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Quiero ser Ben Caplan… Todos somos perdedores, sólo que a ti se te nota menos ‹ Relatos Bluetales

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Quiero ser Ben Caplan… Todos somos perdedores, sólo que a ti se te nota menos

por Relato ganador

El dolor que sufrimos nunca fue liberado,
la tristeza que sentimos nunca fue abandonada.
El amor nos hará pedazos.

Ben Caplan (1956-1979)

Ben Caplan ocupó la página treinta de las reseñas de la That Funny Music Magazine. En 1975 subió por primera vez al escenario del Minton´s Playhause, su interpretación entusiasmó. Comenzaba su carrera. La música era su vida y el afán algo inevitable.

Atribulado, sombrío, intenso, depresivo, vocalista, compositor. Había algo en él que le diferenciaba, llamaba la atención su discreción, el alto nivel críptico que alcanzaban sus discos con portadas en blanco y negro, sin nombres ni fotografías; un anonimato que provocaba interés por descifrar esa atmósfera de gravedad y desolación.

De directos intensos, con una batería contundente y metálica, un bajo en primer término, continuo y eterno en cada canción, una eléctrica distorsionada creadora de una profundidad melancólica infinita, y finalmente la voz y la personalidad escénica de Caplan soltando frustración y patetismo en cada movimiento, elevando cada tema al éxtasis de una negritud honesta inigualable.

La personalidad delirante de Caplan atrapaba al público, o se estaba con Caplan o contra él. Sus ojos miraban siempre con el brillo del desafío. Por entonces el público estaba dividido: unos desdeñaban a Caplan por sus arrebatos de ira y airados desplantes, otros lo veían como el nuevo ídolo que profanaba bares de hotel y se meaba en los ceniceros. Sus temas terminan respirando en sus grabaciones, pulsando siempre la misma tecla de la náusea y el miedo que da vivir.

Demasiado borracho para manejar su vida, volvió a su origen de excluido, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una explosión de luces que lo iluminaron hasta que de pronto se cortocircuitaron y lo dejaron nuevamente en la oscuridad, devolviéndolo al vacío.

Tenía treinta y ocho años y su última representación ocurrió bajo las ruedas de aquel camión de reparto. Había terminado su vida, una alegoría perfecta del ascenso a los infiernos; inexplicablemente en calzoncillos, tirado en la calle, manchado de sangre, con los ojos abiertos repitió: «El amor nos hará pedazos».

Cuando murió y la última palada de tierra cubrió el féretro, los cronistas acuñaron la expresión Trago Caplan para definir al whisky mezclado que hace que el mundo te reviente en el pecho cuando te lo tomas de un trago.

***

En la taza del váter se fraguó buena parte de su espíritu delirante. Vivía entre impulsos y arrepentimientos, deseos y terrores. Un día, sencillamente dejó de creer, todo se fue por las cañerías. En su memoria fue un día como cualquier otro, entre retortijones y náuseas sintió la quietud de lo vacío, comprendes que te va a sobrevenir un acceso de melancolía, de bilis, o quizás de locura, y sabes que no puedes hacer nada, sólo es un dejarse caer y caer.

Caer y caer, día tras día, por los siglos de los siglos. ¡Es un momento estremecedor! Al principio la cabeza estalla, viaja por los aires, se dispersa y pierde el rumbo. Más tarde con dolor comienza la calma, con paciencia el abandono. Se respira con el primer trago, se recobra el ánimo con un segundo o tercero, se siente uno vivo de nuevo con un cuarto y se desea volver a respirar siendo como se era antes, e incluso siendo mejores, con un quinto, con un quinto casi eres otra vez, te tienes ahí, al alcance de un sexto, cada vez más cerca, diez, quince… estás a punto, casi lo consigues…

Luego… la sombra de nuestro andar huye aterrorizada de nuestro lado tras unas piernas que no son las nuestras, la palabra se nos deshace en la lengua, la guturalidad acorralando la comprensión, la saliva siempre reseca en la comisura de los labios, la acidez tenaz sucumbiendo a la boca. Renuncias al carné de identidad, a la tarjeta de crédito, a la fe de vida, a la ficha dental, al pasaporte, al número clave, a la contraseña, a la credencial, a la aprobación, a la marca y al marchamo.

Ya se te ha metido dentro y sólo se es —unos ojos llorosos, un sudor frío, un pulso inútil, un instante de recelo—, y sin darte cuenta te separas de las personas, de tus amigos, de tus amantes, aceptas que entre el deseo y la satisfacción sólo transcurre un fragmento de vida sin nada, un pedazo de hambre, de sed, de angustia, de pavor, descubres que eres frágil, muy frágil…

Ya no escuchas y no sientes compasión ni placer, ni desprecio ni dolor, sólo vacío, entonces ya estás vencido, entonces ya estás derrotado… sólo es un dejarse caer y caer. Ya no perteneces, no eres juez, ni testigo de cargo. No pides a voces tu condena, ni quieres salvarte ni salvar a nadie. Y por todo lo que no haces, y por todo lo que te hacen, ni pides perdón ni perdonas, la verdad es que desertas de tu puesto, simplemente te exilias. Abandonas el «no obstante», el «aun», el «a pesar de», las moratorias, las disculpas y los exculpantes. Has fallado, eres incapaz de resolver un problema, no sólo no hallas argumentos para rebatir, sino que ni siquiera lo deseas. Acabas perdiendo la ilusión de la solución. Nada depende de nosotros, salvo la costumbre de vivir de errores.

Cedes tu puesto. No eres ya lo que produces o facturas, no eres una carrera de ingeniería ni medicina, no eres un albañil ni un fontanero, no eres un genio incomprendido, no eres tu perfil ni tu puto móvil, no eres lo que te follas, no eres el puto amo, no eres el jefe, no eres tu dominación. Eres un grano en el culo del mundo, un perdedor de tomo y lomo…

Y si alguna vez, acuciado por el frío de la desesperación, buscas un mínimo de calor, cualquiera posible, no lo hallas. Siempre está ahí el mundo, los otros, para devolverte tu imagen rota, frente a ti el vasto mundo de los grandes, pequeños y medianos, de amos y excluidos, de libertadores y libertos, de estrellas de primera, segunda, tercera y n magnitudes, de cuerpos excéntricos o rutinarios, domesticados por las leyes de la gravedad, por las sutiles leyes de la caída. Todos llevando el compás, todos girando, despacio o velozmente, alrededor de una ausencia… hip, hip, hip

No sabe cuándo empezó a beber, lo olvidó como se olvida todo lo que no merece la pena recordar. Sabe que es un borracho y no quiere cambiar, al fin y al cabo «no es adicto», tan solo idiota. Pasa las noches bebiendo y viendo películas sobre perdedores, bebiendo y hablando de otros perdedores, bebiendo y escuchando a perdedores, se emborracha y grita.

Siempre está perdido, es más, puede llegar a decir que quiere dejar de estarlo y te estará mintiendo, en el fondo le encanta estar perdido, porque cuando estás perdido no tienes que darle explicaciones a nadie, no tienes que pensar en nadie que no seas tú mismo. Borracho puede ver poesía en un vaso de whisky, y si está demasiado desesperado puede verla hasta en uno de ginebra, puede leer la etiqueta de una botella de Jack Daniel´s como el que lee una sentencia exculpatoria, puede mirarte a los ojos una noche cualquiera y decirte que eres la mujer más especial que ha visto en su vida, y puedes creer que te está diciendo la verdad, ¡joder que sí!, pero te aseguro que diez minutos después sólo estará pensando en follarte.

A decir verdad es la persona más mentirosa del mundo, no sé de dónde salió eso de que los borrachos nunca mienten, porque él es un triste borracho y no puede vivir sin mentiras, porque necesita que su vida sea otra, tiene alergia a la verdad, aunque ésta sea diminuta e intrascendente, del tipo «menos es más» o «no hay dos sin tres». Créeme, no puedes fiarte de él, todas sus promesas las hace mezcladas con hielos…

No sabe cuándo dejó de ser tierno, en el fondo cree que nunca lo fue. A él le gusta creer que es un héroe y te citará frases del tipo «la bayeta de un bar es el testigo húmedo de la miseria humana», o te lanzará a la cara que «el más alto ideal humano es la degradación», y se sentirá especial por ello. Triste borracho. Sé que crees que es la persona más interesante del mundo y posiblemente lo sea, de todas formas no podrás convencerlo de nada. Te dirá que es Ulises o cualquier otro estúpido héroe maldito y que «va de bar en bar enamorado del olor a sótano y a desdicha», tú sólo tienes que seguirle la corriente. Puedes pensar que es fuerte, que nunca llora, y es cierto, no verás una sola lágrima por mucho que mires a sus ojos, pero te aseguro que tras un par de copas empieza a llorar por dentro y… a llamar a su madre.

***

El fin del día deja sentir el efecto devastador de la abstinencia que adhiere al suelo las suelas de los zapatos, anestesia las lenguas y dilata las pupilas, por eso parece que lo mira todo, que lo busca todo… aunque no vea nada y no encuentre nada.

Fue a dar al Loser, un lugar poco recomendable. A decir verdad, es bastante malo, pero morbosamente malo, estuvo un buen rato baboseando por allí. Es un lugar lleno de desfasaos con pinta de lo mismo, de carteles con dos capas de pringue y de great lists mal enmarcadas, como esas manualidades infantiles del día del padre. Hay varias, como «Las 10 muertes literarias más absurdas», «Los 10 mejores insultos del cine», «Las 10 letras de canción más estúpidas», «Los 10 directores con más fracasos de taquilla», y muchas otras. La que más le gusta es la lista «Los 10 músicos más alcohólicos», en el puesto número cuatro está Trago Caplan.

Sabe calcular el punto exacto en el que poder sentarse procurando no rozarse con nadie. Ésa es la clave: no rozar, no ser rozado, entre el ser y el estar las medianías del parecer. Buscar el punto exacto donde la oscuridad sea más que negrura. Un sitio en donde las corrientes cálidas de aire no le lleguen; a pesar de los años y del hábito, todavía se estremece cuando nota esas ráfagas cálidas que proceden del baño o de un pasillo cercano.

Es una lista con trampa. Toda lista es injusta, pero ésta es sencillamente miserable. Me pregunto si están ordenados según su celebridad o su grado de alcoholismo. Qué fue primero, ¿el genio, el chiflado… la inspiración o las diez copas? No sé quién dijo que cada artista busca una forma de alimentar su musa, y son escasos los que han recurrido a la leche con galletas.

***

El dolor que sufrimos nunca fue liberado, la tristeza que sentimos nunca fue abandonada. El amor nos hará pedazos.

«¡Nos hará pedazos, hermano! Un trago más, hermano… No te lleves la botella…Son hermosas las botellas…Una botella es como una bailarina egipcia que no tiene ombligo… Es posible acariciar sus bordes, es tacto puro… El placer único de tocar la belleza y la eternidad en un instante… Se ve cómo fluye la vida de sus pies a la cabeza. Ella siempre está de pie y no deja de mover el vientre, pura lascivia… Su sangre marcará los minutos que uno quiera contar… Al final, se queda hueca en su pecho y nadie la ve sufrir el abandono, porque su naturaleza es la ausencia, la soledad, el olvido, la prueba de la nada que nos hace a todos iguales. La bailarina egipcia se equivocó de mundo. No sabe vivir sin cicatrices. ¡El amor nos hará pedazos, hermano!»

***

Y así seguirá divagando inútilmente, vehementemente. Consciencia soluble en alcohol. Nadie le espera, sabe que nadie le espera. Los carteles siguen acumulando grasa y polvo y no han sustituido las lámparas fundidas. Huele a goma, a comida requemada y a desodorante gastado. La noche es silenciosa y resignada, se nota la emanación acre de la lejía, que ha exterminado, borrado y ocultado ciudades enteras de cucarachas.

Contempla las caras del Loser, rostros hinchados o demacrados, atontados, idos, puestos, ávidos, vulgares, obtusos, vacíos… Los que no despiertan asco, causan miedo, los demás aburren…

***

«¡Pensar que esas jetas son mi paisaje, y mi destino!… No hay buena música ya, sólo tiempo inútil… No te preocupes, nadie se ahorca con la cuerda de una ley física… Sí, llevo sin apresurarme el mañana a expensas del hoy… El hoy nunca llega a tiempo… Siempre me pregunté por qué Caplan… se suicidó. Si es que se suicidó… o iba tan puesto que no supo… No sé por qué me lo pregunté… siempre supe la respuesta…»

«Escucha esa letra hermano. Escucha. Es la hostia: Llamamos a las puertas de las oscuras cámaras del infierno. Empujados a los límites miramos desde bastidores mientras las escenas se repiten. Nos vemos a nosotros mismos como nunca nos habíamos visto. El dolor que sufrimos nunca fue liberado, la tristeza que sentimos nunca fue abandonada. El amor nos hará pedazos. Cuando miras a la vida y descifras las cicatrices, sales fuera y ya no hay tiempo… La hostia de buena…»

«El tipo decidió no seguir, ni retórica ni música, ni la puta vida… lo disuadió… el tipo decidió… sólo eso… Otro trago, hermano.»

***

Durante aquellos momentos el corazón en sístole de Caplan continuaba hablándole al oído de letras magistrales, de lágrimas silenciosas, del éxtasis, del tormento, del sentido trágico. Y con un poco más de alcohol y un mucho de desesperación se dejó llevar hacia la tensión, el automatismo final, la belleza en blanco y negro.

***

Tengo treinta y ocho años. Mi nombre es Luis Pérez y por alguna razón estoy en calzoncillos, bebiendo, sentado en una banqueta… Acabo de darme cuenta que también tengo sueño y necesito descansar pero aborrezco el preludio del mundo que no depende de mí, acabo de entender el horror de cerrar los ojos mientras la noche respira ausencia y aún se escucha movimiento en las calles cercanas.

Hablo. Si me quedo callado dormiré sin remedio y no tengo palabras para entender el espacio vacío entre la oscuridad y esta boca caliente que ansía no ansiar. Hay dentro de la noche una hoja que cruje cada vez que mis párpados se cierran…

Nadie escapa a las horas del cansancio… se aletargan los deseos y aunque la mente sigue despierta, los movimientos se vuelven imperceptibles… el cuarto mengua y la escalinata por la que los ojos descienden abre un interrogante hasta alcanzar una última pregunta, que irremediablemente se perderá en los vapores de la modorra. ¿A cuánto equivale una miríada? o ¿por qué siempre ponen el papel para secarse las manos a una altura que lo único que provoca es que las gotas escurran hasta los codos…?

El mundo duerme; los hombres sueñan con mujeres; las mujeres sueñan con hombres. Los solitarios, los desesperados, los yonkis, los jugadores, ésos no sueñan, sólo esperan aterrados a que amanezca un nuevo día.

La eternidad no tiene ningún sentido, dios está muerto y bajo esas circunstancias dormir sigue pareciendo una opción razonable. No hay que pensar demasiado, sólo estar aquí y escuchar los sonidos del edificio, estar tranquilo y fumar. Llenar los pulmones de nicotina, la cabeza de humo, dejar a la ceniza dormir plácidamente en la camiseta, con la mente en blanco y el pasado, ese avieso lapso de tiempo, ausente de recuerdos.

***

El ruido de la sirena se va extinguiendo, el alumbrado nocturno parpadea, la débil luz amarilla que proyecta se oscurece de repente, en intervalos de cuatro minutos y doce segundos. El sonido de una motocicleta desgarra el suelo. Caplan estaría atento a los sonidos. Los gatos se han ido, la basura sigue en el mismo sitio, él sigue en el mismo sitio. Caplan también seguiría en el mismo sitio, en calzoncillos, bebiendo y con medio cigarro colgando del labio inferior.

***

La tristeza se vuelve cada vez más dura, como las uñas de los pies. No consigo dar con una forma verbal que conjugue los verbos amar y vivir en un mismo tiempo. Vivir es sólo inventarse razones para no dejarse morir tan rápido y tan razonable o absurdo puede ser creer en dios como no creer.

Soy un hombre que se levanta cada mañana con la camisa manchada, que dice que se marcha cuando en realidad no va a ninguna parte. Que le debe dinero a un tipo lleno de tatuajes al que llaman Korsakoff, aunque no es ruso, sino de Cuenca. Que cambia un anillo de oro por cuatro botellas de whisky. Que llora en los lavabos de la estación de autobuses. Que apuesta las llaves del coche llevando una doble pareja de sietes. Que se mea encima. Que se afeita con el cuchillo de untar paté… Que dice cada noche «te quiero» y luego se pierde en el vacío de un vaso…

***

Luis Pérez estaba en calzoncillos, en la pierna izquierda tenía una cicatriz, era una cicatriz larga y abultada, llena de bordes parecidos a patas de insecto. Tenía otras más por todo su cuerpo, pero ésa era la más grande, estaba orgulloso de ella. Sus calzoncillos estaban perdiendo el elástico de la cintura, estaban descoloridos y gastados, pero esta vez estaban limpios, estaba orgulloso de que estuvieran limpios.

Sube el volumen, escucha. El cigarro acabó por consumirse, el humo se volvió nada, la nada se apodero de todo, y todo se fue extendiendo; se había quedado sin cigarrillos, la madrugada se había detenido y por la mañana no encontraría nada para el desayuno. Aún conservaba sus calzoncillos cuando bajó a la calle.

Tiene treinta y ocho años y el destino obstinado ha decidido que dé la vuelta.

Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Le rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas del camión de la basura. Pocos ojos entre los que miraban ese cuerpo cercano a la muerte habrían podido reconocer el cuerpo de Luis Pérez.

Fue la indomable voz de Caplan y no el silencio, el soundtrack de la última noche de Luis Pérez: era lógico y necesario que fuera él quien le brindaba su abrazo final. El elepé siguió girando… el dolor que sufrimos nunca fue liberado, la tristeza que sentimos nunca fue abandonada. El amor nos hará pedazos… Cuando miras a la vida y descifras las cicatrices, sales fuera y ya no hay tiempo… La hostia de buena…

Un nuevo miembro ingresa en al selecto club de los desconocidos que mueren en extrañas circunstancias, todos ellos con amplificadores dentro del pecho y la realidad nublada y rutinaria fuera; dos universos de fatal colisión.

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