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Llámame Jack… ‹ Relatos Bluetales

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Llámame Jack…

por Relato finalista

De: customer.support.879465@amazon.com
Para: c.a.r.l_was_here@hotmail.com
Asunto: Retraso en entrega

Estimado cliente:

Lamentamos ponernos en contacto con usted para informarle de un inconveniente en la entrega del producto que nos ha solicitado con número de registro 27458963HZD. Rogamos disculpe la demora y nos ponemos a su disposición para bla, bla, bla, bla… lo de siempre, ya sabes. Si esperabas un mensaje con una sarta de frustrantes disculpas y excusas de un operario incompetente te informo que te he librado de ese puto rollo. Como habrás supuesto este mensaje no pertenece a tu proveedor favorito y yo no soy ese atento operador que va a dilatar la solución a tu incidencia. Sólo soy una pequeña interferencia, un intruso que se ha colado en tu sistema. También soy el que te acaba de cortar tu conexión, lo siento. Es algo temporal, en dos pequeños pasos te lo soluciono. Pasa el puntero lentamente sobre el icono de «Impresora», ese viejo fósil que sólo usas para descargarte de vez en cuando unos relatos decadentes. A continuación, pincha este mensaje y pulsa el icono «Borrar». Fácil, ¿no? Bien, ahora estamos a solas, no nos mira nadie. Son unas pequeñas medidas de seguridad mutua, como habrás adivinado no quiero que nadie se entere de este pequeño allanamiento digital (por Amazon no nos tenemos que preocupar, ni se habrán enterado de que he intervenido uno de sus servidores). Calma, ahora simplemente tendrás que esperar unos veinte minutillos y podrás volver a conectarte a la red. Vaya, precisamente el tiempo justo para leer estos siete folios que has impreso. Si me prestas este pequeño tiempo de atención quizá hasta me lo agradezcas al final. Adelante, sin miedo, salta al siguiente párrafo y te explicaré las preguntas que ya te estarás haciendo.

Pregunta uno: ¿Quién cojones soy? No quiero parecer maleducado pero no me voy a presentar; no te pierdes nada, es probable que nunca me conozcas. No existo salvo para mí mismo. Para ti, ahora mismo, sólo represento un inquieto cursor deslizándose en un documento de texto, un parpadeo de hertzios en tu monitor de quince pulgadas y una secuencia de unos y ceros que hace medio minuto fluían por un cableado de cobre. No busco compañía, si es que pensabas que era un acosador (aunque en cierto modo lo soy). De acuerdo, si te gusta la formalidad me presentaré. Puedes llamarme Jack, Joey, Jackie, Johanna, Jimmy, Jebadiah, Jean Pierre o lo que te plazca. No intentes mirarme a los ojos ni darme la mano, ni siquiera tengo alias ni icono virtual al que dirigirte. Mi mejor referencia es mi anonimato. La información es mi vocabulario. La mentira es mi idioma, pronto lo descubrirás. ¿Soy un pirata informático? Negativo, destruir y saquear sistemas pertenece a otra época, a cuando gateaba en pañales. ¿Hacker? No trabajo para mejorar la seguridad de las corporaciones, bastante tengo protegiéndome de ellas. ¿Cazatalentos? El único cerebro que me interesa es el mío. Simplemente soy un profesional liberal, un jodido intermediario. Soy el maldito genio de la lámpara, si quieres algo, lo hago posible; cuidado con lo que deseas, dicen, pero ese no es mi problema. No me has llamado pero me necesitas. Estamos tú y yo (perdona que te tutee), solucionando tu futuro en un trato sin papeles ni apretón de manos. ¿No es emocionante?

Segunda duda: ¿Qué pretendo hacer? Replanteemos la pregunta: ¿qué pretendo hacer por ti? Te voy a ayudar. Aunque no lo sepas, aunque en el fondo no quieras. Porque ni tú mismo sabes que me necesitas. Vamos a resolver esta paradoja. Tengo ventaja. Yo sé muchas cosas, quizá demasiadas, incluso algunas que ni siquiera tú conoces. Hace un tiempo me llamaste la atención. Mientras vagabundeaba en mi base de datos, en el depósito/vertedero/estercolero de información clasificada que recolecto de aquí y allá de las grandes corporaciones, me topé con tu figura. Voy a intentar describirte. Alto e inseguro. Moreno (este mes, el anterior tenías mechas marrones) y solitario (tres relaciones fallidas en el último año, todas compañeras de trabajo, lo entiendo). Graduado con honores en todas las putas disciplinas en las que te hayan examinado (rectifico, en Voleibol eras una calamidad) y con alergia a cualquier cosa que tenga pétalos o que salte de flor en flor. Licencia de conducir caducada (no te hace falta, chofer y Lexus de empresa) desde hace dos años. Esta es sólo una pequeña muestra, ¿te reconoces?, ¿quieres más? He confeccionado un dossier tan completo con el que, si yo fuera un puto dios, te moldearía como una réplica con este montón de bits. Te conozco mejor que tu espejo. Perdóname, me he entretenido y eso que quería ser breve. Volvamos a la pregunta original: ¿qué pretendo hacer? Extraerte de tu corporación e insertarte en otra; como un tallo se trasplanta de una maceta a otra. Pum, así de fácil. Aunque para eso has de completar mi elaborado test de admisión tachando una respuesta:

a) No quiero.

b) Me lo tengo que pensar.

c) Es imposible.

Si tu respuesta es a), lamento comunicarte que estás perdiendo el tiempo leyendo esto, rompe estas hojas, caliéntate el sándwich de pollo para cenar, sigue reclamando a Amazon y acuéstate pronto para que te levantes descansado; te estás engañando a ti mismo, ¡Hasta nunca! Si has tachado la respuesta b), me estás haciendo perder el tiempo, para mí pensamiento y acción son todo uno, la indecisión me produce urticaria, la duda es el ayer y el ayer son los dinosaurios. Este mensaje ha nacido muerto (no te molestes en esperar a que se autodestruya). NO ME VALES, OLVÍDAME.

Si has elegido la opción c), enhorabuena, al menos te has interesado. Por curiosidad leerás estás páginas y estarás toda la noche sin dormir. Es lógico, si estuvieras seguro y con la voluntad de cambiar de aires ya estarías fuera hace tiempo.

Pregunta tres: ¿Cómo coño sabes que quiero salir de mi compañía? Ya te lo he dicho, oigo y veo cosas. No soy un vidente, lo que tengo es acceso clandestino a ciertas puertas traseras en vuestros sistemas y a una red de contactos que me suministra esa información. No me escondo (en sentido figurado, en realidad sí me escondo, mi cabeza y lo que hay dentro de ella vale mucho dinero), me gano muy bien la vida trasteando con la información corporativa. Nadie, con absoluta rotundidad, sabe quién soy. Soy un mal necesario. Puedo ser un excéntrico universitario aislado que tiene su bunker informático en el garaje de su casa. O una fugitiva millonaria que ha preparado este correo mientras un modelo de Hugo Boss le hacía un masaje tántrico en su ático de los Alpes. Incluso puedo estar trabajando dentro de tu misma compañía y cruzarte conmigo en el ascensor todos los días. Tengo una doble, triple o elevada al cubo vida. Soy el mejor hombre/mujer que se puede encargar de este cometido. Lo siento, es un defecto, me encanta hablar de mí. Pero volvamos contigo. Te estarás preguntando: «si yo no le he dicho a nadie que quiero abandonar la compañía». Por esa razón soy el mejor, porque detecto las pistas, las señales de alerta. Conozco las evaluaciones de tus superiores, los informes de los psicólogos corporativos describiendo tus alteraciones de conducta, los rumores de pasillo e incluso tus cuchicheos con prostitutas de 1.000 dólares la noche. Quieres abandonar y esa voluntad reprimida palpita en las discusiones con tus coordinadores, en la frustración por no progresar en la jerarquía, en esos menosprecios a tus triunfos. Aquí tengo unas cuantas anotaciones confidenciales de tu propio psicólogo: «indeciso patológico…», «emocionalmente inmaduro…», «perseverante en sus ideas pero desordenado en sus exposiciones…», «ambiguo en la confianza con la gente más cercana…», «inseguro, irascible…» ¿Seguro que el buen doctor no te había transmitido nada de esto? Lo adivino, buenas palabras, una receta de Prozac y 200 dólares la hora. Para ti, la rutina de volver a la consulta dos veces por semanas. Para el loquero, un cliente enganchado y una información valiosísima para vender. Toda esta información (y mucha otra que ni te imaginas, grabaciones de seguridad, registros bancarios…) está disponible para el que esté interesado en comerciar, gente tan indeseable como las corporaciones o tan respetable como mi persona. Tú dirás: «¿y la confidencialidad, el secreto profesional, el derecho a la intimidad… (te preguntas enojado y furioso)?» Déjame susurrarte una cosa: los secretos no existen. Desde las charlas informales con tu abogado hasta las confidencias etílicas con la camarera de un karaoke. Todo se subasta. Nuestra sociedad es un gran bazar. Consígueme la radiografía del tumor cerebral que oculta uno de mis consejeros y te detallaré los encuentros sexuales que tiene tu mujer cada lunes, miércoles y jueves en el Hotel Plaza. Préstame los movimientos bancarios de tus clientes y te cedo un puesto en el consejo de administración de cuatro grandes corporaciones. Déjame acceder a la lista de llamadas del teléfono X del despacho N perteneciente al señor Q y yo te invitaré a una cena para presentarte al señor U. Así orbita nuestro planeta. Todo el mundo posee algo, todo el mundo sabe algo de alguien y le pone un precio. Una compra con Visa en Singapur es monitorizada por un hacker escandinavo, volcada en un servidor birmano (bueno, de Myan-nosequé, como quiera que se llame ese país), decodificada por un chaval de dieciséis años de Utica, Kansas, quien vende los datos limpios a unos intermediarios chilenos que localizan la corporación en la que trabaja el turista. Cuando el incauto italiano aterrice de su viaje de negocios en el aeropuerto de Milán y compre unos deliciosos bombones para su mujer y su hija adolescente, ni se imagina que el lunes sea llamado al despacho del director general y tenga que dar explicaciones por la compra de un DVD pornográfico con menores desnudos. El acuerdo de rescisión es rápido y no hay que dar cuenta del escándalo a la fiscalía. Su compañero Paolo, por unos 125.000 euros, ha comprado su propio ascenso en el gran mercado negro virtual. Espabila amigo, todo lo que hacemos, todo lo que deja rastro, todo lo que hablamos y hacemos, está ahí arriba (o al lado, o ahí dentro, donde quiera que estés mirando). Los espías de novela no existen, son gente como tú o como tu musculoso profesor de natación. Y como yo, pero eso es evidente. El mérito está en saber qué información es valiosa y cómo detectarla. Y para eso (puedo ser repetitivo, sí), yo soy el mejor. Lo sé, puedo parecer arrogante, pero qué le vamos a hacer, la mayoría ha nacido para servir pero yo me gano la vida sirviéndome de los demás. Ya te he aclarado un poco tu empañado cristal de la realidad, vamos con lo que de verdad importa.

Cuarta y trascendental pregunta: ¿Cómo me sacarás de la compañía? Lo primero que tienes que saber es que no tienes ni puta idea. Y es cierto, no te rías. El asunto es serio y peligroso trabajando en los más altos niveles de seguridad corporativo. Cambiar de empleo no se parece en nada a publicar tu currículo en un anuncio de 25 dólares por semana en los más populares portales de empleo y 30 más si te publican en un periódico de tirada nacional. Eres un activo (y muy valioso) de tu compañía, ¿crees que te van a regalar porque tú quieras? Tampoco puedes renunciar de forma repentina: imagina a una guardia pretoriana de abogados de la compañía asfixiándote literalmente con cláusulas incomprensibles. Puedes decir «por las malas, cojo las llaves y me largo de aquí». Ja, ja, ja, buen chiste. O puedes enfadarte, amenazarlos y chantajearlos con revelar o vender datos clasificados de tu trabajo. Hazlo. Venga, hazlo, agita un poco el gran roble. Déjame explicarte la puñetera verdad. Trabajas en una de las dos mayores corporaciones de videojuegos del planeta, tu compañía, yo la llamo la «Gran N» (es una manía, odio hacerla publicidad incluso en un puto mail privado), te contrató en exclusiva para su secretísimo departamento de Física Nuclear (todavía me maravillo de la expansión y el poder de esta industria, cuando hace apenas unas décadas eran cuatro máquinas de arcade en cualquier barrio de la periferia). Ya sabemos que estás frustrado y sin expectativas de mejora. Quieres irte. Quieres presionar a un gigante implantado casi hasta en Groenlandia. Tienes derechos, claro que sí. Pero la compañía los puede borrar de un plumazo. Vives en una jaula de oro, en una ciudad corporativa, con medicina corporativa, seguridad corporativa, entretenimiento corporativo y felicidad corporativa. Fortificada y vigilada desde el primer centímetro hasta el último segundo del día. Las compañías tienen su propia jurisdicción y ni los jueces ni la policía quieren dolores de cabeza con los colosos corporativos. Si les creas un inconveniente te sacudirán apretando las condiciones de tu contrato. Te devaluarán, suprimirán tus privilegios y hasta bloquearán tus cuentas y propiedades. Si tu desafío es más serio las medidas son infinitamente más contundentes. Amenazas, presión psicológica y, finalmente, eliminación sutil. Para eso se inventó el estrés. Sirve igual para apartar e incapacitar a una persona que como coartada para justificar infartos, suicidios y desapariciones sospechosas. El «estrés» es la causa de fallecimiento más común entre altos directivos. Pero dime, que venga un puto médico y me señale a qué puto órgano afecta eso del estrés. Las compañías pueden hacerlo (el matar impunemente y todo eso, por si no me he explicado bien) con facilidad y sin obstáculos. Todo por cuadrar las cuentas. Ve, corre, cuéntale a tu superior tus problemas. Será comprensivo y te escuchará; ya sabes que apuntará todo lo que le digas. O puedes seguir igual, siguiendo la corriente y esperando alguna oportunidad de mejora laboral… o puedes seguir leyendo. Así me gusta. Tenemos claro lo que queremos: «quiero salir de mi corporación pero sin ningún perjuicio».

Te tengo que confesar un secreto: no puedo decirte cómo vas a salir. Qué decepción, ¿eh? Comprenderás que si me he tomado tantas molestias, si he accedido a ti de forma clandestina, no voy a exponer abiertamente la parte más crucial del plan. No me fío de nadie. Y tú me replicarás: ya, pero estaría loco si me comprometo a ciegas en algo tan peligroso. Mensaje captado, por eso voy a mostrarte cómo trabajo. Te diré un nombre: Alfred Corrigan, A.C. para sus viejos amigos (incluido tú), una eminencia en Biología Molecular (otro super-departamento-ultrasecreto de la Gran N, vale, no haré más comentarios, Game Over), a quien no has visto desde hace siete meses. Accedí a él porque un contacto me transmitió que estaba enfrentado a los directivos de la compañía por oponerse a la manipulación y venta de sus investigaciones a gobiernos corruptos… ya sabes, la frontera entre progreso y crimen es a veces muy difusa. Deseaba (no, necesitaba) abandonar. Estaba tan seguro de su voluntad como de los riesgos. No era la primera vez que yo extraía a un científico de la Gran N, pero nunca a alguien de su nivel de seguridad. Y no era él solo, también su familia. Pero lo logré. Y la compañía (porque lo sé) os transmitió que, por problemas personales, A.C. había pedido el traslado a las oficinas de Tampa, Florida. Perdónaselo, una mentira piadosa para ocultar la repentina desaparición de uno de sus científicos más valiosos y su pase a la competencia. «¿Cómo lo sacaste?» Te lo voy a explicar con un resumen del seguimiento de seguridad que se hace a cada empleado. Era el día 7 de Noviembre y a las…

8:46: se abre la puerta del garaje de la residencia Corrigan. Salen los dos coches familiares, uno conducido por Alfred Corrigan y otro por su mujer Susan Corrigan, acompañada de los gemelos Trevor y Mandy.

9:13: el coche de Alfred Corrigan accede al edificio de 78AG de la compañía (Nota: es el nombre en clave del rascacielos que ves a la derecha de tu despacho).

9:46: Susan Corrigan accede a su ascensor personal del colegio 991 de la compañía (Nota: Susan es la directora de uno de los principales colegios exclusivos de educación de la corporación, donde también estudian sus hijos). Veinte minutos de retraso por un atasco de tráfico.

9:53: Susan Corrigan ejecuta el programa de «Tutoría a distancia» en su sistema.

9:45: los gemelos Trevor y Mandy Corrigan son registrados como visitantes en la excursión a la exposición de «Historia de la corporación» junto al resto de su clase.

10:17: Alfred Corrigan hace uso de su protocolo de seguridad para acceder a la primera reunión de trabajo de su departamento.

11:23: el sistema de Alfred Corrigan inicia su rutina del programa de trabajo de su laboratorio.

13:37: Alfred Corrigan accede a los sistemas de sus cuentas bancarias.

15:45: el autobús de la excursión regresa al colegio, se registra la salida de los gemelos Trevor y Mandy Corrigan.

16:43: los sistemas de trabajo de Susan Corrigan son desconectados.

16:57: Susan Corrigan abandona en coche el edificio del colegio.

17:32: Alfred Corrigan ejecuta el programa corporativo de Proyectos.

17:36: el coche de Susan Corrigan accede a la vivienda familiar.

19:33: se registra que los sistemas de trabajo de Alfred Corrigan siguen activos a pesar de superar el horario de trabajo. Irrelevante, rutina habitual en el 87% de los días de los últimos meses.

03:59: se hace constar que el vehículo personal de Alfred Corrigan no ha salido de su plaza de garaje. Se procede a realizar inspección presencial de su puesto de trabajo.

Bien, nada anormal en los registros. Un día convencional; A.C. acude a su trabajo y se queda hasta tarde, los niños tienen una excursión en el cole y su madre, que es la directora, ocupa la mañana haciendo tutorías y regresa por la tarde a casa con los críos. Pero algo ha pasado entre esos minutos tan bien anotados por los vigilantes empleados de seguridad: Susan salió temprano hacia el trabajo con sus hijos pero se ha topado con un «inesperado atasco», media hora que mi equipo ha aprovechado para sustituir a Susan por otra persona y llevar a ella y a los niños a un lugar seguro. Susan es suplantada por otra mujer, una experta de lo que yo llamo «ventrílocuos», entrenada para aparentar la identidad en aspecto, conocimientos e incluso la voz de otra persona. Mi ventrílocua se hará pasar por la Susan directora, usará sus claves y accesos y sólo se ocupará de las tutorías por videoconferencia; los padres de los alumnos vagamente recordarán a la directora y no levantará ninguna sospecha. ¿Qué hacemos con los niños? Muy fácil, harán novillos. Sin dificultad accedo al sistema del colegio y manipulo los registros de su excursión ¿Recuerdas cuando nuestros profesores hacían recuento a dedo cuando entrabamos y salíamos del autobús escolar? Ahora es lo mismo pero con pantallas electrónicas. Inserto en el programa a los pequeños Trevor y Mandy en la excursión y otra subrutina cuando el viaje acabe. Algún niño preguntará dónde está su amigo Trev, otro recordará que tenía una lesión en la rodilla, otro dirá que se había apuntado a otra excursión, su amigo Tim empezará a tirar bolas de papel y pronto se olvidan de Trev, así pues la sospecha no pasará de ahí. Luego está A.C., vigilado por la compañía en todos sus movimientos. Bien, él acude al trabajo para no levantar sospechas. Tiene sus reuniones, sus discusiones, sus tareas definidas. Con él hay que forzar algo más las cosas, extraerlo de forma literal. Antes de las doce de la mañana un helicóptero del Departamento de Urgencias Médicas de la compañía aterriza en el tejado de su edificio. Pero el heli es mío y tiene todos los permisos (obviamente manipulados informáticamente por mí, creía que no hacía falta mencionarlo) para evacuar a otro empleado, a un tal Harold B. Obviamente quien sube es tu antiguo compañero A.C. a quien antes proporcioné las claves restringidas para acceder al tejado del edificio. Para los de seguridad, el sistema informático de Alfred sigue activo y trabajando. Pero el que está al mando soy yo. A.C. me abrió el sistema y me dejó entrar para desviar sus cuentas bancarias y volcar todos los datos de sus proyectos. Uso programas espejo, rutinas cíclicas, servidores pantalla, puertas traseras, contraseñas camufladas, salvoconductos clonados… Estoy dentro, en las entrañas de la Gran N y me muevo como un puto espermatozoide alrededor del óvulo. Tardo apenas una hora y diez minutos en fecundar. Mientras tanto, en apenas veinte minutos el falso helicóptero sanitario aterriza en una zona segura para reunir al resto de la familia. Mi ventrílocua ha aparentado que Susan volvía a casa pero tranquilamente sale por la puerta haciendo footing y se reúne con el resto de mi equipo de campo. Cuarenta minutos más para cambiar el aspecto del heli y transformarlo en uno turístico. Todos los permisos falsificados (par moi-même, mon ami) para autorizarlo a salir del espacio aéreo del complejo corporativo y visitar la Estatua de la Libertad. Familia Corrigan, decid adiós a New York, volamos hacia la verdadera libertad. ¿Qué ocurría, mientras tanto, en el rascacielos de la compañía? Ah, el sistema de trabajo de A.C. tiene una subrutina que simula actividad permanente. Nadie lo molesta en el laboratorio. Cuando a las 4:17 horas el extrañado guardia de seguridad ha comprobado que el coche permanece en el aparcamiento a tan altas horas de la madrugada y suba a verificar el estado de Alfred Corrigan en el laboratorio, no se lo encontrará y dará la primera alerta. Pero han llegado tarde y tampoco responde nadie en casa. Los archivos de sus investigaciones y sus cuentas bancarias han desaparecido. Los Corrigan ya no existen, tal y como los conocías. Así acabó todo. Lógicamente no voy a volver a repetir la misma jugada. Una brecha en la seguridad siempre es rápidamente tapada con cemento armado por las corporaciones. No las puedes engañar dos veces con el mismo truco. Hay riesgos, claro, pero yo me las sé todas. Y, obviamente, tengo un plan para ti, una ruta de escape y un nuevo proyecto de trabajo, pero no te puedo adelantar nada. Sólo cuando gires la cabeza y veas el último rascacielos en el horizonte conocerás todos los detalles.

Quinta… (ya estoy cansado de contestar preguntas que me hago yo mismo), directamente, quieres saber si puedes confiar en mí. Te lo confirmo: NO. Ene, o. Estos papeles no son un contrato que se puedan firmar al margen, yo no ofrezco ni garantía ni caducidad. Y, por favor, no seas tan gilipollas de pensar que esto puede ser una trampa elaborada por los «cerebros» de seguridad de tu corporación (no me insultes por favor). Si te he molestado o crees que soy una amenaza, puedes chivarte o denunciarme a ver qué cara te ponen. Me importa un huevo tu decisión. Tómalo o déjalo. A mí me da igual. Es tu vida. No me respondas ahora (principalmente porque no puedes). Si deseas salir, lo sabré. Quizá sea por un comentario en una discusión acalorada con un compañero de departamento, por un susurro a una chica en un pub o por una entrada en tu no-tan-ingenioso-perfil-de-red-social. De alguna forma, me llegará. Y entonces los dedos de este cirujano se moverán para extraerte. El precio es caro (¿cuánto cuesta una nueva vida?), ya te lo imaginarás (y cobrármelo será fácil, no lo dudes, no hay monedero que se me resista). Pero podemos abaratarlo, porque siempre ofrezco la siguiente opción en mis tratos: trabaja para mí. Es tan fácil como que seas mis ojos, mis oídos y mis dedos allá donde te contraten. Dame rumores, dame informes exclusivos, dame la bomba atómica antes de que estalle. Con discreción, por canales completamente seguros. Total, al final vas a acabar en otra monótona rutina de trabajo, por lo menos, de vez en cuando, te ofreceré un poco (no te entusiasmes) de emoción clandestina. Di que sí (o di que no, a estas alturas me es indiferente) y así podrás mandar un buen corte de mangas al pedante de tu psiquiatra. Mi oferta ya se está pudriendo y no voy a esperarte, para mí eres uno más entre el rebaño. Si te echas atrás también lo sabré. Me bastará con observar cómo vuelves a asumir el mismo rol en el oxidado engranaje corporativo, cómo llenas el tiempo con el mismo vacío, cómo te has resignado a una vida de puntos suspensivos. No me darás pena. Que tus dudas te aprovechen. Eso sí, un día cualquiera te echarás a la boca tu café matutino y lo escupirás con asco. Habré sido yo, dejándote una simpática meada en tu taza de Piolin, simplemente por darme el gusto de hacerme notar y amargarte el día.

Atentamente tuyo.

Firmado: Jack, Jenny, Janine…

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Comentarios

  1. SonderK dice:

    Una historia redonda donde las haya, un relato original y, a su modo, divertido. Como siempre, me vuelves a sorprender y el nivel sube y sube, gracias por esta historia.

  2. marcosblue dice:

    Chico, qué pedazo de relato. Desde el primer momento te engancha, y luego se va cociendo en su jugo, da gusto leer más y más. Sigo pensando que los de Hollywood, que no hacen más que refritos de viejos temas, tienen en los relatos bluetales un vivero de argumentos. Imagínate que así empieza la película y llega un momento que el tipo decide que sí, que se quiere ir… Imagínate.

  3. juan sanmartin dice:

    Desde el momento en que leí tu relato, miedo me da abrir el ordenador, no sea que me encuentre ante alguien para quien mi vida y mis modestas andanzas carecen del menor misterio. Esta historia podía también haber tenido cabida entre los cuentos de terror sin mayores problemas, por lo menos así me lo parece a mí.

    Por cierto, Jack, tengo cierta información confidencial que acaso podría interesarte sobre un tal levast y el grupo de conspiradores que forman su círculo de confianza. Así que nada, ya sabes…

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