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Incursión ‹ Relatos Bluetales

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Incursión

por Relato ganador

Como de costumbre, despertó por si solo poco antes del amanecer. Se tomó unos segundos para recuperar la conciencia. Nada lo sometía, nada le incomodaba. Se puso la ropa de trabajo tras visitar el baño. Comenzó a renegar del frío que aún se sentía por las mañanas y del habitual dolor de cadera.

Desayunó un cuenco de leche de cabra y un mendrugo de pan. Salió a contemplar el espectáculo del mundo, su mundo. Aún queda mucho por hacer aquí, se lamentó.

A media mañana ya apenas cojeaba. Tomó alguna herramienta y se dirigió hacia la vieja furgoneta. Tras cargar con oficio la escalera en la baca, abrió la cancela y empezó el rito del arranque. No se dio demasiado mal. Ya no hiela tanto, pensó para sí. Cerró la puerta con determinación y arrancó por el camino bacheado que le llevaba al otro mundo, más allá.

Las carreteras, como los ríos, desembocan en otras mayores. Poco antes de llegar a la ciudad el tráfico se intensificaba y su pobre camioneta apenas podía mantenerse por el carril más lento. La acumulación de coches le hizo ir más despacio. Miraba con extrañeza y curiosidad a los pasajeros de los vehículos que mal andaban a su lado.

Siguió la rutina contraria hasta llegar a un paraje casi desierto. Un camino estrecho y con mal firme le condujo a la parcela donde había sido conminado a ir. Se trataba tan sólo de hacerse una idea sobre la reparación de un tejado. Con estas cosas nunca se sabe, igual es para un par de ratos, igual lo tenemos que levantar entero.

Paró frente a una valla blanca, muy larga y muy limpia, junto a la puerta. Llamó y escuchó cómo se abría el cerrojo en la distancia. Atravesó la puerta para entrar en un terreno bien cuidado. Delante se erigía una enorme casa que, aunque arreglada, delataba su antiguo uso como restaurante de campo o albergue de verano. Lo primero que hizo fue calcular con la mirada la altura del tejado: no demasiada, por suerte. Ya caminando hacia la puerta intentó averiguar dónde se encontraban los mayores desperfectos.

Para entrar había que subir un par de escalones; justo disponía a enfrentarse con la postura adecuada para su cadera cuando escuchó una voz.

—Hola, hermano.

Levantó la vista para encontrar ante sí a un hombre mayor con la barba y la melena largas, aunque no demasiado, canoso, de mirada fría pero expresión agradable. Iba vestido con una túnica de color claro.

—Buenos días. Vengo a ver el tejado.

Nada tenía que vender, nada tenía que engañar. Sabía la naturaleza del encargo: no le gustó al escucharlo, pero tampoco dudó cuando fue confirmado por el Gran Hombre. Llevaba tanto tiempo dedicándose a lo mismo que igual que no ansiaba, no temía. Sabía que las satisfacciones y los sinsabores vienen sin aviso, tras una esquina inesperada. Por fin, había alcanzado la paz.

—Acompáñame, por favor.

Tras la entrada encontró una sala diáfana que confirmaba su pasado como antiguo restaurante. Vio las paredes pintadas también de blanco y algunas imágenes en mural. Parte del espacio estaba dividido por biombos, algunas cosas se apilaban junto a las paredes.

Siguió a aquel hombre hacia la esquina más distante y pudo ver lo que ocurría: una gran mancha de humedad y verdín dibujaba una figura muy distinta. Tanta agua es mala cosa, pensó para sus adentros. Justo entonces, el hombre de la túnica se dio la vuelta. Notó que le leía la mirada.

—¿Mala cosa?

—Hay que verlo mejor. Arriba.

La gran estancia tenía una puerta lateral: salieron por ella. El terreno de detrás estaba mucho más vacío, una explanada con un camino hacia unos edificios que parecían viviendas, construidos hacía mucho menos tiempo, un gran espacio vacío de tierra, algo de grama y algún árbol viejo.

—¿Has traído una escalera?

—Si, en la furgoneta traigo una.

Estudió rápido el lugar adecuado para acceder. Tomó la dirección de la salida.

—¿Necesitarás ayuda?

—¿Puedo meter la furgoneta hasta aquí?

—Me temo que no.

—Entonces sí.

La escalera era de hierro, pesada. Fue desatándola de la baca cuando escuchó acercarse a un muchacho también vestido con túnica, algo más oscura que la del Maestro. ¿Maestro? Poco antes de llegar, el muchacho se quejó mirando al suelo. Se dio cuenta de que estaba descalzo. Alguna piedrecilla lo había lastimado.

—Coge por ahí, no dejes que se golpee.

Solícito, tomó con decisión el extremo y acompañó el descenso de los largueros. Entre ambos tomaron la escalera para transportarla.

Llegaron al sitio adecuado, esta vez por fuera de la casa. Posaron de pié la escalera y la afianzaron.

—Sujétala

Subió poco a poco hasta poder observar por encima del alero. Varias tejas estaban resquebrajadas. Con cierta dificultad asomó medio cuerpo, lo justo para poder mover algunas de las cercanas. Bajo ellas, la cubierta de cemento presentaba una gran grieta. No sería suficiente con reemplazar las piezas rotas.

Descendió con cuidado y mandó al muchacho que avisara.

—La cubierta está profundamente rajada, probablemente la cimentación ha cedido. Será necesario recimentar y reparar la grieta.

—No.

—Cualquier otra cosa no durará.

—El edificio va a reemplazarse.

—Lo mejor será entonces rellenar la grieta y sustituir las tejas dañadas. Apenas unos días, mañana podré concretar más.

—Mañana entonces.

Dejó la escalera recogida y se despidió con corrección. Algo de aquel hombre le imponía la alerta. Arrancó y se fue despacio, como vino, calculando el material y la ayuda necesaria.

De regreso apenas encontró tráfico. Llegó antes del rito del alimento, se aseó y dejó que el resto del día transcurriera en la paz de la rutina. Hasta la noche no recibió la visita.

—Hacerlo bien es complicado, pero bastará algo provisional. Van a tirar el edificio para levantar uno nuevo —tras unos instantes continuó—. Mañana me llegaré allí pronto, con el andamio y alguien para ayudarme.

—Paz.

—Paz.

***

Como de costumbre, despertó por si solo poco antes del amanecer. Notó presencias aquella noche, los ojos del Maestro. ¿Maestro? Le incomodaban. Repasó mentalmente la tarea más en ánimo que en concreto. Ya vestido, tomó un tazón de leche de cabra y una rebanada de pan. La cadera lo estaba matando.

Cuando salió, su ayudante ya lo esperaba junto a la furgoneta. Había acercado los hierros y tablones que conformarían el andamio. Lo apañaron todo dentro de la caja y comenzó a implorar el arranque del motor mientras aquel hombre alto, grueso y calvo, lo miraba junto a la cancela.

En aquellas horas, el acúmulo de coches era inexplicable. Todos debían de conocer la imposibilidad de avanzar, a todos parecía pintarles de fastidio: pero allí estaban.

Por el camino enfiló un par de vistazos a su compañero, buscando algo de vida en su expresión. Éste miraba fijamente hacia delante, sin gesto, sin apenas pestañeo. Su paz nace de la locura, recordó.

Llamó algo más tarde de lo deseado. El mecanismo de apertura volvió a sonar, anónimo. No encontró a nadie tras la puerta. Comenzó a descargar y a acarrear las cosas hasta el lugar en el que continuaba la escalera. Habían dejado un ramillete de flores sobre ella: le hizo gracia la ocurrencia. Comenzaron a montar el andamio cuando una voz sonó como un escalofrío a su espalda.

—Buenos días.

No necesitaba darse la vuelta para adivinar de quién se trataba. Se había hecho la ilusión de que trabajarían sin ver a nadie, como en una guarida de roedores que asomarían tras abandonar la tarea.

—Paz.

El hombre de las canas sonrió levemente, fijándose en su compañero.

—Él es mudo.

Asintió volviéndolo a contemplar despacio, aunque sólo un instante.

—Quisiera pedirles que perturbaran lo menos posible. Este también es un lugar de paz.

—Así lo haremos.

Y por primera vez sintió que aquel hombre lo atravesaba, que podía adivinar en cada momento su emoción, cada razón de su desvelo. Notó una corriente llegar hasta su pecho. Un cosquilleó se apoderó de su nuca. Hacía tiempo que la paz no lo dejaba sentir: aquellas sensaciones lo incomodaban.

Se dio la vuelta como defensa y continuó con los preparativos, torpe. Lo sabe todo, pensó. Alzó la mirada y se encontró con la del mudo. Le pareció adivinar un brillo en el fondo de aquellos ojos que creía inertes. Aquello lo puso más nervioso, y apretó con fuerza la estructura de metal hasta que pudo reaccionar.

El sol ya estaba alto cuando terminaron de componer el andamio. Poco a poco ascendió hasta pisar inseguro las primeras tejas. Desplazó algunas y afirmó la postura. Supo que aguantaría bien y comenzó a llenar de piezas rotas una esportilla. Cuando hubo suficientes, la pasó a su ayudante que lo esperaba a medio camino. En menos de una hora, había descubierto el nacer y el morir de la gran grieta y el de dos pequeñas hermanas.

No se podía hacer mucho más. Decidió bajar y regresar al día siguiente con el material necesario. O tal vez dos días después: aún se sentía turbado. Al tocar el suelo, tuvo una sensación de mareo. Tentó el paso. Al darse la vuelta, encontró al muchacho que le había asistido el primer día: lo miraba esperando. Comprendió.

—He descubierto todo lo que está dañado. Vendré lo antes posible con material. Pasado mañana.

—Cuando estés preparado.

Aquella voz lo sorprendió por la espalda, pero la sensación no fue la misma que antes: la recibió con serenidad, como si la necesitara.

—Pasado mañana.

No puso la excusa de conseguir el material, ni otra obligación aún pendiente. Todo estaba claro: nada tenía que vender, nada que engañar. Había aprendido hacía ya tiempo. Se dispuso a repasar el lugar de trabajo y descubrió que tanto el muchacho como su compañero mudo habían desaparecido.

—Él se queda hoy con nosotros.

Fue una afirmación contundente, no cabía la replica. Asintió con la cabeza.

Pasó el resto del día inmerso en la rutina y la reflexión. No hubo visita, no la esperaba.

***

Despertó antes: lo sabía. Permaneció tumbado. Mejor sería no regresar, pero evitar algo no lo soluciona. Deseaba dedicarse a componer su parcela, deseaba que nadie lo molestara. Sólo hacer, perderse en la tarea. Pero aún no había luz: estaba condenado a esperar, a pensar. Trató de vaciar la cabeza, pero nunca había aprendido a hacerlo. Trató de recitar, de musicar, de volver a dormirse. Imposible. El tiempo transcurría pesado. Se incorporó aburrido.

Se puso encima lo primero que estaba a mano. Salió de la casa. El frío lo saludó mordiendo. Levantó la mirada buscando en el cielo algún tipo de consuelo. Caminó despacio. Se dio cuenta de que iba calzado. Volvió al lecho.

Una imagen, unos ojos estaban omnipresentes. Sólo pudo medio dormitar a ratos.

***

Despertó, como de costumbre, poco antes del amanecer. Desayunó un tazón de leche tibia de cabra, no encontró pan. Tras asearse salió dispuesto a trabajar.

Vio la vieja furgoneta y decidió echar un ojo al almacén. Todo estaba como recordaba: había material suficiente. Tomó algunas herramientas y se dispuso a comenzar la tarea. No llevaba demasiado tiempo arañando la tierra cuando recibió la visita. Pasaron dentro. Ya no quedaba nadie.

—¿No has ido hoy?

—No.

—No te veo en paz

—Para encontrar la paz hay que estar muerto.

—Es al contrario

Se sonrió. El Gran Hombre siempre sabía cómo sacar las cosas de sitio.

—¿Mañana?

—Sí.

***

Despertó sosegado poco antes del amanecer. Tomó enseguida conciencia y se levantó. Junto al tazón de leche, halló una manzana. Se vistió con la ropa de trabajo y cargó la camioneta con impermeabilizante y tejas. El cielo continuaba limpio y el aire fresco.

Llegó junto a la valla que tanto le agradaba bastante después. El tráfico era muy denso a esas horas. Entró como lo hiciera otras veces. El mudo ya lo esperaba junto al andamio. Ya vestía túnica, ya andaba descalzo. Sin mostrar expresión, le ordenó traer la pasta de la furgoneta. Comenzó a subir al tejado. Nadie más acudió.

Desde arriba, pudo observar con calma casi toda la parcela, cuánto se extendía detrás de aquellas pequeñas casas. Observó atentamente otro edificio más allá entre unos árboles. Y un pequeño bosquecillo a la derecha.

Preparó las herramientas cuando escuchó el gemido del andamio. Abrió el cubo plástico que le ofrecía su compañero. Comenzó a tapar la grieta.

Descendió otra vez a la tierra pensando cuánto tardaría en secar. No vio a nadie. Mandó traer un viaje de tejas. Sentado en un poyete, vio al mudo acercar la carretilla llena y cómo la iba descargando.

—Paz.

—Paz.

El pelo tan blanco, la túnica tan limpia. La mirada tan fija.

—Veo que mi compañero se os ha unido.

—Fue su voluntad

Y con voluntad, el mudo lo golpeó con la pala en la cabeza. Tal vez demasiado.

Subieron el cuerpo inerte en la carretilla. Lo taparon con una lona. El ruido había retumbado. Supo que algunos saldrían a indagar. Fue por delante abriendo camino hacia la furgoneta. Oía a su espalda la carretilla cargada.

Abrió la puerta de la caja y entre los dos posaron el cuerpo en su interior. Vio de reojo alguna gente asomada a la puerta. Y también lo vio.

Arrancó en motor casi a la primera. Cuando alcanzaron su destino, varios compañeros lo esperaban. Algunos vestidos con túnica y descalzos.

Bajó de la furgoneta. La casualidad quiso que se tropezara en el mismo lugar donde cayó y se lastimó la cadera. Aquel día el mudo también iba tras él, con la carretilla ocupada.

Pasó la tarde tranquilo, sin apenas trabajar, paseando, viendo a las cabras. Todo estaba ya resuelto.

***

Despertó por si sólo poco antes del amanecer. Estaba descansado, había dormido bien. Vestido y desayunado encontró su ayudante esperándolo fuera. Llevaba la túnica, pero iba calzado. No le seducía la idea de una hora de tráfico pero, con suerte, sería la última vez.

Atravesaron juntos aquella entrada. Su compañero se había desecho de las zapatillas. Fueron directos hacia el andamio, se pusieron a la tarea. Desde arriba no se divisaba un alma.

Comenzó a colocar las primeras tejas con mano diestra. Casi había terminado la segunda hilera cuando intuyó movimiento. Miró asombrado cómo el Gran Hombre paseaba descalzo por la tierra. Y a pocos metros, el muchacho que lo auxilió el primer día. Se encontraron, éste bajó la cabeza para recibir una especie de bendición. Me veo con túnica una buena temporada, pensó, y también descalzo.

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