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Juan sin Cielo ‹ Relatos Bluetales

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Juan sin Cielo

por Relato finalistaRelato Bluetal

Os contaré una historia susurrando, mientras la realidad se desvanece en la penumbra nocturna y os vais durmiendo. Imaginad que un violín en la lejanía rasga sus cuerdas y vuestra mente se extravía entre sus notas de madera.

Juan Sin Cielo caía todas las noches en un agujero.

Se acurrucaba y esperaba que de las raíces brotasen los sueños. Sentía frío, humedad, murmullos, sordos griteríos amontonados en el desorden de su silencio. Había luna. Tenía una manta y se la calaba hasta el cuello para protegerse de los mordiscos de los vampiros. Y de otros monstruos que vagan por el mundo y por los miedos, monstruos asquerosos, más crueles, más canallas y fieros.

Había luna, eso es cierto. Una luna extrañísima. De las tumbas salían personas con forma de huesos, cantando alegres tonadas mezcladas con   remotos aullidos de lobos en celo. Y decían, riendo, cantando y bailando:

Quinientos gusanos han hecho falta para que al fin seamos sinceros.

Señalaban a los vivos, como quien señala un objeto, y cantaban, cantaban:

Qué bella mirada surca
una cara tan hermosa
y cuánta pena le pones
cuántas profundas sombras.
Qué dulces besos anidan
en el lecho de tu boca
y qué distancia se vierte
entre esas palabras rotas.

Se reían, cantaban…

¿A qué amargura condenas
cada una de tus horas?
Tienes en tus pupilas
metido lo que no ignoras

Y los señalaban con sus huesudos dedos, y sus cánticos y sus risas sonaban en el fondo del alma como un eco…

Que somos espectros y tú la forma que tuvimos y que tendremos.

Prendían hogueras y fiestas que llegaban al firmamento y ardía la luna blanca danzando inmóvil ante su corro dantesco.

Juan sin Cielo miraba con los ojos tristes, sonriendo. Miraba, Juan, siempre, como si le fuera la vida en ello. Como si nunca hubiera visto lo que estaba viendo.

Tenía los pasos contados, o quizá contaba cada paso, no me acuerdo. No me acuerdo si contaba un paso más o un paso menos, o si iba o volvía, vaya, no me acuerdo. Si andaba un camino por fuera o si lo iba andando por dentro.

Y cada noche, aunque corriera sin tregua hacia cualquier parte, se hundía en el mismo hueco. Intentaba escapar, trepar por las paredes, salir de ahí, pero se agotaba y ni siquiera se había movido, incapaz de levantarse, incapaz de quedarse quieto.

Se acurrucaba como un niño, esperando. Y temblaba, dentro de un sudor congelado, sentía un frío tan hondo que sólo el calor de una caricia podría mitigar. Aunque fuera una caricia tan suave como una voz que te escucha. Aunque fuera como alguien que permanece a tu lado, contigo, cuando te sientes solo. Aunque sólo fuera mirarte a los ojos desde muy cerca durante un momento. Aunque fuera como un abrazo que fuera capaz de diluir un primitivo hielo.

Juan Sin cielo tuvo pájaros y otros animales en los sesos. Tuvo ideas tan extrañas que parecían insectos. Ideas que removían la tierra como una azada y se hincaban en dioses eternos. Y otros se ofendían y lo condenaban por esto, furiosos y dolidos, como si les hubiera clavado sus ideas en el pecho. Otros que iban clamando a las nubes mientras iban reventando con su ambición los corazones ajenos. Reventando los corazones con balas y cuchillos, con afilados billetes,  con su ira y su soberbia, con su puños y sus infiernos. Con sus costumbres devorándoles las entrañas al ritmo de bichos hambrientos.

Él creía tener unas manos y un deseo, y se encontró con un mundo donde nada era cierto, donde todo aparentaba ser, donde nadie parecía poder seguir siendo. Con sus caretas felices ocultando sus íntimos y rancios lamentos.

Y sobre el cansancio se le agolpaba el residuo de aquellos que se permiten otorgarle a los demás la carga de su propio peso.

Juan Sin Cielo no encontraba un lugar donde poder ser, por un instante, pequeño, tan pequeño que no cupiera, por un instante, ni en sus mismos  pensamientos. Tan pequeñísimo que no existiera por la sencilla razón de que no pudiéramos verlo.

Era fuerte porque era vulnerable, una contradicción exacta, una mezcla de agua y de fuego, una llama que más se inflama cuanto más se va extinguiendo, una lluvia que se alza a la vez que va cayendo.

Tenía, Juan, una luz metida en una caja, como un gusanito. Y de vez en cuando la miraba y allí estaba la luz, comiendo hojas. O quizá fuera un gato, o la risa de un amigo, o el cuadro de un padre y una madre del brazo, apoyándose uno en otro, o la gran sinfonía de un hijo, o la colleja de un hermano, o unos ojillos mirándole pícaros, o una emoción al alcance de los sentimientos. El caso es que allí estaba su querida luz comiendo hojas de otoño y recuerdos emitiendo un destello tranquilo.

Los sueños rezumaban por las paredes de su nicho vertiendo su esencia de humo y él se elevaba con ellos hasta el fondo del mar, hasta planetas remotos en los que habitaban seres sin temor a ser ellos, y flotaba dentro de los árboles, y se volvía líquido y su amor era de sed pura y se lo bebían a besos. Y se encontraba tan a gusto que ni siquiera la gravedad podía atraparle con sus gigantescas garras. Entonces emprendía un viaje que inició hace mucho a través del tiempo.

El tiempo parecía un anciano con gestos de bebé y al acercarse se tornaba de pronto en un perro con los dientes afilados, ladrando en un absurdo lenguaje intentando dentellearle la sangre, y Juan lo espantaba como a un mosquito y el tiempo se alejaba silbando con un enorme paraguas abierto, hecho de telarañas de las que colgaban suculentos frutos y las cáscaras de los muertos. Y Juan lo contemplaba perderse en el horizonte y se echaba a caminar, silbando, por ese mismo sendero que, aunque siempre era el mismo, siempre volvía a ser nuevo.

Y como el humo, los sueños se disipaban con un leve soplo de viento.

Y Juan seguía acurrucado, atento, percibiendo en el fondo de sí un insondable goteo, de las húmedas raíces, de la honda noche arropando su cuerpo.

Las estrellas brillaban.

Y sentía la soledad de estar vivo y tener que saberlo.

Quería llorar, pero no podía porque no quería dejarse arrastrar como un muñeco abandonado en un torrente de lágrimas vacías. Juan sin cielo se creyó que lo había visto todo y que nada le quedaba por ver. Y se dio cuenta, tan despacio que sucedió en un segundo, de que no estaba metido en un agujero, ni era de noche, ni le acosaban los vampiros, ni le roían los gusanos, ni le asustaban los cuchillos. Llegó a comprender que hacía mucho que no levantaba su mirada al precioso cielo de un atardecer.

Y miró a lejos con sus ojos tristes, sonriendo.

Y hasta aquí llega mi historia, que no es una historia, es una vieja canción que os cuento.

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Comentarios

  1. levast dice:

    Un 10, maestro, una pequeña historia por momentos terrorífica, por momentos evocadora y cien por cien mágica. Una delicia, me encanta releerlo.

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