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Tras las huellas del lobo (diez impresiones fugaces) ‹ Relatos Bluetales

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Tras las huellas del lobo (diez impresiones fugaces)

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1. Escena

Sus dedos se deslizaron con suavidad por el cuello de la joven. Ella lo dejó hacer, intrigada y sorprendida, ya que era la primera vez que aquel muchacho, tan extraño y silencioso, se permitía un gesto semejante. Rápidamente él retiró la mano y a través del gran espejo que presidía el salón, lo vio dirigirse a un mueble de madera oscura, en cuya parte central se alineaban varias filas de cajones. Tras un par de minutos de maniobrar en la semioscuridad —la luz del quinqué apenas iluminaba una reducida zona de la estancia— regresó a su lado, portando un estuche. A continuación extrajo un objeto que, una vez desplegado ante sus ojos, sostuvo de ambos extremos como si fuese una guirnalda. Era un collar de plata antigua, una filigrana de intrincados arabescos, con una piedra roja en el centro, la joya más hermosa que había visto nunca y cuyos destellos parecían emular los latidos de un pequeño corazón cautivo.

—Ahora cierra los ojos, Juliette —le dijo mientras se situaba a su espalda.

Aunque no sabía muy bien qué clase de juego le estaba proponiendo, obedeció.

—¿Es para mí? —preguntó la joven al sentir el ligero y frío contacto de la alhaja sobre su piel, arrepintiéndose al instante de haber dicho tal cosa.

No quería parecer una tonta y estaba claro que aquella maravilla nunca sería suya: nadie en su sano juicio regalaría algo así a una desconocida, mucho menos sin ser de su propiedad. «La mitad de esta tienda y cuanto hay en ella, es mío», le había asegurado al entrar, pero no lo creyó. Era demasiado joven y presuntuoso y se veía que, por encima de todo, deseaba deslumbrarla. Sin embargo, aunque sólo fuera por unos instantes, qué placer poder lucir un objeto tan valioso. No pudo resistir la tentación y abrió los ojos para verse en el espejo. La belleza de la imagen reflejada en aquella superficie la dejó sin aliento, incapaz de articular palabra.

—No, no hagas eso, no debes mirar hasta que yo te lo diga —protestó él.

Ella volvió a obedecer y toda su mente se vio inundada por el rojo intenso y palpitante de aquella gema.

—Espera un momento, creo que se ha enganchado el cierre. Sí, ahora te lo vuelvo a poner… pero no abras los ojos —le advirtió.

Con sumo cuidado, tras retirar el collar, el muchacho ciñó la cuerda en torno a la garganta de la joven y, luego de una brusca sacudida, apretó con todas sus fuerzas. Al mismo tiempo que unos diminutos arroyos de adrenalina recorrían todo su ser, sintió las convulsiones de aquel cuerpo que se retorcía, respondiendo como un resorte a la agresión. Mientras seguía tensando la cuerda al límite —nunca pensó que su víctima opondría tan enérgica resistencia—, su mirada se descubrió en plena lucha sobre la luna del espejo. Allí vio los ojos de la muchacha, abiertos al pánico, las manos crispadas alrededor del cuello, tratando desesperadamente de liberarse del lazo mortal, la boca desfigurada, contraída en una mueca horrible, intentando atrapar el preciado elemento, aquel oxígeno que demandaban sus cerebro y sus pulmones… Empapado de sudor, paladeó hasta el final la agonía de aquel ser vivo, controlando sus sacudidas, cada vez más débiles, sus últimos estertores, antes de que todo terminase y quedase sumido en el más absoluto silencio.

2. Reflexiones post mortem: regreso a la normalidad

Durante los días siguientes, salvo en algún momento ocasional, no volvió a pensar en lo sucedido. Tampoco tenía una clara conciencia de su crimen, ni sentimiento alguno de culpa. Según su particular punto de vista, cosas así sucedían todos los días, eran la otra cara, despiadada y hostil, de la existencia humana. Una contingencia más, como los cambios del clima o los desastres naturales. La gente, en general, había aprendido a vivir con ellos y a nadie se le ocurría condenar los terremotos ni las inundaciones. A pesar de todas las desgracias, el mundo seguía adelante.

Sobrevivir: esa era la ley. La única ley. Todas las demás disposiciones, reglamentos, códigos, estatutos y ordenanzas varias eran un patético intento de encauzar la naturaleza depredadora de los hombres. Qué equivocados estaban, qué poco sabían los legisladores de la fatalidad del destino, de aquellas fuerzas oscuras que recorrían la tierra como un viento enajenado y tornadizo, esperando que alguien se cruzase en su camino para empujarlo a perpetrar unos actos que ni en sus más delirantes sueños hubiese imaginado. Él era, y así se consideraba, un mero ejecutor, alguien que llegado el momento había sido impelido a hacer lo que había hecho. Fueron esas fuerzas las que pusieron en sus manos el arma homicida, las que propiciaron la ocasión y designaron la víctima. Lo supo nada más verla… una joven recién llegada de provincias en busca de trabajo, como tantas otras en aquellos difíciles tiempos, apenas un puntito en medio de la masa. Alguien a quien nadie conocía y a la que nadie echaría en falta.

De esa forma, o con parecidas palabras, el joven resumía lo sucedido. Una mueca de disgusto se dibujó en su rostro al recordarlo. De todo ello sólo le quedaba una turbia resaca de cansancio y hastío, algo semejante a una profunda decepción. Demasiado trabajo en deshacerse del cuerpo, demasiada tensión en no dejarse ningún cabo suelto, en borrar pistas y elaborar coartadas. Había corrido un gran riesgo para tan poca recompensa. Nada de aquello había merecido el esfuerzo invertido y más valía olvidarlo.

La vida diaria, la monótona sordidez de su existencia, volvía a imponerse con toda su crudeza. Levantarse temprano, vestirse, asearse un poco y dirigir sus pasos hasta la tienda de antigüedades donde pasaría el resto de la jornada. Después, a la caída de la tarde, emprender el camino inverso, no sin vagabundear antes un rato por la orilla izquierda del Sena, porque de ese modo, viendo discurrir el agua cautiva, se olvidaba de las humillaciones y amarguras acumuladas durante el día. Sueño, tedio, cansancio: ese era el resumen de su andadura por la tierra, el fruto de sus aspiraciones y anhelos. No obstante, se decía mientras contemplaba desde su buhardilla las estrechas calles del Distrito V, su actual fortuna tenía una fecha de caducidad concreta. Muy pronto cumpliría los veintiún años y a partir de ese momento sería completamente libre.

3. Pequeña biografía: una educación sentimental

Se llamaba Jacques, tenía diecinueve años y había nacido con el siglo. Su madre murió cuando él apenas había cumplido cuatro años y su padre, después de ir dando tumbos de un sitio para otro, de probar suerte en las más variadas empresas y cosechar un número de fracasos similar al de intentos, renunció a su sueño de llevar una vida estable y lo dejó al cuidado de su abuelo materno. Éste, un anciano caballero de impecable aspecto, lo recibió en su casa sin mostrar la menor sorpresa, como si estuviese esperando su llegada desde hacía tiempo. A pesar de los años transcurridos, recordaba aquella escena con una claridad asombrosa. Fue una ceremonia breve, sin palabras, un traspaso de funciones aceptado al instante, como si ambas partes hubiesen llegado a la conclusión que aquello era lo mejor, lo único que podía hacerse.

Su abuelo, monsieur Fournier, era un hombre sobrio y reservado que parecía estar constantemente sumido en profundas meditaciones. Sólo sus ojos negros, vivaces e inquisitivos, mostraban un interés real por lo que sucedía a su alrededor —nada parecía escapar a su atención—, algo que Jacques aprendió a detectar muy pronto. De todas las personas que conociera, sólo aquel anciano llegó a infundirle un sentimiento parecido al afecto. Éste, preocupado de que el muchacho recibiera una buena educación, lo inscribió en un prestigioso colegio de clase media donde, ocho años más tarde, completó los estudios primarios. Llegados a este punto el abuelo le preguntó qué le gustaría hacer y si deseaba continuar estudiando. La ambigua respuesta de Jacques, su escaso entusiasmo, lo persuadieron de que lo mejor sería, al menos de momento, no insistir en conducirlo por un camino que no se mostraba muy dispuesto a seguir.

Descartado el campo del conocimiento, lo dejó a su libre albedrío, imponiéndole la única obligación de la lectura. A tal fin y fiel a su lema —«comer de todo, leerlo todo»— fue suministrándole una variada dieta de libros que incluían desde Las mil y una noches a las novelas de aventuras, sin olvidar algunos títulos de la Comedia humana de Balzac, mientras observaba atentamente las reacciones del muchacho. Éste, por su parte, sólo encontraba algún interés en la historia universal. Le fascinaban los antiguos imperios, levantados por la voluntad indomable de grandes reyes, de aquellos dirigentes que tenían un concepto claro y absoluto del poder. Admiraba su espíritu visionario, su determinación, el hecho de que no hubiese obstáculo que pudiera oponerse a sus deseos.

Una mañana de verano monsieur Fournier le preguntó si le gustaría ingresar en la escuela de cadetes del ejército. Jacques, a quien nunca se le pasó por la cabeza tal posibilidad, vislumbró por vez primera un futuro claro, despejado, un terreno firme en el que encaminar sus pasos.

4. Apocalipsis

Era la época estival, el tiempo en que los días se ensanchaban y el aire adquiría una textura semejante a la seda, cuando se desató la locura. Gentes del más variado tipo y condición, contagiados por el virus de un ferviente patriotismo, abrazaron la idea de partir a luchar al frente. Se alistaron en masa, soñando con gestas heroico-deportivas, como si fuesen a competir en una olimpiada. Pero muy pronto, tras el entusiasmo inicial, las arengas y los desfiles, la realidad desveló su verdadero rostro, y la romería inicial se transformó en una hecatombe de proporciones gigantescas. Día a día, paletada tras paletada, el Infierno trazó su macabra cartografía sobre la superficie de Europa. Desde Suiza hasta las costas de Bélgica, en lo que se llamó «la carrera hacia el mar», una línea de trincheras paralizó a los bandos contendientes en un sangriento intercambio de golpes, ataques y contraataques de una crudeza hasta entonces desconocida. Una inmensa cicatriz que dejó su huella indeleble en los campos pero, sobre todo, en la memoria. Lo mejor del pensamiento humanista, del espíritu y los ideales de la Ilustración, de los principios fundamentales de la filosofía, quedaron heridos de muerte. Como proclamaron numerosos artistas, testigos del horror, el mundo ya no volvería a ser el mismo.

Un día de aquellos, monsieur Fournier comunicó al muchacho que había estallado la guerra —lo cual dejaba temporalmente en suspenso los planes de ingreso en la academia— y que su padre se había alistado de forma voluntaria para combatir al invasor. Jacques recibió la noticia con su mutismo habitual, entre cosas porque no aún no se había formado una idea clara de lo que significaba aquel conflicto, ni quién era el enemigo. Más tarde, conforme fueron llegando a los periódicos las imágenes de los poilus, nombre popular con el que fueron conocidos aquellos soldados barbudos, cubiertos de correajes, cartucheras y máscaras antigás, se fue perfilando en su mente una figura fantasmal, que vagamente reproducía los rasgos del padre.

Lo que las grandes potencias habían previsto como un corto conflicto armado, se prolongaba ya más de cuatro años. Todas las semanas, su abuelo acudía al ministerio de la guerra en demanda de noticias sobre su yerno —un escueto comunicado lo había dado por desparecido—, pero siempre se encontraba con un muro de silencio. En uno de aquellos desplazamientos, mientras cruzaba el bulevar de Saint-Germain, fue arrollado por un taxi, surgido de no se sabía dónde. Trasladado en grave estado al hospital, solicitó insistentemente la presencia de su nieto y la de un viejo anticuario muy conocido en la vecindad. Cuando estuvieron ante él, monsieur Fournier hizo prometer a su socio —tal era el vínculo que los unía— que cuidaría del muchacho hasta que cumpliera la edad de veintiún años, momento en el que éste podría disponer de las acciones que le dejara en herencia —el cuarenta y cinco por ciento del negocio que ambos tenían en común— como estimara conveniente. También debía comprometerse a pagar un precio justo por ellas, si optaba por venderlas. Una vez sellado aquel pacto de caballeros, expiró.

Dos días después se declaró el fin de la contienda.

5. El judío Efraím

Al día siguiente del entierro y según lo acordado, Jacques se presentó en la tienda del antiguo socio de su abuelo, el judío Efraím. Éste era un hombre alto y algo encorvado, con una barbita rala, entrecana, y unas grandes gafas redondas que le daban el aire atento y sigiloso de un búho. Después de examinarlo con minuciosidad de entomólogo, le preguntó, directamente: «¿qué sabes hacer?». Jacques, quien tras la muerte de su abuelo se hallaba en permanente conflicto con el mundo, percibió en aquellas palabras y el modo en que fueron expresadas la huella de un profundo desdén. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de lo que aquel viejo había querido decir. «¿De qué me sirves?», o «¿qué voy a hacer contigo?», revelarían mejor la verdadera intención de la pregunta. En cualquier caso, representase su presencia o no un problema, había que proceder con cautela. Si bien resultaba evidente que el sentimiento de rechazo y antipatía parecía ser recíproco, trató de disimularlo lo mejor que pudo, convencido que por muy mal que fueran las cosas, aquel hombre no traicionaría la palabra dada a su socio antes de morir. Se imponía el sentido práctico. Tres años de espera no eran demasiados cuando se tenía toda la vida por delante.

No tardó su teórico protector en asignarle las tareas que debía desempeñar. Estas consistían en vigilar la tienda y tomar recado de las demandas de los clientes mientras él se encontrase fuera, en limpiar el polvo y barrer el suelo. Todo debía estar en un estado impecable, dado el gran valor de las piezas allí expuestas. Jacques, que no era ni mucho menos un experto, escuchó aquellas instrucciones con un aire entre escéptico y burlón. ¿De qué tesoros estaba hablando aquel estrafalario semita? Salvo algunos muebles antiguos, una mirada por aquel caos, en el que se amontonaban las lámparas y las arañas de cristal toscamente tallado, los instrumentos de antiguos oficios y un sinfín de los más heterogéneos objetos —el más absurdo de todos era una bola de cañón, depositaba en medio de la sala—, bastaba para calificar el conjunto como un bazar de tercera, una exposición de saldos destinada a satisfacer las necesidades estéticas de los nuevos ricos y de algún que otro provinciano de dudoso gusto.

Jacques, con el paso del tiempo, aprendió a permanecer callado, a controlar y reprimir sus impulsos, un esfuerzo mental que a menudo lo dejaba exhausto. Efraím le recriminaba constantemente su actitud, sus presuntos descuidos, el que no mostrase mayor interés por lo que estaba haciendo. Barrer, por ejemplo. Aquello que para la mayoría de la gente no dejaba de ser un trabajo menor, en aquel recinto adquiría una importancia trascendental. Tenia que darse cuenta, recalcaba con pomposa prosodia, que aquel polvo no era un polvo vulgar. Cada objeto tenía un pasado y una historia, mostraba la maestría del artesano que lo fabricó, su afán de crear algo bello, razón por la cual merecían ser tratados con una especial delicadeza. A medida que aquellos comentarios se fueron haciendo más frecuentes, Jacques empezó a sospechar que el viejo le había asignado, como una tarea más, el sufrido papel de oyente. En principio no le importó demasiado, salvo cuando era su difunto abuelo el objeto de sus interminables soliloquios. «Un hombre que, al margen de su inteligencia, tenía la rara condición de ser una buena persona», solía decir con frecuencia. Aquello lo ponía furioso. Que hubiesen sido socios no le otorgaba el derecho de manosear su memoria.

Un buen día Efraím entró exultante en la tienda —ni el mismo Marco Polo habría mostrado tanto entusiasmo a su regreso de China—, anunciándole la adquisición de nuevas maravillas en una subasta, circunstancia que logró despertar ligeramente su curiosidad. Efraím no paró de hablar y de hacer elucubraciones sobre futuras ganancias en voz alta hasta que, unas horas más tarde, cuatro mozos se presentaron con el preciado cargamento. En el espacio que previamente Jacques había dejado vacío, fueron depositando grandes bultos forrados de paño entre las protestas y los aspavientos histéricos del anticuario, alarmado por el poco cuidado que mostraban aquellos ganapanes. Cuando los objetos, muebles de estilo imperio en su mayoría, quedaron al descubierto, Jacques no pudo reprimir una oleada de indignación. Al instante intuyó el origen de todo aquello: Efraín, aprovechándose de la necesidad de las familias arruinadas por la guerra, de las viudas y los huérfanos que dejara la contienda, había adquirido aquel lote por un precio muy inferior al real. Aunque era incapaz de sentir piedad alguna por las víctimas de aquel despojo, no podía soportar la codiciosa alegría del viejo. «Miserable, hipócrita, último residuo de una raza de usureros», exclamó para sus adentros, «si estuviésemos en el siglo XIV en España, cuando se produjeron los pogromos de Sevilla, Córdoba, Toledo y otras muchas ciudades, sabrías lo que es bueno», continuó mascullando. «Sí, no hay duda de que aquellos cristianos viejos conocían bien a los de tu calaña», apostilló poco después, a modo de sentencia.

6. Ancestros

Permaneció aún un buen rato mirando la fotografía, como atraído por un poderoso imán. No sabía por qué continuaba conservando en aquella caja de zapatos algo que, lejos de procurarle algún consuelo, resultaba ser una onerosa carga. Allí, sobre una cartulina de color sepia, aparecían sus padres el día de la boda. El novio sentado, muy serio, con la dignidad que el momento requería, y la novia de pie, sosteniendo un ramo de flores. Su padre tenía el pelo crespo, muy negro y un bigote con las guías hacia abajo, como las alas de un vencejo. Su madre, una muchacha de cara redonda, poseía unos ojos claros y dulces, que dejaban traslucir una infinita mansedumbre.

El padre llevaba impresa sobre la piel, como una marca de nacimiento, el estigma de la mala suerte. Todos sus intentos por establecerse, sus fracasadas empresas, todas aquellas idas y venidas, los continuos cambios de domicilio hasta que se quedó a vivir con el abuelo, fueron forjando en su memoria la impresión constante de una perpetua huida. Después, durante años, hasta que el anciano le notificara su alistamiento, el más absoluto vacío. ¿Qué había sido de él durante todo ese tiempo? ¿Dónde, cómo había vivido? ¿Había continuado huyendo hasta el final, hasta darse de bruces con lo inevitable? Jacques no albergaba la menor duda: su padre formaba parte de aquellas estadísticas que fijaban en cifras mortales el coste humano de la contienda. Una víctima más, uno de aquellos cuerpos anónimos que se amontonaban al borde de los caminos o yacían insepultos en el fondo de los barrancos.

La imagen de la madre permanecía inalterable. No obstante, a fuerza de observar la fotografía, había logrado descubrir el gran secreto, aquello que ni siquiera su abuelo se había atrevido a confesarle. Allí, en la resignada dulzura de sus ojos, halló la respuesta. Aunque la causa oficial de su fallecimiento fue atribuida a unas fiebres, él sabía que la realidad era bien distinta. Simplemente se dejó morir. Una tarde cualquiera, la parca se presentó elegantemente vestida en su casa, posó la mano sobre su hombro y le pidió que la acompañara. Y ella, que jamás había llevado la contraria a nadie ni protestado por nada, la siguió sin oponer resistencia, con la docilidad de una res.

De la apretada nebulosa en la que flotaban sus primeros recuerdos, Jacques había conseguido rescatar uno de ellos. Era de un paseo al anochecer. Debía de ser muy pequeño porque su padre lo llevaba todo el tiempo en brazos. Su madre caminaba un paso por detrás y lo miraba de vez en cuando. Él contemplaba extasiado la luna llena, aquella esfera que, conforme caminaban, se alejaba un poco más para, un instante después, como si eso formara parte del juego, aparecer a la misma distancia. En un momento quiso cogerla y extendió sus pequeños brazos. La luna le sonrió y contra todo pronóstico se dejó atrapar…

La luna y su madre tenían la misma cara.

7. El gran espejo

De cuantos enseres inundaban la tienda, el viejo Efraím le había prohibido acercarse a un gran espejo que se encontraba al fondo del salón. Como el árbol de la ciencia del bien y del mal, o la habitación secreta de Barba Azul, aquel objeto adquiría así la condición y el prestigio sutil de lo prohibido.

Si bien esta circunstancia hubiese bastado por sí sola para estimular su curiosidad, Jacques notó algo extraño la primera vez que, al hallarse ausente el viejo, se acercó hasta él. Algo parecido al frío. Tal vez fueran sus notables dimensiones, que superaban los dos metros de altura, la curiosa forma del cristal —un pentágono regular—, o los extraños signos cabalísticos grabados a fuego sobre la moldura, los que provocaron aquella suerte de rechazo inconsciente. Cada vez que Jacques miraba de reojo hacia la pulida superficie, su imaginación lo situaba ante un lago de aguas inmóviles. Recordó que en un libro muy extraño que le dejara su abuelo, una niña llamada Alicia travesaba un espejo y se encontraba en medio de una partida de ajedrez disparatada, rodeada de unos personajes igualmente extravagantes. Aunque no le gustaron las peripecias que acontecieron a la protagonista ni tampoco el lenguaje —a menudo un galimatías sin sentido—, aquella posibilidad de cruzar al otro lado de la materia le produjo una gran impresión. Se imaginó que tras aquella superficie se extendía un vacío infinito, sin fondo.

A veces, dependiendo del ángulo de observación, se cubría de una sutil veladura. En otras era una fina niebla, en la que parpadeaban cientos de pequeñas luces espectrales.

8. Pesadilla

—¡Jacques, Jacques! ¿Estás ahí, Jacques? ¿Me oyes? —escuchó una voz a su espalda.

—¿Quién eres? —preguntó, sorprendido de oír su nombre.

—Jacques, hijo mío, soy yo, tu padre… Jacques, estoy herido, ayúdame —imploró la voz—, necesito regresar a la trinchera.

El muchacho abrió los ojos pero no vio nada. Luego, poco a poco, empezó a distinguir un cielo bajo, cubierto de ominosos nubarrones, a sentir el barro pegajoso bajo sus pies. Un destello rojizo iluminó las alambradas. Un par de metros a su izquierda una figura con el pelo enmarañado se arrastraba grotescamente, como un pez fuera del agua.

—¿Dónde estamos? —inquirió.

—En tierra de nadie… justo entre nuestras líneas y las del enemigo.

—No, no es posible, la guerra terminó hace un año. Se firmó el armisticio. Y a ti te dieron por desaparecido y poco después… bueno, oficialmente estás muerto.

—No hijo, no creas nada de lo que te digan, porque todos mienten. Esta guerra no se acabará nunca. Hace días salimos una avanzadilla y nos descubrieron. La metralla de un obús me hirió los ojos y estoy ciego. Necesito llegar a la trinchera. Llévame… yo te diré cómo hacerlo. Agáchate. Debes tener mucho cuidado de no equivocarte. Fíjate bien en los uniformes. Cuando veas a los nuestros, grítales y ponte a cubierto. A veces los centinelas, agotados, no ven más que fantasmas y disparan a cualquier sombra que se mueve.

Jacques miró a su alrededor y luego al rostro de su padre. Una venda le cubría la cabeza y sus ojos eran dos cuencas oscuras y vacías.

—Lo siento, padre, no puedo hacer nada por ti. Comprende que no tiene sentido esperarte. Nos cogerían a los dos.

—No, Jacques, no te vayas, no me dejes aquí.

—No, ya te he dicho que no puedo ayudarte, no insistas.

—Jacques, no reniegues de tu sangre… Mira, si no quieres perdonar a tu padre, apiádate al menos de un soldado de Francia. ¿Oyes lo que te digo, Jacques? ¡Vamos! ¿Dónde está tu patriotismo? No dejes que esos bárbaros me exhiban como un trofeo. Jacques, por favor… ¡Jacques!

9. Al acecho de las muchachas en flor

Saliendo de su casa, en la calle Mouffetard, llegó a las puertas del liceo Enrique IV. Allí giró a la izquierda y tomó la calle Saint Jacques hasta alcanzar el puente de Saint Michel. Antes de seguir adelante se detuvo a contemplar las torres de la catedral de Notre Dame. Estas se alzaban majestuosas, como un desafío a la horizontalidad dominante. Aquel era uno de sus rincones favoritos, si bien lamentaba que estuviese siempre tan concurrido. Aquella tarde tampoco era una excepción: una ingente multitud congregaba antes sus puertas —en unos minutos tendría lugar un solemne tedeum—, motivo por el cual decidió alejarse de allí.

Después de cruzar a la orilla derecha del Sena, subió por el bulevar de Sebastopol, siempre en dirección norte. Al llegar al bulevar de Saint Martin, giró de nuevo a la izquierda. No tenía un plan preconcebido, ni se dirigía a un destino concreto. Sólo seguía un impulso interior, semejante al parpadeo de una luz, que le empujaba a seguir caminando. Después de dar muchas vueltas y rodeos, se encontró frente a la estación de Saint Lazare.

Jacques entró en ella obedeciendo un deseo igualmente impreciso. Desde allí partían los trenes en dirección oeste, hacia Normandía. Recorrió los andenes con paso lento, sintiendo que su ansiedad iba en aumento y que el pulso se le aceleraba sin causa justificada. Aunque había estado caminando mucho tiempo, no sentía el menor cansancio.

Desde el fondo del andén, caminando hacia él, se acercaba una joven con una maleta en la mano. Era menuda, vestía falda y blusa recién planchadas, y no cesaba de mirar con asombro la imponente estructura del recinto. Jacques esperó que estuviese a su altura para esgrimir la más encantadora de sus sonrisas.

—Hola, ¿cómo te llamas? —preguntó.

—Alphonsine —susurró la muchacha sorprendida—. Alphonsine Chauvet, señor.

—Por favor, no me llames «señor». Mi nombre es Marcel, y a partir de ahora seré tu guía en París.

10. Escena

Jacques trazó con las manos un movimiento de ilusionista y a continuación dejó el collar al descubierto.

—¿Qué te parece? ¿Te gusta? Claro, cómo no iba a gustarte, una chica como tú sabe reconocer lo bueno… Bien, ahora cierra los ojos un momento y no los abras hasta que yo te lo diga.

La muchacha miraba extasiada la joya con una sonrisa nerviosa, incapaz de decir nada. Luego, ante el gesto insistente de Jacques, bajó los párpados.

Jacques respiró hondo. Asió la cuerda con fuerza, pero en el momento en que iba a ceñirla alrededor de la joven garganta, vio algo que lo dejó petrificado.

Sobre la superficie del espejo se reflejaba una escena similar, sólo que la cara de la muchacha no correspondía a la de Alphonsine, sino a la difunta Juliette. Ésta mantenía los ojos muy abiertos mientras una sonrisa demoníaca y vengativa recorría su rostro. Tras ella estaba él mismo, o más bien su doble, sujetando aún la cuerda entre las manos, pero en lugar de expresar una fría determinación, su mirada era la viva imagen del terror. Le pareció que imploraba su ayuda, que trataba por todos los medios de escapar de la escena del crimen, pero que era incapaz de moverse, como si sus manos estuviesen soldadas al cuerpo del delito.

Por primera vez se sintió perdido, superado por el pánico. Allí estaba la prueba de su crimen. Aunque huyera, lo descubrirían en unas horas. La policía ataría cabos, identificarían a Juliette como la muchacha desaparecida semanas atrás. De nada servirían sus coartadas, sus argumentos, sus súplicas. Lo condenarían a la guillotina. De todas las formas de ajusticiamiento, aquella le pareció la más terrible de todas. ¿Qué iba a hacer sin cabeza? Se imaginó decapitado, vagando en medio de una llanura infinita, buscando a ciegas, como su padre, un refugio inalcanzable.

En un instante lo comprendió todo: estaba delante de sus ojos. Aquel gran espejo, cubierto de signos cabalísticos, tenía la facultad de registrar y reproducir imágenes del pasado. El viejo Efraím, como el rabino de la leyenda del golem, había conseguido infundir en un objeto inanimado cierta clase de vida. ¿Qué había pretendido con ello? ¿Tener un esclavo a su servicio, saber que sucedía en la tienda mientras se encontrara ausente? Fuese cual fuese su propósito, bien podía sentirse satisfecho de los resultados. Ya no tendría que entregarle la mitad de su fortuna cuando cumpliera los veintiún años.

Miró una vez más el espejo, con la esperanza de haber sufrido una alucinación, pero nada había cambiado. Volvió a verse a sí mismo, ciñendo sus manos en torno al cuello de Juliette, quien, lejos de mostrar temor, continuaba exhibiendo una abominable sonrisa de triunfo.

A continuación, como un fantasmagórico cortejo de ánimas, aquellas lucecitas, que a veces parecían parpadear entre la niebla, se fueron alineando ordenadamente sobre el pentágono de cristal hasta dibujar una perfecta estrella de David.

—¡Maldito, maldito seas, Efraím! —gritó fuera de sí, mientras Alphonsine lo miraba aterrada—. ¡No creas que esto va a quedar así, no te saldrás con la tuya! ¡Víbora infame! ¡Os destruiré a ti y a tu obra!

Y asiendo un atizador de hierro se abalanzó sobre el espejo.

***

—Se volvió como loco —declaró la muchacha, deshecha en sollozos, ante el inspector de policía, su ayudante y el judío Efraím, quien no cesaba de mover la cabeza y mesarse desesperadamente la barba.

Antes había tenido que confesar que era la tercera vez que se veían, que la había llevado hasta la tienda con la promesa de un regalo, que aún no entendía por qué le había dado un nombre falso.

—Vamos, tranquilízate y cuéntanos qué pasó después.

—No sé bien lo que pasó. Tampoco sé que fue lo que vio en el espejo, pero inmediatamente cogió una barra y se lanzó a romperlo. Todo sucedió muy deprisa. Tropezó con esa bola y cayó sobre el cristal. Se oyó un ruido enorme y cuando me acerqué hasta él estaba tendido, cubierto de sangre… No hacía más que mirarme, intentaba decirme algo pero no podía hablar porque un trozo del espejo le había cortado la garganta. No pude hacer nada, se lo juro. Sólo gritar. Fue un accidente, de verdad que lo fue. Tienen que creerme… soy inocente.

El inspector miró a su ayudante pero éste se limitó a abrir los brazos con gesto resignado.

Curiosamente, y a pesar de que cuanto había declarado era cierto, todos la creyeron.

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