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Una tienda en Limehause; credo quia absurdum ‹ Relatos Bluetales

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Una tienda en Limehause; credo quia absurdum

por Relato finalista
Hubo en algún lugar, un mago de verdad
que no tenía con quien hablar.
Diosa de Tirazú, dame un poco de luz
que quiero alguien para soñar.
Entonces revisó los libros
encontró una fórmula casi perdida, 
medio ancestral.
Moldeóle primero las piernas, 
luego un par de tetas,
un ombligo y justo debajo todo lo demás.
Le hizo un vestido bonito, un par de moñitos,
la llamó Cielito y le enseñó a hablar…

Cementerio Club

Zeroun

Una mujer aparece en el escenario, a su lado un hombre con levita. Las miradas espantadas dicen que van a morir. El misterio de sus ojos es recogido y convertido en espectáculo y noticia.

La bala que les persigue penetra paredes, pasa por agujeros, se desplaza parabólicamente, desvela metáforas e hipérboles, hace muecas, cabriolas y desestima el ruido que produce, hasta que finalmente entra en la carne, que deja sobre el escenario un racimo de vísceras y sangre. El broche final, un conejo negro de tres patas sale de una chistera y se convierte en escarabajo ante las atónitas miradas del público.

Horas más tarde, ambos reposan en la morgue para recibir los cortantes, filosos e indolentes trazos del instrumental del patólogo en busca de una bala inexistente. Ambas acciones hicieron del espanto el protagonista absoluto del espectáculo.

The Penny Illustrated Papers, London, Saturday 20 July 1889

A veces, un número mal hecho acaba en tragedia. Y entonces es cuando más se aplaude.

Se busca a Zeroun Vosganian, famoso mago ruso de origen armenio, como el autor de los asesinatos. Dos personas murieron inexplicablemente durante la realización de su famoso número de atrapar una bala con los dientes. El artista decidió acabar con las vidas de su mujer y su amante durante el espectáculo.

Antes de su desaparición Z. Vosganian declaró, inmerso en oscuros sentimientos, «Mis actos responden a una realidad superior, oculta a la mirada exterior incapaz de percibir el misterio de la vida y la muerte pura. Puedo crear un cielo y un infierno nuevos, puedo alterar la naturaleza, infringir el orden, transformar el caos. Imaginarse una bala puede ser inofensivo, pero el concepto mismo te puede reventar la cabeza. Cualquier pensamiento puede ser un revolver cargado contra ti mismo u otros».

Johannes & Zeroun

Me he instalado en esta urbe, donde las prisas son congénitas. Camino deprisa por la ciudad, al paso de los que no pueden perder su tiempo, convertido en oro. El mío no vale un pimiento.

Vivo en una habitación barata en Limehause en donde las paredes se caen a pedazos y huele a humedad. En la habitación hay una pintura, no es ni más ni menos que un meticuloso detalle en la vida de una ficticia mujer en el momento de su aseo, sosteniendo una jarra con una gota suspendida en el aire. La cabeza baja y la luz a su espalda impiden ver los matices del rostro, espera que el agua comience a manar. Todo está tan claro, tan detallado… menos ella. Su cara, sus pensamientos, no podemos, por más que lo intentemos, detallar la vida de las personas.

Intuyo algo misterioso en esa gota que ni sube ni desciende. Es una gota que me fascina. La jarra es grande, de metal bruto y, por la noche, no se la oye respirar ni sollozar. Mi mayor placer al acostarme es dormirme mientras miro fijamente esa gota de agua que se mantiene en el aire. Ni decide precipitarse al fondo del recipiente, ni vuelve a introducirse en la jarra. Ignoro qué nota produciría sobre el balde si alguna vez, sin más fuerzas para mantener ese difícil equilibrio, se desplomara. Pase el tiempo que pase, siempre habrá personas, hombres o mujeres, en una habitación pendientes de una gota, de una señal en definitiva, que les haga reaccionar y ponga en movimiento su vida o bien la frene para siempre.

En medio de la calle, entre el comercio de un carnicero, que siempre tiene manitas de cerdo en su escaparate, y una tienda de máscaras, con ojos huecos y sonrisas falsas, hay otra más pequeña, una tienda de antigüedades. Toda la vulgaridad de la ciudad parece que se agolpara en esos comercios alineados. El olor de la carne me repele y las máscaras me dan pavor, por ello entré en la que menos animadversión producía a mi espíritu: entré a la tienda de lo que parecían ser antigüedades, entré al mercado de lo aparente.

Es verde, como el resto de las fachadas, no revela nada siniestro, sólo mal gusto. Un pequeño diablo con dos alitas minúsculas, sentado en un trono con la Santísima Trinidad, adorna el escaparate. En la puerta burdamente grabado aparece el rótulo The Land of Kaos y debajo «Z. Vosganian» con caracteres góticos seguidos de una estrella de cinco flechas, que en origen debieron ser ocho, pero el tiempo ya se ha cobrado como tributo varias de ellas, a tenor de las manchas de grasa y polvo adheridas al cristal.

Veo al que considero que puede ser Z. Vosganian tras el mostrador, con su pelo completamente blanco, peinado al estilo Oscar Wilde, acariciando un hermoso ejemplar de gato egipcio, fumando… ¿Qué diablos fuma? Me sonríen e invitan a pasar a su peculiar tierra del caos; el gato salta del mostrador y se pierde en la trastienda lentamente.

Conversamos, me pide que mire mis puños cerrados y vaya extendiendo mis dedos uno por uno mientras los cuento con él en voz alta.

—Uno-ocho, dos-ocho, tres-ocho, cuatro-ocho, cinco-ocho, seis-ocho, siete-ocho, nueve-ocho, diez-ocho, once-ocho…

—¿Tiene usted once dedos? —pregunta.

—¡No! —replico.

—Es usted muy astuto.

Sé por experiencia que la soledad y el miedo son la mampostería ideal para construir la ilusión y el engaño. Nos creemos que funcionamos como máquinas binarias: sí, no; conforme, no conforme; verdadero, falso; bueno, malo; vivo, muerto. Que nuestro cerebro es invencible, que es una máquina que pone orden al universo gracias a un esfuerzo de simplicidad y exclusión. Si estás dormido no estás despierto, si estás vivo no estás muerto. Si existe, es. El problema está en esas conjunciones adversativas que hacen que se descomponga el engranaje de la razón y falle la máquina, la consecuencia es fatal. Son los instantes en los que franqueamos el paso a esos desatinos mágicos inexplicables, a esos gestos que interpretamos como premoniciones y nos erigimos en interlocutores del destino o en traductores de lo oculto. Conocer a Z. Vosganian fue uno de esos desatinos mágicos inexplicables, un sueño negro.

En el fondo da igual que sea blanco, rojo o negro, todo sueño parece no tener entrada ni salida, no decidimos ni el momento en que nos dormimos ni en el que nos despertamos, son el estrecho pasaje en el que nos cruzamos con la incertidumbre y lo desconocido, lo que no puede explicarse ni con la lógica racional ni con la delicada construcción de una fábula. Cuando los sueños se olvidan o no se recuerdan, purgan la experiencia pura del desconcierto, sucumbes ante la debilidad de tus sentidos. Podrían pasar años y no conseguiríamos nada más que esbozar un breve retazo de su contenido.

La magia que Zeroun me reveló es de color sepia y voz lejana, fue un asomarse a la ventana de un balcón invisible o creer que puedes subir al cielo por el hilo de una araña. Magia, verdad, sueño… ¿no son todos hilos de una misma realidad que nos envuelve y que cargamos la mayoría de las veces en la cuenta del delirio o del azar?

***

Nos vimos varias veces. Como telón de fondo, ambientando el significado de sus palabras, siempre el sonido del duduk y el humo azul de su tabaco. Era un individuo marcado por el destierro. Lo oí exorcizar de su interior un sinfín de historias alucinógenas y una galería de personajes excéntricos. Su historia oscilaba entre lo real y lo onírico, su devoción por los gatos, la desaparición de sus seres queridos en varias guerras, el amor y el desamor, la muerte de su mujer. Sus mil muertes y resurrecciones.

La única herramienta que utilizó para seducirme fue el lenguaje, concretamente su ritmo, su inusual cadencia. Zeroun era un excéntrico con las dosis exactas de inteligencia y estupidez; un loco, debido quizás a algún profundo misterio o a algún arraigado sentimiento de culpa. Su retraimiento podía hacer que pareciera altivo o abrumado. A medida que bebía, su rostro empezaba a mostrar la ansiedad terrible del aislamiento. De todos modos había descubierto cómo mantenerse a salvo del pozo de los recuerdos y las pasiones devorahombres: el opio.

Entonces cada hilo del tejido del mundo aparecía entre sus dedos para ser torcido otra vez a su antojo. Ese hombre, fascinado por lo esotérico y lo erótico, adicto al voluptuoso acto de soñar, podía crear realidades de la nada a medida que hablaba, poblar la mente de ensoñaciones, más allá de toda realidad.

Por mi parte, yo normalmente prefiero el silencio, prefiero que hablen los otros. Pero en recíproca compensación, aireé brevemente una historia triste de largos periodos de melancolía, de angustia a borbotones y de fracasos continuos. No, yo nunca tuve nada importante que decir, pero Z. Vosganian era capaz de despegar la lengua del hielo y calentarla al fuego de las más incongruentes disertaciones. ¿O era acaso el licor con el que humedecíamos nuestras lenguas y ese humo azul que exhalábamos sin parar y acababa por envolverlo todo?

—Como seguramente habrás pensado alguna vez, querido Johannes, hay algunas cosas extrañas en el mundo, demasiadas cosas que existen en teoría, pero que nunca hemos visto. Durante siglos, los sabios de antes y los de ahora han buscado una poderosa fuente de energía, a la que llaman «energía oscura» para poder de transformar la realidad. Dicen que la realidad está hecha de fragmentos de materia, de bloques de realidad, pero tan pequeños que no puedes ni imaginarlos. Sea como sea, imagina que dominas esa energía oscura, y haces que roce un bloque minúsculo de esa realidad: se iniciaría una reacción en cadena transformando la materia normal en materia extraña contaminada. Quién domine esa energía… podría… para simplificarlo… estaríamos hablando de seres apareciendo y desapareciendo de la existencia, estando en dos lugares a la vez y, generalmente, haciendo estupideces. O básicamente sería como si fueras el Rey Midas y tuvieras el poder de convertir la materia que tocas, pero en vez de en oro en mierda, y todo lo que toca esa mierda se vuelve mierda. Antes de que te des cuenta, todo el mundo es mierda y es por tu culpa, Johannes. Todo se va al carajo, nos jodimos.

***

Podíamos, tras largas horas conversando, sentados uno frente al otro, trasladarnos de lugar, de tiempo, transmutar nuestra naturaleza corpórea y mortal, sin tan siquiera movernos de nuestras butacas. El mundo venía a nosotros.

Llegué a convertirme en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y me arrojé sobre Zeroun para sacarle los ojos. Zeroun se transformó en serpiente, de piel gruesa y verde, y se enroscó para estrangularme. Me volví agua para escapar de la serpiente y Zeroun se volvió tierra para absorber el agua. Me transformé en lombriz para devorar la tierra, él se volvió pájaro para comerse la lombriz. La lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo, el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en mazo para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del mazo…

Más allá de toda prudencia fuimos animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, fuimos todo lo creado, lo no creado y lo inconcebible.

***

La chispa errática de su magia nos daba poder sobre la inseguridad que nos rodeaba, nos permitía habitar cómodamente en la zona perturbada de nuestra conciencia. Z. Vosganian me descubrió mi casa oscura. Una casa a oscuras resulta ser, algunas veces, distinta de la casa en que vivimos: las dos moradas se mantienen unidas hasta que la casa a oscuras comienza a tener mayor presencia. Lo irracional, la locura, el deseo, el espíritu mágico comenzaba a pegárseme como una nuevo papel, decorando mi habitación interior.

—La vida tiene mucho que ver con el deseo, Johannes. Todo en ella son deseos y la constante búsqueda de su satisfacción. La angustia por no alcanzarlos o del dolor que llega incluso cuando los deseos se han satisfecho, forman parte de los ritos. Tenemos la enorme capacidad de concebir una interminable lista de deseos. Podemos desear incluso el infinito, efectivamente un deseo excitante, pero imposible. Esa boca hambrienta, que son los deseos, nos reclama continuamente actos, ritos, sacrificios, por eso preguntar, ordenar y pedir son las tres acciones básicas de las que se nutren todas las magias, amigo. Este es mi deseo… y el deseo se hizo, y…

Antes que Zeroun pudiera acabar la frase dije:

—¡Deseo ser amado!

En verdad, no sé por qué articulé tales palabras. Hubiera errado menos. Pero «ese llevar a los dioses por dentro», forma florida que tenía Vosganian de definir la angustia del ser humano, con su forzada soledad y su acuciante finitud, soliviantó mi espíritu, me enardeció, e irreflexivo no me detuve a valorar otras peticiones.

Amor. Quiero la otra parte de mi humanidad.

—Predecible Johannes… alma cándida. Expeditus vim. Eso es una fuerza sin control. Nunca sale bien conjurar ese deseo.

Pero dejando aparte posibles negligencias idiomáticas del término, ¡ser amado!, ¡seré necio! Cada cual tiene sus necesidades, su soledad, sus virtudes y defectos, sus cloacas y altares, ¿pero de ahí a pedir amor? En verdad tal era mi embriaguez y enajenación que en aquel momento hubiera besado en la boca a la madre de todas las brujas o al gran nigromante por alcanzar mi deseo.

De una de las paredes descolgó una máscara. Una siniestra grieta cruzaba aquel rostro hierático desde la frente hasta el pulido mentón, de sus mejillas sonrosadas se desprendían diminutas lascas de cerámica, impregnando los dedos ya temblorosos de Zeroun.

Solemne, y borracho, comienza el ritual salmódico.

Observó la máscara con su ojo verde, inmóvil y frío, empezó a chasquear la lengua; innumerables ondas rápidas recorrieron su cerebro, y al fin extrajo de aquel detritus algo de energía, que era el mismísimo espíritu del saber ancestral y del más allá. Masculló, a duras penas, sílabas que iban cobrando vida sobre el polvo de la máscara: se juntaron, se agruparon, y de aquella masa informe, de aquel cadáver de barro cocido, brotaron versos llenos de promesas.

—Hay que desenterrar la palabra perdida —hipo alcohólico—, soñar hacia dentro y hacia afuera. Arrancar la máscara y descifrar el grabado sagrado —hipo alcohólico—. Deletrear lo que dice la sangre, la tierra y el cuerpo —otro hipo alcohólico—. Volver al círculo, ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo —más hipos alcohólicos—. En el centro vivo del origen, más allá del fin y del comienzo —eructo alcohólico final—. ¡Hágase!

Las palabras mágicas hacen cosas, cada salmodia es una lectura de la realidad. Esa lectura es una traducción. Esa traducción es un volver a cifrar la realidad que se descifra, la liturgia practicada con embriaguez alcohólica se hace verbo imperfecto, letanía, locura, maldición, frecuencia infernal.

Sostenía la máscara quebrada cual cáliz ceremonial mientras danzaba entre nosotros un dios desconocido y beodo. Es agotador imitar el prodigioso mecanismo de la creación: Zeroun cayó en un trance de sueño transparente en el que pude distinguir un campo de hydrangeas blancas y la figura etérea de una bella mujer.

Cuando salí me entregó la máscara en una caja. ¡Lo más atroz que podía depararme el destino! Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una mirada. Entonces comprendí que había dejado en mis manos la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podría soportar.

Recuerdo mi paso tembloroso, cuando de regreso a casa sentía el peso leve y denso de la máscara blanca. Ese peso del cual podía descontar, con seguridad matemática, el del embalaje de la caja de madera, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del trozo de barro que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba mi infierno personal.

***

Marcado por la obsesión de descubrirla, verla, tocarla, mi sueño es cada día más leve, más huidizo. Por las noches tiemblo en espera del beso de su presencia pero siempre desaparece entre el sonido de las sábanas de la noche. Despierto con el cuerpo helado, tenso, casi paralizado, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el roce excitante de unas manos.

Alcanzarla se ha transformando en una insufrible inquietud. Deseo íntimamente que el azar me ponga delante de ella, a veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

En este lugar insoportablemente real de la vigilia cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, estremecido de pura soledad y acorralado por el deseo de dormir, siento a latigazo limpio los tormentos del insomnio, los mismos diez círculos de la muerte. Hubo un momento, sólo uno, en el que pude vislumbrar el verdadero rostro de Lilith: no tiene ya la blancura del alabastro, ni sus ojos son de un violeta profundo, ni sus labios son rojo carmesí. Su rostro es la misma puerta del infierno.

El tributo que he debido pagar por el simple hecho de tenerla es el dolor de saber el desprecio que siente por mí, pero en realidad todo esto no tiene importancia, porque mi vida se ha consagrado a esperarla con la certeza de una muerte aplazada.

¡Sea ella, la otra parte de mi humanidad, mi propia muerte!

Johannes & Zeroun & Lilith

¡Aggg¡ Asco de invocación, ¡mago inepto! Una vez oí decir que quien huye de algo tropieza dos veces en el camino. ¡Zeroun, mamón!

No estaba nacida y me naciste, estaba dormida y me despertaste. Soy Lilith, no un deforme golem cualquiera. Soy mujer, no un remolino de sustancia al azar. Soy libre, no un error censurado. Soy Lilith, demonio, demonio del deseo, el demonio que se introduce en los sueños lúbricos, el demonio nocturno del barro. Soy el bruñido espejo de sus miedos.

El parto fue indescriptible, como arañar pizarra con las uñas, como si me hubiera pasado algo asquerosamente humano. No nací para nadie, no soy la posesión de nadie. No me conocerán, no puedo admitir que un extraño busque en mi vida escudriñando mis pensamientos… ¡Lo odio! No podrá nunca entender mis horrores ni explicar mis fobias.

Macabro lugar es este cuerpo, sí, porque tanta blancura desagrada, esta capa fina que me cubre no es más que la cobertura de algo, un cascarón frágil, la piedra tallada de una cárcel blanca. Llevo mi mano hacia donde debería estar mi corazón y me lo saco esperando que la sangre, al menos, manche la blancura, así me sentiré en un lugar más auténtico.

Vivir es sequedad en la garganta, chirriar de dientes, es sentir el dolor que recorre nuestro cuerpo, surca la médula y llega a la mente para saciarla. Cansancio, abatimiento, miedo, odio, amor, pasión, sollozo y esa sensación que percibimos detrás de nuestra mandíbula inferior por debajo de la oreja bajo la presión de un dedo: la hiel.

Creía que el bailoteo de una llama, una aparición velada, una fría caricia extracorpórea podría acobardar la arrogancia de la que hace gala este pretencioso hombre. Me enseñaron que el miedo es el guardián férreo que impide el paso a los vivos. Pero no, algunos se obstinan en querer mirar más allá, tanto es así que, cuando Johannes asomó su húmedo hocico de perro moribundo e invadió terrenos vedados, tuve que apagar su escuálida llama soplando desde lejos. A los hombres nunca les ha sido fácil digerir que la muerte no es susceptible de mirarse a cara descubierta, sin escudos ni petos protectores.

No es buena la lucidez. No es buena. ¡Mago inepto!, ¡porquería de evocación hizo! No es bueno el sabor de la lucidez. Me voy. Nadie me acompaña, salvo las luces imprecisas de la noche, el olor de las cocinas dormidas, el frío de esta lluvia y la sensación absoluta de estar al mismo tiempo entre la realidad y el sueño, entre la tangible presencia de las reminiscencias y este peso extraño que es mi cuerpo.

Llueve. Llueve y yo yendo por dentro de la lluvia. Caminar es un esfuerzo tan terrible. Algunos pasos más. Cómo se hace, cómo se hace eso de colocar un pie detrás de otro, manteniendo erguida la espalda, equilibrando la cabeza sobre los hombros, sujeta apenas por un hilo invisible a punto de romperse. Cómo se hace para seguir entera si soy toda pedazos mezclados, como un rompecabezas. Qué sombra, qué luz, qué gusano o diosa podría volver a formar con estos pedazos…

Al diablo con los magos, los pusilánimes y los criminales. Todos juntos al fuego. Que ardan en el averno Simón el Mago, Dios, Lucifer, el Inferno de Dante, Johannes Varuján y el mismo Zeroun. «Pix, nix, nox, vermis, flagra, vinculada, pus, pudor, horror». Algo así como que se vayan a joder. Borrón y cuenta nueva, a la mierda con la magia sefardita, la moruna, la egipcia y todos los grimorios mohosos y mi pesadilla asmática de caolín que ahoga… Soy la que soy, y punto.

Epílogo

Cuando Zeroun Vosganian, demiurgo procesado, ebrio y tarado, se tomó la licencia de delinear pasiones invocando a Lilith, dio voz a un mal sueño. Condenó a Johannes a un mortal insomnio. Sigue fumando y bebiendo en su tierra del caos de Limehause, imaginando bellas féminas para prolongar la vida y los espacios cálidos de las soledades.

Johannes Varuján murió en extrañas circunstancias, ahogado en su propia habitación. El agua de la jarra cayó por fin al balde, inundando toda la habitación. Los investigadores sostienen que su muerte se debió a una sobredosis de somníferos.

Lillith, la criatura, la realidad contaminada, perdió la virginidad inventando la utopía. Dicen que vagó por los caminos como «la mujer descarnada» y que cansada de tanto viaje a ninguna parte, abrió junto a un tal M. Frankestein, otro inadaptado, un centro de meditación kundalini-transpersonal. En su tiempo libre escribe cartas astrales por encargo y es acompañante de almas en el trance del sueño a la vigilia.

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