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El heredero de Köszeg ‹ Relatos Bluetales

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El heredero de Köszeg

por Relato finalista

—No, ¡no!, primero defienda en octava pie firme, y después riposte sobre su línea abierta.

Los hierros seguían silbando, adelante y atrás, mostrando destellos en su incansable baile, mientras ambos tiradores acompañaban la coreografía. Una contrarrespuesta en sexta, obligó a ceder unos metros a uno de ellos, mientras su rival aprovechaba el momento para ejecutar un ataque a fondo.

Touché —el tirador levantó la mano—. Un movimiento impecable, Excelencia —saludó el más joven de los dos tiradores.

—Muy amable; sin embargo me pregunto qué es lo que opina nuestro versado maestro —indicó Armando de Soria, decimotercer Marqués de Aguilar de Campoo.

Zsólt Szablo era uno de los maestros de esgrima más hábiles de Europa. Era de estatura elevada y complexión delgada. Tenía la piel de color aceituna y el cabello negro muy corto. Una pequeña cicatriz adornaba su rostro cuadrado y algo tosco. Desde su juventud demostró gran destreza en el manejo de la espada y el sable, lo que le ofreció una prestigiosa carrera militar. Sirvió en el VI regimiento húsar de su majestad Imperial Fernando III, Archiduque de Austria, Rey de Bohemia y Hungría y Emperador del Sacro Imperio. El «Alegre regimiento» como también era conocido, estaba bajo el mando del voivoda de Köszeg, apodado «el Turco». Las continuas y en apariencia inagotables victorias del Turco le permitieron acceso a la baja nobleza en el Sacro Imperio.

—Excelencia, sigue cediendo distancia en sus paradas en cuarta, cuando debería adelantarse respondiendo con ataque en oposición. —movió la espada ágilmente, bloqueando un ataque invisible mientras mostraba la acción—. En el ataque a fondo bajó su cazoleta, situándose en una posición vulnerable ante el contre-attaque del barón.

Armando lo miró fijamente, mientras el maestro, sostuvo el gesto indolente.

—Es lo que me gusta de estos mercenarios, barón. ¿Lo veis? No se molesta en endulzarme los oídos con una cháchara interminable. Directo, conciso y tosco; como un sable de caballería.

Los dos tiradores rieron.

Zsólt permaneció de pie, impertérrito. En el amanecer de sus cuarenta y cinco años, y tras llevar una agitada existencia, había decidido pasar una vida tranquila en la comodidad que le ofrecían las monedas bien servidas de señoritos, que tenían más afilada la lengua que la espada.

***

Los sonidos de los pífanos se elevaban claramente por encima del murmullo de la mañana. El campamento olía a ajo, perro y excrementos, sin saber bien dónde terminaba el aroma de uno y empezaba el de otro. Llevaban marchando por Baviera cerca de tres semanas, y ya habían transcurrido dos meses desde que abandonaron su cuartel en Köszeg.

El archiduque Fernando de Habsburgo había convocado a sus vasallos en el norte, para acudir en ayuda de su primo el cardenal-infante Fernando de Austria y reforzar los lazos de alianza entre el Imperio de España y el del Sacro Imperio, después de que Francia hubiese decidido entrar en el conflicto. También llamada la guerra de Europa, ya duraba aunque de forma intermitente, dieciocho años.

El campamento imperial se extendía por una pradera en forma de herradura limitada por unas colinas achatadas al suroeste. Al norte quedaba el viejo y bullicioso Danubio, formando un muro de agua contra eventuales ataques. Los pasos franqueables en esta época del año se encontraban firmemente guardados por mercenarios alemanes.

Los pabellones de campaña quedaban dispuestos en monótona simetría, formando un gran rombo, en cuyo centro se encontraba el del mismísimo Archiduque. A su alrededor había un mosaico de blasones, de los principales nobles, y hacia el exterior se disponían los de los vasallos de éstos.

El Alegre se encontraba acampado al noreste de los pabellones, alejado del campamento principal, como tenía por costumbre. La entrada únicamente era vigilada por el silencioso estandarte, un sable negro sobre fondo añil, flanqueado por dos ángeles con túnica verde y lágrimas rojas.

Habiéndose convertido el Turco en el mejor de los comandantes de su majestad imperial, se había ganado un asiento en la mesa del consejo militar, si bien el resto de nobles del consejo despreciaba abiertamente su linaje de baja cuna.

Zsólt se encontraba recostado en una piedra, con el barro mojándole los calzones, mientras en la tienda, su señor intentaba poner un poco de cordura entre tanto seso perfumado. Enfrente se encontraban dos soldados de la guardia personal del cardenal-infante que le clavaban los ojos de forma severa. Zsólt les mostró una sonrisa bobalicona, antes de vomitar los restos del desayuno, gachas y aguafuerte.

Los guardias intercambiaron unas palabras en castellano, de las que Zsólt sólo logró entender «…estos perros alemanes».

—Estos perros alemanes, son los que han venido a salvar vuestro miserable culo, pero yo soy Húngaro —siguió vomitando.

El guardia de la derecha se acercó echando mano del cinto, aunque antes de desenvainar Zsólt ya estaba besando su propio vómito.

—Déjalo, no merece la pena que te manches las manos con ese saco de mierda —dijo su compañero, mientras que el guardia le propinó una poco gentil patada antes de volver a su puesto.

Zsólt logró incorporarse, y escupió un hilo de sangre o de vómito, mientras desenvainaba la espada. Los guardias intercambiaron una breve mirada y comenzaron a reír a carcajadas. Les dirigió la punta de la espada, antes de que la empuñadura resbalase entre sus dedos y fuese a caer al barro. Esto hizo que las risas de los guardias aún fuesen más estridentes. Dio un salto hacia delante y tambaleándose embistió a uno de los guardias. Cayeron rodando al suelo en un abrazo de puñetazos y patadas. Se oyó un ruido seco…

—Eres un imbécil, ¿acaso crees que el Turco vendría escoltado por un cocinero? ¿Es que no sabes por qué lo llaman el «Alegre regimiento»? —el capitán miraba furioso al guardia cuyo brazo derecho acababa en un muñón, sin duda había corrido mejor suerte que su compañero.

***

—Buenas noches Maestro Szablo. Hoy habéis regresado pronto.- La casa era bastante espaciosa, aunque decorada de forma espartana. En el recibidor le esperaba su criada, su ama de llaves y en alguna ocasión incluso algo más, una mujer fornida que bien pasaba los cuarenta, y que sin duda los años no habían tratado con demasiado cariño. Le quitó la capa mientras él le entregaba el sombrero. El fuego crepitaba en el salón que estaba decorado con una enorme mesa de piedra y dos bancos toscos de madera. En la pared colgaban en perfecta simetría, espadas, floretes y diversos sables de caballería.

Había una estantería desvencijada de la que Zsólt tomó un libro, mientras se dejaba caer en uno de los bancos. Observó por la ventana como caía la lluvia de forma torrencial.

—Maestro, ha venido un mensajero para entregaros una carta. Dijo que sólo os la entregaría a vos, así que está esperando en el establo.

Hizo un gesto hosco con la mano, y la criada fue en su búsqueda. Pasados unos minutos volvió acompañada de un chico que no tendría más de quince años, y vestía una librea de color azul, con dos ángeles.

—Mi señor, os traigo una carta del voivoda de Köszeg.

Se inclinó en una torpe reverencia y le entregó el documento.

16 de Abril del año de gracia de 1659

Querido tío,

Han pasado catorce años desde que nos dejasteis, y no es sino con gran pesar que en estos años, he llegado a aceptar vuestra ausencia. Mi padre nunca me contó, ni en su lecho de muerte, cuál fue el motivo de vuestra disputa, pero sé que para él erais un hermano, si no de sangre, si por los lazos del honor. Sus últimas palabras fueron para vos.

Son tiempos de tribulaciones, y ahora más que nunca necesito de mi familia. Es por eso que os ruego que acudáis a prestarme auxilio y consejo, pues temo no disponer de demasiado tiempo. Lamento no poder deciros nada más por correo.

Siempre vuestro, Mihail, séptimo voivoda de Köszeg.

***

El Turco había muerto… la noticia le atravesó el corazón como el frio acero de la espada. Un nudo se le formó el estómago, mientras sentimientos encontrados pugnaban en una equilibrada batalla.

—Marcela, prepara mi equipaje, partiré con la primera luz de la mañana.

No dijo nada más, se levantó y sacó unas monedas que entregó al mensajero. Su sobrino era la única familia que le quedaba. El chico ya perdió a su madre hacía catorce años, y ahora también había perdido a su padre. Cuando se marchó Mihail no tendría más de diez años, recordaba perfectamente su rostro congestionado cuando finalizaban sus sesiones de esgrima, como si hubiese partido ayer.

La mañana despuntaba fría y estéril, dejando atrás el bullicio de la tormenta de la noche anterior. Las calles de Burgos se presentaban vacías, mientras el carruaje atravesaba el empedrado a toda velocidad hacia el norte. Sería una jornada completa hasta el puerto de Castro-Urdiales, pero con suerte encontraría algún pasaje, aunque fuera en un mercante hasta Santiago. Desde ahí no sería difícil bordear la península y cruzar el estrecho hasta alcanzar Génova.

El repiquetear de las ruedas contra el camino casi ofrecía un efecto hipnótico que lo enterraba más y más en sus recuerdos. El Turco, ¿por qué habría pedido su vuelta después de tanto tiempo? Juraron enterrar su pasado, su secreto y su amistad el mismo día que cruzaron espadas.

***

—¿Y cómo dices que llamaban a ese general sueco?

—El León en el norte, y era un rey, no un general —respondió Zsólt; sin duda un buen afeitado, un baño y vestir el uniforme del regimiento, le concedía una figura más solemne.

Siguieron avanzando entre los pabellones, mientras una miríada de soldados, mercenarios y sirvientes correteaban de forma apresurada. Atravesaron la zona norte del campamento, donde se encontraban los regimientos de lanceros húngaros con sus pesadas corazas. A pesar del ir y venir de las columnas, reinaba un siniestro silencio en el ambiente.

—Rey, general, conde, o mariscal…. Todos son hombres, que mandan hombres mejores a morir por su ego.

—¿Y por qué lucháis vos, cabo? —dijo Zsólt.

—Por una bolsa bien llena —contestó el soldado mientras se ajustaba la pelliza.

Siguieron serpenteando entre los claros de los pabellones, hasta alcanzar el prado exterior donde se situaba el campamento del sable negro. El pendón ondeaba espasmódicamente ante un viento racheado, haciendo danzar de forma inquietante a los ángeles que flanqueaban el sable. Hicieron avanzar a sus corceles un poco más, doblando la tienda principal, hasta llegar a la pequeña colina donde estaba terminando de formar parte del VI. El uniforme de la compañía consistía en el tradicional dolman de pelliza roja de los húsares de Hungría sobre capa verde, pero habían sustituido el color rojo por el negro en el schakó, a juego con el cinto del sable. La capa era del mismo azul añil de su blasón, con bordes carmesíes en los extremos simbolizando las lágrimas de los ángeles.

El Turco había partido la mañana anterior con la mayoría del regimiento y el objetivo de juzgar las posiciones defensivas de Gustaf Björneborg, Conde de Pori, que mandaba las tropas suecas, aliados de los sajones y los bávaros. Por lo que sabían, el enemigo se encontraba en las inmediaciones de Nördlingen, una plaza fuerte. Los suecos habían decidido resistir mientras esperaban refuerzos, sin embargo habían recibido informes que indicaban que los sajones se habían puesto en marcha en dirección a las posiciones meridionales de las tropas imperiales. Su objetivo, claramente consistía en dividir las fuerzas de la españolas y alemanas en dos, a ambos lados del Danubio.

Tan pronto como se recibieron estas noticias, se ordenó marchar a los dos únicos tercios del ejército, el tercio italiano de Toralto y el español de San Severo, mientras el resto de tropas, de despliegue más lento, comenzaban a organizar el avance.

El sargento mayor Zsólt se situó en vanguardia, hizo un gesto y el corneta llamó a marcha. La columna de cuarenta hombres empezó a formarse tras él. En cuanto abandonaron las inmediaciones del campamento, se dirigieron a trote rápido hacia las afueras de Nördlingen.

Dejaron atrás los pastos que guardaban el río y siguieron marchando durante toda la jornada. A la mañana siguiente se encontraron con el Toralto, o lo que quedaba de él. El otrora glorioso tercio quedaba reducido a dos compañías incompletas, que en su mayoría portaban heridos en vez de armas. El tercio Italiano había entrado en batalla con el grueso de las fuerzas sajonas junto al de San Severo. Superados ampliamente en número se vieron obligados a ceder terreno y finalmente a retirarse. La última vez que vieron a los veteranos del San Severo, se estaban reagrupando en dirección a Nördlingen, donde serían apresados entre los frentes del ejército sajón y sueco.

Los italianos también les narraron que se cruzaron la noche anterior con el resto del Alegre, que se dirigió al Este para conocer la suerte del San Severo. Acuciado por las noticias, Zsólt mandó reanudar la marcha de la columna a toda velocidad. A lo lejos se respiraba un ambiente de batalla.

***

Después de una semana en barco comenzaron a divisar el bullicioso puerto de Génova. Iniciaron la maniobra de atraque mientras se cruzaron con diversos barcos, bergantines y carabelas, que abandonaban la ciudad. En el puerto los estibadores se ocupaban laboriosamente de los cargamentos recibidos, mientras se gritaban unos a otros en una cacofonía de español, genovés y alemán.

Tras desembarcar y estirar las piernas unos minutos, Zsólt cruzó unas palabras con uno de ellos para preguntarle por los establos. El hombre, tremendamente fornido y desdentado, al parecer también era mudo, pero aún así logró darle unas indicaciones aproximadas. Tras seguir el camino indicado, perderse, volver al puerto, preguntar de nuevo, volverse a perder y preguntar de nuevo a un crío, este le condujo a una taberna, donde le aseguró podría conseguir todo lo necesario. Estaba anocheciendo, así que decidió probar suerte en el establecimiento al que le llevó el chico. La posada era vieja y estaba bastante sucia, pero sorprendentemente tenía un agradable olor a madera. Unos cuantos ojos se posaron en él mientras atravesaba el salón.

Se dirigió al posadero, un hombre joven y bien parecido, que no debía tener más de veinte años.

—Necesito una habitación y algo de cenar.

Tras mirarlo unos segundos el tabernero le dedicó una sonrisa:

—Por supuesssto —respondió, arrastrando la ese.

—También quiero un caballo fuerte y rápido.

El hombre se quedó pensativo un instante.

—El caballo os cossstará doce essscudos.

—Os daré veinte si está fresco y dispuesto a primera hora. Ahora subid mi cena a la habitación.

Aún no había amanecido cuando ya se encontraba cabalgando lejos del ajetreo de Génova. El palafrén que le había vendido el tabernero parecía estar en buena forma y valer el precio que había pagado. Al cabo de unas horas de viaje tranquilo, comenzó a oír cascos de caballo que se acercaban, aminoró la marcha sorprendido de encontrarse con alguien cuando aún estaba amaneciendo. Observó que dos jinetes seguían su paso, rostros que le resultaron sospechosamente familiares.

—Buen día mi señor, habéis madrugado.

—¿Os conozco, señor? —respondió al jinete, un hombre delgado y muy alto, que contrastaba con su menudo y rechoncho compañero.

—Supongo que no tengo un rostro digno de recordar, pero he de decir que os he visto en la taberna. No es muy frecuente pagar semejante cantidad de dinero por un caballo, aunque sea buena montura como la que lleváis.

Zsólt guardó silencio mientras lentamente se llevaba la mano al cinto.

—Verá, mi amigo y yo creemos que podemos ayudarle a aligerar la carga de su bolsa, ¿bien?

El hombre rechoncho situó su corcel delante de Zsólt mientras desenvainaba una espada vieja y oxidada.

Zsólt espoleó al caballo colocándose en perpendicular de su atacante mientras desenvainaba el sable. El hombre gordo se precipitó hacia adelante lanzando un golpe en abanico desde el hombro hasta la montura. El maestro desvió fácilmente el golpe girando su sable con una parada en quinta y respondiendo automáticamente con un golpe al flanco del rival. El suelo se tiño de carmesí cuando el hombre cayó a plomo como un saco de piedras.

Mientras tanto el otro bandido se había situado a su espalda, desde dónde lanzó un tajo que arrancó unos cabellos del maestro. Lanzó un segundo golpe que Zsólt también pudo esquivar, mientras dirigía el trote de su caballo avanzando por el camino. Cuando se adelantó unos metros, tiró de las riendas del palafrén obligando al caballo a frenar y volverse. Alzó el sable dirigiéndolo a su adversario y se lanzó al galope hacia él. El bandido dudó un instante y seguidamente fustigó a su caballo.

***

—¡Hurrraaaa!

El Alegre cargó nuevamente contra el flanco sueco, intentando aliviar la presión en el centro del campo de batalla, donde se encontraban situados los restos del San Severo, en apretada formación en cuadro. El tercio había conseguido inmovilizar a gran parte de las fuerzas suecas y sajonas, que se afanaban en reducir el conato de resistencia lo antes posible.

El regimiento húsar cargó en cuña, atravesando nuevamente la fila de lanceros suecos que no habían terminado de reagruparse de la última embestida. Siguieron avanzando causando estragos por la velocidad y furia de su ataque. Los sables bajaban a izquierda y derecha, mientras la infantería sueca intentaba contener la situación, rodeándoles. Alrededor del alegre comenzaban a amontonarse los heridos y los muertos, mermando su agilidad.

—¡Resistid! ¡En círculo! —gritó al regimiento.

De repente notó como el dolor le desgarraba la pierna izquierda cuando se la atravesaban con una espada. Zsólt le devolvió el favor al infortunado, atravesando el caso y cráneo de un sablazo. La intensidad de la batalla se redujo y a lo lejos observó como la partida del Turco avanzaba entre las filas enemigas para reunirse nuevamente con ellos. Mientras tanto el San Severo había conseguido avanzar en su dirección. Los veteranos realizaron un giro en rombo en perfecta formación, abriendo su posición para permitir al regimiento húsar guarecerse en la seguridad de sus filas de piqueros. Tras desmontar, no quedaban más de medio centenar de jinetes.

—Sargento mayor —el Turco se acercaba mientras le clavaba la mirada—. Estáis manchando el uniforme de mi regimiento. Que os cosan esa pierna o que os la corten, pero os quiero en el caballo en dez minutos.

El ambiente era una cacofonía de insultos, gritos y llantos, mientras los españoles trataban de contener la horda enemiga. Zsólt rasgó la camisa de uno de los muertos, y se la ató firmemente a modo de venda en la pierna. La herida no dejaba de sangrar.

Se aproximó al Turco que se encontraba erguido en su caballo en un ligero promontorio.

—¿Ves ese pendón, Zsólt? Es el del bastardo del Conde de Pori. Parece ser que se ha cansado de la ineptitud de sus comandantes y ha decidido asumir él mismo el mando.

Zsólt se subió nuevamente al caballo para divisar el estandarte, un castillo negro sobre campo de gules.

Se les acercó un arcabucero desarrapado, de tez oscura que vestía la enseña del San Severo y con gesto adusto se dirigió al Turco:

—Mi señor maestre el marqués de Londoño, agradece vuestra ayuda en el combate. Dice que vuestro valor y ferocidad podría rivalizar incluso con el del tercio, y os pide que os retiréis pues la situación está perdida.

El turco lo miró unos instantes.

—¿Va el San Severo a retirarse? —el veterano lo miró como si no entendiese la pregunta—. Pues entonces di a tu señor que podrá ver como carga el Alegre.

Prepararon los caballos.

***

El resto del viaje transcurrió sin incidentes, y tras dejar atrás Udine y Kranj, la imperial Graz y la atestada Szombathely, por fin divisó las murallas de Köszeg. El castillo estaba rodeado de una docena de torreones que formaban la muralla exterior, constituyendo una fortaleza impresionante. Atravesó el patio exterior, cuya decoración era tan marcial como recordaba.

Al aproximarse al portón se encontró con cuatro guardias que vestían el uniforme de la casa, el estandarte del Alegre regimiento sobre cota de mallas. El que parecía estar al mando, un hombre gigantesco le dirigió una breve mirada e hizo un gesto a uno de los guardias que tomó las riendas del caballo. Zsólt desmontó, mientras el guardia sin pronunciar palabra se dirigió al interior mostrándole el camino. Un criado limpiaba el suelo del comedor de servicio; atravesaron la poterna que llevaba a los alojamientos interiores. Todo estaba tal y como lo recordaba. Doblaron por las habitaciones de invitados, hasta que llegaron al salón principal por uno de los accesos laterales.

El salón estaba guardado por dos amplios balcones laterales, elevados por unas filas de mármol blanco. En el centro había un estrado coronado por un trono de piedra en el que se sentaba un joven de unos veinticuatro años, bien parecido, que escuchaba con desgana la acalorada disputa que mantenían unos nobles al pie del estrado. Tenía el pelo largo, lacio y rubio recogido en una coleta y vestía la enseña de la casa, sable negro sobre fondo añil. No hizo falta que el guardia dijese nada; su sobrino lo reconoció al instante y se fundió con él en un recio abrazo.

***

—Todavía no me habéis dicho que problema os aflige.

Paladeó un sorbo del tinto y devolvió su atención a las costillas bañadas en miel que tenía delante. Había pasado ya una semana desde su llegada, y aunque Mihail le había puesto al tanto de lo que había sucedido en estos últimos años, había evitado a veces de forma cuidadosa y otras veces de manera obstinada, tanto el motivo de su convocatoria, como hablar de la muerte del Turco.

—Tío, sé que mi padre estuvo muy unido a vos, y tras su muerte he recibido en herencia el voivodato. Aún así, de entre todas sus pertenencias, no ha sido si no su diario lo que inquieta mi sueño. Os he llamado para que confirméis lo que ahí se relata.

***

La batalla en la colina había dejado de ser una lucha para convertirse en una carnicería. Ya no se distinguía amigo o enemigo, hombre de bestia. Los hombres ya no luchaban por un palmo de tierra sino por inhalar una bocanada de aire más. En una inesperada maniobra, el San Severo cedió posiciones iniciando una finta de retirada. Mientras tanto los restos del Alegre rodearon el flanco del enemigo, más ávido en robar la gloria del afamado tercio español, que de mantener un desarrollo organizado de la lucha.

El Alegre cargó sobre la retaguardia sueca, desde donde el Conde de Pori dirigía a su ejército. Los destreros húngaros parecían hundir la tierra en su última carga, atravesando tela y acero, carne y hueso. Embistieron a las absortas tropas suecas y avanzaron hacia el general enemigo.

Tras el impacto inicial un miríada de alabarderos rodearon a los húsares, que desmontaban al tiempo que algunas de sus monturas eran lanceadas. El combate se desarrolló de forma trágica para el Alegre.

***

—¡El Turco ha caído!

Zsólt corría en dirección al grito. Cruzó el sable formando una arco en cuarta mientras un soldado enemigo lanzaba un golpe a su flanco. Desvío el hierro de otro enemigo con una parada de tercera al tiempo que deslizaba la punta del arma sobre la muñeca de su adversario. Un tercer soldado se le aproximó lanzando una estocada profunda. Zsólt cerró distancia al tiempo que paraba el golpe en primera y asestaba una puñalada en las costillas.

El Turco se encontraba en el suelo, inconsciente o muerto. Saltó sobre los suecos que rodeaban a su general, mientras con un movimiento centelleante de su mano, arrancaba las vísceras de los carroñeros enemigos.

El cansancio se acumulaba, tenía los ojos en fuego por el sudor y la sangre. Mientras jadeaba sólo podía ver una montaña de cadáveres, pero ningún compañero en pie. Alzó el sable y la daga en direcciones opuestas tratando de hacer frente a la multitud de lanceros que le rodeaban. Sintió un dolor punzante en la cabeza. Todo se tornó negro, estaba feliz mientras caía junto al Turco, sabiendo que cabalgarían juntos a su último destino.

***

—Y después, querido Mihail, lo siguiente que vi tras despertar de esa pesadilla, fue la cara de vuestro padre. Se la habían dejado aún peor que antes, y eso que si me lo permitís, os diré que vuestro padre nunca fue un hombre atractivo.

Tomó otro sorbo de vino, que seguía calentando sus mejillas y su lengua.

Mihail sonrió, con esa dentadura inmaculada, aunque sus ojos no reían.

—Sí, mi padre me contó esa historia. El San Severo aguantó la posición lo suficiente para que llegase el grueso de las tropas imperiales, poco después el enemigo se batió en retirada.

Esperó unos instantes hasta que por fin lanzó la cuestión.

—Y decidme, tío —enfatizó la última sílaba—, ¿cómo es que mi padre…? —esperó unos instantes como si escogiese una espada de un armero—. ¿Cómo es que mi padre os dejó marchar? A vos, su mejor amigo, su hermano, casi su hijo. El hombre que le salvó la vida en Nördlingen —iba elevando la voz—, el hombre que propició la captura del Conde de Pori, que hay quien dice que fue lo que puso fin a años de conflicto en Europa… —bebió de su copa—. ¿Por qué razón mi padre —ahora ya gritaba— discutió con su pupilo?

Zsólt observó como los músculos de su sobrino se tensaban en una máscara de ira. Así que lo sabía… permaneció en silencio mientras su corazón apretaba el paso.

—Es curioso cómo nos atan las cadenas del honor, tío. Mi padre jamás volvió a hablar de vos en estos años. De la noche a la mañana mi querido tío se había marchado, y mi padre declaró que ya no existíais para nosotros. A las pocas semanas murió mi madre, se la llevaron unas fiebres… ¿Unas fiebres? ¡Vos la matasteis! ¡Vos y mi cien veces maldito padre!

El maestro recordaba con claridad aquella noche, hacía catorce años. Zsólt siempre había querido y admirado al Turco, como a un padre, pero tras conocer a Arianna, tras oler el perfume de Arianna, deslumbrarse con su sonrisa, ahogarse en sus azules ojos… su mundo cambió, todo cambió. Una llama se encendió entre ambos, una hoguera, un volcán que arrasó con todo, con los votos de ella, con el honor de él.

Aquella noche el Turco sí los sorprendió. Cuando Zsólt vio su rostro esculpido en piedra, casi tétrico supo que lo había sospechado desde hacía tiempo. El Turco no dijo una palabra, se limitó a desenvainar la espada y salir con paso calmado de la estancia. Zsólt se enfundó en su camisa y fue a su encuentro, su esgrima era tan buena como la del Turco, aunque en su corazón, estaba derrotado. El combate apenas duró dos minutos, aunque los últimos segundos se hicieron eternos, esperando que el Turco diese el golpe definitivo… pero mientras se giraba el voivoda dijo:

—Vete. Estás muerto. Mi deuda está saldada.

Los guardias lo arrastraron fuera del feudo, mientras se desangraba. Rezaba porque Arianna corriese mejor suerte… se equivocó.

Los acontecimientos volvían a sucederse de idéntica forma a como lo hicieron catorce años antes. Ante él un hombre que le observaba con cara de desprecio, su sobrino, que quería matarle. Mihail se levantó y se dirigió a un extremo del amplio salón, mientras desenvainaba la espada.

Zsólt lo miró inmóvil.

—Ha pasado el momento de las palabras, tío. Yo sí tendré el valor de acabar lo que debió haber hecho mi padre, pagaréis por la traición de esa noche con vuestra vida, tío.

Mientras escupía las palabras se fue aproximando lentamente apuntándole con el extremo de la espada.

Los dos hombres, antiguos maestro y pupilo, se fueron aproximando. Zsólt conocía perfectamente el estilo de lucha de Mihail, él había sido su maestro, pero de eso hacía ya catorce años.

Desenvainó la espada ropera y adoptó una postura defensiva, flexionando ligeramente las rodillas mientras mantenía los pies en posición perpendicular. Sostenía el arma en una línea de sexta ampliamente abierta, invitando al ataque de su sobrino. El momento no se hizo esperar, Mihail avanzó marchando ligeramente, con la cazoleta de su espada a la altura del hombro derecho, esperó hasta el último momento y entonces cambió el ritmo de su aproximación, ejecutando un ataque compuesto sobre la figura de su antiguo maestro. Zsólt previendo este movimiento dio un pequeño salto atrás mientras protegía su rostro con una contra de tercera. Realizó un ligamento del hierro de Mihail y cerró distancia con él situándose a dos palmos.

El voivoda forcejeó como cabía esperar intentando no soltar la espada, cambió el peso sobre el pie delantero y avanzó el trasero, mientras con la mano armada realizó un movimiento de cesión, situándose en guardia de segunda. Los dos hombres presionaban con ambas manos sobre las empuñadoras, Zsólt giró sobre su cadera y basculó el peso de Mihail obligándole a tropezar hacia delante y lanzó un estocada precipitada que le rozó levemente el brazo.

Nuevamente empezaron a danzar en círculos con movimientos pausados. Zsólt mantenía una guardia ortodoxa, equilibrando su perfil con la mano izquierda en alto, mientras Mihail mantenía una actitud mucho más agresiva, con una mínima flexión de rodillas.

Zsólt lanzó una combinación de estocadas para provocar una respuesta del joven, que sin embargo no se dejó engañar por el invite. Dejó caer ligeramente la punta de su espada cambiando a una guardia de octava cerrada. Nuevamente Mihail inició el asalto batiendo la hoja del rival, mientras finalizaba con un ataque a fondo sobre el travesón de su tío. El maestro esperando una ejecución parecida movió el brazo armado a la izquierda, protegiendo su costado con una parada en cuarta y respondiendo con la cazoleta en oposición.

Mihail evitó el golpe saltando a un lado, y paró en segundo ataque respondiendo con un fuerte golpe en forma de arco. Zsólt se llevó la espada ropera a la cabeza defendiendo su posición, midiendo las fuerzas con el voivoda. El joven rivalizaba con él en técnica y le sobrepasaba en fortaleza, aunque estaba dominado por su ira. El asalto seguía desarrollándose de forma equilibrada para los dos tiradores, mientras la fatiga hacía su presencia en el duelo. Se percató sin lugar a dudas, que sólo había una forma de terminar con el combate, por lo que optó por apresurar sus ataques mientras aún le respondían las fuerzas.

Zsólt ejecutó un movimiento de abanico con su hoja, fintando a su sobrino, que trataba de anticiparse a los fingidos ataques sobre su línea de tercera y segunda. Cuando el joven se aproximó y preparó una contrarrespuesta, Zsólt se adelantó al movimiento. La punta del arma se precipitó hacia el rostro de Mihail, acariciando su mejilla, y desgarrando su piel… antes de que evitase el fatal golpe, al agazaparse abriendo sus piernas. Mientras la estocada le pasaba por encima de la cabeza, Mihail movió su arma por detrás de la espalda, para con un movimiento de angulación, atravesar desde abajo el flanco que no protegía su maestro.

Zsólt Szablo sonrió, mientras se llevaba la mano al estómago y se arrodillaba. La camisa se le fue tiñendo de rojo mientras la vista se le nublaba. Pensaba en Arianna.

Vio la mancha que formaba Mihail ante sus ojos mientras se le acercaba, el mundo se detuvo un instante… y después sintió como el acero frio le mordía la garganta. Fue la única vez en su vida que se dejó vencer, y mientras caía y la vida se le escapaba en cada latido, sonreía, sabiendo que su hijo viviría.

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Comentarios

  1. marcosblue dice:

    Un gran relato, sí señor. Se nota que sabes de lo que hablas, el duelo final se visualiza perfectamente (por lo menos yo) y el final del final, la última frase, le da sentido a todo lo que has leído, muy bueno. Las descripciones de los campamentos y las batallas son magníficas, y el curro de documentación que te has pegado, y cómo lo has sabido plasmar de una forma sencilla, construyen un texto realmente interesante. Sigo pensando que algunos de nuestros relatos darían para hacer novelas, en fin… Enhorabuena.

  2. laquintaelementa dice:

    El estilo es impecable, el mejor de la edición sin duda. Y a buen ritmo, que no es fácil por la densidad del relato en sí. Me encanta la ambientación en las escenas de guerra y combate… de hecho, la historia de amor, el pretexto para el relato, me parece innecesario. Que no es que estos señores no tuvieran derecho a enamorarse, pero es que… se les daba tan bien la batalla…

    Muy bueno, Dominus. A ver si te dejas de tontás y participas más, que nos has dejado con ganas de otro recital.

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