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La fuga de Pangea ‹ Relatos Bluetales

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La fuga de Pangea

por Relato ganador

El cielo nos llama. Si no nos destruimos, un día nos aventuraremos hacia las estrellas.

Carl Sagan

En el año 2050 y a pesar de la desaceleración del ritmo de crecimiento, la población en la Tierra alcanzó los nueve mil millones de almas, tantas como los nombres de dios. Aunque los Estados Unidos mantenían la hegemonía militar, China era la gran superpotencia económica de la era. La Unión Europea, muy debilitada tras la crisis del euro en 2010, había sacrificado a varios de sus miembros pero no podía competir con el gigante asiático. La India, tal vez nostálgica de su pasado colonial, era el colchón que evitaba el aplastamiento de Occidente. El mundo estaba, así, dividido en dos bloques: uno que hablaba mandarín-cantonés, y otro que se comunicaba en inglés. Internet había muerto en 2037, cuando la Grid desarrollada en el CERN a principios de siglo se convirtió en el vehículo por el que circulaban, a la velocidad de la luz, los e-pensamientos, e-sentimientos y e-mociones de cientos de millones de gridders.

Para los ingenieros y científicos del CERN y el Fermilab que vivíamos en la Estación Lunar Permanente, nuestro planeta seguía siendo un resplandeciente orbe azul y blanco que nos inspiraba un torbellino de sentimientos, especialmente cuando nos retirábamos a nuestros diminutos y austeros compartimentos de descanso. Era una vista fascinante e hipnótica de la que uno jamás conseguía despegar los ojos. En la permanente penumbra del espacio, apenas iluminada por el reflejo opalescente de la alfombra de regolito sobre la que se asentaba la estación, aquella canica dicroica brillaba lejana en la noche del espacio, ajustada a las reducidas dimensiones de las ventanillas. Era como tener colgada en la pared una foto de nuestra madre. Desde aquella distancia los acontecimientos que ocurrían bajo las espirales nubosas eran intrascendentes y cada día de aislamiento aumentaba la imagen de una Tierra perfecta, idílica, libre de conflictos, crisis e incluso de los humanos que las provocaban y las sufrían, silenciosa, en relación síncrona con nuestro propio movimiento entre las estrellas, vagando en armonía por la Nube Interestelar Local, dentro de la Burbuja Local en el Brazo de Orión de la Vía Láctea… Cuando uno llevaba tanto tiempo contemplando el planeta desde fuera era inevitable no sentirse parte del universo y pensar, hablar o emocionarse a escala cósmica; también perderse en el microcosmos interior, divagar y volverse un poco más loco de lo que se le suponía a nuestra profesión y circunstancias.

Casi un siglo después de aquel «pequeño paso para el hombre y gran paso para la Humanidad», habíamos conseguido acampar durante casi diez años en la superficie de la Luna. Las instalaciones eran similares a las bases antárticas, equipadas con lo último en tecnología y con lo básico en comodidad. Éramos trescientos cincuenta y cinco terrícolas de varias nacionalidades, costumbres y religiones, pero un objetivo común: Pangea.

Pangea era la primera nave que el hombre estaba construyendo para viajes interestelares. Se trataba de un proyecto militar y privado, tan ultrasecreto que sólo la cúpula directiva conocía su existencia. Y, desde luego, nadie conocía a sus miembros. Oficialmente la estación Lunar era simplemente un centro de investigación, igual que lo fueron la MIR o la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, trabajábamos en la clandestinidad, amparados por la timidez de nuestro satélite, en su cara oculta. China nos observaba de cerca desde el Tiangong, su palacio del paraíso —a pesar del comunismo continuaban poniendo nombres rimbombantes e imperiales a sus misiones espaciales—. Sin embargo, la NASA había burlado la vigilancia de la antigua Catay y enviado los huesos de plastiacero que formarían el esqueleto de la astronave sin levantar sospechas en los recelosos orientales. En las tertulias de la noche se postulaba la hipótesis de que los chinos eran desconfiados por culpa de sus ojos: la reducción del campo de visión los condenó a la cautela, primero, a la sospecha después y, finalmente, a la malicia y la suspicacia. El único biólogo marino de la base —un neozelandés apodado «Flipper»— no tenía tanto sentido del humor y solía retirarse ofendido increpando a los ingenieros de sistemas —inventores de varios chistes malos— por sus inmorales muestras de xenofobia y falta de respeto. No se lo teníamos en cuenta porque entendíamos que después de una década viendo el fondo del mar en la pantalla de un ordenador, por muy tridimensional que fuera, el hombre tenía que estar desesperado y enfadado con este mundo y con aquel que le mostraba obscenamente sus océanos desde cuatrocientos mil kilómetros.

La cosmonave constaba de cinco módulos independientes con impulsión propia que podían desensamblarse de la estructura principal en caso de necesidad y funcionar como entidades individuales. Cada uno contenía un banco de germoplasma y un biorrepositorio genético de las especies comestibles para el ser humano. No había sitio para conservar todo el legado de la Tierra. Si encontrábamos un planeta habitable, no habría leones, tiburones o águilas calvas; ni bosques de hayas, estanques con lotos o campos de tulipanes. Plantaríamos trigo, cebada, maíz y arroz. Criaríamos gallinas, vacas, ovejas, cerdos y tilapias. Y puede que entonces nos diéramos cuenta de que Tierra no hubo más que una y la esquilmamos y torturamos hasta que ni siquiera nosotros mismos pudimos seguir en ella. Estos habían sido mis pensamientos nostálgicos en los primeros años en la Luna. La gravedad artificial y los sobres de comida liofilizada los disiparon como polvo que se sopla de un libro antiguo y olvidado.

Para ser consistentes con el proyecto, los responsables querían bautizar los módulos con el nombre de cada continente, pero comenzaron las discusiones habituales y transmitidas de generación en generación desde por lo menos 1783. Algunos sostenían que América no era un continente sino tres, y que Europa y Asia debían considerarse como Eurasia; esta idea no satisfacía de ninguna manera a los afectados que reclamaban su independencia continental argumentando que podría obviarse a África ya que no había ningún representante en la misión; esto condujo a las airadas protestas de Flipper quien reivindicaba la «continentalidad» de la Antártida, a pesar de su peligroso agujero de ozono —del tamaño de Australia—, y de Oceanía. Tras varias horas de discusión y de descartar la construcción de más módulos para complacer las demandas geográficas, uno de los astrofísicos del proyecto sugirió denominarlos como las estrellas errantes de la antigüedad, pues ese era su destino en realidad. Así que, anticipando el espíritu de cooperación y unidad al que nos deberíamos someter más o menos voluntariamente durante la construcción y puesta en marcha de Pangea, la propuesta fue acogida con una gran ovación y suspiros de alivio, gestos ambos que nos definían claramente. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno fueron construyéndose simultáneamente durante diez años.

A finales del 2050 todo estaba listo para las pruebas de encendido del recolector láser y el motor de fusión. Un siglo antes, lo que estaba a punto de suceder había sido ciencia-ficción, un sueño para científicos visionarios e ilusionados de entonces, como el físico Robert Bussard o el doctor Bae, padres de las ideas que se habían materializado en Pangea. Habíamos construido un reactor que fusionaba los átomos de hidrógeno recogidos por el láser. El motor conseguía una aceleración exponencial hasta que las partículas alcanzaban la velocidad de la luz. Y no era del tamaño de un satélite como la Luna, como los prototipos diseñados setenta años antes.

En realidad, lo que habíamos conseguido fue un milagro. Un milagro, sobre todo, porque en el último segundo se evitó la destrucción del planeta… Fueron muchas las críticas populares que el CERN recibió en 2008 cuando puso en marcha el Gran Colisionador de Hadrones, por el enorme presupuesto en período de crisis, los ingentes recursos humanos —especialmente ingenieros y científicos— y las catástrofes imaginarias que provocaría un fallo. No nos agradecieron, por el contrario, que inventáramos Internet y después aceleráramos no sólo partículas sino también la velocidad de descarga de películas y música cuando les dimos la Grid. Típico del humano medio. En cualquier caso, y a pesar de las protestas del mundo profano, no sólo alcanzamos energías de 1150 TeV cuando recreamos el mini Big Bang de 2010 o mantuvimos el presupuesto libre de los recortes previstos durante la crisis económica de aquella década… Fuimos más allá. Mientras el resto del planeta se ahogaba en sus conflictos políticos y económicos, nosotros nos mantuvimos ocultos bajo tierra, en conexión con los chicos americanos del Fermilab, intercambiando petabytes de datos que nos condujeron al futuro cuando en la superficie seguían estancados en un presente que recordaba a pasados olvidables. Yo estuve allí, en mayo de 2018, cuando conseguimos reproducir el proceso de fusión del hidrógeno en el interior de una estrella, accidentalmente. Se produjo una fuga de helio líquido refrigerante de los imanes superconductores y provocamos un agujero negro del tamaño de un balón de Pilates que atrapó los átomos de helio, comprimió sus núcleos hasta derrotar las fuerzas de repulsión y los transmutó en berilio. La energía liberada estuvo a punto de romper el aislamiento magnético del CERN y sólo imaginar los efectos del cataclismo me provocó pesadillas durante varios meses tras del incidente. Afortunadamente un ingeniero de sistemas coreano que fue jugador profesional de Starcraft en sus años de acné tuvo la sangre fría y la habilidad de manejar él solo el panel de activación de los campos de contención, habitualmente controlado por media docena de técnicos. Hubo una gran ovación y suspiros de alivio. Ya encerrado en un campo tensorial, el agujero negro fusionó átomos de hidrógeno pesado y los expulsó convertidos en helio a velocidades cercanas a la luz. «Flash», como fue bautizado, se convirtió, pues, en el motor de propulsión con el que soñábamos para viajar por las estrellas. Por fin, el Enterprise o el Halcón Milenario, el hiperespacio y la hipervelocidad trascenderían el reino de los efectos especiales para convertirse en realidad.

Y así, un 20 de diciembre de 2050, honrando la memoria del legendario doctor Carl Sagan, el silencio se hizo silencio. El láser del recolector se iluminó con una fosforescencia verdosa, como una enorme luciérnaga en mitad de la noche estrellada. El haz atraía y atrapaba incautos átomos de hidrógeno que vagaban solos por el vacío interestelar, igual que las moscas caían achicharradas en los antiguos matamoscas eléctricos. La eficacia de nuestra peculiar caña de pescar superó las expectativas de los modelos teóricos al procesarse los datos. Todo el equipo contuvo el aliento cuando en la pantalla del ordenador central apareció el resultado de la prueba: 104 partículas por centímetro cúbico, una densidad similar a la Sagitario B2, la mayor nube molecular de la galaxia. Flash se daría buenos atracones, sin duda. Después de los suspiros de alivio al no haberse generado la suficiente radiación en el interior del agujero como para provocar una singularidad, una sentida ola de aplausos corrió desde la sala de control hacia el resto de dependencias, y en pocos instantes setecientas diez palmas acompañaban al ritmo emocionado de nuestros corazones en una gran ovación.

Pangea estaba preparada para conquistar la orilla del océano cósmico e internarse en sus oscuras y misteriosas aguas. Y zarpó, sí, años antes de lo previsto, cuando se desató la tempestad que asolaría el Sistema Solar.

A principios de 2051 comenzaron a recibirse lecturas aparentemente disparatadas desde la constelación de Pegaso. Se pensó en un fallo de los lectores astrométricos de la base, dado lo absurdo de los datos. Pero cuando los observatorios de Cerro Armazones, Mauna Kea, Gran Canaria y el telescopio espacial James Webb colapsaron nuestras pantallas con la misma imagen en distintas frecuencias, no hubo dudas. Toda la sala de control se convirtió en una exposición retrospectiva del pop art de Warhol y sus obsesivas series sobre Marilyn. Allí teníamos el sistema binario IK Pegasi en toda la gama del espectro: rayos gamma, rayos X, ultravioleta, infrarrojo, onda de radio, luz visible. Un sistema estelar binario preparando su autodestrucción. No había tiempo para evacuaciones masivas, apenas sí lo teníamos para poner a punto la nave.

Yo estuve allí el día que nos reunimos los trescientos cincuenta y cinco miembros de la Estación Lunar Permanente y sometimos a votación la única opción que teníamos: huir en Pangea. Suspiros de alivio, apenas audibles, aunque esta vez, no hubo ovación. Únicamente Flipper manifestó su intención de volver a la Tierra. La idea de explorar mares de otros planetas, o la de intentar sobrevivir a una muerte segura, no superaron el deseo de regresar a su Nueva Zelanda natal, a su pacífico océano azul y verde, a las últimas ballenas y los últimos corales. Una vez se hubo marchado, la estación cerró las comunicaciones con el centro de mando terrestre. Asumimos la responsabilidad de proteger la continuidad de la raza humana a cualquier precio. Y no nos iba a ir mal: los mejores cerebros estaban representados en los que seríamos los últimos especímenes. Definitivamente no éramos humanos de tipo medio. Nuestros intelectos eran superiores, por eso estábamos allí. Tal vez incluso estuviésemos predestinados a permanecer, como depositarios del conocimiento adquirido y del que estaba por llegar. Nadie como nosotros era capaz de imaginar, interpretar, comprender e incluso sentir la infinita complejidad del universo. En la Tierra deberían estar agradecidos de que nos salváramos.

Pangea se desplegaba sobre la superficie de la Luna como una orquídea caída en un estaque. Los cinco módulos se abrían como pétalos alrededor del centro, el puente de mando, una burbuja de permacristal facetado y cermet prácticamente indestructible ante cualquier tipo de radiación. Para mediados de julio el complejo entero estaba en estado de alerta constante. El interferómetro láser de a bordo y los datos de rayos gamma transmitidos desde el MAGIC anunciaban la inminente supernova tipo I-a, el mayor espectáculo conocido de la naturaleza. La masa de IK Pegasi B, la enana blanca del sistema, superó la masa de Chandrasekhar el 29 de julio y la explosión se produjo el día 3 de agosto.

El silencio tartamudeaba suavemente por la estática de los receptores de ondas de plasma. El ordenador central codificaba las señales de radio en frecuencias audibles… y por primera vez los humanos escuchamos el sonido del Armagedón.

Primero llegaron los neutrinos de alta energía, libres de casi cualquier interacción, desbocados, compitiendo con la luz en su carrera infinita por el tapiz espacial. Nos atravesaron con su habitual indiferencia, puede que a sabiendas de la insignificancia cósmica de nuestras vidas. Después un pitido ensordecedor precedido por un estallido de luz blanca que anuló casi por completo nuestros sistemas vitales y mecánicos. Me quedé inmóvil, cegado por el resplandor y aguardé la venida de la oscuridad y la muerte sigilosa. No pude esperar más en ese instante. Por el contrario, el momento trascendente se truncó por la avalancha de empujones y zarandeos de mis compañeros que corrían espantados hacia sus respectivos puestos. Aturdido y confuso también me lancé desesperado hacia mi asiento en el puente de mando, en el control de propulsión. Despojado de cualquier emoción, el ordenador principal listaba las acciones que se iban ejecutando. Y fue en esa voz monoaural y neutra donde encontré el reconfortante clavo al que agarrar la molécula de serenidad que me quedaba. Sin embargo, todo estaba por llegar.

De los altavoces manaba, gota a gota, la cuenta atrás. La del fin de nuestro mundo. Tres… dos… uno… ignición. Una familiar fosforescencia verdosa envolvió a Pangea en el instante en que la onda gravitacional de la supernova alcanzaba el Sistema Solar. Nuestro Sol salió despedido a varios millones de kilómetros. La Luna se desintegró bajo nuestros pies y el precio ya calculado que pagamos por utilizar la cresta de la ola para autopropulsarnos fueron Júpiter y Saturno, los módulos exteriores, que sacrificaron la energía de su blindaje para proteger el núcleo de la astronave. Al mismo tiempo, sus homónimos planetarios se vaporizaron y el caos antigravitatorio provocó la desbandada del Cinturón de Asteroides, que lapidaron en segundos a Marte, la Tierra, Venus y Mercurio. Cinco mil millones de años de existencia, miles de millones de seres vivos únicos e irremplazables pulverizados en un soplo. Realojados en los compartimentos de descanso de los módulos supervivientes, el personal evacuado de los heroicos Júpiter y Saturno asistía en silencio a la aniquilación de nuestro luminoso planeta. Sólo quedó un vacío oscuro en la ventanilla, como la marca que deja una foto al descolgarse después de mucho tiempo. No hubo más suspiros de alivio. Se olvidaron las ovaciones.

Pangea se convulsionó debido a los impactos de los escombros y a la tensión de las fuerzas cósmicas interactuando simultáneamente sobre ella. Sujetos a nuestros asientos integrados en el armazón de la cosmonave, desconocíamos lo que íbamos a experimentar. Todo lo que generaciones de científicos y filósofos se habían estado preguntando nos iba a ser respondido, allí, en el interior del torbellino cuántico que nos iba engullendo. Y éramos los únicos capaces de comprenderlo y asimilarlo. Después de todo habíamos abandonado la estrechez de un planeta para contemplar la amplitud del cosmos, renunciado a un modelo de vida milmillonario para dejar la nuestra a merced de mil millones de estrellas.

La nave perdió el rumbo en semejante tempestad cósmica. Durante un intervalo indefinido, puede que minutos, puede que décadas, fue a la deriva hasta ser succionada por uno de los chorros de expulsión de materia y energía. Ante nuestros ojos se creaban y destruían partículas postuladas y otras jamás concebidas o imaginables; todo en un yoctosegundo que, sin embargo, parecía durar una eternidad.

De pronto, un parpadeo. Nuestras conciencias se liberaron de los cuerpos físicos y podíamos ver Pangea sacudida por la violencia de la catástrofe desde fuera, como si flotáramos en un campo unificado a una distancia infinita. El espacio-tiempo perdió su dimensionalidad. La astronave y sus ocupantes nos desintegramos en incontables partículas hiperlumínicas atrapadas en una nube de taquiones que las teleportarían a días-luz de distancia, a salvo. Y, sin embargo, seguíamos allí afuera, conscientes, vivos, juntos. Modelamos con fotones unas manos sedientas que llenamos de gravitones y nos arrastraron hacia el horizonte de sucesos del agujero negro que se empezó a formar en el centro de la supernova. Nos asomamos a ese balcón de misterio, ingenuos y libres como la imaginación de un niño. Paladeamos los sabores de los quarks y escuchamos la vibración de las cuerdas de un millón de axiones hipotéticos mientras cruzaban las once dimensiones. Expandidos y comprimidos hasta el infinito se nos mostró el principio, el camino y el fin de todo. La perfección del cosmos se había desvelado en toda su magnificencia.

De pronto, un parpadeo. Al abrir los ojos, una luz azulada penetraba por el permacristal y parecía que estábamos en el interior de un diamante. Cada uno continuábamos en nuestros puestos, exactamente en la misma posición que la última vez que lo recordábamos. En silencio. Era como despertar y seguir en un sueño. Flash engullía los trillones de átomos de hidrógeno liberados en la explosión y Pangea seguía alejándose expulsando una estela de helio, una nube molecular que sería la cuna para un nuevo sistema planetario… tal vez. No importaba. Nuestra humanidad se había desintegrado al tiempo que su planeta de origen mientras nuestra realidad corporal se materializó a salvo a los parsecs necesarios para esquivar la exterminación. Pero seguíamos a bordo, conscientes, vivos y juntos. En silencio.

Monitorizaba las curvas de rendimiento de Flash para pasarle el informe al comandante de la nave: capitán Lee Young Ho, aquel ingeniero de sistemas coreano que una vez en el CERN nos salvara de la aniquilación. Pero al hacer el gesto de volverme hacia el sillón elevado del capitán supe que él ya las había visto a través de mis ojos. Sobresaltado por la toma de esa nueva conciencia común, alcé la cabeza. Todos nos veíamos unos a otros, nos sentíamos unos a otros, nos escuchábamos unos a otros… sin necesidad de hablar, o de tocarnos, o de mirarnos a la cara. Era como si al reintegrarse nuestras masas individuales, se hubieran adherido micropartículas de consciencia de cada uno de nosotros y ahora esos cuerpos fueran únicamente recipientes contenedores de todos nosotros a la vez. No me planteé preguntas, ya tenía las respuestas. Ni siquiera sentí el impulso de permanecer identificado como «yo». Puede que aquel fuera mi último pensamiento propio.

Tal vez suene extraño e incómodo renunciar a la individualidad de la mente, a la intimidad del espíritu, pero la verdad es que ese nuevo estado metafísico nos hizo vernos más humanos que las sesenta mil generaciones anteriores. Anulamos la soberbia, la envidia, el orgullo, la hipocresía, el odio. Ya no nos movían intereses mundanos, primitivos, humanos. Éramos meta-humanos, una especie evolucionada y destinada a dominar mundos ahora que gobernábamos el pensamiento.

Aquella primera Supermente y sus trescientos cincuenta y cuatro apéndices nos lanzamos a toda potencia a explorar la Galaxia. Olvidamos de dónde veníamos porque sólo nos preocupaba a dónde llegar: la perfección. Pero primero necesitábamos un punto desde el que empezar a recorrer el camino: un planeta donde comenzar de cero. Y cuando lo encontramos, en un sector alejado, casi discreto, así llamamos a nuestro nuevo hogar: Zerus.

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