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Ascopena en el bar de Paco ‹ Relatos Bluetales

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Ascopena en el bar de Paco

por Relato Bluetal

Llevaba todo el día tocándome los cojones, así que no me extrañó que el jefe me gritara furioso a la cara, se le hinchaban las venas del cuello y de la frente, y me amenazara con echarme. Así que con mi cara de idiota sempiterna le mande a la mierda, tire la caja que tenía entre las manos y salí por la puerta del almacén encendiéndome un cigarro, de los malos y baratos, claro.

Le dije que en un par de horas me pasaría a por mí finiquito. Ya estaba pensando en qué me lo iba a gastar: cerveza, whisky y putas. Cuando uno tiene la cara que tengo yo o te vas de putas o te haces leñador en un bosque perdido de Huesca y te tiras a las cabras.

Hacía tres meses que había llegado a la ciudad, buscando trabajo y un sitio donde dormir. El apartamento lo encontré enseguida: una señora mayor de apellido García y con verrugas en el moflete tenía uno para alquilar. Pedía demasiado, así que me la tiré en el rellano y ya más tranquilamente en la cama le comí lo más oscuro. Olía y sabía mal, pero peor se estaba en la calle tirado pasando frío, así que tragué y seguí hacia adelante.

Al día siguiente visité más de diez fábricas hasta que en una donde hacían cajas de cartón vi que necesitaban un mozo de almacén. Mentí como un bellaco diciendo que tenía experiencia en almacenes y entré como si tal cosa. La paga era una mierda pero me permitía pagar el alquiler del apartamento, cogerme una curda casi todas las noches y comer algo caliente de vez en cuando. Y cuando no llegaba a fin de semana le limpiaba los bajos a la señora García y me metía en el bolsillo del pantalón veinte euros.

Había noches que pensaba erróneamente que mi vida era un calco de la vida de Bukowski. Ya me gustaría a mí: él en su desgracia y podredumbre tenia clase, yo ni conocía ni entendía lo que significaba la palabra. Nunca había ganado nada, nunca nadie me había querido, ni siquiera mis padres, y tampoco nadie esperaba nada de mí. Yo mismo era la propia extensión de mi vida sin terminar.

Dos horas fueron suficientes para acabarme el paquete de cigarros, ir a comprar un par de ellos más para la noche y dirigirme al almacén. Allí me esperaba el cabronazo del jefe con un sobre en la mano; evidentemente ni siquiera me dio lo que me correspondía, pero agarré mis quinientos euros y salí de allí con la cabeza bien alta. Mi ex jefe mientras me gritaba e insultaba, pero en esos momentos yo estaba a otras cosas, como vengarme con algo de clase.

Fui a comer a un bar de obreros y pedí una ración de alubias y una cerveza. Comí tranquilo, sin prisas. Hasta me permití pedirme dos cervezas más y fumarme unos cigarros mientras veía las noticias en la televisión del bar. Para terminar pedí un café bien cargado al que eché seis cucharadas de azúcar, un par de cigarros más y ya estaba preparado.

Me dirigí de nuevo al almacén de cajas de cartón, pero me quede parado en el aparcamiento de la empresa. Busqué el coche del jefe, un Audi A6, y muy despacio y muy tranquilo subí por el capo hasta llegar al techo. Me baje los pantalones y después los calzoncillos, me acuclillé y me encendí un cigarro: solté todo lo que tenía dentro de mí y me permití el lujo de mover el culo haciendo giros despacito. Apreté todo mi cuerpo por última vez y solté una lagrimilla de dolor cuando por fin descubrí mi obra de arte: un mojón de proporciones bíblicas en forma de browny que soltaba un vapor calentito y un olor inconfundible a mierda que echaba para atrás.

Dicho y hecho, me bajé del coche como un señor marqués y me fui andando muy despacio, regocijándome y pensando en la cara que pondría mi ex jefe cuando viera semejante monstruo coronando su precioso coche; es más, mi cara se contrajo de risa cuando pensé como quitaría esa montaña de bosta sin ensuciar más su coche.

Fue una buena mañana, sí señor.

Andando por la calle sin prisas y sin tener dónde ir, empecé a pensar en qué me gastaría la pasta del finiquito. Estaba claro que no lo iba a guardar debajo del colchón, así que me lo gastaría en una farra de órdago, o esa era mi intención. Podía ir al Lidl y comprarme bebida por valor de quinientos euros y ahogarme en ella en mi apartamento o salir por ahí. Así no estaría tan solo; esa noche no me apetecía que la señora García me abriera su alma de nuevo, no quería tener pesadillas y menos levantarme con olor a calamar podrido en la boca otra vez.

Me conocían en todos los bares del pueblo y de todos me habían echado. Sólo quedaba uno al que no había ido nunca, un antro detrás de la plaza del pueblo, con la puerta roñosa y música folclórica atronando a todas horas del día y de la noche. Me dirigí hacia allí silbando una cancioncilla del Fary y mi mano derecha acariciando los billetes nuevos de cincuenta para gastar.

El bar de Paco era lo que ponía en el cartel que estaba encima de la puerta. Lo miré durante un momento y empujé la puerta. Cuatro parroquianos estaban en la barra. Me dirigí hacia ella con garbo y salero, como el torero que sale delante de un toro de seiscientos kilos y que sabe que va a salir con las dos orejas y el rabo y como se descuide hasta  con un cuerno en el bolsillo.

—¡Jefe! ¡Un whiskito aquí, ya!

—¿Nacional o pijo? —me contesta el camarero, un señor enjuto, con cara de cabreo, los ojos inyectados en salmorejo, con un palillo entre los dientes, las patillas de Curro Romero y la voz ronca de cazallero, de camarero que se bebe sus propios brebajes, para entendernos.

—¿Cómo dice? —pregunté desconcertado.

—Que si lo quieres DYC o de los otros, coño.

—Nacional, nacional —conteste raudo y veloz.

Con DYC podía tirarme tres días de whiskitos y sin temblarme la voz ni una vez.

Diez segundos después tenía mi agua de fuego segoviana delante. Me encendí un cigarro y le pegué un trago largo y profundo, joder, tan largo que me lo acabe ipso facto, así que pedí otro, ¡que cojones!, la noche era joven… Eran las siete de la tarde.

A mi derecha estaba una señora gorda como un tonel de ron, con su propia atmósfera etílica pululando alrededor de ella, rubia de bote, labios gordos pintados de rojo puta, un jersey también rojo de lana ajustado —gracias a él podías contar sin problemas y a una distancia de diez metros los diferentes michelines y sus distintos niveles de grasa saturada y polisaturada—, un bolso azul de Lluis Phuton, comprado en el chino de la esquina, zapatos de tacón de charol verde y un lacito a juego de lo más mono. Con la mano derecha agarraba un vaso de vino y con la izquierda una croqueta de jamón del siglo III antes de Cristo, seguramente obra de la abuela del camarero. Lo peor era su sonrisa, de mujer que se lo ha comido todo y ahora no se come más de lo que me como yo, a saber, una mierda como un piano, pero que no deja que una oportunidad se le escape. ¡Ojo, peligro! Puede ser una fiestas perdedora como yo, «prevenir antes de curar» me grita mi mente. Todo se verá.

A su lado y con ojillos de lazarillo, un mastuerzo del campo, bajito, fornido, con brazos como troncos, las venas del cuello hinchadas porque sí —de congestión diría yo, de mala ostia dirían otros—, pantalones de pana por encima del ombligo y camisa de franela a cuadros verdes y azules, sin mangas; en un antebrazo un tatuaje de un ancla y algo parecido a la silueta de una mujer, claro que también podía haber sido la silueta de una marsopa, igual daba. Labios apretados como si le estuvieran agarrando muy fuerte de los cojones. Su bebida, un vaso ancho con algo de color indefinido, supongo que un sol y sombra por la textura; cosas que tenemos los muy bebedores. Miraba a la vez al camarero y a la gorda borracha pretenciosa: claro, tenía un ojo en Burgos y otro en Murcia. Madre mía, qué elenco.

El tercero en discordia era un viejo con su gorrilla de trabajo, manos pequeñas, fuertes y agrietadas por el campo, la nariz como un balón de futbol, roja, con palpitaciones, con vida propia. Me juego mi hígado ahora mismo a que se bebe el agua de las escupideras cuando se lo pide el camarero. Borracho de los de champion league, con carné para beber en todos los estados de la Unión Europea y del universo conocido si le dejan, camisa blanca, casi gris, con algún chorreón que otro, pantalones de pana seca, como la mojama del faraón Ramsés. Los ojos fijos en el vacío, o quizás en el plato de calamares encurtidos de detrás de la barra. ¿Habría cenado ya? ¿O sólo soñaba con alcanzar el plato y pegar una dentellada sombría?

Y la cuarta pata del banco y compañero de bar esa noche, un chaval de mirada distraída, brazos largos y delgados, encorvado en la barra con una jarra de cerveza de litro, con más mierda que el culo de un cerdo en su cochiquera favorita. ¡Atención! Chaleco de cuero a pecho descubierto, pantalones de chándal azul y chanclas con la bandera de Brasil a los lados, las mandíbulas apretadas, ojos vidriosos y pies con síndrome de abstinencia: heroinómano de pueblo o tractorista farlopero como mínimo, mordiéndose las uñas mientras me mira como pidiendo un deseo. Y yo que estoy que me salgo se lo concedo.

—¡Camarero! Ponle al señor mandíbula de pitbull otra cerveza. ¡Qué cojones! Pon una ronda para todos, que hoy la vamos a liar.

Pitos, silbidos, gritos, palmadas en la espalda y gargajos de satisfacción en el bar. Incluso el camarero se permite una sonrisa bobalicona de «¡lléname la caja, malandrín!».

La gorda me agarra del culo con una mano dura como el acero: agarra y aprieta como si le fuera la vida en ello. Y yo mientras me agarro a mi propio amor: el cubata fresquito. Empieza a contarme cuando era cantante de cabaret en un antro de Melilla, cómo cantaba a los cristianos y a los moros  con el mismo cariño, cómo se metía en una cama distinta cada noche y cómo se la rifaban tirando billetes por donde caminaba.

La verdad es que no me creo una mierda y todo me parece la patraña de una loca de los gatos que se ha pasado con el salfumán en la sopa de su marido, pero aun así la escucho, sus palabras me tranquilizan, me mantienen despierto y engatusado. Empiezo a pensar que quizás sea el alcohol, así que antes de tirarme a sus morros, pido otro whisky y que sea lo que el Señor dicte.

El tractorista farlopero nos cuenta a voces cómo su amigo el Jonan tiene una pistola y cómo juegan con ella cuando salen de la Fabrik: ponen una pastilla en la boca del arma y se la meten en la boca, se ríen, vomitan, flipan y se tocan; sí, se tocan, con las drogas te haces maricón, nos dice.

Le contesto que tiene más vicio que Freddy Mercury y Falete puestos de popper hasta las orejas, pero como no sabe quiénes son, se ríe y sigue dando manotazos a la barra pidiendo otra cerveza. Veo cómo se echa mano al bolsillo del chándal y otras dos pildoritas a la jarra. Tumba fijo, pienso en un momento de lucidez.

El viejo de la gorrilla consigue acercarse a mí sin caerse redondo al suelo. Me cuenta que lleva tres días borracho, pero que no necesita ir al baño y todas esas porquerías. Justo en ese momento sus tripas se acuerdan de él, así que sale corriendo a trompicones y como no llega al baño se baja los pantalones allí mismo y suelta un zurullo de color negro azabache, brillante, muy bonito. Todos apartamos la vista, pero sólo cuando ha acabado: nos mantenía hechizados.

Se levanta y se vuelve a sentar en su taburete, pero con los pantalones bajados hasta los tobillos.

—¡Otra! —pide el muy lerdo.

Lo dicho, champion league tres años seguidos.

No sé cómo lo consigue, pero el camarero sale a recoger la mierda y, con arte y salero, friega como los ángeles, momento que aprovechan los parroquianos para zamparse los calamares de la barra, unas croquetas que estaban en un rincón y unas tiras de bacon mohoso que estaba en la basura. Parece que hay hambre y que a la gente le ha entrado la tigra. He visto como alguien chupaba un hueso de jamón.

Lloramos, reímos, alguien se desnuda: el señor enjuto del tatuaje de la morsa o mofeta o gorila embarazada, bueno, no sé, ya no veo con la claridad con la que había entrado al bar a las siete de la tarde. Lo importante es que el tío está bailando encima de la barra, con una botella de ron Negrita en la mano y una de Anís del Mono en la otra, mientras canta una canción de Camela. La chorra se le sale por la bragueta que la última vez que se bajó nunca volvió a subir. Nos reímos, nos abrazamos, sigo bebiendo; la verdad es que no sé si es whisky o agua fresca, ¿he perdido el gusto? ¿o voy más pedo que Alfredo?

Empiezo a pensar que estoy en un sueño cuando veo al chaval de las pastillas morreándose con la gorda cupletista y siento celos. El camarero duerme encima de la barra y el hombre pegado a una nariz gorda y roja se mea encima de él: ríe sin ganas y mientras se come unos panchitos que ha sacado de la trastienda. Aquello es como la pesadilla de cualquier hostelero: botellas volando, ropa tirada por el suelo, una ventana rota y mi puño en el ojo del tractorista farlopero.

Un chorizo de Cantimpalos sale volando, un cenicero me roza una oreja y veo cómo el camarero ha cogido un hueso de jamón más seco que el desierto del Gobi y le endiña sin compasión al abuelo gorrilla cagón: le abre una brecha en la ceja que el señor ni siente, y éste le devuelve el golpe con un mecherazo en la boca. Un par de dientes saltan por los aires: una guerra campal en medio de un bar cuchitril donde los haya.

Cuando llega la Guardia Civil, la imagen es dantesca: todos contra todos, huesos y dientes rotos, ojos morados y un bolso de Lluis Phuton que vuela por los aires. Siento el sabor de la sangre en mi boca, el whisky derramado por mi cabeza y cristales incrustados en mi piel. Dos hombres tirados en el suelo no se mueven. Y en cinco minutos todos esposados y con la cara pegada al suelo. Creo oler la mierda del abuelo, incluso creo degustarla, joder con el abuelo, podrido como la peste o el ciclón B.

Cuando me despierto estoy en una celda, con el farlopero, el abuelo cagón y dos cabezas rapadas. La escena no me cuadra pero aun así consigo no cerrar de nuevo los ojos, más por miedo que por otra cosa. Pasan dos horas hasta que un agente se acerca y me dice que han pagado mi fianza. Menos mal, pienso a mi pesar. El abuelo le ha tenido que hacer una mamada a un cabeza rapada y al farlopero le ha puesto el ojete calentito el otro amigo de Adolf. Yo me he ido de rositas y sólo he tenido que hacer una pajilla.

Salgo más bailando que andando de allí, hasta que veo quién ha pagado mi fianza. Mierda, creo que esta noche como caldo de hembra. La dueña de mi piso está allí, la señora García, sonriente y dichosa, sabe que se ha ganado unos cuantos polvos y noches de satisfacción a mi pesar. Y yo que soy débil pero en el fondo pago todas mis deudas voy a cumplir como un hombre, porque aunque borracho y perdedor tengo dignidad.

Eso sí, pasado mañana vuelvo al bar de Paco.

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