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Los dos hechos comenzaron de forma simultánea: el progresivo silencio diurno de mi mujer y mi sueño recurrente de cada noche. Por aquel entonces, hace un mes, no había podido imaginar que ambos sucesos estaban íntimamente relacionados. Y sólo hace apenas unos días he alcanzado a comprender su significado.

El día en que todo empezó llegué a casa del trabajo, dejé la cartera colgada en la percha de recibidor, y me dirigí a mi despacho repitiendo gestos de autómata. Al cruzar por el salón murmuré unas palabras de saludo; mi mujer, a su vez, concentrada en la edición mensual de una revista a la que estaba suscrita, casi esbozó unas frases de respuesta. Sentado en mi silla, revisé el correo electrónico, saturado de cadenas de datos triviales. Después intenté escribir, pero el cursor parpadeante al que precedía un párrafo fracturado se me hizo una barrera insuperable. Como ya hacía meses, o años quizá, me sentía difuminado, incapaz de mantener mi concentración el tiempo suficiente como para producir algo cuyo resultado mereciese la pena ser conservado. Sentía que todos aquellos movimientos los había realizado el día anterior, sentía que vivía en un déjà vu persistente. Vencido por la desidia, regresé al salón, y negligentemente abrí el libro que estaba leyendo, sólo para descubrir que releía una y otra vez las mismas líneas. Y luego un espacio en blanco, mi mirada fija en un punto indeterminado.

Había oído un murmullo: las últimas palabras que iba a oirle pronunciar a mi mujer, y a las que no había prestado atención.

—¿Qué? —me sorprendió mi propia voz, lanzada la pregunta de forma totalmente automática.

Mi mujer me miró intensamente un momento antes de volver a su lectura, moviendo la cabeza para indicarme que en realidad era irrelevante que la hubiese escuchado o no. Volví a posar los ojos sobre las palabras que había vuelto a leer sin que hubiesen hecho mella en mí, y noté el impulso de repetir mi pregunta, pero ese impulso inmediatamente cesó. En realidad no deseaba saber nada de lo que había dicho, en realidad no deseaba compartir nada, en realidad no esperaba más que hacer un poco de tiempo antes de hundirme en la oscuridad del sueño. Y por un momento pensé que ella también, y en lo absurdo que era que ambos estuviésemos representando un papel para el otro, conscientes de la máscara del otro, paralizados en nuestros respectivos roles: ofrecíamos una representación en la que éramos a la vez actores disfuncionales y espectadores aburridos. Y, desconcertado, me preguntaba cómo habíamos llegado a esa situación.

La cena transcurrió en silencio como tantas antes en medio de la coartada que nos ofrecía un intrascendente programa de televisión. Una hora después procedíamos a la revisión diaria final de nuestros respectivos correos electrónicos y de los mensajes de móvil, y luego nos dirigimos a la cama.

Estábamos a principios de junio, en esa época en que los días empezaban a ser calurosos pero las noches aún eran frescas, como si la temperatura obedeciera a un titubeo meteorológico pudoroso. Entre las sábanas, oía los ruidos cotidianos del cepillo de dientes y del agua del grifo del baño, poco antes del sonido del interruptor y de los pasos de mi mujer hasta que se tumbó a mi lado.

El sexo había desaparecido, como arrinconado al final de una lista de tareas necesarias pero incómodas. Algunas noches le dirigía unas desapasionadas caricias a los genitales, que no recibían más que un gesto de inconveniencia por respuesta y que no me provocaban más que cierto alivio nacido de una autojustificación. Aquella noche ni siquiera hice el intento.

Poco después noté cómo su respiración se hacía más pesada y se sometía a la cadencia del sueño. A mí me costaba dormir. Quedaban muy atrás los días en los que para dominar el insomnio me bastaba con tenerla a mi lado, respirando suavemente en la cama, calmándome, notando su presencia como una fuerza sanadora, las noches en las que la abrazaba al dormir, su espalda contra mi pecho, rodeándola y volviéndome una concha protectora, una barrera para ella que era un punto central y cálido en medio de lo incomprensible. Pero los años, como a todos, nos habían ido mermando, alejando progresivamente. ¿Y por qué? Porque el mundo, infaliblemente, demostraba ser inconexo, vulgar y equívoco, y en ese contexto nuestra vida no se había desarrollado con unos resultados muy diferentes.

Cuando por fin me quedé dormido, tuve el primero de la serie de sueños que me han empujado a escribir esta historia.

Me encontraba en el salón de mi casa. A pesar de que era de noche en el sueño, los objetos estaban perfilados con una nitidez extrema en la oscuridad, como los personajes de un cuadro de Caravaggio. Me encontraba frente a una ventana, cuando noté un movimiento a mi espalda. Al girarme, vi entrar majestuosamente al leopardo. Avanzaba suavemente sobre el parquet encerado del salón que reflejaba su imponente imagen, cada uno de sus movimientos reverberando con decenas de muertes potenciales, con alusiones de violencia estilizada e inmediata. Se detuvo junto a la mesa de pino japonés, y su presencia parecía volver aún más abstracto el mobiliario minimalista: sus pupilas como negros puntos de impacto, sus ojos de un antiquísimo misterio. Sentí un miedo atávico, imposible de explicar con palabras, antes de despertar.

A la mañana siguiente intentaría racionalizar el sueño, atribuyendo a una vaga sensación de vulnerabilidad y de subestimación personal el hecho de que en el mismo los ángulos de los objetos parecían ligeramente distorsionados, como si fuera otra vez un niño y por eso los muebles parecieran mayores, como desde el punto de vista de un observador acuclillado. No obstante, aquello no fue más que un detalle que perdería su importancia las noches sucesivas, cuando el sueño se volvió recurrente.

Con la invariabilidad de un axioma matemático, las imágenes se repitieron los días siguientes. Hasta ese momento no había considerado los sueños más que combinaciones aleatorias de recuerdos y fantasías, pero la sistematicidad de aquella serie me hacía pensar que no podía deberse a una mera casualidad. Despertar, asignar varias horas a un trabajo poco gratificante, regresar a casa, esperar, dormir y soñar: en aquella rutina las únicas constantes eran el aburrimiento cotidiano y la maravillosa figura felina que cada vez persistía un poco más a medida que en sus sucesivas apariciones era capaz de dominar por unos minutos adicionales el pánico que inundaba a mi yo del sueño.

Presa de una extraña inquietud, tenía la certeza de que aquel sueño contenía un mensaje o advertencia que no había sido capaz de interpretar adecuadamente.

Una de aquellas mañanas me quedé observando el cuerpo de mi mujer. La luz del día se colaba por las rendijas de la persiana de nuestro dormitorio, moteando su cuerpo desnudo sumergido en las sombras con manchas luminosas, haciéndola parecer la imagen en negativo del magnífico animal que me miraba fijamente en mis visiones oníricas.

Aquella semana fue irreal. Sólo repasando los hechos ahora me doy cuenta de que todos aquellos días y los posteriores mi mujer no pronunció una palabra. Y en sus apariciones de las noches sucesivas, las manchas del pelaje del leopardo me parecían cada vez más enigmáticas, una palpitante piedra de Rosetta que transcribía mi propio futuro inminente de la que aún me faltaba encontrar la clave con la que descifrarla.

A medida que el sueño se prolongaba, los movimientos del leopardo eran cada vez más agresivos: enseñaba los dientes, me arrinconaba como un cazador voluptuoso que no quisiera renunciar tan pronto al placer ocasionado por mi miedo.

La quinta noche lanzó sus garras sobre mí, como un niño hipertrofiado inconsciente de su propia fuerza, incapaz de evaluar el daño de los golpes que me propinaba.

Desperté, tachonado el cuerpo de golpes, subrayado de arañazos. El ruido del despertador me alcanzó en medio de unas preguntas sin respuesta. ¿Se trataba de una reacción psicosomática a la intensidad de mis sueños? ¿Inconscientemente me había autolesionado mientras dormía para identificarme con el protagonista de mi pesadilla? O, la más inquietante, ¿acaso mi mujer se vengaba en mi cuerpo dormido del peso de lo cotidiano, me castigaba por mi impotencia, por mi incapacidad para regenerar nuestro vínculo que se desintegraba?

No alcancé ninguna resolución, los hechos se precipitaron. Aquel primer domingo, tras un fin de semana marcado por la abulia del acuerdo tácito entre mi mujer y yo para obviar las exigencias sociales que nos imponían los conocidos comunes, soñé de nuevo.

El leopardo me miraba intensamente. Abrió su poderosa mandíbula en un rugido, pero ningún sonido brotó de su oscura garganta. Aterrado, giré sobre mí mismo. La ventana parecía más alejada de lo que estaba en la vida real, pero aun así una fuerza inesperada me propulsó a través de ella, precipitándome a la noche entre esquirlas que me rasgaban las extremidades y la cara. Caí sobre un coche aparcado, y como si mi peso se hubiese multiplicado, su techo se hundió completamente bajo mi cuerpo agazapado, los parabrisas y las ventanillas estallaron, rodeándome de una alfombra enjoyada bajo la luz de las farolas.

Huí del vehículo devastado sin importarme la dirección. Corrí por calles apiladas en un calidoscopio de recuerdos de la infancia y de los días inmediatamente anteriores, hasta que llegué a un centro comercial abandonado. La puerta estaba flanqueada por una tienda de ropa y un banco, y sus escaparates encajonaban la entrada de manera que parecía la versión actualizada de una cueva. Desde la oscuridad, los maniquíes de la tienda de modas parecían admirar mi lustrosa piel mientras me acercaba despacio a las puertas de cristal. Permanecía hipnotizado ante mi propio reflejo, y tras reconocerme eché a correr por las calles desiertas mientras mi conciencia se diluía: me volví un vector de fuerza, una imponente masa de voluntad en movimiento.

En mis sueños, yo también era un leopardo.

***

Así transcurrió casi otra semana. En comparación con mi existencia cotidiana, las noches en las que una y otra vez me convertía en un leopardo parecían más reales que mi propia vida. Por unas horas exploraba la ciudad soñada, dueño de cuanto me rodeaba. Apartaba la insatisfacción que mientras estaba despierto parecía inundarme como si fuera leucemia.

Cada día vibraba al despertar con la revelación que me suponía siempre el último sueño. Sentía que aquel animal poco a poco me iba absorbiendo, pero no hacía nada por rechazarlo: al contrario, me deslizaba por una espiral autocomplaciente.

Un viernes por la mañana, sólo semiconscientemente, lamía las heridas de mis nudillos producto de la carrera nocturna, satisfecho por el sabor de cobre en mi lengua. Notaba imbricada en mis músculos la potencia predadora del animal en el que me había transmutado en sueños. Me sentía invulnerable, y mientras tomaba un café escuchaba el sonido del agua de la ducha que parecía susurrarme una proposición, que me incitaba avisándome de que dentro de él el cuerpo hermoso y húmedo de mi mujer me esperaba, me pedía que lo tomase sin ceremonias; presa del deseo, notaba toda mi agresividad enfocada en mi pene erecto, en mis dedos que se flexionaban mecánicamente como para liberar unas garras retráctiles.

Silenciosamente, desnudo y medio agazapado, caminé hacia el cuarto de baño en el momento en el que el agua dejó de sonar. Me acerqué a la puerta como intentando olisquear los aromas de hembra, la grasa del cuero cabelludo, el flujo de la vagina, el microscópico sudor de las axilas. En ese momento la puerta se abrió, mi mujer estaba ya envuelta en una toalla. Se detuvo bruscamente, como sorprendida de que hubiese alguien más en la casa, y a la vez preparada para defenderse de la agresividad que intuía que recorría mi cuerpo. Bajó los ojos hasta mi erección, y volvió a mirarme sin decir una palabra, con un signo interrogativo en las pupilas. Inmediata e incomprensiblemente me sentí avergonzado, como si me hubiese descubierto masturbándome sobre su ropa interior. Incómodo ante ella, coincidimos en el vano de la puerta apartándonos la mirada, luego cerré y dejé correr el agua. Escuché los sonidos de un vestir apresurado, y poco después el de unas llaves y otra puerta que se cerraba. Al cortar el chorro del agua noté mi propio olor corporal, la acritud de unos tres días sin lavarme, que me pareció intensamente erótico, un halo de reafirmación del yo. Decidí no ducharme. Me vestí despacio, retrasando el momento de reincorporarme a otra jornada más de trabajo.

En el coche me rondaron fantasías de violencia sexual hasta que aparqué en el garaje subterráneo de las oficinas en las que trabajo. Coincidí allí con Patricia, una compañera con la que años atrás había tenido una frustrante relación. Intercambiamos un par de frases intrascendentes y tomamos el ascensor. Dentro, ambos nos acercamos simultáneamente a pulsar el botón del piso séptimo, y nuestras caras estuvieron a punto de rozarse. Se quedó paralizada. Percibí su perfume, el mismo de tanto tiempo atrás, que invocó imágenes fantasma del pasado, espectros eróticos que aún permanecían ocultos en mi memoria. A medida que ascendíamos, con ese opresivo mutismo de los desconocidos —porque eso era en lo que nos habíamos convertido tras nuestra separación— forzados a compartir un espacio reducido, subrayado por el silencio que yo había adoptado fuera de casa como un eco del de mi esposa. La veía sutilmente inquieta, observándome, vigilándome más bien, pendiente de su visión periférica. Podría ser por mi infracción de las normas sociales que provocaba el ligero hedor que desprendía mi piel, pero tuve la certeza de que se debía a algo más: a mi renovada presencia física, a mis rasgos que a un nivel subcutáneo traslucían ahora la tensión de un depredador. Casi la sentí suspirar aliviada cuando las puertas se abrieron.

Aquel día la mañana se arrastró con la lentitud de un cáncer. No lograba desprenderme de la frustración sensual que me había dejado la escena del ascensor. Abstraído, miraba la pantalla frente a mí sin prestarle atención. Seguía pensando en Patricia, evitando cuidadosamente mirarla pero notando como si un hilo tenso me ligara a ella. El menor de sus movimientos, el ruido del roce de su ropa, los retazos que me llegaban de sus conversaciones con otros compañeros del despacho, hacían vibrar esa cuerda directamente hasta mi espina dorsal.

Cuando salí de ese estado de trance irritado comprobé que mi jefa estaba delante de mí, con la mirada de quien espera una respuesta. Sus muestras de impaciencia sólo recrudecían mi estado de ánimo. No sabía cuánto tiempo llevaba mirándome, pero creía tener una vaga noción de lo que me había pedido.

—Sí, en seguida…

No escuchó mi respuesta: su mirada estaba detenida en el brazo de mi silla, donde sin darme cuenta había estado rascando la superficie hasta deshilachar la tela azul celeste, los hilos se habían enredado con las puntas de mis uñas rotas. Murmuré una disculpa y me deslicé hasta los servicios.

El calor del aire acondicionado estropeado era en el estrecho pasillo mal iluminado aún más intenso. Después de dejar correr el agua y remojarme la cara, frente al espejo buscaba algún indicio que delatase mis transformaciones nocturnas, convencido de que quienes me rodeaban no podían dejar pasar inadvertido mi secreto. Notaba una intensa opresión, como si la camisa se hubiera vuelto de cuero mojado y los pliegues se hubiesen contraído. Tiré violentamente de la toalla de papel que asomaba de la ranura de plástico, desgarrándola, convirtiéndola en un perfil dentado con cuatro surcos; y mi mal humor de disipó, como si fuera un crío que por fin ha aprendido un vistoso truco para mostrar a las visitas.

Sonreía reconfortado cuando al salir volví a coincidir con Patricia, en ese mismo pasillo, con la luz que tamizaban las puertas esmeriladas de los baños, en ese calor denso que parecía querer presentarse como el sucedáneo de un ambiente selvático. De nuevo se quedó paralizada; y en un instante tomé conciencia de mi propio tamaño, de cómo podía abarcarla —de cómo la había abarcado una vez— y rodearla con mi propia masa, y de mi propia fuerza frente a la que ella era totalmente vulnerable: magnificada mi propia imagen, Patricia parecía un ser pequeño, su cabello castaño el pelaje de algún mamífero herbívoro, toda ella poco más que carne y oquedades y sangre. Intentó avanzar, pero como el resorte de un cepo mi brazo le interceptó el paso, bañado del acre sudor axilar, como una barrera, pero no tanto una barrera física como una barrera psicológica: el gatillo que dispara el atavismo de la sumisión al macho. Así de bestial, perfectamente amoral. Notaba su miedo, y a la vez su fascinación, sus ojos clavados en mis nudillos lacerados, sangrando de nuevo por la presión que ejercía sobre el endeble tabique. El ritmo de su respiración se incrementó bajo mi mirada, y como si de nuevo soñase mi mano, mi garra, ascendió para tocar su boca, esos labios en los que quería clavar mis dientes. Y con la contundencia de un fogonazo, noté la presencia de uno de nuestros compañeros en la entrada del pasillo, mirándonos incómodo por lo que oscuramente intuía que estaba ocurriendo. Igual que el reflujo de una marea, mi yo leopardo se replegó sobre sí mismo. Patricia pasó apresuradamente a mi lado, consciente de que acababa de escapar de una agresión ritual.

Devuelto a mi yo cotidiano, comprendí que debía alejarme de allí por un tiempo. Acto seguido, le pedí a mi jefa dos semanas de vacaciones. Me las concedió sin hacer preguntas: desde que me había transformado, la sentía incómoda en mi presencia, como vagamente consciente de las difusas fantasías sexuales en las que la envolvía.

Todo mi yo estaba cambiando, de una manera que no entendía del todo pero que se me hacía patente que no tenía vuelta atrás. Y me sentía más que dispuesto a hundirme en lo que pudiera llegar a ser, decidido a despojarme a cualquier precio de la anestesia en la que hasta entonces me parecía que había vivido.

***

Relevado de aquella actividad inconsecuente dedicaba el tiempo a explorar mi recién adquirida capacidad proteica. El día lo pasaba solo en casa, caminando en círculos, sintiéndome una fiera enjaulada, fumando e incapaz de completar ninguna de las actividades que iniciaba: aquellas horas no eran más que una fase de transición. Por el contrario, mientras soñaba me sentía vivo y completo, revestido de una magnificencia carnívora.

Sólo dos presencias empañaban aquel estado como cabos sueltos de un relato. Una era la de mi mujer cada atardecer tras su jornada laboral. La otra era la del segundo leopardo, aquel que los primeros días me había dirigido hacia mi conversión y que luego había quedado relegado a un segundo plano.

En cuanto a mi mujer, casi nada parecía haber cambiado, por mucho que su ceguera ante mi metamorfosis me resultara exasperante. Cuando llegaba a casa mi silencio se hacía aún más hosco. Aquella apatía no era más que el resultado de algún mecanismo inevitable de las relaciones de pareja, que no tenía un responsable claro, pero eso no significaba que yo no buscase un culpable. Sin dudarlo la acusaba por omisión, me soliviantaba lo que no interpretaba más que como una actitud pasivo-agresiva hacia mí, sólo para asistir invariablemente al hecho de culparme a mí mismo: veía desperdigados los fragmentos de nuestra comunicación esparcidos ante mí y me sentía como un retrasado incapaz de recomponer las piezas en un todo que nos liberase de aquella espiral de falsa infracción y auténtica compasión.

En cuanto al otro leopardo, las noches las pasé buscando deliberadamente una confrontación. En sueños recorría las calles intentando percibir su olor, hasta que intuí que debía volver a mi casa, al punto en el que se había originado todo, para reencontrarlo.

En las primeras ocasiones los enfrentamientos fueron una especie de cortejo velado. Varias veces trepé clavando las uñas en los ladrillos hasta alcanzar el primer piso en el que vivía, sólo para descubrirlo acostado como una trampa paciente, expectante ante el final inminente. Entonces nos enzarzábamos en un duelo de dominación, intercambiando mordiscos y desgarros. Y en aquellas ordalías con el otro leopardo me volvía perfecto, olvidado de las decenas de pequeñas humillaciones diurnas.

Cada mañana me encontraba señalado con el resultado de aquellas luchas ceremoniales, atesorada cada marca como un secreto exclusivo que no quería desvelar a mi mujer, quien observaba mi cuerpo con la mirada de quien lee un idioma que no comprende.

O, al menos, en ese momento yo pensaba que no podía comprenderlo.

Lo que voy a narrar ocurrió hace poco más de una semana, antes de la noche en la que el enfrentamiento con el otro leopardo llegó a su fin.

Había estado deambulando por la ciudad, caminando hacia mi casa con pasos amortiguados sobre asfalto y losetas, bebiendo de fuentes de parques públicos, marcando mi territorio en contenedores y semáforos.

Me encaramé de nuevo a la ventana que daba a mi salón, sacudido por la excitación. El otro leopardo me esperaba, y por primera vez me percaté de que su olor era inconfundiblemente femenino. Gruñó al verme entrar. A medida que me acercaba a ella descubría más los colmillos, cuando la olisqueé se incorporó, rugió y me alcanzó la cara con su garra. Inmediatamente me abalancé sobre ella, le apresé el cuello con la mandíbula forzándola a agazaparse, presionándola contra el suelo hasta que dejó de arañarme el costado. Seguimos intercambiando golpes hasta que me situé tras ella, comprobando que aquella lucha desembocaba en una violación en la que ambos estábamos colaborando. Me hundí en su cuerpo, me aferré a ella clavando las uñas en su poderosa musculatura, con mi peso la aplasté contra la pared en el momento en el que semierguida comenzó a marcar el yeso de profundos surcos, símbolos verticales de nuestro ascenso en ese momento extático en el que los planos de la conciencia y de la experiencia física se fundían en uno indistinguible, hasta que todo culminó en el rugido que me dejó reducido al vibrar de mi garganta que se extendía siguiendo el trazado de mis tendones mientras me derramaba en su interior.

Desperté de nuevo con el olor de la sangre sobre mi piel. A mi lado la cama estaba vacía. Me levanté y me dirigí al salón.

Amanecía, y mi mujer estaba frente a la ventana, desnuda, recibiendo los primeros rayos del sol sobre las marcas de los arañazos grabadas en sus senos, indiferente a las miradas de la gente que abajo en la calle caminaba hacia su trabajo. La mano derecha la tenía apoyada sobre el cristal, y con las uñas arañaba suavemente la superficie de vidrio, manchándolo ligeramente con la mucosa de sus yemas despellejadas. Su mirada estaba perdida como quien inconscientemente tararea una canción, y en su cara se insinuaba una sonrisa de reconciliación. Se giró y aquella sonrisa se ensanchó. De camino al cuarto pasó a mi lado y con el dorso de la mano lacerada me acarició la mejilla.

Aquel gesto, y la mirada que nos cruzamos, parecieron detener el tiempo con su revelación, dejándome en un estado de estupor que hizo que los minutos transcurridos hasta su marcha, hasta verla caminar a través de la misma ventana a la que momentos antes se había asomado, pasaran como si aún no hubiese despertado.

Durante aquel periodo ella me había estado guiando.

Ella era el otro leopardo.

***

Poco a poco nos desprendimos del peso de nuestra convivencia real. Por el día caminaba por la ciudad buscando retazos del mundo onírico en el que vivía plenamente mientras esperaba la puesta de sol, y ella se preparaba para abandonarme. No podía ser de otra manera, porque nuestros cuerpos reales ya no importaban, no eran más que receptáculos que cobijaban nuestras transfiguraciones nocturnas, infinitamente más verdaderas. Por las noches cenábamos en silencio, pero ya no se trataba de esa ausencia de sonido teñida de una recriminación latente, sino un suave preámbulo de lo que venía después, el sueño de frenéticas cópulas compartidas. Disfrutábamos de esa anticipación sin ansiedad, como los dos amantes que se conocen desde hace años que éramos.

La última tarde, ayer cuando volví a casa, encontré en el salón sus maletas, el mínimo imprescindible de posesiones necesarias para una nueva etapa de su vida en la que yo no tenía cabida. Había comprendido su cambio, el mismo en el que yo me hallaba inmerso, y sabía que ambos debíamos explorarlo en solitario. No había habido rencor en esas últimas semanas, y comprendí que no había dejado de amarme, que su silencio había sido una pausa vital, como un encierro de crisálida del que ahora despertaba. En un instante perfecto nos sonreímos y quedamos perdonados.

Al anochecer, antes de meterme en la cama, me detuve a mirarla, para fijar en mi memoria la última imagen que sabía tendría de ella, con su firme renuncia y su belleza engastadas en la penumbra del cuarto que dejaba de ser nuestro. Y me sonreía, me sonreía con tristeza, pero con una tristeza teñida de afecto. La besé suavemente en la frente antes de tumbarme a su lado; inesperadamente, creí notar otra vez aquella fuerza benévola emanando de su cuerpo, tan lejana, de una calidez sobrecogedora, que casi parecía una onda física que me traspasase; temblé, porque por un momento deseé retenerla, apretarla hasta hundirla en mi cuerpo como los leopardos de nuestro sueño compartido, apresarla como si con la mera fuerza de mis brazos pudiera borrar la distancia inestimable de nuestro adiós; una irrenunciable y humana esperanza buscaba traicionarme, romper esa despedida perfecta para luego, de esto estaba seguro, volver a encerrarnos en la inercia que nos había atrapado en la vigilia. Pero una faceta de mí ya no era del todo humana. Con un hueco dolor, el de la aceptación de lo inevitable, respiré profunda y rítmicamente para convocar el sueño lo antes posible.

La auténtica despedida llegó en el sueño de anoche, engalanada de una frenética exaltación física. En cuerpos lustrosos corrimos enloquecidos por la ciudad solitaria. Corrimos por calles asfaltadas, saltando sobre coches estacionados a los que marcábamos con nuestras garras, una escritura cuneiforme que con palabras indelebles proclamaba nuestra euforia. Embestimos con la potencia de nuestra sangre escaparates y contenedores, puertas y alambradas, marcando de cicatrices ceremoniales nuestras pieles recamadas, las manchas negras de nuestro pelaje como una relación de vacíos de los que debíamos desprendernos. Orinamos en parques en los que nuestro rugido replegaba cualquier posible presencia opositora, las inminentes pero en ese momento insignificantes amenazas del día. Nos volvimos todo músculo y jadeos y fuerza, baba y vectores de deseo, señores indiscutibles de nuestra existencia. Y nos enzarzamos en el combate ritual del entrechocar de lo masculino y lo femenino, fundiéndonos, renovándonos, desapareciendo y emergiendo una y otra vez como una bestia polimorfa, intersección confusa de ella y yo, de zarpas y labios, colmillos y dedos, de nuestros cuerpos fantásticos felinos y nuestros cuerpos igual de fantásticos humanos, en el filo del ensueño y el despertar porque era a la vez el leopardo y mi mujer, a la que sólo había recuperado dejándola marchar. Y la ciudad soñada que nos rodeaba se fue tiñendo de las luces del amanecer, bautizada del rocío del sudor, el coral de la sangre, el nácar del semen, vibrante de rugidos agónicos y argénteos.

Esta mañana al despertar estaba solo entre las sábanas hechas jirones, mi cuerpo sembrado de hematomas y cortes. Sabía que mi mujer no estaba ya en casa. Ahogué el impulso de buscarla, porque comprendí que ya no la encontraría, no aquí. Nuestro tiempo compartido en esta faceta de la realidad, la vigilia, ya se había agotado. Pero supe también que sólo debía esperar a la noche, hasta la cópula con ese magnífico ser de terciopelo oro y negro, para reunirme con ella definitivamente.

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