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Este lado del espejo

por Relato finalista

¿Por qué el espejo ejercía esa fascinación sobre él? Por la magia de la duplicación de las imágenes, por la pureza del azogue tras el cristal, por ser una placa bruñida e igual de oro, plata, bronce, estaño a través de egipcios, griegos, etruscos y romanos, o por la sugerente coincidencia del  cristal de roca y el plomo mil doscientos años antes de Cristo, por el vidrio y el acero del siglo XIV, por ser hijo del frotamiento entre dos superficies duras separadas y unidas a la vez por un polvo cada vez más sutil, por la alquimia a la que se somete al mercurio, por la evaporación al vacío, por las dos hojas que son el ángulo de incidencia y el de reflexión sobre su normal, por el cambio de dirección de las ondas luminosas que no alteran la frecuencia de sus radiaciones monocromáticas, por los desfiles de deformaciones al converger la luz en su concavidad, al divergir en su convexidad, por poder contener cualquier profundidad en su superficie, por el viaje de Alicia, por ser el multiplicador de un mundo impuro y de sus hombres para los heresiarcas de Uqbar, por ser la acusación del paso del tiempo, un misterio infantil, el infinito cuando dos se enfrentan.

Pero tras ello, el oscuro gemelo de la fascinación: el miedo. No logra desprenderse de esa inquietante sensación, tan real como un aliento en la nuca, de que desde el otro lado algo lo observa.

Mira a su mujer tumbada sobre el sofá, dormida, con las señales de haber estado llorando. Se concentra en la curva que traza su costado: desciende suavemente con la piedad del sueño sin sueños. Cuando ese movimiento se detiene, en el punto más bajo, los pulmones sin aire, él mismo contiene la respiración. Un latido, casi dos, en ese limbo en el que siempre que se para a pensar se pregunta qué pasaría si no se reanudara el movimiento ascendente, si esa exhalación fuese la última, si el momento infinitesimal que media entre la vida y la muerte ocurriera justo ahora.

Y la oscuridad parece adensarse, la luz difusa de la ciudad que entra por el balcón impotente frente a la vastedad de aquella.

Y espera, y el intervalo entre los dos latidos parece dilatarse. Y entonces ese pecho vuelve a hincharse, los pulmones vuelven a expandirse y ella sigue a su lado, y la vida cotidiana se renueva y hasta el siguiente asalto de conciencia él mismo vuelve a respirar.

Y si después de no haber sufrido esa pérdida imaginaria se siente invadido por esa sensación de calidez que se proyecta hacia ese cuerpo anciano, gastado como el suyo, ese ser junto al que ha pasado más de la mitad de su vida, si es tan patente el agradecimiento que le debe, ¿por qué la ha golpeado hace apenas una hora? 

Intenta hacer memoria, recuperar los motivos de la ira que lo empujó a alzar la mano contra ella. Pero como tantas veces, es como si su vida no fuera un relato continuo, sino cuadros inconexos en los que parece despertar a la realidad entre dos bancos de niebla. ¿Demencia senil? ¿Alzheimer? La sangre parece abandonarlo como si fuera a desvanecerse. Sacude la cabeza, intentando apartar esa idea. Pero la duda sigue royéndolo, y el miedo es un pedazo de negrura en el pecho. Recuerda haberse cernido sobre su mujer, haberle apartado los brazos para abofetearla, pero no logra recordar por qué lo ha hecho.

Se sienta a su lado, pasa la mano delicadamente por su pelo canoso. Querría pedirle perdón, pero no quiere despertarla. Alza la vista, y en la penumbra su mirada se cruza con la de su reflejo, ese yo zurdo que desde siempre le ha dado miedo. O eso es lo que cree, porque apenas conserva recuerdos de su infancia.

No soporta el brillo de esos ojos, su aparente incapacidad para parpadear. Aparta la mirada hacia el balcón, hacia la ciudad en sombra, hacia ese pedazo de realidad anónima. Y el otro lo imita; vagamente percibe su forma girada. Y aunque no tiene manera de comprobarlo, sabe que el otro es tan consciente de su gemelo inverso como él mismo. Se pregunta si se estará volviendo loco, se queda paralizado cuando se pregunta si ha sido su voluntad la que le ha hecho girar la cabeza o si el espejo, de alguna manera, es quien ha tomado la decisión de torcer su cuello. ¿Cómo sabe un hombre cuándo ha sido libre? Sacude la cabeza, asqueado. Quizá sólo es que necesita una explicación para lo injustificable, un bálsamo cualquiera para la culpa.

Entonces ella despierta, y siente como las palabras ascienden desde lo más profundo de su garganta, no, por favor, no despiertes, pero algo parece atenazarle los labios y todo queda en una muda súplica.

La ve incorporarse en medio del chasquido de articulaciones. Su mujer no enciende la luz, tal vez temerosa de cometer algún nuevo error incomprensible, tal vez porque ya no siente deseo de ver su rostro. Vacila un poco antes de cruzar delante de él, cuidadosa de que sus rodillas no se rocen. Y alcanza el hueco del pasillo y desaparece. Momentos después ese mismo hueco se ilumina parcialmente con la luz del baño.

No puede oírlo, porque es sordo, pero imagina que el agua corre y que ella intenta lavarse la cara. Y luego volverá para desearle las buenas noches, para besarlo fugazmente en la frente, aunque no lo merezca.

Y piensa en que de alguna manera debe romper la maldición, la inercia en la que se han visto atrapados y que ha abierto esa brecha entre ellos. Y piensa que sólo necesita un gesto. Levanta la mano, que casi le parece de plomo, la sostiene frente a su propia cara como en un simulacro de caricia. Sólo eso, sólo rozarle suavemente la mejilla, pasarle los dedos despacio por el pelo, el contacto de la piel contra la piel que pueda suturar esa distancia, librarla del miedo, transmitirle que no quiere ser el hombre que la maltrata, que la quiere, jurar con los dedos que no volverá a golpearla. Respira profundamente, cierra los ojos, una sonrisa se insinúa en sus comisuras.

Y entonces siente, sin lugar a dudas, que es el otro quien baja la mirada y lo obliga a seguirlo. Y mira la mesa. Y le arranca la sonrisa de la cara.

Un pañuelo de papel, húmedo de mucosidad y lágrimas, arrugado.

No quiere, pero horrorizado asiste al movimiento de su cuerpo, enajenado, que aprieta los puños hasta que los nudillos empalidecen. ¿Es que no puede tirarlos una vez que los ha usado? ¿Tengo que tropezarme en cada mesa, en cada puto cuarto, con su mierda? Y la furia que empapa las preguntas lo horroriza.

Ella aparece en el espejo, cabizbaja. ¡No, vete! No vengas a besarme. Quiere alertarla, pero su cuerpo no lo obedece. Se mantiene inmóvil. Mira al reflejo mientras su mujer se acerca. Ésta no ve las señales de la futura agresión: los brazos y el cuello rígidos, paralizados por la acumulación de violencia; la mandíbula marcada, ahogando las palabras y la razón; y, sobre todo, los ojos, el brillo de esos ojos oscuros que ahora le parecen dos pozos que se tragan su compasión como a una perla un pantano. No puede creer que ese sea él.

Los labios de su mujer, cálidos, se posan sobre su frente, que cree notar fría y correosa.

Y su terror es más de lo que puede comprender, cuando el espejo, porque no puede explicarlo de otra manera, lo hace ponerse en pie.

Tiene que ser el purgatorio, no hay otra explicación. Está condenado a ver su pecado una y otra vez, a tenerlo constantemente presente. De ahí la pesadilla que se repite, sin darle tregua, envenenándolo, tiñendo y haciendo que olvide todo lo que es bueno en él.

Sostiene a su mujer del brazo y la zarandea, su otra mano deletrea frenéticamente odio en el aire, demasiado rápido para que ella pueda comprender la recriminación, demasiado absurdo para que de verdad importe que lo sepa.

Con un inmenso esfuerzo de voluntad, apretando los dientes, parece quebrar un segundo la dominación: entreabre los dedos lo suficiente como para que su mujer se libere de su presa. Y ella alza la mano, instintivamente.

Su mirada en el espejo es la de un enajenado. Mira la mano de su mujer y luego clava la vista en ella, y la hace palidecer y bajar esa misma mano despacio, titubeante. El movimiento de sus labios es el balbuceo de una disculpa que no puede oír.

La golpea en la nariz y seguidamente en la mejilla. Ella intenta apartarse pero tropieza con la mesa y cae al suelo. No, no, no… Le pisa las piernas, le da patadas en el vientre. Ella se arrastra. La sigue. Coge un posalibros de mármol de la estantería. Y lo alza sobre su cabeza y encima de ella.

Lucha desesperadamente contra la maldición, y por un momento cree sentir como si algo se rompiera en su interior, como si una soga se partiera. Intenta arrojar el posalibros contra el espejo maldito, pero el otro se lo impide, lucha por conservar su existencia parasitaria, por seguir arrastrándolo. Comienza a sudar, enseña los dientes al reflejo y con un grito mudo logra abrir la mano para dejar caer el pedazo de mármol, que lo golpea en el hombro; y siente la respuesta dual, la rabia de la bestia por el dolor, la liberación que ese mismo dolor significa para él.

Luchan, o lucha, porque ya no sabe si el otro no es más que una faceta de él proyectada sobre ese rectángulo de vidrio. Pero no le importa, porque sólo quiere cortar su violencia, acallar la culpa.

Salvarla.

Su mujer alza la vista. Y la voz en su cabeza grita a esa estúpida vieja imbécil, e intenta abalanzarse sobre ella. Pero él ve la belleza que sigue residiendo en esos ojos marrones, en esa cabeza cana. Y como cuando la vuelve a ver respirar, se siente agradecido y en paz. Y desea que bajo la violencia de sus ojos ella pueda percibir el residuo de quien habría querido ser, y la despedida implícita.

Corre hacia el balcón, y en su cabeza sólo queda el grito del otro, el chillido del pánico.

Abre los batientes y antes de volver a perder el control, se deja caer sobre la barandilla.

Y en cuanto comienza a caer, lo comprende. Comprende que el otro no era una imagen malvada que lo estuviera poseyendo. Y comprende quién era él mismo, lo comprende en el momento en el que en su caída deja atrás la leve mancha de color de los edificios que podía ver a través de la ventana, y sólo queda a su alrededor el blanco interminable de la nada.

Porque de lo de más allá nunca ha habido reflejo.

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