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Protocolo revolución: ahora

por Relato finalista

Llovía. Al bajar junto a su escuadra del aerodeslizador con el escudo del MOP serigrafiado sobre su blindaje, el teniente Kira Kovac-Lee alzó la cara, dejando que las gotas calientes le lamieran las mejillas. Hacía más de dos siglos, antes de que el calentamiento global derritiera los polos, había cuatro estaciones, lo que si no fuera por la amplia documentación de MAYA —la novena iteración de la internet cuántica— le parecería tan legendario como la existencia de la Atlántida. Ahora, con la expansión de la franja tropical, incluso en aquella antigua ciudad interior no había más que dos estaciones: la lluviosa y la seca.

Se colocó el casco del equipo de combate y se limpió con una gamuza la lente del implante artificial que era su ojo izquierdo. Al bajarse la visera, los vectores de movimiento y disparo aparecieron sobre la pantalla retinal, iconos y letras fluorescentes que seguían a los jóvenes sentados a la entrada de la estación de maglev abandonada como fantasmas de caligrafía.

El teniente pasó revista a las biométricas de sus hombres: la sargento Sarah Händel; Yevgueni Ramírez, el médico de campo; Atari, el criptonáuta. Los acompañaban, además, otros cuatro agentes asignados a la misión: Kennedy, Nolan, Hoffman y Santos.

Avanzaron hacia el callejón junto al rascacielos parcialmente edificado, entre las chabolas y las zonas en las que la exuberante vegetación parasitaria había destrozado el asfalto y reclamado una parte del entorno urbano. El teniente ajustó los filtros de audio de su cerebro electrónico para que eliminara los sonidos del tráfico y la lluvia, en el mismo instante en que conectó la interfaz de su brazo al fusil de asalto de raíl magnético. Inmediatamente un contador de munición se añadió a los datos que flotaban frente a sus ojos. Poco antes de abandonar el cuartel central había comprobado el cargador de su Glock 31, un arma automática que no sólo no era reglamentaria, sino que además se consideraba obsoleta; se veía obligado a fabricarse él mismo la munición, ya que hacía más de setenta años que no se comercializaba. Pero le gustaba, y le aportaba una seguridad adicional: quería llevar encima un arma sin electrónica alguna cuya fiabilidad no dependiese más que de su mecánica, y no de la habilidad de un delincuente para piratearla.

El edificio sólo contaba con nueve de las treinta plantas que habían sido planificadas, y aquellas sólo eran habitables porque los sucesivos propietarios habían redistribuido su interior, levantado los tabiques y parasitando las semiabandonadas infraestructuras de la zona. Estaban a unos diez kilómetros de la costa, por lo que el área se consideraba insalvable: en menos de dos décadas, aquel edificio se hundiría en las aguas salobres del Atlántico. El gobierno, por tanto, renunciaba a destinar recursos a la conservación de zonas periféricas como aquella.

La puerta trasera no estaba cerrada. Los ocho agentes avanzaron ágilmente por la escalera, entre los cuerpos tirados en los escalones totalmente sumergidos en sus vidas virtuales. A pesar de la considerable cantidad de población que se había trasladado a los continentes artificiales flotantes, todavía eran varios los millones de personas que vivían hacinadas en la cada vez más escasa tierra firme.

A medida que ascendían, los canales de comunicación vía satélite con el cuartel central comenzaron a fallar, apagándose sucesivamente como farolas de una calle a la que se corta el suministro eléctrico. No importaba, el teniente podía seguir comunicándose con su escuadra a través de bluetooth: aquello era algo que había previsto.

El susurro comenzó muy débil, como sílabas de estática perdidas en el fondo de una habitación concurrida, para poco a poco ganar nitidez.

Lo que llamas verdad no es más que lo que el software de análisis social transmite por los medios de comunicación de masas: lo que quieres oír según la minería de datos basada en tus tendencias de descargas, los picos de campañas de adquisición de productos en los que has participado.

La voz sonaba monótona, decididamente humana pero ligeramente modificada para no transmitir ningún rasgo individual; el análisis del espectro de onda revelaba un tono que coincidía en todas sus características con la voz media del ciudadano modelo normal en las estadísticas. Aquel discurso estaba siendo emitido en una frecuencia de corto alcance; el teniente supuso que todos los individuos en un radio de dos manzanas estarían recibiendo en sus cerebros electrónicos la señal.

Como si el orador hubiese percibido su análisis, el discurso varió, pareció vacilar como si la grabación hubiese sido sustituida por un individuo que ahora estuviese improvisando su propaganda.

Tu cerebro electrónico, el que te implantan al nacer, es una membrana que te lastra; constriñe tu mente y quién eres. Estás tan embrutecido por tu sofisticación que no has sabido aprovechar su potencial. Te has creído la publicidad que te aseguraba que con la parte de tu cerebro que almacena información de manera pasiva confiada a un procesador y a una red de neuronas de silicio tu «mente superior» quedaría libre para desarrollar tus capacidades. Y lo que tienes es un cerebro embotado, petabytes de información externa que nada tienen que ver con tu propia vida, archivos incontables de experiencias no significativas: si te fracturara la cabeza y esas imágenes pudieran cristalizarse y derramarse como la vidriera de una catedral gótica despedazada por un bombardeo de la Lutfwaffe no vería más que pararrecuerdos pornográficos y vídeos intrascendentes de EndoTube…

En la entreplanta del piso séptimo la escasa iluminación eléctrica de las plantas inferiores desapareció totalmente. Las pantallas retinales de la escuadra cambiaron inmediatamente a modo de visión nocturna. Unos escasos segundos después se encontraron ante la puerta de acceso al piso noveno. A pesar del aspecto mugriento y abandonado que compartía con el resto del edificio, se trataba de una puerta blindada.

Recibes las noticias filtradas según tus mezquinos intereses y los de los círculos en los que estás inmerso, lo que significa que tu visión del mundo cada vez se adapta más a tus propias expectativas: vives en una imagen de la realidad cada vez más reducida y endogámica, eres un cerdo hozando en tu propia excrecencia de metadatos.

—Atari —dijo el teniente por el canal de voz.

El criptonáuta se acercó a la pared lateral, pasando los dedos suavemente sobre el yeso manchado de humedad. En un momento determinado la pared pareció vibrar y tragarse las puntas de sus guantes hápticos; luego esa misma sección de la pared parpadeó y desapareció cuando el holograma que ocultaba el panel de códigos se difuminó.

Atari comenzó a mover los dedos sin tocar aquel panel: el contacto físico no era necesario, estaba interactuando con la representación en MAYA de aquel edificio, enfrentándose a la inteligencia artificial encargada de su seguridad.

Ni siquiera puedes asegurar que este flujo de agria conciencia no haya sido patrocinado por Google.

El teniente se fijó en la ligera vibración del giróscopo de su visor: pisadas, algo que se acercaba sigilosamente. Sin hacer ningún ruido alzó su fusil de asalto mientras su ojo artificial ajustaba la naturaleza de la lente para captar el espectro infrarrojo, brillando como un ascua en aquella oscuridad.

Dos figuras se movían por el pasillo al otro lado de la puerta blindada. Sus cuerpos eran humanoides, aunque las manchas carmesíes estaban salpicadas de vacíos negros donde se encontraban los implantes cibernéticos y las armas de fuego. Automáticamente se trazaron en la mente del teniente los vectores de movimiento, y apretó el gatillo dos veces en rápida sucesión. Cada disparo arrojó dos discos de filo monomolecular de apenas tres centímetros de diámetro. Aquellos proyectiles penetraron entre los átomos de hormigón, de metal y de carne, segando las carótidas de ambos objetivos.

Habéis olvidado lo que es la incertidumbre. Habéis olvidado lo que es el miedo. Habéis olvidado lo que es la responsabilidad. Habéis olvidado lo que es ser humanos.

La puerta se desplazó a un lado siguiendo el movimiento de la mano de Atari, como en un vistoso truco de telequinesis. Nada más atravesar el umbral la sargento Händel comprobó el estado de los dos individuos abatidos. Con un movimiento fluido, una hoja de acero surgió de la palma de la mano con la que estaba comprobando el pulso de uno de ellos, rematándolo inmediatamente.

Frente a ellos se extendía un largo pasillo con vanos de puertas a intervalos irregulares: puertas no había, sólo pesadas tiras de goma sucia a modo de cortinas.

Avanzaron lentamente, concentrados en las lecturas de los sensores. La voz cuyo discurso habían escuchado en las escaleras había callado, aunque todavía parecía que flotaban algunas palabras sueltas como una neblina al borde de ser perceptible.

Surgió de la nada. En menos de un segundo desde que el teniente y sus hombres percibieron el ruido de los servomecanismos, la abultada figura de casi tres metros de altura del necrodroide atravesó uno de los tabiques.

Lo primero que apareció entre la nube de yeso y cascotes fue la zarpa de tres garfios con los que aferró del pecho a Santos y lo golpeó brutalmente contra el techo. El sonido del impacto les llegó al teniente y al resto de sus hombres con la nitidez de sus sistemas de análisis tácticos: escucharon la fractura del cráneo y las cervicales en alta definición.

Lo siguiente que vieron fue el cañón Gauss rotatorio que los apuntó. La rápida reacción facilitada por las drogas de combate que les recorrían las venas les permitió arrojarse al suelo décimas de segundo antes de que el engendro disparara. Salvo a  Nolan, cuyo cuerpo atravesaron casi un tercio de las varas metálicas hiperaceleradas.

El teniente alzó la mirada en el segundo escaso que aquella monstruosidad acababa de atravesar la pared mientras el sistema de alimentación de munición recargaba su arma. La IA del edificio debía de haberlo activado poco después de su acceso. Los detectores de calor no lo habían registrado, porque aunque se trataba de un cíborg y no de un autómata íntegro, su parte humana llevaba mucho tiempo muerta. En el pasado, algunos proyectos militares habían empleado componentes humanos como hardware para aquellos constructos, aunque hacía ya más de cuarenta años que el Comité Central de Naciones Unidas había sancionado una disposición que prohibía su fabricación y uso.

Ágilmente, el teniente Kovac-Lee se puso en pie y disparó con su fusil de raíl a aquella cosa. Por supuesto, sabía que el campo electromagnético que lo rodeaba desviaría los proyectiles de su arma, pero no quería dañarlo, sólo atraer su atención unos instantes.

Cuando el necrodroide dirigió su inmensa arma hacia él, la sargento Händel trepó rápidamente por su espalda hasta arrodillarse sobre sus hombros, a escasos centímetros del techo. Colocando la mano sobre el parietal del ser, activó el sistema neumático que proyectó la sección de su antebrazo treinta centímetros con una fuerza de decenas de miles de newtons. La cabeza del cíborg voló casi veinte metros por el pasillo, seguida de una estela de cables, vértebras y aceite negruzco como sangre putrefacta.

Ramírez no comprobó el estado de los dos agentes caídos: toda la escuadra podía ver que las biométricas de ambos estaban en negro.

—Sigamos —dijo el teniente—. Escaneo completo en todo el espectro cada treinta segundos. Atari, acaba de una puta vez con la IA.

Tras varios minutos recorriendo la planta, llegaron a un recodo tras el que apareció la única puerta interior que habían encontrado hasta el momento. El brazo como un pistón de la sargento la derribó sin demasiado esfuerzo, y en cuanto cayó Händel se precipitó al interior de la habitación.

Frente a ella encontró un sillón raído en medio de varias pilas de canjilones rellenos de discos traslúcidos, finos como hojas de papel, que identificó enseguida como discos de asimilación —los cíborgs los empleaban para ingerir tratamientos químicos, puesto que muchos de ellos ya no contaban con un sistema digestivo orgánico plenamente funcional—. En ese sillón un hombre de edad indefinida se desconectaba un nervocable del lóbulo temporal derecho, la zona de la cabeza que llevaba rapada; en el resto, el pelo negro y plateado le caía hasta los hombros. Antes de que pudiera hacer nada más, la sargento alzó la mano derecha y de un fino cañón montado sobre su antebrazo salió despedida una aguja. Ésta se clavó en el pecho del hombre, liberando inmediatamente una neurotoxina que lo paralizó. No obstante éste, con su cerebro electrónico, activó los drones que descendieron de las altas vigas y la acribillaron.

El teniente Kovac-Lee entró con paso decidido, alzando tanto el cañón de raíl como su automática: con los brazos extendidos como un suplicante clamando al cielo, derribó las máquinas flotantes, a la vez que el médico corría ya hacia la sargento abatida. Sin perder un instante, el teniente avanzó hacia su objetivo y le conectó un dispositivo en uno de los huecos de interfaz neuronal del cráneo. Hecho esto, enfundó la pistola y revisó el estado de Händel. Ramírez ya había solicitado extracción inmediata.

—Juno Sarkissian: en nombre del Ministerio de Orden Público, queda detenido; se le acusa de terrorismo.

Tras decir aquello, el teniente Kovac-Lee se cruzó la correa del fusil de asalto al pecho; dejando éste tras su espalda, se desprendió del casco de combate, cogió una silla de metal de una de las mesas y se sentó frente al hombre. Del bolsillo de la chaqueta blindada sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno y espiró despacio el humo.

En la habitación había varias mesas atestadas de CPU de finales del siglo XXI conectadas entre sí; sus protocolos de acceso a la red eran tan antiguos que los sistemas modernos eran casi incompatibles, y por ello eran prácticamente invisibles en MAYA. El teniente sonrió —como las veces anteriores—, ante aquel alarde de ingenio tan simple: era el mismo modo de pensamiento lateral que se aplicaba a él y a su pistola anticuada.

Esperaba que mis medidas de seguridad aguantaran un poco más.

Juno Sarkissian no podía hacer mucho. La neurotoxina impedía que pudiera mover sus músculos de manera voluntaria, y el inhibidor del cerebro electrónico sólo le permitía comunicarse por el canal que el teniente le había dejado abierto.

—La práctica perfecciona —respondió el teniente en medio de otra calada; en el silencio que siguió percibió la pregunta no formulada—. El Juno original se creó siete clones en los que copió su identidad. Ninguno sabíais que no eráis únicos, para que funcionarais como células independientes y aumentar la confusión.

¿Cuántas veces me has detenido, entonces?

—Ésta es la octava.

Somos viejos amigos, por lo que parece. En el mensaje de Juno vibraba un tono de ironía. Tenemos una estrecha relación de amor-odio.

El teniente Kovac-Lee sonrió, posiblemente porque hacía tiempo que él había llegado a la misma conclusión.

—Te tengo muy presente —alzó una mano hasta que el dedo enguantado tocó la montura oscura de su ojo mecánico—. Esto me lo hiciste la tercera vez. Un disparo fortuito.

Se hizo un silencio entre ellos, antes de que Sarkissian reanudara la conversación mental.

Terrorismo… ¿sabes que de lo que me acusas hace ciento quince años no era más que un delito contra la salud pública?

—Según la Disposición Internacional U17-564 de 2129, el tráfico de estupefacientes es un delito contra la organización gubernamental de un estado soberano y sus ciudadanos, en la medida en que bloquea los sistemas de condicionamiento subliminal y por tanto mina la estabilidad del cuerpo social y pone en peligro la integridad de los individuos que lo componen.

Ah, sí, lo olvidaba… la doctrina de la Democracia Total. De verdad os creéis con derecho a imponer la decisión de la mayoría a un nivel íntimo.

—Por supuesto. Es una cuestión de eficacia, una consecuencia lógica de las filosofías políticas desarrolladas desde la Grecia clásica.

En ese preciso instante los canales de comunicación con la central se reactivaron. El icono que representaba a Atari parpadeó dos veces, señal de que había acabado con la IA de Sarkissian.

—¿Sabes que antes de aplicar el sistema subliminal de voluntad consensuada de todas formas a las minorías se les imponía por medio del sistema legal y del poder ejecutivo la decisión de la mayoría? —continuó el teniente Kovac-Lee—. Algo que estarás de acuerdo conmigo que es tremendamente ineficiente. La Democracia Total lo único que ha hecho es aliviar a las minorías de la frustración de su disidencia, ahorrarles la ansiedad emocional de la oposición. Ahora votamos, y después todos aceptamos unánimemente el resultado de cualquier consulta —inspiró otra profunda calada, y luego su voz sonó ligeramente triste, como la de alguien que ha pensado demasiado para llegar a una conclusión indeseada—. Además, si algo ha demostrado el ser humano a lo largo de su historia es que la libertad lo aterroriza.

¿Y dónde queda en ese esquema la individualidad, el valor del propio yo?

Hubo un silencio entre ambos.

—El bienestar de la mayoría es más importante que el de la minoría o uno solo.

Tras otro silencio, reflejo del anterior, Sarkissian contestó.

Yo sólo quiero liberaros de la mentalidad de colmena.

—Acéptalo. Es el mal menor.

Pasaron unos segundos en los que en MAYA se iba celebrando el juicio virtual de Juno Sarkissian.

¿Sabes? Hace siglos el terrorismo consistía en acciones violentas cuyo objetivo era desestabilizar la estructura social…

—Absurdo —dijo el teniente tirando al suelo su cigarrillo—. No se puede construir nada sobre el caos.

Sólo en el caos crecemos, sólo con la antítesis hay una síntesis. El estancamiento, el orden, sólo llevan a la podredumbre. Definitivamente, creo que voy a probar con el terrorismo de la vieja escuela. Ya he pensado un plan.

El teniente se puso en pie.

—No creo. Se te ha acabado el tiempo. Tu sentencia ha sido votada y aprobada.

Hoffman y Kennedy se situaron tras el teniente y apuntaron con sus armas a la figura yacente.

Veremos… Espero que podamos continuar esta conversación. O al menos repetirla.

De la voz de Sarkissian pendía una sonrisa.

También había una sonrisa en la cara de Kovac-Lee cuando le dio la espalda y activó el icono de ejecución en las retinas de sus hombres. Como un solo disparo, los dos proyectiles atravesaron la cabeza que se inclinó sobre el respaldo del sofá bruscamente, como si quisiera lanzar una violenta carcajada final hacia el techo.

***

Atari llegó al bloque de cubículos, subió al piso veintitrés por los ascensores de alta velocidad y caminó por el largo pasillo hasta la puerta 2317. Posó la mano sobre el panel metálico junto a ella, y tras el reconocimiento de su NIC y su secuencia genética la puerta se deslizó sin hacer ningún ruido.

En el interior del cubículo sólo había espacio para el sillón que ocupaba el centro de los escasos tres metros cuadrados. Nada más entrar, una sección del techo se replegó y los apéndices mecánicos descendieron para retirar de su espalda la unidad de conexión táctica y el resto de su equipo. En unos segundos, de manera eficiente liberaron los cierres de todas las prendas hasta que su cuerpo quedó libre de las capas de kevlar, titanio y tela, los huecos de las conexiones de la biointerfaz a la intemperie, libres de los nervocables.

Antes de que los brazos robóticos se recogieran y almacenaran su equipo en el interior de las blancas paredes, los detuvo con un pensamiento. Ejecutó el programa de ofuscación que él mismo había desarrollado, y su cerebro electrónico comenzó a grabar para el archivo oficial su sesión —falsa— de ejercicios de meditación; adicionalmente, el programa borró el engrama de la orden de su ejecución de su cerebro biológico. Convencido de que en la central las inteligencias artificiales de vigilancia no podían sospechar de él, de uno de los bolsillos del pantalón de combate que aún colgaba del apéndice mecánico extrajo un pequeño disco traslúcido, fino como una hoja de papel: lo había ocultado al abandonar el laboratorio clandestino junto a la escuadra de asalto.

Se sentó en el sofá, y por unos minutos estuvo jugueteando con el disco entre sus ágiles dedos. Su enfrentamiento con la IA del edificio que habían asaltado había sido duro, por mucho que no hubiese durado más de unos minutos. No podía negar que como programador Juno Sarkissian era un genio. Ahora probaría qué tal diseñador de drogas era.

En el dorso de su mano izquierda se alzó la bandeja de asimilación, un pliegue con una rendija en la que alojó el pequeño disco. Al principio no sintió nada, aunque algo a un nivel subliminal se estaba desplegando, un programa químico cuyas líneas eran tan sutiles que los sensores de su organismo y el software de análisis que tenía instalado no podían clasificar. Atari sonrió: Juno era un romántico; había programado la droga para que se desplegara tal y como los archivos históricos recogían que ocurría con los alucinógenos de tiempos pasados, extendiendo sus efectos por el organismo suavemente, como un rumor creciente o la obertura pausada de una sinfonía. Decidió ponerse cómodo, esperando a que la secuencia de líneas germinara.

Colocando su cuerpo sobre las molduras ergonómicas del sillón, Atari notó cómo los conectores de los nervocables se insertaban en las hembras que recorrían su espina dorsal, cómo el tubo alimenticio se ajustaba a la válvula supragástrica y los tubos excretores a las interfaces correspondientes de su vejiga y su canal rectal. En ese momento su visión cambió radicalmente, cuando su mente dejó de estar restringida al ámbito de su cuerpo físico.

Se encontraba en una habitación luminosa y circular; había basado su diseño en los faros de la antigüedad. Situada en la cúspide de una torre de marfil y acero, los ventanales mostraban una playa virgen varios kilómetros a la redonda y un mar turquesa bajo el que se sugerían las formaciones de coral sobre las que las suaves olas dibujaban líneas de espuma. En la habitación sólo estaba él: había creado aquel refugio virtual con el único propósito de disfrutar del lujo del espacio. Mirando ese mar que se extendía sin fin en todas direcciones, cayó en la cuenta de que hacía casi cinco años que no se había acercado siquiera a los límites de la ciudad, y sus recuerdos reales de un horizonte eran tremendamente vagos. No obstante, no quiso que su cerebro electrónico los enfocara: quería saborear aquella indeterminación.

Alzó la mano, en la que apareció inmediatamente un vaso con zumo de tomate y vodka, y paladeó lentamente el primer trago. En ese momento algo ocurrió: el mar perdió definición y se pixeló, el movimiento de las olas se convirtió en una serie de saltos inconexos, destellos esquizoides de espuma. La imagen de su visión periférica pareció bloquearse con vetas de estática y ruido blanco. El sabor en su boca se volvió el del papel quemado, y el vaso en su mano desapareció. Una parte del cielo se convirtió en un hueco matricial opaco y sin iluminación.

…sólo quiero liberaros de la mentalidad de colmena.

Las palabras le llegaron como un eco en el momento en que un mensaje apareció en la esquina inferior de su pantalla retinal, dos palabras acompañadas por una cuenta atrás: «Protocolo revolución: 00:00.777».

Todo ocurrió en milisegundos.

Protocolo revolución: 00:00.709. La habitación de marfil se colapsó, dejando un espacio perlino indefinido.

Protocolo revolución: 00:00.689. Las contramedidas de seguridad que Atari acababa de ejecutar como respuesta instintiva se disolvieron arrastradas por el torrente químico-luminoso que reverberó en su organismo y se desplegó reajustando las neuronas de silicio de su cerebro electrónico.

Protocolo revolución: 00:00.601. La melodía química permeó la red de neuronas de carbono.

Protocolo revolución: 00:00.476. Su propia identidad pareció estallar, convertida en haces de luz renderizados como potentes chorros de oro. Por un momento le pareció percibirse como un ser totalmente exento de base física, un software eterno y trascendente.

Protocolo revolución: 00:00.398. Le pareció notar otra presencia, un conjunto de variables y rutinas que reproducían como una imagen fractal una personalidad de zafiro refulgente.

Protocolo revolución: 00:00.312. Por un momento se sintió aislado y perdido, por un nanosegundo recuperó la sensación de inocencia de su nacimiento, y aquella presencia lo acogió en su seno incorpóreo.

Protocolo revolución: 00:00.227. Entre aquel abrazo su propio yo pareció fundirse con el del programa que era la conciencia proyectada de Juno Sarkissian, y el gemelo siamés resultante extendió su concepto de brazos creando ondas que se prolongaron en aquel espacio irreal veteándolo con los trazos concéntricos de un mandala.

Protocolo revolución: 00:00.154. Juno-Atari emergió del útero de madreperla virtual, de vuelta a su faro imaginario.

Protocolo revolución: 00:00.112. Por última vez, miró aquel mar íntimo que había inventado. Inmediatamente su visión volvió al cubículo en el que permanecía conectado al sillón, y accedió al sistema de seguridad central del Ministerio de Orden Público.

Protocolo revolución: 00:00.069. Frente a la IA del cuartel central, liberó el virus Estigia. Los sistemas de emergencia quedaron bloqueados.

Protocolo revolución: 00:00.017. Inspiró profundamente, pensando en los miles de agentes latentes que su droga habría activado y con los que su identidad se habría fusionado setecientas sesenta milésimas de segundo antes.

Protocolo revolución: Ahora.

Deliberadamente se mantuvo con los ojos cerrados, todo canal artificial de comunicación externo desactivado.

A través de los delgados tabiques comenzó a oír lejanos truenos sincronizados que nada tenían que ver con las lluvias del monzón.

La capa de nubes de la noche sobre la ciudad comenzó a iluminarse con destellos rojizos, explosiones rubí heraldos exultantes de una posible nueva era.

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