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«La gran aventura»: sainete para demostrar que no aprenderemos jamás ‹ Relatos Bluetales

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«La gran aventura»: sainete para demostrar que no aprenderemos jamás

por Relato finalista

En uno de los miradores de la gran nave-estación de avance Nueva Esperanza un hombre negro, de poderoso aspecto, vestido con un inmaculado uniforme militar contempla la galaxia que ante él se extiende a través del enorme ventanal. Una joven de rasgos indios mira intrigada la actitud y el porte serio del hombre uniformado.

—Las galaxia es así, querida Keltra. Dura, fría, extraña, amarga, bella y letal. Nos odias, ¿verdad, Madre Oscura? No has mostrado misericordia por nosotros jamás. Desde que empezamos a movernos entre tus más ocultos secretos nos has mostrado tu cara más desagradable. Pensabas que nos tenías a todos encerrados y sumisos, atentos y maravillados por todo lo que tenías que ofrecer. Y tú nos observabas con cara altiva mientras nos replicabas que «se mira pero no se toca». Creías que te adorábamos pero, en cuanto empezamos a rebelarnos contra tu grandeza, mostraste tu verdadera naturaleza. La ira te dominó. Querías dominar la situación, cruel puta. La amargura es tu personalidad, lo descubrimos en cuanto entramos en tu interior. No has conocido la felicidad, y si una vez estuvo a tu alcance la has rechazado, y por eso ahora quieres destruir todo lo que te rodea. Pero no tuviste un factor en cuenta… a mí. He luchado contra todo lo que nos has lanzado y de momento voy ganando. Se puede decir que nos tratas como a un virus. Estás luchando por sobrevivir, por volver a tu pedestal impenetrable de grandiosidad. Y eso no ocurrirá mientras yo viva. Bien es cierto que nos has emponzoñado con tu esencia, con tu encanto, y a veces nos sometemos a tus deseos. Pero mientras respire te juro que no pienso rendirme hasta convertirte en mi esclava. Voy a conseguir que te pliegues ante mí. Eres una harpía, una sucia y lasciva harpía. Los días de tu dominio han llegado a su fin. No dejaré que ni uno más de mis hermanos humanos caiga ante tu dulce atracción para acabar muerto mientras sonríes. Tu reino de oscuridad va a llegar a su fin gracias a la espada de luz que tengo entre mis piernas. Voy a sodomizarte, voy a disfrutar de tus manjares y luego voy a arrancarte el corazón y me desayunaré tus vísceras, mientras contemplo tu cara de incredulidad. Lo último que van a ver tus ojos va a ser mi cara de felicidad. Sé que me escuchas, zorra maldita. Ten miedo, yo lo tuve una vez de ti, y eso me hizo más fuerte. Quiero oírte gritar de dolor. Me lo has hecho pasar muy mal, a punto estuve de caer a tu tentación, pero me he levantado con más ganas que nunca. La venganza es mi guía y llevaré a mi pueblo hasta la victoria. Buscaré en cada estrella titilante, en cada planeta mugroso, en cada roca espacial hasta dar con tu podrida alma y mandarte al más cruel de los infiernos. Escucha mi voz, ramera, y sabrás que voy en serio. Aquí hay un hombre de la Tierra que quiere aplastarte. Tú y yo, solos, cuándo quieras y dónde quieras…

La charla del hombre uniformado continúa mientras Keltra recibe una llamada al comunicador. Se aleja unos pasos para poder hablar sin interrumpir el monólogo que está escuchando.

—Teniente Keltra, ¿podría venir hasta el puesto de mando? Cambio.

—Voy de camino, teniente Suárez, estoy con el almirante Moubala en el mirador Sagan. Cambio.

—¿Vuelve a desvariar el almirante hablando de la galaxia como si fuera una mujer? Cambio.

—Teniente Suárez, hablar así es casi una insubordinación. Y la respuesta es sí, esta vez es su tercera esposa, o eso creo. Cambio y corto.

Keltra guarda su comunicador y vuelve a acercarse hacia el almirante. Sigue hablando mirando a las estrellas. Está sumido en la visión de la ancha galaxia. Keltra sabe por qué el almirante pasa horas aquí mirando por esa ventana. No es de extrañar porque se encuentran en el «límite conocido». Nada ha pasado al otro lado. Llevan ahí estacionados más de seis años esperando que llegue la primera gran oleada de naves migratorias. La gran aventura de la humanidad comenzó hace casi veinte años atrás. Bueno, llamarlo aventura es tomarse las cosas a la ligera. Era más bien una situación en la que había dos posibilidades, reflexiona Keltra, o salíamos del estercolero llamado Tierra o moríamos todos. Keltra mira a los ojos de su almirante. ¿Qué es lo que miran esos ojos negros? ¿Ven más allá? Para ella es casi como un padre. Ella no nació en la nave, pero la embarcaron en la Nueva Esperanza con un año de edad, junto con otros 150 000. El almirante Moubala es una leyenda, y ella lo trata de tú a tú. La teniente vuelve a escuchar a su oficial al mando un poco más y luego se dirige hacia el puente de mando. La voz del almirante se apaga según se aleja pero aún así puede escuchar algunas palabras más.

—… dolor… puta… mientras quede uno vivo… un día de estos implosionaré una bomba para mandarte al cuerno…

***

En otro lugar de la nave dos figuras permanecen silenciosas ante una compleja máquina. Una de ellas aprieta un par de botones y espera alguna respuesta por parte del artilugio. La máquina emite un suave ruido prolongado que se va apagando poco a poco hasta que vuelve a hacerse el silencio. Una de las figuras mira a la otra con cara de pocos amigos. Su rostro es arrugado y está oculto tras un espeso bigote y unas cejas pobladas teñidas por el blanco propio de su madura edad. La otra figura, un hombre asiático y joven, intenta ocultar su vergüenza levantando la mirada al techo como si con él no fuera la cosa. El hombre del bigote rompe el tenso silencio que reina en la pequeña estancia.

—Rouri, amigo mío, quiero explicarte por qué me molesta esto. Verás, se necesitaron más de cuatro años de desarrollo tecnológico y estudio para poder crear un máquina como ésta. Es una maravilla de la ingeniería espacial. Cada uno de sus componentes fue especialmente diseñado para que cumpliera su función a la perfección a pesar de estar en un medio tan hostil como es el espacio. Cientos de personas trabajaron día y noche para poder crear este artilugio que nos hace la vida muchísimo más fácil y placentera dentro de esta cafetera sideral. Tiene cientos de conexiones, procesadores, y microchips que trabajan al unísono para que su función primordial sea realizada con la precisión necesaria. Posee un sistema de descomposición de materia tan terriblemente complejo que pasé más de un año memorizando todos los datos necesarios para mantenerla en funcionamiento. Todo lo que acaba aquí es descompuesto a su mínima expresión molecular y es expulsado al espacio sin provocar un gran impacto. A través de bombardeos cronometrados todo se reduce a tres o cuatro quarks juntos. Esta máquina es, tal vez, uno de los principales artífices del éxito actual de nuestra misión. No quiero ni pensar lo que sería de nosotros sin este invento. Cada vez que uso este chisme siento orgullo por nuestra raza humana. El dominio del universo, la gran travesía que estamos llevando a cabo, está fuertemente ligada con esta maquinaria que acabas de romper. Lágrimas caen de mis ojos cuando pienso en el gigantesco esfuerzo que estamos haciendo aquí y que sería casi imposible de no ser por aparatos como éste. Por eso, querido amigo Rouri, estoy enfadado, y por eso tengo una pregunta sencilla: ¿qué diablos expulsa tu cuerpo para atascar cada dos por tres el jodido retrete?

—Tampoco es para tanto McMurphy. A veces las cosas se rompen.

—A ti sí que te voy a romper. De momento ya puedes ir pensando que esta semana vas a desparasitar el casco de la nave tú solito.

—¿Yo solo? ¿Te has vuelto loco? ¡Tardaría meses en terminar!

—Pues empieza, chico.

***

En el puente de mando la calma reina. El personal comprueba los sistemas continuamente con el aire espeso de la rutina. Un par de luces se encienden en una consola. El operario de mando toma nota en su tableta electrónica y suspira. Golpea con cierta rudeza la consola y las luces se apagan. Casi se puede decir que se han apagado por puro terror. Los años de actividad hacen que la maquinaria sufra ciertos problemas. Pero para eso está el más que cualificado personal dedicado que mantiene la nave en perfectas condiciones. El operario se dirige hacia su asiento donde le espera un joven compañero que no deja de mirar a todas partes.  El operario le da un pequeño golpe en la oreja para que le preste atención.

—Novato, dime, ¿qué estamos haciendo aquí?

Al joven se le ilumina la cara como si estuviera esperando esa pregunta desde que era un infante y contesta de carrerilla.

—Señor, estamos aquí porque somos la avanzada de la gran migración de la humanidad. Llegamos a este punto llamado el «límite conocido» hace años para realizar los grandes preparativos que conlleva el viaje espacial. Fuimos enviados en varios saltos desde la estación orbital terrestre en un gran esfuerzo para la humanidad. Hemos viajado siguiendo las señales de los faros de señalización que la humanidad ha ido dejando a lo largo de sus viajes estelares. Pero hemos sido nosotros los que hemos colocado los tres últimos faros que ayudan a las naves a calcular su posición y trazar el siguiente destino a través del plegamiento del espacio, y que nos han conducido hasta este punto tan significativo. Y es una gran hazaña porque hemos saltado tres veces al vacío sin ayuda de ningún faro y hemos llegado hasta el límite conocido por nuestros mapas. Tardamos más de diez años en llegar hasta aquí. Este es el sistema solar ER4483 en el cuadrante 1. Es el último paso. Estamos esperando a que lleguen las grandes naves migratorias que han ido distribuyendo a la humanidad a lo largo de varios planetas habitables. Como el viaje por plegamiento requiere mucha energía las naves migratorias alternan los saltos con la velocidad de crucero hasta que los motores vuelven a estar cargados. Eso es un proceso que lleva bastante tiempo y es cuando se aprovecha para dejar a los tripulantes en los planetas elegidos, para formar colonias permanentes, y se abastece a las naves con lo necesario para el siguiente paso. A su vez estamos construyendo nuestro faro para que emita la señal que guiará a las naves migratorias, y evitar así que estas se pierdan o hagan más saltos de los necesarios. Por no olvidar que esta nave-estación Nueva Esperanza está orbitando sobre un planeta habitable que nos está aprovisionando de lo necesario. Es por eso que la Nueva Esperanza está casi vacía, sólo siete tripulantes, porque gran parte de nuestra tripulación está en el planeta, bueno los que quedan después de haber descargado a muchas personas en otros planetas, en una ciudad construida de la nada, situada en el ecuador que es donde se sitúa el clima más favorable para poder realizar nuestra misión. Y los miembros que están construyendo el faro luego irán al planeta a ayudar con la explotación de sus recursos. Y los pocos que estamos en esta estación coordinamos todo esto mientras esperamos la vuelta de los androides construidos por el doctor Krusev. Estos androides han sido enviados por delante de nosotros para explorar lo que hay tras cruzar el límite conocido. Los mandamos hace cinco años y volverán en tres años. Tomaremos los datos que han recogido y analizaremos si es posible continuar nuestro viaje. Disponemos de todo lo necesario para sobrevivir en este entorno hostil y mantener la moral lo más alta posible. Y todo está dando sus frutos. Desde que iniciamos la gran aventura ya hemos encontrado a una civilización parecida a la nuestra, que está siendo estudiada por los comisarios políticos, y también hemos encontrado grandes recursos naturales en unos cuantos planetas que nos están ayudando a que el viaje por plegamiento sea más fácil, menos costoso y…

El operario de mando interrumpe al chico levantando su mano en un gesto para que se calle. El chico pone una cara extraña.

—A ver, novato, yo te preguntaba sobre lo que estamos haciendo aquí y ahora. Tendrías que haber contestado con un simple «vamos a activar las luces exteriores, operario». En cambio me has soltado una lección de historia que yo ya me sé. Tengo cuarenta y nueve años. Yo fui de los primeros en lanzarme a esta aventura.

—Lo siento, señor. Es que el comisario político instructor del planeta dice que tenemos que estar orgullosos de lo que somos y que debemos recordarnos lo que hacemos todos los días para no caer en la gran depresión espacial.

El comisario político de la nave que está tratando temas muy urgentes mientras duerme una siesta en su puesto del puente de mando levanta la cabeza interrumpiendo su sueño tras escuchar las palabras del novato. Cuando comprueba que no va con él la cosa vuelve a sumirse en la actividad que mejor se le da y suelta un pequeño ronquido.

—Señor, después de mi instrucción en la Nueva Esperanza quiero convertirme en comisario para poder seguir manteniendo la moral alta y evitar la gran depresión espacial.

—Chico, punto uno: no me llames señor, ni llevo galones ni aspiro a ello. Llámame operario Martins y con eso me conformo. Y punto dos: ¿no te has fijado que los comisarios políticos son los únicos que van armados en todo la nave y en todo el planeta? Está claro que la moral se le levanta a uno cuando le apuntan con un arma.

—Operario Martins, no debería hablar así, o me vería obligado a informar al comisario de la nave de que tal vez esté cayendo en la gran depresión. No se deje llevar por la depresión. Dicen que el tratamiento es muy duro y pocos lo superan.

—Sí, que te peguen un tiro en la cabeza suele ser un tratamiento bastante definitivo.

—Operario Martins, por favor, no quiero problemas.

—¡Tranquilo chico, no estoy deprimido! Y ya tienes problemas. En cuanto empezaste a creer lo que sale de la boca de esos asquerosos comisarios empezaron tus problemas.

En ese instante entran en el puente la teniente Keltra seguida de McMurphy. Su camino se ve interrumpido cuando se cruza corriendo ante ellos un bicho parecido a un perro pequeño de color azul arrastrando una lengua larga y húmeda. Detrás del bicho corre el teniente Suárez intentando cazarlo. Con un gran esfuerzo agarra al animal y lo reprende como si fuera un niño pequeño. La teniente Keltra lo mira con cara indignada.

—¡Maldita sea, Suárez! Te dijimos no trajeras esa cosa desde el planeta. No sabemos qué diablos es y las enfermedades que puede transmitir.

Suárez parece contrariado e intenta salvar la situación.

—Pues la verdad es que es un ser muy bueno y obediente, casi como un perro, salvo por el hecho de que le gusta comer pescado.

—¡Y encima lo alimentas! No sabemos nada de él. ¿Y si lo mojas y se reproduce en unos seres malvados? ¿Y si crece hasta alcanzar los dos metros y empieza a comerse a la tripulación? Esto requiere un severo castigo, teniente.

McMurphy asiente mientras escucha las palabras de la teniente. Para él la situación es clara: o somos ordenados o toda la misión se va al traste. Piensa un poco y cree que encuentra la solución. Mira fijamente a Suárez y dice mientras traza una sonrisa debajo de su espeso bigote:

—Tú, a desparasitar la nave junto con Rouri, y no paréis hasta que se pueda comer encima del casco. Y en cuanto al bicho ese tienes dos opciones: o lo sueltas en el planeta o lo mando al espacio profundo.

El operario Martins parece divertirse escuchando a McMurphy, y no puede evitar meterse en la conversación.

—Por lo que se oye de tí, Mc, te olvidas de la tercera vía… el contacto íntimo con otros seres alienígenas.

A McMurphy se le desencaja la cara cuando oye esas palabras y su cara se tiñe de rojo presa de la ira.

—¡Martins, eso es pura basura! No acepto comentarios de un sifilítico como tú. ¡Además aquello ocurrió una vez y porque pasé tres meses tirado en aquel planeta infecto, sin nada más que hacer que esperar a tu ridículo y patético equipo de rescate!

—Jojojojo, ¿no puedes pasar ni tres meses sin copular?

McMurphy y Martins se empiezan a insultar encarándose. El tono de voz tan alto despierta al comisario político. Éste comprueba una vez más que la cosa no va con él y vuelve a intentar conciliar el sueño. El pobre novato observa atentamente a los dos hombre discutir cuando algo se ilumina en su consola y centra su atención en eso. Sus ojos se abren de par en par e intenta balbucear algo.

—¡Señor! O sea, ¡operario señor!… Quiero decir, ¡Martins! ¿Por qué se ha activado el protocolo de entrada del salto espacial?

Martins interrumpe su serie de insultos hacia McMurphy y se gira para chillarle al chico.

—¡No seas idiota, eso sólo pasaría si una nave fuera a entrar en este sistema solar!

El chico comprueba lo que ha visto en la pantalla y luego a Martins que ha vuelto a la carga contra su compañero. El chico levanta la voz para hacerse oír.

—¡Pues aquí hay una cuenta atrás!

Martins y McMurphy automáticamente se callan en cuanto escuchan las palabras del chaval. Los dos se dirigen hacia la consola en silencio y apartan al chico con cuidado de la pantalla. Ambos manipulan el instrumental. McMurphy es el primero que rompe el silencio sepulcral que se ha instaurado en el puente de mando, con una voz sosegada y protocolaria.

—No puede ser. Esto no está previsto. Mira los datos de la brecha.

—Comprobados. La brecha se está abriendo, pero no puede ser verdad. ¿Un simulacro desde el planeta? —pregunta Martins.

—No, ni siquiera por sorpresa. La señal de transmisión viene desde fuera del sistema solar. Haz los cálculos de entrada.

—Vale. Calculando. Según los sistemas van a hacerlo demasiado cerca de nosotros. Estamos jodidos.

—¿El faro no puede ayudar a corregir la entrada? Aún están a tiempo de hacer que la nave de entrada recalcule sus datos y modifique la brecha para alejarse de nosotros.

—No, el faro está a un 20 por ciento de su actividad, todavía no tiene esa capacidad. ¡Mierda! Se nos van a echar encima. ¡Activa la alarma de colisión, ya! ¡Treinta segundos para la entrada! —dice alzando la voz alejándose del tono sosegado que tenía hasta ahora.

—¡Keltra, avisa al almirante! Los del faro también han detectado la entrada y están empezando a moverse. ¡Nos van a entrar hasta la cocina!

El novato se tira al suelo, se hace un ovillo y comienza a llorar. Keltra se sienta en una de las consolas y teclea instrucciones al ordenador para encender los motores de la nave y trazar un rumbo que evite el choque. El comisario político sigue durmiendo ajeno a la tensión reinante dentro del puente de mando. De repente un pequeño hilo de luz entra por los ventanales del puente de mando y se intensifica en las pantallas de los cuadros de mando que retransmiten todo lo que pasa en el exterior. Martins abandona la consola de mando y se acerca hacia los ventanales. Su cara refleja una gran preocupación pero parece admirado por el espectáculo. El hilo de luz intensa proviene de una pequeña apertura en el tejido del espacio. Esa apertura se va haciendo más grande, como una brecha, o como un corte en la piel realizado por un bisturí. El corte se agranda con el paso de los segundos. Poco después el hilo de luz se convierte en un torrente cegador, que mezcla el blanco con tonos morados, violetas, rojos, azules. Una gran cascada de chispas rojizas emana de la apertura. Martins sabe que eso lo provoca el paso de un cuerpo voluminoso atravesando el «torrente», que es como se conoce al espacio que queda entre los dos puntos de salto, el de salida y el de entrada. La nave debe recorrer ese pequeño espacio para poder pasar por la apertura. Después viene el caos. De la apertura emerge una gran nave espacial de color metálico. Aparece muy cerca de la Nueva Esperanza. Cuando termina de cruzar la apertura, ésta se cierra y se libera la energía que trae consigo la nave. Es como una onda expansiva que sacude la estructura de la Nueva Esperanza haciendo que crujan los materiales con los que está construida. Los tripulantes de la nave sienten el impacto y sus cuerpos son lanzados con gran violencia, provocando que se golpeen con todo lo que les rodea. La nave que acaba de cruzar parece que poco a poco pierde movilidad y se queda inerte en el espacio a pocos kilómetros de la órbita del planeta. La Nueva Esperanza sigue siendo sacudida por la onda y eso conlleva que los motores gravitatorios pierdan intensidad y su tripulación comience a flotar dentro del puente de mando. La nave activa su protocolo de emergencia y recupera el control junto con los motores. La gravedad vuelve y todos caen al suelo rápidamente. Después llega la calma y el silencio.

Keltra es la primera en incorporarse. Le duele todo el cuerpo. Se apoya en una consola y empieza a revisar el estado de la Nueva Esperanza. Cuando comprueba que todo parece estar más o menos en su sitio camina hasta los ventanales y ante ella aparece la nave que ha provocado todo esto. Parece inerte flotando a la deriva por el espacio. Keltra se frota los ojos cuando ve el nombre de la nave pintado en el casco. Abre la boca y aguanta un gemido. Se gira hacia el resto de la tripulación y señala a la nave antes de hablar.

—Es la Exploradora, son los androides. ¡Han vuelto!

El almirante cruza el umbral de la puerta de entrada al puente de mando. Con la mano intenta cortarse la hemorragia que tiene en la cabeza producto del impacto. McMurphy y Martins están mirando por los ventanales para confirmar la información proporcionada por Keltra. Se acerca y mira por el cristal. Conteniendo la emoción suelta una serie de órdenes.

—Keltra, manda un mensaje al planeta para que el doctor Krusev se persone aquí inmediatamente. Llama a los del faro y comprueba que todo el mundo está bien. Luego intervén el ordenador de la Exploradora desde aquí y estabiliza la nave. McMurphy, Martins, coged una lanzadera y traerme aquí a esos engendros mecánicos para ponerlos en cuarentena. Utilizad los trajes aislantes. Intentad, de paso, tranquilizar al novato que está tirado en el suelo llorando como una magdalena y recoged el cadáver del comisario político, son los dos pedazos de carne que están ahí tirados.

***

Pasado un día la tripulación cumple con su cometido. En la sala de medicina mecánica el almirante contempla los cuerpos de cinco androides que están dentro de unas cápsulas de reparación flotando en un líquido azul. El doctor Krusev está a su lado observando un pequeño procesador de datos. Comenta que las cápsulas mejorarán el funcionamiento de los androides. Keltra entra en la sala e informa que ya tiene las plataformas de almacenamiento de datos de la Exploradora y que está volcando los datos recuperados al ordenador de la Nueva Esperanza. Dice que es un proceso que puede llevar un mes entero completar. El almirante asiente y se gira para hablar con el doctor.

—¿Qué les ha pasado?

El doctor sigue observando el pequeño procesador intrigado. El procesador parece quemado. Krusev levanta la mirada y clava sus ojos en la mirada del almirante.

—No lo sé. El procesador de memoria está chamuscado. Según los datos han sufrido importantes daños causados por algo que no sé definir. Es como si hubieran entrado en combate. Pero me preocupa más su comportamiento. Todos ellos tienen un montón de símbolos escritos en su piel sintética, y puedo decirle que han sido ellos mismos los que se los han hecho, y creo que han utilizado un cuchillo.

—Es cierto que falta armamento de la Exploradora —interviene Keltra—. Misiles, proyectiles de calor y, según el puente de mando, se han disparado varias veces los cañones. Su casco está dañado por el impacto de algo y, según McMurphy y Martins, los pasillos de la nave están quemados o las paredes tienen impactos de alguna clase de arma. Encontraron a los androides en sus puestos de navegación hablando en un dialecto extraño.

—¿Son peligrosos? —pregunta el almirante.

—No, sus directrices son mantenernos a salvo a cualquier precio. Está claro que eso no ha sido dañado. Pero su comportamiento se ha visto alterado. Lo de los tatuajes a cortes me tiene preocupado. Las cápsulas los repararán lo mejor que se pueda y luego nos contarán todo lo ocurrido.

Acto seguido a estas palabras el doctor Krusev se enciende un pitillo. Keltra abre la boca para reprenderle, pero sabe que lleva años fumando a escondidas en la nave. Algún lumbreras se imaginó que es imposible alejar a la humanidad de ciertos vicios, sobre todo si se trata de un hombre como Krusev que planta y modifica genéticamente su propio tabaco, e ideó un sistema para poder echarse un pitillo en un ambiente de oxígeno puro. Medio cigarro después el doctor vuelve a hablar.

—Almirante, admiro a estos androides. Los construí para que fueran mejor que las personas. Intentaré dar lo mejor de mí para curarlos. Voy a conectar el procesador de datos de los androides al ordenador y usaré mis conexiones neuronales para explorar en su interior. Tal vez obtenga datos de primera mano desde el punto de vista de los robots.

Acto seguido introduce los procesadores de los androides en un complejo artilugio. Se sienta en un sillón y conecta varios cables a su cabeza. Se sumerge en una especie de sueño inducido. Keltra y el almirante salen de la sala de medicina mecánica. Cuando se encaminan al puente de mando Moubala da unas instrucciones a su teniente.

—Esto no me gusta nada. Dile a McMurphy que saque armas para todos, excepto para el novato; sigue con su crisis nerviosa y no hace más que hablar con el comisario político instructor del planeta vía conferencia. Ese tipo me pone los pelos de punta.

—Es muy típico recurrir a las armas ante situaciones no esperadas, señor. ¿No sería mejor improvisar y confiar en nuestras habilidades y capacidad de anticiparnos a los acontecimientos, lo que nos ayudaría a controlar cualquier acto inesperado, como se espera de la humanidad en esta tesitura y con toda la historia pasada a nuestras espaldas?

—Keltra, no sé cómo has sido capaz de formular toda esa pregunta sin respirar, pero la respuesta es fácil: no. Prefiero improvisar con un arma y munición. Si quieres un acto inesperado que no se pudo controlar te hablo de mi primer matrimonio.

Keltra comprende que no va a hacer cambiar de opinión al almirante y corre rauda a transmitir las órdenes a McMurphy. Lo busca por toda la nave y por fin lo encuentra en la antesala de presurización, junto a las puertas exteriores. Está desinfectando los trajes usados para abordar a la Exploradora. Su cara refleja un porte serio. Keltra le transmite las órdenes del almirante y éste asiente.

—Por fin una idea sabia. No sé que pasó en la Exploradora pero aquí no debe pasar. Aquello debió ser un infierno, chica. Creo que esos androides se han convertido en pioneros para los de su clase. Se contarán historias sobre ellos, si llegamos a averiguar qué es lo que ha pasado. Me tengo que quitar el sombrero ante ellos porque sinceramente no creí que fueran a volver, y menos aún de la manera en la que lo han hecho. Creo que si tenemos éxito en nuestra gran aventura en parte se lo deberemos a ellos. Suárez está alucinando con la cantidad de datos para interpretar que hay en la computadora de la Exploradora. Tendremos que mandarlos al planeta para que los científicos nos ayuden. Me identifico con ellos. Solos en la oscuridad, confiando en sus instrumentos para guiarse. Intentando sobrevivir para ayudarnos. Luchando contra la adversidad de los elementos en un lugar al que nadie ha llegado antes. Bravo por ellos.

Keltra sabe que McMurphy tiene razón. Lo que han hecho los androides tiene el mayor de los méritos pero ahora ella sólo puede pensar en por qué han vuelto tan pronto y qué es lo que ha ocurrido al otro lado.

***

Trancurridos unos días la calma vuelve al puente de mando. Como ha ordenado el almirante, todos van armados. Al novato lo han dejado encerrado en su camarote para que no cause más problemas porque su crisis nerviosa sigue agravándose. McMurphy y Martins revisan los cuadros de control y las consolas. Suárez sigue gestionando la descarga de los datos de la Exploradora. La teniente Keltra observa unos mapas estelares y realiza unos cálculos para trazar el rumbo de las naves que espera la Nueva Esperanza. El doctor Krusev sigue inmerso en su laboratorio analizando los procesadores de los androides. De repente suena la alarma de peligro. McMurphy examina su consola y dice que la alarma ha sido activada desde el camarote del novato. El almirante Moubala señala a Martins y Suárez para indicarles que vayan a comprobar qué ha pasado.

Martins y Suárez llegan al camarote del novato. La luz del interior parpadea, apena sí deja ver. La estancia parece revuelta y las paredes están llenas de lo que Martins reconoce como sangre. Junto a la cama está el cuerpo sin vida del novato. Está destrozado, es como si lo hubieran golpeado hasta morir. Suárez desenfunda su arma y se asoma al pasillo para intentar seguir el rastro de los causantes de esto. Martins lo sigue.

—Es imposible. Estamos casi todos en el puente de mando. ¿Quién ha entrado? ¿Quién lo ha hecho? —dice Suárez que acaba de encontrar un hilo de sangre en el suelo.

Al doblar una esquina se topa con una figura grande e imponente. Es uno de los androides. El teniente se choca contra él.

—¿Qué haces aquí? Tú estabas en las cámaras con el doctor —le pregunta al robot.

Suárez se fija un poco más en la figura y se repara en un detalle importante. El robot está cubierto de sangre. Martins llega a su lado. Los dos parecen horrorizados ante la visión. Es imposible que un androide haga daño a un ser humano. Mientras están sumidos en su reflexión el androide se lanza al ataque. Agarra del cuello a Suárez y lo levanta como si fuera una hoja de papel. Aprieta su mano y se escucha el crujido de las vértebras del teniente rompiéndose. Martins apunta con su arma y descarga varias ráfagas sobre el androide. Éste suelta a su presa, que cae al suelo, y retrocede ante los impactos de bala. Martins sigue disparando y el androide es abatido. El operario sabe que concentrando los disparos en la cabeza del robot es como se consigue detenerlo. Tras cerciorarse de que el androide no va seguir funcionando comprueba el estado de Suárez. Está muerto. Con una velocidad que ni él mismo recordaba tener echa a correr hacia el puente de mando.

Cuando llega al puente se queda junto a la puerta de entrada, porque una especie de sexto sentido le advierte de que algo no marcha bien. Se asoma con cuidado y contempla que los cuatro androides restantes han reducido a la tripulación. El almirante, Keltra y McMurphy están de rodillas en el suelo. De nada han servido sus armas porque los han tomado por sorpresa. Los robots los han sometido y se han quedado con el armamento. No es que tengan ninguna expresión en particular pero se puede decir que les gusta lo que está pasando. Martins en un acto de valentía entra dentro del puente y comienza a disparar. Hay un intercambio de disparos. Los humanos se echan al suelo para intentar evitar las balas. Los androides disparan y Martins intenta contener el ataque. Son demasiados. Martins se queda sin munición y se rinde. Levanta las manos y suelta el arma. Se queda mirando a los androides y espera que le pongan junto a sus compañeros, pero la decisión de los androides es otra. Los cuatro levantan sus armas de nuevo y abren fuego. Martins cae abatido en un mar de balas. El almirante se levanta a duras penas y embiste con su cuerpo hacia uno de los androides gritando. El androide se desequilibra y cae contra una de las consolas. Otro androide da una patada al almirante que sale despedido contra uno de los ventanales. Su cuerpo rebota contra el cristal de seguridad y queda tendido en el suelo. El mismo androide se aproxima hasta su altura y le pisa la cabeza. Keltra da un salto enorme para intentar alcanzar al androide antes de que acabe con la vida del almirante. El androide la aparta fácilmente. McMurphy grita.

—¡Nooooo, sucios bastardos! —suelta a la par que se incorpora y le suelta un cabezazo al androide más cercano.

El golpe es muy duro y el androide no se lo esperaba porque por un instante pierde el equilibrio. McMurphy vuelve a gritar.

— ¿Qué queréis de nosotros, alimañas mecánicas?

—Ellos no quieren nada, soy yo el que desea hacer algo —pronuncia una voz desde la puerta de entrada del puente.

Es el doctor Krusev, o lo que queda de él. Su aspecto es lamentable. Está sucio, mucho más delgado, con la piel pegada a los huesos. Sus ojos brillan y su expresión es dura, llena de odio contendido.

McMurphy se enfurece aún más tras la entrada en escena de Krusev.

—¿A qué viene esto, bastardo? ¿Ésto es obra tuya?

McMurphy no espera respuesta y se abalanza sobre el doctor. Uno de los androides lo agarra por la ropa antes de cumplir su objetivo y le dispara en la cabeza. McMurphy cae al suelo. El doctor arrebata el arma al androide.

—¿No lo entendéis? Han viajado al otro lado, pero en el futuro —habla al doctor ante su audiencia muerta, excepto por Keltra—. ¡Lo he visto! ¡Lo he visto con sus propios ojos! No sé cómo ha ocurrido pero han viajado en el tiempo y en el espacio. No sé qué fecha sería pero lo que sí sé que es que la humanidad llega muy lejos a base de sangre y fuego. Nos encontraremos con razas a las que intentaremos dominar, serán nuestros esclavos. Mataremos a lo que se interponga en nuestro camino. La culpa será nuestra porque permitiremos que eso pase. La galaxia estará llena de nuestros faros y de comisarios políticos que nos encaminarán hacia el totalitarismo más salvaje. No hemos aprendido nada y por eso merecemos morir.

—Eso es imposible, las normas son claras: nada de someter, sólo planetas vacíos para nuestros fines —dice Keltra.

—Claro que sí, pero los planes cambian, las mentes se degeneran, el poder nos ciega. Es como esas películas antiguas de invasiones alienígenas en la Tierra, pero ahora nosotros somos los invasores, y no vamos a dejar nada vivo para que pueda vengarse de nosotros. ¡Damos asco! Por eso voy a evitar que todo ocurra. Una prueba de nuestra crueldad es que mis androides fueron capturados y los humanos del futuro los obligaros a tatuarse a sí mismos esos símbolos. Es una escritura que se desarrollará en el futuro y dice algo así como «no soy humano y debo morir por ello».

—No seas imbécil, sabes que sólo conseguirás abrir una linea temporal alternativa. Ese futuro que has visto ocurrirá igual, lo quieras o no. Si haces algo no previsto sólo llevará a este presente hacia otro lado.

—Sí, ocurrirá, pero ahora que sé lo que pasará voy a intentar que ese horror no caiga sobre mi conciencia y nos dé otra oportunidad a nosotros y a los seres que aniquilaremos en ese futuro. Quiero que la línea alternativa que se abra ahora nos lleve por otro camino, sólo espero eso, porque éste es el «punto límite»: si no lo cruzamos tal vez tengamos todos otra oportunidad.

»Si no hay faro tardarán mucho más en llegar las demás naves. Por eso usaré el armamento de la Exploradora para acabar con él. Y después yo me quedaré aquí, esperando la gran llegada de las naves de la gran aventura, y en cuanto se abran las brechas de entrada, dispararé proyectiles que impactarán directamente. Quedarán atrapadas entre el torrente y el punto de salida y como consecuencia se aplastarán con las fuerzas desatadas. Tal vez no lo logre con todas pero sé que eliminaré a muchas. Dejaré un mensaje grabado en esta nave por si mi plan falla para que los que lo escuchen reflexionen sobre sus futuros actos. Soy un genocida pero no permitiré esa barbarie ejecutada por nuestra mano. Por ello, querida Keltra, te prometo que yo también moriré, pero quiero ser ejecutado por mi obra. Quiero que mis creaciones más preciadas, los que me han hecho ver la luz, sean los que pongan fin a mi vida como humano. Renuncio a esa condición mientras no actuemos de otra forma. He programado a mis robots para que me maten en cuanto se lo ordene… y te prometo que lo haré.

—¡Doctor, razone, por favor!

—Eso mismo es lo que he hecho, Keltra. Y ahora, muere.

El doctor aprieta el gatillo de la pistola y la bala atraviesa la cabeza de Keltra. El cuerpo de la chica cae al suelo súbitamente. El doctor se acerca para comprobar que está muerta. Tira la pistola al suelo y permanece un instante a su lado. En el fondo siente que todo tenga que ser así. Mira a los androides y pronuncia las palabras que él cree que cambiarán todo.

—Hijos míos, pongámonos manos a la obra. Tenemos que construir un nuevo futuro.

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Comentarios

  1. levast dice:

    Tremendo final, un cierre de historia de pura ciencia ficción. Insuperable la escena del retrete espacial. Y me quedo con las ganas de más anecdotas de la vida del grupo de operarios del Nueva Esperanza.

  2. laquintaelementa dice:

    Personajes maravillosos los encabezados por el almirante Moubala, y que son tu mejor baza. Me siento muy identificada con el doctor Krusev y no se me han escapado los homenajes (ese mirador Sagan 😉 ). Me encanta la historia y el dúo McMurphy y Martins que me recuerdan a una extraña pareja 🙂

  3. XTOBAL dice:

    Es un buen relato y ameno de leer, a mí me ha gustado.

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