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Anam taistil

por Relato finalista

Ceñida completamente por el mar, tonificada por su brisa salpicada de sal, aureolada por sus vapores, Irlanda permanece aferrada a la tierra, y prefiere mirarse en el agua de sus innumerables lagos que la luz fugitiva alumbra sin disipar del todo las tinieblas; lagos a veces opacos, a veces de una nitidez sedosa, donde las montañas violáceas o doradas se reflejan con la seca pureza de trazo de las estampas japonesas.

Impulsado por una agitación interior que interpreté como una necesidad académica, viajé allí para liberar mi encorsetado inglés de instituto. Entonces descubrí la melodía gaélica que entonan helechos y cañaverales al compás del galope de caballos con sus crines rubias al viento. La lengua de los druidas es agreste, como sus campiñas de suaves colores tostados y verdes, como los húmedos pastos perlados de gaviotas y corderos, como las colinas tapizadas de brezo que se vuelven azul púrpura en la vaguedad del atardecer. Pero en la paz de sus silencios brumosos, impregnado de su olor a lana mojada y a cerveza tibia fui desperezándome de aquel letargo que ya duraba siglos. Anam taistil.

***

—¡Despierte, mi señor, el Rey está aquí! —el capitán de la guardia interrumpió el placentero sueño de Ricardo de Pembroke.

—¡Déjame dormir, maldito idiota! El rey soy yo. ¡Vete! —arrebujó sus orondas formas bajo las mantas dispuesto a continuar encamado entre los brazos de tres doncellas del castillo.

—¡Mi señor… el Rey Enrique está aquí!

En 1168 el destronado monarca de Leinster, Dermont MacMurrough había pedido ayuda al soberano de Inglaterra, quien, por hallarse en la rutinaria lucha con Francia, delegó en varios caballeros cambro-normandos la tarea de retomar el reino perdido. Dermont solicitó entonces los servicios del conde de Pembroke, prometiéndole a cambio la mano de su hija Finariën, de apenas dieciocho años. Irlanda, pobremente armada, no ofreció gran resistencia a los poderosos guerreros del norte y comenzó así la conquista de la Isla Esmeralda. Ricardo se casó con Finariën en 1170 y, tras la inmediata muerte de Dermont reclamó sus derechos sucesorios a través del matrimonio, convirtiéndose entonces en el Señor de Leinster.

Estos hechos no pasaron inadvertidos para Enrique II, duque de Normandía, Aquitania, Gascuña, conde de Anjou, Turena, Maine y Poitou, señor de Gales y Escocia, rey de Inglaterra. Ahora, a mediados de 1172 y provisto de una bula papal, venía a reclamar la totalidad de Irlanda para la corona inglesa. Ricardo de Pembroke, el vasallo que osó desafiar a su legítimo señor, se levantó esa mañana temblando y con los calzones mojados.

En cabeza de su imponente ejército Enrique se presentaba como el soberano más poderoso de su época. A lomos de su corcel azabache, ambos, jinete y montura, resplandecían embutidos en sus negras armaduras. Polainas y camisa de malla, guantes, yelmo, espinilleras de placas labradas en oro, lanza y espada, sobreveste sin mangas de color azul y escudo. Aunque el conjunto superaba las cuarenta y cinco libras el monarca permanecía erguido y sereno. A sus treinta y nueve años era la imagen del poderío y la fuerza real. Prueba de ello era su timbre de armas, con más de veinte cuarteles, uno por cada dominio. La práctica aconsejó utilizar el más importante…

***

Anjou, azur, león rampante, oro, genista, del primero.

Leí el blasón como si fuera un heraldo de torneo medieval. Jamás había visto uno antes. Paseaba explorando parajes solitarios de la bahía de Galway, sus altas cornisas enfrentadas al mar, murallas protectoras de aquel suelo tan arraigado a su propia esencia terrestre; el océano quiso entonces confundirme con su aliento salino, me envolvió en su abrazo neblinoso y me empapó de besos mojados. Tras una brusca cortina de lluvia me sorprendió un castillo gris que mordía el cielo con sus almenas desdentadas. En la poterna de entrada el escudo aparecía difuso, apenas reconocible, reabsorbido por la propia piedra, acariciado por las infatigables manos del tiempo. Y, sin embargo, yo lo veía como recién esculpido: los bordes ásperos, la talla profunda, aún caliente tras el último golpe de cincel, el relieve vivo, casi consciente de su tridimensionalidad. Detrás, oscuro el vano que otrora cobijara el rastrillo.

El patio de armas era una maraña inextricable. Alambradas silvestres de zarzas y espinos protegían la torre del homenaje de vándalos y excursionistas; y del desmoronamiento, enredando entre su urdimbre leñosa los cimientos de la fortaleza. Contemplé fascinado la factura normanda del grueso muro que rodeaba la torre, y sentí que me espiaban a través de las saeteras. Atribuí mis impresiones a tantas leyendas irlandesas sobre fantasmas en las ruinas. La vista desde las atalayas debió ser clave en la defensa del castillo. Situadas en los puntos cardinales dominaban extensas panorámicas sobre la tierra y el mar. Improvisando un sendero entre la maleza apagada crucé la bastida hacia el torreón oeste, envuelto entre velos vaporosos de niebla.

***

La puesta de sol era el momento favorito de Finariën. Apoyada entre dos almenas solía admirar el cielo arrebolado que se reflejaba en las aguas violetas del mar insondable. Escrutaba el horizonte y creía vislumbrar, iluminado por los últimos rayos, el borde del mundo. El suyo terminaba mucho más cerca, en aquella torre que encaraba el ocaso. El día en que, en lugar de su Árd Rí soñado, aparecieron las huestes de un normando soez y mujeriego a quien su padre entregó como botín de guerra volvió la espalda a las montañas. Y en esta postura asistió a la ejecución de su esposo. El poderoso amo de Inglaterra no perdonaba la traición de sus barones. Sin embargo, aquella mañana luminosa ofrecía una sinfonía de matices que desbordaba los ojos de Finariën en cada parpadeo: el azul celeste, el lila de las rocas escondidas tras la bruma, el turquesa brillante del agua. Aquella mañana oceánica de luz y paz otorgaba a la joven sus oníricos destellos en cada golpe de olas bajo la torre oeste.

El chasquido del hacha del verdugo decapitó la armonía de la panorámica.

Se giró hacia el cadalso y entonces lo vio. Durante instantes el viento respiró por ella y toda la fuerza del sol se concentró en la figura del Rey. Finariën sintió que su espera había concluido.

Enrique II tomó posesión del castillo de Pembroke. Sustituyó estandartes y pendones por oriflamas de la casa Angevina. El escudo del monarca Plantagenet blasonó barbacana, dinteles y torreones. En poco tiempo el león rampante dejó sus huellas por toda la tierra irlandesa. Pero también la siempre verde Eire quedó adherida a sus zarpas. Durante los meses que continuó su campaña, Enrique exploró en solitario parajes insólitos de aquella isla mágica y, en cierto modo, inconquistable, en la que el viento suena entre los acantilados como el susurro de gaitas lejanas. Sus ojos se prendaron de aquel penacho rocoso orlado de hierba y lagos orillados de azaleas y magnolias. Aprendió el gaélico en la voz de Finariën, quien le regaló las notas de su musical idioma, notas cálidas y húmedas, como caídas de entre la lluvia omnipresente. Supo así que ella se llamaba Cabellos de luz del sol, y que su propio nombre, Enrique, la casa poderosa, era Belegmar. En la atalaya de poniente, el rey normando redescubría los orígenes de su alma celta: a sus pies, la tierra y el mar; el aire enredándose entre sus dedos; y el fuego quemándole el corazón. Allí, en aquel lugar encontraba su esencia, se despertaba su memoria ancestral, los recuerdos de su primera visión del mundo. Tras un largo peregrinaje por otras vidas y otros mundos su espíritu había regresado al hogar. Anam taistil.

Mientras, en Inglaterra, Leonor de Aquitania, la esposa de Enrique, apoyaba una revuelta de sus hijos contra el rey. Muy a su pesar, el soberano debía volver a la pérfida Albión.

Los cabellos de Finariën se derramaron como un cántaro de hidromiel a las luces del crepúsculo. Sus lágrimas se confundieron en las olas que golpeaban las rocas bajo la torre. Enrique le juró que volvería. Ella que lo esperaría eternamente. Él se alejó susurrando su nombre en devota letanía, en conjuro inolvidable, en trova monorrima. Cuando su amado se hizo de noche a lomos de su corcel azabache y las tinieblas sentenciaron a silencio perpetuo el latir de su galope, Finariën desgarró su voz mirando al sol moribundo… y ambos se precipitaron por el borde del mundo.

***

¡Belegmar!

El nombre brotó como un manantial de mi yo más secreto. Supe que era Belegmar aunque me llamasen Enrique.

Dia dhuit.

Una voz a mi espalda me dejó sin respiración. Era un sonido cálido y húmedo, como empapado de la lluvia que empezaba a caer. Me di la vuelta. No vi a nadie. La voz me saludó otra vez en gaélico.

Dia is muira dhuit, Belegmar.

Ante mí apareció una figura diáfana como la niebla de entre la que surgía. Era una mujer. Destellos dorados fluían desde su cabeza enmarcando su rostro. Me sonreía hasta por los ojos:

—Has vuelto. Hemos aguardado tanto tiempo tu regreso, Irlanda y yo…

Su mirada se volvió de la sustancia líquida que moldea los sueños y se desvaneció como un arco iris entre nubes de tormenta.

Entre las gotas de lluvia comprendí quién era aquel fantasma de cabellos de luz del sol. Su espíritu errante encendería ahora la vida en un nuevo cuerpo y vendría a buscarme. Porque las almas viajan por el tiempo y el espacio hasta reunirse con su gemela, hasta regresar a hogar primigenio, hasta ocupar su lugar en el orden del universo, como notas de la sinfonía cósmica. Anam taistil.

Fue así como conocía al fin mi origen, la tierra siempre verde, y mi destino.

Recién cumplidos los treinta y nueve, en la cumbre de mi carrera profesional, volví al castillo como cada verano desde aquella primera vez, cuando tenía veintiuno. En el torreón oeste una muchacha oteaba el horizonte, apoyada entre dos almenas, buscando el borde del mundo. Había nacido en Suecia hacía dieciocho años. Se llamaba Sundhaar, pero le gustaba más su nombre gaélico: Finariën.

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Comentarios

  1. levast dice:

    Jo, que nivelazo de relato, aquí hay mucha calidad por linea, felicidades por entrar en el top. 😉

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