían implicarse en un nacimiento arriesgado, en una posible muerte prematura de un ser indefenso con pocas probabilidades de sobrevivir. Pero para mí no era suficiente compartir con ellos sesiones de meditación en el desierto, explorar paisajes en los que contemplar y acariciar los últimos animales vivos del mundo, despertarse espontáneamente con la luz de la mañana, conversar y discutir con la mente despejada. Yo quería transmitir y vivir todas estas enseñanzas con un ser al que podría educar sin los obstáculos de los circuitos. Mis amigos volverían a la seguridad de la sociedad con la aparente ilusión de haber cambiado su percepción de la vida.

Afronté sola, con tu vida palpitando en mi vientre, casi todo el duro embarazo. Nos ayudaron los masáis con sus enseñanzas primitivas y milenarias. Una tosca choza fue el refugio en que protegimos tu interminable parto. La pureza del sacrificio y el dolor de tu nacimiento, Ben, está a horizontes de cualquier experiencia que haya vivido. En la civilización nunca hubiese podido sentir contigo lo que empezamos a compartir a partir de aquel instante. Te he sostenido vivo en mis brazos desde el primer día sin tener que entregarte a un laboratorio. Pude verte sonreír durmiendo, seguramente teniendo los sueños que los circuitos de mi cerebro me impiden. Mis pechos no han podido alimentarte pero sí has podido digerir comida cocinada con carne de un animal sacrificado. Hemos recorrido a caballo antiguos países en ruinas. Sonreía cuando olvidaba el capítulo por el que iba leyendo un libro si no había marcado la página. Te enseñé sabiduría transmitiéndotela sólo con mi voz o con mis manos. Nos valimos por nosotros mismos igual que el naufrago del primer libro que te enseñé a leer. Apostamos a doble o nada en salvajes peleas a muerte. Enterramos juntos a tu amigo Khaleb que no sobrevivió al veneno de la picadura de un escorpión. Iba llenando tu vida a la vez que percibía que tu salud se iba marchitando. Tu constitución, hijo mío, se deterioraba a pesar de las mejores condiciones del clima africano, la atmósfera tóxica jamás nos iba a dar tregua en ningún lugar. Lo detestaba, pero si quería una mínima posibilidad para tu supervivencia, Ben, tenía que llevarte a mi casa.

De forma clandestina, como si fueses un elemento amenazante para la sociedad que íbamos a atravesar, cruzamos las fronteras hacia mi antigua vida. Pedí ayuda a mis antiguos aliados pero estaban estancados explorando nuevas sensaciones. Su realidad se había distorsionado completamente: ignoraban los circuitos pero anulaban sus mentes con viejas sustancias más esclavizantes. Las soluciones y terapias alternativas no iban a surtir efecto. Tenía que entregarte a los científicos. Incluso sabiendo que ellos no te salvarían. Podíamos haber consumido el resto de la vida que nos quedaba juntos, aislados y sin interferencias. Pero mis actos y las decisiones que tomé sobre ti, Ben, debían tener sus consecuencias. Y voluntariamente creo que quería afrontar esos remordimientos, pagar quizá por mi egoísmo al traerte a un mundo con pocas esperanzas. O quizá quería cargarme de razón y demostrar a todos que yo no era la que me equivocaba. No implantar el sistema Witte-Decleir en un recién nacido es uno de los peores crímenes que contemplan nuestras leyes. Por eso pagué como penitencia el juicio que me señaló como asesina. No me sentí con fuerzas para defenderme, sólo quería castigarme por tu sufrimiento. Los médicos no pudieron implantar los circuitos en un niño con diez años. En mi clausura imaginaba y sufría contigo tu enfermedad. Cuando en tus últimos días dejaste de comer, sentía que el invisible cordón umbilical que nos unía tiraba de mí para alimentarte. Sólo pedí tenerte en mis brazos en tu último suspiro. Te susurré «adiós, mi pequeño capitán» y te sostuve entre lágrimas toda la noche.

No ha pasado ni un mes desde la despedida de mi pequeño Ben y estoy decidida a cumplir mi destino. Mi celda es la cárcel para mi cuerpo, y sin ti, mi pequeño, los circuitos vuelven a ser la prisión para mi cerebro. No puedo mantener la disciplina de concentración. Los sueños de lo que he vivido se mezclan confusamente con los recuerdos que tiene grabados mi cerebro. Ya no puedo distinguir lo que he sentido viviendo y lo que tiene estampada mi mente. Quiero liberarme de todas las cargas, quiero eliminar las ruinas en que se ha convertido mi conciencia. Antiguamente había un cierto ritual, una especie de ceremonia en el suicidio. Se dejaban varias notas para familiares y otra para un hombre de leyes, se redactaba un testamento. Se escogía con cuidado el arma más segura. Los hombres se ahorcaban dramáticamente en un lugar público, dormían el último sueño en la intimidad de su cama o atravesaban con una espada su torso para limpiar su honor. Mis antiguos aliados me han conseguido una sustancia somnífera que acabará con mi vida. Quizá en los últimos momentos mi mente pueda soñar con mi hijo. Desearía tener papel para enterrar estas ideas junto a mí pero, paradójicamente, mis circuitos serán el albacea de estos últimos pensamientos. Mi cráneo será un fósil de recuerdos. Los futuros arqueólogos descubrirán que nuestros cementerios son inmensas bibliotecas de calaveras enredadas en extraños circuitos, que cada ataúd será un libro diferente conteniendo la percepción de nuestro mundo de cada hombre que ha pisado la tierra. Espero que en el futuro se honre a Ben como el símbolo de un efímero acto de revolución en una sociedad conformista.

Faltan treinta y tres minutos para la medianoche. Hago mis últimos ejercicios de concentración mental. Dentro de tres horas habré fallecido. Para entonces quiero olvidarlo todo para la posteridad. En mi mente solamente quedarán esta carta, las silenciosas noches en el desierto y la sonrisa juguetona de Ben.

Charlotte Kazuma

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