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No se sale indemne de las sombras ‹ Relatos Bluetales

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No se sale indemne de las sombras

por Relato finalista

Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente.

F. de la Rochefoucauld

La mujer que apagaba el reloj con el deseo de evitar lo inaplazable, que se cepillaba los dientes al irse a la cama y escuchaba las noticias cuando el tráfico aún balbuciente invocaba las primeras y aún ingenuas protestas, es alguien que no cabe en una vida y, si lo intenta, simplemente resbala. Esa mujer no abre el paraguas cuando le sorprende la lluvia en plena calle, no hace filas en los bancos y sólo compra en tiendas online. Esa mujer, en una tranquila noche sin luna, acompañada tal vez por algún hombre insustancial, compra un par de entradas para la última sesión.

Es posible que salga de la sala de cine abatida: había pagado por una de vampiros, y le presentaron ciento sesenta y tres minutos de implacable onanismo metafísico. Pensó que ciertamente se alejaba de las tonterías vampíricas recientes: la fotografía, tan lúgubre; los actores, tan afectados; el guión, tan pretencioso, centenares de líneas integradas en una enfática procesión de tópicos. Tanta tontuna existencial junta para dejarse chamuscar por un polvo. ¡Qué típico, qué falta de rigor! Y así se lo haría saber al hombre, si es que realmente había un hombre, porque en caso contrario, la mujer, acostumbrada al soliloquio, se hubiera visto obligada a evitar el comentario en voz alta y a lo sumo reflexionaría un par de segundos, justo lo que tardara en apagar el cigarrillo con ese aire que sólo se aprende de las películas de suspense y subir al autobús.

El olor a aliento concentrado de personas dormitando, que al principio parece cálido, transforma el aire en un abrazo lastimero y desagradable. Con mano insegura cuenta seis respaldos y se sienta. Durante el tiempo que pasa en el trayecto, Vivha piensa que un autobús más, unas horas más, un matiz cromático iridiscente más y desempataría su existencia de no ser a ser. También piensa levemente en el futuro intentando despejar algún escrúpulo. Lánguida, posa su mirada en la linterna de luz del techo, una hendidura en la oscuridad que sugiere un tránsito dulce, sereno.

***

No hay que abrir demasiado los ojos para descubrirles en la telaraña metálica y deshumanizada de la historia: sus perfiles son aquí y en resto de Europa los mismos, como los del placer o el dolor, la bondad o la perversidad; ni siquiera hay que dejarse llevar por el espíritu del mal, el pecado o la noche para verlos transitar de esa subterránea manera bajo cien metros de fluorescentes amarillentos en pasillos solitarios, o sentirlos jadear en las escaleras mecánicas, siempre un peldaño por encima.

No son fantasmas, más bien seres proscritos de sonrisa rota bajo sus silenciadas alas, con esa biografía de mala pata a cuestas, temiendo siempre ese plasma adulterado, esa luz insidiosa o esa estaca ejecutora. Son seres cansados, decepcionados, testigos de lo cíclico que resulta todo, de la cantidad de veces que hay que renovarse y no morir y adaptarse a los cambios.

Vigías del mundo, arrinconados por su propia inmortalidad, hastiados. Siguen con nosotros, acompañando en comparsa atroz este tiempo de asesinos. Condenados a una eternidad que digieren lentamente con todo el tiempo del mundo, atraviesan tantos años que ni recuerdan cómo consiguieron esquivar las arrugas, los caprichosos dibujos varicosos en las piernas o la torpeza lamentable del cerebro.

Pero aun así, a pesar de la ciénaga que les escupió al mundo, una chispa juguetona brilla en sus pupilas cuando la noche finaliza y la luz obstinada acaba mostrándose sin haberlos consumido.

***

Cualquier ciudad en realidad siempre es dos. La Ciudad Jekyll, el día: la ciudad de las oficinas, de las secretarias que ordenan archivos e imprimen copias por triplicado. Sin embargo, esta misma ciudad muta una vez cae el crepúsculo. Es la hora de la Ciudad Hyde: la ciudad sin día, impredecible, seductora, peligrosa.

Una noche al azar, una boca dentada prendió todos sus fuegos. Y todas sus heridas se abrieron, porque con manos frías, expertas, exacta o arbitrariamente, rasgó y separó no solo su cuerpo sino su mente, se instaló en su médula y una certeza arrancó de cuajo todas sus sospechas. Vivha descubrió que eso iba a estar en todas partes, que empañaría todos los espejos, que atravesaría todas las paredes. Eso fue el nacimiento de la carnalidad, del femenino oscuro que en festín bárbaro festeja la sangre.

Se siente como una maldición perteneciente a otra edad, ¿fragmento de qué culto, dueña de qué poderes, portadora de qué cóleras? Eso la invade hasta ocupar por entero su centro y su parte. Su juicio, hecho de erizadas negaciones, reconoce su deformidad, su belleza, su poder, sin que valga raciocinio alguno ante sus desmanes, y le sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo. ¿Soy inocente? Soy culpable. ¿Soy culpable? Soy inocente. Soy inocente siendo culpable.

Sobrevive entre avanzar y retroceder, necesita de la efervescencia de la sangre. ¡Qué combates! Lucha con tanta fuerza. ¡Oh, principio de la sangre, fértil siempre! ¡«Herir», «desgarrar», «descuartizar», verbos rotundos que llegan a grandes pasos a ella!

Desdeña esa condenación y se mortifica al sentir la perversión golpeando sus venas; entonces inútil salir o quedarse en casa, inútil tapar las ventanas contra lo irremediable, lo fatal. No le interesa la eternidad ni el nombre exacto de las cosas. Sus vísceras hablan de vigilias, de lejanías y sueños, sueños de corazones que se abren y liberan ríos de murciélagos. Sólo experimenta repulsión y furia, como si fuera un pudor obligatorio o en su defecto una variante del fracaso.

La infelicidad se enredó en su historia echando raíces profundas que florecen con la obscenidad de una primavera que disipa el invierno de un plumazo. Si el dolor dejara huellas en la piel, ella tendría la apariencia de un lienzo ferozmente apuñalado; pero el dolor no la rompe de cuajo sino a hebras, y cuanto más finas, más daño. Su único consuelo: desordenar sus sentidos y tejer una nueva tela.

***

Observada por la negrura que borra las formas, busca el iris, mundano y ávido, del pasajero instalado dos asientos atrás. El autobús se balancea sin gracia, desconocedor de las leyes de la armonía y, lo que es peor, de sus encontrados sentimientos.

Fuera hace frío. La noche se transmuta en algo rígido, tal vez un bloque de hormigón o una inmensa masa de agua helada. Siente la irritación de un espasmo de sangre en la garganta: ni negación ni asco, sólo una triste impotencia que se torna poco a poco en el sabor de la angustia. En el horizonte crecen formas de estética urbana intuida, alrededor lo sereno y lo simple, detrás el deseo, y al sur un recodo de temor inerme.

Bajan del autobús. La calle los recibe con una iluminación fría y compasiva que proyecta sus huesos ateridos sobre la acera. Caminan calle arriba sobre restos de basura, orines de animales y amansados ruidos urbanos. Sus pasos son las notas de un dueto luctuoso. El pasajero se detiene bajo la oscuridad que proyecta una oblicua cornisa. Cerca de él una ventana débilmente iluminada arroja un cuadrado de claridad sobre el asfalto mojado. Sus sombras parecen penitentes de un cortejo primitivo, el de la persecución feroz de la carne.

Vivha absorbe en su cuerpo los pasos furtivos del pasajero, cierra los ojos. El apetito que se esconde en los andamios oxidados de la fachada se desploma bajo la obscuridad equívoca, y un vientecillo le trae el olor a sangre seca del primer cuerpo, abandonado ya hasta por las moscas. Sus labios saben a piel y olvido.

Odia lo mismo que necesita, como esos lametones a la sangre de cuerpos anónimos en indecorosos baños públicos o el tacto suave de esas pieles fragantes que se convierten al instante en pellejos destilando líquidos. Sólo puede deslizarse sobre la piel, una y otra vez, disponer los tiempos en los que suda su saliva y luego calibrar el momento exacto en el que arrojarse sobre cuerpos; ni nombres ni ojos ni voces, sólo cuerpos, nada los une ya salvo una especie de ceniza gris parecida al silencio. Piensa en aquello, mientras una sombra alargada la cubre.

***

Y despierta. Abre los ojos. Unas manos han sujetado sus hombros y una boca cálida ha escupido una fina baba en su cuello.

—¿De verdad eres una vampira? ¡Chúpamela!

Un rubor le hiela súbitamente la cara. Se gira, y siente la rigidez en los tendones del cuello, su cuerpo tan abruptamente tirante por la tensión y la necesidad. Finge no hacer caso. «Si lo has traído hasta aquí, ahora sigue», se dice. Se acerca más, dispuesta a permitirse tomar todo lo que la cabeza y la mano pudedan coger. La ventana que débilmente ilumina el asfalto mojado arroja de repente un fulgor áureo que agita al pasajero.

—Aquí no.

—No voy a pagarte, nena.

—No hace falta, nene, sólo sígueme.

***

Vivha echó un vistazo al reloj de pared y descubrió la hora exacta que le abriría los ojos al pasajero con un espanto inaudito.

—Vamos —dijo ella, obscena—, acércate.

Y el pasajero se acercó, sí. Su pelo bramaba de espesor y fulgor, la piel toda cubierta de ese brillo delator. Y la boca, ¡Cristo!… labios plenos y húmedos, y esa lengua de animal, como un corazón, no parecía la boca de él, ni la de ningún otro, tan ávida, tan experta. Vio sus pechos, altos pero pesados, las puntas tiernas, inflamadas por el deseo; y el olor, ese olor de memoria profunda, fluyente, submarina. Hizo que se acercara para dar cierta sensación de seguridad definitiva. Le puso ambas manos en las mejillas, y con un suave movimiento le llevó a probar sus destrezas orales allí donde los argumentos se ahogan.

El encuentro clandestino descubre fielmente el flujo convulso de la masacre, revelando los espasmos de un placer enredado con la muerte, la parapléjica contorsión del cuerpo. Penetrar la piel es entrar en un estado de gracia, un arrebatamiento sublime y perverso; el ritmo no se mantiene, se acelera. Los gritos se mezclan con la sangre que brota, transforma los gemidos en aullidos líquidos, viscosos; y a medida que la vida se desvanece el furor de la penetración aumenta.

El pasajero tuvo miedo. Mejor dicho, tuvo pánico, un pánico perfecto, absoluto, puro y sincero como el último latido terrible de su sexo.

Allí, Vivha, desnuda, cegada por el ansia, danzó clavada sobre el henchido cuello por venas y arterias latientes. Más allá, el pasajero no llegó a terminar su copa, cayó sobre la cama teñido de sangre y vino almidonando su perfecta sábana blanca, aún más blanca ante los crisantemos lacres que brotaron de su cuerpo. Una pulcra gota de sangre descansa sobre su ojo derecho transformando la mirada del pasajero, antes mundana y ávida, en un guiño de perplejidad, la exanguinación helándole la piel.

En cierto momento, justo antes del amanecer, se levantó y arrastrándose hasta la ventana miró el cielo dolorido, lastimado por todos aquellos colores, colores que le prestaron un éxtasis primario y pintaron de rojo pompeyano las paredes de la habitación en dramático contraste con las sábanas blancas, con el pasajero allí detrás, sólo en la cama en su tórrida muerte. Por un instante Vivha se sintió calor y color, y suavemente vibrante dijo en voz alta:

—Nene, me gusta. Me gusta esta luz. Me estoy suicidando y no me importa.

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