Ir directamente al contenido de esta página

Jóvenes, descarados y con mala actitud

por

Tan pronto como sale del garaje cargado con latas de cerveza y Coca-Cola, Jerome se da cuenta de que se le están quemando las últimas hamburguesas y chuletas en la barbacoa. Saca a toda prisa la carne y echa algo de agua en el fuego para que se disperse el humo. Evita darse la vuelta para esquivar las miradas de todos los invitados pero unos tirones en su pantalón lo obligan a girar la cabeza. Es el pequeño Tim, el hijo de su vecino Jack, un niño rubio de apenas siete años que está observando al gigantón negro de Jerome mientras sorbe un helado de vainilla.

—Mi padre dice que llevar pendiente en la oreja es de maricas —le suelta burlonamente el niño.

—Oye, chaval, el pendiente me lo puedo quitar en cualquier momento. Dile a tu padre que es más difícil quitarse esa fofa tripa que tiene.

El niño se queda con la boca abierta y se da la vuelta enfadado y llorando. A varios metros, Beth, la mujer de Jerome, lanza a su marido una mirada de extrañeza pero él se encoge de hombros fingiendo sorpresa. Beth, a sus años, sigue siendo una escultural belleza de ébano con el temperamento de una leona. Jerome se gira y  prepara unos bocadillos con la carne quemada. Piensa en el sol que le achicharra el cogote y en que aún no se ha llevado una cerveza a la boca. Con una mano sostiene la bandeja con los bocadillos y con la otra la neverita con las bebidas, sintiéndose como el chico de los refrescos del estadio de los Yankees. Y eso que hoy es su cumpleaños. Se dirige hacia la zona de la piscina donde se reúnen los invitados, su hijo Trevor y su mujer embarazada, algunos vecinos, familiares de Beth y compañeros del trabajo. Pero se le pone una sonrisa cuando se encuentra, algo apartados del resto, a sus dos amigos de toda la vida charlando y riendo. Son Liam «Slim» Barlow y Tyrell Davis, sus colegas de los suburbios de Harlem, que le dan a Jerome una palmadita en la espalda cuando llega a su altura. Los tres negros ya sobrepasan con mucho los cincuenta años y su aspecto no es el mismo de sus tiempos jóvenes. Slim ya no es un tipo flacucho y desgarbado, ahora es un gordo glotón, mientras que Tyrell trata de mantenerse en forma pero no puede ocultar su calva y sus arrugas. Y Jerome, quien nunca se hubiera imaginado verse de adulto responsable, padre de familia, con una casa en un barrio residencial de New Jersey y sirviendo hamburguesas a sus vecinos blanquitos con una gorra de los Knicks y un delantal con la bandera de Kenia.

—¿Qué tal, chicos, lo estáis pasando bien? —les pregunta Jerome mientras abre una lata de cerveza.

—De cine. Deja unas hamburguesas por aquí que ya hemos vaciado unas latas y se nos están subiendo a la cabeza —responde Slim mientras estruja una y la encesta en un cubo.

—¿De qué estabais hablando?

—Bueno, del trabajo y de basket, y del culo gordo de Slim, ya sabes —apunta algo dubitativo Tyrell.

—Ya, seguro —replica, poco conforme, Jerome.

—Vale, también nos estábamos acordando de Hong Kong y de ese torneo en aquella isla que no aparecía en los mapas.

—Joder, al final siempre acabamos hablando de artes marciales y de los viejos tiempos —le corta Jerome.

—Y que lo digas. Lo de ese torneo fue muy extraño. No sé cómo coño escapamos de esa isla.

—Sólo sé que acabé ganando el campeonato y nos llevamos el trofeo —remarca Jerome orgulloso.

—No, tío, lo robamos. Te descalificaron porque habíamos drogado antes de la final a aquel tailandés loco de dos metros que desayunaba carne cruda de bisonte.

—Puede que fuera así pero por lo menos no acabé empeñando el trofeo. Creo que aún lo debo tener por ahí, perdido en el desván…

—Joder, tienes una memoria muy selectiva. Tampoco te has creído nunca lo del asunto del restaurante Yi-Jie en el que nos metimos Slim y yo.

—Hombre, me habéis contado tantas versiones, cada una más inverosímil que la anterior.

—No te hagas el listo, Jerome, te voy a refrescar la memoria y contar la auténtica versión del director. Érase una vez en Hong Kong…

¡TALLARINES LETALES EN EL MENÚ DEL RESTAURANTE YI-JIE!

…que dos apuestos negros pisaban sus calles por primera vez para una misión de infarto. El jefe nos pagó los billetes de avión mientras tú permanecías en New York para cubrirle las espaldas. Nos ordenó buscar pistas en la ciudad para poder localizar el lugar donde una banda rival tenía secuestrada a su hija Shui. Y allí estábamos nosotros dos, con un cantonés pésimo pero con ganas de arrasar. Quizá no éramos los mejores interrogadores pero al ser extranjeros no nos conocería nadie de las tríadas rivales.

Dos días después, estábamos empachados de arroz y ya nos habíamos pateado diez o veinte tugurios y nos habían expulsado de la mitad. Una noche, acabamos perdidos en no sé que suburbio, dentro del Restaurante Yi-Jie, cerca de las cuatro de la mañana.

El local estaba vacío de clientes, apenas permanecían unos malencarados camareros y unas prostitutas en la barra vestidas con bonitos qipaos. Íbamos tan borrachos que nos sentamos riendo a carcajadas y empezamos a pedir a gritos pizzas a los camareros. Los chinos no nos entendían y nosotros a ellos menos, por lo que nuestra presencia era evidente que les parecía un incordio. Slim se quedaba pasmado y sonriente mirando a las chicas de la barra, que estaban custodiadas por unos tipos duros que fumaban y nos observaban con mala hostia.

Al rato, cuando un impaciente camarero nos trajo dos platos de tallarines fríos yo le cogí de la manga y le empecé a hablar al oído. Lo interrogué por si había escuchado algo de Shui, la hija del jefe, o de sus secuestradores. El tipo se hacía el loco, negando nervioso con la cabeza pero enseguida se fue a hablar con los hombres de la barra. Uno de ellos se fue a la puerta de entrada y echó el candado. El otro empezó a dar órdenes al resto de sirvientes.

Aunque no lo entendía, no me gustaba lo que oía y mucho menos lo que veía. Los de la cocina empezaron a afilar unos grandes cuchillos, los camareros rebuscaban en sus delantales, las chicas vaciaban sus bolsos en la barra y los sicarios se echaban la mano al cinto. A Slim le entraba sueño pero yo le daba codazos para advertirle. El jefe siempre nos advertía: «Esperad a que el enemigo haga el primer movimiento, luego, seguid esperando», aunque lo que deseaba era salir por patas de allí. Pero la cosa estaba difícil, así es que había que improvisar algo. A mano sólo teníamos los platos y unos palillos. Y los chinos se nos iban acercando disimuladamente.

Un camarero se puso a nuestra altura, con las manos escondidas en el mandil, tratando de empuñar un cuchillo. A mí sólo se me ocurrió gritarle lo primero que se me ocurrió en cantonés: «¡A estos tallarines les falta sal!». Cuando el tipo sacó furioso el cuchillo, yo le lancé el plato a la boca, le salté los dientes y, sentado, estiré la pierna para clavarle la puntera en las costillas. Slim entonces se despertó, gritó «¡pelea!» y se fue directo hacia el que protegía la entrada, que había sacado un pequeño revólver. No le dio tiempo a disparar, Slim le desarmó con una patada voladora y le hizo crujir la mandíbula con varios puñetazos.

Sin embargo, a mí me esperaba lo peor. No sé aún cómo, pero esquivaba todo lo que me tiraban como podía. Junto a mi cabeza silbaron los dos cuchillos de carnicero que me lanzaron los cocineros. Otros dos cuchillos los repelí con los palillos de madera. Pero las peores eran las chicas. Rompieron los vasos en la barra y me lanzaron los cristales con tal precisión y fuerza que parecían proyectiles. En el brazo se me clavaron tres como si fueran flechas. Hasta las horquillas del pelo usaban como dardos. En la lucha, además, eran unas jodidas perras. Eran ágiles y levantaban unas patadas formidables. Ya sabéis que este corte en la mejilla me lo hicieron con un tacón afilado. Poco a poco, bloqueando y aguantando golpes pude ir derrotando una a una. Y a los cocineros les acerté a clavar en la cabeza alguna de las horquillas.

Al fondo, Slim se estaba encargando de los malditos camareros, pero me faltaba uno de los sicarios. Se me abalanzó encima y me tiró sobre la mesa que habíamos ocupado. Me sujetó fuerte, me encañonó en la sien y me restregó la cara en el plato mientras me gritaba al oído en cantonés. En esa situación tan jodida no se me ocurrió otra cosa, con la cara rebozada entre esos tallarines fríos y sosos, duros como el acero… agarré fuerte con la mano unos cuantos y se los clavé en un ojo. Me giré y también le rasgué la cara con ellos. Al segundo, salté con una media vuelta en el aire y lo proyecté contra la barra con una tremenda patada giratoria.

Slim estaba agotado y le comenté que esperara porque iba a inspeccionar arriba, en las escaleras. Ya no podía aguantar una pelea más. Subí y abrí las habitaciones de una en una y en la que tuve que forzar un candado me encontré a una chica durmiendo. Tenía que ser Shui. La desperté y enseguida se incorporó y me lanzó un ataque veloz con el canto de sus manos. Era una digna heredera de su padre. Pude bloquear con agilidad sus golpes y al final agarrarla por las muñecas y lanzarla al suelo. Caí sobre ella y le susurré al oído que habíamos llegado para rescatarla y… ¡oooh, tíos!, se me puso dura al instante. Y ella lo notó, vaya que sí.

—Siempre has sido un fanfarrón, Tyrell, ni en sueños pudiste tener nada con Shui. Ella te hubiese arrancado las pelotas sólo con que se te hubiera pasado por la imaginación.

—No, no, Jerome, allí estaba Slim para confirmarte todo lo que pasó. Y te juro que antes de volver a América tuvimos nuestro revolcón. Las orientales siempre se han vuelto locas con los negros y esta cosa de aquí abajo tuvo lo suyo con la pequeña Shui.

En ese mismo momento se acerca a ellos Beth, la mujer de Jerome, algo enfadada y con los brazos en jarras.

—Hola, Beth —saluda Slim levantando una lata de cerveza.

—Hola, encanto, estás esplendida —coquetea sin rubor Tyrell.

Beth no hace caso a los amigos de su marido y aparta un momento a Jerome para hablarle en voz baja.

—Oye, hay invitados a los que todavía ni has saludado ni has atendido. Fíjate, allí está nuestro vecino Jack que está deambulando con las manos en los bolsillos.

—Pero Jack es un gilipollas, ya sabes los problemas que hemos tenido con su perro y su coche.

—Mira, se ha divorciado, ha traído a su crío, está solo y en esta fiesta nadie está charlando con él. Es tu cumpleaños Jerome, si no vas a servir la comida ni la bebida por lo menos tráelo aquí y que se entretenga con vosotros.

Beth recoge la bandeja con los bocadillos y se dirige a la zona de la piscina. Jerome se encoge de hombros y se acerca hacia su vecino Jack con una cerveza en la mano. Jack es un joven rubio, de unos treinta y cinco años, según Jerome «el típico yuppie blanco aburrido de Manhattan». El hombre rechaza la cerveza por una bebida light pero no se niega a pasar el rato con el grupo de Jerome. Tras las presentaciones y una pequeña charla intrascendente de esto y lo otro, vuelven a retomar su tema preferido.

—¿Sabías que tienes a todo un campeón de artes marciales como vecino, Jack? —comenta sonriente Slim.

—Vaya, no tenía ni idea. ¿Karate, taekwondo…?

—Bueno, no exactamente —responde Jerome—. La técnica que dominaba se podría definir como…

EL CAMINO DEL HOMBRE PEREZOSO

Pero para explicártelo bien hay que remontarse muchos años para conocer toda la historia.

Tyrell, Slim y yo nacimos en Harlem, nos abandonaron en Harlem, crecimos en el orfanato de Harlem y nos metíamos en todos los problemas posibles en Harlem. Nos echaron de todos los colegios y reformatorios y una noche de tantas que salíamos a buscarnos la vida nos pescaron unos chinos robándoles un camión con televisores.

Estábamos acojonados cuando nos llevaron a punta de pistola a un almacén de los suburbios. Allí nos empezaron a pegar de lo lindo pero aguantamos e incluso nos pusimos en pie y les plantamos cara. Eso le debió divertir al señor Wang, que estaba observando la escena a unos metros. Nuestro futuro jefe era un chino bajito, de unos sesenta años, tranquilo, con pocas arrugas y de movimientos lentos, parecía el típico amarillo de los que despachan en una frutería en el Bronx. Ordenó que nos soltaran y nos invitó a sentarnos en una mesa a solas con él. Con total naturalidad nos sirvió un té y empezó a charlar con nosotros, a preguntarnos por nuestra vida. Estábamos alucinados pero nos cayó bien y su personalidad daba mucha confianza. Le gustó nuestro carácter y la valentía con la que nos enfrentamos a sus matones. Y nos hizo una sugerencia más alucinante todavía: necesitaba a gente de New York, gente que conociera las calles y las bandas para protegerlo a él y sus negocios. No sé por qué pero le gustaba la actitud de los negros de los suburbios y su descaro. Vaya oportunidad para tres negros huérfanos de Harlem. Obviamente sus «negocios» no eran completamente limpios, venía de Hong Kong y quería asentar una organización de tríadas en la Costa Este.

—Venga Jerome, no lo aburras, cuéntale algo de cómo nos enseñaron a pelear —interrumpe animado Tyrell.

—Ya, déjame pensar.

El señor Wang no se veía a sí mismo ni como un jefe ni como un maestro de artes marciales, sino que se sentía como un consejero para los suyos. Creía, ante todo, en aprender contemplativamente. Una vez nos dijo: «Mira, observa, métete las manos en el bolsillo, piensa dos veces antes de actuar y si no estás seguro, ponte a esperar». Te juro que te crispaba los nervios con esa actitud perezosa suya. Pero el hombre era venerado como un maestro del kung fu y un estratega en los negocios. A mí me parecía imposible, nos aburría con sus charlas y consejos. Entre nosotros lo llamábamos vago o perezoso. Y un día le dijimos que queríamos acción y no chorradas filosóficas. Se encogió de hombros con esa actitud suya tan indolente y se plantó en medio de la tarima donde practicábamos lucha.

Pidió a uno de sus guardias veteranos que lo atacase y le advirtió de que golpeara con todas sus fuerzas. El chino atacó al jefe con puñetazos y patadas directamente a la cara. El señor Wang ni se inmutaba, esquivaba los golpes o los detenía, y simplemente se quedaba mirando al tipo como el que lee un periódico. Después de un rato, el jefe se apartó unos metros, se rascó la perilla y sonrió. Cuando su atacante volvió a la carga, simplemente dirigió dos dedos contra su hombro y aprovechó el impulso para desestabilizarlo y hacerlo girar como una peonza. A continuación, cuando tuvo su rostro de frente, con esos mismos dos dedos, lo apartó de un certero toque que le hundió la nariz y desplazó el cuerpo hasta nuestros pies. Con dos putos movimientos de sus dedos paralizó a un hombre musculoso y lo mató.

Nos quedamos pálidos mirando el cadáver. Yo dije temblando: «Lo ha matado, señor Wang». El jefe se limitó a exponer tranquilamente: «Observar y esperar. Me he pasado cinco minutos esperando y aprendiendo cómo peleaba hasta que pude adivinar sus movimientos antes de que él mismo los pensase. Y es cierto, lo he matado. Hace días que ha cambiado sus costumbres, le temblaba la voz al dirigirse a mí y desde el lunes luce un reloj caro. Alguien lo ha comprado y me iba a traicionar. Observad y esperad. Sólo así tendréis éxito». Nos quedamos pasmados después de oír eso. Desde entonces seguimos a rajatabla todas sus órdenes. Era el Consejero, con mayúscula.

Jack ha seguido toda la historia con interés y señala:

—Toda esa filosofía y esas técnicas me recuerdan mucho a los samuráis…

—¿Samuráis?, ¿de qué coño hablas? —replica Tyrell excitado—. No tienes ni idea. ¿Crees que Jackie Chan, Bruce Lee o Jet Li eran samuráis? Y el mejor de todos…

—¡El puto David Carradine! —gritan los tres al unísono.

Jack se ríe con ellos ajeno a las burlas que le están haciendo.

—¡Ja ja ja, qué tiempos aquellos! —comenta Slim—. En los setenta podía pasar cualquier cosa.

—Pero también quedaron atrás, nadie podía aguantar el ritmo de aquello. Las tríadas, los ajustes de cuentas, las juergas salvajes, la policía. Lo dejamos en el mejor momento, cuando todo iba a empezar a decaer a lo bestia. Íbamos a acabar en chirona o en un ataúd. El señor Wang ya se había empezado a meter en asuntos muy serios: drogas, tráfico de armas, prostitución con niñas —comenta con tristeza Jerome.

—Ya, pero siempre queda algo bueno, las enseñanzas, las técnicas, los torneos de artes marciales. Incluso las cicatrices.

—Mira, Jack, este corte en la mejilla me lo hizo una putilla china con un tacón, pero la mejor herida la tiene Jerome —recuerda Tyrell.

—No, tíos, no me hagáis enseñarle el torso a mi vecino…

—Venga, no seas así, si esa cicatriz tiene una historia cojonuda —interrumpe Slim—. Aún recuerdo la música de entonces, las chicas…

¡SANGRE, FUNKY, COCA Y UN BAILE IMPOSIBLE EN LA PISTA!

Nos ordenaron a los tres acompañar al señor Wang a una salida nocturna, un viernes. Imagínate Jack, en New York, años setenta, la noche, música disco y tres hermanos duros y elegantes acompañando al capo chino más importante en el local de moda de entonces, el Blue Jazz Moon. Éramos los amos, los héroes de los chavales de Harlem. Guapos, cachas, con un pelazo a lo afro que era la envidia de todos los blanquitos. Jerome tenía un bigotón y unas patillas que arañaban el suelo. Mírale ahora, qué arrugas y qué ojeras tiene. En fin, si yo me pusiera un traje de los de entonces lo reventaría.

El caso es que el jefe había concertado una cita con un capo cubano de Florida para cerrar unos negocios y, claro, allí estábamos nosotros, su guardia negra, para que estuviese lo más respaldado posible. Esa noche la disco estaba a reventar. La pista de baile del Blue vibraba eléctrica con unas go-gos espectaculares, altísimas, con maquillaje de platino, al ritmo de Boney M o Gloria Gaynor. El ambiente era increíble. En los baños y en las mesas de los reservados el polvo blanco se aspiraba igual que aire fresco. Junto al jefe aparecimos vestidos con nuestros elegantes y ajustados trajes de diseño, con pantalones campana, chalecos brillantes y calzando enormes zapatos de plataforma. Éramos jóvenes, descarados y con mala actitud. Pero estábamos allí para trabajar.

Nos acompañaron a un reservado y los capos empezaron a tratar de lo suyo mientras nosotros tres vigilábamos de pie cerca de la mesa. Cada poco nos turnábamos para dar una vuelta por el local para detectar a cualquier sospechoso de una banda rival. Claro está, al que le tocaba hacer la ronda se iba discretamente al baño y se cortaba unas rayas para poner a tono el cuerpo. Y al bueno de Jerome se le fue la mano en su ronda a y se presentó algo aturdido…

—Venga, Slim, no tienes por que seguir, Jack no me conoce…

—Eh, tío, que yo tampoco me escondo.

En esos tiempos nos metíamos en el cuerpo un autobús si hacía falta. El tema es que Jerome llegó al reservado y lo vimos algo nervioso y excitado. Hablaba muy rápido, decía que estaba mareado y que había visto a alguien sospechoso. Le dijimos que se calmara pero no hacía más que tocarse la nariz y mirar a todos lados. Le pedimos que se fuera cinco minutos a la calle a refrescarse pero nos mandó a la mierda y se puso a deambular como un loco por el Blue.

Nos quedamos junto al jefe vigilando y esperando a que volviera Jerome. Pero el muy cabrón tenía razón. A unos metros, un tipo solitario que vestía ropa ligera negra, guantes y un jersey de cuello alto, empezó a rondar cerca de nuestra mesa. Al poco nos percatamos de que preparaba algo entre sus manos y cuando nos quisimos dar cuenta estaba apuntando a la mesa con una cerbatana. Por milímetros no acertó al jefe ya que el loco de Jerome se estaba lanzando en plancha sobre él desde la barandilla de las escaleras. Al parecer lo había calado desde hacía rato y no paró hasta descubrirlo. Tyrell y yo nos abalanzamos sobre la mesa para defender al jefe mientras Jerome se incorporaba de la caída buscando enfrentarse al asesino. El tipo se subió el cuello del jersey y dio dos volteretas hacia atrás para guardar distancia. Era idéntico en todo a un puto asesino ninja. Jerome se puso en posición de defensa pero le resulto imposible detener el fulminante ataque de su oponente, que se sacó del cinturón dos shurikens que volaron como relámpagos. Uno lo paró con el antebrazo y el otro le atravesó el abdomen. El asesino empezó entonces a dar pequeños brincos alrededor de Jerome, buscando la forma de darle el golpe de gracia…

—Bueno, déjame, voy a seguir yo, por lo menos contaré la parte menos vergonzosa del relato.

El caso es que la herida me dejó doblado y los ojos se me nublaban y no conseguía centrar al asesino, que se movía a mí alrededor como un demonio. No sé si fue mi voluntad, no sé si fue, ejem, el subidón de la coca y la música o quizá puro instinto, pero el caso es que me incorporé hecho una furia, con los ojos inyectados en sangre y loco por agarrar al cabrón del ninja. Me levanté, escupí al suelo y me tiré a por él. El hombre era escurridizo y ágil y cada vez que me acercaba descargaba en mi cara puñetazos como centellas. Entre golpes, paradas, proyecciones y llaves, acabamos en la pista principal del Blue.

—Pero lo mejor era verlo desde fuera —interrumpe Slim.

Imagínate, Jack, a un hermano vestido con ropa elegante para salir de marcha peleando contra un demonio vestido de negro. La gente se volvía loca al verlos, creían que estaban haciendo una exhibición de baile. Allí, iluminados por las luces estroboscópicas de la discoteca, parecía que ejecutaban una extraña danza, como si se movieran a cámara lenta. Los dos luchaban como fieras entre los aplausos de las chicas del local.

El ninja era un maldito profesional, rápido, letal, paraba todos los golpes y patadas y castigaba a Jerome en el abdomen herido. Después de dos patadas giratorias que el ninja le propinó en la cara, nuestro Jerome casi muerde el polvo. Pero tu vecino era un campeón y cabreado era un negro muy, muy peligroso. Se volvió a levantar, tiró la americana al suelo, estiró las dos piernas hasta que rompió los pantalones y junto las dos manos sobre su pecho. Soltó un grito de dolor y pegó un brinco con el que literalmente voló por encima del asesino y, suspendido en el aire, le propinó dos tremendos golpes con el tacón de los zapatos de plataforma que dejaron al jodido ninja neoyorquino literalmente seco. Jerome, el puto héroe disco de la noche.

Esa noche y las siguientes semanas, en el Blue todo el mundo bailaba funky como si estuvieran ensayando katas de artes marciales.

—Ven Jack, acércate y mira la cicatriz que le dejó en el abdomen.

En ese momento, mientras Slim está levantando la ropa de Jerome para enseñar la cicatriz, se dan cuenta de que todos los invitados los están mirando debido a los gritos y las risas. Con la broma, a Jerome se le caen los pantalones para completar su bochorno personal. Hasta el pequeño Tim, que estaba escuchando de cerca la historia, contempla la escena y se pone a llorar. Jack, que ya estaba algo serio al final del relato, agarra a su hijo y se dirige a la salida. Jerome se sube los pantalones y se apoya algo triste en la verja del jardín.

—Vaya tarde. Es lo que pasa cuando echas la vista atrás, que vuelves a sentir el entusiasmo de la juventud. Echo de menos esos tiempos pero me parece una época de dibujos animados. Ésta es la vida real, el trabajo en el concesionario, la familia, ser abuelo en unos meses…

—Tienes razón, hermano —responde Tyrell—. Nos hacemos viejos, ya no tenemos cuerpo para aferrarnos a la aventura.

Al otro lado de la verja se oyen los agudos ladridos del nervioso perro de su vecino Jack. Jerome se termina la cerveza, se asoma a la verja para situar al animal y agarra la lata. Sin mirar, la lanza con tal precisión que acierta al perro en la cabeza, el cual cae fulminado gimiendo.

—«Esperar, observar, esperar de nuevo y actuar» —afirma burlonamente Jerome entre las risas de sus amigos.

***

Horas después, de madrugada, unos ruidos despiertan a Beth y Jerome en su dormitorio.

—Jerome, levántate por favor, mira a ver qué ha sido ese golpe.

—Cariño, no debe ser nada, vuelve a dormirte.

—Jerome, ya es bastante jodido que no quieras tener armas de fuego en casa para defender a tu familia. Mueve tu culo y sal a ver qué sucede.

Farfullando entre dientes, Jerome se levanta, coge una bata y sale al jardín. Mira a su alrededor pero no ve nada hasta que se percata de algo cuando se gira hacia el tejado. Desde la casa de su vecino Jack se ha extendido una cuerda que se ha clavado contra su propio tejado. Algo parecido a una ballesta, de la cual ha salido disparada la cuerda, se puede distinguir en una cornisa de la casa de Jack. Dirigiendo la vista, observa que en su propio tejado se mueve una figura vestida de negro.

—¿Qué coño…? —se lamenta sorprendido Jerome.

Lo único contundente que se encuentra a mano es el rastrillo del jardín. Se lo ata al cinturón de la bata y, tratando de sorprender al incauto, empieza a escalar hasta el tejado por el canalón del agua. Arriba descubre a la oscura figura encapuchada extrayendo objetos de una mochila.

—¿Quién coño eres y qué haces en mi casa?

El individuo contempla silenciosamente a Jerome durante unos segundos. A continuación, se quita el pasamontañas para descubrirse como su vecino Jack. Jerome se empieza a enfurecer de verdad.

—Mira Jack, no sé qué coño haces asaltando mi casa pero te juro que no te voy a dar ni una puta oportunidad si no te largas cagando leches antes de que llame a la policía.

—Creo que no, Jerome, tenemos cuentas pendientes que resolver.

—¿De qué coño estás hablando? No sé si te refieres a tu perro pero baja de aquí o te envío volando a tu casa de una patada en los huevos.

—He acudido a limpiar el honor de mi familia, cerdo. Hoy me has descubierto que fuiste tú quien deshonraste a mi padre. Sí, a él lo contrataron para acabar con la vida de tu antiguo maestro. Fracasó y tú lo humillaste en una maldita discoteca de negros. Los siguientes años vivió amargado por la culpa y la vergüenza de aquella noche y se acabó suicidando. Hoy tomaré mi venganza.

—¿Qué dices, de qué coño hablas? Eso pasó hace… joder, vosotros los fanáticos de lo japonés y de toda esa mierda del honor y la venganza, ¿por qué coño no me dejas en paz y lo olvidamos?

—Jamás. Defiéndete y lucha.

—Esto es absurdo. Oye, Jack, te pido perdón por lo que pasó con tu padre. Pero piensa un poco, acabo de cumplir cincuenta y seis años, voy a ser abuelo, vivimos en un barrio respetable y me estoy helando de frío con este pijama, ¿no lo podemos resolver de otra puta forma?

Jack niega tranquilamente con la cabeza y recoge su mochila. La abre y deja caer en el tejado varias armas japonesas como katanas, shurikens o dagas. Elige una kama, una hoz a la que va atada una cadena. La agarra y empieza a voltearla con fuerza sobre su cabeza. Jerome coge aire, agarra el rastrillo y se pone en posición de defensa. Un fuerte viento levanta al vuelo su bata de seda roja.

—Lo siento, Jerome. Esta vez será a muerte.

—Me cago en la…, joder, Beth me va a matar.

¡DUELO FINAL EN LAS AZOTEAS DE LA AVENIDA JEFFERSON!

¿Te ha gustado? ¡Compártelo! Facebook Twitter

Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    “Allí, iluminados por las luces estroboscópicas de la discoteca, parecía que ejecutaban una extraña danza, como si se movieran a cámara lenta. Los dos luchaban como fieras entre los aplausos de las chicas del local.”

    Y ahora, ¿qué? ¿qué va a ser lo próximo? 😈
    Señor Levast, se está poniendo usted a sí mismo un listón tan alto que ni con la pértiga de Bubka, oiga. Sus fans y otras adeptas (entre las que me incluyo) le vamos a pedir más y más. Bluetale por los cuatro costados 😉

  2. SonderK dice:

    Cojonuda historia, estaba pensando en hacer un crossover entre tu relato y el mío, sería propio de genios, ¿no crees?

  3. Walkirio dice:

    Hay una cosa curiosa en lo de las artes marciales: donde más ha calado ha sido en las culturas orientales con toda la filosofía zen y tal y en la cerebromosquitada cultura americana, con su variante psicodélica. Supongo que será por la industria del cine del Tío Sam.

  4. marcosblue dice:

    Estoy a favor del crossover total. Creo que entre tú y el Isma os podíais montar una franquicia de relatos de kung-fú barriobajero. Estas historias de negracos molones hacen disfrutar de lo lindo al prójimo. La escena de la discoteca, infinita. Hermanos, decidnos que sí; os doy el título del libro de 800 páginas que vais a escribir: “American Kung-Fu Ghetto”, yo os prometo, humildemente, un prefacio digno de vuestra altura.

¿Algún comentario?

* Los campos con un asterisco son necesarios