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por Relato ganador

Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.

Antonio Porchia

Bajo un cartel couché con caras de labios rojos y apretados, La Fantasía de los Espejos recorría pueblos, de plaza en plaza, y con permiso municipal hacía estallar la noche en carcajadas hasta la lágrima cuando la artista de la maleta tropezaba, se le quebraba el tacón y perseguía su equipaje, que volaba de mano en mano desparramando sujetadores, ligas, bragas, pantys, fajas y calzoncillos por la platea: agarrones y griterío en la fantasía de la noche.

Hace muchos años, Julio Solá travistió al payaso y creó este cabaret con un caniche raquítico, un malabarista epiléptico que murió, unas cuantas palomas blancas y dos travestis que le daban la chispa multicolor a este Broadway tercermundista.

Desde entonces es la Julietta Show, la ballena dorada de la noche, que adormece con sus boleros la difícil existencia de los espectadores. Desde entonces ella, o él, desbordante en carnes, va contoneándose sobre las agujas de sus zapatos. Ofrece sus curvas, contestando al que le grita «¡rolliza!», que ella con sus chichas se fabrica unas buenas tetas. «Y tú, con esas bolitas de chicha y nabo entre las piernas, no haces na de na, ¡ay, ladrón!» Entonces estallan las risas, y entre burla y burla se olvidan de la desdicha por un rato.

Así corre la fiesta entre salsa y mambo con la Lida Colimba agitando las perlas de su corpiño en la cara del algún viajante relamido bajo el fluido de los focos e incrédulos aplausos prestos a cachear sus senos con son de tambores. El futuro amante embelesado prefiere no pensar, seducido por esa bomba argentina de mujer que le estallará en risa loca.

Continúa el resplandor emplumado de ese falso carnaval las coplas de la Marieta Closet, que trina como un jilguero ahogándose en lodo, «A la verita tuya», como si esa voz masculina impostada fuera el bálsamo para el dolor de hombre y no importara el sube y baja de una nuez en el cuello afeitado que repite: «Ya pueden clavar puñales, ya pueden cruzar tijeras, ya pueden cubrir con sal, los ladrillos de tu puerta; ayer, hoy, mañana y siempre, eternamente a tu vera…».

Así desfila esta troupe nostálgica de mariposas nómadas por el espejo de tres cuerpos del escenario, dejando un rastro de destellos y lentejuelas frente a los ojos turbios de un público devoto que celebra el pecado festivo.

Los espejos nos interrogan: Julietta

Julio Solá travistió al payaso con su perfil andrógino. En este momento está sentado en Casa Domínguez y pide un café con leche con tres terrones a una camarera mulata. Viste camisa azul, pantalón capri de lino, mocasines negros sin calcetines y un hermoso bigote prendido directamente a su sonrisa. Su sonrisa está en verso triste.

«¡Ay Augusta, Augusta!, ¡cuánto tiempo! Tienes la guapura subida. Sigues teniendo un no sé qué…» Interrumpe su halago a medio gesto cuando entra un joven broncíneo. Antes de verlo, su olfato ya había reconocido el aroma a vivaporú. Sóla suspira y deja un billete sobre la barra gritando con un alto profundo de mujer: «¡Augusta, querida, quédate con el cambio!». Agita el brazo despidiéndose, y se escabulle por la puerta espejada de los servicios.

Al entrar unas falsas columnas marmóreas invitan a perderse por el deteriorado baño. Ya dentro, se quita la camisa azul, se queda con un corsé de raso blanco con senos postizos incorporados, se pone rouge en los labios y unas chanclas con uñas pintadas; en su bolso guarda ropa, mocasines y bigote.

Tras las columnas, el suelo se ahoga bajo una moqueta roja, la humedad pega fuerte con su moho rancio que huele a eucalipto y semen, y dentro de ese aroma está sentado un viejo enorme que juega con un manojo de llaves. «Hacía mucho tiempo que no le veíamos por aquí», lo paraliza el viejo del manojo de llaves con el mismo tono perverso de antaño, e igual de viejo. «Entonces usted era jovencito», insiste el viejo pasándole una llave, «venía con otro joven y escondían los libros para que no supiéramos que eran estudiantes».

En tu adolescencia cruzaste varias veces el pasillo de aquella casa de citas, cediendo ante lo múltiple, y lo múltiple para ti es lo que está plegado, pliegue sobre pliegue, tras pliegue, contra pliegue entre las piernas de la Julietta Show. Como si hubiera sido ayer, después de pagar, recibes una sábana para extraviarte libremente por esta Creta provinciana. Las piezas, ahora habitadas por minotauros de una sola asta, conforman un laberinto de ardor ascendente. Tu mirada resbala por esos añosos con celulitis, que reproducen la decadencia del inmueble, como si las grietas de las paredes se prolongaran en sus cicatrices de hernia y vesícula.

Termina tu travesía cuando todos los sentidos se enredan en la pura promiscuidad del espejo de la habitación, capaz de reproducir la complejidad de lo sensible, capaz de falsificar el sonido de la respiración o el tacto de una piel. Julietta, la ballena dorada de la noche, se mira dentro de la medialuna del espejo, excesiva y sin brillo, tu imagen refleja ese punto en el cual la sensualidad de tus curvas se encuentra a escasos centímetros de una colisión dramática contra un tranvía llamado deseo.

La pupila-espejo recorre tu transitada geografía, tus surcos, esas cicatrices borrosas de hombre-mujer con el deseo intacto. Frente a él tuviste que hacerte cargo de treinta años de ausencia, de tu cabello cano y transparente, como el de una medusa loca, de la incongruencia de tus espasmos abdominales, del servilismo de tu riñón, del insomnio y la hipertensión, y de una epidermis hirsuta en una fotografía de carnet que ni tú ni la policía aceptará nunca.

Lo miras, te mira, absorbe toda tu desbordante blancura crasa y por un momento se queda como adormecido, ahíto de la carne que devora. Pero ya no te devuelve ni tu cuerpo, ni tu cara, ni tus ojos. El espejo es capaz de hacerte reventar de miedo con un simple «¡Eh, tú! ¿Quién eres?».

Choca entonces tu cuerpo con su cuerpo, tus manos con sus manos, tu boca con su boca, tu alma con su alma, tu sexo con su sexo. Tú callas. Ya no eres tú. No es él, no es el espejo, tú ante el espejo, ahora tú. Ya nadie. Y te lanzas contra él y rompes el cristal con tu cabeza, rasga tu cuello, que sangra sobre tus brazos, tus caderas sangran y hay una obscuridad genital absurda por un brevísimo momento. Solamente tus grandes ojos párvulos se vuelven a anegar cuando desciende por las pantorrillas peludas el tieso algodón del calzoncillo de un joven que como tú transita su penar de amores prohibidos por las piezas oscuras repletas de pupilas-espejos.

Los espejos nos recuerdan: Lida

Apoyada en ese lugar donde tu cuerpo es la espalda del espejo, elevas la barbilla para estirar el cuello y hacer desaparecer la incipiente papada colgadera, en ese perfil te gustaría encender un cigarro, pero ya no fumas. Era siempre un juego de ladeos y jadeos.

Una Lida borrascosa se asoma al espejo que despliega por entero ante sus ojos, en una pequeña habitación, un espacio intangible, tan vertical como virtual, tan horizontal como real. Esta poderosa apertura erige un delirio: allí donde debería haber pared, hay firmamento, claridad donde debería haber tinieblas; adivina las escapadas sobre los muros del colegio, las primeras incursiones de un cuerpo sobre otro cuerpo, las declaraciones, los desengaños, las pérdidas.

Hay momentos en que la memoria son restos de demasiados despertares. Pasa cuando el amanecer no es ya una liberación, pasa cuando no vislumbras ni el principio ni el fin del camino, pero igual ya estás hecha mierda, transitada, machucada. Mucho tiempo, demasiado ya. Supones que ya es tarde y que pensar en él es ridículo. Ya tienes más vida sin tenerlo que teniéndolo, ¿no es absurdo? Todo queda tan lejos. Toda una mar océana de por medio.

Los espejos viven en las paredes siempre dispuestos a desordenarte. ¡Pasado donde debería haber presente! Como aquella noche en la que tuviste que contener el aire para no preguntarle «¿Por qué la noche huele a jazmines frescos cuando llegas?»: hasta a ti te hubiera sonado cursi. ¡Cuánto te gustaba, Lida, aquel calorcillo en las entrañas, esos hombros extasiados, esa desvergüenza del cuerpo! Ningún virus hay más arcano que el amor y tú estás infectada hasta la médula. Amaste hasta el delirio su voz, su mirada detrás de los vidrios, la frase que jamás te dijo. Desde entonces te estás muriendo, Lidita, quizás por esa sensación de mundo vacío y ajeno que te dejó al partir el pibe que llegó en marzo.

No hay duda, hay algo imposible en el aire durante esa sucesión de instantes que se extienden en el tránsito que va del violeta al dorado de tus recuerdos reflejados en el espejo. Y dentro de esa gran ventana el cielo parece siempre más grande y no sientes al tocarlo la presión celeste del espejo.

Piensas que es un poco tarde. El espectáculo va a empezar. Cierras los ojos y se desdibuja una jacaranda violeta. Cierras los ojos y desaparecen los duraznos amarillos y aquella habitación repleta de olor a manzana y sabor a él. Deberías darte prisa, aunque todo a tu alrededor incite al abandono. De tu baúl, tan antiguo y tan gaucho que casi huele a vaca, eliges unos zapatos de plataforma infinita, unas medias blancas que ciñes a tus muslos hasta asfixiar tu cintura, y sacas el corpiño de madreperlas que al contacto con tu piel te cierra el pecho y te comprime el alma. Y otra vez te vuelves a enredar en los recuerdos… Él empieza, él lo besa, él lo palpa, él prosigue, él le indica, él lo despeina, él lo cabalga…

Tu morriña, Lida, te regresa por un instante al lugar del que nunca debiste salir, de la mañana ilimitada, de la fragancia de lo que aún no tiene nombre, de la dulce fatiga del sexo reciente, del sopor de la siesta bajo los árboles… Tu mirada es todo lo que perdiste. Pero, ¿qué has perdido que te duele tanto?

¡Eras tan joven! Tu corazón gitano buscaba una gota de placer en las esquinas de aquella ciudad injusta y sin salida para nutrirte. En realidad no había nada que pudiera aplacar tu intenso deseo de vida, tu infinita transgresión, tu vital y necesaria ofensa a la moral: eres la imagen perfecta del espejo sin término y con ansia. Pero una llaga de pena hería tu boca de niña-niño y ni recuerdas ya las veces que te echaron a punta de bota campera.

Qué vicio éste el de vivir, ¿verdad, Lida? Qué oficio más extenuante. Y aun así, sigues aquí bamboleando las parábolas convexas de tus caderas al ritmo de tus besos, abrazos e insinuaciones, con esa danza de odalisca que hipnotiza, que sonroja como una granada. Como si el recuerdo fuera una picana eléctrica, sus descargas se ceban en tu carne morena, estirándola, mostrando nuevos lugares vírgenes, sitios no vistos en la secuencia de poses y estertores del estriptís: tu danza es la sabia dulce de tu furioso corazón.

Frente a ti dormita ese amante embelesado, demasiado grande para la cama. Respira con dificultad bajo el peso de una mujer tatuada en su pecho. Y a ti te corta la respiración el peso de un pibe tatuado en el alma y unos pulmones gastados de tanto suspirar por el ayer.

Los espejos nos matan: Marieta

El indefenso desnudo llamado Marieta provoca la alarma en las noches de calentura. Creyéndose la Venus de Botticelli, entre conchas de mejillones y berberechos hace caer su ropa como si fuera un deber sagrado, y así como Eva en el paraíso, sin Dios ni culpa, desvelas todos los vicios privados en el espejo albo de tu desnudez.

Verdad es que ella siempre tuvo un espejo, un espejo trémulo de vida, en el que se reflejaba a veces la mar o a veces la silueta de un tejado o una lámpara cubierta con pañuelos de colores o los zapatos del que se había echado a dormir en la cama revuelta. El espejo se movía tembloroso porque colgaba de una cuerda enrollada a un clavo; así, el espejo temblaba por los movimientos del cuarto, por el paso del aire, por el roce de una polilla, por todo.

Cuando llegaste ya existía el presente y lo anterior, el comercio de los labios, las falsas sonrisas, los intestinos, las caderas, ya era esto: un burdel, una inmensa colmena formada por celdas para el sexo. Tus dedos apoyados sobre el espejo, apenas una delgada lámina, tamborilean un «aquí, aquí», o tal vez un «adiós, adiós». Y el tiempo estaba dividido en laboriosos minutos, «Ahora tú. Ya. Adiós. Ahora tú. Ya. Adiós», y las monedas tenían el sonido de un reloj y podían contar una a una tu vida.

Representaste muchas veces la farsa de la mujer que invita al marinero, la sonrisa caída sobre el hombro, los labios húmedos entreabiertos y a esperar paciente cómo se iban formando las ganas y el roce entre los dedos. Él cambiaba de oficio. Fue marino, chofer, tendero, oficinista… daba igual: tenía bigote, vino en un barco, hablaba extranjero, era rubio como la cerveza. «Te quiero más que a mi vida.» ¿Quién puede distinguir los recuerdos? Eran hombres, deseos, gestos, jadeos, brillo de dientes o no, y de saliva o no, luego solo sombra entre muchas.

Dormías. Despertabas y tu cabeza sonaba dolorosamente a resaca y podías escuchar dentro el torpe deslizar de una letra tenaz. «Te quiero más que a mi vida.» ¿Cuánto es eso? ¿A quién? Uno. Te habló con cariño. Como amigo. Como novio, podría decirse. Llegó a declararse. Reíste. Él persistió. ¡Será maravilloso! Un hombre raro. Todos raros. Uno se sintió enamorado. «Te quiero más que a mi vida.» Uno te odió a muerte.

De pronto, todo comenzó a moverse, las luces del burdel, aquellas que hacían caminitos rojos y puntitos amarillos sobre el suelo, la sonrisa golosa del marinero, la saliva amarga. Sorbiste de golpe todos los caminos rojos y todos los puntos amarillos, la sonrisa del marinero y el roce entre los dedos se convirtió en látigo, golpe, desgarro. Las luces daban vueltas, la risa también. Y junto con las luces y la risa, las gentes se convertían en órbitas dispersas, muy despacio.

El marinero-hombre, con el odio metido entre los labios, como un palillo, se acercó. Una mano, una boca, una sombra y un rojizo resplandor incendiado de muerte. El envenenado metal alzó su llama y tu alzaste tu mano y tus uñas se abrieron como cinco pétalos rojos a la luz de las bombillas sobre tu pecho. No sabes si subiste la escalera, si pasaste frente al bar, ni cómo atravesaste los caminos que unen un espejo a otro espejo. Sólo sabes que «sigues sangrando lentamente de mostrador en mostrador, ante una copa de aguardiente donde se ahoga tu dolor».

Los espejos nos multiplican

Un halo de dulzura les retoca el maquillaje cuando un foco rompe la penumbra del decorado, el repicar de la música las estremece, alzan sus cabezas como diosas orgullosas y avanzan por la pista abrazándose a otros cuerpos que refractan pedazos de luz en los espejos rotos de sus vidas.

A las cuatro de la mañana, en la fiesta-velorio, las luces pestañean en su miseria de veinte vatios, las mesas del local están pegajosas por las lunas llenas de los vasos vacíos. A esa hora todo rastro de color se agota. La falta de clientes disminuye el espesor de sus pestañas y el rímel de sus ojos amenaza desbordarse.

Horas más tarde escucharán un anónimo veneciano distorsionado en sus viejas cajas de música y se limpiarán la pintura roja de la boca, apagada y seca ya, y dejarán su vida entera acurrucada en el espejo y volverán a tener miedo, miedo de asomarse, miedo de que te mire, miedo del recuerdo guardado en los ojos, en las pupilas, en el iris, en el cristalino, miedo de los ojos de conejo enfermo del espejo.

27 de agosto de 1960. Madrid aguarda afuera inútilmente encendido hasta que la madrugada vomite ciclistas y barrenderos adormilados y el día comience a repartir imágenes en los espejos de las habitaciones planeando las tragedias cotidianas. La vida está alrededor de los espejos.

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