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Bienvenido a la CIA ‹ Relatos Bluetales

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Bienvenido a la CIA

por Relato ganador

En el cuarto sótano de un pasillo interminable, como todos los la de la central, a oscuras y con un simple lámpara de mesa, un ordenador encendido y el humo del cigarro que atraviesa la cara de intensa concentración de un empleado de la agencia, un hombre lee con tenacidad una historia…

—Smith, ¿qué te toca hoy?, ¿lavar la cara de algún agente de campo?

Era Perraud, el asistente belga del agregado internacional de la UE.

—Hoy me ha tocado el gordo, gabacho chupador de caracoles: Frank Lister estará bajo mi lupa toda la noche.

—¿Cómo? ¿Lister el 121? —dice Perraud con el ceño fruncido.

—El mismo, tengo que analizar su ultima misión en Europa, tengo una caja de Redbull y un par de cajetillas de tabaco esperando.

—Uff, te dejo novato, mañana me cuentas. Lo que no sé es como te han dado el análisis de su misión, es algo que está por encima de tus miras.

—No sé realmente, quizás me estén dando una oportunidad de ascender.

Smith saca otro de sus cigarros y lo enciende con vehemencia.

—¿Sabes que no se puede fumar aquí verdad?

—¿Me vas a denunciar tú, gabacho?

—Anda dame un cigarro, yo ya me voy. Que se te de bien.

Perraud abandona la sala por entre las sombras de mesas, ordenadores apagados y papeleras vacías.

***

Día 1 de misión

Acabo de llegar a París, no sin antes haberme bebido cinco Jameson con hielo en el avión, la azafata, me ha mirado de soslayo, la he contestado con un bufido y una mirada lasciva a su trasero, culmen de todo vaquero atrapador de reses.

En el taxi he mirado mi móvil, veintidós mensajes, vaya mierda, ¿Por qué inventarían éste aparato del demonio?

Tres mensajes de Helena, la agente de tercer grado sueca, las delicias de sus labios todavía resuenan en mi entrepierna.

Siete mensajes de mi casero, que dice que han vuelto a quejarse de los ruidos nocturnos, joder para una guarra al mes que alquilo para que me diga que me quiere…

Nueve mensajes de mi madre, que no sabe donde estoy, que si como bien, que me eche novia, que tiene a la sobrina de una vecina suya bebiendo los vientos por mi, que no voy a verla como debería, que tiene mis calzoncillos limpios para que pase a recogerlos y me pregunto, ¿Cuándo le he dado yo mi ropa para que la lave? A veces pienso que dentro de mi mora otra persona que hace cosas que no entiendo, y que no recuerdo.

Tres mensajes de Susan, que tiene un retraso…en fin, un coñazo.

Llego al hotel Petit Roig Parísien, cojo la suite real y pido que me suban la cena, una docena de ostras, un BigKing XXL, una botella de valle sagrado, el tinto chileno que tanto me gusta y una coronita para después de la cena, con mi cigarrito de la risa y esa mezcla de afgana y AK47…

Antes de dormir, enciendo mi laptop y repaso los datos de la misión, investigar una nueva tecnología de control de la atmósfera, algo que los franceses en un estricto secreto llevan estudiando desde hace décadas. Ya se que los franceses son aliados, pero nunca amigos, nuestro país no tiene amigos y así le va.

Antes de dormir, navego por la red, guarras.com, orgasmotronic.com, gordascachondas.com y mi favorita, culox.com, un par de pajas y la cama con una sonrisa de oreja a oreja, creo que mi mezcla me ha dejado grogui y con esa idea en la cabeza, siento como mis pensamientos se desvanecen.

Día 2 de misión

He llamado a recepción para que me suban el desayuno, patatas fritas y un bol lleno de cereales, que riego con los restos de la coronita de la noche pasada.

Me visto con mis mejores galas, ser agente no significa ir de trapitos, traje negro de armani de dos mil dólares, corbata negra de la misma marca, pero de una tienda de Londres donde las hacen a medida, camisa blanca impoluta y pantalones negros ajustados, zapatos Lotus y calcetines de ejecutivo de seda.

Ahora bien afeitado y vestido me dirijo a la SKW, allí me espera mi agregado francés para hacerme una visita guiada, mi tapadera.

Es un cochón como todos los franceses, altivo, elegante, se quiere más que a una tarta de frambuesa el cabrón, con ese acentillo de París que hace que se me revuelvan las tripas, quizás una corbata colombiana le vendría de perlas.

Me enseña las instalaciones como si estuviera en el puto cielo, le escupiría a la cara si no fuera por que es mi entrada al bunker de titanio, donde esta mi cáliz sagrado particular.

Llegamos al sitio en cuestión, me enseña las medidas de seguridad, que ya conozco, esbozo una sonrisa de placidez y desencanto, mi amigo francés debe pensar que soy el típico norteamericano loco y con ideas de John Wayne, y no se equivoca.

Necesito un dedo y un ojo, la voz la traigo grabada desde la agencia, no quiero perder el tiempo en memeces.

Mi siguiente paso es hacerme con esas llaves, fácil, la solución, una cena, unas copas, mis dedos sigilosos y mi jeta, mas ancha que mi espalda. Me lo llevo al hotel y le seduzco, es un poco gay el amigo franchute.

Dedico el día entero a hacerle las gracias necesarias para llevarle a mi terreno, no es un agente de campo, sino un agente de despacho, no se imagina nada, seguro que ya esta pensando en una noche de sudor y gemidos.

Día 3 de misión

Me despierto cansado y con las manos doloridas, anoche, después de la cena con el olisqueador de quesos y unas cuantas, muchas, copas de champán, el tipo esta a mi merced, entre mis brazos, le arranco el dedo que necesito con un cortador de puros, el hombre aunque borracho y desmejorado, se defiende, le saco un ojo con un certero golpe de mi anular, necesito el otro, así que vamos bien, un golpe en la base de la traquea y es mío, saca su lengua negra para intentar decir algo que no consigo descifrar, a la mierda, le presiono el cuello a dos manos y aprieto hasta que se me quedan blancos los nudillos.

Llamo a mi contacto de la mafia marsellesa, un sobre con quince mil euros, hace el resto, el cochón desaparece echo pedacitos en el rió de la bella capital francesa.

Me quito la mascara de látex y las alzas de los zapatos, limpio la habitación a conciencia, bajo a la recepción del hotel, otro sobrecito de euros y tengo las cintas de las cámaras de la entrada al hotel, nadie sabe quien ha estado cenando conmigo, más por la mascara que por mis pagos al metre. El dinero lo puede casi todo y cuando algo falla, una bala del calibre 9mm hace milagros.

Hago un par de llamadas y mi rastro en el hotel ha desaparecido, otra llamada a la embajada y me preparan otro de mis muchos pasaportes, me siento bien, en forma y quiero creer que al día siguiente puedo estar en mi país de nuevo sin un rasguño.

Día 4 de misión

Mono de limpiador, máscara de látex, alza en los zapatos y una funda que me engorda debajo del mono, paso por las puertas del SKW con mi pase fraudulento y me encamino a mi meta, por el camino le toco el culo a una ingeniera, que me mira con desprecio, me paro a beber un café olé en el pasillo central, miro a ambos lados y guiño el ojo a un par de lechonas más que permanecen ladrando cotilleos y demás palabras sin sentido.

Antes de seguir entro en el baño de los ejecutivos, me bajo los pantalones y les dejo una firma digna de un elefante enfermo y para darle mas comicidad al tema lo hago de pie y con un movimiento lateral de mis caderas, arte puro o mierda pura, según quien lo mire.

Bajo dos niveles más y entro con mi pase de limpiador, llevo las contraseñas de un agente de quinto grado, fácil, me escabullo y encuentro un oficial de seguridad, me pregunta que hago allí y le secciono la yugular con el cuchillo de sílex que llevo en el bolsillo, lo escondo en un cuarto oscuro de las escobas y sigo mi camino, bajo otro nivel y miro mi reloj, en unos cinco minutos o salgo de allí o no, depende de mi y confió.

Dos agentes están delante de la puerta del ultimo pasillo, voy hacia ellos sonriendo, ponen cara de pocos amigos, sigo mi camino, cuando tengo a uno de ellos justo delante de mi, le golpeo el esternón con todas mis fuerzas, algo cruje irremediablemente ahí dentro, pone los ojos en blanco y cae como un saco al suelo, el otro saca su arma reglamentaria, antes de que me dispare a quemarropa, cojo el cañón con la mano y con dos giros se lo quito sin esfuerzo, golpeo su cabeza sin mirar atrás, trozos de cráneo se esparcen por el suelo.

Ya no hay tiempo de esconder los cadáveres y corro por el pasillo, llego a la puerta que es mi meta, saco el dedo del franchute de ayer, lo paso por el análisis de huellas, el ojo por el láser de retina y mi grabadora hace el resto.

Entro y enciendo el ordenador de mil terabites, incluyo las contraseñas en francés que otro agente unos meses antes se había echo consigo y estoy dentro.

Un minuto después tengo todo en el pendrive y salgo pitando, me quito el mono y dejo ver mi uniforme de oficial de la SKW, corro gritando en un perfecto francés que algo pasa, que he encontrado los cadáveres de unos compañeros, pulso el botón de alarma y todo el mundo se revoluciona.

Cuando quieren darse cuenta, estoy en un taxi camino del barrio latino, por la ventana voy tirando la ropa y saco de mi bolsa, estúpidamente pequeña pero practica, unos pantalones de rapero y una camiseta ancha, me arranco la máscara y me pongo unos piercings de coña que tengo preparados, diez minutos después estoy en la calle admirando los grafittis de las calles sucias y deleznables del barrio.

Día 5 de misión

El día empieza mal, me arrastro hasta el cuarto de baño para vomitar, siempre me pasa cuando ayudo a alguien a morirse, es cuestión de olvidar, pero nunca se olvida, me ducho con agua hirviendo para descubrir que no hay gel, araño con fuerza mi piel con la esponja y efectivamente, soy alérgico a la cabrona, ronchas por toda la piel y unos cuantos sarpullidos por el pecho.

Me seco con la toalla, que si es más seca, podría haberse fabricado en cualquier desierto de medio oriente, ronchas y sarpullidos que gritan mi nombre.

Me visto con lo primero que veo a mi alcance, pantalones vaqueros ajustados y una camiseta de Bob esponja, tengo que dejar de comprar en los mercadillos, ¿Quién es su sano juicio puede comprar éste tipo de camisetas?, zapatillas de deporte de marca y joder, a una le faltan los cordones, ¿Qué coño hice anoche?, saco los cordones de la otra, los corto por la mitad y me hago un remiendo para poder atarme las dos zapatillas, quedan de culo, pero consigo que no se me salgan los pies disparados.

Recojo todas mis pertenencias en una bolsa de mano, la cartera con el dinero y mi documentación, ahora soy Elay McRisson, escocés, como si no fuera necesario el puto apellido para saber de que voy. Guardo el pendrive en el compartimiento secreto del móvil y salgo de allí un poco atolondrado.

Bajo a desayunar al pequeño restaurante del hotel tugurio que me he agenciado a eso de las dos de la mañana. Salchichas mugrientas con grietas de sequedad, huevos revueltos con pinta de pota y un café que parece meado de burro, el desayuno de los campeones.

Hago el check out, para descubrir que me quieren robar cien euros, dicen que he terminado con las existencias de licor de la pequeña nevera de la habitación, ¡pero si sólo había tres botellitas de pinaud! No quiero líos, me hago el tonto y pago si rechistar, la recepcionista de tetas caídas y pelo mugroso se sonríe y comprueba que los billetes no son falsos, hija de puta.

Salgo a la calle y llamo al primer taxi que pasa por allí, tengo que llegar al aeropuerto antes de la una del mediodía, me quedan tres horas. El primero que para tiene la mala suerte, para mi, de que pasa por encima de un charco de proporciones bíblicas, Bob esponja ahora está feliz. Subo al taxi malhumorado, el día todavía puede arreglarse o quizás no, esperemos que todo haya acabado aquí y ahora.

Como no podía ser de otra manera, el taxista, un albano kosovar de medio pelo, se pierde entre las calles de París, refunfuña y clama al cielo por el atasco, que dice, le ha hecho perder tiempo, mis tres años estudiando en la ciudad me dicen que este tío no tiene ni puta idea de lo que está haciendo, así que le digo por donde ir y me contesta que ya lo sabia, creo que tengo el cuchillo de sílex todavía y empiezo a pensar que su sitio natural debería ser entre las cejas de ese hombre hirsuto y malhablado, me contengo, respiro hondo y cuento hasta cien, si cuento menos, ese hombre no llega vivo al mediodía.

Salimos a la autopista, por fin vamos en camino y me relajo un poco, tengo la manía de sobar a conciencia el móvil y sabiendo lo que esconde, hoy me siento mas tentado de continuar mis manías, le doy la vuelta y otra vuelta, arriba y abajo, de un lado a otro y lo guardo en mi bolsillo, con el día que llevo, el móvil puede acabar en mal sitio. Y a mi me cortan en pedazos tan pequeños que ni una lupa podría recomponerme.

De pronto el coche se ladea hacia un lado, se escora irremediablemente hacia la derecha, dos coches se quitan de nuestro camino, para acabar nosotros, como no, en el arcén, rueda pinchada y el jodido albano kosovar que se pone a llorar para inmediatamente, ponerse a gritar, blasfemar en dialecto ininteligible y mirarme con ojos vidriosos.

Lo mato, o eso es lo que quiero, pero no lo hago, respiro de nuevo hasta cien y le convenzo para que deje de hacer el tonto y se ponga a cambiar la rueda ya, si viene la Gendarmerie puedo tener problemas, termino ayudándolo y me pongo de grasa hasta el tuétano, a la mierda mis ropas, Bob esponja parece teñido de chapapote, que le jodan por marica.

Por fin llegamos al aeropuerto y el maldito bastardo balcánico me pide doscientos euros, le hago un corte de mangas sin ningún pudor y le escupo a la cara, acto y seguido el amigo de los niños saca una pistola allí, en medio de la parada de taxis, se acabó, saco el sílex y le rebano el pescuezo sin dilación, la sangre me salpica la mano y echo para delante su cabeza para que parezca dormido, las estamos liando, tenia que haberme quedado en el hotel mugriento.

Cuando salgo del taxi lo hago con una mano en la cara, simulando toser, no quiero que me reconozca nadie, calculo que tengo diez minutos hasta que otro compañero cabrón del melón este se de cuenta de la historia.

Entro en la terminal y me aproximo al mostrador de facturación, la niña que me atiende me dice que hay overbooking en el vuelo y que me quedo sin High class, así que turista y si la lloro un poco, cosa que hago con tremenda insatisfacción, me he quedado sin Jameson y sin azafatas potentes, haré un esfuerzo y me acostumbraré, por esta vez, a beber licor del país del roquefort y comer unos sándwiches de mierda enlatada. ODIO la clase turista, y los turistas, como no.

Paso el escáner sin problemas, faltaría mas, media hora más tarde estoy sentado en el avión, entre un gordo sudoroso y una madre con su bebé, que llora más que respira. Voy a necesitar mucho alcohol, así que en cuanto puedo pido algo de beber, no se que lo que me han dado pero sabe a rata parturienta, me lo bebo de un trago y pido otros tres más, que por supuesto pago de mi bolsillo, me duele el estómago y la cabeza, pero me esfuerzo en no pensar en ello.

El bebé me vomita encima, después de un descuido de la madre dormida, esa pota se come los tejidos como si ácido sulfúrico se tratase, Bob esponja, compañero fiel, te guardaré en el baúl de los recuerdos en cuanto a llegue a casa, o eso o lo quemo en la barbacoa del jardín, que ya que estamos seguro que prende a las mil maravillas.

Después de tres horas de vomitonas y gritos infantiles, pedos y ronquidos de mi amado gordo sudoroso, consigo dormir o lo más parecido, que es cerrar los ojos y al menos descansar la vista, las luces permanecen apagadas y la gente duerme, un leve sueño me ronda y acabo dándole vueltas al día que he empezado con tan mal pie.

Cuando por fin entro en fase REM, encienden las luces, el gordo me da un codazo en las costillas que me deja sin aliento y el bebé me berrea taladrándome los tímpanos, Dios, dame fuerzas y no dejes que mate a nadie en el avión, ya tendré tiempo cuando mis pies toquen suelo. Media hora más tarde aterrizamos en JFK sin problemas, salto por encima del vecino pedorro y me recreo cuando le doy, sin querer, un puñetazo en la mandíbula, el hombre vuele a dormirse como por arte de magia y mientras, yo recojo mi bolsa de mano, espero que el próximo destino de la foca monje humana sea Alaska o lo más parecido.

Por fin en casa, aunque no sin antes volver a perderme con el taxista paki que me lleva por la interestatal, no tengo ganas de mediar y dejo que se pierda dos veces más, todos los caminos llevan a Staten Island, me susurro a mi mismo mientras cuento hasta cien.

Día 6 de misión

Cuando llego a casa, me doy una ducha y tiro a la basura la puta camiseta de Bob esponja, ya has terminado tu camino fanfarrón, pienso.

Catorce mensajes en el móvil, mierda de aparatejo, saco el pendrive y lo guardo en el cajón de la mesita de noche.

Tres mensajes de Helena, la agente de tercer grado sueca, me deja por un albañil de la construcción, no sin antes cagarse en mi padre. Ocho mensajes de mi madre, pobre, un día de estos la suicido por las escaleras, borro uno detrás de otro, todos sus exabruptos.

Dos mensajes de Susan, que esta embarazada y esta convencida de tener el niño, la hemos liado, tengo que hacerla una visita y no para hablar.

El último mensaje es del director de operaciones, cada cinco palabras, cuatro son palabrotas, que me he pasado en Francia y otras doscientas cosas más, dice.

Paso.

***

El empleado de la agencia termina con su cuarto redbull y apaga su trigésimo cuarto cigarro de la noche, cierra el ordenador y sale de la agencia con media sonrisa. Se dirige al bar Coltton, donde ponen esas cervezas casi heladas que hacen que a uno se le pongan los pezones duros, en la barra, al final se encuentra un hombre cabizbajo y con ocho copas vacías delante de él, en seguida le reconoce y se le acerca para entablar conversación.

—¿Lister 121? ¡Pero coño!, ¿qué haces aquí?

El hombre le mira de reojo y sigue bebiendo de su copa.

—Tranquilo soy compañero, te he reconocido. Acabo de leer tu misión en Francia, vaya odisea, camarada. Todo lo que cuentas en ella, ¿es cierto?

El hombre le mira, apura su bebida y se levanta, lo mira sólo un momento y le dice:

—No, todo es mentira. Por cierto, bienvenido a la CIA.

Saca unos billetes arrugados y paga al camarero, se da la vuelta, y tal y como ha venido desaparece por la puerta, dejando a su correligionario con la palabra en la boca y con cientos de preguntas sin contestar.

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Comentarios

  1. laquintaelementa dice:

    El mejor relato de espías de la edición, sin discusión alguna. Visual, dinámico rayando en lo frenético… y rociado de metáforas e imágenes certeras como una ráfaga de balas 🙂

    Enhorabuena, Derk, SonDerK!! 😉

  2. SonderK dice:

    Muchas gracias guapa! tu comentario es lo mejor de mi semana! 😀

  3. juan sanmartin dice:

    Un relato tremendo, hipnótico, que te deja sin aliento. De hecho he tenido que para varias veces y contar hasta cien antes de seguir.

  4. marcosblue dice:

    Desde luego, si se hiciera una película el actor no sería Tom Cruise. En realidad se trata de un espía muy eficiente, cumple rigurosamente con su trabajo y, teniendo en cuenta que la mayor dificultad a la que se enfrenta es él mismo, tiene más mérito aún. El personaje absorbe todo el relato y has conseguido que absorba al que lo lee. Si no te lo hubieras llevado tanto al extremo, como haces, no sería tan atractivo. Una buena apuesta, arriesgada, pero como te ha salido absolutamente auténtica (y esa autenticidad es lo que más me gusta) la has cuajado. Enhorabuena.

  5. levast dice:

    Enhorabuena bellaco, te ha salido un pedazo de relato ágil, violento, mordaz y con sobredosis de anfetaminas. Dame franceses, dame a Bob Esponja y dame “cervezas casi heladas que hacen que a uno se le pongan los pezones duros”

  6. Anne dice:

    Espléndido. Me ha llenado de gusto leer tus obras Sonderk. Saludos

  7. SonderK dice:

    Muchas gracias Anne, el saber que te has leído mis relatos y que te hayan gustado es lo que me anima a seguir escribiendo más y mejor 😉

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