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Estuve allí todo el tiempo

por Relato finalista

Abro los ojos. Enmarcado en un arco iris de un solo color, un negro espejo me hace crecer cuando te acercas. En cualquier posición, con cualquier preposición —ante, bajo, contra, desde, hacia, para, por, sobre o tras de mí— mi reflejo equidista, se hace concéntrico, un radiante día en metro sin radio, trescientos sesenta grados a la sombra de un eclipse total en un botón de cielo.

Cierro los ojos. Consciente de mi distorsión al caer por ese agujero negro que taladra el planeta de agua donde ahora vivo, siento vértigo, como estar asomado a un pozo sin fondo abierto en un dedal de océano. Pero lejos de experimentar miedo o desazón, me dan placenteros escalofríos eléctricos… y al entreabrir los párpados, me descubro remontando las corrientes, nadando en una gota de tinta china derramada sobre un ala de libélula.

Suspendido en el cosmos interior de tu pupila, como una estrella que tras varias implosiones ha comenzado a dar luz, me recojo en la calma de una burbuja de noche incrustada en un zafiro… durante los cuatro tiempos de una redonda en un meandro del Danubio azul.

Te encontré una mañana lluviosa de otoño mientras buscaba el calor de un verano ya perdido en el tiempo. Caminaba atolondrado hacia el autobús que me dejaba cada día en la parada Rutina, pensando en cuando una vez fui yo. Antes del desamor y la desilusión, del fracaso y la rendición. Antes del invierno del alma.

Doblé la esquina naufragado en mi propio mar de monotonía, y casi te pisé. Nos asustamos los dos. Te sujeté en mis brazos para no lastimarte. Cruzamos las miradas y me vi reflejado en tus ojos cerúleos. Sentí que nunca había sido tan yo como en aquel instante, cuando te recogí de la calle, mi amado gato.

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