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Horas muertas ‹ Relatos Bluetales

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Horas muertas

por Relato ganador

El ladrido lastimoso de un perro obligó al cabo Clemens a asomar la cabeza por la embarrada trinchera. Intentó localizar el sonido pero apenas vislumbró, entre la densa niebla, al animal enganchado entre una alambrada de espino luchando por liberarse. El cabo Frédéric Clemens observó impotente durante un rato la lucha del animal; se encontraba en una zona demasiado abierta del campo de batalla y estaría a merced de la artillería prusiana si acudía a ayudarlo. Los ladridos le habían despejado la mente durante su turno de guardia. Temblaba y tenía todas sus extremidades agarrotadas. Descendió hasta la superficie de aquella trinchera situada en el enclave del Somme, donde las tropas francesas estaban resistiendo la ofensiva de las tropas alemanas y austrohúngaras. El frio invernal castigaba sus huesos y rezaba sin fe para que no nevara. Sus brazos seguían tiritando sin remedio. Tanteó entre su mochila, recogió una manta y se la echó a los hombros. Intentó distinguir la hora del reloj de su bolsillo, pero lo tuvo que acercar casi hasta las pupilas ya que apenas conseguía ver con la luz de la luna. Se percató de que aún no habían pasado ni cuarenta minutos. De nuevo había sido castigado para hacer guardia toda la noche, desde hace días pasaba horas y horas vigilando, paseando, pensando. Mucho tiempo para evadirse, para desear escapar de toda esa miseria. Quiso abjurar esos pensamientos y empezó a caminar por la trinchera.

Las charcas dominaban el terreno. La lluvia calaba los cuerpos y la vestimenta de combate. Únicamente la artillería daba algo de tregua los últimos días. Había oído rumores de que las trincheras alemanas eran más firmes, con pasadizos y entablados de madera. La de su regimiento era un lodazal embarrado en la que vivían mejor las pulgas, los piojos y las ratas. Levantó su fusil y empezó a caminar por la trinchera. Se acercó a su compañero Dugès que dormitaba en el suelo, roncando de forma grave, con una sonrisa inconsciente y una pipa de tabaco resbalando por la comisura de sus labios. Clemens retiró con cuidado la pipa de su rostro y la tomó prestada para dar unas caladas. Recogió algo de tabaco de un bolsillo de la chaqueta de Dugès y logró afanosamente encender las húmedas briznas. Siguió paseando, intentado esquivar el olor de excrementos y humedad al que no acababa de acostumbrarse. Aspiró el humo de la pipa mientras reanudaba la marcha. Se cruzó con Dijou, que descansaba acurrucado, seguramente tras haber estado leyendo unas líneas de la Biblia durante la noche. Se paró delante de él, recolocó el libro entre sus manos y se santiguó. Jacques Dijou estudiaba en un seminario pero fue llamado a filas por el ministerio dos meses atrás. Clemens avanzó unos pasos más y se encontró dormitando, hombro con hombro, a los hermanos Deville, marselleses, un dúo de alegres cantarines, unos portentosos bailarines que levantaban el ánimo sólo con sus gestos y bromas. El recluta Pierpont reposaba a unos metros; dormía, pero con los ojos abiertos. El soldado más joven de su regimiento, contaba que tenía veinte años para aparentar más edad, pero algunos compañeros le echaban apenas diecisiete o menos. Mientras pasaba cerca de Paul Rousseau le asustó la repentina tos, y el escupitajo enfermizo que echó a sus pies. El viejo Rousseau padecía una angina y se quejaba lastimosamente. Clemens calculaba que si una bala no le atravesaba las tripas, su pecho no aguantaría más de tres meses de trinchera. En un recodo se encontró encorvado a Michel el Bretón, el cocinero que tenía entre sus manos una patata a medio pelar. Adormilado, el gordo recluta roncaba de forma ruidosa. A su lado, en una cazuela de latón, se conservaba caliente algo de café; Clemens se echó un trago a la boca, pero todavía no acababa de darle calor a su cuerpo. El aire congelado le aturdía la piel y las manos le seguían temblando. Se acabó el café y siguió apretando el cazo apurando los restos de calor. Chapoteó sobre un gran charco y esquivó el cuerpo de Charles Douay, el fusilero del regimiento, que se vanagloriaba de ser el mejor ladrón de Francia, y el segundo mejor amante de París después de su padre. A Clemens le caía bien y, en ocasiones, cuando la guardia se le hacía pesada o tenía miedo y ataques de pánico, le despertaba y charlaban de las aventuras que tendrían tras la guerra. Si había alguien en el regimiento a quien pudiera considerar un amigo, ese era Charles. Era un canalla pero en las malas era leal y solidario. Clemens observó que Douay estaba destapado y dormía con temblores, por lo que lo cubrió con la manta gris que portaba en los hombros. Se frotó las manos para coger algo de calor y avanzó hasta la posición en que descansaba Claude Marais, el teniente de su regimiento. Dormía flanqueado por otros oficiales, y observó cómo se movía y roncaba bajo su tupido bigote. Aquel hombre severo y cruel descansaba. Clemens apretó los dientes, y cerró los dedos simulando que ahogaba la garganta de ese malnacido.

Claude Marais era el hombre que más lo había mortificado en la guerra. Más que la artillería alemana, más que el invencible invierno y más que las lamentables trincheras. El teniente Marais era un hombre respetado y temido, pero para Clemens era un temerario cruel, arbitrario en sus órdenes e implacable con los débiles. Para Frédéric Clemens, era el responsable de que su hermano Jean estuviera en un sanatorio con la cabeza fracturada y una pierna amputada, debido a una misión mal planificada por el teniente. Los días en la zona del Somme eran tediosos y violentos pero el teniente los empeoraba. Castigaba con saña a aquellos que discutían sus órdenes. Especialmente a Clemens, a quien tenía sometido bajo su bota. No quería que los reclutas se insubordinaran. Al cabo Clemens lo castigaba con interminables guardias nocturnas y durante el día le hacía formar parte de las patrullas de exploración para atacar las bases prusianas. Clemens pasaba las horas muertas de las guardias planeando, imaginando, elucubrando formas de acabar con el teniente. Incluso se lo había confesado a algunos íntimos del regimiento: «El teniendo Marais no sobrevivirá al mes de febrero, o lo matan las balas alemanas o lo haré yo con mi bayoneta», le transmitió a Charles una noche enrabietado. En ese momento, Clemens oyó explosiones a lo lejos. Permaneció unos segundos más contemplando a su teniente. Cada vez le era más difícil contener la ira.

—Maldito borracho —dijo entre dientes y dio la vuelta para volver a su puesto so pena de que le descubrieran desplazado y sufriera otro duro castigo.

La artillería sonaba lejana pero insistente. El caminar de Clemens ante el ruido y el clamor de las bombas se hizo más nervioso y frenético. Las escaramuzas eran raras a esas horas de la madrugada. Se asomó en un punto de la trinchera y aunque trató de vislumbrar movimientos de tropas apenas distinguió al perro atrapado entre el alambre de espino. Parecía que el animal daba sus últimos estertores pero aún se agitaba agónicamente. Los destellos de las bombas eran aún distantes, y el miedo le empezaba a provocar ansiedad. Clemens era un voluntario que empuñó las armas con fervor pero las disputas con el teniente, las atrocidades de los bombardeos y la brutalidad del enemigo lo desmoralizaron y lo transformaron en un hombre rencoroso y vengativo. Pasó al lado de Douay y, aunque estaba helado de frío, dejó que su compañero mantuviera aquella manta infestada de pulgas. Se cambió el fusil de hombro y siguió su patrulla. Evitó las piernas de sus compañeros, rebuscó algo de comida, pero se dio cuenta de nunca logría descubrir dónde escondía Michel los alimentos en esa maldita trinchera. Estaba mareado y con arcadas en su garganta. En algunos momentos deseaba enfermar gravemente y escapar de allí.

Clemens seguía absorto y daba sus últimas caladas a la pipa; era lo único que le daba calor. Avanzó por el último recodo y enfiló el camino hasta su posición, donde en unos pasos reposaba Dugès. Apuró el tabaco con unas últimas y ansiosas chupadas para devolverle la pipa a su compañero. Apenas distinguía su cuerpo, la niebla era densa y cortante, pero daba la impresión de que parecía inquieto y convulso. Clemens echó los restos de tabaco al suelo, y en voz baja llamó a su compañero.

—Albert, ¿estás bien? —preguntó mientras se acercaba unos pasos más.

Las piernas del cuerpo del recluta se estremecieron y las manos se agitaron.

—¿Albert? —gimió Clemens cuando descubrió que tras la figura de de Dugès se ocultaba la silueta de otra persona que estaba sosteniendo la nuca de su compañero, mientras su boca se engarzaba con fuerza en el cuello del soldado.

La figura, pálida y esquelética, un hombre grotesco con piel clara y enfermiza, contempló con ojos brillantes y ansiosos el rostro de Clemens. Éste se detuvo petrificado, aturdido, mientras la figura pálida se incorporaba y dejaba caer la cabeza de Dugès en el suelo como un muñeco de trapo. La boca del extraño rebosaba sangre de unas mandíbulas afiladas como estacas y señaló con unos delgados y largos dedos la cara de Clemens. De su boca surgieron unas palabras, unos ruidos agudos y rechinantes, en un idioma ignoto que recordaba al lamento de un niño maltratado. La situación le parecía al cabo una pesadilla hipnótica, y se mantuvo quieto como si la voz del extraño lo poseyera. Cerró los ojos, intentando hacer desaparecer de su vista lo que había presenciado, y de forma mecánica descolgó su fusil, lo cargó y lo hizo detonar. El estruendo del disparo fue como un resorte en su ánimo y un trueno en sus tímpanos. Abrió los ojos y observó la figura del extraño reptando por la trinchera, con movimientos semejantes al de una araña.

Se acercó al cuerpo de Dugès. Su garganta estaba desgarrada y su cabeza casi estaba desprendida del tronco. Enseguida fueron acercándose el resto de soldados de su regimiento. Aturdidos y desconcertados, contemplaron a Clemens y el cadáver desangrado de Dugès entre el barro y el agua encharcada, ahora teñida de rojo. El oficial Claude Marais acudió como un vendaval voceando y empujando.

—¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Quién es el responsable? —rugió el teniente Marais.

—Mi teniente, alguien ha atacado al soldado Dugès —respondió con voz trémula Clemens—. Lo encontré mientras era abordado por un hombre de aspecto funesto. Le desgarró la garganta con sus propios dientes.

—¿Qué me está contando, Clemens? —exigió el teniente frente a la cara del cabo; el oficial descargó sobre Frédéric todo el aliento a alcohol que había consumido tras la cena—. ¿Los alemanes han penetrado nuestras posiciones durante su guardia? Es usted un maldito inepto.

—Mi teniente, ha sido algo repentino. No he tenido tiempo de detectarlo.

—Maldición, ¿y qué es lo que ha hecho usted, además de darle las buenas noches al enemigo?

—Disparé, mi teniente. Lo alcancé, pero el intruso ha huido.

—Joder, soldado, es usted peor que las malditas chinches de esta trinchera. ¿Dónde demonios está ese malnacido que ha matado a mi soldado? ¡Responde, Clemens!

—Huyó en esa dirección. Trepó por un saliente de la trinchera, por allí.

—¿Y la sangre del enemigo, cabo? Si lo alcanzó debería haber dejado un reguero de sus heridas —observó el teniente.

—Era un hombre extraño, parecía que no tenía vida entre sus carnes —enmudeció por un momento—. Parecía un muerto al que animaba alguna fuerza desconocida.

—Estupideces —el teniente se giró hacia Clemens y bramó con fuerza para hacerse oír entre todos—. Cabo, ármese con el fusil de Douay y localice y acabe con el enemigo.

—Pero teniente, el sargento Douay es el mejor fusilero del regimiento…

—Acate mis órdenes, cobarde —lo interrumpió el oficial—, o lo pongo frente a un pelotón de fusilamiento.

Clemens se puso firme, cruzó la mirada con su compañero Charles Douay y le tomó el fusil de largo alcance.

Se situó en el puesto de tiro a apuntar en el vasto e inhóspito horizonte. Las cargas de artillería sonaban más potentes en cada estruendo. Intentó concentrarse, abstraerse de las explosiones y de la rabia que le provocaba el teniente. Los alemanes podrían estar en cualquier sitio y apuntándole. Agudizó la visión y trató de enfocar algún objetivo con la mirada. Apuntó a algo que se movía entre las alambradas de espino. Era el perro pastor, agonizante, sin fuerzas para liberarse de su trampa. Clemens tuvo una fugaz sensación de misericordia y desamparo, y disparó una bala sobre el cuerpo del animal. Se giró y comentó a sus compañeros:

—Falsa alarma. No he disparado a nada.

Siguió apuntando, intentando distinguir algo en la densa y sucia niebla. Creyó oír algo, susurros, gritos ahogados. Dirigió la mirada a su flanco izquierdo y divisó un cuerpo grueso tendido en el campo de batalla. «Es Michel», pensó, «se parece al cocinero». Entornó los ojos y pudo comprobar que el soldado estaba siendo arrastrado. Dos figuras delgadas, con túnicas oscuras, estaban estrangulándolo. Los dos extraños se abalanzaron sobre el cuello de su compañero y lo mordieron con ansiedad, devorándolo en unos movimientos fulminantes y letales. Lo último que contempló antes de apartar la mirada fueron las piernas del soldado temblando entre fuertes sacudidas.

—¿Donde está el Bretón? ¿Habéis visto a Michel? —reclamó nervioso y agitado el cabo Clemens; sus compañeros murmuraron entre sí, llamaron al cocinero pero no apareció—. Creo que está siendo atacado, lo han capturado.

—Pues dispara, bastardo —reclamó el teniente—. ¡Dispara, maldito paleto!

El cabo Clemens contempló con pesar las palmas de sus manos temblorosas.

—No puedo, mi teniente, no puedo —gimoteó.

El sargento Douay subió al puesto de tiro, le arrancó el fusil de las manos y abrió fuego nada más asomar por la trinchera. Tras unos disparos se dirigió al grupo.

—No he conseguido alcanzarlos, se han dispersado. Se movían rápido como demonios, señor, como sombras intermitentes. Estoy con el cabo Clemens, tengo dudas de si son soldados alemanes. No llevaban uniformes.

—Bien —exclamó el teniente—, me da igual de dónde vengan y de dónde se han sacado los alemanes a esos salvajes. Son el enemigo y ya se han llevado a dos de los nuestros. ¡Formad, rápido, aquí todo mi regimiento! Disponeos, calad vuestras bayonetas y no tengáis piedad. Nos dividiremos en grupos y limpiaremos estas trincheras de salvajes. Seguro que es una maniobra de despiste para un avance de los prusianos.

—Mi teniente —interrumpió Clemens— considero que no es buena idea dividirnos. Parece que esos hombres conocen bien el terreno y saben cómo capturarnos. Desconocemos cuántos nos están atacando y si nos separamos les resultará más fácil causar más estragos en nuestras filas.

—¿Quién eres tú, Clemens? Eres un maldito hijo de labrador, vete a vendimiar al sur y deja esto para los hombres. Ya has demostrado con creces tu cobardía. Te voy a vigilar bien, vas a estar a mi lado y así no causarás ninguna calamidad entre mis tropas.

Clemens contuvo su rabia e intentó atemperar sus ánimos. Caló su bayoneta en el fusil y se dispuso a patrullar con el teniente y algunos hombres más por el flanco izquierdo.

El silencio era ominoso e inquietante, el cabo creía oír gemidos más allá de las paredes, del viento y del barro de las trincheras, sonidos agudos y palabras susurradas en el idioma del extraño que acabó con Dugès. Las balas y la metralla alemana se acercaban a su zona y confundían sus sentidos. Encontraron dos cuerpos más de compañeros del cuarto regimiento, desvanecidos, desnudos, con marcas de profundas mordeduras en la garganta. Clemens los reconoció porque eran soldados con los que solía compartir guardia en aquellas horas de la madrugada. Los cuerpos inertes mostraban una enfermiza palidez, desangrados, sin color, puros como la nieve.

—¡Animales! —bramó el teniente tambaleante entre los estruendos de las explosiones—. Quiero la cabeza de esos salvajes.

De repente, Clemens oyó un grito lejano a su espalda, en el flanco contrario, desde la posición del grupo de Douay. Escuchó alaridos, gritos agónicos y de auxilio. Su instinto lo hizo girarse y volverse a la llamada. El teniente lo agarró del brazo.

—¿Adónde va, cabo? No rompa la integridad de nuestro grupo.

Clemens se zafó de su brazo y corrió en la dirección contraria, sorteando charcos, piedras resbaladizas y los primeros cascotes que caían en la trinchera debido a la proximidad de la artillería enemiga. Alcanzó la zona de su puesto de guardia y con cuidado y con todo el silencio posible, rodeó el último recodo.

Los gritos y alaridos de los soldados eran espantosos. Se acurrucó junto a una pared y se acercó sigilosamente. Contempló una escena caótica, desgarradora: una figura grotesca, enfermizamente alta y escuálida, alzaba con una mano el cuerpo de Douay, apretando su cuello, alzando con increíble facilidad al sargento, que se retorcía entre angustiosas convulsiones. Detrás, otro grupo de extraños sujetaban a los hermanos Deville mientras otros se abalanzaban como lobos hambrientos sobre sus cuellos. Clemens contempló aterrado la escena, paralizado, horrorizado por la violencia con la que esos extraños atacaban a sus compañeros. Se echó la mano al cinto del fusil, lo cargó y disparó a la primera figura que se puso en su mira. Alcanzó la espalda de la enorme y escuálida figura que sostenía como un peso muerto a Douay. El atacante cayó derribado, golpeando como una losa el suelo embarrado. Clemens lanzó un grito ahogado y empezó a disparar de forma mecánica, casi sin apuntar. Una vez agotada la munición, cargó con todas sus fuerzas con la bayoneta. Los extraños eran alcanzados, caían, se convulsionaban, gemían de forma lastimosa, maldecían en un idioma espantoso. Pero no morían del todo.

Observó que el sargento Douay aún respiraba y trató de incorporarlo; los hermanos Deville estaban desplomados, inertes en un gran charco de sangre. El resto de figuras extrañas comenzaron a levantarse, seres demacrados, de rasgos afilados, piel seca, mechones arrancados, aspecto frágil pero amenazante, hombres y mujeres de edades diversas, exhibiendo gestos y miradas furiosas. Heridos y con miembros amputados, se alzaron firmes y dispuestos a atacar. El cabo Clemens recargó su arma, fusiló sus últimos tiros y dispersó a las criaturas, que se deslizaron por la trinchera buscando refugio en cualquier recoveco, gimiendo de forma espantosa en su huída. El cabo se inclinó sobre su exhausto compañero.

—Esta vez me has salvado el pellejo, Frédéric —comentó un impactado Douay—, no sé si te podré devolver el favor.

—Salgamos de aquí, han masacrado a todos los de esta zona. Unámonos al grupo del teniente.

Los obuses atronaron cerca de su posición. El sargento se apoyó en el hombro de Clemens y avanzaron a trompicones. Balas y metralla llovían cerca de sus cabezas. Las líneas de infantería estaban avanzando implacablemente. El enemigo acechaba dentro y fuera de esas trincheras. La tierra temblaba y empezaba a apestar a pólvora y humo. Se acurrucaron para evitar el impacto de un obús cercano. Pero un sonido hizo que se miraran a los ojos con pavor. El sonido penetrante y agudo de la alarma que hasta el soldado más valiente de toda Francia temía.

—¡Ataque de gas, ataque de gas! —oyeron los dos hombres a lo lejos.

Clemens rebuscó nerviosamente en su mochila, la vació en el encharcado suelo y recogió la máscara antigás. Impaciente, Charles Douay lo ayudó a fijarla en el rostro.

El cabo se sentía perdido y desorientado con la máscara en su cara. Los bombardeos de la artillería, la sangre, el olor a podredumbre, la angustia de la respiración limitada, el aturdimiento, le hizo sentir náuseas y vómitos. Se intentó controlar, intentando borrar de su cabeza todo lo que conocía sobre los ataques de gas. En los hospitales había conocido enfermos agonizantes, con el rostro desfigurado, los pulmones ennegrecidos, cubiertos de llagas y pústulas en la piel. Ya no tenía munición y de su fusil sólo era útil la ensangrentada bayoneta. La visión era borrosa a través de las lentes y prácticamente caminaba dejándose llevar. Tropezó en dos ocasiones y le pareció ver sombras acechantes en cada recodo. Avanzó con la bayoneta apuntando delante de él, frenético y desesperado. Después de interminables minutos, alcanzaron a un grupo de soldados entre los que creyó reconocer al teniente, que braceaba, se retiraba la máscara antigás y hacía sonar su silbato. A sus pies arrastraba el cuerpo de otro soldado desangrado.

—¡Retiraos las máscaras, no hay peligro! —ordenó—. Éste es el cadáver del soldado Mayotte, el vigía encargado de dar la alarma en caso de ataque de gas. Está muerto, lo han atacado y alguien ha hecho sonar la alarma para confundirnos. Vamos a reagruparnos —miró a Clemens e hizo un gesto de asentimiento—, esta noche va a ser larga y tenemos que resistir todos juntos como sea.

Los soldados fueron acercándose, preguntando por el estado de cada uno, por los compañeros ausentes e intercambiándose munición. El teniente fue haciendo sonar su silbato sin pausa. Más soldados se fueron uniendo y poco a poco fueron arrancándose las máscaras antigás, dándose ánimos y resueltos a combatir hasta el final.

El último grupo de soldados, unos siete, fueron acercándose por el flanco derecho, todavía portando sus máscaras antigás, caminando algo aturdidos. El viejo Paul Rousseau ayudó a uno de ellos a retirarse la máscara y descubrió bajo ella un rostro cadavérico, desencajado, mostrando unas ensangrentadas y afiladas mandíbulas. El extraño se abalanzó sobre el viejo, a quien pilló por sorpresa, mientras el grupo de falsos soldados que lo acompañaba se empezó a desenmascarar.

Aullaron y empezaron a atacar arbitrariamente a todos los reclutas que estaban a su lado. Se abalanzaron sobre los desprevenidos soldados, con una fuerza imparable, desgarrando con los dientes la carne de esos hombres que, aunque armados, estaban indefensos ante el ímpetu y la fuerza irresistible de esas criaturas. Los extraños estrellaban las cabezas de los soldados contra las piedras, quebraban sus huesos y sus vertebras con insana facilidad, y finalmente hacían desangrar a sus víctimas como conejos despellejados.

Clemens se abrió paso entre la masacre a empujones, no sabiendo si los cuerpos que embestía eran compañeros o las figuras enemigas. Aturdido, fue capturado por la fría mano de uno de ellos, que le agarró el cuello como una tenaza de hierro. La helada carne de sus dedos, las palabras susurrantes y las sangrientas fauces del extraño le congelaron de miedo y se desplomó casi desmayado. Apenas alcanzó a sentir la onda expansiva del obús que arrasó la trinchera sur.

Los ojos se le abrieron poco a poco mientras sentía el incomodo sabor del barro entre sus labios y su espalda crujía como una madera carcomida.

—¡Vamos Clemens, vamos, levántese!

El cabo sintió que algo tiraba de su castigado brazo derecho. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Ajustó la mirada, intentando quitarse la mugre de la cara y los ojos. El teniente Claude Marais intentaba rescatar su cuerpo enterrado entre escombros.

—Recompóngase, Clemens. Lo necesito. Han diezmado nuestro regimiento. Esos malnacidos y las bombas alemanas han destruido las trincheras. No queda nadie vivo y por lo menos la artillería nos está dando tregua por unos momentos. Hay que moverse, no tengo noticias de si otras divisiones van a auxiliarnos. Corra, levántese, he encontrado un sitio para refugiarnos.

El cabo Clemens oía de forma intermitente las instrucciones del teniente pero tenía machacados los tímpanos y se encontraba aturdido. Observó por un instante a sus pies los restos lamentables de la trinchera, la sangre, los cuerpos desmembrados, sacudidos violentamente, desfigurados. Se inclinó unos momentos y vomitó con angustia. El teniente seguía apremiándolo.

—Vamos, Clemens, tenemos que irnos de aquí, me va a ayudar a salir con vida. Los bombardeos han descubierto un refugio bajo tierra. Vamos, sígame.

Los dos hombres descendieron unos extraños peldaños de piedra en un saliente que se había abierto tras la explosión de un obús. Bajaron por una galería oscura, sin iluminación, de piedra negra y resbaladiza. «Vamos, Clemens, vamos», era la insoportable letanía del teniente.

El cabo logró encender un fósforo para tener algo de luz. Logró distinguir que del hombro del teniente colgaba el formidable fusil de Charles Douay, el arma del que el sargento no se desprendería ni aunque fuera torturado por el mismo káiser alemán. A Clemens la locura de la guerra y el ataque de esa noche le empezaron a trastornar definitivamente su entereza. El teniente Marais, el militar más cruel y egoísta, había sobrevivido, posiblemente abandonando o acabando con sus propios subordinados. El mismo que acabó arruinando la vida de su hermano. El fofo y borracho oficial de infantería. Decidió que era el momento de acabar con él. En ese momento llegaron a una pasarela cuya balaustrada asomaba a una inmensa bóveda. El teniente se paró en seco.

—Clemens, necesito que se asome, oigo ruidos, unos murmullos. Quizá no estemos solos.

El cabo Clemens se asomó a la balaustrada y contempló un escenario desolador, tétrico y malsano que le hizo llorar durante los eternos segundos que mantuvo la mirada. Un hondo pesar lo afligió y apenas pudo escuchar las órdenes del teniente.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha visto?

Clemens giró su cabeza y con una tristeza insondable contestó:

—Asómese, teniente. Véalo con sus propios ojos.

El teniente Marais se acercó con cautela, contempló erguido el escenario por unos momentos y se quedó petrificado. Clemens se colocó a su espalda, alzó la pierna izquierda de Claude Marais y lo hizo caer de la galería. El teniente apenas pudo lanzar un grito ahogado.

Clemens se tapó los oídos y corrió a través de la galería, desesperado, a ciegas, ansioso y furioso, gritando como un desalmado entre aquellas catacumbas, sin sentido del tiempo ni del espacio. Sus lágrimas se derramaban sobre la sangre seca de su rostro y el vaho de su respiración se confundía con los gemidos de su abatido pecho. Corrió y corrió hasta que vislumbró un saliente cerca de la superficie.

Emergió, entre barro, hierbas y agua encharcada, sollozando como un recién nacido extraído del útero de su madre. El cabo Clemens se dejó caer tumbado sobre la helada superficie del campo y abrazó con una risa nerviosa la luz del amanecer. Estaba empezando a nevar en el frente de batalla del Somme.

***

En un hospital militar improvisado en las afueras de Bruselas, la enfermera Witte y el doctor Decleir observaban la figura postrada en la cama de Frédéric Clemens, cuya mirada era absorta y sin vida.

—El paciente sufrió un severo trauma en la batalla del Somme, señorita Witte —indicó el doctor Decleir—. Ha de tratarlo con sumo cuidado. Su estado catatónico debió ser consecuencia de alguna herida en la zona craneal que le impide el habla y el contacto normal con los humanos.

—He oído que fue el último superviviente de su regimiento.

—Efectivamente, y en condiciones normales hubiera sido condecorado con una distinción militar. Sin embargo, fue localizado por una patrulla expedicionaria de la Legión francesa que acudió al rescate de su regimiento tras una ofensiva alemana y pasó algo extrañó tras ser auxiliado. Los legionarios habían capturado a un par de soldados austríacos que también habían sobrevivido a la batalla, armados y equipados incluso con mascaras antigás. El cabo Clemens se cruzó con ellos, oyó sus incomprensibles súplicas en germano y de forma repentina arrebató una de las bayonetas y se abalanzó sobre los prisioneros: los acuchilló con una rabia inaudita, depredadora, completamente insana. Por eso acabó aquí, confundido y trastornado. Ahora pasa las horas muertas contemplando el techo sin mover ni un solo músculo. No sé, esta guerra fulminará en un suspiro aquello que algunos llaman civilización —concluyó el doctor Decleir mientras abandonaban la sala.

El cabo Clemens acompañó con la mirada los movimientos de los sanitarios. No les había prestado atención. Su mente estaba ocupada con otros pensamientos: en la idea obsesiva de que esa guerra, esas feroces y brutales batallas con sus devastadoras explosiones, habían despertado a unas criaturas infernales, sedientas e insaciables, que habían encontrado en la interminable sangre derramada en los combates el elixir que ansiaban. Y sobre todo, ante los ojos de Clemens volvían a desfilar las imágenes macabras que contempló cuando se asomaron el teniente y él en las sombrías catacumbas. La visión de decenas, quizá centenares de aquellas figuras extrañas vestidas con túnicas que les cubrían hasta la cabeza. Contempló a aquel ejército de seres terroríficos, sedientos, venerando con sus impías voces la imponente figura de una mujer que movía su cuerpo con arrogante lascivia. Una figura desnuda, poderosa, adorada como una reina inmortal, implacable y feroz, cuyos labios rebosaban sangre y dolor. Su piel  oscura y agrietada surcaba los secretos de una antigüedad de cientos de años, y su interminable mata de pelo gris se asemejaba a un nicho de serpientes y víboras. Clemens encontró su irresistible mirada y se sintió condenado por su desbordante voluntad. Y en ese momento pensó que lo más terrible era que esas criaturas eran humanas, eran mujeres y hombres que representaban lo más oscuro y terrible del alma. En el instante en que Clemens empujó a su teniente y contempló a aquellos seres insaciables abalanzarse como un enjambre sobre el cuerpo del militar caído, sus oídos escucharon un sonido que no pudo ocultar con sus manos, el eco de una carcajada eterna que retumbaba sin compasión en aquellas catacumbas.

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Comentarios

  1. Alvarogaiteiro dice:

    El relato está muy bien, me ha encantado lo original del escenario donde sucede la trama, pero hay dos fallos en la ambientación:

    1º El ejercito Austrohúngaro no tuvo tropas en el frente del Somme, con los pésimos generales que tenían, eran los alemanes los que les ayudaban a ellos en los frentes italiano, de los Balcanes e oriental en Galitzia.

    2º Imposible un hospital francés en Bruselas, porque estaba a cientos de kilómetros al norte del Somme en plena zona alemana y hasta la firma del armisticio en Noviembre de 1918 no se retiraron los alemanes.

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