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Bubble Jet, made in New Haven, Connecticut, USA ‹ Relatos Bluetales

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Bubble Jet, made in New Haven, Connecticut, USA

por Relato finalistaRelato Bluetal

No haréis sajaduras en vuestro cuerpo…

Levítico 19:28

1

El cuerpo ascendió lentamente, chorreando agua. La ascensión se detuvo un instante, como si quisiera desde allí, suspendido sobre los demás, hablar un rato y despedirse antes de que se lo llevasen. Uno de los focos azulados del puente buscó en la oscuridad hasta posarse sobre el bulto.

El cadáver estaba medio desnudo. La cadena que lo sujetaba por debajo de los brazos mantenía estos separados del cuerpo. Con la cabeza levemente inclinada hacia delante, el cadáver daba la impresión de una crucifixión en el aire o la de un mártir que en su ascensión a los cielos se lo estuviera pensando mejor, desertar. En seguida dio un brinco en el aire que lo arrancó del círculo de luz y lo acercó a la orilla.

—Vamos, vamos, dispérsense, ya no hay nada que mirar…

—¿Quién será?

Bubble se sintió afectada, quizás porque los brazos ligeramente abiertos del cuerpo parecían reclamar una explicación, o porque al mirar hacia abajo había visto toda la porquería que flotaba en el río.

En cada sueño hay encerrada una clave que es como el manual de despegue de un transbordador espacial o los últimos versos de un poema sanscrito: indescifrable. Cuando el horror y la angustia colman todo el espacio y el tiempo, la pesadilla nos da irremediablemente alcance, la completa saturación de pánico insiste en el terror de la monstruosidad que nos persigue, en el vértigo del vacío bajo nuestros pies o en la opresión de encontrarnos perdidos en calles desconocidas, entre seres amenazantes. La pesadilla es codiciosa. Eso fue lo que vio esa noche asomada entre la gente desde el puente de Ithiel.

Han pasado unos días, y aún el mismo escalofrío de entonces la estremece. La escena vuelve a repetirse, se le ha hecho familiar, aquella pirueta aérea algo tosca la zarandea en mitad de la cama y la despierta con las extremidades rígidas y frías, en la garganta una pálida náusea envuelve el bajón de la amanecida. Y aunque sabe que eso se pasa con una buena ducha caliente, los consabidos síntomas de urgencia, pasión y opresión la revuelven y angustian en demasía.

2

No es necesario empezar por el principio o partir de un final para ir escalando la línea aberrante y reductiva con la cual despachamos normalmente las historias; porque esto, en verdad, no es una historia, sino una larva que se introduce en el cerebro y lo deja con más huecos que un gruyer.

Los hechos son inciertos. Sería necesario para comprender mínimamente una parte ver las ramificaciones, las dilataciones, el intersticio decimal en donde comienza una historia sin la cual no podría contarse ésta. Pero da igual, nos hemos acostumbrado a que no nos importe, vivimos como piezas sueltas en una caja.

¿Por dónde empezar, entonces? Podría hablar de cómo la antes potente ciudad se reseteó chapuceramente tras el apocalipsis y nadie quiso hacerse responsable del día después. Todos parecían encontrarse cómodos en esa especie de limbo histórico en el que la falta de recursos acabó con casi todo bicho bien pensante, y los escasísimos corazones fugitivos que aún latían no eran capaces de despegar el miedo de sus paredes, como el colesterol malo se obstina en permanecer adherido a las arterias. Curarse del miedo es tan difícil como curarse de una sífilis sin penicilina, sobre todo cuando ya no quedan viales de penicilina y el miedo es parte del nuevo código genético. El sentimiento más claramente humano desde que se nace es el miedo, solo que algunos no saben nombrarlo. Quizás Bubble y Sever fueran aún de los pocos corazones fugitivos que quedaban que le pusieron nombre al miedo. Lástima que se sintieran en bandos distintos.

3

Nuestra ciudad en fin de semana transforma sus calles en corrientes que rebosan libido. Los jóvenes de los sectores más alejados se desplazan al centro en busca de una boca chupona. No hace tanto que a los cabrones les dio por marcarse la piel; tal vez la tradición, si aún se recordaran éstas, les venga de los presos que se dibujaban una sirena en el antebrazo para entretener su soledad meneándole las tetas al apretar y soltar el puño. Así de simples eran sus marcas: calcomanías, garabatos o frases cursis que ofrecían amor para siempre con flores de sangre para madres y novias. Ahora, delicados dibujos con sombras y a todo color florecen en los cuerpos: el aguijón que pinta un lagarto enroscado en la pierna, un dragón volando en un hombro, un escarabajo sagrado caminando por la espalda o un diablo devorador de almas, marca con dolor la piel que se va abriendo al ardor de la tinta.

Por todos lados, fragmentos de cuerpos empapados en tinta. Cuerpos delineados en la epidermis pigmentada de un brazo. Un abrazo de serpiente acinturado. Rostros dados al olvido en una espalda. Unos glúteos asomando por el drapeado de los pliegues de una cadera. Una mano abierta que se quedó hueca en un gesto vacío. Restos de cuerpos pegados al lienzo de la piel. Parcelas de piel arañadas por el arrebato del clímax. Cadáveres enroscados en otros cadáveres, aunque sin duda son cadáveres de fiesta. La angustia es tal, el caos es tal, que los cuerpos sirven de pista de aterrizaje para la adrenalina.

Cada dibujo es del cuerpo que lo posee, lo acaricias y te encariñas con el desollado del pellejo y con su costra. Quizás no existan ceremonias demoníacas ni cruentas rúbricas rituales, pero secretamente tras el tatuaje hay de por medio un acuerdo de compraventa de pasiones por el precio de sentirse vivo o lo que sea; depende de la hora, el dinero o el feroz tedio.

Los tatuajes van delineando una nueva geografía sexual apócrifa, algo así como un diluir fronteras y vivir en otra dimensión, con otra identidad. Lo he visto en innumerables ocasiones en La Guarida: hileras de hombres entrando vivos pero saliendo tallados con los colores de la muerte envidiosa. Esa pupila aguja que hay en La Guarida pincha para provocar directamente la muerte.

4

La máquina comenzó como un simple plóter made in New Haven, Conneticut, USA. En un principio se alimentaba sólo de protocolos gráficos y tinta. Aún siendo un inerte aparato algo siniestro, al igual que lo son los pájaros mecánicos, las muñecas animadas u otros ingenios autómatas, fue sufriendo mutaciones cada vez que una gota de sangre se incorpora a sus circuitos o un jirón de piel se ensamblaba en sus engranajes.

Dilly era su último técnico. Hacía bien su trabajo, y si no fuera por esas manos ásperas y esa prominente barriga con la que se rozaba continuamente, hasta podría gustarle: era listo y, sobre todo, seductoramente cínico.

—Esta máquina es como un cuerpo sin órganos, un subconsciente esquizofrénico.

—¡Joder, Dilly, qué bien dicho!

Dilly dio varias vueltas alrededor de la máquina y con un gesto teatral enmarcó entre sus manos a una reluciente y puesta a punto Bubble Jet made in New Haven, Conn.

Voilà. Con este nuevo motor no necesitarás corriente para funcionar, el magnetismo te hará girar. Podrás ir más rápida, yo diría que dos o tres centímetros cuadrados por segundo. Ganarás en precisión.

La máquina en cuestión tenía una serie de ruedas de caucho colocadas en paralelo a una pulida superficie de acero con forma humana. El cuerpo se instalaba entre esa superficie y las ruedas, entonces estas giraban por encima de la piel tensándola para dejarla lista para los cabezales que caían serpenteando como largas trenzas vikingas. Los numerosos inyectores pulverizaban tinta a medida que la piel aprisionada se acerca, casi podríamos pensar que al oler su sebo reaccionan hociqueando y escupiendo. Hambrienta, va calentando los pigmentos haciéndolos pasar de líquido a gaseoso para su expulsión. Una vez fuera se enfrían y las gotas se inyectan a través de las agujas.

—Estupendo

—Además, ahora da igual qué tipo de piel sea: joven, vieja, escarada o leprosa. Si metes la piel a lo ancho girarán más lentas que si se mete a lo largo, es lo único. Por cierto, tenemos unas nuevas máquinas láser microtopográfícas que nos traen de Chequia, ¿no has pensado hacerte modificaciones?

—No, Dilly. Todo está bien como está. Mis clientes no se han quejado.

—¡Ja, ja, ja! No pueden, Bubble.

5

La Guarida está iluminada por un neón de Anís del Mono, como en una película de los cincuenta, en donde siempre hay una ventana y un luminoso que relampaguea entrecortando la escena, pintando los cuerpos de fluorescente y poniéndole precio a cada caricia con su propaganda comercial.

Todos desfilan por el local, cada vez un poco más adictos. Todos menos Sever, ese joven negro como la tinta, ese que se hace el difícil, ese que prefiere quedarse sentado en la escalera cagado de frío tiritando diente con diente. Entorna los ojos hasta nublar el neón de La Guarida como si no quisiera ver, como si quisiera borrar esa Capilla Sixtina del grabado obsceno sodomita.

No quería entrar en La Guarida, odiaba ese lugar —«de mala vida y maricones», decía—, solo iba por acompañar. El cuerpo de Bubble conectaba directamente los sentidos con las vísceras. Sus amigos tiraban de él con sus crueldades y burlas, hasta que Bubble gruñía.

—Si no quiere, no quiere, dejen de molestar a este pobre cabrón.

—No tan pobre —ontestó Sever mirándola de frente—. Tengo principios.

—¿Y eso qué es, guapo?

Bubble lo miró por encima de sus cieciséis centímetros de tacón de acero inoxidable, una mano acomodada en la cadera y la otra sujetando delicadamente sus apéndices de gorgona. La bata china abierta mostraba un pezón plano, que era el rosado corazón de una margarita tatuada, marca de serie. Sus ojos estaban llenos de una vida diferente, afablemente malévola.

—Tengo sentimientos.

—Pero bobo, si éste es el palacio de los sentimientos, corazón.

—¡Tú no lo entiendes!

—¿Y qué tendría que entender?

—Las cosas que están pasando.

—¿Qué cosas? Yo veo que todo está bien. Ellos están bien, yo estoy bien. ¿No me encuentras bien?

Bubble acariciaba su pezón. Reconoció ese sobreactuado tono de santurrón relamido hijodeputa que quiere, pero no quiere; aún así le pone ese cliente de lo inconveniente y se relame con su miedo.

—Te estoy hablando de otras cosas.

—¿Qué cosas? A ver, dime.

A Sever se le afinó la voz y no pudo mantener la punzante mirada de Bubble.

—Tu no entenderías, yo no soy un… pero no puedo dejar de… me siento un…

—Bah, bah, bah… Dime, ¿a qué le tienes miedo? Cuéntame.

—Ven —le dijo Sever arrastrándola al alfeizar enrojecido por el neón de Anís del Mono—. ¿No te das cuenta? —preguntó Sever apuntando con los ojos hacia ese exterior enfermo y resonante por el crepitar de los cuerpos que se iban fermentando—. Esto es lo que haces: corromper lo que tocas. No quiero ser como el resto.

—Suena bonito —afinando el receptor, Bubble dijo con cierta lujuria—: parece música, podríamos hasta bailarlo.

Un vez más se cortó la electricidad.

—No pasa nada, no pasa nada —grito Bubble mientras se adentraba en el pasillo.

Sever oyó y vio el gruñido de un fauno con orejas de conejo en el mismo momento en el que apareció por el pasillo una refulgencia amarillenta. Un reflector conectado al suave cuello de Bubble iluminaba sus facciones andróginas, con su bata china y sus tacones altos.

Sever volvió a mirar la ciudad. La ventana que antes había perdido su marco luminoso recortaba el esqueleto de un mono sobre el cielo postapocalíptico de la ciudad.

—Ahora sí, ¿comenzamos? Bubble está lissssta… Túmbate.

Le susurró quedo en la oreja, deslizando la punta de la lengua por sus pliegues. Sever se dejó lamer la piel para no escuchar el vibrante zumbido del motor. Se dejó arrastrar por la ebullición caliente del aguijón de Bubble. Ahora, la punta de la lengua metálica recorría su pecho y una mano acariciaba su vientre. Dejó que la lengua cosquilleara su cuerpo: era como la lengua tibia de un animal que limpia las heridas lamiéndolas.

Ya. El cuerpo aflojado, una lágrima serpentea por su mejilla, una sola gota que se suelta. Una lagrima que lo nubla y rueda lenta por su cara al encuentro de esa lengua que la sorbe, como si Bubble se bebiera un trago de su miedo, sin hablar, sin decir nada, si tan siquiera emitir un sonido. La lengua sigue dibujando su cara como un pincel, se dejó pintar la boca por ese pájaro de saliva.

Hubo una alarma que no sonó. Nadie madrugó ese día, tampoco el héroe cansado de que su heroísmo tuviese que alzar una virtud por encima de otra virtud. Sus ojos seguían las formas que se iban perfeccionando sobre su pecho, el efecto era una danza que hipnotizaba capaz de fundir la realidad. Los sucesivos trazos eran un estado de gracia bajo el que todos querríamos guarecernos. Todo aquel descomunal latido de imágenes era capaz de reventar una vida de vulgaridad.

Bubble se despegó de su cuerpo con la mirada húmeda. Sever esquivó las pupilas de ese hombre que bajo la luz amarillenta de su cuello siguen brillando. Bubble había hecho su trabajo, había saciado su hambre. Y es que no hay verbo que exprese en toda su extensión el efecto de enfrentarse a esa idea.

—Está bien —le dijo Bubble después de un rato—. Ahora lo taparemos para que fije.

6

En La Guarida Bubble tenía preparado un cuarto para Bubble, donde pudiera sentirse cómoda, con cortinas de metal para velar la luz de la realidad, evadirse de las miradas ajenas y ocultar las caricias furtivas. Y para hacer menos agónica la espera, llenó la estancia de plantas digitales, perfectamente recortadas, y un cómodo sillón de confesiones trasnochadas.

Bubble era un travesti binario bajo los efectos de un neón rojo pasión, un alma inhóspita, turbia, siempre con el corazón ebrio de ira sin sitio para el sacrificio o la rebeldía. La vida era dura para todos, también para ella. La frustración la lanzaba a un sumidero de regusto compasivo impropio de él. Sabía que era inútil toda pretensión de retenerlo.

Un poco adelantada con la mano tanteó debajo del sillón y encuentró la botella de vodka, que vacíó de un trago.

—Huirá… Sever huirá en busca de la muerte fiel. Hago esto por placer, porque no sé hacer otra cosa, por si aparece… qué se yo, que todo hay que decirlo… pero sólo veo niños y niñas que aprenden a subir escaleras de forma imprudente e irremediablemente se pegan la hostia padre al saltar un peldaño más… Hombres y mujeres hechos en serie, que acabarán barriendo el suelo de sus vidas con una violencia explosiva, jodidos porque no consiguen ni asomarse a lo que quieren. ¡Un espectáculo hermoso! Todo es mezquino, indigno… lo otro es pura paja mental… hago esto por placer…

Le gustaría desconectarse pero sabe que ya no puede. Dilly hizo bien su trabajo: aquel último protocolo no compatible fue doloroso pero altamente eficaz, un rito iniciático de pura humanidad.

7

Sever pronto comenzará a sentir la transformación. «Cómo será», se preguntó sin decir nada, «cómo será», se preguntó ante el horror de una muerte no solicitada. Echado en la camilla no se respondió. La lluvia que se suicida y grita en ese caer a plomo sobre el cristal de la ventana respondió por él: plaf, plaf.

A partir de ese momento fue un hombre en caída libre, cabeza abajo, impotente pese a su fuerza y pese a que estiraba con energía los brazos y las piernas: caía entre pájaros que se burlaban de él y otros que pudieron salvarlo pero no lo hicieron.

Los ojos cerrados y las manos dejadas sobre el costado, las costillas apenas cubiertas por una sábana blanca y allá, en las antípodas, sus pies. Debajo de la sábana era él mismo a solas con su cabeza y sus costillas y sus pies, a solas con su piel. El cuerpo y la dermis, el cuerpo y el deseo inconveniente.

Todo eso lo pensaba entonces, cuando la vida se abría como llaga y se ensanchaba como los bordes de las heridas que no se cosen y todo se estremecía en su interior y convertía su mente en una pura ruina que le causaba estragos. La luz más apagada que nunca. La luz inexistente.

Sever sabía que era él el que se acaba, el que se evaporaba, el que se alejaba confundiendo la gama de colores bajo la penumbra. Los dibujos que en él habitaban, sus colores, sus formas, respondían a su habitual visión, pero a la vez estaban deformados como si fallaran las reglas de la perspectiva. El terror se apoderó de él cuando intentó hallar fronteras que debían existir pero no existían: todo se reducía a líneas minúsculas que luego se inflaban hasta el punto de explotar en sus ojos sólo con pensar en ellas.

Presa del pánico, se desdobló dentro de su envoltura de carne y por un momento se vio a sí mismo sujetando todo ese espacio saturado de iconografía, intercambiado fluidos con una máquina. El latido convulso creció miedosamente a medida que miraba cada una de las imágenes tatuadas que se densificaban con la luz, tan saturadas de significados que habían perdido toda posibilidad de significar algo.

Sintió nubes sucias y enmarañadas en la boca, su lengua toco hileras de dientes aflojados, y paladeó el sabor de uvas pasas. Al mismo tiempo las paredes de su estómago pulsante se estiraron y encogieron mientras los ácidos rozaban su piel lamiéndola con una lengua áspera e invisible.

Murió mucho antes de que su cuerpo se diera cuenta, desde dentro. Aquello trajo la nada fría y total, el abismo sencillo. El abismo de un paso en el puente de Ithiel.

8

La primera vez de cualquier deseo está fuera de nosotros, ese deseo en estado puro, inédito, está subordinado a la existencia de un otro. Aquel deseo puro, inédito, gozado por primera vez, es la imagen de Bubble Jet iniciando otra historia; tal vez, esta vez, la historia de un Guillermo Tell saeteando el corazón de su hijo mientras se come una manzana Fuji.

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