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Goecia ‹ Relatos Bluetales

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Goecia

por

El ex teniente de la fuerza aérea de los Estados Unidos Michael L. Keenan expulsa el humo hacia la noche sofocante. De su cigarrillo recién encendido parten dos líneas de combustión entrelazadas como las serpientes gemelas alrededor de un caduceo. La noche es la noche de La Habana en pleno mes de julio, y el calor hace que sienta el sudor como un aura viscosa sobre su cuerpo.

Y nada es como debería haber sido.

La Habana es la capital de Cuba, el septuagésimo octavo estado de los Estados Unidos. Y es 1977, año cuadragésimo cuarto del Reich de los Mil Años. La Segunda Guerra Mundial dura ya casi cuatro décadas, y no parece que el conflicto vaya a tener fin.

En la mesita de la exigua terraza de la sucia habitación del hotel en el que se ha alojado hay dos vasos de whisky de Isley y un paquete de cigarrillos, cortesía de su visitante. El paquete de tabaco luce el escudo de las dos llaves, oro y plata, bajo la mitra papal.

Sentado a la silla está Charles Dickens, el agente del Vaticano, cuyo gobierno en el exilio se encuentra en Cuba enzarzado en una lucha por recuperar la Ciudad Santa de las manos de los nazis.

—Tenemos una agente situada muy cerca del objetivo, la teniente Silke Müller —dice Dickens, pasándose la mano despreocupadamente por el pelo pajizo—. El plan es lograr que lo posea una… entidad atada a nosotros.

Keenan tira la colilla del cigarrillo que está fumando al oscuro callejón. Nota la camisa empapada y pegada a la espalda, y se pregunta cómo es posible que Dickens, con su traje de chaqueta, parezca que estuviese descansando de un paseo una tarde de abril acariciado por una fresca brisa marina.

Charles Dickens, antes conocido como Dostoyevski, antes conocido como Rabelais, antes conocido como Eurípides. Los nombres tienen poder, y por eso emplea todos esos pseudónimos, los nombres de escritores a los que ahora ya nadie lee. La literatura plantea las dudas del ser humano, y ahora viven en un mundo donde la verdad ha sido revelada sin ambages: hay sitio para la desesperanza, pero no para la incertidumbre.

—¿Un demonio? —pregunta, algo perplejo.

—Por supuesto: una dominación seráfica no es apropiada para esta situación. Necesitamos que después el objetivo siga siendo parte del alto mando, pero actuando bajo nuestras órdenes. Y ya sabes cómo son los ángeles: todo furia sagrada y nada de sutileza. Por el contrario, los demonios son codiciosos y egoístas, por eso se puede negociar con ellos.

El antiguo militar siente un escalofrío que le recorre la espalda. Sabe lo que es ser poseído, la tortura de verte encerrado en tu propio cuerpo corrompido por una entidad parasitaria, impotente, incapaz de descansar del dolor de la presencia del ser, sin poder cerrar los oídos a sus tentaciones y burlas, obligado a asistir a las atrocidades que comete. Y el terror, el terror continuo como si te vieras obligado a abrazar constantemente a un lunático con la cara a escasos centímetro de su mirada y su sonrisa perdidas.

Charles Dickens participó en el exorcismo que lo salvó. Y ahora viene a cobrarse esa deuda.

Keenan conoce al objetivo, un oficial importante de las Schwarze Korps, pero a estas alturas se pregunta si no es más que otro peón digno de lástima, como todo ellos. «Ten compasión del asesino, no de su víctima», le dijo una vez un bodhisattva.

—¿Y desde cuándo el Vaticano emplea demonios?

Los gélidos ojos azules de Dickens se clavan en él.

—Desde que tiene una guerra que ganar. A cualquier precio.

Keenan enciende otro cigarrillo y permanece en silencio. A pesar de la gratitud que le debe, siempre ha habido algo en Dickens que lo ha hecho sentir incómodo. Tal vez esa oscura sonrisa suya, propia de un mártir satisfecho de tener razón al final a pesar de tener que sufrir él mismo el dolor, la miseria y la muerte.

—Y es por eso que necesitamos un agente libre, Keenan. Nosotros, vinculados por el voto, no podemos entrar en contacto con seres impuros ni, por ende, llevar a cabo la misión.

—Lo pensaré.

—No tienes nada que pensar.

Dickens abre el maletín que descansaba a su lado, saca un libro y lo deposita sobre la mesa. Es un ejemplar del Lemegeton, por su aspecto posiblemente una de las primeras copias.

—Te he marcado la página. Volveré a verte en dos días para ultimar los detalles —Dickens se pone en pie y se ajusta el sombrero—. El libro quédatelo. Es una versión no expurgada. Considéralo un regalo.

***

Keenan recuerda el júbilo de su primera misión, cuando apenas tenía veintitrés años y surcó los cielos en un F4 Corsair en el año 47. Recuerda lo confusa que fue la década de los cuarenta, cuando primero el presidente Charles Lindbergh firmó un pacto de no agresión con el Führer inmediatamente tras llegar a la presidencia en 1940, y cómo luego, cinco años después, los hechos que sacudieron al mundo convirtieron a su país en la punta de lanza contra los demonios alemanes. Literalmente.

1945. Annus horribilis, clamó la propaganda. Aquel año los rumores se confirmaron: las Schwarze Korps, el brazo esotérico de las Schutzstaffel, habían liberado unas entidades infernales en la tierra. Las grabaciones de las criaturas que cargaban contra las líneas soviéticas junto a los escuadrones de bliztkrieg no dejaban lugar a dudas. Sometidos a su mando en virtud de pactos oscuros con seres más allá de nuestra realidad, el ejército alemán avanzaba imparable.

Con el discurso de Lindbergh retransmitido por radio titulado América reza con un solo corazón, los Estados Unidos entraron en guerra. Lindbergh declaró que la existencia del Infierno probaba la del Cielo, y que con la ayuda de Dios su país y cuantos quisieran seguirlo desterrarían de la creación a las bestias abisales. Y como había pedido su presidente, la gran nación americana rezó fervorosamente. Y lloró de alegría cuando algo respondió a sus plegarias.

Annus mirabilis, clamó la propaganda. El Señor escuchó la llamada. Con otra calada, Keenan vuelve a recordar el año 47, la carlinga de aquel F4 consagrado por un diácono con agua bendita, el ser terrible que volaba a su lado: un ángel, un ángel que batía sus alas con la potencia de la ira justa y que nada tenía que ver con las imágenes seráficas de las ilustraciones de las biblias infantiles de antes de la Revelación.

Ahora que es más viejo, Keenan sabe que no hay ángeles ni demonios, sólo monstruos. Aunque la fervorosa América lindberghdiana no lo reconocería jamás, no habían sido los cristianos, sino los judíos, los que estaban en lo cierto: Dios no era el Padre amante de los Evangelios, sino el Yahvé colérico, vengativo y enloquecido del Antiguo Testamento. Pero galvanizados por la presencia divina a su lado y enfrentados a un mal trascendente, medio mundo se arrodilló ante una jerarquía celestial que apenas se distinguía del sistema dictatorial al que estaba combatiendo.

Keenan pasó dos años luchando en los cielos contra cazas, bombarderos y criaturas cuya mera existencia era una blasfemia. Su última misión fue en el frente británico en el año 49, un año que pasaría a la historia por diversos hechos, pero el más relevante fue la manifestación del Metatrón. Los creyentes lo consideraron la gran victoria que contuvo el avance nazi al otro lado del Atlántico. Pero Keenan lo presenció desde el aire. No recuerda cómo regresó a su portaaviones, ni puede describir al Metatrón, en parte porque quizá su mente no pudo registrar su recuerdo, incapaz de concebir un ser semejante, pero sobre todo por el grito metafísico que desgarró la realidad y que le abrió los ojos: el estertor de cincuenta millones de personas que desaparecieron en el cataclismo que convirtió las Islas Británicas en la fosa de Albión.

Cuando se hubo recuperado del trauma renunció a su rango, y después desertó. Aún hoy se le busca por traidor.

Y en este conflicto no había lugar para la neutralidad. ¿Qué opciones le quedaban? ¿El bloque comunista Chino-Soviético? ¿La estela del Hombre de Acero y del Gran Timonel? Aquello era una pesadilla diesel industrial de aberrantes hombres-máquina. Los cerebros en fuga europeos y americanos habían acabado allí, y para sobrevivir habían dedicado sus mentes a desarrollar armamento y defensas contra las criaturas demoníacas y angélicas. El Soviet Supremo, por supuesto, había negado por diktat la naturaleza ultraterrena de sus enemigos, y clasificando las amenazas en catálogos como los tratados de teratología del siglo XIX.

Apura la última calada del cigarrillo y lo apaga contra la barandilla del balcón.

Condenados a una existencia más allá de la muerte pero negada la salvación, ¿qué le queda al ser humano? Desea que una historia que escuchó una vez sea cierta. La historia decía que Ahriman luchaba eternamente contra Ormuz, pero que en realidad Ormuz lo miraba luchar consigo mismo, porque para que no hiciese daño alguno lo había encerrado en una esfera, engañándolo para que pensara que esa esfera era la creación. Quizá la última esperanza sea la iluminación, atravesar hasta más allá del tablero de juego de la partida entre Yahvé y Lucifer, la senda del camino incierto.

Namu amida butsu… —murmura para sí con una sonrisa triste.

Vuelve al interior del cuarto. Con las sábanas colgadas por encima de las cortinas de las ventanas es aún más sofocante. La cama y la mesilla las ha metido en el cuarto de baño, en la sala sólo quedan una maleta desgastada, un magnetófono y la silla de la terraza en la que se sube para cambiar la única bombilla que pende del techo.

Dickens cumplió su promesa: volvió dos días después con los detalles de la operación. Y él cumplirá la que le hizo una vez y saldará su deuda.

Aprieta el interruptor y entonces la habitación adquiere un tono rojizo por la sangre con la que están dibujadas las líneas sobre la bombilla. Los diagramas se proyectan en todas direcciones, pero especialmente en el suelo, en cuyo centro aparece un círculo formado a su vez por otros círculos, pentágonos y hexágonos entrelazados, recorridos por fórmulas que parecen escritas por el pincel de un miniaturista demente. Habría preferido dibujarlo con tiza, pero no quiere dejar luego resto alguno de su presencia.

Respira profundamente y enciende el magnetófono. La cinta empieza a girar y se oye un murmullo recurrente, cadencioso como un mantra. Son las líneas de conjuración, las palabras blasfemas de llamada. Enciende un cigarrillo, desenvaina un cuchillo ceremonial de un metal oscuro cuya hoja está cubierta de runas y espera intentando controlar el temblor de las manos: por mucho que lo haya hecho antes sigue sintiendo el miedo de la primera vez.

La salmodia se repite de manera mecánica. No necesita recitarlas él mismo: las palabras tienen poder en sí. Podrían estar escritas una y otra vez en Morse, podrían ser interpretadas en bucle por una supercomputadora soviética en una tarjeta perforada: lo que requiere poder no es llamar a la criatura, la verdadera prueba de voluntad es el ritual para someterlo.

La criatura. En la lengua de su víctima las leyendas lo llaman natchterror. Pero ese nombre no puede siquiera definir de manera aproximada lo que está por llegar.

Acerca a sus labios el cigarrillo para una última calada y los dedos le tiemblan, no sólo de miedo: la primera señal de su cercanía es el frío. Repentinamente la temperatura ha descendido hasta el punto de que la camisa comienza a quedarse rígida en las manchas húmedas de sudor y se forma escarcha en la bombilla y los cristales de las ventanas.

La porción del suelo sobre la que se proyecta el círculo-portal parece perder consistencia física, rielar como si fuera aire recalentado, fluctuar entre varias dimensiones, tensarse como un lienzo bajo el cual algo estuviese presionando, como una malla contra la que un animal estuviese apoyando la cabeza. Por entre el enrejado de líneas en el interior del heptagrama proyectado por la bombilla empieza a ascender un humo oscuro, como si el viejo parqué enmohecido empezara a quemarse, sólo que el olor no es de combustión, sino de carroña y amoniaco, de vino agrio y miel, de incienso y heces.

Keenan nota cómo los ojos comienzan a llorarle, pero no se permite parpadear siquiera: repite de memoria un sutra para conjurar el pánico mientras cree escuchar un zumbido que es el gemido de la realidad. Aprieta el cuchillo en su mano.

El humo se adensa y parece como si diversas capas del mismo se estuviesen superponiendo para dar forma a algo, como si fueran pedazos de arcilla que estuviera apilando un alfarero de sombras. A medida que la forma abocetada comienza a definirse, Keenan nota el reflujo de la bilis en la garganta. La figura es vagamente humana, pero algo en ella es irresoluble, como si no pudiera tener expresión en tres dimensiones, como si bloqueara la percepción por existir en planos contradictorios. Es un ser abortado, su masa parece por momentos cubierta de orificios que son a la vez bocas y órganos sexuales, extremidades y membranas, tumores que se devoran unos a otros, partes inconexas que parecen perdurar a diferentes velocidades.

—Tu nombre. Te lo exijo.

Keenan pronuncia las palabras apuntando a la criatura con el cuchillo, esgrimiéndolo como un signo de autoridad.

El ser hace un gesto que podría haber sido el de un depredador ciego en busca del aroma de una presa, si acaso hubiese tenido una cabeza que girar en su dirección. Varias aberturas muestran sus dientes y sus interiores carnosos cubiertos de placentas venosas, y su aliento provoca en él una respuesta sinestésica: ese hedor le impregna las retinas de los placeres que podría experimentar, lo aturde con las cantatas de las atrocidades que podría desatar, le permite paladear las exquisitas torturas que podría sufrir e infligir. La criatura transmite su hambre insaciable, su lascivia implacable, su rencor inagotable. Abre esas protuberancias que son sus extremidades cubiertas de chancros en el gesto de quien ofrece un abrazo.

—Tu nombre. Te lo exijo.

Keenan repite las palabras proyectando la voz de mando, imbuyendo las sílabas de su poder. La criatura se revuelve, parte de su masa parece reaccionar como una línea sísmica, proyectando picos y protuberancias afiladas para expresar su odio. Sus orificios parecen pronunciar palabras sin voz, lanzar promesas y proferir amenazas.

—Tu nombre. Te…

Las palabras mueren en su boca cuando la bombilla fluctúa y se apaga. Se encienden unas tenues luces de emergencia que le permiten apenas percibir el movimiento con el que el natchterror se abalanza sobre él.

Apenas es tangible, y como si fuera una nube de esporas comienza a penetrar su boca, su nariz, sus lagrimales; pero a la vez nota las decenas de dedos congelados que se le hunden en la piel. En un momento es dúctil como estaño y al siguiente tiene la consistencia de la piel gomosa de un cadáver hinchado. Keenan siente cómo viola sus células, cómo las fuerza a una simbiosis profanadora. Pero en un momento de claridad, deja caer el cuchillo ritual y de luchar, se yergue a pesar del dolor y abre las manos alzando las palmas, forzándose a que los gestos sean pausados. Destierra el miedo y no opone resistencia al pantano de sangre y excrementos que lo engulle, exhala lentamente notando las lenguas del ser que son anzuelos acerados que se extienden desde su alma pegajosa. Keenan le deja devorar pedazos de su identidad refugiándose en su núcleo infinitesimal, en una mónada del yo…

El tiempo se detiene, en el instante en el que el natchterror comprende su error y Keenan prevalece.

La criatura intenta huir, arrastrarse a la sima de la que ha surgido, pero ya es demasiado tarde, porque igual que ella se ha introducido en el invocador, éste lo ha hecho en ella.

La palabra que sale de la boca de Keenan no puede reproducirse, es a la vez un concepto y su propia esencia. Meramente pronunciarla hace que le sangren las encías y que se le fracture un diente, escucharla le provoca un derrame en el oído izquierdo.

El natchterror se retuerce al oír su propio nombre, retrocede como una serpiente tras lanzar un mordisco, su masa late y parece proyectar un gemido de dolor y angustia.

Keenan se concentra en su aliada, que servirá como conducto. Y luego en la cara de la fotografía que le mostró Dickens. Susurra un nombre:

—Ludwig Von Stahl.

El ser se arquea hacia atrás y abre una decena de fauces como si aullara. No se escucha ningún sonido, quizá porque su rugido se sitúa en una frecuencia por debajo de la percepción humana. Pero, de alguna forma, aquel silencio previo a que desaparezca es más estremecedor que cualquier grito.

Agotado, Keenan se deja caer de rodillas.

Pasan unos minutos y aún continúa con los ejercicios de respiración con los que ralentizar su pulso. Cuando se ha calmado fuma un último cigarrillo y se quita la ropa sudada. La dobla cuidadosamente y la deja en una esquina. De la maleta saca una fina túnica de lino blanco con la que se viste, y se coloca de rodillas frente a una pared. Junta las manos, formando un círculo con ellas, y cierra los ojos para poder concentrarse.

Unos minutos después su conciencia se proyecta, abandonando allí su cuerpo, para enviar un aviso. Y esperar.

***

La teniente Silke Müller observa la imagen de la mujer desnuda que le devuelve la mirada en el espejo, como si tuviese que comprobar que ese contorno y la persona a la que delimita son reales, como si ahora que el día ha llegado no fuera capaz de asimilar lo cerca que está de cumplir con su misión. Repasa la curva de sus caderas ligeramente desproporcionadas, el vientre plano, los pechos pequeños, los miembros delgados, los ojos del mismo castaño que el pelo que tiene cortado en una melena hasta la altura de la mandíbula. Y se fija en la ausencia de un lunar sobre el labio. De pequeña tenía uno ahí, igual al de su padre: ahora ni siquiera eso le queda del hombre cuya muerte la ha llevado a ese punto.

Algo como una voz distante en un rincón de su mente la avisa de que ha llegado el momento del ritual para convertirse en el canal.

Camina notando el frío en la piel que se cuela por una de las ventanas de su cuarto en el cuartel de la frontera chino-india, agradeciendo secretamente el entumecimiento que le provoca. Coloca un pañuelo cubriendo la pantalla de la lámpara de la mesilla para dejar la habitación en penumbra, y después introduce los pies en el barreño con agua situado junto a la cama y se acuclilla. Se masturba ligeramente con la mirada perdida en el biombo que hay frente a ella y del que cuelga una percha con su uniforme de las SS, el testimonio de lo perfecto que ha sido su disfraz los últimos veintiocho años.

Recuerda poco de su infancia en el campo de concentración, como si todo fuera una neblina hasta el año 49, el año del estancamiento, cuando los bloques quedaron más claramente definidos, las líneas de combate se congelaron sobre un mundo necrosado, y ella aún se llamaba Sarah Kauffmann. Aquel año Reinhard Heydrich propuso el plan del endlösung: canalizar todo el dolor y la locura de los campos de concentración para una invocación que convirtiera a los prisioneros en huéspedes para demonios menores, carne de cañón corrompida que enviar al frente de batalla. La idea original de la solución final había sido de un joven capitán de las Schwarze Korps, Ludwig Von Stahl, en aquel entonces el oficial a cargo de Bergen-Belsen.

En aquel campo Dorian Kauffmann sobrevivía con su mujer Behira y su hija. Un oficial, el teniente Franz Müller, lo empleaba a él como tutor de cábala y magia hermética, y a su mujer como sirvienta en la casa de la que disponían junto al campo de concentración. Sarah recuerda la triste mirada de sus padres, repudiados por los nazis por ser judíos, repudiados por los judíos que los consideraban colaboracionistas.

Cuando Dorian se enteró del destino que les aguardaba ideó un plan desesperado con el que salvar a su hija. Una noche, Behira y él la sacaron de la cama y la llevaron al oscuro sótano de la mansión en la que servían. A la luz de las velas, que olían a sebo humano, la sentaron en un círculo frente a Silke, la hija pequeña del teniente Müller, dos años menor que ella. Las palabras que sus padres murmuraron aquella noche no las recuerda, pero aún hoy un escalofrío recorre su espalda al intentar rememorarlas. Para cuando quiso darse cuenta, ya no contemplaba a una niña de fino pelo castaño, sino a sí misma, como en un espejo, sentada al otro lado del círculo.

Tras la ceremonia, Behira dejó a suavemente a su hija en el cuerpo de Silke sobre la cama de la alcoba que olía a lilas. En ese mismo instante, Dorian rompía el cuello del cuerpo de Sarah, acabando con la vida de la hija de Müller, para proteger el intercambio secreto.

A la mañana siguiente el mayordomo avisó a los señores Müller de que en el sótano se había encontrado a la familia Kauffmann, sus tres miembros ahorcados.

Han pasado veintiocho años, y esta noche es la noche de la venganza.

Inspira profundamente y comienza a murmurar la invocación de versículos impíos, la llamada obscena. Las palabras parecen dilatar su laringe como arcadas cuando las pronuncia. La oscuridad a su alrededor parece adensarse, pero más negro aún es el vaho que se escapa de su boca, que parece pudrirle la lengua y los dientes. Su hálito se condensa en formas borrosas de insectos, polillas abotagadas cuyo zumbido no es un sonido sino una caricia subliminal y demente, salen de su boca y vuelan hasta reventar como abscesos purulentos en las cortinas, en las mesillas, en el biombo, sobre su uniforme, dejando allá donde desaparecen una mancha de humedad grasienta y óxido. Cuando nota que no puede detener la letanía, que sale de ella como un vómito incontrolado, es cuando se introduce en la vagina el dedo en lleva el anillo cuyo chatón componen dos runas sigel, el anillo que le regaló su mentor. Los bordes que ha afilado le abren un corte en la suave carne de su interior. Cuando la primera gota de sangre cae sobre el agua del barreño en el que permanece acuclillada intentando no temblar, el aire parece aumentar su peso. Cierra los ojos con fuerza sin dejar de murmurar. Teme que lo que viene a continuación la enloquezca.

Y lo que viene a continuación es el dibbuk.

Si abriese los ojos podría ver las ondas que su sangre ha provocado en la superficie del agua, las ondas que distorsionan el fondo de latón en el que ha arañado los signos esotéricos que ahora dejan de ser legibles. Las gotas de sangre no se disuelven, sino que se hunden globulares como si fueran de mercurio rojo. Cuando se depositan en el fondo del recipiente es como si el metal, que ahora presenta un aspecto ennegrecido, como quemado tiempo atrás, lo absorbiera como un papel secante. Y del centro de donde antes estaba la sangre parece ascender, salida de la nada, una larva de humo que se extiende, tiñendo el agua como una mancha de tinta.

Si abriese los ojos podría ver que la sensación que tiene en los tobillos, como de tenerlos hundidos en un lodazal, se debe a que el agua comienza a adquirir una textura y una densidad gelatinosas, y que el hedor a excrementos, sangre, herrumbre y polvo es el aliento que escapa de las bocas que se abren como heridas en la superficie de esa masa que se condensa como una humedad tenebrosa sobre la superficie de una realidad violada. Y esa forma como de un ser germinal parece alzar su cabeza fetal, extender unos pseudópodos que son zarcillos de humo aceitoso, mientras el barreño de latón se funde como corroído por un ácido.

Si abriese los ojos podría ver que esa sensación como de hematomas ardientes que ascienden por sus gemelos y se escurren bajo sus muslos la provocan las extensiones deformes del ser que la palpan igual que un ciego intentando reconocer una cara, apéndices que parecen olfatear la sangre y el flujo vaginal.

Si abriese los ojos podría ver el cuerpo caliginoso vagamente humano que sale del barreño como a través de una escotilla al inframundo y que trepa por la realidad para hundirse en su cuerpo, podría ver la masa fluctuante de ojos-genitales, de miembros-tumores que aparecen y desaparecen sobre la piel traslúcida. Durante los segundos que dura la traumática penetración cree sentir como si sus propios huesos se deformasen, como si su organismo estuviera intentando adaptarse a una superposición imposible de masas, a unas leyes físicas incongruentes, en un intento desesperado por conservar su propia coherencia. Incapaz de mantener más el equilibrio, se desploma boca arriba repitiendo una oración que le permita aferrar los hilos de su cordura.

Si abriese los ojos podría ver que el barreño de latón ha desaparecido, que la presión desgarradora que siente en el útero vista desde fuera es un vientre imposible, como si fuera a parir a un hombre adulto. Las lágrimas le recorren la cara y aprieta los dientes para no gritar, al borde de la asfixia, notando el peso que amenaza con triturarle los huesos desde dentro de su propio cuerpo. Unos bultos que no corresponden a una anatomía identificable tensan la piel de su abdomen. Y cuando empieza a creer que ha cometido un error, que quizá no ha invocado a la criatura correcta, que quizá las evocaciones defensivas erran erróneas, que quizá el americano la ha traicionado, que quizá simplemente no posee la fuerza suficiente para imponer su voluntad al dibbuk, el eco del latido de sus sienes retumba en el resto de su ser y siente como si un par de fuertes manos apretaran su cuerpo y lo comprimiesen como una esponja. Con cada palpitación el frío que quema su matriz se atenúa, su cuerpo merma como el fulgor de una bombilla que fuera perdiendo intensidad. Centímetro a centímetro, grado a grado, pálpito a pálpito.

Para cuando abre los ojos siente unos escalofríos febriles, el sudor que parece fundirla al suelo del cuartel. Pasa casi una hora hasta que es capaz de recuperar la movilidad, como si estuviera saliendo de un coma preñado por el fruto de una pesadilla.

El ocaso se ha convertido en noche cerrada, y en el reloj de pulsera junto a la lámpara comprueba que es la una de la madrugada. No recuerda bien cuándo se ha metido en la cama, pero agradece el breve sueño.

De nuevo se mira en el espejo, alisando las solapas de su uniforme. El ritual va a empezar dentro de poco más de una hora, y sabe que su maestro la echará en falta en unos minutos.

Su maestro, Ludwig Von Stahl.

***

Si hay algo que percibe intensamente es el olor del sudor en medio del hedor que llena la sala y se condensa en los cristales de las ventanas como si estuviesen en una sauna. Percibe el olor de la mujer frente a él y de la criatura a su espalda, pero sobre todo percibe con disgusto el olor de su propio sudor: es el olor agrio del sudor de un viejo.

Ludwig Von Stahl mira distraídamente la espalda de la teniente Müller, siguiendo la línea de suaves protuberancias de sus vértebras, los verdugones que han dejado los golpes que le ha propinado, el pelo apelmazado con su orina. La mujer permanece arrodillada frente a él, manteniendo con las manos separadas sus generosas nalgas, gimiendo mientras la sodomiza. A la vez nota el roce de unos senos en su misma espalda, y el pene entrando y saliendo de su propio ano: son los senos y el pene del männlichsukkubus, el ser que ha invocado como asistente para la ceremonia, un engendro de rasgos cambiantes con cuerpo femenino y genitales de ambos sexos.

Mientras se golpea en el antebrazo para provocar la inflamación de las venas por debajo del tubo de látex enrollado en su bíceps, recorre su propio cuerpo, los tatuajes que lo cubren. A estas alturas su piel es casi un grimorio; pero uno, piensa, que comienza a ajarse como un papiro mal conservado. Aprieta los dientes, súbitamente soliviantado por la inadecuación de su cuerpo a su voluntad.

Hay días que odia ese cuerpo, el germen que oculta de su futura decrepitud, aunque sea el canal de ascenso que necesita. Odia que la carne parezca tener su propia volición, que lo haga rememorar en contra de su voluntad. En ese mismo instante apenas es capaz de prestar atención al innatural acto sexual en el que se ve inmerso. En lugar de eso recuerda la muerte de héroe que él y los demás del Inneren Kreis le dieron a Hitler, lo útil que fue para la moral del Reich convertirlo en un mártir. El Führer, aquel pobre hombrecillo que se creía un gigante, con sus discursos histéricos y sus aspavientos en el Krolloper… Si algo ha aprendido Von Stahl tras tantas décadas como militar y ocultista es que el auténtico poder siempre reside en la oscuridad.

Desechando el recuerdo como la distracción inútil que es todo pasado, aprieta el émbolo de la jeringuilla de acero que sostiene en la mano derecha muy despacio, lo justo para que una única gota que parece esmeralda fundida se escurra por la larga aguja. Clava esa misma aguja oblicuamente en su vena basílica, casi sin sentirlo. Ese es el problema: cada vez siente menos, cada vez le resulta más difícil ascender. Y por eso inyecta aquel líquido en su vena, impaciente por notar sus efectos.

La droga de Leng, que enerva la sensibilidad hasta límites que pueden enloquecer a un ser humano inferior, entra en el caudal de su sangre. Es lo único que puede forzar a su organismo a salir de su anestesia, de esa desvinculación que hace que le parezca que sólo se desplaza en su cuerpo sin vivir en él, sin la gloriosa potencia de la proyección astral. Pero para eso sirve la droga. Las venas de su antebrazo se ennegrecen y se hinchan, se convierten en una sucia telaraña en la que la jeringuilla es un artrópodo metálico que vomita en su torrente sanguíneo plomo derretido. En cuanto desata la goma de látex nota como el veneno se extiende por todo su organismo como una metástasis acelerada.

Ahora sí puede sentir su ser en cada latido, excavar en el fondo de la sensibilidad para sentir, para respirar, para saber que está vivo. Para ser recipiente de la revelación física.

Tira a un lado el tubo de látex y la jeringuilla. Las manos le tiemblan y le sudan mientras aferra las nalgas de Müller como si quisiera arrancarle pedazos, se mueve frenéticamente como si quisiera matarla apuñalándola una y otra vez con su falo que ahora sí parece transmitirle alguna sensación. Se siente cada vez más fuerte a medida que la sustancia empapa sus músculos, y cree percibir como cada célula de su cuerpo entra en fase con la energía que desprende. Cada vez más bestial, cada vez está más ausente de su propio yo, más confundido con el poder que irradia y lo circunda como una nube de radiación, convirtiendo su propio organismo en el portal hacia más allá de la percepción: en cada embestida está más cerca de trascender. Sabe que la experiencia extática no se debe a las privaciones que se impone el asceta, sino al límite físico al que se somete. Eso hace él: el camino del exceso y el de la renuncia no son más que dos caras de una misma moneda. Eso es él: un mago sexual, un místico de la carne, un seguidor del camino óctuple negativo, un adepto de la vía de la depravación.

Echa la cabeza hacia atrás y abre la boca, sin ser consciente de que un denso hilo de baba se le escurre de las comisuras. Es posible que esté eyaculando en el recto de su discípula, pero eso sólo es un resultado colateral de la verdadera finalidad de aquella orgía ritual.

La serpiente germina entre los cuatro pétalos de muladhara, atraviesa la pirámide invertida de vértebras fundidas del hueso sacro, fulgurante entre los seis pétalos de svadhisthana, le abrasa el plexo solar de diez pétalos de manipura, arde en los pulmones entre los doce de anajata, se convierte en un rugido en la garganta al vibrar en los dieciséis de vishuddi, germina en el tercer ojo de dos pétalos de ajna, estalla en los mil de la corona de shagasrara.

Y su ser se desprende del tiempo, en un exultante haz que traspasa la esfera de la materia.

***

Casi como si siempre hubiese estado allí, frente a él se revela una figura refulgente como de oro y ébano fundidos, que despliega lo que parecen cinco alas de rubí líquido. La presencia argéntea de Keenan, por un instante, se pregunta cómo un ser tan deleznable puede tener una proyección astral tan hermosa.

Stahl inmediatamente lo reconoce como una amenaza.

Ambos se vuelven cometas de pensamiento, llamaradas de voluntad que se precipitan una hacia la otra. Inmediatamente sus brillantes auras se entrelazan, hasta que apenas se pueden distinguir. Sus cuerpos numinosos, desprendidos de toda materia, se enfrentan en una esfera de poder puro a la vez proteica y estática, a la vez inmóvil y sucediéndose en planos de una espiral ascendente.

Keenan ataca sin cesar, pero es consciente de que su poder no puede compararse con el de su oponente. Libera oleadas esotéricas convertido en una llama sin fuego, busca atravesarlo con los siete sigilos de Chogoroth, los diecisiete discos de Naya, recita los nueve pasajes perdidos de Tuz. Pero cada clave taumatúrgica se disuelve ante una abjuración oscura, cada zarpa de pensamiento choca con una niebla de caos arcano. Stahl es la mano de seis dedos de Zasu, la mitad del nombre prohibido de Hastur, un vórtice hambriento.

En esa esfera de la existencia donde el tiempo es relativo, la lucha parece durar segundos y a la vez años. Igual que la derrota.

Con cada palabra-esencia que proyecta Stahl la integridad del cuerpo astral de Keenan se resiente. La voz-aura del coronel derriba sus guardas-mantra como si un escultor enfurecido arrancara pedazos de arcilla a una figura fallida: desintegra sus verbos-sello, funde sus conceptos-escudo, comienza a arrancarle recuerdos e ideas como tripas de luz. La figura de platino traslúcido que es sangra en forma de vaho pálido que escapa de sus múltiples ojos. Y una descarga de energía agónica lo sacude cuando Stahl, como golpe de gracia, cercena su hilo de plata, segando su vínculo con su cuerpo físico, negando la posibilidad su reincorporación.

El ángel-demonio de oro y ébano y rubí que es Stahl vibra proyectando mandalas de carcajadas crueles, a la vez que nota el eco de una punzada en los genitales del cuerpo físico al otro lado de su propio hilo de plata. Se permite un instante más de victoria antes de abandonarse a la caída de vuelta al plano material.

El fracturado cuerpo astral de Keenan lucha por mantener su identidad mientras ve cómo la proyección de su enemigo parpadea antes de desaparecer. Sabe que su yo se está descomponiendo, y lucha por apartar de sí el miedo. Y desea, con todas sus fuerzas, que su derrota no haya sido en vano.

***

Volver en sí tras una proyección orgásmica siempre es una experiencia desagradable. Al principio el coronel Stahl se encuentra desorientado, como cada vez que eyacula. Está ligeramente recostado en la sucia cama en medio de la sala ritual. Frente a él la teniente Müller todavía permanece arrodillada, sólo que ahora ahoga sus gritos mordiendo el borde del colchón mientras un nauseabundo icor negruzco comienza a escurrirse de su vagina. El männlichsukkubus lanza un chillido de pavor y se arrastra lejos, hasta llegar a una esquina desde la que no deja de bufar. Instintivamente Stahl retrocede presintiendo un peligro, pero le falla la coordinación y cae al suelo tras golpearse con el pie de hierro de la cama. Ligeramente conmocionado, alza la vista y le parece ver como una mancha borrosa, una silueta vista a través de una gasa sucia; después son claramente ocho dedos los que surgen de entre los labios genitales, y para cuando Stahl consigue procesar lo que está viendo es como si la vagina de Silke se abriera como unas cortinas y a la vez como si su coxis se fracturara: una cabeza cubierta de bocas y pústulas asoma, y un segundo después eso extiende un brazo ennegrecido cuyos dedos, deformados por las excrecencias óseas que asemejan garras, clava en el colchón, desgarrando la tela, destripando los muelles.

Poniéndose en pie tambaleándose, la mente de Stahl, de manera automática, busca comprender el plan debajo de aquellos sucesos. Sabe que nada ocurre por azar, que dos eventos inesperados no ocurren sin razón con aquella sincronía. Y entonces todo se le aparece como un esquema bien ordenado, con la inmediatez de una melodía que por fin se recuerda: la aparición de Keenan sólo era la mitad del ataque, la otra mitad es la traición de su pupila.

El ser se arrastra fuera del cuerpo de la teniente como si saliera de una crisálida. Se mueve en distintos planos temporales superpuestos, por lo que por momentos parece retroceder o volver sobre sí. Pero indudablemente avanza hacia él, proyectando un número impar de miembros, dejando un rastro de légamo tras de sí. Stahl reconoce la criatura a la que han invocado, y también que el objetivo es que lo posea y así convertir su cuerpo en una marioneta.

Y después ríe.

Las carcajadas de Stahl resuenan por la habitación devolviéndole el eco de su crueldad. No sabe si aquella trampa viene del bloque americano o del soviético, pero sí sabe una cosa: que el saber es poder, y que la inteligencia que le permite anticiparse a sus enemigos es lo que lo convierte en alguien excepcional.

Se yergue, desafiante, mientras la criatura repta hacia él. Abre los brazos en un gesto de aceptación cuando aquel engendro goteante parece derramarse hasta sus pies como un charco de lubricante industrial. E inconscientemente recorre con la mirada a los tatuajes que le marcan la piel, los círculos que le sellan los chakras, los sigilos de guarda que se inscribió él mismo en la epidermis con tinta mezclada con la sangre de un ángel al que mató años atrás con sus propias manos: una barrera que ningún demonio puede atravesar.

El saber es poder. Y el poder es poder. En ese mismo instante también piensa en el castigo que infligirá a la teniente Müller por su traición, en las torturas que sufrirá como mera extensión de su voluntad. Esa conciencia del sometimiento pleno de otro ser humano a sus caprichos es lo que le provoca una nueva erección. Y se relame pensando en las vejaciones que va a descargar sobre ella.

Pero en ese momento el tiempo se detiene para Stahl, cuando nota una gota de algo viscoso que se escurre por su perineo y comienza a descender por la cara interior de su muslo. Con cada palpitación de su pene resuena el dolor de una abrasión quizá, de un pequeño corte, un ligero escozor que en circunstancias normales habría sido algo despreciable. Y de nuevo su mente funciona de manera automática, ordenando las piezas para componer una imagen de derrota. Aprieta los labios para suprimir el temblor del miedo mientras una gota de sudor frío se escurre sobre su cuello y pierde la erección: de alguna manera Müller ha sido capar de herirlo, de hacer una incisión sobre el sello de protección alrededor del muladhara. Y con la integridad del círculo rota, con la barrera derribada, no tiene tiempo de pronunciar ninguna frase de abjuración: sólo puede dirigir a la criatura una inútil mirada implorante.

El ser asciende como un geiser de agua pútrida, y por un momento parece que sus decenas de bocas sonrieran.

Stahl al principio no nota más que la quemadura del frío y la nausea que lo invade al ver cómo aquella criatura se confunde con su propio pubis, cómo se amalgama con él como si ambos no fueran más que dos bancos de niebla que se encontraran y se confundiesen.

Tras el cuerpo-sombra del ser la teniente Silke jadea y se aferra el vientre doblada sobre un costado en posición fetal. Sus ojos se cruzan con los de Stahl y alza una mano para mostrarle un anillo, uno cuyo chatón componen dos runas sigel, uno que él mismo le regaló años atrás. Una inspección más minuciosa pondría de relieve la sangre y el tejido epitelial adherido a los bordes afilados.

Stahl ya no tiene control sobre su garganta ni su boca para gritar una maldición cuando ve la sonrisa feroz de la teniente y el triunfo grabado en sus ojos.

***

Sarah Kauffmann se mira en el espejo del cuarto de baño, su cuerpo limpio tras la ducha. Se pasa el peine suavemente por el pelo, fijando su atención en los ojos de la imagen que asoma tras el hombro de su reflejo.

Despacio, con cierta parsimonia, se viste con su uniforme, se anuda la corbata, se alisa las solapas de la chaqueta.

Cuando gira sobre sí misma, la figura sigue inmóvil. Es como un golem inanimado, salvo por la mirada de un hambre ilimitada. En perfecto estado de revista, el cuerpo del coronel Ludwig Von Stahl permanece firme a la espera de sus órdenes.

Ella se acerca hasta situar su cara a unos centímetros de la de su antiguo maestro, como intentando atisbar en los pozos de sus pupilas la silueta encadenada de un alma.

—¿Sabes por qué lo he hecho?

La pregunta queda suspendida en el aire.

Ella se repite mentalmente las palabras que ha estado preparando todos aquellos años, en las que intentaba transmitir que la venganza no se debe a la muerte de sus padres, ni a la práctica exterminación de su pueblo, ni a la condena desatada sobre la especie humana. No, el dolor íntimo que ha sido la llama que la ha estado empujando todo ese tiempo más allá de las pulsiones suicidas no lo provocaron todas aquellas cosas, sino una en particular que ninguna contrición de Stahl ni ningún resarcimiento por su parte podrán compensar: el hecho de que su padre, que era un hombre bueno, en el pozo de su desesperación tuvo que mancharse para salvar a su hija quitándole la vida a un ser inocente. Esa mácula metafísica, ese desgarro de impureza trascendente, es lo que ha buscado vengar.

Y sin embargo, en ese momento, decide no decir nada. Simplemente se gira sobre sí misma hasta encarar de nuevo el espejo, y se ajusta la gorra coronada por una calavera de plata.

Stahl, mero espectador de lo que acontece fuera de su cuerpo, sólo puede dedicar un minuto a plantearse la pregunta de Müller. Detrás de cada uno de sus pensamientos, como un eco subliminal, está la voz del natchterror susurrando promesas y amenazas, riendo al ver cómo su conciencia se retuerce sobre sí misma, negándole la salvación de caer en el abismo de la locura.

Y el ser, a espaldas de Müller, se pasa la lengua sobre el labio superior, saboreando aquella pregunta como una herramienta más con la que torturar al alma en su interior en los años venideros.

***

La habitación en el sucio hotel de La Habana permanece en un extraño silencio, o al menos eso es lo que la presencia argéntea que permanece frente al cuerpo desplomado cree percibir. Poco a poco comprende que lo que ocurre es que el sonido, el calor y demás ondas de energía, ahora pertenecen a un mundo de magnitudes que ha abandonado, un juego de sombras que poco a poco se difumina como una pintura que deja entrever un palimpsesto de múltiples realidades bajo ella.

El hombre que yace derrumbado sobre un costado con la mirada fija en un futuro inexistente y con las pupilas dilatadas no se mueve, respira muy despacio, deja escapar un hilo de baba que oscurece el suelo bajo su cara igual que la orina lo hace bajo sus caderas.

La presencia de una luminosidad más allá de los sentidos humanos recuerda que una vez fue también eso, la envoltura carnal de una identidad llamada Michael Lauren Keenan, y su mente querría poder acariciar aquella cara cansada para transmitirle con aquel gesto los últimos vestigios de compasión y gratitud humanos que le quedan.

Tras una pausa que es a la vez despedida y el reconocimiento del valor de su sacrificio, la presencia aparta su percepción de él.

Y quizá, en ese momento, emprende la senda del camino incierto.

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